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domingo, 15 de marzo de 2026

MARINA, EJEMPLO DE UN GÉNERO LASTRADO POR LA AMBICIÓN

Marina. Música de Emilio Arrieta. Libreto de Francisco Campodrón y Miguel Ramos Carrión, basado en el texto de la ópera cómica “La Veillée”, de Paul Duport y Amable Villain de Saint-Hilaire. Manuel Busto, dirección musical. Bárbara Lluch, dirección escénica. Daniel Bianco, escenografía. Clara Peluffo Valentini, vestuario. Albert Faura, iluminación. Mercé Grané, movimiento escénico. Pedro Chamizo, videoproyecciones. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Rondalla del Conservatorio Manuel Castillo. Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, dirección). Con Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Juan Jesús Rodríguez, Rubén Amoretti, José Manuel Díaz, Alicia Naranjo y Andrés Merino. Producción del Teatro de la Zarzuela. Teatro de la Maestranza, sábado 14 de marzo de 2026

Amoretti, Puértolas, Jordi y Rodríguez


Marina es sin duda el ejemplo más evidente de intento de hacer ópera netamente española. Nació como zarzuela con libreto de Francisco Campodrón, para convertirse en ópera adaptada por Miguel Ramos Carrión siguiendo un estilo basado en el de Donizetti, cuando en Europa triunfaba Verdi, más avanzado. Lo hizo a instancias del tenor italiano Enrico Tamberlick, que deseaba cantarla en el Teatro Real. El resultado es un híbrido entre zarzuela y ópera propiamente dicha, de dos horas y cuarto de duración y una trama escueta e imposible, centrada en los amores y celos de una pareja en la costa de Levante.

Arrieta ya había compuesto dos óperas antes, Ildegonda y La conquista de Granada, pero cantadas en italiano. Sin embargo, el experimento de convertir zarzuela en ópera no fructificó. Ejemplos de híbridos parecidos han sido ya programados en el Maestranza, con idéntico emplazamiento en lugar de la zarzuela anual, como Los diamantes de la corona de Barbieri y El gato montés de Penella. La misma Marina conoció también una cita hace veintitrés años, con nuestra querida Ruth Rosique como protagonista. La que ahora nos llega, basada libremente en la ópera cómica francesa La Veillée (La velada) de 1831, es el resultado de una edición crítica de 2005 a cargo de María Encina Cortizo y Ramón Sobrino.

Marina sigue la estructura lírica italiana, con influencias del bel canto y algún toque tímidamente verdiano, con aires españoles y costumbristas. Ha sido grabada al menos en tres ocasiones, por José Olmedo, Frühbeck de Burgos y Víctor Pablo Pérez, siendo esta última la más ambiciosa, con Alfredo Kraus y María Bayo, por lo que la apuesta por Ismael Jordi parecía la más apropiada para su estreno en el Teatro de la Zarzuela en 2024, con idéntico elenco técnico y artístico que el montaje importado en el Maestranza.

Una escenografía vistosa y una dirección escénica errática

Los decorados de Daniel Bianco son de los que deslumbran a una buena parte del público que se deja seducir por este tipo de propuestas. Nada que reprocharle, con un uso muy dinámico de la videoproyección, un trabajo de Pedro Chamizo que proporciona profundidad y recrea playa y mar con un realismo extraordinario. Cielos azules, nubes blancas y un vistoso vestuario con predominio igualmente de blancos y azules, así como la sucesión de hermosas estampas costumbristas de pescadores, astilleros y paseantes, nos recuerdan a Sorolla, su luz y su estilo. Sin embargo, el vestuario de Clara Peluffo Valentini no parece encontrar una época determinada, entre mediados del XIX para la gente humilde y las niñas bien, y principios del XX para las señoras encopetadas.


Mucho se reprochó en Madrid que el montaje resultara muy estático, por lo que quizás a nosotros y nosotras nos haya llegado con un continuo ir y venir de figurantes, generando más distracción que otra cosa, aunque evitando la aglomeración. Inexplicable la pelea entre hombres y mujeres de clase acomodada que se produce al final del segundo acto, quizás un guiño a la lucha de clases que el libreto ni siquiera apunta en su afán de centrarse en los amoríos de los protagonistas.

Todo un cúmulo de despropósitos que afean la dramaturgia y la hacen poco atractiva o interesante. Coro y figurantes se mueven con la habitual tendencia al caos que caracteriza muchas de estas direcciones rutinarias operísticas a las que no logramos acostumbrarnos. Bárbara Lluch, la directora de escena, añade danzas coreográficas ¿de Mercé Grané? que acaban por resultar ridículas en su afán por acumular disciplinas y hacer de éste un montaje sumamente pretencioso; ropajes excesivos para un trabajo musical en general bastante soso y poco habilidoso en su acumulación desprejuiciada de melodías, coros y juegos vocales de todos los colores, que no encuentra sin embargo más inspiración natural que un par de arias, algún dúo y, sobre todo, la célebre apología del vino, dentro de un libreto cargado de mensajes rancios imposibles de aligerar.

Un más que competente elenco musical

Esta producción del Teatro de la Zarzuela se beneficia de un buen elenco vocal, mientras la aportación sevillana se salda con el excelente nivel observado en la Sinfónica, bajo la dirección precisa y detallista del también sevillano Manuel Busto, autor además de unas cadencias finales que la protagonista salvó con solvencia. Hay que añadir el trabajo colosal del Coro del Maestranza, cuya presencia en este título es tan generosa como la de los propios protagonistas. Lástima que el imponente y melancólico solo de trompa quedara masacrado por las incesantes toses con las que el público retomó la función tras el descanso.

Sabina Puértolas demostró muy buena técnica vocal, un timbre hermoso y una proyección holgada, aunque como actriz denotó exceso de gestos y expresiones, componiendo una joven inmadura y pamplinosa, difícilmente atractiva. Ismael Jordi, como siempre, rutilante en el canto e imponente en presencia física, capaz de emitir agudos casi imposibles y cantar con el buen gusto que le caracteriza. Su dúo con Marina, Yo parto muy lejos de aquí, logró resultados muy satisfactorios. Sorprendidos quedamos con sus habilidades como malabarista con una botella.


También sobresalió la voz imponente del barítono onubense Juan Jesús Rodríguez, excelente en la habanera Dichoso aquél que tiene, y muy en estilo aflamencado en el breve fandango que la edición de 2005 recuperó del original zarzuelero. El veterano Rubén Amoretti, que en aquel lejano Alahor en Granada figuró como tenor y ahora exhibe claramente tesitura de bajo-barítono, un caso extraordinario, exhibió una voz algo tremolante pero bien colocada en su papel del ilusionado prometido de Marina, demostrando poseer unos graves a menudo profundos y siniestros en pasajes como Yo tosco y rudo trabajador.

José Manuel Díaz como capitán, Alicia Naranjo y Andrés Merino, tan familiares del público sevillano, hicieron un trabajo impecable con sus breves aportaciones, mientras el coro destacó sobremanera, en la barcarola de marineros del segundo acto o el brindis del tercero, el celebérrimo A beber, a beber y a apurar. Pero en conjunto, el espectáculo resultó fallido, anodino y pretencioso, especialmente rancio y anticuado, sólo destacable por el empeño y el esfuerzo de su numeroso personal responsable.

Fotos: Elena y Javier del Real (Teatro de la Zarzuela)
Artículo publicado en El Correo de Andalucía y en Ópera Actual

domingo, 23 de marzo de 2025

ISMAEL JORDI Y FERNÁNDEZ AGUIRRE FUNDIDOS EN UNA EMOCIÓN INFINITA

Recital lírico. Ismael Jordi, tenor; Rubén Fernández Aguirre, piano. Programa: ¡Sevilla! Canciones e instrumentales de Manuel García, Isidoro Hernández, Joaquín Turina, Wolfgang Amadeus Mozart, Gaetano Donizetti, Jacinto Guerrero, Agustín Lara, Henri Collet, Francis López y Manuel Alejandro. Teatro de la Maestranza, sábado 22 de marzo de 2025

Foto: Guillermo Mendo

Cuando las cosas se hacen con cariño, responsabilidad y mucho esfuerzo, lo que resulta se puede acercar tanto a la excelencia como lo hizo la actuación conjunta de Ismael Jordi y el pianista Rubén Fernández Aguirre en este repaso por la música compuesta por sevillanos y la que otros han dedicado a la ciudad, que coincidió con los veinticinco años que el tenor ha cumplido en la profesión.

Tan querido es Jordi en Sevilla que resulta inexplicable que el Maestranza no experimentara un lleno absoluto. De hecho, había demasiados huecos en el aforo, que ni la coincidencia con el Femás ni el precio de la entrada, tampoco el programa diseñado justificaban. Otra reacción insólita del cada vez más imprevisible público sevillano, aunque hay que reconocer que hace un buen puñado de años esto no ocurría, y menos con esta frecuencia.

Ambos artistas compartieron con desparpajo y sin complejos su entusiasmo con el programa propuesto, una sucesión de hermosas canciones recuperadas en su mayor parte por el inquieto pianista, que hace tan sólo un par de semanas nos ofrecía en la sala pequeña del mismo espacio su recuperación de la ópera I tre gobbi de Manuel García.

Compositores paisanos

Y precisamente con este compositor empezó la aventura, con la tonadilla Caramba, que Jordi y Fernández Aguirre desgranaron con ímpetu y colorido. A ella siguió la hermosa Parad, avecillas, que ya sonó en aquella I tre gobbi como intermedio, a la que el tenor prestó su particular estilo y buen oficio hasta transmitir pura emoción. Este primer bloque terminó con la muy melancólica Floris, según texto de Juan Meléndez Valdés.

Foto: Guillermo Mendo

Ya atisbamos entonces la facilidad del jerezano para adaptarse a cualquier estilo, aligerando el suyo propio con absoluta naturalidad, sin por ello prescindir del imponente color operístico cuando cabe encajarlo. Fue lo que más destacó en las tres canciones que ofreció de Isidoro Hernández, compositor y director de orquesta contemporáneo y amigo de Bécquer, olvidado pero digno de recuperación a juzgar por las preciosas canciones que con tanta sensibilidad y buen gusto desgranó Ismael Jordi. Derrochó sensualidad en La guajirita del Yumurí, entonó en italiano la Barcarola y ofreció con un fraseo impecable y una articulación clara Su visión, según una rima de Bécquer.

Para culminar esta primera parte, no podía faltar Joaquín Turina, de quien cantó dos breves piezas (Anhelos y Farruca), la Saeta en forma de salve a la Virgen de la Esperanza, donde brillaron unos filados exquisitos y un ligero deje aflamencado en las antípodas del tipismo folclórico, y los Cantares del Poema en forma de canciones, en la misma delicada línea. También de Turina fue la Danza vasca, un zorcico que el pianista tocó magistralmente en solitario, evidenciando la modernidad y el cosmopolitismo del compositor sevillano.

La ciudad mimada, también en lo musical

No podía faltar en este homenaje alguna representación de las más de ciento cincuenta óperas que se han inspirado o ambientado en Sevilla. Il mio tesoro, de Don Giovanni, encontró en el instrumento del tenor el vehículo perfecto para encandilar, con una flexibilidad para entonar y articular sólo al alcance de los más dotados. Usar la media voz, apianar, y encarar un sobreagudo, todo con éxito, puede hacerlo de seguido sin interrupción y con una fluidez extraordinaria.

La favorita de Donizetti fue el otro título operístico seleccionado para la ocasión. De ella entonó La maîtresse du Roi?... Ange si pur, evidenciando la influencia de su eterno mentor Alfredo Kraus, apenas unas semanas después de intervenir en el sentido homenaje que rindió la 2 de TVE al idolatrado tenor canario en el espacio Imprescindibles. El toque zarzuelero llegó de la mano de Raquel, una hermosa y conocida romanza de El huésped del sevillano de Jacinto Guerrro, dicha también en perfecto estilo y con la consigna conquistada de transmitir y emocionar al público.

Foto: Luis Pascual

Una apasionada Sevilla de Agustín Lara dio paso a la segunda pieza en solitario de Fernández Aguirre, una morisca del francés enamorado de Andalucía Henri Collet plagada de arabescos y color popular. Después tres pintorescas canciones de Francis López, francés de origen vasco que triunfó de la mano de Luis Mariano, para quien compuso varias operetas. Jordi recordó así sus primeros triunfos internacionales, cuando estrenó en París la opereta El cantor de México.

De López ofreció dos canciones de la opereta Andalousie, Andalucía mía y Chant du sereno, antes de una jubilosa La fiesta bohémienne, y de terminar oficialmente el recital con Sevilla, una popular canción de Manuel Alejandro para Rocío Jurado que brilló en la voz rotunda, potente y plagada de buen gusto de Jordi.

En las propinas, Adiós Granada de la zarzuela Emigrantes, de Calleja y Barrera, otro velado homenaje a Kraus, Se nos rompió el amor, la popular canción de Manuel Alejandro que revive en él una emoción implacable, y Una furtiva lagrima, otro de los pilares fundamentales del tenor en su afortunada carrera. El público que no dejó pasar esta irrepetible oportunidad, absolutamente entusiasmado y emocionado hasta esa misma furtiva lágrima que muchos no pudimos evitar que aflorase.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 11 de diciembre de 2023

LES ARTS PROSIGUE CON MARIA STUARDA OTRO CICLO AMBICIOSO

Maria Stuarda. Tragedia lírica de Gaetano Donizetti, con libreto de Giuseppe Bardari según la obra de Friedrich Schiller. Maurizio Benini, dirección musical. Jetske Mijnssen, dirección escénica. Ben Baur, escenografía. Klaus Bruns, vestuario. Cor van den Brink, iluminación. Lillian Stillwell, coreografía. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Coro de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Con Silvia Tro Santafé, Eleonora Buratto, Ismael Jordi, Manuel Fuentes, Carles Pachon y Laura Orueta. Co-producción del Palau de Les Arts Reina Sofía de Valencia, Dutch National Opera de Ámsterdam y Teatro San Carlo de Nápoles. Palau de Les Arts Reina Sofía de Valencia, domingo 10 de diciembre de 2023


No se trata ni mucho menos de una de las óperas más representadas ni señeras del catálogo de Donizetti. Quizás por eso se agradece su difusión. Fue el segundo título en estrenarse de la llamada Trilogía de las reinas del compositor lombardo, cinco años después de Anna Bolena y dos antes de Roberto Devereux, y en el mismo orden las está ofreciendo año tras año Les Arts de Valencia, contando con el mismo equipo técnico y producción propia en colaboración con la Ópera Holandesa de Ámsterdam y el Teatro San Carlo de Nápoles. En Sevilla es la única de las tres óperas que quedan por programarse, tras la Anna Bolena que pudimos disfrutar en todo su esplendor en 2016 y el Roberto Devereux de la pasada temporada. Maria Stuarda tan sólo pudo verse en el Maestranza en los fastos del 92, de la mano de la Ópera Real de Estocolmo. Se da la circunstancia de que el tenor jerezano, tan querido del público sevillano y por lo que pudimos comprobar ayer, también del valenciano, interpretó en Sevilla a Lord Percy en Anna Bolena y el rol titular en Roberto Devereux, por lo que su presencia en esta producción de Les Arts da aún más sentido a nuestra curiosidad.

Superadas todas las trabas y censuras que sufrió cuando se estrenó, que obligó a rebautizarla como Buondelmonte para su puesta de largo en Nápoles y someterla a diversos reajustes cuando por fin pudo presentarse con su título original en Milán, la versión estrenada ayer presume de respetar el concepto exacto que Donizetti tenía en mente cuando la concibió, empezando por su estructura en dos actos y no en tres como tantas veces se ha ofrecido, convirtiendo las dos escenas del primer acto en dos sucesivos. Esto será sin duda cierto en cuanto a dramaturgia, música y textos. Sin embargo, la concepción escénica de la holandesa Jetske Mijnssen se aparta considerablemente de la idea original, subrayando en exceso los caracteres y motivaciones de las dos reinas, María e Isabel, con figurantes y danzantes que contaminan una escena en la que sólo debería destacar el trabajo de sus heroínas, sometidas a unas exigencias vocales de gran calado, para las que debería concentrarse toda la atención, por encima de consideraciones teatrales que ya están definidas en el papel y no necesitan tanta explicación superflua. Un escenario abarrotado en el que se somete al coro, que debe acometer una labor muy exigente, a movimientos escénicos en su mayoría ridículos, como cuando en el primer acto acosan espasmódicamente a Isabel I dejando claro que ella actúa sometida por la voluntad de la corte. Quizás con eso se quiera hacer justicia a la verdadera historia, donde la reina de Inglaterra no era tanto una malvada movida por celos y venganza, sino la víctima de una manipuladora María Reina de Escocia.


Tampoco sorprende el escenario, oscuro, expresionista y en perspectiva, que en el segundo acto se reduce perpetuando una moda muy extendida de desaprovechar las generosas proporciones de un teatro moderno para circunscribirse a las estrecheces a las que somete la tensión y el tormento psicológico de sus protagonistas. El Palacio de Westminster y el Castillo de Fortheringhay se limitan a un único escenario, mientras el vestuario se circunscribe a blancos y negros, así como una gama de grises intermedia, respetando las exigencias de la época, salvo en el caso de Leicester, que viste ropa y calzado actuales, a saber con qué pretenciosa intención. La cálida iluminación compensa la frialdad escenográfica, mientras la espasmódica coreografía potencia innecesariamente, como ya escribimos, factores psicológicos que la música y el texto ya abordan. Pero en lo estrictamente musical, esta segunda entrega de las intrigas monárquicas de Donizetti contó con muy buenas aportaciones.

Buratto, Santafé y Jordi cumplen con buena nota

La maestría de Maurizio Benini, que en Sevilla dirigió en 2015 Norma y un año después Anna Bolena, se notó en el acompañamiento respetuoso y equilibrado de las voces, la dosificación exacta de los momentos más íntimos y los de mayor impacto, especialmente en un estremecedor final en el que la unión de orquesta y coro nos remitió al más desatado Dies Irae imaginable. En todo momento la batuta se adaptó a las exigencias vocales, resultando notablemente ligera en los pasajes más distendidos, y moderadamente sobresaltada en los de mayor intensidad dramática. El trabajo del coro fue sin duda impecable, incluso extraordinario. Eleonora Buratto demostró conocer bien el repertorio, atreviéndose con un papel que muchas desechan por sus dificultades técnicas y exigencias de color y timbre. La soprano italiana encaró su cometido con soltura, desde la candidez desprendida en Oh, nube! a la pasión moderada del dúo con Leicester, o la rabiosa E sempre la stessa que anticipa el célebre figlia bastarda. Su amplio registro y poderosa proyección, así como habilidad en la coloratura, se hizo notar en un final que prácticamente domina, con arias como Delle mie colpe y especialmente en la piadosa preghiera, cantada con notable dulzura y sentido melódico.


Como Isabel, la mezzo valenciana Silvia Tro Santafé rebajó considerablemente su registro en el extremo grave para adaptarse a las exigencias vocales de su papel, y si bien en un principio la voz parecía venir de muy atrás, por ejemplo en la cavatina Ah, quando all’ara, poco a poco se hizo con el personaje – mucho mejor Quella vita a me funesta -, bordándolo a nivel canoro y expresivo en momentos cumbre como el duelo entre ella y María del final del primer acto, ya en perfecto estilo y con una rotundez extraordinaria. La misma que exhibió Ismael Jordi, siempre tan entregado a nivel de canto, con una línea no siempre homogénea pero sí agradecida. Eso nos hizo observar cómo su voz va mutando, sorprendiendo gratamente cuando su emisión se torna más natural, como sucedió en determinados pasajes del precioso dúo de amor en Fortheringhay, así como en su portentosa carta de presentación, Ah, rimiro il bel sembiante. Lástima que a nivel teatral se limite a posar, a menudo como un matador, y apenas cambie el rictus expresivo. Manuel Fuentes defendió muy bien su papel de Talbot, con una voz homogénea, profunda y muy bien colocada, mientras el Cecil de Carles Pachon devino también en momentos de gran calidad combinados con otros menos afortunados. Grácil y competente resultó la aportación de la joven Laura Orueta, alumna del Centro de Perfeccionamiento de Les Arts. Todos juntos lograron un sexteto del primer acto de efecto conmovedor y muy elegante.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 9 de noviembre de 2022

ROBERTO DEVEREUX Y LA MUJER ARAÑA

Ópera de Gaetano Donizetti. Libreto de Salvatore Cammarano, según la obra “Elisabeth d’Angleterre” de François Ancelot. Yves Abel, dirección musical. Alessandro Talevi, dirección escénica. Madeleine Boyd, escenografía y vestuario (Reposición: Anna Bonomelli). Matthew Haskins, iluminación (Reposición: Teresa Nagel). Maxine Braham, movimiento coreográfico. Con Yolanda Auyanet, Ismael Jordi, Franco Vassallo, Nancy Fabiola Herrera, Alejandro del Cerro, Javier Castañeda y Ricardo Llamas. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro Teatro de la Maestranza. Íñigo Sampil, director. Producción de la Welsh National Opera. Teatro de la Maestranza, martes 8 de noviembre de 2022


Los supuestos amores entre Isabel I de Inglaterra y el Conde de Essex han dado mucho juego a la literatura y el cine, convirtiendo la mayoría de las veces hechos históricos de considerable relevancia en un folletín romántico con altas dosis de intriga y venganza, con La vida secreta de Elizabeth y Essex que dirigió Michael Curtiz en 1939 y protagonizaron Bette Davis y Errol Flynn como claro exponente, por cierto con música de Erich Wolfgang Korngold ilustrándola. La ópera de Donizetti culmina su conocida como trilogía de las reinas, pero si bien Ana Bolena inició su carrera internacional, María Estuardo y Roberto Devereux constituyeron sendos fracasos en su momento, que no remontaron hasta los años setenta del pasado siglo. Desde entonces han ido entrando paulatinamente en el repertorio, si bien lejos todavía de los títulos más recurrentes, dejando de considerarse eso que llaman ópera rara. El Maestranza culminó anoche su apuesta por dicha trilogía con esta producción de la Ópera Nacional de Gales, responsable también en coproducción de La traviata que vimos el pasado mes de julio.

La puesta en escena del sudafricano Alessandro Talevi es austera y oscura, pero eso no debería ser un obstáculo para resultar más atractiva y convincente. Una producción sencilla no tiene que estar reñida con una mayor capacidad para sugerir e incluso sugestionar. La de Talevi no lo consigue con sus estrecheces y decorados de tramoya, menos aun con soluciones tan infantiles como proyectar en un acuario siluetas de araña e insectos que subrayen la amenazante personalidad de la reina insatisfecha. Mejor resultó el trabajo de iluminación, capaz de proyectar milagrosas sombras sobre la vidriera frontal. También nos convencieron las cadenas que sujetan al desdichado conde en el último acto, emulando rayos de luz que dan a la escena un aspecto psicodélico al que también se une el elocuente vestuario, fuera de toda época, que firma Madeleine Boyd, por otro lado responsable igualmente de la discutida escenografía. La carroza en forma de tarántula que la reina monta en el segundo acto, y que tanto se parece al artilugio mecánico que Kenneth Branagh conduce en Wild Wild West para luchar contra Will Smith, subraya aun más su maquiavélica y despechada personalidad en forma harto ridícula.


Estupenda propuesta en lo musical

En ese contexto escenográfico denunciado brilla sin embargo de forma especial la música. La partitura de Donizetti es un regalo para los amantes del bel canto, y una tortura o mejor un reto para las voces. Generosa en melodías, con una continua sucesión de arias, cavatinas, cabaletas, dúos, escenas de conjunto y suntuosos coros, ofrece multitud de oportunidades para todos y todas las implicadas, incluida la orquesta, que en manos del experto director canadiense Yves Abel sonó con todo su brillo y esplendor. Abel supo mantener en todo momento el equilibrio perfecto con las voces, sin sacrificar por ello volumen y presencia, que lució ya desde una Sinfonía apabullante y decididamente elegante y conmovedora. El resto fue trabajo y esfuerzo al servicio de tan variada partitura, y sobre todo de la acción y los personajes. Al trabajo espléndido de la orquesta hay que unir la magnífica aportación, una vez más, del coro, aprovechando especialmente su momento más lucido, el coro con el que arranca el segundo acto, con tanta mesura como elocuencia y una portentosa musicalidad.


Para la ocasión se ha apostado por un elenco prácticamente español, a excepción del barítono italiano Franco Vassallo, que fue quien más aplausos y vítores acumuló a lo largo de la representación. Con su Duque de Nottingham acertó tanto en interpretación como en expresividad canora, tan noble en la primera mitad como furioso en la segunda, a lo que adaptó su registro y tesitura con loable flexibilidad y sin traicionar la homogeneidad de su línea de canto. Con todo nuestro cariño y admiración por el tenor jerezano, hemos de admitir que la interpretación de Ismael Jordi a nivel actoral fue muy decepcionante, con expresión permanente de espanto y movimientos espasmódicos. Pero en el tercer acto, cuando tuvo ocasión de brillar como imponente cantante, tan lleno de dulzura como de elegancia y buen gusto, así como exhibiendo una proyección generosa y unos agudos refulgentes, lo aprovechó en todo su esplendor, redimiéndose de todo lo anterior. En su breve cometido como Lord Cecil, el tenor cántabro Alejandro del Cerro se adaptó con notable soltura a su rol y ofreció un canto del todo punto de vista solvente. Nancy Fabiola Herrera tuvo ya desde el principio ocasión de lucirse en la cavatina All’afflitto è dolce il pianto, tan afín a su contemporánea Norma de Bellini. Pero así como mantiene toda su fuerza en la zona alta y su aterciopelado timbre, y continúa siendo capaz de sobrecogedores agudos así como de controlar perfectamente la respiración, por abajo su voz sin embargo tiende a esfumarse. Nada que objetar a la aportación de la también canaria Yolanda Auyanet, reina portentosa, autoritaria, enérgica y brillante, tanto a nivel actoral como vocal, comedida para no resultar histriónica pero sin por ello renunciar al carácter y la fuerte personalidad que derrocha su personaje. Para ella era un reto enfrentarse a tan complicado papel, y vaya si lo consiguió, como si de una montaña rusa se tratara, tan vertiginosa como conmovedora según tocaba. Orquesta y voces salvaron y equilibraron a favor de la excelencia la decepcionante puesta en escena.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 14 de febrero de 2021

UNA MAÑANA DE GRAN EMOCIÓN CON CANTARERO Y JORDI

Recital lírico. Mariola Cantarero, soprano. Ismael Jordi, tenor. Rubén Fernández Aguirre, piano. Programa: Arias, dúos y romanzas de Donizetti, Massenet, Vives, Fernández Caballero, Sorozábal y Penella. Teatro de la Maestranza, sábado 13 de febrero de 2021

Felicidades al jerezano Ismael Jordi y la granadina Mariola Cantarero por alcanzar veinte gloriosos años en la lírica, revalidar su relación de cariño y amor con el público sevillano que tanto les ha visto crecer, y mantener tan buena salud artística. Pero felicidades también al Teatro de la Maestranza por haber confiado siempre en estas dos rutilantes estrellas andaluzas y luchar contra viento y marea para que esta esperada celebración no se quedara en el limbo de lo imposible, como ha ocurrido con tantas malogradas citas del pasado año. Y felicidades desde luego al público que pudo asistir a este concierto matinal, porque fue todo un privilegio disfrutar tanto entre las paredes de nuestro querido templo.

Jordi nos invitó a pasar una mañana estupenda y vaya si lo hicimos, tanto como nos permitió la emoción que flotaba en el ambiente. Y es que el tenor jerezano sigue llevando a Kraus por bandera, no importa los años que hayan pasado desde que aprendiera del maestro canario. Cada vez que tiene ocasión vuelve a homenajearlo, lo que le honra como agradecido discípulo y emociona a quienes tanto echan de menos su inimitable voz, como nuestra querida Emilia Matute, fiel al Maestranza desde su inauguración, y en quien yo particularmente no dejé de pensar como inmejorable representante de ese nutrido colectivo krausista del teatro. Jordi desgranó una vez más arias tan ligadas a él como Tombe degli avi miei de Lucia di Lammermoor y Pourquoi me réveiller de Werther, ambas entonadas con profundo sentimiento y exquisito gusto, claridad en la emisión y extraordinaria proyección, con fuerza y mucho carisma. También con gran emoción desgranó el resto del programa, la segunda parte reservada a la zarzuela, como suele ser habitual en este tipo de recitales patrios. Sin excederse en temperamento, Jordi regaló unos Por el humo y No puede ser de enorme calidad, elegante fraseo y clara dicción. La sorpresa llegó en los bises en forma de Se nos rompió el amor de su paisano Manuel Alejandro, una canción que hizo suya a pesar de estar tan ligada a su legendaria intérprete, la Jurado, y con la que consiguió ponernos la carne de gallina.


Fue esa claridad en la dicción y la entonación una de las cosas que más agradecimos en esta pareja de la que aún recordamos aquella antológica Traviata de hace diez años, y que sique exhibiendo una magnífica química y compenetración. El amor asomó en Verrano a te… de Lucia di Lammermoor, emergiendo ambas personalidades con toda su fuerza característica, con Mariola Cantarero modulando exquisitamente la voz y apianando con enorme sensibilidad; y el desamor lo hizo en el dúo de Saint Sulpice de Manon, aquí con la soprano exhibiendo su vena más desgarradora, y más comedido Jordi, aunque rutilante y firme en sentimiento y proyección. Pero para emocionante y salerosa Vaya una tarde bonita de El gato montés, con ese Torero quiero ser que con tanta gracia lo rubrica y toda esa declaración de amor a nuestra tierra que profesa.

Gracia que le sobra a la soprano granadina, derrochando tanta fuerza dramática en Oh nube che liebe de Maria Stuarda, como garbo y sensualidad en la popular Gavota de Manon, que Aguirre acompañó no solo al piano sino a los coros, convenientemente abreviados, como las partes instrumentales, para su interpretación en recital. También con la zarzuela que Fernández Caballero dedicó al vino, Chateaux Margaux, aprovechó la granadina para exhibir glamour y coquetería, cuidando siempre hasta el más mínimo detalle en su perfecta entonación y esa capacidad que tiene para controlar la emisión y el volumen de su generosa voz, capaz de sobrecogedores agudos. En las propinas, que ocuparon prácticamente un tercer bloque del recital, entonó con mucho sentimiento la canción de Los emigrantes, Adiós Granada mía, así como una notable versión de la célebre copla Y sin embargo te quiero. Fernández Aguirre, siempre tan inquieto y comprometido, de quien a finales de mes veremos su particular revisión y recuperación de la ópera de Manuel García Le cinesi, acompañó al piano como nadie mejor que él sabe hacerlo, con respeto y admiración, la que así mismo le profesaron los dos inmensos artistas que añadieron luz a una mañana de sábado ya de por sí radiante.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía