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Amoretti, Puértolas, Jordi y Rodríguez
Arrieta
ya había compuesto dos óperas antes, Ildegonda
y La conquista de Granada, pero
cantadas en italiano. Sin embargo, el
experimento de convertir zarzuela en ópera no fructificó. Ejemplos de
híbridos parecidos han sido ya programados en el Maestranza, con idéntico
emplazamiento en lugar de la zarzuela anual, como Los diamantes de la corona de Barbieri y El gato montés de Penella. La misma Marina conoció también una cita hace veintitrés años, con nuestra
querida Ruth Rosique como protagonista. La que ahora nos llega, basada
libremente en la ópera cómica francesa La
Veillée (La velada) de 1831, es el resultado
de una edición crítica de 2005 a cargo de María Encina Cortizo y Ramón
Sobrino.
Marina sigue la estructura lírica italiana, con influencias del bel canto y
algún toque tímidamente verdiano, con aires españoles y costumbristas. Ha
sido grabada al menos en tres ocasiones, por José Olmedo, Frühbeck de Burgos y
Víctor Pablo Pérez, siendo esta última la más ambiciosa, con Alfredo Kraus y María Bayo, por lo que
la apuesta por Ismael Jordi parecía la más apropiada para su estreno en el
Teatro de la Zarzuela en 2024, con idéntico
elenco técnico y artístico que el montaje importado en el Maestranza.
Una
escenografía vistosa y una dirección escénica errática
Los
decorados de Daniel Bianco son de
los que deslumbran a una buena parte del público que se deja seducir por este
tipo de propuestas. Nada que reprocharle, con un uso muy dinámico de la videoproyección, un trabajo de Pedro Chamizo
que proporciona profundidad y recrea playa y mar con un realismo
extraordinario. Cielos azules, nubes blancas y un vistoso vestuario con predominio igualmente de blancos y azules,
así como la sucesión de hermosas estampas costumbristas de pescadores,
astilleros y paseantes, nos recuerdan a Sorolla,
su luz y su estilo. Sin embargo, el
vestuario de Clara Peluffo Valentini no parece encontrar una época determinada,
entre mediados del XIX para la gente humilde y las niñas bien, y principios del
XX para las señoras encopetadas.
Mucho se reprochó en Madrid que el montaje resultara muy estático, por lo que quizás a nosotros y nosotras nos haya llegado con un continuo ir y venir de figurantes, generando más distracción que otra cosa, aunque evitando la aglomeración. Inexplicable la pelea entre hombres y mujeres de clase acomodada que se produce al final del segundo acto, quizás un guiño a la lucha de clases que el libreto ni siquiera apunta en su afán de centrarse en los amoríos de los protagonistas.
Todo
un cúmulo de despropósitos que afean la
dramaturgia y la hacen poco atractiva o interesante. Coro y figurantes se
mueven con la habitual tendencia al caos que caracteriza muchas de estas direcciones rutinarias operísticas a
las que no logramos acostumbrarnos. Bárbara
Lluch, la directora de escena, añade danzas coreográficas ¿de Mercé Grané?
que acaban por resultar ridículas en su afán
por acumular disciplinas y hacer de éste un montaje sumamente pretencioso;
ropajes excesivos para un trabajo musical en general bastante soso y poco
habilidoso en su acumulación
desprejuiciada de melodías, coros y juegos vocales de todos los colores,
que no encuentra sin embargo más inspiración natural que un par de arias, algún
dúo y, sobre todo, la célebre apología del vino, dentro de un libreto cargado
de mensajes rancios imposibles de aligerar.
Un
más que competente elenco musical
Esta
producción del Teatro de la Zarzuela se beneficia de un buen elenco vocal, mientras
la aportación sevillana se salda con el
excelente nivel observado en la Sinfónica, bajo la dirección precisa y
detallista del también sevillano Manuel
Busto, autor además de unas cadencias finales que la protagonista salvó con
solvencia. Hay que añadir el trabajo
colosal del Coro del Maestranza, cuya presencia en este título es tan
generosa como la de los propios protagonistas. Lástima que el imponente y melancólico solo de trompa
quedara masacrado por las incesantes toses con las que el público retomó la
función tras el descanso.
Sabina Puértolas demostró muy buena técnica
vocal, un timbre hermoso y una
proyección holgada, aunque como actriz denotó exceso de gestos y expresiones,
componiendo una joven inmadura y
pamplinosa, difícilmente atractiva. Ismael
Jordi, como siempre, rutilante en el canto e imponente en presencia física,
capaz de emitir agudos casi imposibles
y cantar con el buen gusto que le caracteriza. Su dúo con Marina, Yo parto muy lejos de aquí, logró
resultados muy satisfactorios. Sorprendidos quedamos con sus habilidades como
malabarista con una botella.
José Manuel Díaz como capitán, Alicia Naranjo y Andrés Merino, tan familiares del público sevillano,
hicieron un trabajo impecable con sus breves aportaciones, mientras el coro destacó sobremanera, en la
barcarola de marineros del segundo acto o el brindis del tercero, el
celebérrimo A beber, a beber y a apurar.
Pero en conjunto, el espectáculo resultó
fallido, anodino y pretencioso, especialmente rancio y anticuado, sólo
destacable por el empeño y el esfuerzo de su numeroso personal responsable.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía
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