Hace diez años que nos dejó Julio
García Casas, fundador y presidente de Juventudes
Musicales de Sevilla desde 1954. A él se dedicó este concierto que contó
con dos nuevos y jóvenes solistas, y una directora así mismo plena de juventud
al frente de una orquesta entregada para que nada pudiera deslucir la ilusión de tocar en un espacio tan emblemático
como el Teatro de la Maestranza. Una emotiva semblanza del histórico fundador
por parte del actual presidente del movimiento, Arnold W. Collado, presidió el
programa de mano diseñado para la ocasión.
En los atriles, un precioso programa
integrado quizás no por obras rotundamente maestras, pero sí suficientemente
atractivas y poco divulgadas como para generar interés e incluso entusiasmo en un público completamente entregado al
aplauso y los vítores de tan jóvenes talentos. Mucha juventud también en la
sala, señal quizás de que se siguen haciendo las cosas bien, promulgando la
asistencia de los y las estudiantes de los conservatorios a los conciertos, o puede
que sólo se tratara de compañeros, compañeras y familiares de los
protagonistas.
Del romanticismo incipiente al más crepuscular
Los autores elegidos para la ocasión fueron Carl Maria von Weber y Camille Saint-Saëns, setenta años de
diferencia entre la obra más antigua del primero y la más moderna del segundo,
claros exponentes del romanticismo en
sus vertientes extremas, aún tímido en el caso del compositor alemán, más
integrado en el del francés.
Una orquesta reducida,
cumpliendo las demandas no ya de las partituras, que quizás demandaban una
mayor presencia de la cuerda, al menos en el caso de Saint-Saëns, sino del
espacio ofrecido para la ocasión, no fue óbice para extraer brillo de cada pieza, gracias al mimo y el detalle con el
que la joven directora Julia Cruz
trazó cada línea melódica, cada inflexión y cambio de registro, y un depurado
trabajo de dinámicas, con todo lo cual logró una acertada acentuación de las piezas no concertantes de cada
autor.
Así, con Oberon nos dejamos seducir
por al mágico mundo de los elfos, arrancando con un adagio sostenuto imponente y
a la vez sosegado, que se encadena con un allegro chispeante e irresistible, alternándose con tiernos y
amorosos pasajes de radiante lirismo,
siempre bajo la mirada atenta de una directora preocupada por evitar todo tipo
de estridencias y salidas de tono.
La Obertura para una ópera cómica
inacabada, obra de estricta juventud de Saint-Saëns, se mantuvo ligera en
manos de Cruz, acertando en sus elocuentes diálogos y un acelerado presto final, predominando en todo momento un carácter alegre y desenfadado.
Triunfo de Javier Sanz e Irene Arriaza
Uno de los principales alicientes de estos conciertos auspiciados por
Juventudes Musicales, reside en la aportación
de savia nueva al panorama musical de la ciudad, leit motiv en todo caso del modus
operandi de la asociación. Sin embargo, el primero de los solistas no fue
invitado suyo, sino de la Asociación de
Fagotistas y Oboístas de España, de cuya mano recibió el año pasado el
primer premio de su concurso anual.
Se trata de Javier Sanz Pascual,
que nos brindó un Concierto para fagot
de von Weber que fue pura delicia, por su musicalidad, su gracia y ese toque
cómico que fue capaz de darle, especialmente en el movimiento final. Orquesta y
solista retuvieron a la perfección el
estilo deliberadamente clásico de la pieza, seguramente por tratarse de uno
de los muchos encargos que recibió de solistas de la época, aún no
familiarizados con el romanticismo y proclives al estilo mozartiano aún imperante.
Hubo también en la impecable interpretación de Sanz y el ropaje orquestal un efecto teatral destacado, sobre todo
en el adagio, dechado de lirismo
operístico, brillantemente defendido por un solista que en ningún momento atisbó dificultad alguna de respiración. En el tercer
movimiento destacó el ánimo travieso
del solista, ampliamente secundado por una batuta siempre atenta a no
eclipsarle. La vertiginosa sucesión de escalas y arpegios que inunda el final fue
defendida con enorme virtuosismo.
Sensacional también la aportación de la joven sevillana Irene Arriaza, al frente de la que quizás fuera la
obra más distinguida del programa, el Concierto
para violín nº 3 de Saint-Saëns. Melodioso
y con abundantes recursos para exhibirse, Arriaza manifestó un sonido
robusto y carnoso, de inspiración bohemia, que mudó a otro más lírico y ligeramente refinado en el
delicioso movimiento lento.
Acusó en todo momento, salvo alguna excepción sin importancia, una pureza de emisión encomiable,
encargándose con soltura y responsabilidad de todas las ricas líneas melódicas,
y apreciándose siempre tanto en ella como en la dirección, un trabajo cálido y elegante. Ambos solistas interpretaron sin
partituras, evidenciando una preparación exhaustiva y llena de ilusión. Arriaza
ofreció como propina un Liebesleid,
de las Antiguas danzas vienesas de
Kreisler, henchido de melancolía,
transcrita para una cuerda así mismo consecuente con tal atmósfera.
Fotos:
José Ignacio CaballeroArtículo publicado en
El Correo de Andalucía