Con
el aforo lleno, asistíamos a este canto de esperanza y optimismo que
celebra la vida a través de la muerte justo cuando ésta asomaba de la forma más
cruel y trágica tan cerca, en forma de accidente ferroviario, una paradoja terrible y conmovedora. A los
fallecidos y fallecidas parecía estar involuntariamente dirigida esta
interpretación del Réquiem que Brahms dedicó a la humanidad, inspirado en la fe
depositada en él por Schumann, que consideraba que su gran obra llegaría cuando
combinase voces e instrumentos en una pieza monumental. La muerte de su mentor
y, posteriormente, la de su propia madre, motivarían la escritura de esta particular misa de difuntos, pero la
dedicatoria acabó del lado de todas y todos nosotros.
Más
vehemente que dulce
La
lectura de Josep Pons, director
honorífico de una orquesta que actualmente finaliza su relación de David
Afkham, a la espera de que se haga cargo de ella Kent Nagano, empezó algo desvaída, lánguida e imprecisa,
con caídas de ritmo y tensión, así como cierta falta de cohesión interna.
Sensación que se potenció en el segundo movimiento (Toda la carne es como la hierba), cuando Pons se decantó por reducir la carga dramática que poseen sus
amenazantes acordes, a pesar de que los timbales cumplieron a la perfección
su misión de dar el enfoque de marcha fúnebre que precisa. En todo momento se
optó por tempi considerablemente
rápidos, no tanto como la histórica grabación de Klemperer, pero tampoco como
la muy paladeada del ahora tan de moda Nézet-Seguin, por poner dos ejemplos, llegándose a una duración estándar de
casi setenta minutos.
A
mitad de este segundo movimiento atisbamos el buen trabajo del coro, pero de espíritu más vehemente de lo
deseable. Ya en el tercero (Señor,
enséñame) pudimos apreciar el trabajo del barítono José Antonio López, tantas veces disfrutado en Sevilla en óperas y
conciertos. Su voz mantiene la potencia
y el brillo que le caracteriza, pero asoma engolada y sin la firmeza suficiente para resultar contundente en sus proféticas
exclamaciones. Más convincente nos pareció la voz diamantina, de holgada emisión y dulce espíritu de la soprano Katharina Konradi, cuyo ejemplar
control de la respiración y refinada belleza, además de acertados agudos, lograron
que su mensaje sonara como un bálsamo
angelical en el quinto movimiento (Ahora
estáis tristes).
Las
voces masculinas brillaron algo más que las femeninas, si bien el resultado global fue bastante
satisfactorio, mereciendo incluso en el sexto movimiento (No tenemos un hogar permanente) un
inoportuno y desquiciado bravo que rompió la liturgia del momento. En
definitiva, aunque Pons logró ajustar el
tamaño de las fuerzas vocales e instrumentales, adaptándose a cada
movimiento, su lectura nos pareció demasiado furiosa, echando de menos algo más
de esa espiritualidad y consuelo que parecía invocar el autor cuando concibió tan magistral página. Con todo, una lectura correcta y un esfuerzo titánico
para poner en pie tan imponente partitura.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía
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