Sinfónico 9: Rapsodia americana. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Wayne Marshall, piano. Lucas Macías, dirección. Programa: Ceci n’est pas une valse, de Raquel García-Tomás; The Unanswered Question S.50, de Ives; Suite for Variety Stage Orchestra nº 1, de Shostakóvich; Obertura de Candide, de Bernstein; Rhapsody in Blue, de Gershwin. Teatro de la Maestranza, viernes 27 de marzo de 2026
Más de un mes ha tenido que pasar para reencontrarnos con la programación de abono de la Sinfónica, y ha sido de la mano de uno de los programas más atractivos y distendidos de la temporada, dedicado fundamentalmente a la música importada de Estados Unidos, ya sea para deconstruir un vals de aires misteriosos al más puro estilo cinematográfico, recrear desde la Unión Soviética sonidos vodevilescos con aires de show business, o rendir pleitesía a tres grandes nombres de la música estadounidense. La joven Raquel García-Tomás y el legendario Shostakóvich dialogaron así con Ives, Bernstein y Gershwin, mientras Wayne Marshall fue la estrella indiscutible al final de la función.
De un misterio existencial
La obra de la catalana Raquel García
Tomás, galardonada en 2020 con el Premio Nacional de Música en la modalidad
de composición, parte del impresionismo
francés, perceptible incluso en el título, Ceci n’est pas une valse (Esto no es un vals), para continuar
siguiendo cánones de la música
cinematográfica que tanto ha influido en las nuevas generaciones de
compositores y compositoras. Arranca de forma estrepitosa para después ir
paulatinamente enganchando al oyente con su acumulación de capas instrumentales y esos elegantes destellos de vals
que se van colando en un intenso universo, al que la ROSS respondió con todo el
ahínco y la pasión que fue capaz de contagiarle un entusiasta Lucas Macías a la dirección.
Siguiendo una estética parecida, volvimos a enfrentarnos a esa pregunta sin respuesta que plantea la obra más recurrente de Charles Ives,
por tercera vez en una década, tras interpretarla la Sinfónica Conjunta y la
ROSS en ocasiones igualmente memorables. La novedad residió en colocar esta vez
la trompeta solista y las maderas en las
zonas más altas del teatro, enfrentadas, provocando así un aire cósmico y
envolvente que traduce muy bien esa desazón
por la propia existencia que plantea la breve pero intensa página, y que
tanta relación guarda con algunas de las piezas sinfónicas más celebradas de un
autor al que apenas prestamos atención más que para programar ésta.
A la celebración lúdica
Ha sido un verdadero placer escuchar en los atriles de la ROSS la que
siempre conoceremos como Jazz Suite nº 2
de Shostakovich, también conocida
como Suite para orquesta de baile, y
rebautizada como Suite para orquesta de
variedades. Al margen del celebérrimo Vals
nº 2 que tan popular se hizo de la mano de Kubrick en su última película, Eyes Wide Shut, y rápidamente se
convirtió en un imprescindible en bodas, la suite, integrada por piezas concebidas por su autor para
diversos cometidos de carácter lúdico, respira aires de distinta índole.
Macías la dirigió con todos los posibles efectivos a su alcance, restándole así parte
de ese aspecto circense y vodevilesco para concederle un aspecto más majestuoso, brillante y decididamente espectacular.
Esto no fue óbice para que el conjunto sonara eficiente, impecable desde un
punto de vista estrictamente técnico, con solos
excelentes de saxofón y una cuadrilla del instrumento en perfecto estilo swing,
y aportaciones igualmente notables del acordeón, uno de los instrumentos
añadidos a tan generosa plantilla. Un trabajo muy colorido, que quizás restó algo de ironía al conjunto,
a favor de una espectacularidad enorme y una fuerza decibélica impresionante.
Ya en la segunda parte, no fue quizás la obertura de la ópera u opereta,
según cada uno y una la considere, Candide
de Leonard Bernstein, la pieza más
redonda a nivel de interpretación. De nuevo muy recargada de efectivos, rígida en las transiciones y atropellada en
algunos pasajes, Macías tendría que haber trabajado más las aristas
sofisticadas y elegantes de la pieza para que no acabara pareciendo una recreación simplemente obligada y circunstancial.
Volvió a hacerlo, para deleite de
muchos y muchas aficionadas, y posiblemente irritación de otros, tras el blues y casi al final a modo de coda, exhibiendo todo su potencial al piano,
su fabulosa creatividad y un dominio del lenguaje puramente jazzístico a mayor
satisfacción de los más exigentes eruditos en la materia. John Axelrod ya extrajo
todo el potencial jazzístico de una
convenientemente versátil ROSS en aquel ya lejano Harlem de Duke Ellington, lo que de nuevo quedó demostrado en esta versión algo abigarrada pero en perfecto
estilo de la archiconocida pieza de un Gershwin que atesora otras piezas de
concierto dignas de programarse, aunque su grueso sean musicales y canciones
sueltas. Lady Be Good, del musical
homónimo, sirvió como propina para que Marshall la
sometiera a coloristas figuraciones de una apabullante creatividad.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía



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