Lo que los sevillanos Rocío de Frutos y Miguel Rincón nos
trajeron ayer se desplazó más allá en el tiempo, a ese primer barroco apuntado,
con especial parada en quien se considera precursor
de la ópera en español y de la propia zarzuela, Juan Hidalgo. Lo hicieron
de la mano de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, en
colaboración con la Fundación Cajasol y la Compañía Sevillana de Zarzuela, con
su principal responsable, Javier Sánchez-Rivas, y el historiador y crítico
musical Andrés Moreno Mengíbar, ambos académicos, ejerciendo como maestros de
ceremonias.
El resultado fue una encantadora
velada en la que los dos protagonistas parecieron
sentirse tan volcados como cómodos, quizás por las tablas que ambos
atesoran a sus espaldas y que les convierten en consumados artistas capaces de dar brillo a todo lo que se les
ponga por delante. Esos primeros intentos de ópera a la española, música
concebida para la escena a partir de textos de los autores más reputados del
momento, Calderón de la Barca incluido, encontraron en Rocío de Frutos y Miguel
Rincón el medio ideal de divulgación.
Un recorrido cronológico de Hidalgo a Nebra
Juan
Hidalgo ocupó gran parte de la propuesta, prácticamente la mitad. El compositor
y arpista madrileño fe un prolífico
músico teatral, trabajó con Felipe IV, y le debemos un considerable número
de obras destinadas a germinar en nuestro género lírico. Su obra, sin embargo,
se perdió, como la de otros tantos autores, en el gran incendio del Real
Alcázar de Madrid de 1734, por lo que haber
podido contar con un suculento ramillete de sus composiciones podríamos
considerarlo casi un milagro.
Su
estilo fuertemente sincopado, con estribillos cíclicos, se dejó notar en el
arranque, con un distendido y alegre Trompicábalas,
de Los celos hacen estrellas, que
Frutos cantó con esa finura que le
caracteriza, un fraseo exquisito y una impecable vocalización, ideal para
entender, aunque con dificultad por sus formas antiguas, el texto de Juan Vélez
de Guevara. Contó para ello con el acompañamiento de lujo de Miguel Rincón, que
sustituyó en el último momento al originalmente anunciado Aníbal Soriano,
convaleciente por una dolencia puntual.
A
partir de ahí, se sucedieron romanzas, si podemos denominar así a las arias de
esta primera zarzuela barroca, que alternaron
lo jocoso con lo amoroso y dramático, acuñando formas muy apreciadas e
identificables para quienes estén familiarizados con el estilo imperante en la
época en nuestro país, como jácaras, canarios y villancicos. Con Ay, amor, ay ausencia, de Contra el amor, desengaño, Rocío de Frutos desgranó todo su potencial
dramático y expresivo, siempre bajo la atenta complicidad de su compañero,
ahora ya sí felizmente entre nosotros y nosotras tras un largo periplo en el
extranjero que le ha llevado a participar en algunos de los conjuntos más reputados europeos.
Precisamente,
con Gaspar Sanz, Rincón brilló en
solitario, añadiendo ornamentaciones
propias, vivas y muy creativas a una deliciosa pavana que desgranó con deleite y mucho gusto, así como esos
recurrentes canarios, tañidos a la
guitarra barroca con sensacional sentido
del ritmo, absoluta precisión en la digitación y un fraseo impecable, con
una naturalidad que sin embargo no ocultó las complejas dificultades de ambas obras.
En otras piezas, Rincón acompañó a la soprano sevillana con el archilaúd, ideal
para mecer y dulcificar la voz sin
eclipsarla.
Boccherini y Lully, infiltrados
Otra
pieza de Hidalgo, Ay que sí, ay que no,
de una de esas zarzuelas mitológicas que abundaban en la época, El templo de Palas, con libreto de
Francisco de Avellaneda, y el delicioso Sé
que me muero de amor, de El burgués
gentilhombre de Lully según Molière, como ejemplo de otras comedias musicales extra ibéricas, encumbraron el género con
el buen hacer y la implicación total de ambos artistas, muy compenetrados en todo momento.
Sebastián Durón y Antonio de Líteres representaron lo mejor en música escénica a finales
del siglo XVII. De quien fuera organista de la Catedral de Sevilla, se
interpretaron dos piezas, con especial hincapié en un Sosieguen, descansen, de Salir
el amor del mundo, el primer libreto
de un habitual en el género, José de Cañizares. Frutos lo cantó con
extraordinaria fuerza expresiva y unas muy delicadas ornamentaciones, dejando
claro cómo Durón introdujo el recitativo
italiano en nuestro género. De Líteres cantó con igual ahínco y entusiasmo Confiado jilguerillo, de Acis y Galatea, quizás reconocible para
quienes conozcan el arreglo que Felipe Pedrell hizo para voz y piano.
Con
José de Nebra, el gran exponente de la
zarzuela en la primer mitad del siglo XVIII, con más de veinte títulos en
su catálogo, y su tormentosa Tempestad,
de Vendado es amor, no ciego, terminó
un recorrido que se extendió en la
consabida propina con Boccherini y una divertida pieza enriquecida con
singulares improperios de la época, como botarate,
que hicieron las delicias de un público encantado. A destacar las sutiles transiciones entre pieza y pieza,
formando bloques que hoy denominaríamos medleys,
y las exquisitas reducciones a las que fueron sometidas algunas de las piezas
más avanzadas, pues las primeras, destinadas a la Corte, se hacían acompañar
sólo de bajo.








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