domingo, 30 de noviembre de 2025

LA BARTOLI FUE EL RECLAMO, LA ORQUESTA LA REVELACIÓN

Orfeo ed Euridice, de Christoph Willibald Gluck. Libreto de Rainieri de Calzabigi. Ópera en concierto semiescenificada. Les Musiciens de Prince-Monaco. Gianluca Capuano, dirección musical. Il Canto di Orfeo (Jacopo Facchini, dirección del coro). Con Cecilia Bartoli y Mélissa Petit. Teatro de la Maestranza, sábado 29 de noviembre de 2025

Foto: Mª Ángeles Ruiz

La presencia de Cecilia Bartoli ayer en Sevilla fue quizás el mayor acontecimiento en la ciudad, sólo ensombrecido por el alumbrado navideño del Sr. Alcalde, que sirvió como reclamo para la habitual invasión de propios y extraños en las calles del centro. Un encendido que cada vez se adelanta más, promovido quizás por la costumbre adquirida en otras ciudades y pueblos, como Vigo, de tirar la casa por la ventana y derrochar lo indecible en estas fiestas. En ese contexto, otros lucieron sus mejores galas para rendir pleitesía a la diva, agotarla con cumplidos y forzarla a intervenir en celebraciones que, tras una actuación de tal calibre, a buen seguro poco le apetecerían.

Con tanto bullicio y oropel, nada hacía recordarnos que el Maestranza anda de luto tras el fallecimiento repentino de quien lo dirigió en aquellos ya lejanos años de posicionamiento, José Luis Castro. Si acaso, sólo la tristeza profunda con la que el equipo comandado por la Bartoli, que como buena italiana, y si fuera catalana igual, permite el artículo delante del nombre, abordó este singular título de la literatura lírica. Una ópera que como aquel otro Orfeo supuso toda una ruptura frente a lo hecho hasta entonces, un punto de partida para lo que vendría después, en plena transición del barroco al clasicismo.

Curiosamente, Orfeo y Eurídice nunca se ha representado escénicamente en el Maestranza, y sin embargo en el Villamarta de Jerez lo ha hecho en dos ocasiones. Sí la hemos disfrutado en versión concierto en mayo de 2011 de la mano de la Barroca de Sevilla, con Enrico Onofri a la batuta y las voces de Carlos Mena, Roberta Invernizzi y Maria Christina Kiehr. Ayer volvió a representarse en concierto, con pequeñas dosis escénicas, apenas patentes en la interpretación de sus protagonistas, algún juego de iluminación en el escenario y el patio de butacas, y un escueto vestuario.

Después de tantos años

Cecilia Bartoli no pisaba el Maestranza desde aquel glorioso recital de febrero de 2008, que provocó las más estridentes y delirantes ovaciones jamás recordadas en el coliseo sevillano. Han pasado casi veinte años y eso se nota en la voz, aunque menos de lo que esperábamos. Tampoco es esta pieza de Gluck el vehículo ideal para el lucimiento de las legendarias agilidades de la diva. Precisamente frenar esas exhibiciones circenses fue uno de los retos que se propuso el compositor de Baviera al engendrar este título mítico.


Con todo, el suyo fue un Orfeo intenso, quizás demasiado, dada su tendencia a la exageración y la sobreactuación, lo que a veces provocó que sus ademanes resultaran cómicos. Trajo a Sevilla, como antes hizo en Barcelona y Madrid, una versión poco transitada de la ópera, la de Parma de 1769, siete años después del estreno vienés para castrato, y cinco antes del estreno parisino para tenor. Fue con esta versión de Parma con la que empezó a obtener éxito, con castrato soprano en lugar de castrato contralto. Después vendrían otras transformaciones, como la más famosa de Berlioz, que la adaptó para contralto, así como más recientemente para barítono y contratenor, demostrando que Orfeo es apto para todos los timbres y tesituras.

No desaprovechó la Bartoli la ocasión para exhibir agilidades en aquellos pasajes que lo permitieron, pero sobre todo demostró mantener un timbre sedoso, precioso, y una proyección sobrenatural. Acusó más vibrato de lo habitual, pero también una capacidad increíble para apianar a discreción, como demostró en su declaración ante las furias, Che puro ciel, y sobre todo, en un insólito Che faró senza Euridice? a una vertiginosa velocidad, lo que le restó belleza, con cambios bruscos de ritmo que aprovechó para cantar de manera estremecedora.

Como en esta versión no hay final feliz, imprescindible en la época para triunfar, la soprano francesa Mélissa Petit pudo desdoblarse como Eurídice y Amor, pues sólo en la escena final, mutilada en esta versión, coinciden ambos personajes en escena. Como Amor, portando un gran corazón para evitar confusiones, abordó de manera impecable Gli sguardi trattieni, desenvolviéndose con corrección, buena interpretación y sentido del drama en el resto de su aportación, ya como enamorada y desconfiada esposa.


Magníficos músicos y coro

Pero quienes verdaderamente nos sorprendieron fueron Les Musiciens de Prince-Monaco (o Les Musiciens du Prince), una voluminosa orquesta de porte barroco que nos regaló una interpretación sumamente delicada de la partitura, de sonido aterciopelado y cristalino, con aportaciones solistas de enorme categoría y un trabajo en equipo de sobresaliente calado. En el apartado más dinámico, la orquesta brilló en la obertura y muy especialmente en una prodigiosa danza de las furias, quizás algo exagerada en el apartado de percusión, pero sensacional en todo lo demás. El milanés Gianluca Capuano exprimió al máximo las posibilidades de tan acertado conjunto.

Así mismo brillaron las voces de Il Canto di Orfeo, que acertaron en lo musical y en lo dramático, logrando así adecuar la música al drama, como pretendía el autor, combinando luz y oscuridad, sencillez y pathos, en definitiva amor y odio, arropando de la mejor forma posible la intención de la gran protagonista de la noche, Cecilia Bartoli.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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