Quienes de alguna manera, en mayor o menor medida, nos sentimos responsables de generar interés por la música en esta ciudad, y no nos cansamos de divulgar sus veleidades, ya se trate de organizadores o cronistas, sentimos una gran decepción y una terrible sensación de fracaso cuando ante un espectáculo tan esperado, una cita en principio tan ineludible como ésta, el aforo del teatro presenta un aspecto tan desvalido, con apenas la mitad de las butacas ocupadas. Piotr Beczala anda de gira por nuestro país; ha cantado en Valencia y La Coruña y aun le queda hacerlo en Zaragoza y Gerona. Su presencia aquí vino a paliar levemente la carencia de grandes nombres que sigue azotando la programación del principal coliseo andaluz, por lo que no se entiende el escaso interés que ha suscitado entre el melómano sevillano que, sin embargo, no duda en llenar una y otra vez otras propuestas locales ancladas muchas veces en la costumbre y la monotonía. Que también está muy bien, que hay población de sobra para que todo tenga su espacio y lugar, pero no nos lo explicamos, y ya no se sabe qué hacer.
Beczala acudió acompañado por una delicada pianista, la francesa Sarah Tysman, que en todo momento arropó su canto con oficio y profesionalidad, acariciando las teclas o pulsándolas con autoridad según procedía, pero manteniendo cierta discreción y un respeto absoluto hacia el protagonismo absoluto de la voz, sin empañarla. Beczala repitió la fórmula que viene desarrollando desde hace tiempo en sus recitales, que es combinar canción italiana con piezas polacas y arias de ópera, aunque también suele cultivar la opereta que aquí nos ahorró. Lo más destacable de su voz y estilo es un torrente impresionante, una voz ancha y muy bien colocada que emite con generosidad y una potencia descomunal, y una capacidad extraordinaria para hacer de la música puro sentimiento, con una sensibilidad y un buen gusto desbordante. Frente a eso, unos puntuales fallos técnicos no afectaron al resultado magistral del conjunto.
Arrancó a todo gas con una Mattinata de Leoncavallo rutilante, en el que ya destacaron esas inmensas facultades apuntadas en emisión y potencia, haciendo gala de un precioso timbre, sedoso, aterciopelado y con una extraordinaria homogeneidad de registro. Una voz que ha madurado considerablemente en estos más de veinte años de carrera, de tenor eminentemente ligero y lírico a otro discretamente dramático, que le permite abordar con éxito roles como el Lohengrin de Wagner. También cantó en estilo aunque algún exceso de seriedad las canciones napolitanas de Tosti, especialmente una soberbia Ideale, entonada con elegancia y muy buen gusto, o el famoso Torna a Surriento de Curtis y la Mamma que Bixio compuso para animar a las tropas musolinianas. Muy sentimentales resultaron las preciosas canciones del maestro polaco del poema sinfónico Mieczislaw Karlowicz, combinando autoridad con un exacerbado intimismo y unos soberbios pianissimi de considerable calado emocional. En el mismo registro abordó cuatro de las seis Canciones Gitanas de Dvorák, aun con el grato recuerdo que nos dejó Marta Infante en la pasada edición de las Noches en los Jardines del Alcázar. En sus manos resultaron acaso menos dulces, pero igualmente muy emotivas. Beczala es tan expresivo que evidenció su malestar frente a quienes insistían en aplaudir entre canciones sin dejar terminar el ciclo, y es que había poco público pero mucho poco informado.

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