domingo, 22 de febrero de 2026

SEONG-JIN CHO Y LA SINFÓNICA DE LONDRES EN PERFECTA COMUNIÓN

Gran Selección. London Symphony Orchestra. Seong-Jin Cho, piano. Gianandrea Noseda, dirección. Programa: Divertimento de Le baiser de la fée, de Stravinski; Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa menor Op. 21, de Chopin; Sinfonía nº 2 “Épica”, de Borodin. Teatro de la Maestranza, sábado 21 de febrero de 2026


Ya lo decíamos a propósito del último concierto de abono de la ROSS, la inexplicable, a pesar de los altos precios, abundancia de localidades sin vender que experimentó este esperadísimo encuentro de una de las orquestas más importantes del Mundo con el público sevillano. Si Fibes llena sus cuatro mil localidades, sin importar el precio a pagar por ellas, para disfrutar de música de cine en directo, qué menos que acercarse al Maestranza para rendir pleitesía a la orquesta que dio forma a algunas de las bandas sonoras más veneradas de la Historia, como la saga de las galaxias, Supermán o la saga de Indiana Jones.

Sólo con que esos incondicionales de la música de cine hubiera hecho sus deberes, las entradas al concierto de la Sinfónica de Londres se hubieran agotado a los dos días de ponerse a la venta, como ocurrió hace un par de temporadas con la Filarmónica de Viena, o sucedió con Anna Netrebko o Cecilia Bartoli recientemente. Al margen de estas consideraciones cinéfilas, hay mucho público aficionado a la música clásica en la ciudad como para haber dejado pasar la oportunidad de rendirse a esta orquesta que, a pesar del paso de los años y el cambio continuo de plantilla, sigue exhibiendo una pureza de sonido y una maestría al alcance de pocas formaciones a nivel global.

Dicho esto, el de ayer fue un concierto apoteósico, pura emoción y mucha incredulidad ante tal grado de magnificencia. La Sinfónica de Londres bajo la batuta de un regio Gianandrea Noseda terminó aquí su gira española, que les ha llevado por Barcelona, Zaragoza, Madrid, Valencia y Sevilla con dos programas distintos a veces alternando piezas, y con dos solistas de excepción, la violinista Patricia Kopatchinskaja interpretando el concierto de Berg, y el pianista Seong-Jin Chon con el segundo de Chopin.


Tuvimos suerte, porque el El beso del hada de Stravinski y la Sinfonía nº 2 de Borodin son piezas poco frecuentadas en las salas de concierto, no obstante su especial interés, frente a los más habituales Nocturnos de Debussy y la Sinfonía nº 1 de Rachmaninov que tocaron en otras plazas. Además, el pianista coreano es una estrella compulsada con diez discos grabados para Deutsche Grammophon que lo confirman como un nuevo fenómeno muy a tener en cuenta. Un día recordaremos la suerte que tuvimos de escucharlo en directo en nuestra propia casa.

Y es que la confluencia de una orquesta inimitable, un pianista brillante y la acústica casi inigualable del Maestranza, obró el milagro, dejando las grabaciones que de los dos conciertos de Chopin ha realizado Cho con esta orquesta y el mismo director, a un nivel inferior, aún siendo estupendas, del que pudimos apreciar en este concierto más allá de lo imaginable.

Piano y orquesta en perfecta sintonía

El homenaje que Stravinski dispensó a Chaikovski en forma de ballet, El beso del hada, reconvertido en suite o divertimento, en referencia a ese beso fatal que como en el cuento de Andersen, condicionó toda la obra trágica del compositor ruso, dio inicio a esta feliz andadura de la orquesta en Sevilla. Basada en composiciones menores de Chaikovski, lo que justifica que sean poco reconocibles, la obra dio pie a percibir la claridad y la brillantez del sonido de la orquesta en todas sus secciones, integradas de tal forma que cada sonido parecía emerger de otro distinto, apoyándose y complementándose de manera casi milagrosa.

En manos de Noseda, la obra dejó de ser una pieza artificial y falta de carácter para convertirse en pura delicia, con una expresividad encantadora, permitiendo que en esta primera aproximación del público a la estética de la orquesta ya fuera posible apreciar el empaste y la dinámica extrema del conjunto. Todo preparado ya para adentrarse en la pieza estrella y central de la velada, el Concierto nº 2 de Chopin, que Seong-Jin Cho ha grabado en un par de ocasiones, confirmándolo a sus apenas treinta años y tras lograr hace diez el prestigioso concurso internacional que lleva su nombre, convirtiéndolo en toda una joven autoridad en el compositor polaco.


Seong-Jin Cho está dotado para agradar al más exquisito paladar, como confirman sus registros sobre Debussy, doble, y Ravel, toda su obra para piano, incluidos los dos conciertos bajo la dirección de Andris Nelsons, cuyo rostro incrédulo nunca olvidaremos cuando saliendo al escenario del Maestranza comprobó el asolado aforo con el que se le recibió, una de las batutas más sobresalientes de la actualidad. Con esa exquisitez, pero sin los remilgos y afectaciones con los que hace tiempo se despachaba a Chopin, ofreció un sensacional concierto, bajo la atenta mirada de un director que sabe acoplarse a su refinamiento y abrigarlo con los mejores ropajes.

Su dilatado arranque orquestal sonó dramático y a la vez balsámico, hasta que la vigorosa irrupción del piano, ardiente y fastuoso, dio paso a un dinámico discurso y un cómplice diálogo, reflejo de la perfecta integración entre orquesta y solista, que siempre mantuvo un impulso virtuoso sin tregua. Pero fue en el larghetto donde apreciamos el más íntimo e inexplicable momento de la noche, cuando el piano se expresa apasionada y cadencialmente y la cuerda le apoya tremolante y de forma harto sinuosa, creando una atmósfera de encantamiento y misterio difícil de describir.

Más dramático, pero igualmente elegante, se presentó el allegro vivace final, con ese primer tema en forma de vals que evoluciona a mazurka en las manos imperiosas del joven pianista, y unas tonificadas trompas anunciando la feliz resolución del concierto. Como propina, Seong-Jin Cho corroboró su afecto a Chopin tocando el famoso Vals Op. 64 nº 2, deleitándose en las notas, sin prisas, con enorme delicadeza y un fecundo y expresivo arraigo emocional.

Elogio de una impecable orquestación

La Sinfonía nº 2 de Borodin, llamada Épica por su propio autor por ilustrar episodios del Medievo ruso protagonizados por el bardo Bayán, es una lujuriosa pieza que ganó popularidad cuando Rimski-Korsakov la reorquestó aligerando la pesadez con la que se presentó infructuosamente por primera vez al público. Precisamente una de las grabaciones de referencia de esta poco divulgada pieza, a pesar de su calidad, es la que protagonizó la London Symphony en 1961, bajo la batuta entonces de Jean Martinon.


Noseda se enfrentó a ella desde la óptica de una espectacularidad evidente, pero sin marcar en exceso sus acentos eslavos y convertirla en un pastiche folclórico. La elegancia, pues, se hizo también patente en su particular lectura y la respuesta impecable que ofreció la orquesta, ahora dejando clara también su magistral percusión, ya apuntada en la pieza de Stravinski. Ese bloque de fuerzas y danza desenfrenada que protagoniza el allegro inicial, se benefició particularmente de un solo de violonchelo en magníficas condiciones y una cuerda grave de excelentes prestaciones y un sonido voluminoso.

Primó la melancolía en el prestissimo, pero sin sacrificar ritmo y viveza, mientras el andante dejó destilar toda su belleza y sensualidad a través de la noble melodía que lo informa y la imponente armonía de todos los elementos en liza. Momento cumbre para los brillantes y refulgente metales, increíblemente integrados con el resto del conjunto, en el bullicioso movimiento final, evocando las danzas de los juglares rusos y el estímulo de una muchedumbre regocijada. Puro éxtasis servida en manos inigualables, que junto a todo lo demás, incluida una portentosa Polonesa de la ópera Eugenio Oneguin de Chaikovski, haciendo alarde de una coherencia absoluta, bordó una noche inolvidable en el Maestranza.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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