lunes, 19 de enero de 2026

UN FRUSTRADO MENSAJE DE ESPERANZA

Gran Selección. Orquesta y Coro Nacionales de España. Katharina Konradi, soprano. José Antonio López, barítono. Josep Pons, dirección. Programa: Ein Deutsches Requiem, de Brahms. Teatro de la Maestranza, domingo 18 de enero de 2026


Hace más de veinte años que no nos visitaba la Orquesta Nacional de España. Lo hizo entonces de la mano de quien era su titular, el añorado Rafael Frühbeck de Burgos. Por su parte, no nos parece recordar que el Réquiem de Brahms sonara en el Maestranza desde 1995, en la clausura de aquella temporada de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, también con el Coro Nacional de España acompañando entonces a la dirección de Víctor Pablo Pérez. La cita por lo tanto de este pasado domingo era imprescindible para acercarse a tan magistral e imponente obra y recibir a la orquesta de todos y todas fuera de su entorno natural, el Auditorio Nacional de la capital.

Con el aforo lleno, asistíamos a este canto de esperanza y optimismo que celebra la vida a través de la muerte justo cuando ésta asomaba de la forma más cruel y trágica tan cerca, en forma de accidente ferroviario, una paradoja terrible y conmovedora. A los fallecidos y fallecidas parecía estar involuntariamente dirigida esta interpretación del Réquiem que Brahms dedicó a la humanidad, inspirado en la fe depositada en él por Schumann, que consideraba que su gran obra llegaría cuando combinase voces e instrumentos en una pieza monumental. La muerte de su mentor y, posteriormente, la de su propia madre, motivarían la escritura de esta particular misa de difuntos, pero la dedicatoria acabó del lado de todas y todos nosotros.


Por eso Un Réquiem Alemán demanda una lectura que se base fundamentalmente en su carácter y espíritu netamente humano y reconfortante. De ahí que Brahms no siguiera los textos del ritual litúrgico convencional, sino una selección de textos de la Biblia luterana que ofrece bienestar a los afligidos en vez de inmortalidad a los muertos. Lástima que no se proyectaran estos textos en pantalla para seguir cada inflexión dramática de la música y entender mejor el significado de cada movimiento. Publicarlos en la web del Maestranza no cumple el requisito por la molestia que supone consultar los móviles, mientras traerlos impresos tampoco es procedente debido a la oscuridad que domina en la sala.

Más vehemente que dulce

La lectura de Josep Pons, director honorífico de una orquesta que actualmente finaliza su relación de David Afkham, a la espera de que se haga cargo de ella Kent Nagano, empezó algo desvaída, lánguida e imprecisa, con caídas de ritmo y tensión, así como cierta falta de cohesión interna. Sensación que se potenció en el segundo movimiento (Toda la carne es como la hierba), cuando Pons se decantó por reducir la carga dramática que poseen sus amenazantes acordes, a pesar de que los timbales cumplieron a la perfección su misión de dar el enfoque de marcha fúnebre que precisa. En todo momento se optó por tempi considerablemente rápidos, no tanto como la histórica grabación de Klemperer, pero tampoco como la muy paladeada del ahora tan de moda Nézet-Seguin, por poner dos ejemplos, llegándose a una duración estándar de casi setenta minutos.

A mitad de este segundo movimiento atisbamos el buen trabajo del coro, pero de espíritu más vehemente de lo deseable. Ya en el tercero (Señor, enséñame) pudimos apreciar el trabajo del barítono José Antonio López, tantas veces disfrutado en Sevilla en óperas y conciertos. Su voz mantiene la potencia y el brillo que le caracteriza, pero asoma engolada y sin la firmeza suficiente para resultar contundente en sus proféticas exclamaciones. Más convincente nos pareció la voz diamantina, de holgada emisión y dulce espíritu de la soprano Katharina Konradi, cuyo ejemplar control de la respiración y refinada belleza, además de acertados agudos, lograron que su mensaje sonara como un bálsamo angelical en el quinto movimiento (Ahora estáis tristes).


Antes, en el cuarto (¡Qué deliciosas son tus moradas!) Pons logró una lectura amable y sosegada, un equilibrio perfecto entre el coro y la orquesta en esta suerte de vals lento y melancólico. El tercio final, esos dos mastodónticos movimientos que lo cierran, acusaron una vehemencia quizás inoportuna, presente en la partitura de forma más discreta y solapada que como la concibió el director catalán, más furiosa. El sonido de la orquesta resultó en todo momento algo áspero, sin el brillo y la luminosidad acostumbrados en la generosa acústica del Maestranza, mientras los metales fueron más perceptibles en el movimiento final (Bienaventurados los difuntos), aunque acusaron puntuales imperfecciones técnicas.

Las voces masculinas brillaron algo más que las femeninas, si bien el resultado global fue bastante satisfactorio, mereciendo incluso en el sexto movimiento (No tenemos un hogar permanente) un inoportuno y desquiciado bravo que rompió la liturgia del momento. En definitiva, aunque Pons logró ajustar el tamaño de las fuerzas vocales e instrumentales, adaptándose a cada movimiento, su lectura nos pareció demasiado furiosa, echando de menos algo más de esa espiritualidad y consuelo que parecía invocar el autor cuando concibió tan magistral página. Con todo, una lectura correcta y un esfuerzo titánico para poner en pie tan imponente partitura.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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