domingo, 15 de marzo de 2026

MARINA, EJEMPLO DE UN GÉNERO LASTRADO POR LA AMBICIÓN

Marina. Música de Emilio Arrieta. Libreto de Francisco Campodrón y Miguel Ramos Carrión, basado en el texto de la ópera cómica “La Veillée”, de Paul Duport y Amable Villain de Saint-Hilaire. Manuel Busto, dirección musical. Bárbara Lluch, dirección escénica. Daniel Bianco, escenografía. Clara Peluffo Valentini, vestuario. Albert Faura, iluminación. Mercé Grané, movimiento escénico. Pedro Chamizo, videoproyecciones. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Rondalla del Conservatorio Manuel Castillo. Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, dirección). Con Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Juan Jesús Rodríguez, Rubén Amoretti, José Manuel Díaz, Alicia Naranjo y Andrés Merino. Producción del Teatro de la Zarzuela. Teatro de la Maestranza, sábado 14 de marzo de 2026

Amoretti, Puértolas, Jordi y Rodríguez


Marina es sin duda el ejemplo más evidente de intento de hacer ópera netamente española. Nació como zarzuela con libreto de Francisco Campodrón, para convertirse en ópera adaptada por Miguel Ramos Carrión siguiendo un estilo basado en el de Donizetti, cuando en Europa triunfaba Verdi, más avanzado. Lo hizo a instancias del tenor italiano Enrico Tamberlick, que deseaba cantarla en el Teatro Real. El resultado es un híbrido entre zarzuela y ópera propiamente dicha, de dos horas y cuarto de duración y una trama escueta e imposible, centrada en los amores y celos de una pareja en la costa de Levante.

Arrieta ya había compuesto dos óperas antes, Ildegonda y La conquista de Granada, pero cantadas en italiano. Sin embargo, el experimento de convertir zarzuela en ópera no fructificó. Ejemplos de híbridos parecidos han sido ya programados en el Maestranza, con idéntico emplazamiento en lugar de la zarzuela anual, como Los diamantes de la corona de Barbieri y El gato montés de Penella. La misma Marina conoció también una cita hace veintitrés años, con nuestra querida Ruth Rosique como protagonista. La que ahora nos llega, basada libremente en la ópera cómica francesa La Veillée (La velada) de 1831, es el resultado de una edición crítica de 2005 a cargo de María Encina Cortizo y Ramón Sobrino.

Marina sigue la estructura lírica italiana, con influencias del bel canto y algún toque tímidamente verdiano, con aires españoles y costumbristas. Ha sido grabada al menos en tres ocasiones, por José Olmedo, Frühbeck de Burgos y Víctor Pablo Pérez, siendo esta última la más ambiciosa, con Alfredo Kraus y María Bayo, por lo que la apuesta por Ismael Jordi parecía la más apropiada para su estreno en el Teatro de la Zarzuela en 2024, con idéntico elenco técnico y artístico que el montaje importado en el Maestranza.

Una escenografía vistosa y una dirección escénica errática

Los decorados de Daniel Bianco son de los que deslumbran a una buena parte del público que se deja seducir por este tipo de propuestas. Nada que reprocharle, con un uso muy dinámico de la videoproyección, un trabajo de Pedro Chamizo que proporciona profundidad y recrea playa y mar con un realismo extraordinario. Cielos azules, nubes blancas y un vistoso vestuario con predominio igualmente de blancos y azules, así como la sucesión de hermosas estampas costumbristas de pescadores, astilleros y paseantes, nos recuerdan a Sorolla, su luz y su estilo. Sin embargo, el vestuario de Clara Peluffo Valentini no parece encontrar una época determinada, entre mediados del XIX para la gente humilde y las niñas bien, y principios del XX para las señoras encopetadas.


Mucho se reprochó en Madrid que el montaje resultara muy estático, por lo que quizás a nosotros y nosotras nos haya llegado con un continuo ir y venir de figurantes, generando más distracción que otra cosa, aunque evitando la aglomeración. Inexplicable la pelea entre hombres y mujeres de clase acomodada que se produce al final del segundo acto, quizás un guiño a la lucha de clases que el libreto ni siquiera apunta en su afán de centrarse en los amoríos de los protagonistas.

Todo un cúmulo de despropósitos que afean la dramaturgia y la hacen poco atractiva o interesante. Coro y figurantes se mueven con la habitual tendencia al caos que caracteriza muchas de estas direcciones rutinarias operísticas a las que no logramos acostumbrarnos. Bárbara Lluch, la directora de escena, añade danzas coreográficas ¿de Mercé Grané? que acaban por resultar ridículas en su afán por acumular disciplinas y hacer de éste un montaje sumamente pretencioso; ropajes excesivos para un trabajo musical en general bastante soso y poco habilidoso en su acumulación desprejuiciada de melodías, coros y juegos vocales de todos los colores, que no encuentra sin embargo más inspiración natural que un par de arias, algún dúo y, sobre todo, la célebre apología del vino, dentro de un libreto cargado de mensajes rancios imposibles de aligerar.

Un más que competente elenco musical

Esta producción del Teatro de la Zarzuela se beneficia de un buen elenco vocal, mientras la aportación sevillana se salda con el excelente nivel observado en la Sinfónica, bajo la dirección precisa y detallista del también sevillano Manuel Busto, autor además de unas cadencias finales que la protagonista salvó con solvencia. Hay que añadir el trabajo colosal del Coro del Maestranza, cuya presencia en este título es tan generosa como la de los propios protagonistas. Lástima que el imponente y melancólico solo de trompa quedara masacrado por las incesantes toses con las que el público retomó la función tras el descanso.

Sabina Puértolas demostró muy buena técnica vocal, un timbre hermoso y una proyección holgada, aunque como actriz denotó exceso de gestos y expresiones, componiendo una joven inmadura y pamplinosa, difícilmente atractiva. Ismael Jordi, como siempre, rutilante en el canto e imponente en presencia física, capaz de emitir agudos casi imposibles y cantar con el buen gusto que le caracteriza. Su dúo con Marina, Yo parto muy lejos de aquí, logró resultados muy satisfactorios. Sorprendidos quedamos con sus habilidades como malabarista con una botella.


También sobresalió la voz imponente del barítono onubense Juan Jesús Rodríguez, excelente en la habanera Dichoso aquél que tiene, y muy en estilo aflamencado en el breve fandango que la edición de 2005 recuperó del original zarzuelero. El veterano Rubén Amoretti, que en aquel lejano Alahor en Granada figuró como tenor y ahora exhibe claramente tesitura de bajo-barítono, un caso extraordinario, exhibió una voz algo tremolante pero bien colocada en su papel del ilusionado prometido de Marina, demostrando poseer unos graves a menudo profundos y siniestros en pasajes como Yo tosco y rudo trabajador.

José Manuel Díaz como capitán, Alicia Naranjo y Andrés Merino, tan familiares del público sevillano, hicieron un trabajo impecable con sus breves aportaciones, mientras el coro destacó sobremanera, en la barcarola de marineros del segundo acto o el brindis del tercero, el celebérrimo A beber, a beber y a apurar. Pero en conjunto, el espectáculo resultó fallido, anodino y pretencioso, especialmente rancio y anticuado, sólo destacable por el empeño y el esfuerzo de su numeroso personal responsable.

Fotos: Elena y Javier del Real (Teatro de la Zarzuela)
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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