En su declaración de principios,
Orquestra del Miracle pone de relieve la importancia
de la música de la época que se hacía en nuestro país, y situarlo en su
contexto a través de una comparativa con lo que sonaba en el resto
de Europa. Justamente ésta fue su propuesta en esta ocasión, tomar un motete
escrito para la Pentecostés en su versión instrumental, sustituyendo la voz humana
por la de la flauta, y demostrar la influencia
en su gramática y lenguaje de los grandes maestros del momento, Bach,
Haendel y Telemann.
La verdad es que la operación puso en evidencia la simpleza de la pieza de Francisco Valls frente a la creatividad
y magnificencia de las obras seleccionadas de los grandes compositores
convocados. No obstante, en el
idiomático órgano de de la Rubia y la cálida flauta de Marit Darlang, la
obra cobró cierta gracia e indiscutible amabilidad. Nada que ver, sin embargo,
con la majestuosidad del arranque de manos de Haendel y su obertura para la
ópera Rodelinda, que el conjunto marcó con una fuerza
arrolladora y una precisión matemática.
Tres grandes del Settecento
Más
compleja es la singular obertura de Il
pastor fido, con nada más y nada
menos que cinco movimientos, de los que destacamos el dulce largo y el melancólico adagio, ambos defendidos por Kathryn Elkin con fraseo flexible y legato fluido al oboe. Sensacionales
sonaron las tres sinfonías extraídas de
sendas cantatas de Bach, dos de ellas más conocidas por sus transcripciones
para clave. De la Rubia desplegó todo su virtuosismo, precisión y vigorosa
articulación al órgano en la BWV 35, así como su elegante fraseo, junto al oboe
de Elkin, en la BWV 156, más popular
como largo del Concierto para clave
BWV 1056. Pero fue fundamentalmente en la Sinfonía de la BWV 146 donde
exhibió su generosa habilidad y
fulgurante digitación, dejándonos literalmente boquiabiertos.
Con
una selección de la Música acuática
de Telemann – inexplicablemente se dejaron fuera dos de sus diez movimientos –
se dio por terminado oficialmente el concierto. A la majestuosidad y el vigor de la larga obertura, así como al
carácter pastoril de la zarabanda,
siguieron momentos de gran compenetración, como el bourrée, y de simpática candidez, el loure, pero sobre todo un tempestad de fascinante resolución con la inestimable
intervención del concertino, Vadym Makarenko, a quien hace precisamente
tres años pudimos disfrutar junto a Amandine Beyer y Gli Incogniti en este
mismo Espacio Turina.
Tras
esta suite que terminó a zapatazos con el alegre y cantarín canario final, tocaron como propina un allegro de Antonio Soler, de idéntica arquitectura virtuosa y graciosa
resolución, muy relacionado con el Monasterio de Montserrat al que está
adscrito el Santuario del Miracle donde se formó esta prometedora orquesta
barroca.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía


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