lunes, 24 de mayo de 2021

IRENE ORTEGA, LA BÉTICA Y SUS MUÑECAS RUSAS

Temporada 2020-2021 de la Orquesta Bética de Cámara. Irene Ortega, violín. Michael Thomas, director. Programa: Suite Miniature, de Cui; Concierto para violín nº 2 en sol menor, de Prokofiev; Sinfonietta sobre temas rusos Op. 31, de Rimsky-Korsakov; Souvenir d’una nuit de été à Madrid, de Glinka. Espacio Turina, sábado 22 de mayo de 2021


Es motivo de orgullo y satisfacción que la Bética, en su formación originaria de cámara, mantenga un merecido hueco en la programación musical de la ciudad, y sume a las otras formaciones convivientes una tan solvente y comprometida, capaz además de ofrecer programas tan distintos y estimulantes como el presentado ayer tarde en el Espacio Turina, su sede habitual. En este ocasión, bajo el título genérico de Matrioskas, ofreció una selección de piezas de compositores rusos del siglo XIX basadas a su vez en temas populares de su folclore e incluso del nuestro, como es el caso de Glinka, con la particularidad además de tener a Madrid como eje del programa. Fue allí, en este centro del universo, donde se estrenó en 1935 el concierto de Prokofiev, y a ella se refiere el autor de Ruslán y Ludmila en su evocación de las noches estivales a partir de una conocida melodía en forma de jota que sirvió también a Gerónimo Giménez para su célebre intermedio de La boda de Luis Alonso.

Quizás por esa intención de confeccionar un programa muy ruso, se seleccionaron piezas de Rimsky-Korsakov y el menos frecuente César Cui, ambos integrantes del grupo de Los Cinco, empeñados en hacer una música netamente nacionalista, siguiendo las ideas de Glinka, presente también en el programa. De hecho las piezas de los dos primeros siguen pautas muy parecidas, con preponderancia de ambientes pastorales y melodías cálidas y sencillas. Cui era un experto miniaturista, y algunas de sus piezas para piano las tradujo en esta Suite nº 1 que Michael Thomas y la Bética desgranaron con deleite y buen juicio. Contó para ello con un plantel de primera categoría en las maderas, con valores como Jacobo Díaz al oboe, Luis Orden a la flauta o Antonio Salguero al clarinete, que contribuyeron sobremanera al buen acabado formal de esta pieza, alcanzando cotas muy estimables por ejemplo en el Souvenir douloureux, cantado de manera compacta y responsable.

De las tres obras que Rimsky-Korsakov compuso según melodías rusas, una Obertura, una Fantasía y una Sinfonietta, esta última es quizás la menos frecuentada, a pesar de tratarse de un trabajo sólido y tan bien orquestado como suele ser habitual en su catálogo. De ella Thomas ofreció una versión clara y transparente, atenta a las texturas y a la melodía, especialmente en el adagio, donde expuso con mimo y detalle esa melodía sobre la que Stravinski volvería en su Pájaro de fuego. En contraste, la Bética acertó en atacar su brillante final de forma enérgica y contundente.

Emociones encontradas para una excelente violinista

Foto: Gracia Bueno
Pero si algo destacó en este tercer programa del año fue la aportación de Irene Ortega, una jovencísima violinista jerezana con mucha experiencia camerística y en formaciones sinfónicas de diversa índole, especialmente académica y en prácticas, lo que demuestra la importancia de los conjuntos sinfónicos para jóvenes, como la recién anunciada Joven ROSS. Ortega tiene sin embargo muy poca experiencia como concertista, lo que aumenta su valentía y mérito a la hora de abordar un concierto tan complejo como el segundo de Prokofiev. Haber sido compuesto dieciocho años después del primero no significa que su lenguaje sea más avanzado, de hecho en él se atisba una suavización de su estilo tras su regreso a la Unión Soviética, y una estética bastante apartada de su contemporáneo Concierto para la memoria de un ángel de Berg. No obstante se trata de una pieza difícil y muy matizada, de la que Ortega y Thomas ofrecieron una versión aristada.

La joven violinista exhibió en todo momento un control absoluto del legato, un lirismo avasallador, patente en el dulce y sedoso sonido del andante central, y una concentración espiritual y una profundidad emocional solo alcance de solistas muy maduros. También aprovechó para derrochar virtuosismo tanto en las enérgicas modulaciones del contrastado primer movimiento como en el mordaz y dinámico allegro final, resuelto con una poderosa mezcla de gracia, rudeza y agitación. Lástima que el acompañamiento del siempre entusiasta y comprometido Thomas a la batuta no estuviera totalmente a la altura, evidenciando demasiada tosquedad en los ataques, un carácter más disonante de lo conveniente y algún desequilibrio que otro en los planos sonoros y las texturas. Con todo fue una versión muy lograda, un motivo de satisfacción para la violinista, tristemente empañado por el hecho de coincidir con la pérdida de su abuelo, a quien dedicó como propina una delicada y fluida Meditación de Thais visiblemente emocionada. Con el Recuerdo de una noche de verano en Madrid de Glinka terminó esta exhibición rusa, de forma tan respetuosa como distendida, resolviendo con destreza y dinamismo su variada estructura. También aquí brillaron las excelentes prestaciones de la madera y la cuerda, el depurado trabajo del percusionista, castañuelas incluidas como en Prokofiev, y una global pasión contenida.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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