jueves, 29 de enero de 2026

RECUERDO DE UN AMOR IMPERECEDERO

Drama X Música. Mark Milhofer, tenor. Luis Alberto Domínguez, actor. Manuel Navarro, piano. Rafael R. Villalobos, dirección, dramaturgia, vestuario e iluminación. Programa: He Who Loves Music (obras de Benjamin Britten, Henry Purcell y John Dowland). Espacio Turina, miércoles 28 de enero de 2026

Milhofer, Navarro, Villalobos y Domínguez

A pocos días del estreno en el Maestranza de El sueño de una noche de verano de Benjamin Britten, el Turina rindió su particular homenaje del compositor británico de la mano de uno de los más inquietos, atrevidos y a menudo polémicos directores escénicos nacidos en nuestra ciudad, Rafael Rodríguez Villalobos. Un espectáculo que se pudo ver y oír anoche en el espacio de la calle Imagen y que no contó con el apoyo masivo del mundillo cultural y artístico de la ciudad, a pesar de que a priori constituía todo un acontecimiento.

Una voz interrumpe Bohemian Rhapsody de Queen en la radio para anunciar la muerte de Britten, insigne compositor y baluarte de la cultura y la música del Reino Unido. A continuación, el recuerdo de su memoria y legado a través de la voz de Peter Pears entonando Before Life and Death, deja claro el carácter oficial de una relación sentimental que duró cuatro décadas. Más tarde, las condolencias de Isabel II al tenor afianza aún más esa concepción. Pero fueron muchos años de clandestinidad, de disimular sentimientos en público y mantener una férrea discreción para no caer en las garras de una justicia contraria al amor entre hombres.

En escena, el tenor velando a su amado en un féretro disimulado, dentro de una escenografía sencilla y elegante que combina sólo el blanco y el negro. Junto a él un joven actor que representa la belleza de la juventud, tan idealizada como inalcanzable, y siempre eterno rival de una sexualidad que se autoproclama insaciable, quizás porque los hombres no han sufrido la represión que sí han soportado las mujeres, hasta que ha quedado en los genes, y quedará durante mucho tiempo, siempre que los nuevos tiempos no nos obliguen a dar pasos atrás.

El diálogo y la interactuación entre Pears, esa bella y envidiable juventud y el pianista que también se presta a los juegos de seducción que propone un amante que se entrega al amor libre y la pareja abierta, constituye el material dramático que sale igualmente de la mano y mente de Villalobos. Entre los textos, cartas de amor de la pareja, el testamento sentimental que Britten dedicó a Pears, y poemas de Auden, el primero de los cuales fue fácil de identificar, el mismo que otro viudo dedicaba a su esposo en el funeral de la película de las cuatro bodas.

En el apartado musical, Villalobos selecciona una serie de composiciones, en su mayoría dedicadas al tenor en diferentes momentos de su vida en común, entre las que destacan tres de los siete Sonetos de Michelangelo, convenientemente traducidos al amor heterosexual para no herir la sensibilidad norteamericana frente a la que se estrenaron en 1942. También piezas de Purcell y Dowland que representan el compromiso del autor del War Requiem con la música de su país, de la que fue ferviente defensor y divulgador.

Y con todo este material, Villalobos diseña su particular réquiem, siempre en tono trágico y tétrico, invocando más el dolor y la tristeza de la pérdida que el gozo y la celebración del amor y la vida que muchos hubiésemos preferido. Una iluminación errática, con focos a menudo agresivos que quemaban la escena e impedían ver con nitidez los sobretítulos, en este caso tan elocuentes y necesarios, así como una mezcla de sonidos que en alguna ocasión resultó farragosa, combinando piano, canto y voz en off de manera descontrolada y caótica, completó la propuesta.

Destacó sin embargo la voz poderosa y apabullante del veterano Mark Milhofer, un todoterreno especialista en el autor británico pero también en el repertorio barroco del que supo exprimir con delicadeza y discreción sus ornamentos e inflexiones. Incluso se atrevió emulando a Freddie Mercury con voz aquilatada de poderosos agudos. Aunque evidenció en momentos puntuales incómodos roces en la voz, ésta mantuvo en todo momento una potente proyección y un hermoso timbre, ayudando al éxito una expresividad a flor de piel, si bien la carga dramática del evento no logró ser suficientemente conmovedora ni tierna. Villalobos sólo le permitió un tono jocoso y distendido a través de los arreglos de canciones populares que entonó a mitad del evento, mientras el resto fue puro lamento  romántico (Rendete a gli occhi miei) y desgarro emocional (O Might Those Sighes, de los Sonetos sagrados de John Donne). Con el mismo Before Life and Death que escuchábamos al principio en la voz grabada de Pears, terminó su actuación, demostrando que su voz poco difiere de la del tenor homenajeado.

Junto a él destacó Manuel Navarro, preciso y elocuente al piano, siempre atendiendo a las necesidades de la voz y ofreciendo un precioso solo, depurado en lo técnico y sobrio en lo expresivo, en Night-Music. También el joven efebo encarnado por Luis Alberto Domínguez logró sumar talento y dignidad a una propuesta que con los ajustes necesarios quedará lista para su presentación en otros espacios nacionales e internacionales. Nosotros así  lo deseamos a este director escénico y agitador cultural que ha crecido ante nuestros sentidos.

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