lunes, 30 de enero de 2023

LAS DOS SARAS DE ARABELLA EN EL REAL DE MADRID

Ópera de Richard Strauss. Libreto de Hugo von Hofmannsthal. David Afkham, dirección musical. Christof Loy, dirección escénica. Herbert Murauer, escenografía y vestuario. Reinhard Traub, iluminación. Thomas Wilhelm, coreografía. Andrés Máspero, dirección del coro. Con Sara Jakubiak, Sarah Defrise, Josef Wagner, Martin Winkler, Anne Sofie von Otter, Matthew Newlin, Dean Power, Elena Sancho Pereg, Roger Smeets y Tyler Zimmerman. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Producción del Teatro Real, procedente de la Oper Frankfurt. Teatro Real de Madrid, sábado 28 de enero de 2023


Casi un siglo ha tenido que esperar este título de Richard Strauss para ver la luz en nuestro país. En el libreto de la sexta y última, póstuma más bien, colaboración de Hugo von Hofmannsthal con el compositor, se cuenta la historia de una mujer que, aunque fuerte y decidida, ha de elegir entre varios pretendientes ricos para salvar la fortuna de su aristócrata familia. Su más que improbable hermana travestida para evitar los altos costes que en la época suponía educar a una mujer casadera, ama en secreto a uno de esos pretendientes, por lo que para mantenerle cerca, aunque sea como pareja de su atractiva hermana, urde todo tipo de estrategias que provocan el conflicto una vez que Arabella encuentra el pretendiente perfecto, del que además resulta estar enamorada. Así es el argumento que Strauss y Hofmannsthal ambientaron en la segunda mitad del siglo XIX como espejo de la decadencia de esa clase aristócrata vienesa que ya habían retratado en su máximo esplendor de medio siglo antes en la más exitosa El caballero de la rosa. Teniendo en cuenta la compleja relación del compositor con el régimen nazi, entre acomodaticia para poder seguir trabajando y directamente colaboracionista, lo que para muchos de sus admiradores y admiradoras constituye toda una incomodidad de carácter moral, el director de escena Christopher Foy tiene el acierto de ambientar su Arabella en esos tumultuosos años treinta del siglo XX, cuando la capital austriaca se disponía a absorber el ideario hitleriano. Mandryka, el joven heredero elegido, supondría tanto ese pueblo que sube en el escalafón social gracias al auge de la burguesía, como ese otro hastiado de los privilegios de unos cuantos que, venido del campo, se levanta frente a una clase alta inconsciente e incapaz de ver el crepúsculo de su dominio. Es a su vez ese hombre para el que la relación amorosa deja de ser una convención social y, por lo tanto, carente de sentimiento, para lanzarse a otra concepción en la que el amor se confunde con la posesión y da lugar al maltrato más nauseabundo. Todos esos perfiles se dan en el personaje tan bien diseñado por Foy e interpretado por Josef Wagner, y que con todo lo demás apuntado podría entenderse como una genial e intuitiva interpretación del director de escena que ya estrenó en este mismo Real producciones tan aplaudidas como Rusalka, Lulú o las también straussianas Capriccio y Ariadna en Naxos.

Un escenario blanco y muy iluminado sirve como base a esta espléndida producción en la que paneles que se desplazan van dejando entrever los distintos escenarios en los que se desenvuelve el vodevil devenido en folletín hacia el final de la representación. Una combinación de minimalismo (los paneles, los fondos blancos o negros según el estado de ánimo) e hiperrealismo (los baños, el destartalado salón, el coqueto vestidor, la sala de baile entre art déco y funcional Bauhaus), que escenógrafo, iluminador y director escénico manejan a la perfección para lograr una pieza de teatro de más que satisfactoria resolución. Todo con la complicidad de cantantes y actores, que logran conectar con el público y hacerle participar de las vicisitudes de sus personajes. Destaca también la minuciosa (y casi estática) coreografía del segundo acto, que juega con las poses de figurantes y coro, sometiendo a algunos y algunas a complejos deslizamientos que llegaron sinceramente a sorprendernos.

Dos (y tres) sopranos rutilantes

Fue en el acto primero, cuando Arabella canta al amor verdadero, ese que se siente con solo una primera mirada, y Zdenka le secunda anhelando que el suyo quede por fin libre de los encantos de su hermana y a disposición de los suyos propios, cuando decididamente nos dimos cuenta de que ambas sopranos estaban protagonizando lo mejor de la función. Un dúo rutilante, lleno de sentimiento y candor, en el que las voces lucieron a un altísimo nivel expresivo y técnico, sin roces ni amaneramientos, controlando perfectamente cada inflexión y cada matiz, provocando eso que consideramos pura emoción. Con mucha ilusión saludamos a la norteamericana Sara Jakubiak, especialmente cuando supimos que debutó en el estreno definitivo, completa y sin cambios, de Cumbres borrascosas de nuestro adorado Bernard Herrmann de manos de la Ópera de Minnesota hace algo más de una década. Jakubiak resultó ser una actriz más que competente, de presencia cautivadora, capaz de ofrecer una línea de canto homogénea, con una voz con mucho cuerpo, orientada hacia el registro más grave de su tesitura, sin estridencias ni salida alguna de tono. Por su parte, la soprano belga Sarah Defrise ofrece su físico más menudo y su voz más aguda a un personaje que, aunque travestido de hombre, Strauss definió para que fuese así, sin engaños ni apenas artificios. También ella entonó en su justo nivel, con una generosa proyección y considerable expresividad. Y para que no hayan dos sin tres, destacar también la extraordinaria aportación de la soprano donostiarra Elena Sancho Pereg, que hizo las delicias del público con su interpretación de la fiakermilli, también al más puro estilo cabaretero de los treinta. Demostró unas agilidades si no estratosféricas sí desmesuradas en el buen sentido, además de un enorme desparpajo en su actuación.


Aunque fueron ellas quienes más brillaron, no cabe menospreciar en absoluto el trabajo de los dos galanes, el barítono austríaco Josef Wagner, cuya poderosa presencia y aquilatada voz lograron también un alto grado de expresividad, especialmente en el hermoso dúo de amor del segundo acto, y el tenor estadounidense Matthew Newlin, acaso más corto en volumen y proyección pero igualmente solvente en buen gusto, dominio del registro y sentido de la interpretación. Junto a ellos, el veterano Martin Winkler, a quien algunos pudimos ver como Profesor Higgins en el My Fair Lady de la Volksoper de Viena hace un puñado de años, hizo gala de una más que generosa proyección, gracias en parte a una voz clara y potente, mientras la de Anne Sofie von Otter fue una aportación discreta, una presencia legendaria, más emocionante por quién es y la enorme admiración que se le profesa que por sus actuales cualidades canoras, tras tantas décadas de incontestable éxito. Más corto en articulación, fraseo y entonación nos pareció el tenor irlandés Dean Powell en el rol de uno de los tres condes pretendientes de Arabella.

Anne Sofie von Otter
En su breve intervención, el Coro Titular del Teatro Real encontró el tono justo. El director titular de la Orquesta Nacional de España dese hace algo más de tres años, el alemán David Afkham, no ha tenido muchas oportunidades de dirigir ópera en el Real. De hecho, esta es la segunda vez que lo hace tras Bomarzo de Ginastera. En sus manos Arabella tuvo el grado de voluptuosidad que la partitura demanda, sin aspavientos ni exageraciones superfluas, pero echamos en falta algo más de sensualidad y más brillo en una orquesta que queda encorsetada por unas condiciones acústicas que no son seguramente las más recomendables, y que acusa además unas limitaciones considerables en algunas de sus familias más controvertidas, especialmente los metales. Faltó en general una mayor capacidad de seducción, lo que tratándose de un autor en el que la instrumentación es tan importante como la voz, resulta algo decepcionante. Con todo fue una interpretación aceptable, capaz de contener ese espíritu del autor que tanto nos entusiasma y que le dio tanta fama en poemas sinfónicos y óperas caracterizadas por su fastuosa orquestación y su luminosa resolución.

Fotos: Monika Ritterhaus
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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