Así,
como La Gran Pasión, se conocía este oratorio inmortal en el siglo
diecinueve. Y así lo corroboró esta hermosísima
versión que ha servido este año para cerrar con broche de oro el Festival
de Música Antigua de Sevilla. Una espléndida mañana primaveral de Domingo de
Ramos y un Maestranza casi lleno hicieron justicia a uno de los más hermosos oratorios jamás disfrutados en nuestra ciudad.

Rosen, Jonathan Cohen y Nick Pritchard
Dispuestos
como está marcado, en formación de dos
orquestas y dos coros organizados simétricamente, dialogando unos con
otros, y con el clave de Cohen y el órgano de Tom Foster ejerciendo de bisagra,
el coro de obertura, con su particular
lamentación desplazándose de un lado al otro, ya captó por entero nuestra
atención y nos preparó para toda la emoción y la admiración que iba a ir
apoderándose de todos y todas. A partir de ahí, pura magia, puro drama y mucho, como nunca, sentimiento.
Cohen
fue capaz de dosificar el numeroso conjunto convocado de manera que cada frase y cada matiz quedaran perfectamente
expuestos, sin enmarañamiento y sin marcar en exceso los acentos y las
tensiones. Fue quizás el toque británico,
que no permite acrobacias innecesarias y se regocija en la mera partitura, el
que procuró que el sonido fuera lo más
elegante y hermoso posible, pero sin amaneramientos ni florituras
innecesarias, aún echando mano de ritmos y texturas lo más próximos posibles al
uso de instrumentos y técnicas
históricamente informadas.
Solistas
excepcionales
Entre
los personajes bíblicos, destacaron las voces graves y rotundas de Hugo Herman-Wilson como Judas y Patrick Keefe como Pilatos. Las arias fueron perfectamente entonadas
por la soprano Carolyn Sampson, de
voz algo pequeña pero ideal para cantar con tanto gusto y elegancia Ich will dir mein Herze schneken (Quiero
entregarte mi corazón), el veterano bajo alemán Thomas E. Bauer, decididamente tremolante pero henchido de ternura
en Mache dich (Purifícate), y el
tenor británico Hugo Hymas, seguramente
el timbre más bello de cuantos
comparecieron, e igualmente con un fraseo exquisito y una sobrada proyección.
Mención
especial merece también el magnífico
trabajo de las maderas y la cuerda grave, potenciando la ternura
generalizada unas y la fuerza y cuerpo los otros. Con estos ingredientes, una estética asentada en la sinceridad, la
ternura y el sentimiento más profundo y natural, no es de extrañar que gran
parte del público saliera extasiado de tan sensacional acontecimiento, sobre
todo después de ser testigos de un número final, Wir setzen uns mit Tränen nieder (Llorando nos postramos), en el
que volvió a ponerse de manifiesto la gran
compenetración de todos y cada una de las integrantes del coro, y ese aire
de Gran
Pasión que destiló toda la función.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía



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