Dirección Richard Linklater Guion Robert Kaplow Fotografía Shane F. Kelly Música Graham Reynolds Intérpretes Ethan Hawke, Margaret Qualley, Bobby Cannavale, Andrew Scott, Patrick Kennedy, Jonah Lees, Simon Delaney, Giles Surridge Estreno en el Festival de Berlín 18 febrero 2025; en Estados Unidos 24 octubre 2025; en España 28 noviembre 2025
La unión de Richard Linklater y Robert Kaplow dio como fruto hace un puñado de años la película Me and Orson Welles, que como esta segunda colaboración y segundo guion del dramaturgo norteamericano, se ambientaba en las bambalinas del mundo del espectáculo de Broadway. Siguiendo la estela de la correspondencia epistolar que Lorenz Hart mantuvo con una supuesta estudiante de Yale llamada Elizabeth Weiland, más allá de lo cual no está demostrada su existencia, el director de Boyhood y la reciente Nouvelle Vague recrea la noche del estreno de ¡Oklahoma! en Broadway, y la posible repercusión que este evento pudo tener en el protagonista de esta amarga semblanza del desprecio, la humillación y el desarraigo que borda con una actuación sobresaliente Ethan Hawke, actor fetiche del director. Hart fue durante un cuarto de siglo el letrista del afamado y genial compositor Richard Rodgers desde que se conocieron en la Universidad de Columbia. Juntos crearon musicales de la talla de Pal Joey, con canciones emblemáticas como I Could Write a Book o Bewitched, Bothered and Bewildered. Suyas son también las populares canciones My Funny Valentine, Where or When, Manhattan, The Lady Is a Tramp y la que da título a esta amarga y nostálgica fábula sobre la fama y el abandono, Blue Moon.
Hart aguarda en el Restaurante Sardi la llegada de Rodgers y su nuevo letrista, Oscar Hammerstein II, quienes cosecharían una larga lista de éxitos, como Carrusel, Al sur del Pacífico, El rey y yo o Sonrisas y lágrimas, además de esa Cenicienta para la televisión que descubrió a Julie Andrews y hoy se puede admirar en la Gran Vía madrileña. En ese único escenario, aquel día 31 de marzo, apenas unos meses antes de fallecer como consecuencia de sus problemas con el alcohol, en noviembre de 1943, Hart demoniza sus particulares fantasmas, relacionados con su adicción, su latente homosexualidad, sus celos y esa sensación de insufrible abandono al que se enfrenta tras la cada vez más definitiva ruptura profesional con Rodgers, ahogando sus penas a través de discursos extraordinariamente escritos por Kaplow y declamados por Hawke en estado de gracia, con interlocutores circunstanciales como el barman del lugar (Bobby Cannavale) o Elwin Brooks White (Patrick Kennedy), ensayista y escritor de espíritu eminentemente intelectual, y otros más directos con los protagonistas de su particular calvario existencial, un Rodgers incómodo que el actor Andrew Scott recrea con tanta riqueza de matices que le valió un premio en Berlín, y la tal Elizabeth Weiland (Margaret Qualley), símbolo de la incapacidad natural o sobrevenida de Hart para atraer a las mujeres y exorcizar su homosexualidad, y que pudo inspirar al personaje que interpretaba June Allyson en la más edulcorada y falseada biografía cinematográfica que rodó Norman Taurog sólo cinco años después de la muerte del letrista, al que dio vida Mickey Rooney, Words and Music (Letra y música). La de Linklater se puede definir como una lúcida y amarga crónica de la desesperación de un hombre que ve cómo el pasado engulle su futuro y le ofrece una perspectiva incierta e insatisfactoria de la vida, tan difícil de aceptar.
Para redondear el aspecto de pieza de cámara teatral con la que el propio Linklater la define, toda la música, naturalmente recreaciones de canciones no sólo del tándem Rodgers-Hart sino también de otros grandes de la época como Berlin, Gershwin o Kern, sale del piano que toca otro personaje clave del film, un aspirante a compositor ficticio de nombre Morty Rifkin, ataviado con uniforme militar propio del momento, plena Segunda Guerra Mundial en aquel Estados Unidos que en su lejanía se permitía celebrar eventos sofisticados como el estreno glorioso del musical ¡Oklahoma!, en cuya fiesta posterior celebrada en Sardi, aparece entre otros un aspirante a director de cine llamado George Roy Hill (David Rawle), un cuarto de siglo más tarde celebrado por títulos como Dos hombres y un destino o El golpe. Como puede apreciarse del entusiasmo generalizado de esta reseña, una película especialmente indicada para amantes del género, aquellos personajes y aquella nostalgia, pero igualmente disfrutable para amantes del buen teatro con buenos personajes y espléndidas elucubraciones emocionales y sentimentales plasmadas en un libreto extraordinario.

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