XLII Festival de Música Antigua de Sevilla. Manuel Ruiz, contratenor. Íliber Ensemble. Darío Tamayo, clave y dirección. Antonio Ruz, dirección de escena. Pablo Árbol, vestuario. Olga García, iluminación. Ara García, maquillaje y peluquería. Programa: Il primo uomo (Sarabanda de la Sonata para violín en Fa mayor Op. 5, de Corelli; Sinfonía y “Cara sposa” de Rinaldo, “Son contanta di moriré” y “Degg’io dunque, Oh Dio, lasciati”, de Radamisto, Concerto grosso en Sol mayor Op. 6 nº 1, “Empio, diró, tu sei”,de Giulio Cesare in Egitto, Largo del Concerto grosso en Fa mayor Op. 3 nº 4, y “Lascia la spina” de Il trionfo del Tempo e del Disenganno, de Haendel; Sinfonia y “Adam prole tu chiedi” de Cain overo il primo omicidio, y “Dorme, o fulmine di guerra” de La Giuditta, de A.Scarlatti; “Vedró il mio diletto” de Giustino, de Vivaldi; Passacaglia en re menor, de Kapsberger). Teatro Alameda, domingo 30 de marzo de 2025
El espectáculo
presentado en el Teatro Alameda ayer domingo, venía a cumplir la cuota alternativa que habitualmente ofrece cada edición
del Femás. En este caso, una propuesta escénica cercana a la ópera pero con un
contenido y una intención más próxima al
recital ilustrado. Apeado en el último momento del proyecto, que se
prometía experimental peo no nos pareció tanto, el popular contratenor Carlos
Mena, que en su estreno en Córdoba se encargó de la dirección musical, le
sustituyó en estos menesteres Darío
Tamayo, el director titular del conjunto granadino Íliber Ensemble.
En los últimos años
hemos apreciado la querencia del contratenor vasco, padrino ausente de la
función, por los espectáculos atrevidos
y diferentes, como demostró en aquella Soledad
del héroe que protagonizó en el Maestranza hace tres años. Con algo
parecido ha decidido apoyar al joven cordobés, que sobre el escenario va alternando
canto con gestos escénicos,
frecuentemente patéticos, que van del continuo cambio de vestuario sobre
las mismas tablas a discretos movimientos coreográficos diseñados por el
también cordobés Antonio Ruz,
responsable de la dirección escénica de este comedidamente ambicioso proyecto.

Tras una breve
introducción instrumental, con Gevorg
Vardanyan exhibiendo aspereza y un sonido canijo y estridente al violín, que
impidió que disfrutásemos con la sarabanda
de Corelli que precedió a una Sinfonía
de Rinaldo de Haendel en la que
pudimos percibir las costuras del joven
grupo granadino. Un continuo acorde a las circunstancias, con el poderoso
sonido al violonchelo de Héctor Hervás,
el buen hacer al compás del veterano Aníbal
Soriano a la cuerda rasgada, y el clave cálido y acentuado del propio
Tamayo.
Drag castrato
Surgió entonces,
ataviado con una suntuosa túnica roja,
el color predominante sobre el escenario, el contratenor entonando la conocida
aria Cara, sposa de la misma ópera,
pero tras unos breves acordes al natural, saltó
la amplificación, y fuimos entonces conscientes de que por muy bien
entonado, fluido y homogéneo que resultara su canto, no podríamos calibrar su capacidad para proyectar la voz, su
potencia. Es lógico pensar que esto fuera así por la particular acústica de un
espacio con techos tan altos, pero esa razón debería haber servido también para la orquesta, que
en ningún momento estuvo amplificada, y desde luego no tuvo que eclipsar al cantante bajo ninguna circunstancia.
La habilidad de Ruiz para moverse por el escenario vistiendo ropajes a
menudo incómodos, alternar el canto con los cambios de vestuario y los
movimientos escénicos, se vio recompensada generosamente mientras por su voz
fueron pasando algunos conocidos pasajes
de óperas y oratorios de Haendel, Vivaldi y Alesssandro Scarlatti, con
estaciones desatacadas en un dulce y emotivo Vedró col mio diletto de Giustino,
un refulgente Empio, dirò, tu sei de Giulio Cesare, y ese final obligado con Lascia la spina del oratorio El triunfo del tiempo y el desengaño,
antes de convertirse en la famosa aria Lascia
ch’io pianga de Rinaldo.
Y entre tanta
exhibición de agilidad y canto, se
coló una deliciosa Passacaglia de
Girolamo Kapsberger, defendida por Soriano a la tiorba con la delicadeza y responsabilidad que le caracteriza. Quedó
por lo tanto pendiente calibrar la potencia y proyección del joven cordobés,
quizás en otra ocasión. De timbre y
gesto anda bien dotado, aunque quizás falte un punto de mayor expresividad,
que también podrá ir limando. Pero en
general, promete.
Fotos:
Lolo VascoArtículo publicado en
El Correo de Andalucía
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