viernes, 11 de octubre de 2024

SAGRIPANTI MIRANDO AL PRECIPICIO

Concierto nº 3 del ciclo Gran Sinfónico de la temporada 2024-25 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Lucía Martín-Cartón, soprano. Giacomo Sagripanti, director. Programa: Sinfonía de Réquiem, de Britten; Sinfonía nº 4 en Sol mayor, de Mahler. Teatro de la Maestranza, jueves 10 de octubre de 2024


Más propio por su temática de finales de mes que de este casi ecuador en el que nos encontramos, el programa ofrecido ayer por la ROSS, y que se repite hoy viernes, es quizás uno de los más interesantes de una temporada que Juan Luis Pérez ha diseñado sin duda para atraer el mayor número posible de público. Pero lo interesante tiene su precio en un mundo en el que siempre priman los dividendos, por encima de la educación y el cultivo de nuevos paladares musicales, y ayer pudimos observar una ligera disminución de público en el Maestranza respecto a los tres conciertos anteriores de la Sinfónica, aun así numeroso para tratarse de un espacio tan grandioso y unos conciertos que se celebran en doble jornada.

Lo estamos viendo en todos los ámbitos, se aplican criterios empresariales incluso en lo público, que debería mirar siempre a la formación y la exquisitez. En definitiva, se opta en todos los ámbitos por dar lo que el público demanda, y no por enseñarle a demandar más y mejor. Afortunadamente, el programa de ayer fue un ejemplo de lo segundo, con la muerte como eje inspirador y dos páginas de parecido sesgo estético pero diferente visión espiritual.

La muerte como eje vertebrador

La de Britten es una pieza que no se prodiga demasiado, y sin embargo aquí ya la habíamos disfrutado no hace mucho, en marzo de 2017, cuando Juan García Rodríguez, un ejemplo de sabiduría a la hora de programar, combinando vanguardia con lo clásico y popular, la dirigió frente a nuestra querida Sinfónica Conjunta. Los resultados fueron entonces menos vistosos en términos de tímbrica, pero sin duda más satisfactorios en términos estrictamente expresivos. Giacomo Sagripanti, ausente de nuestro escenario desde hace nueve años, se quedó mirando al precipicio, pero no se atrevió a caer en él, como bien demanda una partitura que exige más vehemencia, más acritud y una fuerza inusitada de tensión e incluso terror que aquí no asomó.

Por el contrario, el director italiano prefirió - o sencillamente no supo hacer otra cosa - una lectura hedonista y preciosista, más atenta a la belleza de los timbres y la claridad de las texturas que al dolor subyacente en una página que mira a la muerte de frente y sin titubeos, y en esos términos respondió también la orquesta, no obstante intervenciones excelentes a nivel técnico de los vientos, especialmente flautas y trompetas en sus juegos dialécticos. Pero faltó espanto, dolor y desconsuelo en una página que grita todo esto y más.


Este enfoque funcionó mejor para enfrentarse a la Cuarta de Mahler, página presuntamente ligera y alegre con la que el idolatrado compositor cierra su primer bloque sinfónico, a pesar de estar también inspirada en la muerte. Para él la forma en que los niños han de enfrentarse a ella tenía que ser optimista y desenfadada; sólo así podía aliviar su propio dolor ante una experiencia tan traumática. Esto no quiere decir que todo debiera ser pura amabilidad, pero encajó mejor con la estética de Sagripanti, no obstante sacar mucho partido de una orquesta que respondió con nobleza, transparencia y profesionalidad.

El primer movimiento acertó en su atmósfera distendida e inocente, tanto como la danza ligeramente macabra del segundo movimiento, cambio mediante y pertinente de violines de la concertino, Alexa Farré, para extraer en sus partes solistas el sonido desgarrado y sardónico que demanda la partitura. El sensacional tercer movimiento destacó por su emotiva intensidad, más transparente que directamente apasionada, pero carente también de ese toque irónico que no aparta la mirada de lo que en realidad se trata, el final de nuestra existencia.

Fue quizás gracias a la aportación de Lucía Martín-Cartón, en el cuarto movimiento, que por fin logramos atisbar algo de burla e ironía coqueteando con la presunta alegría que informa la partitura, a pesar de evidenciar una voz algo pequeña y de insuficiente proyección que obligó a la batuta a moderar la intensidad de su aportación para no eclipsarla. Al final, subtítulos mediante, la música y su interpretación lograron convencernos de que puede haber paz y tranquilidad después de la muerte, no tanto un paraíso celestial en el que ya no creemos, y es que hace mucho que dejamos de ser niños e inocentes.

Fotos: Juan Pedro Donaire
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 10 de octubre de 2024

UN EDIFICIO EMBLEMÁTICO


Con motivo de la colocación de una placa en reconocimiento a los valores de la arquitectura contemporánea del edificio de apartamentos de Huerta del Rey (Eduardo Dato, 22) de los arquitectos Felipe Medina y Manuel Trillo de Leyva (OTAISA), en el marco de las actividades de la XXIII Semana de la Arquitectura, me ha parecido oportuno incluir en estas páginas las emotivas palabras que sobre dicho acto me han llegado a mi correo, toda vez que desde niño he sentido una especial admiración por este edificio tan ligado a mi biografía sentimental, por cercanía al domicilio de mi abuela y de una de mis mejores amigas.

El acto, celebrado ayer miércoles 9 de octubre de 2024, contó con la intervención de Nuria Canivell, decana del COAS y Valentín Trillo de Leyva, hijo de Manuel Trillo, uno de los autores del edificio. Reproduzco la nota de prensa que ha llegado hasta mis manos, en la que se destacan los valores del inmueble:

Edificio de apartamentos Huerta Del Rey, 1967-68

Ubicado en una zona de gran crecimiento urbano residencial en las décadas de 1960 y 1970, de bloques en altura y amplias zonas libres, y destinado a una burguesía media alta en el barrio de Nervión, en la confluencia de dos importantes avenidas (Eduardo Dato y San Francisco Javier), el edificio de apartamentos de Huerta del Rey es, sin duda, uno de los ejemplos de vivienda más novedosos de la ciudad de Sevilla de su época, en todos sus aspectos.

Por un lado, tipológicamente, establece un modelo residencial que no es conocido hasta ahora en esta ciudad, con un interesante concepto de apartamentos y un programa de viviendas de uno, dos o tres “ambientes”, como define el texto comercial de la época, donde la importancia de las zonas comunitarias es especialmente relevante.


En este sentido, toda la planta primera, separada formalmente de la planta baja con una rotunda bandeja de hormigón, genera una amplia serie de espacios colectivos de diferentes usos, desde salas de reuniones, despachos, salones, zonas de vestuarios y aseos, y una gran terraza en la que se ubica la piscina, elemento casi escultórico de gran impacto visual.

Las viviendas desarrolladas en este edificio, que presenta una anchura total poco habitual por su gran dimensión, se distribuyen en torno a una galería central con apartamentos a ambos lados y, en los extremos este y oeste, con una referencia a los modelos de vivienda de Mies van de Rohe en Chicago (Lake Shore Drive Apartments).

El esquema se repite en todas las plantas, desvelándose en el exterior mediante una serie de potentes bandejas, revestidas de hormigón prefabricado, que producen la imagen más característica del edificio, y balconadas corridas con la fachada de ladrillo visto rehundida en un segundo plano.

En este sentido, indicar también los novedosos sistemas constructivos, con recursos estructurales y materiales, que han permitido, además, un estupendo mantenimiento y facilitado su durabilidad.

Cabe destacar el cuidado en la concepción espacial del vestíbulo, así como el diseño integral de este y las zonas comunes (mobiliario, elementos artísticos, carpinterías exteriores e interiores, ascensores, barandillas, elementos decorativos) que reflejan un cuidado extremo, que se ha mantenido perfectamente hasta la actualidad gracias a una comunidad de propietarios con una poco frecuente sensibilización hacia el valor arquitectónico del edificio.

Resumen publicado por Fundación DOCOMOMO IBÉRICO sobre texto de Juanma García Nieto.

Fotos: Juanma García Nieto

CROSSING Descubriendo nuevos lazos sentimentales

Suecia-Dinamarca-Francia-Turquía-Georgia 2024 106 min.
Guion y dirección
Levan Akin Fotografía Lisabi Fridell Intérpretes Mzia Arabuli, Lucas Kankava, Deniz Dumanli, Nino Karchava, Levan Bochorishvili, Nino Tedoradze, Giha Shavadze Estreno en el Festival de Berlín 15 febrero 2024; en Suecia 22 marzo 2024; en Turquía 31 mayo 2024; en España (no en Sevilla) 4 octubre 2024

El director sueco de origen turco Levan Akin llamó la atención hace unos años en festivales y círculos intelectuales con su película Sólo nos queda bailar. Ahora centra su interés de nuevo en la sociedad georgiana y su espejo en la vecina turca con una película en la que otra vez fija su atención en la marginación sexual. Una profesora ya jubilada busca a su sobrina transexual en Estambul con la ayuda de un joven de Georgia tan desorientado en la vida como desamparado a nivel emocional. Juntos emprenden una aventura sentimental en los barrios de la prostitución turca, fundamentalmente los reservados a personas transgénero. En su recorrido cruzarán sus vidas con otras personas que les irán abriendo horizontes y con los que acabarán manteniendo estrechos lazos de amistad y compenetración.

Akin se sirve de la trama para trazar un paisaje humano tan carismático como amable, en el que sobra el enjuiciamiento y prima el diseño de una comunidad en la que la ayuda y la solidaridad están siempre presentes. Por el camino surgen nuevos lazos afectivos que dan sentido y entidad a una cinta que, por otro lado, no acaba de cuajar ni aportar mirada nueva alguna a un tema tan espinoso en estos países como el de la identidad sexual, aunque vaya dejando píldoras de una aceptación quizás tiempo atrás impensable. Destaca la presencia de la veterana Mzia Arabuli y la fresca réplica del joven Lucas Kandava.

lunes, 7 de octubre de 2024

CARMEN DE ISRAEL GALVÁN: ANÁLISIS DE UN MITO


Coincidiendo con el ciento cincuenta aniversario del estreno de Carmen de Bizet, el Maestranza abre y cierra su temporada con sendos espectáculos sobre este mito femenino y español visto desde fuera. El broche de oro lo pondrá Elina Garança dando vida a la cigarrera. Mientras tanto, ha sido el bailaor y coreógrafo Israel Galván quien ha tenido el honor de estrenar temporada, un día después de cerrar con el mismo espectáculo la Bienal de Flamenco. Ya a la entrada fuimos avisados de que esto era un montaje cien por cien Israel Galván, que llevaba su sello. Como nunca habíamos asistido antes a un espectáculo del bailaor, no sabíamos muy bien lo que nos querían decir. Lo nuestro era disfrutar con la selección que la Real Sinfónica de Sevilla, bajo la dirección una vez más de una mujer, y van cuatro seguidas, la finlandesa Maria Itkonen, tenía preparada de la ópera, y con las atribuladas voces de Nancy Fabiola Herrera, José Bros y Ángel Ódena, fieles y habituales colaboradora y colaboradores del Maestranza.

Efectivamente, nada más arrancar la famosa obertura, Galván hizo ya su aparición pertrechado con lo que parecían objetos de tienda de bromas y disfraces, con un baile algo arrítmico y disparatado, parecía que se mofase del clásico galo. Poco a poco fuimos entendiendo que todas sus aportaciones estaban perfectamente estudiadas como un ensayo sobre un mito que a la larga ha hecho más daño que favor a la mujer, tanto como se ha enarbolado la bandera de la libertad cada vez que se ha hablado del personaje.


Tan reveladores como el baile casi cómico de Galván fueron las coplas seleccionadas para alternarse con los números más icónicos de la partitura de Bizet. Una extraordinaria María Marín se hizo dueña del cuadro flamenco, cantando y tocando a la guitarra piezas tan señaladas como el pasodoble Carmen de España o la copla Falsa moneda, dejando clara la vocación mitómana del personaje, más cerca del cliché que de la realidad de la época, así como su carácter ninfómano, algo que más ha estigmatizado a la mujer que servido de seña genuina de libertad. Si encima a la magnífica cantante, cantaora y guitarrista le toca la difícil misión de cantar Baga Biga Higa, que aunque compuesta en 1969 por Mikel Laboa, su texto procede del acervo popular vasco a menudo identificado con el mundo de las hechiceras, como atestigua su uso en Las brujas de Zugarramurdi de Álex de la Iglesia, ya tenemos el conjunto de cualidades perfecto con el que la historia ha manchado y vilipendiado a las mujeres, asociado en este caso al mito de Carmen.

El montaje de Israel galván sigue respetuosamente la narración de Bizet, intercalando en su dialéctica algunos de los números más reconocibles de la ópera, que Nancy Fabiola Herrera no sólo cantó con extremo cuidado, una voz profunda y atractiva y una extraordinaria capacidad para proyectar y modular con exquisito gusto, sino que además se atrevió a acompañar al baile, por supuesto de forma discreta pero muy eficaz, a la estrella de la función, quien solo se permitó enfrentarse al flamenco clásico con indumentaria más seria y sobre tarima mientras Marín punteaba el evocador interludio del tercer acto. Mientras, muy bien de tono, con ese singular timbre que le caracteriza y considerable potencia, José Bros acompañó a Herrera como también lo hizo, con voz algo más tremolante  pero igualmente potente y bien proyectada, Ángel Ódena como Escamilla.

Los cuatro, flamenca y líricos, formaron un cuadro flamenco de lo más singular. Pero lo más impactante estaba por llegar, cuando después del crimen de Don José, un coro de hombres al más puro estilo nórdico (Mieskuoro Huutajat de Oulu), levantó su particular grito de guerra, con el amor posesivo y autoritario como reclamo, mientras Galván culminaba su particular ritual de cuernos y desamor sobre un escenario negro, parcialmente iluminado y eficazmante articulado para lograr que nos rindiésemos a su propuesta, al principio descabellada, después tan oportuna como atrevida, pero nunca como pudiera pensarse, provocativa. Sólo buena ópera, buen teatro y mucho talento.

Fotos: Luis Pascual



domingo, 6 de octubre de 2024

LOS DESTELLOS Emotivo ensayo sobre el epílogo de nuestra existencia

España 2024 101 min.
Guion y dirección
Pilar Palomero, según el relato de Eider Rodríguez “Un corazón demasiado grande” Fotografía Daniela Cajías Música Vicente Ortiz Gimeno Intérpretes Patricia López Arnaiz, Antonio de la Torre, Marina Guerola, Julián Lóez, Ramón Fontserè Estreno en el Festival de San Sebastián 4 septiembre 2024; en Estados Unidos y España 4 octubre 2024

Consagrada con su ópera prima, Las niñas, y corroborada con La maternal, Pilar Palomero presenta ahora su tercer largometraje ahondando en ese cine de sentimientos y emociones íntimas que le caracteriza, centrando su atención ahora en el retrato de una mujer cuya evolución emocional le lleva de un pasado que se intuye en sus alegrías y miserias, a un presente doloroso en el que su presencia y su ayuda se antojan tan relevantes como reveladoras. Patricia López Arnaiz, premiada en San Sebastián por este complejo papel, lleva así todo el peso de un film en el que sin embargo se ve rodeada de eficientes y esforzadas interpretaciones. De la Torre sufre otra de esas transformaciones a lo Robert de Niro que tanto le caracterizan para convertirse en un hombre al final de su existencia, consumido por la enfermedad, mientras la joven Marina Guerola deslumbra humanidad y esperanza con su papel de hija entregada y responsable, cariñosa y llena de ternura, y hasta Julián López sorprende con una interpretación madura de la pareja de la protagonista, que parece tener poco que decir y sin embargo sirve de catalizador neutral de toda una gama de sentimientos, colores, gestos y sensaciones que Palomero dosifica con esa contención y elegancia marca de la casa que tanto la ha encumbrado.

Esos destellos que se producen de una vida pasada, otra presente y, sobre todo, futura, tanto como los que acaban cegándonos para hacernos comprender que quizás lo más importante de la vida, y lo que le da sentido, sea el amor de los más próximos y la comprensión de quienes nos rodean, acaban proyectándose sobre nosotros y nosotras mismas, haciéndonos preguntarnos si obramos bien o no en episodios de nuestra propia existencia, o si damos a cada cosa la importancia que tienen. En este sentido, resulta muy revelador el detalle con el que la cámara se fija en cada libro, objeto y rincón de los espacios en los que se desarrolla la trama, el mismo con el que la protagonista se deleita en una película en la que abundan los silencios y los tiempos supuestamente muertos, aunque la habilidad de Palomero consiga que ni una cosa ni la otra llegue a aburrir ni provocar desinterés.

Y entre toda esta eclosión de intimidad y generosidad, una secuencia que sirve de bisagra y no oculta su concepción documental, cuando Ramón Fontserè ayuda a De la Torre a afrontar el final con optimismo, sin tabúes ni prejuicios, cerrando este ensayo sobre nuestro propio epílogo en el que se convierte esta emotiva y aparentemente sencilla película. Pero una tarde luminosa frente al balcón escuchando la música que proviene de una verbena, o un agradable baile entre un padre y una hija en la cocina, pueden dar tanto sentido o más a toda una vida, por muy al final que nos encontremos del camino.

JOKER FOLIE À DEUX El tebeo también puede ser un escenario

USA 2024 138 min.
Dirección
Todd Phillips Guion Scott Silver y Todd Phillips, según los personajes de DC Comics Fotografía Lawrence Sher Música Hildur Gudnadóttir Intérpretes Joaquin Phoenix, Lady Gaga, Brendan Gleeson, Catherine Keener, Zazie Beetz, Steve Coogan, Harry Lawtey, Leigh Gill, Bill Smitrovich, Jacob Lofland, Ken Leung, Sharon Washington Estreno en el Festival de Venecia 4 septiembre 2024; en Estados Unidos y España 4 octubre 2024

Cinco años han pasado desde que Todd Phillips, el responsable de la saga Resacón en Las Vegas, elevó a los altares de la intelectualidad política y social a un personaje de cómic tan carismático como el Joker, antagonista clásico de Batman. Por primera vez el universo comiquero convencía a propios y extraños, enganchando a habituales desinteresados de todo lo que oliese a tebeo de superhéroes. Y es que ahí el personaje pasaba a convertirse en un personaje real, de carne y hueso, que representaba a todo lo que de marginal y trastornado estamos acostumbrados y acostumbradas a ver en nuestras ciudades, y algo en lo que podríamos convertirnos sometidos como estamos a tanta presión en nuestra rutina diaria. La operación salió triunfante, convirtió a Phillips en un realizador serio y respetado, brindó a Joaquin Phoenix esa interpretación sobresaliente que le valió el Oscar, fue un rotundo éxito de taquilla y logró el León de Oro de Venecia a pesar de tratarse de un film en principio en las antípodas del cine de autor que suele triunfar en certámenes cinematográficos.

Quedaba todo dicho en relación al desdichado y solitario personaje, y estirar el chicle se revelaba una operación arriesgada. Pero no contentos con el reto, sus responsables aún han arriesgado más y han convertido su secuela en un musical, con todo lo que de veneno para la taquilla tiene el género, en proporción directamente inversa al éxito que cosechan en los escenarios. La presencia de Lady Gaga dando vida a Lee Quinzel, más adelante conocida como Harlequin, justifica el proceso, y garantiza cierto éxito comercial, aunque su registro aquí se acerque más al revival al que nos ha acostumbrado desde que decidió entonar las canciones de Sonrisas y lágrimas en los Oscar y hacer dúos con Tony Bennett, que al pop que le encumbró a la fama hace ya un buen puñado de años. Ella continúa afianzando esa carrera en el cine que muchas de su gremio hubieran deseado, pero no hace sombra a un Phoenix de nuevo deslumbrante en todos sus cometidos, incluso el de cantante capaz de definir su controvertido y complejo personaje a través de siniestras y distorsionadas versiones, solo o a dúo con la diva, de clásicos como That’s Entertainment (Fred Astaire y compañía), Bewitched (de Pal Joey), If My Friends Could See Me Now (de Sweet Charity), Get Happy o I’ve Got the World on a String (Judy Garland), Close to You (Burt Bacharach), When You’re Smiling (Louis Armstrong), For Once in My life (Stevie Wonder), If You Go Away (Nina Simone) o That’s Life (Frank Sinatra). Lástima que prescinda de los grandes números musicales que se esperan del género, apuntado en alguna secuencia dispersa de baile, pero resuelta con recursos mínimos y decorados muy discretos. Destaca la partitura original de Hildur Gudnadóttir, tan oscura, retorcida y atmosférica, de resortes medievalistas, como la que le valió el Oscar hace un lustro.

Todo se apuesta por lo tanto al carisma de sus personajes, y una vez más a diseccionar esa condición de solitario que se convierte en motor de un trastorno emocional de gigantescas proporciones, ahora multiplicado por el encierro carcelario, al que sólo el amor parece poder redimir, aunque siempre aceche la amenaza de la doble personalidad, la de Joker capaz de fascinar a masas e individuos, y la del pobre Fleck amargado, que tanto rechazo provoca, y finalmente condenado como suele hacerse con este tipo de personajes, creyendo que la mejor redención es el sacrificio, aunque al final un nuevo éxito pueda motivar a sus guionistas para inventar otra secuela. Pero al final, como reza su publicidad y una de las estrofas más reconocibles de That's Entertainment de Arthur Schwartz y Howad Dietz, el mundo es un escenario (y el escenario un mundo de entretenimiento). Sólo así podemos a veces escapar de nuestras miserias; ya nos lo dijo Herbert Ross hace cuarenta años en Dinero caído del cielo. Pero el mayor logro sigue siendo ofrecer a quienes esperan tanta violencia, un musical romántico y nostálgico, y salir airoso. Ya lo dice la canción de Burt Bacharach, lo que el mundo necesita es amor, más que armas y violencia, y ahora, una vez más, más que nunca. Como curiosidad, algún final alternativo debía tener la película, porque echamos en falta una secuencia del tráiler en la que la pareja baja las escaleras del juzgado bailando con gesto triunfante.

jueves, 3 de octubre de 2024

ALEXA FARRÉ IRRADIA LUZ INCLUSO EN LA OSCURIDAD

Concierto nº 2 del ciclo Gran Sinfónico de la temporada 2024-25 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexa Farré Brandekamp, concertino/solista. Programa: Concierto de Brandemburgo nº 3 en Sol mayor BWV 1048; Concierto para violín nº 3 en Sol mayor K. 216, de Mozart; Sinfonía de Cámara en do menor Op. 110a, de Shostakovich (arr. Barshai). Teatro de la Maestranza, miércoles 2 de octubre de 2024


Tercer concierto de temporada de la Sinfónica y tercero dirigido por una mujer, de los muchos que se avecinan en una apuesta decididamente acertada. Tercer aforo generoso también, a pesar de celebrarse un miércoles en lugar del habitual jueves, lo que sin duda afianza esa excelente noticia de recuperación. Este segundo concierto de abono – el primero tuvo consideración de extraordinario en su calidad de cita inaugural – tuvo la particularidad de abordar páginas de concepción camerística, con la orquesta reducida y obras que no se encuentran habitualmente en su repertorio, con la excepción del concierto de Mozart.

De él se encargó su rutilante concertino, Alexa Farré Brandkamp, que ejerció de directora y solista en un programa muy comprometido y diverso, que recorrió el barroco de Bach, el clasicismo de Mozart y la relativa contemporaneidad de Shostakovich, procurando en la medida de lo posible adaptarse a cada lenguaje con rigor y responsabilidad.

El tercero de los seis conciertos denominados de Brandeburgo o Brandemburgo convoca tres coros de la misma familia de la cuerda, violines, violas y chelos, con contrabajo añadido, en un ejercicio de complicidad y diálogo en el que cada uno se opone y se mezcla con los demás en perfecto equilibrio, tal como pudimos observar en la interpretación ejemplar que nos brindaron Farré y un reducido conjunto de diez maestros y maestras de la ROSS. No hubo cadenza alguna en ese seudo segundo movimiento que consta de tan sólo un par de acordes al clave, defendido con discreción por Tatiana Postnikova, pero sí mucha fuerza, nervio y coraje en el allegro final, frente a la calma algo alicaída con la que se abordó el primer movimiento, a pesar de una limpieza y una nitidez extrema en el juego de voces que ofrece la partitura

Después, Farré en modo Anne-Sophie Mutter incluso en su brillante vestimenta, pero con gestos más relajados y menos alambicados, nos brindó un tercer concierto para violín de Mozart de hechuras impecables. La suya fue una interpretación caracterizada por su amplitud, una expresión muy sostenida y un elocuente diálogo con la orquesta, ya más amplia y con un sonido definitivamente terso y aterciopelado.


Con una sensacional participación del oboe y una cadenza de gramática harto singular, la concertino llevó la masa orquestal a un emotivo desarrollo en el allegro inicial, mientras el adagio resultó un dechado de belleza y sensibilidad, aflorando en todo su esplendor su conmovedora poesía. El rondó final fue tan preciso como lleno de gracia e imaginación. Como propina, una arrebatadora versión de Por una cabeza de Carlos Gardel, sirvió para que la magia de Farré lograra que de su instrumento aflorasen varias voces al unísono.

De la luz a la oscuridad

Y de la luz que irradian estas dos esplendorosas páginas, pasamos en la segunda parte a la oscuridad de una pieza tan dolorosa y autobiográfica como el Cuarteto nº 8 de Shostakovich, en la adaptación para orquesta de cuerda que realizó Rudolph Barshai con permiso del autor en 1967, convirtiéndola en la primera y más famosa de las cinco sinfonías de cámara que surgieron de idéntica operación. El trágico asedio de Dresde en la Segunda Guerra Mundial sirvió de inspiración a la partitura, previo encargo de una banda sonora de película que no llegó a cuajar, para que Shostakovich derramara ahí toda su trágica desazón, con citas continuas a otras partituras propias y ajenas, y sonidos onomatopéyicos que sugieren la amenaza del régimen soviético que tanto lo encumbró como vilipendió.

Farré y la plantilla emprendieron la difícil tarea de transmitir todo este tormento de pie, quizás para potenciar aún más su carácter agitado y nervioso. Los resultados fueron espléndidos, emotivos y aterradores a la vez, con pasajes tan magistralmente resueltos como la danza diabólica o el vals irónico, pero también marcados por la tristeza y el descontento en el movimiento inicial y el largo y doloroso epílogo. Si no disfrutaron de este magnífico concierto ayer, no duden en hacerlo hoy.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía