Reino Unido 2025 136 min.
Dirección Mona Fastvold Guion Mona Fastvold y Brady Corbet Fotografía William Rexer Música Daniel Blumberg Intérpretes Amanda Seyfried, Lewis Pullman, Thomason McKenzie, Matthew Beard, Stacy Martin, Tim Blake Nelson, Christopher Abbott, Scott Handy Estreno en el Festival de Venecia 1 septiembre 2025; en Reino Unido 27 febrero 2026; en España 13 marzo 2026
La actriz y directora noruega Mona Fastvold debió conocer a Brady Corbet participando como intérprete en su delirio psicodélico y musical Vox Lux. Juntos escribieron The Brutalist, que dirigió él, emprendieron una relación sentimental y tuvieron un hijo. Antes de esta película, Fastvold dirigió en su país natal Dobles parejas y en Estados Unidos el western queer El mundo que viene. El pasado año se embarcó en el que seguramente ha sido el proyecto más ambicioso de su carrera hasta el momento, un extravagante musical sobre la líder y fundadora del movimiento Shaker, una escisión de la religión protestante que promovía la igualdad absoluta entre hombres y mujeres, la vida sencilla y en comunidad, la música y el baile como medio de acercarse a un Dios mitad hombre mitad mujer, y hasta algo tan nórdico como el diseño de mobiliario práctico, funcional y decididamente sencillo. Pero promovía también el celibato, y esa podría ser una de las claves fundamentales para su paulatina desaparición, como se constata en sus elaborados títulos finales.
Los shakers defendían también el carácter profético de su líder y su concepción como nuevo y femenino Jesucristo, de forma que su denominación oficial era Sociedad unida de creyentes en la segunda aparición de Cristo. Fastvold y Corbet, con la colaboración inestimable de Daniel Blumberg, que tiene también un papel como intérprete en la película y fue muy laureado por la banda sonora de The Brutalist, y además compuso la de El mundo que viene, han convertido esta epopeya ambientada a finales del siglo XVIII en un musical, con la licencia del modus operandi de la secta, que al fin y al cabo es lo que era, y la herencia de un buen puñado de canciones y bailes convenientemente remozados para los gustos actuales. Su suntuosa puesta en escena, deudora del imaginario nórdico, con peajes en Dreyer y Haneke, salvando las distancias especialmente con el primero, no se corresponde con su dramaturgia histérica, caótica y falta de inspiración y profundidad.
El resultado es como una tesis religiosa a lo Dreyer pero carente de sustancia, cuyo largo metraje se digiere con la esperanza de descubrir algo en el horizonte, que se diluye conforme entendemos que se trata de un camino a ninguna parte, nada revelador y, desde luego, poco atractivo. Ni la esforzada interpretación de su protagonista, Amanda Seyfried como Madre Ann, que llegó a estar nominada al Globo de Oro, ni su elaboradísima banda sonora, y mucho menos su espasmódica coreografía, logran elevar la cinta más allá de una nadería que incluye las persecuciones a las que la secta fue sometida, primero en Reino Unido y después en Estados Unidos, sin que nada llegue a emocionar ni motivar. Una lástima, porque material había para lograr un film fascinante, fiel reflejo de la preocupante sociedad en la que vivimos actualmente. Cuesta trabajo seguirla en su política de exceso y ambición.

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