Esta
vez Orlinski vino acompañado solo de su amigo pianista, con quien dio sus
primeros pasos cuando se conocieron en la Academia Operowa, un programa para
jóvenes artistas del Teatro Wielki, cerca de Varsovia. Cuando ambos estudiaban
en el prestigioso Julliard School de Nueva York, Biel animó al contratenor a descubrir las canciones que autores polacos
como Szymanowski, Czyk, Moniuszko, Karlowicz o Baird habían compuesto a lo
largo de los siglos XIX y XX. El resultado fue una serie de conciertos que años después cristalizaron en el disco Farewells, el cuarto en solitario
del contratenor, que ahora, aprovechando el segundo registro juntos, centrado
en Händel y Purcell, vuelve a inspirar parte del repertorio.
Insólitos
Händel y Purcell al piano
Y
así, con esta rara pero eficaz
combinación de ambos trabajos, volvimos a disfrutar del talento infinito de
Jakub Józef Orlinski, que arrancó con Voi
che udite de Agrippina,
convenientemente precedido del recitativo Otton,
qual portentoso fulmine, que al no contemplarse en el programa, despistó a
la organización a la hora de proyectar los sobre títulos. Pudo apreciarse ya la furia latente del recitativo frente a la
candidez melancólica del conmovedor aria, una constante que se mantuvo con
el resto del repertorio handeliano, especialmente en Coronato il crin, de la misma ópera, que no aparece curiosamente en
el disco de Orlinski y Biel.

El
contratenor hizo también gala de un dominio
técnico impecable y portentoso en Siam
prossimi al porto, de Rinaldo, la
ópera con la que pudimos escucharle por primera vez en directo en Sevilla, hace
ocho años. Su voz homogénea y
cautivadora, de timbre tan sedoso que no se permite ninguna estridencia y
maneja a discreción, regulando volúmenes y logrando largos filados, se lució
sobre manera en Furibondo spira el vento
de Parténope, con el que terminó el
programa antes de sumergirse en las
generosas propinas, siempre con la complicidad del piano, que dio un cariz insólito a este singular
repertorio.
La
compenetración entre Orlinski y Biel fue total, logrando una perfecta simbiosis en el bloque dedicado a
Purcell, con paradas estremecedoras en Sweeter
than Roses o If Music Be the Food of
Love, cuya breve pero intensa literatura nos conmovió y llegó al alma,
sobre todo cuando realizó sorprendentes piruetas y un marcado progreso desde el pianissimo
más delicado al forte más
estremecedor en What Power Art Thou? de la semiópera King Arthur.
Embajadores
perfectamente compenetrados
Pero
fue especialmente en los dos bloques
dedicados a la canción polaca donde esta compenetración brilló en todo su
esplendor. De Tadeusz Baird,
compositor que coqueteó con el serialismo imperante en los cincuenta del pasado
siglo, pero tuvo que mantener la accesibilidad
con el público que demandaba el régimen político de la época, Orlinski
interpretó sus Cuatro sonetos de amor,
según textos de Shakespeare, en consonancia con el repertorio purcelliano
elegido.
La
rara combinación de técnica y emoción
que caracteriza estas piezas, encontraron en la voz de Orlinski y las manos de
Biel el vehículo perfecto para sorprender, aunque con mayor efectividad en
algunas piezas que en otras. Aquí el uso del piano resultó lógicamente menos atrevido y fuera de estilo que en
esas arias handelianas que disfrutamos de un modo distinto y novedoso de como
las habíamos disfrutado en otras ocasiones. Apreciamos el talento y la capacidad del contratenor para llevar
estas piezas a tan buen puerto, a pesar de estar concebidas para barítono.
También
para esa tesitura concibió Mieczyslaw
Karlowicz, romántico tardío y maestro absoluto del poema sinfónico, sus más
de veinte canciones conservadas hasta la fecha, de las que Orlinski entonó
siete de diversa naturaleza, siempre con la
emoción y el sentimiento como principal herramienta de seducción. Biel se
reveló también aquí como perfecto apoyo y esencial colaborador, haciendo gala
de una precisa digitación.
Era
lógico que Ombra mai fu de Serse se reservara para las propinas,
pues estar incluido en el disco y no en el programa resultaba chocante.
Orlinski la cantó con una delicadeza
extrema, granjeándose otra fulgurante ovación del público, que disfrutó
también de las divertidas y desenfadadas
locuciones del contratenor, en perfecta dicción castellana a pesar de su
falta de dominio y conocimiento, y sobre todo en inglés.
El
maravilloso Music for a While y el
vigoroso Strike the Viol de Purcell,
enriquecieron las propinas, el segundo propiciando el inevitable paso de break dance
del joven contratenor, una de sus señas de identidad, y revelando otro
talento oculto, cantar como un ventrílocuo. La tanda de propinas terminó con el
tema principal de La princesa Mononoke,
el descubrimiento de Joe Hisaishi
que en sus propias palabras experimentó tras su reciente periplo por Japón.
Y
quedó así puesta de manifiesto la inquietud
del enorme artista por hacer cosas diferentes y atrevidas, otra manera de
cautivar al público y atraer nueva afición, como se evidencia también en el
disco #LetsBaRock, grabado junto a
Aleksander Debicz, donde lleva el
barroco al terreno estrictamente pop.
Fotos:
Guillermo MendoArtículo publicado en
El Correo de Andalucía