Diálogos concertantes con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Michael Barenboim, violín y viola. Elena Bashkirova, piano. Programa: Sonatina para violín en la menor nº 2 Op.137 D.385 y Sonata en la menor para arpeggione y piano D.821, de Schubert; Sonata para violín y piano nº 1 en la menor Op.105 y Märchenbilder para viola y piano Op.113, de Schubert. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 22 de marzo de 2026
No
estaba asegurada, pero todo corría a favor de que la compenetración fuera sobresaliente, y así fue, a pesar del toque
algo mecánico y a menudo falto de vuelo lírico de la veterana pianista. Sin
embargo, logró hacer con su hijo el tándem
perfecto, controlando en la medida de lo posible su presencia en cada una
de las piezas seleccionadas. El diseño del programa, en perfecta simetría, con el violín protagonizando la primera parte
y la viola la segunda, se centró en páginas de enorme calidad, exuberante romanticismo y considerable
melancolía, que madre e hijo llevaron por la mejor de las sendas posibles.
Más
enjundia tiene la Sonata para violín y
piano nº 1 de Schumann que completó la primera parte, una hermosa página cargada de imperioso
sufrimiento a pesar de lo mucho que se ha criticado al autor su torpe
trabajo con el violín, a menudo cargado de graves. En manos de Barenboim, el
primer movimiento sonó apasionado y a la
vez sombrío. El allegretto
central resultó discreto pero no falto de aliento
poético, y el movimiento final, animado, sumamente melódico y de nuevo doloroso. Al sonido homogéneo y el
fraseo flexible del violinista se sumó en todo momento la colaboración atenta y fiel de la consumada pianista.
Terminó
como empezó, con Schubert, esta vez con su popular Sonata para arpeggione, obra de circunstancia para promover un
instrumento efímero derivado de la viola da gamba, híbrido entre la guitarra y
el violonchelo, que hoy se suele tocar
al violonchelo. No obstante, a la viola Barenboim consiguió exprimir sus posibilidades melódicas,
llenas de encanto y espíritu ensoñador, con una particular dulzura y la
complicidad siempre a punto de Bashkirova. Luz
y alguna que otra tiniebla se hicieron eco en esta expresiva y expansiva
página que pone de manifiesto la enorme inventiva
melódica de su autor, siempre bajo una articulación precisa, un fraseo
flexible y poético, y una compenetración
llena de sutileza y lirismo.



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