Pero
cualquiera mínimamente informado o informada sabe que la intervención del contratenor en La
Pasión según San Juan se limita a dos arias, por lo que no se iba a
tratar de un recital de Andreas Scholl, como hace cuatro años, cuando nos visitó acompañado precisamente de este conjunto
instrumental para entonar cantatas de Vivaldi y su idolatrado Bach. No
obstante, su participación en la
formación y la planificación de estos jóvenes conjuntos instrumentales y
vocales le otorgan el protagonismo que el cartel anunciador prometía. Lo que no
es permisible es que a tan excelsa música se
le sustraigan los textos escritos con el fin de seguir la trama, ya sea en
forma de subtítulos, lo más conveniente, o impresos en un conveniente programa
de mano. Dada la cantidad de monitores que adornan el auditorio del Cartuja
Center, no hubiera estado de más que sus responsables hubieran cuidado este
detalle.
La afluencia de público no fue la acostumbrada en este tipo de manifestaciones, puede ser por
el insólito espacio elegido, tan apartado de los circuitos habituales, o por el
alto precio de la entrada, posiblemente una imposición de la promotora Maelicum,
o la clásica excusa del lunes maldito. Pero lo peor es que te toque detrás los
únicos, o casi, de toda la sala que hablasen a discreción, tosiesen sin
compasión, provocasen el dichoso ruidito del envoltorio del caramelo, empujasen
la butaca contigo delante y dejasen sonar sus móviles. Sólo les faltó dejar
caer algún objeto al suelo para lograr la
colección completa de faltas de
respeto a artistas y público.
Una
pesarosa liturgia musical
La Pasión según San Juan se
estructura en dos partes muy descompensadas, la traición, el arresto y la
negación, y la interrogación, la flagelación, la condena, crucifixión, muerte y
sepultura de Jesús, en un tono que combina
majestuosidad con una profunda y piadosa tristeza, considerándose en su
conjunto más trágica que su hermana la de San Mateo. Pero Divino Sospiro y Nova
Era la abordaron desde un punto de vista decididamente
humilde e intimista, despojándolo de toda solemnidad para dotarlo de una
estética pragmática, más cerca aún de la liturgia luterana de la que tanto depende.
El coro, muy joven y disciplinado
pero igualmente grisáceo, acusó predominio de las voces femeninas sobre las
masculinas, en las que echamos en falta más relieve, sobre todo en las voces
graves. El joven Rodrigo Carreto
sudó lo suyo como Evangelista, exhibiendo una voz muy bien timbrada y en perfecto
estilo, y así logró brillar en sus arias, la entrecortada Ach, mein Sinn y la larga, bellísima y
piadosa Erwäge, que cantó con extrema
delicadeza. Bello timbre también, y muy en estilo, el de la joven soprano y
violinista Eunice Abranches, que
cantó con elegancia y delicadeza Ich
folge y un delicioso Zerfielsse.
También
los bajos Hugo Oliveira, formidable y
rotundo en Mein teurer Heiland, y Lucas Mandilo como Jesús, extraído del
coro, alcanzaron buen nivel. De Andreas Scholl sólo decir que sigue
sorprendiendo su calidez, su fuerza y, sobre todo, su capacidad para no perder registro, mantener el tono sin forzar la
voz y lograr ornamentaciones de gran calado, como se pudo comprobar en Von den Stricken y, sobre todo, en Es ist vollbracht!, elogio de melancólica tristeza derivada hacia la mitad en efervescente energía.


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