Ha
tenido suerte la antepenúltima ópera de
Verdi en nuestro teatro. Pudimos disfrutarla mucho hace trece años, cuando
nos llegó de la mano de los suntuosos decorados de papel de Josep Mestres
Cabanes, de lo poco que no pereció en el devastador incendio del Liceo de 1994.
Se trataba entonces de una minuciosa
recreación de ese Egipto que hemos aprehendido en nuestra memoria y que se
ha perpetuado en producciones cinematográficas de gran calado épico. La
propuesta de Paco Azorín para esta nueva
producción del propio Maestranza en colaboración con las óperas de Bilbao,
Tenerife, Santiago de Chile y Lisboa, así como el Festival de Perelada, tiene
también su referente cinematográfico.
Pero esta vez nos lleva más bien a un futuro
de tintes galácticos, en una operación que en cierto modo nos recuerda a la
que realizó La Fura dels Baus para el ya mítico Anillo de Les Arts.
Así,
Azorín apuesta por una puesta en escena
tecnológica, unos figurines muy trabajados a nivel conceptual, y una
concepción global del espectáculo tan medida
como decididamente efectiva. Pero no
traiciona ni en una sola coma la dramaturgia a la que sirve, logrando una
narrativa tan fluida, precisa y sencilla, que la trama se sigue sin esfuerzo
alguno, y sin la tan temida pretensión de tantos autores de dejar su huella con
ocurrencias más o menso acertadas que enturbian el concepto original del título
en cuestión. Tan sólo un personaje
extra, el joven Odiseo, que viaja del futuro al pasado para constatar que
todo sigue siendo igual, guiado por las pasiones que construyen,
fundamentalmente el amor, y las que destruyen, la ambición y el sadismo hacia el prójimo.
Equilibrio
conceptual y literal
Sin
embargo, y a pesar de que la intención del director artístico queda
manifiestamente patente por sus propias palabras, a nosotros el viaje se nos antojó al revés, de un
pasado opresor y sanguinario a un Egipto futurista, a través de un portal
quizás inspirado en el que atravesaban James Spader y Kurt Russell en Stargate, precisamente para enfrentarse
a un Egipto dominado por extraterrestres, aquí la autoridad eclesiástica. En ese espacio, Odiseo asiste perplejo a
las intrigas políticas de una civilización en guerra con el pueblo etíope,
primero con carácter de mero observador, después participando activamente y tomando partido por la desdichada
protagonista.
 |
| David Marco y Marigona Qerkezi |
El
excepcional equilibrista y acróbata
circense David Marco presta su físico trabajado al extremo a este personaje
adicional que nos pone el alma en vilo mientras atraviesa el escenario de lado a lado
sobre la cuerda floja, haciéndola suya y demostrando un dominio extraordinario de su cuerpo y flexibilidad. Claro que el
atrevimiento tiene también su contrapartida, y es que su casi omnipresencia
llega en algunos momentos a distraer
nuestra atención, incluso por encima del bello canto de la esclava etíope.
Hermosísimas
proyecciones sobre paneles de gran
resolución, de nuevo obra de Pedro
Chamizo, ya presente en el anterior título de la temporada, Marina, se erigen en principal
escenografía, evocando pirámides, desiertos, frisos, jeroglíficos y despiadadas
deidades de extraordinaria belleza
estética. De las alturas descienden grandes portales geométricos de neón,
de entre los que destaca naturalmente el que tiene forma de triángulo
piramidal. Jaulas y artilugios de guerra ornamentados con barras de neón que evocan espadas láser, completan una inteligente
escenografía que se enriquece con un esmerado vestuario también inspirado en el
imaginario cinematográfico, tanto histórico como futurista.

Especialmente
destacable es la decisión de ilustrar el mítico
desfile glorioso de las hordas egipcias tras el triunfo sobre los etíopes,
al que acompaña la célebre marcha Gloria
a Egipto, no con fastos y bailes, sino con trofeos humanos, esas víctimas torturadas y masacradas con las que
acaban ensañándose las guerras, un terrible
espectáculo que todavía hoy ocupa los espacios centrales de nuestros
informativos.
Una
batuta con clarividencia y autoridad
La
producción de Azorín se beneficia además en Sevilla de un elenco vocal muy satisfactorio y una batuta con ideas muy claras
y soluciones a la altura del acontecimiento. La dirección del maestro Daniele Callegari, gran conocedor del
universo verdiano, como se desprende tanto de su currículo como de su forma
de abordarlo en la práctica, logró momentos de enorme inspiración lírica, así como otros perfectamente al servicio
de la épica propuesta, muy en especial el famoso himno-marcha ya aludido, en el
que resplandecieron las fanfarrias bajo responsabilidad de las así llamadas trompetas de Aida, situadas de forma
estratégica sobre el foso a ambos lados del escenario.
Callegari
estuvo atento a todas las inflexiones de
índole orientalista de la obra, sacando el máximo partido de los
quejumbrosos solos del oboe y las mezclas cromáticas entre la flauta grave y el
arpa egipcia, y en general de toda la fastuosa
y colorista instrumentación, tan mágica en las noches junto al Nilo como
dramáticas en los incesantes cuadros que se van paulatinamente formando entre
las distintas voces concurrentes. Como de costumbre, la Sinfónica respondió a
todas estas exigencias con ahínco y
responsabilidad, logrando una interpretación memorable de tan insigne
página.
La
voz estremecedora de Marigona Qerkezi
 |
| Qerkezi y Ketevan Kemoklidze |
Desde
su primer aria trascendente, Ritorna
vincitor, la capacidad de la soprano kosovar Marigona Qerkezi para estremecer y encandilar quedó manifiesta.
Ideal en el rol, por su calidad como soprano lírico spinto, de íntimo lirismo e
intensidad dramática, volumen de sobra y dulce timbre a pesar de tratarse
de una voz gruesa, Qerkezi convenció más en su línea de canto, siempre fluida y
atenta a los matices, que en su talento interpretativo, evidenciándose algo
corta como actriz. De haber combinado ambas facetas con mayor acierto, su Aida
habría conseguido una aceptación unánime. Aún así, nos quedamos con su talento musical, manifiesto también en un
escalofriante O patria mia del tercer
acto, y un conmovedor O terra, addio
final.
A
su lado, Ketevan Kemoklidze, todavía
fresca en nuestra memoria su Carmen
de hace un lustro, se esmeró en definir su ambiguo y contradictorio personaje,
que no llega a ser una malvada de libro, combinando
venganza y generosidad siempre con la misma intención, captar el amor de
Radamés. A ese propósito encomendó una Amneris poliédrica, tan medida como matizada. Y a ella prestó un canto flexible y a la
vez contundente, de voz potente y cálida y una capacidad extrema para pasar por diferentes estados de ánimo.
Holgada en el registro agudo, Kemoklidze brilló en gran parte de su actuación,
también en el aspecto estrictamente actoral.
 |
| Alejandro Roy y Ernesto Petti |
Por
su parte, Alejandro Roy, que el año
pasado debutó con el mismo rol en el Met, y de quien en el Maestranza nos hemos
acostumbrado a sus papeles zarzueleros, fue
de menos a más. Y no porque el complejo Celeste
Aida arranque nada más empezar la función, sino porque la recitó de manera
muy rígida, casi sin fluidez ni legato.
Hubo que esperar a los actos tercero y cuarto para disfrutar de su potente voz, ágil y dramática, también con ese
punto heroico que caracteriza al guerrero Radamés.
El resto se movió con destreza y profesionalidad, destacando el tono amenazador, lúgubre e
inquietante de Insung Sim como el
sumo sacerdote Ramfis, catalizador como pocos del anticlericalismo verdiano,
ampliamente desarrollado tanto por su esmerada recreación del personaje como
por la atinada dirección de Paco Azorín. También estuvo acertado Ernesto Petti como Amonasro, un
barítono potente con una interesante línea
de canto. Algo menos, un avibratado Manuel
Fuentes como rey egipcio, y conciso en su breve aparición el tenor
tinerfeño Néstor Galván como
mensajero. Fuera de campo, brilló Patricia
Calvache como gran sacerdotisa, que supo dar a su canto el timbre, entre
sensual y misterioso, que demanda Possente,
possente Fthá, una de las páginas
más exóticas de la partitura.
 |
| Roy, Manuel Fuentes y Kemoklidze |
Tanto
en éste como en los numerosos pasajes en los que interviene, el coro estuvo inconmensurable, con
momentos álgidos como el estremecedor grito de guerra, o su canto glorioso en
la popular marcha. Todos y todas al servicio de un espectáculo de gran categoría, hermoso en lo estético, estupendo
en lo musical, glorioso en todo lo demás. Aunque lo verdaderamente glorioso será asistir algún día a una función en
la que no caigan objetos contundentes al suelo, no suene ningún móvil y apenas
se escuche alguna tos, que sea inevitable y perdonable. No fue el caso.
Fotos:
Guillermo MendoArtículo publicado en
El Correo de Andalucía