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Algo en esta coreografía recuerda a Wouldn't It Be Loverly? de My Fair Lady |
No cabe duda de que este tipo de espectáculos gusta; en su germen se adivinan los éxitos de series televisivas a nuestro entender abominables como Aquí no hay quien viva o La que se avecina, con todo lo que de triunfo y aceptación popular eso significa, aunque el humor sea más blando y desde luego más inocente y definitivamente anticuado. No podemos sustraernos por lo tanto a nuestros gustos personales, y con la libertad que me brinda escribir para el blog y no para el medio de prensa en el que colaboro, manifiesto mi decepción con un espectáculo a mi juicio pobretón y tedioso.
Eso sí, la puesta en escena es preciosa y muy detallista, recreando una típica calle del Madrid castizo de los años 30, con grandes balconadas a través de las cuales se pueden ver los interiores y la vida en ellos. Numerosas bicicletas cruzando el escenario, una camioneta de la época o un elegante café Honolulu forman parte del esmerado utillaje. Una escenografía de Gerardo Trotti que ya pudimos ver en este mismo teatro hace casi veinte años, cuyas siete representaciones de entonces, alternando nuestra orquesta con la de Córdoba, en contraste con las únicas tres de ahora, dan buena muestra de lo mucho que se ha devaluado la actividad cultural en nuestra ciudad. Esta reposición viene precedida de la que se ha ofrecido en el madrileño Teatro de la Zarzuela desde finales del año pasado a principios de éste, exactamente con el mismo elenco técnico y artístico, salvo en el caso de la iluminación, que de nuevo corrió a cargo del encargado de esos menesteres en el Maestranza, Eduardo Bravo, y que una vez más demostró saber realizar un trabajo como mínimo competente. Lástima que no haya cuajado la experiencia del año pasado, independizándose del Teatro de la Zarzuela con una esmerada producción propia de Entre Triana y Sevilla, también de Sorozábal, y con la oportunidad brindada a nuestra admirada Joven Orquesta Universitaria, que aunque demostró sobradamente su solvencia, no se le ha propuesto en esta ocasión.
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Varela, Iniesta y Crooke |
Pero aparte de esa preciosista escenografía, extensible al vestuario de Alfonso Barajas, el montaje pareció más el propio de una compañía ambulante de cómicos que el de una solvente y seria compañía estable. Su rancia narrativa, aunque tejida en plena República parece más bien la sinopsis de una película de Rocío Dúrcal, sin duda inspirada por esa larga tradición católica apostólica y su rancia moral sobre dignificación de la pobreza y división de clases. Aligerada de chistes y diálogos que han perdido toda su vigencia, aún abunda en gracias y reacciones que no tienen ningún sentido en pleno siglo XXI, lo que apoyado en sobreactuaciones, aspavientos, coreografías de programa televisivo de variedades, y chulerías varias, no hace sino empeorarlo todo. Vale que el ejercicio de la nostalgia puede ser muy saludable, pero servido de otra manera más emotiva y estimulante. Así las cosas sólo nos quedarían sus virtudes musicales, que tampoco las tiene. Porque la partitura del maestro vasco no es precisamente un colmado de creatividad; apenas sobresalen la conocida melodía de introducción (Dicen las gentes del barrio), la romaza de Ascensión (No corte más que una rosa), la de Joaquín (Madrileña bonita) o la habanera de ambos (Qué tiempos aquellos). Todo lo demás, como la farruca cómica del histriónico dúo compuesto por Clarita y Capó, el pasodoble Hace tiempo que vengo al taller o el intento de foxtrot Si tú sales a Rosales, apenas merecen atención. Si encima no acompañan ni las voces ni la orquesta, la decepción resulta mayor.

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