Einstein on the Beach. Ópera en cuatro actos para conjunto, coro y solistas con música y letra de Philip Glass, según un concepto de Robert Wilson y Philip Glass. Suzanne Vega, narradora. Tom De Cock, dirección. Dirk Deschemaeker, asistente a la dirección musical. Catherine Kunz, vestuario. Alexander Fostier, sonido. Pieter Nys, iluminación. Ictus Ensemble. Collegium Vocale Gent. Coproducción de Concertgebouw Brugge y Dunvagen Music Publishers, Inc. Teatro de la Maestranza, martes 26 de mayo de 2026
Tan
imposible de identificar como una ópera convencional como difícil es hacerlo
con una mera experiencia musical a
través de esta versión de concierto, prescindir del concepto visual de
Robert Wilson cuando se estrenó en 1976 no parece perjudicar en exceso la percepción clara, nítida y libre de
prejuicios, de la inquietante música de su principal creador, un Philip
Glass entonces en la cúspide de las vanguardias, que luego iría paulatinamente
abandonando en favor de un lenguaje más
asequible y conciliador.
No
deja de tener gracia que la ópera siga reivindicándose como espectáculo
dramático, despreciando estos intentos que desde mitad del pasado siglo han procurado
pervertir tradición para derivar en algo
sustancialmente distinto y novedoso. Hace apenas unos años pudimos asistir
en streaming al estreno en el
Metropolitan de Nueva York de una ópera de Kevin Putts, que no deja de tener
cierto prestigio como compositor que ha sabido captar las vanguardias musicales
para adaptarlas a un lenguaje operístico convencional. Se trataba de The Hours, basada en la famosa novela de
Michael Cunningham y la no menos célebre película de Stephen Daldry, a la que paradójicamente puso música un
Glass definitivamente complaciente y hasta cierto punto neo romántico.
Se
cerraba así un círculo enigmático y misterioso
que abarcaba desde esos años setenta que conocieron el intento de crear un
nuevo concepto de ópera, como experiencia
sensorial completa, ajena a una dramaturgia convencional, y lo que
finalmente ha persistido, abrazando tradición desde una óptica musical de
relativa vanguardia, con Glass como eje articulador. Desde su estreno en 1976
en Avignon, Einstein on the Beach ha
permanecido en el olvido de los
programadores, aun conservando su mística particular, hasta que en las dos
últimas décadas se ha recuperado su presencia en teatros y certámenes
especializados.
Una partitura muy compleja en excelentes manos
La
muy esperada versión que ayer pudimos disfrutar en el Maestranza, vino de la
mano de Tom De Cock, director musical
del prestigioso conjunto Ictus, todo un referente de la música
contemporánea que ayer, desde luego, demostró su pericia y magisterio en la
materia con una interpretación sólida y
precisa de una partitura que exige un enorme esfuerzo de compenetración.
Ríanse de la precisión rítmica que exige el Bolero
de Ravel para quien percute la caja. Eso en la partitura de Glass se
multiplica en exceso, exigiendo de cada partícipe instrumental una cadencia obsesiva sólo al alcance de
los y las más pacientes y disciplinadas. Instrumentos convencionales, como
el clarinete, el saxofón o la flauta, conviven con teclados y una
sorprendentemente escasa intervención electrónica, a pesar de lo cual el
resultado no deja de ser más electro acústico y sorprendente. Especial mención
merece el violinista Igor Semenoff,
un virtuoso entregado a su fatigoso menester relativamente disfrazado, aunque
no tanto como para identificar sin fisuras al Einstein protagonista.
Ciencia
matemática al servicio del arte
La
producción de ayer rebasa en casi media
hora la que The Philip Glass Ensemble grabó para CBS Sony dos años después
de su estreno, pero reduce en una hora la que entonces llegó al escenario.
Fuimos capaces de percibir pasajes que no figuraban en la grabación original
dirigida por Michael Reisman, con referencias
directas a ese tren y esa nave espacial que encuadran esa sensación de espacio y tiempo que todo lo relativiza
y que permite al científico erigirse en protagonista de la función.
Especialmente
atractiva es la escena de la cama,
entonada con un concepto de la belleza casi espiritual por la soprano Elisabeth Rapp. Una aportación vocal
que completó con nota la de un impecable
y empeñado coro, uno de los más prestigiosos del mundo cuando de entonar el
barroco se trata, y que aquí hemos podido disfrutar en otras ocasiones en su
ambiente habitual. La simbiosis perfecta
que se entabla entre voces e instrumentos, produce un efecto no ya
hipnótico, sino definitivamente narcótico, no obstante lo cual fueron muchos y
muchas quienes abandonaron la sala, abierta
de par en par no con ese fin, sino para facilitar el libre movimiento del
público durante las más de tres horas de representación.
Aplaudimos
y reivindicamos así la obligación de un
teatro público de programar obras que contribuyan a nuestra educación musical
y nos abra a nuevos horizontes, aunque pasado medio siglo, no se pueda hablar
con demasiada alegría de algo nuevo.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía














