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| Foto: Luis Pascual |
Aunque la crítica hasta ahora se había volcado en elogios y parabienes, hubo también opiniones discrepantes, una de las últimas proveniente de su paso por el Teatro Real de Madrid. Y claro, tales opiniones hacen también hincapié en la nuestra propia y nos ayudan a comprender algunos detalles que quizás habíamos pasado por alto. Claro que con sólo cuarenta minutos despachados en Sevilla, sin que Klaus Florian Vogt hubiera afrontado aún su papel de Sigfrido, y ni siquiera haber aparecido en escena la soprano británica Catherine Foster, una de las grandes apuestas de la velada, nuestra impresión se quedaba bastante huérfana de referentes.
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| Foster y Vogt saludan al final de la primera parte |
Toda la segunda parte estuvo dedicada, como se sabe, a El ocaso de los dioses, cuarto y último de los títulos que conforman El anillo. Aquí lució la orquesta en todo su esplendor, dada la abundancia de partitura estrictamente orquestal frente a la intervención vocal. Piezas mil veces escuchadas, animadas por batutas de toda índole y condición, como el Amanecer y viaje de Sigfrido por el Rin (Tagesgraven und Siegfrieds Rheinfart) del prólogo, y la estremecedora Marcha fúnebre (Trauermarsch) del acto tercero, encontraron en Heras-Casado y la muy disciplinada y experta orquesta una interpretación robusta y espectacular, evidenciando una vez más la enorme sintonía entre batuta y conjunto. Sin embargo, no nos asaltó ese estremecimiento que habíamos alcanzado con sólo escuchar el arranque del concierto, esa majestuosa Entrada en el Walhalla, en el Maestranza.
Vogt hizo todo lo que pudo en la Muerte de Sigfrido, ¡Brunilda, Santa esposa!, aunque no pudimos apreciar ese tono, autoridad y prestancia de auténtico helden tenor. Se quedó corto en proyección y en expresión, a la vez que mantuvo ese timbre discretamente metálico que no nos llegó a convencer tampoco como Sigmundo. Por su parte, Foster encaró valientemente toda la escena final, la inmolación de Brunilda, ¡Ponedme allí unos maderos!, con menos ímpetu del deseable, sin arrojo ni suficiente tono trágico, aunque mantuvo una línea de canto homogénea, salvando satisfactoriamente cada una de sus temibles inflexiones, y por supuesto se hizo oir en todo momento, a pesar de la a menudo decibélica intervención de Heras-Casado.
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| Brownlee, Foster y Vogt |
A pesar de todo, nos damos por satisfechos al haber recuperado esta cita histórica e irrepetible, a la vez que lamentamos sobremanera el entuerto que ha supuesto para los responsables de nuestro teatro de la ópera, auténticos decepcionados de una gesta que llevaban tanto tiempo anunciando y preparando. Vaya para ellos y ellas nuestra simpatía y más sincera ovación, en la seguridad de que la excelente temporada que han preparado nos hará olvidar esta desgraciada experiencia.



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