Así,
Azorín apuesta por una puesta en escena
tecnológica, unos figurines muy trabajados a nivel conceptual, y una
concepción global del espectáculo tan medida
como decididamente efectiva. Pero no
traiciona ni en una sola coma la dramaturgia a la que sirve, logrando una
narrativa tan fluida, precisa y sencilla, que la trama se sigue sin esfuerzo
alguno, y sin la tan temida pretensión de tantos autores de dejar su huella con
ocurrencias más o menso acertadas que enturbian el concepto original del título
en cuestión. Tan sólo un personaje
extra, el joven Odiseo, que viaja del futuro al pasado para constatar que
todo sigue siendo igual, guiado por las pasiones que construyen,
fundamentalmente el amor, y las que destruyen, la ambición y el sadismo hacia el prójimo.
Equilibrio
conceptual y literal
Sin
embargo, y a pesar de que a intención del director artístico queda
manifiestamente patente por sus propias palabras, a nosotros el viaje se nos antojó al revés, de un
pasado opresor y sanguinario a un Egipto futurista, a través de un portal
quizás inspirado en el que atravesaban James Spader y Kurt Russell en Stargate, precisamente para enfrentarse
a un Egipto dominado por extraterrestres, aquí la autoridad eclesiástica. En ese espacio, Odiseo asiste perplejo a
las intrigas políticas de una civilización en guerra con el pueblo etíope,
primero con carácter de mero observador, después participando activamente y tomando partido por la desdichada
protagonista.
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| David Marco y Marigona Qerkezi |
Hermosísimas
proyecciones sobre paneles de gran
resolución, de nuevo obra de Pedro
Chamizo, ya presente en el anterior título de la temporada, Marina, se erigen en principal
escenografía, evocando pirámides, desiertos, frisos, jeroglíficos y despiadadas
deidades de extraordinaria belleza
estética. De las alturas descienden grandes portales geométricos de neón,
de entre los que destaca naturalmente el que tiene forma de triángulo
piramidal. Jaulas y artilugios de guerra ornamentados con barras de neón que evocan espadas láser, completan una inteligente
escenografía que se enriquece con un esmerado vestuario también inspirado en el
imaginario cinematográfico, tanto histórico como futurista.
Una
batuta con clarividencia y autoridad
La
producción de Azorín se beneficia además en Sevilla de un elenco vocal muy satisfactorio y una batuta con ideas muy claras
y soluciones a la altura del acontecimiento. La dirección del maestro Daniele Callegari, gran conocedor del
universo verdiano, como se desprende tanto de su currículo como de su forma
de abordarlo en la práctica, logró momentos de enorme inspiración lírica, así como otros perfectamente al servicio
de la épica propuesta, muy en especial el famoso himno-marcha ya aludido, en el
que resplandecieron las fanfarrias bajo responsabilidad de las así llamadas trompetas de Aida, situadas de forma
estratégica sobre el foso a ambos lados del escenario.
Callegari
estuvo atento a todas las inflexiones de
índole orientalista de la obra, sacando el máximo partido de los
quejumbrosos solos del oboe y las mezclas cromáticas entre la flauta grave y el
arpa egipcia, y en general de toda la fastuosa
y colorista instrumentación, tan mágica en las noches junto al Nilo como
dramáticas en los incesantes cuadros que se van paulatinamente formando entre
las distintas voces concurrentes. Como de costumbre, la Sinfónica respondió a
todas estas exigencias con ahínco y
responsabilidad, logrando una interpretación memorable de tan insigne
página.
La
voz estremecedora de Marigona Qerkezi
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| Qerkezi y Ketevan Kemoklidze |
A
su lado, Ketevan Kemoklidze, todavía
fresca en nuestra memoria su Carmen
de hace un lustro, se esmeró en definir su ambiguo y contradictorio personaje,
que no llega a ser una malvada de libro, combinando
venganza y generosidad siempre con la misma intención, captar el amor de
Radamés. A ese propósito encomendó una Amneris poliédrica, tan medida como matizada. Y a ella prestó un canto flexible y a la
vez contundente, de voz potente y cálida y una capacidad extrema para pasar por diferentes estados de ánimo.
Holgada en el registro agudo, Kemoklidze brilló en gran parte de su actuación,
también en el aspecto estrictamente actoral.
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| Alejandro Roy y Ernesto Petti |
El resto se movió con destreza y profesionalidad, destacando el tono amenazador, lúgubre e
inquietante de Insung Sim como el
sumo sacerdote Ramfis, catalizador como pocos del anticlericalismo verdiano,
ampliamente desarrollado tanto por su esmerada recreación del personaje como
por la atinada dirección de Paco Azorín. También estuvo acertado Ernesto Petti como Amonasro, un
barítono potente con una interesante línea
de canto. Algo menos, un avibratado Manuel
Fuentes como rey egipcio, y conciso en su breve aparición el tenor
tinerfeño Néstor Galván como
mensajero. Fuera de campo, brilló Patricia
Calvache como gran sacerdotisa, que supo dar a su canto el timbre, entre
sensual y misterioso, que demanda Possente,
possente Fthá, una de las páginas
más exóticas de la partitura.
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| Roy, Manuel Fuentes y Kemoklidze |
Artículo publicado en El Correo de Andalucía










