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miércoles, 22 de abril de 2020

PETER BOGDANOVICH, UN LARGO Y DEFINITIVO AMOR... AL CINE

Igual que hay películas que en su día obtuvieron un gran éxito de crítica y el respaldo unánime del público a las que el paso del tiempo trata mal o muy mal, también las hay que fueron vapuleadas hasta lo indecible, que no conectaron con el público de su época y sin embargo sí lo hicieron con el del futuro, convirtiéndose en auténticas obras de culto o recibiendo al menos el apoyo que merecían y que en su momento no obtuvieron, obligadas a dormir en el limbo de la incomprensión. No debió sentar muy bien entre la prensa especializada de mediados de los setenta del siglo pasado que uno de los suyos, un cronista, escritor, crítico y periodista como Peter Bogdanovich se lanzara al cine de la mano de Roger Corman, a quien conoció en un preestreno, y dirigiera con éxito un film en cierto modo mítico, El héroe anda suelto (Targets), sobre un francotirador que siembra el terror en un autocine. También a sus órdenes, aunque bajo seudónimo, dirigió la extravagante Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas. Mucho menos debió gustar que con su tercera película, apenas dos años más tarde, lograra un éxito desmesurado que le catapultara directamente a los Oscar. La última película (The Last Picture Show) supuso el trampolín de salida para estrellas como Jeff Bridges y Cybill Shepherd, quien a raíz de esta colaboración se convertiría en pareja de Bogdanovich y propiciaría su divorcio de Polly Platt, diseñadora de decorados a quien muchos consideraban alma mater de los primeros y sonados éxitos del director norteamericano de origen serbio y austriaco.

Peter Bogdanovich
Sin duda son muchos factores para sospechar que tras varios éxitos consecutivos, entre ellos las célebres ¿Qué me pasa, doctor? a mayor gloria de Barbra Streisand y Luna de papel, que reunió a Ryan O’Neal con su hija Tatum, ganadora del Oscar a la mejor actriz secundaria mucho antes de que se limitara la edad para optar a dicho galardón, los y las colegas de tan impertinente creador le dieran la espalda y buscasen la excusa perfecta para hundir su carrera. La encontraron en dos películas protagonizadas por Shepherd, que nunca logró integrarse en el sistema hollywoodiense. Daisy Miller (Una señorita rebelde) no gustó a pesar de tratarse de una adaptación del muy querido Henry James, y mucho menos lo hizo At Long Last Love, un musical al estilo de los años treinta con el que este cinéfilo empedernido diseñó un doble homenaje, a las canciones de Cole Porter y a la comedia cínica y desenfadada de Ernest Lubitsch. A todo eso hay que sumar la pérdida de popularidad que el musical clásico sufrió en los últimos años, discretamente salvado por adaptaciones de éxitos del rock como Tommy, Jesucristo Superstar o The Rocky Horror Picture Show, que llegaría hasta principios de los ochenta, devorando las posibilidades de ese otro musical nostálgico que fue Dinero caído del cielo, la obra maestra de Herbert Ross.

La pasión de Bogdanovich por los grandes clásicos, que le llevó a devorar de joven unas cuatrocientas películas al año y a escribir libros de referencia sobre John Ford, Orson Welles, Howard Hawks y la plana mayor de los grandes directores e intérpretes del Hollywood clásico, se tradujo en una filmografía donde abunda el tributo a una época irrepetible, con cintas como Nickelodeon (Así se formó Hollywood) o The Cat’s Meadow (El maullido del gato) sobre el supuesto asesinato del director Thomas Ince por el magnate de la prensa William Randolph Hearst, una de sus últimas películas. En medio títulos como las interesantes Máscara, con Cher, y Saint Jack, producida por Playboy, lo que propició que para su siguiente película, Todos rieron, otro título homenaje, en esta ocasión a una canción de Gershwin, y último trabajo protagónico de Audrey Hepburn, contara con la presencia de Dorothy Stratten, Miss Playboy 1980, con quien inició una relación que derivaría en el asesinato de la playmate por parte de su marido, episodio documentado por Bob Fosse en su malogrado testamento cinematográfico, Star 80. También el teatro ha nutrido a este polifacético director, con películas como Lío en Broadway, su última cinta hasta el momento, y Noises Off (¡Qué ruina de función!), su celebrada adaptación de una obra que ha dado la vuelta al mundo, aquí con el título Por delante y por detrás, que pudimos ver en Sevilla hace mucho en el entonces Teatro Imperial de la calle Sierpes.

Intercambio de parejas
Nuestro primer contacto con At Long Last Love fue en Televisión Española a principios de los noventa, bajo el título de Un largo y definitivo amor. Más tarde se le ha conocido como Por fin, el gran amor, que es como se bautizó en varios países latinoamericanos. El fracaso estrepitoso que supuso su estreno en 1975, deprisa y bajo un montaje calamitoso que le cercenó hasta veinte minutos de metraje, provocó que la cinta cayera en el olvido. Una copia no autorizada o bootleg como se conoce en el medio, fue lo que circuló durante años, fundamentalmente en VHS, incluida su incursión en nuestra televisión, hasta que a principios de la década pasada Netflix se interesó por una copia reeditada en 1979 por un aficionado que recuperó aquellos veinte minutos perdidos y le devolvió parte de su intención original, a lo que se sumó la intervención del propio Bogdanovich añadiendo algunos minutos más hasta lograr la versión definitiva de 2013, editada lujosamente en DVD y BlueRay. Una nueva edición que sin embargo prescinde de un divertido It Ain't Etiquette que cantan y bailan en la calle, sin que eso pase desapercibido entre los viandantes, Cybill Shepherd y Eileen Brennan, reciente su éxito como secundaria en El golpe, número que sí pudimos ver en aquella copia primitiva. Cuando se estrenó la crítica se cebó especialmente con el reparto, elegido por Bogdanovich precisamente y con toda la intención entre actores y actrices sin experiencia en el musical y con dudoso talento para abordarlo, entre ellos Burt Reynolds, que sustituyó al inicialmente seleccionado Elliot Gould y mostró un gran interés por estrenarse en el musical. El elenco lo completan Madeleine Kahn, curtida en la comedia alocada con el propio Bogdanovich (¿Qué me pasa, doctor?) y sobre todo Mel Brooks (Sillas de montar calientes, El jovencito Frankenstein y más tarde Máxima ansiedad), Diulio Del Prete, un joven italiano que había participado en Daisy Miller y que Bogdanovich creía se convertiría en una gran estrella, y John Hillerman, que aunque criado en Texas, aportaba el talante británico que más tarde le haría famoso como mayordomo de Tom Selleck en Magnum P.I., dando vida al inerte mayordomo de Reynolds.

Kahn, Reynolds, Shepherd y Del Prete en una de las
secuencias recuperadas en la versión definitiva
El director decidió que los números musicales se rodaran al estilo de los de películas de Lubitsch como Una hora contigo, El desfile del amor, La viuda alegre y El teniente seductor, en directo y del tirón, lo que debido a la escasa experiencia del reparto provocó numerosos retrasos y repeticiones. El pretexto era una colección de canciones que Shepherd facilitó a su novio tras grabar un disco titulado Cybill Does It… to Cole Porter. El concepto era el de Jukebox Musical Comedy, un tipo de cine que aprovecha el material argumental tras las letras de canciones ya concebidas para tejer una historia en este caso sentimental sobre parejas que se enamoran y se intercambian en un juego de celos y seducción. El resultado, a pesar de todas las vicisitudes y cortapisas, llegándose incluso a tildar en su época de una de las peores películas de la historia del cine, no puede ser más simpático y desenfadado, además de glamuroso, asistiendo a una sucesión de episodios en los que tres atractivas parejas, una de ellas entre los sirvientes de Reynolds y Shepherd, a los que en cierto punto se une una desmadrada Mildred Natwick como progenitora del rico playboy al que da vida el protagonista de Los caraduras, cantan, bailan, beben, se enamoran y sobre todo se divierten, a propósito de una jugosa selección de canciones de Porter, entre las que destacan You’re the Top, One of Those Things, Did You Evah, I Get a Kick Out of You, la que da título al film, At Long Last Love, y I Loved Him (But He Didn't Love Me), cuya melancólica y desesperanzada letra sirve de leit motiv a todo el argumento. Todo ello con excelentes orquestaciones y arreglos musicales de Artie Butler y la dirección musical de Lionel Newman. Una exquisita dirección artística, con predominio de blancos y grises con los que el director evadió en cierto modo la prohibición de la Fox de rodarla en blanco y negro como era su primera intención, y un sensacional vestuario pusieron la guinda a un film disfrutable al máximo, puro deleite para amantes del musical y de la comedia sofisticada en general, donde la pura diversión se da la mano con el cinismo y el sarcasmo más inteligente y cultivado, propiciando que hoy el resultado sea saludado de forma prácticamente unánime con toda la admiración que sin duda merece.

jueves, 9 de abril de 2020

Cine en confinamiento SEMANA SANTA EN EL VATICANO

John Malkovich, Silvio Orlando y Jude Law
Mucha gente se está dedicando a recomendar películas y series de televisión para amenizar estos días de confinamiento decretado por el gobierno y seguido por sentido común y sentido de la responsabilidad. Guiados por un espíritu que a pesar de los años y los cambios de postura siguen en cierto modo influidos por una educación religiosa y unos valores tradicionales, de los que por mucho que pase el tiempo este estado secular no parece poder desembarazarse del todo, algunos no podemos sucumbir a la tentación de programar durante Semana Santa películas de índole religioso, como muchos escépticos no pueden sustraerse a la emoción de ver procesionar sus santos por las calles de su localidad. Este año hemos fijado nuestra atención en el Vaticano, habida cuenta del protagonismo que el Papa ha tenido en el cine con ese duelo interpretativo entre Jonathan Pryce como Francisco I y Anthony Hopkins como Benedicto XVI que en la plana y superficial Los dos papas de Fernando Meirelles con el que cerramos el 2019 y abrimos este fatídico año.

También la televisión se ha hecho eco del mediático personaje con la sobrevalorada serie de Paolo Sorrentino El nuevo Papa, que de paso ha puesto de moda a su predecesora El joven Papa, ambas tan bien escritas y capaces de provocar una enorme fascinación estética gracias a la maestría del director de La gran belleza para tratar la imagen y el sonido, con una cuidadísima y ecléctica banda sonora, pero que no acaban de encontrar en su planteamiento el sentido y la trascendencia que muchos esperábamos del visionario director. Cabe destacar en ellas el trabajo de Jude Law como un considerablemente joven y rebelde Papa, capaz de despojar a la Iglesia de sus concesiones y transigencias con tal de devolverla a un estado primitivo e intolerante con el que moldear una nueva institución, así como el impecable trabajo de Silvio Orlando como Cardenal Voiello, a caballo entre la comicidad y la responsabilidad de estado, la inquietante para muchos presencia de John Malkovich como sustituto del papa en coma, la sensualidad de Cécile de France exhibiendo una espléndida madurez o la candidez de un atormentado Javier Cámara como aportación española con Mediapro en la producción. Cabe destacar también la sorprendente intervención puntual de Marilyn Manson y Sharon Stone interpretándose a sí mismos, y sobre todo la espléndida recuperación de Diane Keaton en la primera de las dos series, libre de las muecas y espasmos a los que nos ha acostumbrado su filmografía los últimos veinte años desde El Padrino III.

Charlton Heston y Rex Harrison en El tormento y el éxtasis
Pero la presencia del Vaticano en el cine está plagada de títulos, de los que nosotros vamos a destacar cinco, desde su papel de mecenas artístico en la épica El tormento y el éxtasis, una cinta de 1965 dirigida por Carol Reed (El tercer hombre) en la que Rex Harrison como el Papa guerrero Julio II y Charlton Heston como Miguel Ángel se entregan a un extenuante duelo protagonizado por la admiración y el apoyo absoluto del primero sobre la libertad de creación y el genio imperecedero del segundo mientras decora la Capilla Sixtina, cuyos métodos creativos son minuciosamente recreados en una pantalla abrumada por una exquisita ambientación. La excelente banda sonora de Alex North, en la que sería una de sus partituras más épicas junto a las de Espartaco, Cleopatra y El gran combate, pone el resto en este suntuoso melodrama sobre el poder del genio, el trabajo y el talento para trascender, y el de quien sabe verlo, admirarlo y apoyarlo. Solo cabe reprocharle que el resultado final de la Sixtina se asemeje más al estado que tenía en el año de su producción que al esplendor con el que hoy podemos disfrutarla tras su restauración. Un exquisito corto documental sobre la figura de Miguel Ángel como escultor, con música majestuosa de Jerry Goldsmith, le sirve de prólogo. También con música de North podemos acercarnos a Las sandalias del pescador, un melodrama de ficción en el que un papa ruso, durante veinte años condenado a trabajos forzados en Siberia, se convierte en esperanza de occidente y el comunismo soviético para evitar una guerra nuclear. Michael Anderson no era tan buen director como Carol Reed, como se trasluce en películas como la vistosa La vuelta al mundo en ochenta días y la ingenua La fuga de Logan, y eso se deja traducir en su torpeza a la hora de plasmar las dudas de un sacerdote que no sabe muy bien cuál es su misión y si debe asumirla. En este sentido su paseo de incógnito por una Roma atestada de vida y feliz vulgaridad nos recordó a la más conseguida y reciente película de Nanni Moretti Habemus Papa, con un excelente Michel Piccoli perdido en Roma y en su conciencia.

Otto Preminger da instrucciones a Tom Tryon y Romy Schneider
Mucho mejor película que las anteriores es El cardenal, del imprescindible Otto Preminger. Al margen de su espléndida ambientación a lo largo de los primeros cuarenta años del siglo XX, con escenarios, vestuario y peinados más cuidados y documentados de lo que era habitual en aquellos años sesenta, y de otra magnífica banda sonora, en esta ocasión firmada por Jerome Moross, el autor de la emblemática sintonía de Horizontes de grandeza, esta larguísima película destaca por cuestionar de forma tan respetuosa como discreta algunos de los valores y principios más arraigados de la Iglesia Católica, como el voto de castidad, el cumplimiento férreo y sin excepciones de los mandamientos, o el papel activo en la expansión del nazismo, algo de lo que también se encargaba con bastante lucidez la película de Costa-Gavras Amén. Una jovencísima Romy Schneider pasea por algunos de los escenarios vieneses que la hicieron célebre en Sissi, mientras da la réplica romántica a un Tom Tryon abrumado por las dudas y atormentado por la conciencia. Entre los numerosos secundarios destaca John Huston dando vida al cardenal Glennon con matices que le llevan de la autoridad a la compasión y que le reportaron una nominación al Oscar. Allí donde termina El cardenal empieza Monseñor, una cinta más humilde de 1982, dirigida por Frank Perry y en la que Christopher Reeve interpreta a un joven capellán norteamericano que tras desembarcar con las tropas de su país en las costas italianas, se verá pronto bajo la responsabilidad de recuperar la maltrecha economía del Vaticano, para lo que llegará incluso a contactar con la mafia. Siguiendo un esquema similar a la película de Preminger, romance incluido esta vez con la carismática Genevieve Bujould, la cinta se deja ver con simpatía y amabilidad, incluyendo la aportación de Fernando Rey como cardenal y mentor, y destacando la elegante y majestuosa música de John Williams, muy en sintonía con el ambiente criminal y mafioso que retrata, tejiendo de alguna manera una imagen muy tenebrosa e inquietante de una Iglesia corrupta y un sacerdocio más diabólico que divino. Lo sorprendente es que Williams fuera nominado a los Razzie por esta interesante partitura.

El repaso lo terminamos con la mirada femenina de Audrey Hepburn en uno de los registros imprescindibles de su carrera, el de la joven misionera belga Hermana Luke en Historia de una monja, una excelente película que Fred Zinnemann dirigió en 1959 y por el que la actriz logró su tercera nominación al Oscar, tras conseguirlo por Vacaciones en Roma y volver a ser candidata al año siguiente por Sabrina. En esta película del director de Solo ante el peligro se destaca la función más generosa y desinteresada de la Iglesia, o mejor de algunas de las personas que la integran, a la vez que se pone de nuevo en tela de juicio el espinoso tema de la vocación y las dudas sobre la dedicación a lo divino por encima de las satisfacciones y veleidades de la vida civil y el servicio al prójimo desde una posición eminentemente laica. Basada en la novela de Kathryn Hulme, la cinta se benefició también de una espléndida banda sonora de Franz Waxman, que supo aunar el carácter místico de la propuesta con sus resortes más misteriosos y amargos.

lunes, 6 de abril de 2020

Cine en confinamiento MITCHELL LEISEN: GRACIAS POR EL RECUERDO

Paulette Goddard, Charles Boyer y Olivia de Havilland en Si no amaneciera
Hace treinta años descubrí de la mano de la 2 de Televisión Española a un director imprescindible del Hollywood dorado, y más concretamente del cine producido en una de las grandes compañías de la época, Paramount. Ya de niño quedé fascinado por La muerte de vacaciones, su segunda película tras esa Canción de cuna también llevada al cine por José Luis Garci más de medio siglo después. Se trataba de la adaptación de una obra de Alberto Casella muy popular en la época y que serviría sesenta y cinco años después como inspiración para una cinta más pomposa que dirigió Martin Brest (Esencia de mujer) y protagonizó Brad Pitt bajo el título de ¿Conoces a Joe Black?. Pero el cine de Mitchell Leisen no llegó a calar tan hondo en mi espíritu hasta que en aquel principio de los noventa del siglo pasado pude ver un buen puñado de sus películas en aquel imprescindible ciclo de la 2. Leisen fue maestro indiscutible de la comedia y el melodrama, pero gran parte de su filmografía consistió en un híbrido en el que tenía cabida una tan ingeniosa como inteligente combinación de géneros. Acarició el musical en varias ocasiones, desde la no acreditada Bolero, protagonizada por George Raft y Carole Lombard, en la que tuvo que asistir y sustituir en más de una ocasión al director oficial, Wesley Ruggles, hasta dos entregas de la serie musical de la casa, The Big Broadcast, con unas desternillantes ediciones de 1937 y sobre todo de 1938, protagonizada por el legendario W. C. Fields y que supuso el debut en el cine de Bob Hope, logrando el Oscar a la mejor canción del año, Thanks for the Memory (Gracias por el recuerdo). Dos ejemplos de comedia slapstick con momentos de una comicidad hilarante, surrealista y absolutamente genial, combinados con extravagantes números musicales.

Mitchell Leisen
Más sensacional aún fue su uso del musical en la cinta de cine negro y melodrama romántico Compás de espera (Four Hours to Kill), donde la moda instaurada por Gran Hotel y seguida por Cena a las ocho de combinar en un espacio varias historias cruzadas, se dio la mano con total naturalidad con el cine negro de la Warner Bros. Allí utilizó el teatro musical como nunca antes de había hecho, siempre como telón de fondo, con toda una banda sonora de canciones expresamente compuestas por Leo Robin y Ralph Rainger para la ocasión, pero que sonaban siempre de fondo, cumpliendo su función diegética de acompañar el escenario en el que se desenvolvía la trama, un teatro de Broadway, sin que nunca viésemos lo que aparecía sobre el escenario aunque sí en varias ocasiones el patio de butacas. Una solución genial que da buena muestra del talento de este singular director y su enorme capacidad para provocar fascinación en el espectador. Más tarde tendría también ocasión de dirigir una original adaptación del musical de Kurt Weill Una mujer en la penumbra, que protagonizó Ginger Rogers en color.

Nacido en Michigan en 1898 y fallecido en Los Angeles en 1972, tras estudiar arquitectura Leisen se inició en el cine como diseñador de interiores a las órdenes de directores como Cecil B. de Mille, Raoul Walsh o Ernest Lubitsch, otros de los grandes nombres del estudio de la montaña. Más tarde, ya como realizador, tuvo la oportunidad de llevar al cine guiones de Billy Wilder y Preston Sturges, dando forma indiscutible a ese estilo de hacer fundamentalmente comedia tan característico de los treinta y los cuarenta, la llamada screwball comedy o comedia alocada. Títulos como Candidata a millonaria, Una chica afortunada y sobre todo Medianoche se convirtieron en ejemplos perfectos de esta forma de hacer comedia, y títulos clásicos del cine en toda su extensión. Con ellos forjó las carreras de actores y actrices como Claudette Colbert, Fred MacMurray, Carole Lombard, Jean Arthur o Ray Milland, habituales en sus producciones.

Claudette Colbert y Ray Milland en Adelante, mi amor
En estos días de confinamiento que muchos cinéfilos estamos aprovechando para recuperar las películas que nos hicieron felices, he tenido oportunidad de ver una amplia selección de las que dirigió Leisen, pero he reparado especialmente en tres rodadas de continuo que demuestran no solo su proverbial facilidad para combinar géneros, sino también para afrontar con prodigiosa responsabilidad y sentido común una situación de emergencia y tragedia global como fue la Segunda Guerra Mundial. En tiempos de pandemia, de solidaridad y acción conjunta para superar un drama como el que estamos viviendo, esta trilogía me ha llamado especialmente la atención. Poco después de realizar las imprescindibles Medianoche y Recuerdo de una noche, un melodrama romántico tan emotivo y edificante como el mejor Frank Capra, que protagonizaron Fred MacMurray y la misma Barbara Stanwyck que una década después protagonizaría la hitchcockiana Mentira latente también a sus órdenes, Leisen se embarcó en una comedia romántica con apuntes dramáticos ambientada en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Adelante, mi amor (Arise, My Love), con guión de Wilder y Charles Brackett basado en una historia original de Benjamin Glazer y Hans Székely ganadora del Oscar, comienza en nuestra Guerra Civil, con Ray Milland interpretando a un miembro de las Brigadas Internacionales a punto de ser fusilado por las tropas de Franco. Gracias a la intervención de una periodista, Claudette Colbert, logra salvar su vida. A partir de entonces vivirán una divertida historia de amor sin abandonar el glamour que aporta París y debatiéndose entre sus obligaciones y su amor, hasta que sufrir como víctimas el hundimiento del buque de pasajeros británico Athea por un submarino alemán, les hace replantearse su responsabilidad, él como combatiente y ella como voz de la contienda, que no es sino la que en esa misma época, antes del ataque a Pearl Harbor, debía plantearse la nación norteamericana.

William Holden, Veronica Lake y Ray Milland
en Vuelo de águilas
En Vuelo de águilas Leisen se adapta a lo que tantos colegas en ésta y tantas otras profesiones estaban haciendo con la mirada puesta en el viejo continente y la invasión bárbara al que estaba siendo sometido. Planteada como vehículo de propaganda de la aviación militar norteamericana, I Wanted Wings, que es su título original, arranca con un simulacro de bombardeo en pleno Los Angeles, con aviación y población civil preparándose para un eventual ataque. A partir de ahí asistimos a las experiencias de compadreo y aprendizaje entre tres reclutas, de nuevo Ray Milland acompañado por un jovencísimo William Holden y el menos conocido Wayne Morris, mientras la cuota romántica la cubren Constance Moore y nada más y nada menos que Veronica Lake dando vida a un personaje como Jessica Rabbit, mala no por serlo sino por haber sido diseñada así.  Leisen retomaría la vida castrense en Capitán Carey, una cinta protagonizada por Alan Ladd y muy popular gracias a la canción Mona Lisa, ganadora del Oscar en 1950. En un original y único ejercicio de cine dentro del cine, la legendaria Si no amaneciera (Hold Back the Dawn) comienza precisamente en el set de rodaje de Vuelo de águilas, recreando una secuencia en la que Veronica Lake llama por teléfono. Con Mitchell Leisen interpretándose a sí mismo en la piel del imaginario director Dwight Saxon, Charles Boyer intenta venderle su particular historia, la de un bailarín polaco que huyendo de la invasión nazi espera en la frontera de México para saltar a Estados Unidos y allí reflotar su carrera artística. La impaciencia y una femme fatale a la que da vida Paulette Goddard le llevará a engañar a una aparentemente ingenua profesora para casarse y obtener con mayor celeridad el permiso de residencia. Ella es Olivia de Havilland, que cinco años después obtendría el primero de sus dos Oscar precisamente de la mano de Leisen, con la emocionante y conmovedora historia de una madre soltera en Vida íntima de Julia Norris (To Each His Own).

Con Si no amaneciera nuestro admirado director cerraría esa trilogía de magníficas películas destinadas a despertar el espíritu combativo de Estados Unidos e involucrarse en una tragedia global que afectaba a todo ese mundo de occidente que conocemos. Una situación que no se repetía con tanta virulencia y aspecto apocalíptico hasta ahora que nos enfrentamos a otro capítulo de la civilización que reclama nuestra solidaridad y preocupación. Hay todo un universo para reír, emocionarse y disfrutar en las alrededor de cuarenta películas, muchas de ellas sensacionales, que dirigió Mitchell Leisen entre 1933 y 1957.

lunes, 5 de agosto de 2019

EL GRAN BUSTER Semblanza correcta de un cómico irrepetible

Título original: The Great Buster
USA 2018 102 min.
Guion, dirección y narración Peter Bogdanovich Fotografía Dustin Pearlman Documental Estreno en el Festival de Venecia 30 agosto 2018; en Estados Unidos 5 octubre 2018; en España 2 agosto 2019

Estos días se suceden en nuestras pantallas documentales sobre grandes cineastas. A Bergman le sustituyó Welles y ahora Keaton en este aseado producto ideado y realizado por Peter Bogdanovich. No nos extraña viendo su filmografía que el director norteamericano de origen serbio y austríaco se confesara gran admirador de la obra, la figura y el talento de Buster Keaton, uno de los grandes pioneros del cine y, junto a Charles Chaplin y Harold Lloyd, icono indiscutible del cine cómico mudo. Bogdanovich, responsable de tres títulos míticos de la década de los setenta del siglo pasado, La última película, ¿Qué me pasa, doctor? y Luna de papel, y artífice de otras interesantes películas, como Máscara , Todos rieron o ¡Qué ruina de función!, no ha ocultado nunca su interés por la nostalgia, como evidencian algunos de los títulos reseñados y otros como el sensacional pero olvidado musical Un largo y definitivo amor, en el que Burt Reynolds y Cybill Shepherd cantan y bailan al son de Cole Porter. Además algunas de sus comedias, muy especialmente la protagonizada por Barbra Streisand y Ryan O’Neal, no disimulan la influencia que en ellas ejercieron el slapstick del que Keaton fue un maestro, así como la screwball comedy que tanto triunfó en las décadas de los treinta y cuarenta.
 
Con estos precedentes, Bogdanovich presenta este documental, premiado en Venecia, tan aseado como en cierto modo aséptico, que rinde tributo a este icono indiscutible del cine, adoptando las formás más clásicas y académicas del documental televisivo, medio en el que Bogdanovich se ha refugiado en las últimas décadas antes de retomar la dirección cinematográfica con la decepcionante Lío en Broadway. Lo más destacado del documental reside en el inmejorable estado de las secuencias exhibidas, convenientemente restauradas, así como en el agotador trabajo de búsqueda de material que debe haber emprendido su director y el equipo bajo sus órdenes. La sucesión incesante de increíbles, y aún hoy divertidísimas, secuencias arquitectadas por el gran cómico, y de imágenes domésticas y material documental que recorren su vida después del éxito y el fracaso, se convierten en motivo indiscutible para el visionado de un film que, sin embargo, no profundiza en el carácter y la influencia del homenajeado.
 
Recurriendo a discutibles intervenciones de un gran número de profesionales, desde el crítico Leonard Matlin al inefable Tarantino, pasando por Mel Brooks, Johnny Knoxville, Cybill Shepherd, Dick Van Dyke, Werner Herzog o Carl Reiner, cabe preguntarse el interés de los anodinos e intrascendentales testimonios aportados por el lujoso elenco. Mientras, dedica gran parte del trabajo a lamentarse por el paulatino olvido al que fue sometido el genio y el talento del atlético humorista, una vez implantado el cine sonoro y cuando la Metro Goldwyn Mayer se hizo cargo de su carrera, borrando cualquier posibilidad de control del cómico sobre la misma. Lamentos muy habituales en la sociedad americana, tan propensa a la hipocresía, pero que no difiere del que despiertan otros casos similares, en ese o cualqueir otro país y profesión. Por otro lado nos informa del devenir que tuvo su carrera, entre spots publicitarios y colaboraciones estelares, que le propiciaron una vida acomodada durante el resto de su existencia, lo que no es poco a tenor de la suerte sufrida por otros colegas en similares circunstancias. El film está realizado sin inventiva ni imaginación, pero cumpliendo con su vocación primera de divulgar el trabajo de Keaton y ensalzar su fuerza y talento, lo que por sí solo ya merece su atención.

jueves, 21 de julio de 2016

¡BRUJA, MÁS QUE BRUJA! La aldea maldita canta

España 1976 92 min.
Dirección Fernando Fernán Gómez Guión Fernando Fernán Gómez y Pedro Beltrán Fotografía Polo Villaseñor Música Carmelo Bernaola Intérpretes Francisco Algora, Emma Cohen, Fernando Fernán Gómez, Mary Santpere, Estela Delgado, Fernando Sánchez Polack, José Luis Barceló, Manuel Ayuso Estreno el 28 marzo 1977; reestreno 15 julio 2016

Seguramente el éxito que obtuvo hace justo un año la reposición de La vida sigue haya animado al reestreno de otra de las películas malditas de Fernán Goméz. En este caso se trata de una comedia lírica a medio camino entre la zarzuela y la opereta, que ni tuvo público en el momento de su estreno ni creemos lo vaya a tener tampoco ahora. Sin embargo es el momento de añadir a sus atractivos su carácter histórico, como manifestación de una época y de la herencia en plena transición de un país durante cuarenta años sometido a una durísima miseria económica y moral. Fernán Gómez, que era hombre inquieto e inteligente, no deja pasar en esta insólita película la oportunidad de encarar la letra de una zarzuela escrita ex profeso por Carmelo Bernaola, adecuada elección por tratarse de un compositor dotado para recrear la música más típicamente española, como demostraría años después con Pasodoble de José Luis García Sánchez. Y tampoco deja pasar la ocasión para convertir este esperpento en una crónica del desamparo de un pueblo sometido a la ignorancia a mayor gloria del señorito, y a los postulados éticos y morales de una Iglesia omnipresente recargada de santos, dogmas y maleficios. La bruja en cuestión se revela como consecuencia directa de todos estos inconvenientes que convierten un pueblo cualquiera de la región levantina en una especie de esas Hurdes que Buñuel retratara cuarenta años antes. En él se desarrolla una historia de infidelidades conyugales que da pie a una serie de libertinajes propios de la época del destape, mientras con enorme desparpajo aunque con una partitura muy mediocre, los personajes van aireando sus anhelos en playback, sorprendentemente sin estridencias ni sobreactuaciones, algo que se agradece especialmente en un producto como éste. Secuencias hilarantes, algunas precursoras del disparate cultivado en producciones americanas como Top Secret o Aterriza como puedas, personajes sobresalientes como el que encarna la olvidada Estela Delgado al estilo de la Sra. Danvers de Rebeca, y el uso significativo de las constantes del género más cultivado en nuestro país, incluyendo la protagonista buenorra frente al galán typical spanish, hacen del conjunto un film producido con dignidad y buen hacer, pero condenado a la invisibilidad por su condición de rareza poco digerible para un público mayoritario y generalmente poco curioso. Sirva además como homenaje a los recientemente desaparecidos Paco Algora y sobre todo Emma Cohen, que nos dejó apenas cuatro días antes de esta reposición.

viernes, 15 de abril de 2016

CARMEN DE DeMILLE EN EL MAESTRANZA: UNA EXPERIENCIA NOSTÁLGICA, CIEN AÑOS DESPUÉS

14º concierto de la 25ª temporada de abono de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Mihnea Ignat, director. Programa: Carmen, película de Cecil B. DeMille; música de Georges Bizet adaptada por Hugo Riesenfeld. Teatro de la Maestranza, jueves 14 de abril de 2016

La Feria de Abril no debería ser un obstáculo para que se mantuviera el pulso vital de Sevilla. Mientras otras ciudades aprovechan sus fiestas para programar un sinfín de actividades culturales, la nuestra se cierra sobre sí misma para no ofrecer más que folclore y tipismo, eso sí bellísimo, pero dejando fuera cualquier otra posibilidad de entretenimiento que no sea el cine, sin tener en cuenta ese otro público que no le encuentra la gracia a la efímera ciudad que se levanta en Los Remedios. Incluso quienes disfrutan de la Feria deben tener la oportunidad de poder compaginarla con diversión fuera de ella. Por eso es muy de agradecer que el Maestranza y la ROSS hayan decidido no cerrar por vacaciones y ofrecer al menos un espectáculo, y tan suntuoso como éste.

Hace poco más de un siglo se estrenaba Carmen de Cecil B. DeMille en el Symphony Hall de Boston. Nuestro teatro se convirtió en este decimocuarto programa de abono en aquella sala para recrear la experiencia de ver una película muda con interpretación en directo de su música a cargo de una orquesta sinfónica. La película supuso el debut en el cine de la estrella de la ópera Geraldine Farrar, que imprimió su actuación de una fuerza y temperamento que sería trasladada luego a la escena y se convertiría a partir de entonces en referente del carismático personaje. La copia seleccionada para la ocasión, restaurada por Lobster Films, acusó tal exceso de transparencias de colores que oscurecían frecuentemente la imagen. Mejor en este sentido la versión restaurada por Diamond Time que se puede disfrutar en DVD y que cuenta con la recuperación de la música a cargo de la directora y musicóloga estadounidense Gillian Anderson. Respecto a esto último no hay diferencia sustancial con la reconstrucción de Marco Jovic y el especialista Frank Strobel, salvo que la primera mantuvo puntuales pasajes cantados.

De origen austriaco, Hugo Riesenfeld cultivó una fructífera carrera como compositor y director musical en Hollywood a partir de su trabajo para esta película del director de Los diez mandamientos. Su labor consistió en utilizar los temas de Bizet, ya populares aunque sólo hiciera cuarenta años del estreno de la ópera en París, y adaptarlos a la imagen recurriendo para ello a técnicas de sincronización, repetición y uso de leit motivs que sentarían las bases de la composición cinematográfica. El director rumano Mihnea Ignat, familiarizado con nuestras orquestas, logró una versión aseada y perfectamente sincronizada, obteniendo de la orquesta un trabajo impactante, fiel al sonido a menudo camerístico ideado por Riesenfeld para hacer que la partitura pudiera ser interpretada también por conjuntos más reducidos, incluso piano, en salas más modestas. La mirada del público naturalmente no era la del de entonces, más verde e inocente; pero la película demostró que hay muchas cosas de nuestra idiosincrasia que apenas han cambiado en cien años.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 26 de octubre de 2015

HOMENAJE A MAUREEN O'HARA: ETERNA PELIRROJA RELEGADA

La sana e inmarchitable belleza de Maureen O'Hara me cautivó siendo muy niño cuando la segunda cadena de Televisión Española, creo que todavía entonces la UHF, programó un generoso ciclo de películas protagonizadas por ella, en la primera mitad de la década de los setenta. Su pelo moreno, como se veía entonces que aún no teníamos color, y su extraordinaria mandíbula enmarcada en carnosos labios, llamaron poderosamente mi atención hasta decidir ver todas las películas del ciclo. Hace apenas unos meses me conmovió el alma verla recoger un Oscar Honorífico sentada en una silla de ruedas y portando con autoritaria dignidad una peluca que emulaba el mismo color rojo cobrizo que caracterizó a la que una vez fue reina del technicolor, rivalizando con María Montez e Yvonne de Carlo, aunque superándolas en talento y versatilidad. Llegó afortunadamente a tiempo de recoger ese merecidísimo reconocimiento como gran estrella de la época más dorada que del cine universal conocemos, la que ha labrado la afición y el entusiasmo de millones de personas hacia el Cine en todo el Mundo.

Junto a John Wayne en El hombre tranquilo (1952)
Maureen FitzSimons, que así se bautizó católicamente como corresponde a una buena irlandesa, nació cerca de Dublín cuando el siglo XX cumplía dos décadas. Brillante estudiante que a los dieciséis años ganó el premio al mejor expediente académico de las islas británicas, pronto exhibió su entusiasmo por el mundo de la interpretación, y con la ayuda de su madre, que la inscribió en algunas de las mejores escuelas dramáticas de la capital, descubrió su talento en los escenarios, Shakespeare incluido. Su belleza y energía llamó la atención del cantante y playboy Harry Richman, que en 1937 le brindó la oportunidad de hacer sus primeros pinitos en el cine. Su talante enérgico y su temperamento acalorado llamaron a su vez la atención del productor alemán Erich Pommer y el egocéntrico actor inglés Charles Laughton. La posada Jamaica, a las órdenes de Hitchock según la novela de Daphne du Maurier, y Esmeralda la zíngara de William Dieterle según el clásico de Victor Hugo El jorobado de Notre Dame, vinieron así solas en 1939. Pero el protagonismo dictatorial de Laughton eclipsaron en las dos ocasiones la interpretación de O'Hara, apellido que precisamente le asignaron los dos personajes aludidos. El hecho de tener un temperamento fuerte, del que John Wayne llegó a decir que prefería lidiar con un joven fortachón que con el huracán devastador que era ella, no le sirvió para decidir e imponer su voluntad en una carrera errática presidida por la mala suerte, que le llevó a perder los papeles protagonistas de Rebeca y Ambiciosa, en favor de Joan Fontaine y Linda Darnell respectivamente; mientras alternando entre los estudios RKO y 20th Century Fox tuvo que conformarse con ser la compañera fiel y devota de las estrellas del momento, como John Payne, Cornel Wilde y Tyrone Power, con quien trabajó en El cisne negro a las órdenes de Henry King, lo que provocó una serie de películas de aventuras entre las que destaca Simbad el marino junto a Douglas Fairbanks jr. Antes tuvo la oportunidad de enderezar su carrera con uno de sus personajes más emblemáticos, el de la desdichada Angharad de ¡Qué verde era mi valle!, enamorada del párroco Walter Pidgeon pero obligada a casarse con el rico del pueblo en consideración a la pobre familia minera a la que pertenecía. Este extraordinario film, tan nostálgico como cautivador y uno de los que mejor reflejan la melancólica ausencia de nuestros seres queridos, fue la primera colaboración de la actriz con el director también de origen irlandés John Ford. Hasta 1950 no volvería a repetir con él, sucediéndose dos obras maestras junto a John Wayne, Rio Grande y El hombre tranquilo. Junto al fornido e icónico actor protagonizaría otras tres películas: Escrito bajo el sol, El gran McLintock y El gran Jack, pero repitiendo el papel de compañera decorativa que cultivó en la mayoría de películas en las que le tocó intervenir, algunas de ellas tan conocidas como Niñera moderna, donde el papel relevante pertenecía a Clifton Webb, De ilusión también se vive, con Edmund Gwenn y Natalie Wood imponiéndose a ella, o la disneyana Tú a Boston y yo a California, a mayor gloria de la niña redicha Hayley Mills.

Lady Godiva (1955)
Ahí no queda la mala fortuna, porque cuando al margen de Ford, que también la dirigió en la espléndida Cuna de héroes, otros grandes directores se hacían cargo de la producción, el resultado no era muy satisfactorio. Fue el caso del rey del melodrama, John M. Stahl, que la dirigió en El sargento inmortal y Débil es la carne junto a Rex Harrison sin mucha fortuna, o de Nicholas Ray, con quien hizo el endeble melodrama criminal Un secreto de mujer, así como el mismísimo Jean Renoir, cuya This Land Is Mine fue eclipsada de nuevo por la intervención vampirizante de Laughton. Para colmo su fichaje por la Universal volvió a relegarla a papeles de heroína exótica, con películas tan mediocres como Bagdad, hasta llegar a una ridícula cinta sobre Lady Godiva en la que exhibió su trucada desnudez con la armadura de su larga cabellera. Su madurez perpetuó el papel de abnegada ama de casa en títulos como Un optimista en vacaciones junto a Fred McMurray, Fiebre en la sangre con Henry Fonda o Una dama entre vaqueros con James Stewart. Su carácter fuerte y decidido se hizo valer, por el contrario, al frente de la empresa que creó junto al amor de su vida, su tercer y último marido, Charles F. Blair, con quien se casó en 1968 hasta su muerte accidental en 1978. Antilles Air Boats, una de las compañías aéreas más carismáticas a la hora de acercar estas islas al continente americano, ha sido su verdadero caballo de batalla hasta su fallecimiento a los noventa y cinco años, plácidamente - otra contradicción con su temperamental carácter - junto a sus seres queridos y los millones de admiradores y admiradoras que de todas las edades y condición ha dejado a lo largo y ancho de este planeta, ahora menos luminoso que nos falta la aureola de su rojo cabello.

sábado, 24 de octubre de 2015

EXPERIMENTOS DISFRAZADOS DE AUDACIA EN EL FESTIVAL DE GUITARRA DE SEVILLA

VI Festival de la Guitarra de Sevilla. Cine para Guitarra: “Another Troy for Her” de Thomas Csaba ilustra “El gabinete del Doctor Caligari”, jueves 22. “Electrifying Stories” de Israel Sandoval ilustra “Tiempos modernos”, viernes 23. Sala Joaquín Turina, octubre 2015

Thomas Csaba
Hay que reconocer el mérito del excelente guitarrista sevillano Francisco Bernier de en apenas unos años colocar un festival como éste en la agenda de la ciudad, logrando apoyos institucionales y privados y sacando adelante con esfuerzo y mucha dedicación un sello discográfico dedicado al instrumento, la plana mayor de cuyos artistas se ha convocado en esta sexta edición del certamen. Cabe también destacar el concurso internacional que se celebra en el seno de este festival y del que han salido talentos como Thomas Csaba.

Este año se ha incorporado una original propuesta a la programación, proyectar películas mudas acompañadas de guitarra en directo a través de un discutible experimento bautizado como Cinema Dreams. La cumbre del expresionismo alemán El gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene contó con la aportación de Csaba, que adaptó a la proyección los temas incluidos en su última grabación para el sello de Bernier huyendo del cliché clásico de la sincronización y potenciación de las imágenes, como hacían los artesanos pianistas de la época. Podría haberse al menos optado por reflejar el espíritu de los personajes y situaciones planteadas en la película; por el contrario el peaje a pagar fue una total desvinculación entre imagen y sonido, incluyendo infidelidad al drama y despojo de tensión. Otra cosa fue el buen oficio del guitarrista francés desgranando piezas de Britten, Takemitsu y Maw con un toque relajado y meticuloso, muy atento a matices y acentos.

Una iconográfica imagen del film de Chaplin
Tiempos modernos no es exactamente una película muda, como tampoco lo es, por ejemplo, The Artist. Casi una década después de la aparición del cine sonoro Chaplin prefería seguir rodando a la antigua usanza, pero sin prescindir de una banda sonora que incluyera efectos de sonido y música, una espléndida partitura que él mismo silbó al compositor y arreglista David Raksin. En esta película además se pudo escuchar por primera vez la voz del cómico, cantando Titine. Nada de eso se respetó en un film ofrecido por lo tanto mutilado y sin títulos de crédito. Su magia, actualidad y comicidad siguen milagrosamente intactos, convocando a un público numeroso y entregado, lo que si duda asegura una mayor promoción del producto. La interpretación musical de Israel Sandoval no molestó por su carácter amable y distendido, afrontado con un estilo de jazz clásico tan personal como deudor de Ritenour o Metheny. Pero temas como My favourite things de Rodgers o Prelude to a kiss de Ellington (ni rastro de Smile, el popular standard de la película) poco o nada aportan a las imágenes. Fue como ver la cinta con el sonido bajado y escuchar un disco ajeno a la vez, ni más ni menos.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía el domingo 25 de octubre de 2015

domingo, 29 de marzo de 2015

BLADE RUNNER Las nuevas tecnologías resucitan la reposición

USA 1982 117 min.
Dirección Ridley Scott Guión Hampton Fancher y David Webb Peoples, según la novela de Philip K. Dick “Do Androids Dream of Electric Sheep?” Fotografía Jordan Cronenweth Música Vangelis Intérpretes Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Edward James Olmos, M. Emmet Walsh, Daryl Hannah, William Sanderson, Brion James, Joe Turkel, Joanna Cassidy, James Hong, Morgan Paull Estreno en España 21 agosto 1982; reestreno 19 marzo 2015

La nueva reposición de este clásico de la ciencia ficción, retomando la nueva versión que Scott editó de la película en 2007, demuestra que al público le gusta reencontrarse con las cintas que marcaron época y se han convertido en mitos del cine. Sólo así se explica las largas colas que se forman para verla en su versión original, con imagen y sonido restaurados y copia digital brillante y espectacular. Esta reposición, que se une a las recientes de ¡Qué noche la de aquel día! y Alien, coincide con la aproximación del año en el que se desenvuelve la trama, 2019, y la proliferación en pantalla de títulos que analizan el tema de los androides inteligentes. El paso de los años no ha dañado ni un ápice la película, que mantiene toda su frescura y originalidad, continúa siendo inquietante y exhibe toda su parafernalia técnica y artística con desparpajo y naturalidad , casi como si hubiera sido rodada ayer. Las novedades introducidas por el director de Gladiator apenas se reducen a algunos retoques digitales (el zeppelin, los mandos del automóvil), la inclusión de una imagen onírica de un unicornio, que siempre se dijo que la extrajo de Legend, el film que rodó a continuación, y algunas secuencias descartadas que no añaden nada a la trama. Argumento que se sitúa en una asfixiante y lluviosa visión distópica de la ciudad de Los Angeles, con esa recreación de atmósferas que hicieron tan famoso al realizador al comienzo de su carrera, y que recicla las historias detectivescas del cine negro americano de los cuarenta para generar una extraordinaria reflexión sobre la existencia, el instinto de supervivencia y la razón de la vida misma. Excelente sigue siendo la hipnótica música de Vangelis, en la que cabe incluso escuchar la voz del recientemente desaparecido Demis Roussos, como excelentes siguen resultando las interpretaciones del elenco, empezando por un cínico, descreído y desencantado Harrison Ford y un inquietante y arrogante Rutger Hauer, que nos sigue conmoviendo con su monólogo final.

lunes, 4 de febrero de 2013

SAN FRANCISCO DE VÉRTIGO

El reciente estreno de la película Hitchcock me ha recordado el verano de 2010, cuando aprovechando un viaje por California y Las Vegas, decidí recorrer los escenarios más emblemáticos de la obra maestra Vértigo, desde hace unos meses considerada en algunas listas especializadas la mejor película de la Historia del Cine, desbancando así a Ciudadano Kane, que ostentaba el puesto prácticamente desde siempre. Quienes habitualmente lean este blog pensarán que éste es un artículo demasiado exhibicionista, pero sinceramente me han entrado ganas de compartir con ustedes estas experiencias tan emocionantes e irrepetibles, este ejercicio de cinefilia y pasión que me llevó a buscar los lugares en los que se rodó mi película más admirada y querida, aquella que descubrí cuando se repuso en cines en los años 80, junto a La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado, Pero quién mató a Harry y La soga. Un conjunto de cinco películas que se distribuyeron bajo el título de Lo esencial de Hitchcock, y que recuperaba para la gran pantalla cintas que llevaban mucho tiempo sin exhibirse. Vértigo pude verla en la sala grande del Cine Florida, y recuerdo cuánto me sorprendí al descubrir que la música que tantas veces había escuchado de niño cuando mi madre sintonizaba la radionovela, no era otra sino la Scene d’amour de Vértigo, compuesta por el inigualable Bernard Herrmann.



Vista del Puente Golden Gate desde Fort Point, lugar en el que Madeleine (Kim Novak) finge su suicido arrojándose al agua para ser salvada por Scottie (James Stewart), que la vigila de cerca a petición de su amigo y esposa de ella, Gavin Elster (Tom Helmore).






Cúpula del Palacio de Bellas Artes en Marina Boulevard, uno de los sitios más emblemáticos de la ciudad, por donde Scottie pasea junto a Judy antes de ser reconvertida por este particular Svengali en Madeleine.











En el primer seguimiento que Scottie hace a la esposa de Gavin, una parada forzosa es la Misión Dolores, donde Madeleine deposita unas flores en la tumba de su antepasada Carlota Valdés, que se supone la ha poseído en espíritu.














Para llegar al cementerio de la misión ambos tienen que atravesar esta pequeña iglesia de estilo colonial español. De hecho la misión, construida por los españoles, se considera la edificación más antigua conservada en al oeste americano.









Naturalmente en el cementerio no hay ninguna tumba a nombre de Carlota, pero el espíritu de la película, y particularmente de este momento de oración fantasmagórica, se respira perfectamente paseando entre sus ancestrales sepulcros.









En la Legión de Honor, en Lincoln Park, un museo precioso de pintura y escultura fundamentalmente romántica, Madeleine contempla un cuadro de Carlota, que naturalmente no cuelga en realidad de sus paredes.









La sala en la que transcurre esta escena, mientras Scottie contempla a Madeleine fascinado, podría ser perfectamente la de la foto.
















El elegante edificio de apartamentos Blocklebank, cerca de Grace Cathedral y junto al Hotel Fairmont, fue el elegido como punto de partida de la misteriosa persecución de Scottie a Madeleine, ya que es donde se supone vivía con su marido Gavin.










En el imponente salón de baile del Hotel Fairmont se rodó la escena de la cena y baile entre Scottie y Judy, cuando comienza a sentirse atraído por ella por su enorme parecido con la desaparecida Madeleine.








La Misión San Juan Bautista está a unos 100 kilómetros de San Francisco. En ella se rodaron las secuencias del suicidio de Madeleine y el accidente final de Judy, partiendo de una dramática escena de amor en el establo, y terminando en una torre a la que se accedía por las escaleras de la fotografía; la torre en realidad no existe y fue superpuesta a la iglesia de la misión gracias al trabajo de los especialistas en dirección artística y efectos visuales.
























El recorrido acaba en estos típicos acantilados del norte de California, tal como se divisan desde la carrtera por donde tantos paseos dieron en descapotable los protagonistas de las películas de Hitchcock, desde Cary Grant y Joan Fontaine en Sospecha a James Stewart y Kim Novak en Vértigo. Éste en concreto lo fotografié desde la carretera a Santa Barbara y Los Angeles, la misma desde la que también se puede ver en la lejanía el Xanadú de Ciudadano Kane.