No recordamos, al margen de los ballets
de enero con orquesta en el foso, otros conciertos de la ROSS que contaran
con danza acompañándole en el escenario. Se trata de otra de esas felices experiencias que el nuevo
equipo directivo de la orquesta ha diseñado para incentivar al público, captar
nuevas audiencias y lograr elevar el espíritu del conjunto por encima de los
vaivenes sufridos en las últimas temporadas. Claro que eso de captar nuevos públicos puede tener su
precio, como el de volver a sufrir la agresión permanente de toses, móviles
y caídas de objetos que tanto desconcentran y tanto daño hace a los artistas y a quienes aún esperamos que el
comportamiento del oyente esté a la altura de lo mucho que queremos a esta
ciudad.
Nos recordaba un incondicional de la cultura musical en Sevilla, en el
intermedio de este décimo segundo programa de abono, aquello que decía Fernán
Gómez sobre que al teatro hay que venir
tosido. Una consigna que parte de
nuestro público parece despreciar sistemáticamente. Y así ocurrió al menos
en la primera y coreografiada parte de este concierto tan singular y atractivo, con el consiguiente perjuicio para su
disfrute. Y eso que la experiencia invitaba a la relajación y el hipnotismo.
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| Foto: Marina Casanova |
Los y las seis bailarinas deambularon entre el público mientras la joven directora
alemana Johanna Malangré desgranaba
ya su particular estilo, exquisito y
elegante, en la celebérrima Pavana
de Fauré. Una forma de introducirnos ya en ese mágico mundo de los cuentos infantiles evocados en esta primera
parte de la cita. Valentina Martín Kadashnikova y Yeteng Zhou se revelaron
inmediatamente después, sin solución de continuidad, como jovencísimos pianistas capaces de llevar a buen puerto la versión
original para piano a cuatro manos de la pavana
de la bella durmiente del bosque. Después, el baile, una experiencia que podría repetirse con otros títulos tan
apreciados como, por ejemplo, El sombrero
de tres picos de Falla o La consagración
de la primavera de Stravinsky.
Una impecable combinación de iluminación y coreografía
Mi madre la oca, de Ravel, ha sido llevada a los
atriles de la Sinfónica en numerosas ocasiones, pero pocas o ninguna en forma de ballet. Concebida como suite de cinco
piezas para piano a cuatro manos, Ravel la orquestó apenas un año después de
terminarla, para inmediatamente después ampliarla hasta convertirla en el ballet que pudimos degustar en esta ocasión
en todo su esplendor.
Para eso se contó con el talento del coreógrafo
cordobés Antonio Ruz, que ha creado para la ocasión, con la colaboración de
Elia López, un delicado trabajo para seis
jóvenes bailarines, sometidos a movimientos que combinan lo clásico con lo
contemporáneo, mientras se someten a arriesgadas acrobacias y tan luminosas como evocadoras, siempre
dentro de un nivel de calidad y
exigencia encomiable.
Malangré logró integrar música y
danza, haciendo acopio de respeto y delicadeza, con momentos tan mágicos
como el vals de la bella y la bestia,
ayudado por una excelente iluminación de
efectos casi expresionistas. Pulgarcito
fue otro de los pasajes en los que Ruz se dejó guiar por la narrativa del
cuento, completado con las danzas chinescas de la princesa de las pagodas.
Para el resto, el coreógrafo se dejó
guiar por el instinto y la libertad, mientras sus danzantes lograron
episodios de inusitada belleza, como ese final realzado por el estremecedor crescendo de la orquesta, magníficamente recreado por la batuta
y una orquesta que se creyó en todo momento lo que hacía, incluida una breve aportación coreográfica al
conjunto.
Ritmo y color en la segunda parte
Aunque las Variaciones Sinfónicas
para piano y orquesta de Cesar Franck sea su obra de concierto más programada
junto a su Sinfonía, resulta mucho menos transitada que ésta. Su breve
duración hace dudar sobre la necesidad de contar con un celebrado pianista para
su interpretación, sin que se le demande otra página adicional. Es el caso del
joven Xiaolu Zang, que ofreció una
versión de la pieza vigorosa y decidida,
gracias en parte al mimo con que Malangré dirigió la orquesta, siempre buscando
el equilibrio perfecto con el
pianista.
A pesar de su título, más que variaciones nos encontramos ante una evolución orgánica que fusiona
progresivamente al solista y la orquesta, destacando un allegretto de enorme belleza que invita al pianista a involucrarse en una sucesión de cambios de
registro y carácter que complican la interpretación hasta hacerla digerible
sólo en manos tan expresivas, ágiles y
desenvueltas como las de este excepcional pianista chino. Y así se disipa cualquier
duda apuntada antes. Como propina y, de paso, anticipo de lo que vendría después, tocó el segundo de los Valses nobles y sentimentales de Ravel, de forma tan atenta como reflexiva.
Y para terminar, una pieza que no
sólo no cansa en su repetitiva gramática, sino en la cantidad de veces que se
interpreta. El Bolero de Ravel
contó también con la exquisitez y la elegancia ya expuesta por Malangré en las
anteriores piezas. Esta vez nos llamó especialmente la atención la suavidad casi etérea con la que se mantuvo
el ritmo al tambor, mientras flauta, oboe y clarinete fueron dando lo mejor
de sí mismos, y las capas instrumentales que caracterizan esta monumental orquestación, fueron
fluyendo con absoluta precisión y naturalidad, mientras la batuta se encargó de
mantener con éxito un ritmo constante y un
brillo excepcional.
Fotos:
Juan Luis MorillaArtículo publicado en
El Correo de Andalucía