Ciclo Sinfónico 2 de la temporada 26/27 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Bogdan Dugalić, piano. Jaume Santonja, dirección. Programa: Suite de Pulcinella, de Stravinski; Concierto para piano y orquesta nº 21 en Do mayor K. 467, de Mozart; Estructura I “…eros sur le bleu”, de David Moliner; Sinfonietta para orquesta, de Poulenc. Teatro de la Maestranza, jueves 29 de octubre de 2026
El de ayer fue un día triste,
poco propicio para entregarse como corresponde a un programa tan amable y distendido como el que propone la ROSS
también esta tarde. Aires clásicos y neoclásicos se confundieron con una obra de nueva creación, más
inquietante y misteriosa que el resto, pero igualmente informado por ese
jugueteo con el clasicismo que de alguna manera informó el programa.
A la dirección, este segundo
concierto del ciclo sinfónico de la recién estrenada temporada de la
Sinfónica de Sevilla, se contó con otro de los nuevos directores españoles que
cuentan ya con una importante carrera y
reconocimiento internacional, Jaume
Santonja. Mientras como solista pudimos admirar a la vez que desconcertarnos
con las formas atrevidas del joven
serbio Bogdan Dugalić.
La improvisación como seña de identidad
En cierto modo, el concierto giró en torno al Concierto para piano nº 21 de Mozart, obra popular donde las haya, especialmente por su amadísimo andante central, una de esas piezas que siempre arranca algún comentario tipo ¡qué bonito! entre el público. Que Dugalić seleccionara para la propina una versión de la Marcha turca del compositor austriaco, en modo absolutamente libre e improvisado, y en clave jazzística, da idea de cómo abordó la pieza concertante programada, salpicándola de notas y acordes de propio cuño, pretendiendo quizás así aportar una voz nueva e identificativa a su interpretación.

Es muy joven y todavía tiene tiempo para encontrar esa voz propia, que no se logra con exceso de
ornamentación y virtuosismo a raudales, sino que exige un sonido tan propio y particular que sólo escucharlo nos permita
identificarlo. Santonja arrancó seguro, un poco acelerado, acoplándose casi de
inmediato el solista, aunque aún no le correspondiese hacerlo. Entre ambos
lograron ese equilibrio global en la
forma y la esencia que demanda la pieza, dotando de solemnidad la marcha
inicial, con un pianista luminoso y episodios contrapuntísticos llenos de
modulaciones y color.
Muy afectado, como queriendo también dejar una impronta particular, nos pareció el arranque del famoso y ensoñador andante, al que Dugalić supo insuflar de poesía y romanticismo. El allegro final sonó vivaz, muy animado, con orquesta y solista que parecían perseguirse, y unas divertidas intervenciones de flauta, fagot y oboe que completaron la muy atrevida aportación de creatividad del joven y aclamado pianista.
Buenos referentes del neoclasicismo
El concierto empezó antes, con la Suite
de Pulcinella de Stravinski, interpretada por la ROSS hace casi cinco años,
mientras el ballet completo lo hizo hace catorce. Santonja se mostró mortecino en una página que exige más viveza y
un trabajo más contundente del color. Esta ingeniosa visión del ritmo y la
orquestación del S. XVII pasada por el filtro del XX, quedó así algo
desdibujada, falta de aliento y
contundencia. Echamos de menos más humor e ironía, mayor energía en la sinfonía y más sensualidad en la serenata, a pesar de las buenas
prestaciones del oboe. Pero a partir de la tarantela
asomó algo más de brillantez y ánimo,
que fue en progresión con una gavota
noble y graciosa, un minueto adecuadamente
pomposo y un finale muy animado.

La pieza del compositor y percusionista castellonés David Moliner, Estructura I,
resulta tan misteriosa como
contemplativa, salpicada de momentos de euforia cuya tendencia al caos fue controlada y moldeada por Santonja con
saludable habilidad. El autor, formado entre otras instituciones con la
Fundación Barenboim-Said en Berlín, ha compuesto hasta cuatro estructuras desde
2016 a 2023.
Para finalizar, la orquesta interpretó una pieza poco programada y divulgada, la Sinfonietta
de Poulenc, enmarcada igualmente en esos aires en cierto modo regresivos de
primera mitad del siglo XX, que encontraron en el clasicismo la pureza de ideas y estéticas que
buscaban. Se trata de la única obra sinfónica del autor de Diálogo de carmelitas, que comparte con Haydn su claridad y equilibrio formal, aunque
echa mano de formas y fluidos propios del siglo XX, con líneas serenas y
efusiones muy cercanas a la estética
cinematográfica. Santonja supo exprimir estas premisas, logrando extraer
elegancia y espectacularidad de la amable
y distendida, así como expansiva pieza.
Fotos:
Luis Prieto FernándezArtículo publicado en
El Correo de Andalucía
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