sábado, 3 de noviembre de 2018

EL CASCANUECES Y LOS CUATRO REINOS Una adaptación libre y machacona

Título original: The Nutcracker and the Four Realms
Estados Unidos 2018 99 min.
Dirección Lasse Hallström y Joe Johnston Guión Ashleigh Powell, según el cuento de E.T.A. Hoffman Fotografía Linus Sandgrem Música James Newton Howard Intérpretes Mackenzie Foy, Keira Knightley, Helen Mirren, Morgan Freeman, Eugenio Derbez, Matthew Macfadyen, Miranda Hart, Ellie Bamber, Jayden Fowora-Knight, Richard E. Grant, Anna Madeley Estreno en Estados Unidos 2 noviembre 2018; en España 31 octubre 2018

De vez en cuando Disney se embarca en la realización de extravagancias en las que poder desplegar su vocación artística, aunque en el proceso no abandone su ambición económica desmedida, pero sin que ésta resulte una prioridad. Con un guiño inequívoco a Fantasía, donde Stokowski dirigía frente a la Orquesta de Filadelfia, entre otros fragmentos clásicos, una suite del ballet El cascanueces de Chaikovski (aquí es la silueta de Gustavo Dudamel, que dirige gran parte de la banda sonora de la película, la que emula ese momento estelar del imaginario Disney), la factoría dirige su mirada hacia el más famoso de los cuentos que escribiera Hoffman a principios del siglo XIX. Un clásico que el compositor ruso convertiría en uno de los ballets más celebrados de la historia, y que desde entonces suele animar las Navidades del mundo occidental. Disney, como El Corte Inglés, ha adelantado tan entrañables como manipuladoras fechas dos meses nada más y nada menos, y nos presenta una versión que toma el referente como mero pretexto para contarnos una vez más la sempiterna lucha entre el bien y el mal, convirtiendo los artilugios mecánicos y animalitos que Hoffman describía en su cuento en integrantes de ejércitos que, comandados por una niña más cerca de la Alicia reciente que de Clara Stahlbaum (en el original la protagonista se llama Marie, que aquí es el nombre de su madre), luchan para reponer la armonía en el mundo conocido. Empieza bien, presentándonos a una heroína, mujer en la pubertad, que demuestra un ingenio, una inquietud, una inteligencia y una habilidad extraordinarias. El soldado de juguete, el cascanueces del título, lo incorpora un chico de color. Va bien la cosa, pero sólo durante unos veinte minutos, porque después nuestro interés cae en picado frente a tanta supuesta creatividad artística, escenarios fantásticos generados, como el Londres victoriano con el que arranca la cinta, por ordenador, y tanta presunta fantasía archivista, con el mismo objetivo de siempre, recrear de nuevo esa lucha entre el bien y el mal a antojo de la idiosincrasia disneyiana. Dos directores competentes, Lasse Hallström (Un viaje de diez metros, La pesca del salmón en Yemen) y Joe Johnston (Jumanji, Capitán América) se ponen tras la cámara con piloto automático, mientras un elenco en el que sobresalen algunas viejas glorias pretende sumar calidad al asunto. No es una adaptación del ballet, que sí hizo en 1993 Emile Ardolino, el director de Dirty Dancing, basándose en la coreografía de Balanchine y con Macaulay Culkin interpretando al cascanueces, pero sí presta mucha atención a la música y la danza, con coreografías inspiradas directamente en Petipa y la aportación de la estrella del American Ballet Misty Copeland animando entre otras secuencias la de los títulos de crédito finales. Lang Lang aporta su enérgico pianismo y Dudamel dirige una espectacular partitura en la que James Newton Howard intercala fragmentos muy reconocibles del ballet de Chaikovsky. Para rematar Andrea Bocelli presenta junto a su hijo Matteo el single de su nuevo disco en los títulos finales. Todo muy de qualité de pacotilla.

EL ÁRBOL DE LA SANGRE Enrevesada saga familiar en una España invertebrada

España 2018 130 min.
Guión y dirección Julio Médem Fotografía Kiko de la Rica Música Lucas Vidal Intérpretes Úrsula Corberó, Álvaro Cervantes, Najwa Nimri, Patricia López Arnaiz, Daniel Grao, Joaquín Furriel, Maria Molins, Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Gavasa, Josep Maria Pou, Ángela Molina, Lucía Delgado, Sergio Castellanos, Luka Peros, Mariano Venancio Estreno 31 octubre 2018

Médem plantea en su nuevo trabajo tras ma ma la típica saga familiar televisiva, un género popular desde aquellas míticas Dallas, Dinastía y Falcon Crest, pero dándole una considerable vuelta de tuerca y provocando una trama enroscada y enrevesada que la convierten en algo hipnótico y desde luego sumamente atractivo. Se nutre para ello de un reparto de rostros y cuerpos hermosos, paisajes idílicos y una aparente declaración de principios sobre la unidad de un país que se ve representado en sus múltiples localizaciones y cómo entre todas ellas, donde residen sus protagonistas, se teje otro árbol de infinitas ramificaciones, como el que se levanta frente al caserío vasco en el que la pareja protagonista pretende escribir las memorias de su árbol genealógico común, o el que surge de una familia tan insólita como curiosa, en la que la casualidad se instala con tanta naturalidad que resulta hasta digerible. Médem parece volver con este título al universo que le dio a conocer en la década de los noventa del pasado siglo, con Los amantes del círculo polar a la cabeza, para contarnos una historia de amor influida y condicionada por los secretos y las intrigas de una familia de fuerte carácter y oscuro pasado. La historia de este país diseccionada a grandes rasgos, desde el exilio de miles de niños a Rusia a principios de la Guerra Civil hasta el peligro actual de desintegración, pasando por el terrorismo vasco, la especulación inmobiliaria, la mafia rusa y el tráfico de seres humanos. Todo ello como telón de fondo, o según qué no tanto, para contar una saga familiar de evidente atractivo en la que los parientes viven en Barcelona, Sevilla, Alicante o Bilbao, hablan en nuestras diferentes lenguas y acentos, y viven sus particulares pasiones románticas y sexuales al ritmo de la etérea e hipnótica música de un Lucas Vidal que parece esté jugando a ser Alberto Iglesias, el compositor que mejor supo entender a Médem en las seis películas en las que colaboraron juntos. Quizás para haber resultado mejor película de lo que es debiera haberse recortado un poco su duración, pero eso no merma su vocación de puro entretenimiento maquillado de ambición pero sin las molestas pretensiones que malogran gran parte del producto patrio. Su juego de espejos, simetrías, saltos en tiempo y espacio que a veces se comparten, y pliegues no hacen sino potenciar su carácter atractivo y persuasivo, construyendo una cinta peculiar y desde luego muy personal.

viernes, 2 de noviembre de 2018

BOHEMIAN RHAPSODY Más que una rapsodia: una sinfonía, una ópera

USA-Reino Unido 2018 134 min.
Dirección Bryan Singer Guión Anthony McCarten Fotografía Newton Thomas Sigel Intérpretes Rami Malek, Lucy Boynton, Gwilym Lee, Ben Hardy, Joseph Mazzello, Joseph Mazzello, Aidan Gillen, Tom Hollander, Mike Myers, Allen Leech, Aaron McCusker Estreno en Reino Unido 24 octubre 2018; en Estados Unidos 2 noviembre 2018; en España 31 octubre 2018

Se prometía como un aseado, entretenido y espectacular biopic sobre el mítico grupo de rock Queen, resucitado en auditorios y estadios del todo el Mundo gracias al grupo argentino Dios salve a la reina. Pero en manos de Bryan Singer, responsable de títulos como Sospechosos habituales, Verano de corrupción o varios de los que conforman la saga de los X-Men, se ha convertido en un film emocionante y apasionante en su acertado retrato de un personaje irrepetible, Freddie Mercury, su carisma, su encanto, sus errores, sus miedos, su liderazgo y también su necesidad de formar parte de un grupo, una familia, para así, trabajando en equipo conseguir llegar tan alto como lo hicieron en los setenta y ochenta. Sorprendente la caracterización de Rami Malek, no tanto por su mimetización del ídolo en los conciertos, que es algo que también consigue su doble argentino, sino por su capacidad para crear una auténtica interpretación llena de matices y sentimiento en esas escenas intimistas y privadas menos al alcance del acervo popular. Con varias películas a sus espaldas, el actor californiano ha logrado el papel de una vida incorporando al carismático cantante desde su acomplejada condición de nativo de Zanzíbar hasta la asunción del sida que acabó con su vida. Pero al margen de la brillante puesta en escena y la creatividad con la que Singer resuelve secuencias tan emblemáticas como la génesis de la sensacional canción que da título a la película, el director fija su atención en un tema que le es familiar, la homosexualidad. De esta forma nos sorprende con el retrato de alguien con una personalidad tan arrolladora, tan atrevida y tan por encima de todo, que sin embargo fue incapaz de asumir su condición sexual, maquillándola incluso con una larga y fecunda relación heterosexual, lo que evidencia la fuerte presión que ha existido siempre para reprimir algo tan fundamental para la identidad de cualquier persona como es su orientación sexual. Trabajo en equipo, fidelidad a quienes la merecen, búsqueda del amor verdadero, son cuestiones que la cinta trata con tanta delicadeza y elegancia como acierto. Pero sobre todo la película es desde su minuto cero un canto de respeto y admiración al grupo y su líder, abandonando sanamente la tendencia generalizada en los últimos años de ensalzar las miserias de los biografiados, por encima de sus talentos y virtudes, que son las que les han hecho referentes. Singer y su impresionante, épica y espectacular película lo consiguen, convirtiendo la experiencia en toda una sinfonía, una ópera en la que tiene cabida la emoción, la tragedia, la comedia y, sobre todo, la música. Encima por el precio de una película, asistimos también a una recreación minuciosa y virtuosística de la intervención de Queen en el mítico concierto Live Aid con el que Bob Geldof consiguió despertar las conciencias de millones de personas en todo el mundo para ayudar a paliar el hambre en África, y en condiciones mejores que las que permitieron los recursos técnicos de entonces, un ya lejano 1985.

EL ÁNGEL Las aburridas andanzas de un mocoso despreciable

Argentina-España 2018 117 min.
Dirección Luis Ortega Guión Luis Ortega, Rodolfo Palacios y Sergio Olguín Fotografía Julián Apezteguia Música Moondog Intérpretes Lorenzo Ferro, Chino Darín, Mercedes Morán, Cecilia Roth, Daniel Fanego, Luis Gnecco, Peter Lanzani, Malena Villa Estreno en el Festival de Cannes (Un Certain Regard) 11 mayo 2018; en Argentina 9 agosto 2018; en España 31 octubre 2018

Hay una escena en esta aclamada película en la que el despreciable personaje protagonista lee una curiosa noticia en un periódico, antes de meterle una bala en la frente a una de sus desgraciadas e inocentes víctimas. Se refiere a una red de adopción ilegal que depilaba monos para hacerlos pasar por bebés. Hubiera preferido que se contara esta historia, para mí mucho más interesante y sorprendente que las andanzas de este miserable de piel lechosa y cara de querubín que robaba y mataba por placer apenas unos años antes del golpe militar en Argentina que acabó en dictadura. De hecho este ser que se autoconsidera libre en todas sus vertientes y con todas sus consecuencias, acaba simbólicamente detenido por todo un ejército policial que ante lo exagerado de la solución podríamos pensar que se trata de una licencia ¿poética? Lo cierto es que el director Luis Ortega, con el apoyo de El Deseo, la productora de Pedro Almodóvar, se permite contar la aburrida historia de este delincuente y sus compinches, una familia degenerada tan antipática como el joven psicópata protagonista. Entre tanto se apunta la homosexualidad reprimida, o no tanto, porque no queda muy bien reflejado en su irregular guión, una vez más como posible causa de una degeneración o mal comportamiento continuado. Se aplaude al realizador y los guionistas que no juzguen al personaje, pero ¿de verdad merece semejante sujeto que no se le juzgue? En fin, no nos ha podido parecer menos interesante y más aburrida esta nueva manifestación de arrogancia y prepotencia del cine argentino.

jueves, 1 de noviembre de 2018

TENORIO, ANÁLISIS MUSICAL E INTELECTUAL DE UN MITO

“Tenorio” de Tomás Marco en versión concierto. Manuel Busto, dirección musical. Alfredo García, barítono. Nuria García-Arrés, soprano. Manuel de Diego, tenor. Susana Casas, Mercedes López Rodríguez, Moisés Molina de Mera y Andrés Pérez Merino, madrigalistas. Tenorio Ensemble Orquesta. Teatro de la Maestranza, miércoles 31 de octubre de 2018

Alfredo García
Es curioso que mientras el mundo entero celebra la noche de difuntos con tradiciones muy arraigadas, las más conocidas en México y Estados Unidos, que es la que más se ha exportado al resto y más felices hace a los chiquillos, en España sigamos siempre tan anclados en la Iglesia, y denominemos ésta como Noche de todos los Santos. Encima los más rancios no quieren ni oír hablar de que desaparezcan estas tradiciones que tanto marcan por lo visto nuestro talante e idiosincrasia. Así las cosas nuestro Día de Difuntos es el 2 de noviembre y no es fiesta; siempre llevando la contraria y creyéndonos más chulos. Pues en ese contexto sin embargo rendimos pleitesía a un mito que nada tiene que ver con los santos y más bien con los pecados tan minuciosamente enumerados por la Iglesia para martirizarnos y hacernos creer que la redención o el castigo lo encontraremos en la Muerte; quizás así relacionemos muerte y santidad. El mito de Don Juan nació en Sevilla y aquí lo celebramos todos los 31 de octubre, en vísperas de los festejos que presuntamente más nos unen a nuestros seres queridos desaparecidos. Y hoy puede que esté más vivo, cuando nos sentimos libres de tanta culpa cristiana y tenemos nuevos conceptos sobre el sexo y el amor, se ha democratizado y desdemonizado al seductor o seductora, insaciable en su apetito de placer y aventura. Por eso no conviene condenarlo, porque hoy más que nunca todos y todas podemos ser donjuanes si nos lo proponemos.

Nuria García-Arrés
El Maestranza ha programado muy oportunamente este título en su versión más moderna, la ópera que Tomás Marco estrenó en verano del año pasado en El Escorial también en versión concierto. Un acierto de Pedro Halffter, que se postula como nuevo director general del coliseo y muchos desearíamos que así fuese, visto el esfuerzo que continúa haciendo apostando por títulos contemporáneos y de vanguardia que saquen del anquilosamiento una programación a la que la crisis ha condenado a términos populistas. Cuesta imaginar la versión escenificada de esta obra en la que Marco escarba una vez más en un héroe literario español, después de su Segismundo, basado fundamentalmente en La vida es sueño de Calderón de la Barca, y El caballero de la triste figura, ya saben basado en qué. Y cuesta imaginarlo porque su dramaturgia no está muy conseguida, tira mucho de narrador y apenas logra crear tensiones entre los personajes. Decía una amiga genovesa que allí entendían mejor las óperas alemanas que las italianas, porque llevaban subtítulos. Cierto, apenas pudimos entender una palabra del elaboradísimo texto que mezcla Da Ponte (la famosa enumeración de conquistas que hace Leporello en la ópera de Mozart sí fue inteligible, y hasta inocente), Tirso de Molina, Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, Moliére y Lord Byron, con preeminencia de Zorrilla (también se apreció el No es verdad ángel de amor entre tanta frase imposible de seguir). Hubiera sido pues acertado contar con el texto y poder seguirlo, como sí pudo hacer el público de El Escorial.

Manuel de Diego
Marco insiste en utilizar un lenguaje entre neoclásico y vanguardista, que se traduce a menudo en líneas secas y puntuales apuntes melódicos, y que la orquesta creada al efecto tradujo con acierto y profesionalidad, con notables aportaciones de músicos bien conocidos del panorama sevillano como el violinista Valentín Sánchez o el violonchelista Israel Fausto, y aportaciones extraordinarias en la percusión, un aspecto siempre muy cuidado en la música del veterano compositor madrileño, presente en la sala y muy aplaudido al finalizar la interpretación. En lo vocal sin embargo la partitura se muestra menos satisfactoria, como si se tratase de un recitativo continuo que apenas deja apreciar las facultades canoras de sus intérpretes, entre los que se encontraba el destinatario de la pieza, el barítono Alfredo García, y el tenor Manuel de Diego, que actualmente representa también Lucia di Lammermoor. Ellos, la soprano Nuria García-Arrés y los cuatro madrigalistas, todos ofreciendo un trabajo depurado y competente, colocados detrás de la orquesta, lo que a pesar de estar en alto mermó considerablemente sus posibilidades de proyección y la ya apuntada dificultad para entenderles. Está claro que aunque denominemos estos trabajos como ópera, así como la música de vanguardia como clásica, lo cierto es que no hay una continuidad natural entre lo que hacían los mil veces programados Verdi o Puccini, por poner un par de ejemplos, con lo que hacen hoy Sánchez Verdú o el más fácil y popular Philip Glass. La continuidad, por ese afán de gustar y sintonizar con la estética musical del momento, la tendríamos en el musical, que es el que se mantiene años en cartel, tanto como meses podían hacerlo muchas de las óperas que hoy se siguen programando en teatros de todo el mundo. Igual que la recepción que podía tener un Schumann tendríamos que parangonarla hoy con los artistas pop. La música seria contemporánea exige un esfuerzo intelectual por parte del oyente que incide en eso que tantos critican de mantener el arte reconocido al alcance sólo de una élite. Por eso insistimos en la necesidad de programar lo que se hace hoy en día, aunque seamos conscientes de que la taquilla no va a funcionar. Un teatro público tiene además la obligación de hacerlo, sin mirar las cuentas.

INFILTRADO EN EL KKKLAN Necesaria proclama en tono burlón

Título original: BlacKkKlansman
USA 2018 128 min.
Dirección Spike Lee Guión Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz y Charlie Wachtel, según el libro de Ron Stallworth Fotografía Chaysie Irvin Música Terence Blanchard Intérpretes John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson, Brian Tarantina, Frederick Weller, Michael Buscemi, Paul Walter Hauser, Nicholas Turturro, Harry Belafonte, Alec Baldwin Estreno en el Festival de Cannes 14 mayo 2018; en Estados Unidos 10 agosto 2018; en España 31 octubre 2018

Es difícil seguir el rastro de Spike Lee, después de que tantos trabajos suyos hayan pasado desapercibidos, o directamente ni siquiera lo hayan hecho, por nuestras pantallas. Prácticamente no sabíamos nada de él desde Plan oculto; Oldboy apenas tuvo repercusión y el resto, incluidos los largometrajes Miracle at St. Anna y Chi-Raq o sus trabajos sobre Michael Jackson ni se han estrenado. Su regreso sin embargo se antoja lo mejor que ha hecho desde La última hora, y guarda considerables semejanzas con Nadie está a salvo de Sam (Summer of Sam) en cuanto a la reconstrucción épica de una época y unos acontecimientos criminales. BlacKkKlansman cuenta la necesaria e increíble historia de Ron Stallworth, el primer oficial de policía negro de Colorado Springs, que a principios de los setenta del pasado siglo logró infiltrarse en el Ku Klux Klan con la hilarante ayuda de un alter ego, otro detective que para más inri era judío. Material de primera para hacer una apasionante película policíaca que a su vez es crónica histórica contemporánea, análisis de un pueblo (o dos) y comedia, pues el director de Haz lo que debas, que sabe manejar holgadamente los recursos del género, acierta en el tono que quiere dar a su película, la hace sumamente entretenida y ridiculiza a esos americanos pro Trump aún a sabiendas de que esconden una perversidad siniestra. Con una ambientación extraordinaria y una clara intención de homenajear el cine y la música de la Blaxploitation, el director afroamericano sienta ya las bases de su discurso en un arranque en el que la famosa secuencia de Scarlett buscando a Ashley entre los muertos y heridos en la estación de ferrocarril en Lo que el viento se llevó, sirve para mostrar esa cultura sureña que ha quedado fijada en el imaginario de un considerable sector de la población estadounidense y se perpetúa peligrosamente a lo largo de las décadas, aún más con un psicópata sin formación sentado en la Casa Blanca. Tras dicha secuencia Alec Baldwin muestra a través de falsos noticiarios la imagen despectiva cultivada sobre la población de color en los cincuenta y sesenta, mientras Harry Belafonte protagoniza una áspera secuencia en la que relata con detalle el ajusticiamiento de un falso culpable negro a principios del siglo XX, así como el éxito cosechado por el clásico El nacimiento de una nación de D.W. Griffith, obra maestra absoluta a pesar de albergar un inequívoco mensaje de odio hacia la población ilegalmente secuestrada desde su África natal. Con todos estos lujosos ingredientes, Lee consigue una película directa y precisa, vehículo por supuesto para sus proclamas, sermones y propaganda, pero quién se atreve a discutir que todo eso no sea necesario, y él lo hace tan bien y con tanto respeto, a pesar del tono burlón del conjunto, que a los demás sólo nos queda aplaudirle. En Cannes al menos lo entendieron así y no dudaron en otorgarle el Gran Premio del Jurado.

LA SOCIEDAD LITERARIA Y EL PASTEL DE PIEL DE PATATA El dolor de la guerra transformado en un cuento almibarado

Título original: The Guernsey Literary and Potato Peel Pie Society
Reino Unido 2018 124 min.
Dirección Mike Newell Guión Thomas Bezucha y Don Roos, según la novela de Annie Barrows y Mary Ann Shaffer Fotografía Zac Nicholson Música Alexandra Harwood Intérpretes Lily James, Michiel Huisman, Glen Powell, Jessica Brown Findlay, Matthew Goode, Tom Courtenay, Penelope Wilton, Katherine Parkinson, Kit Connor, Florence Keen, Bronagh Gallagher, Marek Oravec Estreno en Reino Unido 20 abril 2018; en España 26 octubre 2018

Tras cuatro años sin dirigir, Mike Newell (Cuatro bodas y un funeral, Donnie Brasco) se asoma de nuevo, con la superficialidad que suele hacerlo, al mundo de la literatura, tras adaptar clásicos como Grandes esperanzas o contemporáneos como El amor en tiempos de cólera o Harry Potter y el cáliz de fuego. Por supuesto lo hace con buena caligrafía pero exceso de melaza. Lo que se promociona como una amable comedia sobre los entresijos de una peculiar sociedad literaria, no es más que un melodrama bélico y romántico en el que una serie de personajes se unen para paliar los efectos de una tragedia humana, la que se organiza en torno a una de sus bienhechoras y un oficial alemán perteneciente al destacamento que invade su hermosa y tranquila villa británica, de esas en las que todo es encanto y color, y el olor de los cerdos se convierte en aroma de pastel. Quedan avisados, ni es comedia, aunque contenga trazos de ella, ni un canto de amor a la literatura como método de escape de la cruda realidad ni puerta a un mundo de imaginación, cultura y creatividad. En ese entorno casi de cuento infantil irrumpirá una joven escritora que también arrastra un trauma bélico y que, cual ángel de la guarda, consolará a los dolidos integrantes del club y encontrará algún que otro remedio para paliar su dolor, a la vez que encontrará en ellos la familia que ha perdido. Todo muy previsible y edulcorado, se deja ver por supuesto pero con esa sensación de no aprender ni enriquecerse con nada. Una fotografía luminosa y una música almibarada acaba de rematar el juego, que encuentra en sus intérpretes su mejor baza, aunque Newell no sepa sacar suficiente partido de ellos. Lily James, que fue Cenicienta y Meryl Streep en años mozos en Mamma Mia 2, basa su encanto en muecas y monerías, mientras el resto se conforma con estar presentes, acentuando su porte rústico (Michiel Huisman de Adaline), triunfador (Glen Powell de Todos queremos algo) o aristocrático (Matthew Goode de Un hombre soltero), para dar aspecto de Corin Tellado al asunto. Los demás se limitan a encarnar a los encantadores habitantes de una población unida e idílica, en un tono que lo invade todo y hace del conjunto una ñoñería considerable.