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| Heras-Casado, la Orquesta de Bayreuth y (de espaldas) Nicholas Brownlee, en Barcelona |
La Orquesta del Festival de Bayreuth
nunca sale de casa. Está formada por músicos seleccionados cada temporada de
entre los y las más destacadas de las formaciones fundamentalmente alemanas,
sólo para hacer frente a las representaciones de las óperas wagnerianas que desde hace ciento cincuenta años se
programan a lo largo del verano en el teatro especialmente diseñado para la
ocasión por el genio alemán. Sólo recordamos una ocasión en la que la orquesta salió del profundo foso que ocupa
en dicho coliseo, y fue de la mano de Andris Nelsons en 2021, para airearse de
la pandemia.
El maestro letón la llevó a su tierra, para participar con dos conciertos,
también a principios de septiembre, justo antes de disolverse la formación para
regresar cada uno y una a sus atriles habituales, en el Jurmala Music Festival que
se celebra en Riga. Que Heras-Casado haya sido capaz de traer la orquesta a
España deja claro su poder de seducción y la
confianza que en él habrá depositado la directora artística del Festival de
Bayreuth, Katharina Wagner, bisnieta del compositor.
Fue precisamente con Nelsons con
quien sufrimos la vergüenza de un teatro a medio llenar, también en 2021,
con la Gewandhausorchester de Leipzig. Temíamos repetir esa sensación con Heras-Casado al frente de esta singular y
espléndida formación, pero nunca hubiéramos imaginado que un apagón
acabaría por frustrar definitivamente la experiencia. Hasta entonces todo iba
sobre ruedas. A algunos se nos había puesto la carne de gallina y los pelos de punta ante tanta magnificencia.
La cuerda surgiendo de la nada, sigilosamente, dando entrada a unos portentosos metales, antes de que el
yunque marcara la entrada de los Dioses en el Walhala, dio nada más empezar el
concierto buena muestra de por dónde irían los tiros.
Una dirección inteligente
Un entregadísimo Heras-Casado,
pendiente de cada matiz y detalle, con gestos precisos y contundentes, fue
marcando la pauta, logrando que cada miembro se adaptara perfectamente a sus
exigencias, y logrando en conjunto un
sonido majestuoso y brillante, potenciado por la excelente acústica del
teatro, seguramente irrepetible en otros de los escenarios previstos en esta propuesta
nacida para celebrar el cuarenta aniversario del Festival de Peralada,
extendiéndose al setenta y cinco del de Santander, y coincidiendo con el
treinta y cinco de nuestro querido teatro de la ópera.
La batuta basculó entre la potencia
y la delicadeza, con tanta discreción como control y dominio de los
recursos. Entre lo más conmovedor de la noche, esas modulaciones elegantísimas y discretas de la cuerda,
arremolinándose, relevándose y creando una atmósfera entre irreal y
absolutamente mágica, queremos pensar que un logro añadido del director español con mayor proyección
internacional del momento. Su idilio con la orquesta se inició hace tres
años, un período en el que ha dirigido Parsifal
en la versión de Jay Schreib, y que se proyecta ahora con una tetralogía
completa que estrenará dentro de dos años.
Curiosamente, pudimos disfrutar de Heras-Casado en Sevilla en dos ocasiones
de la mano de la Fundación
Barenboim-Saïd, la misma que nos trajo hace un par de años a Oksana Lyniv, la única mujer que ha
dirigido esta orquesta hasta el momento, y de cuyo Holandés errante tuvimos el privilegio de ser testigos en el mismo
Bayreuth en 2022.
Voces en estado de gracia
Nicholas Brownlee reivindicó, con
una voz rotunda y autoritaria, el poder de Wotan, su conmovedora y frustrante renuncia ante las puertas
del Walhala del anillo y todo lo que comporta, tras la maldición de Alberich,
la usurpación de Fafner y los lamentos de las hijas del Rin. Impresionante en su manera de modular la
voz, alcanzar agudos extremos y mantener una línea de canto vivaz y
contundente, lo que fue agradecido con aplausos generosos, aún más tras la
despedida de Wotan a Brunilda (Hasta siempre, audaz y maravillosa hija),
defendida por el bajo-barítono estadounidense con mayor contundencia y una expresividad dramática realmente conmovedora.
No en vano se trata de una de las voces más prometedoras de la actual cantera
de voces del festival.
Antes, hizo aparición el veterano Klaus
Florian Vogt dando vida a Sigmund, al final del primer acto de La Valquiria, entonando su particular
plegaria a su padre, Wotan (Una espada me
prometió el padre), haciendo acopio de recursos dramáticos, evidenciando
una voz metálica, bien colocada y capaz
de articular cada gesto y matiz al que se somete su papel. Dicen que mejora
considerablemente cuando interpreta a Sigfrido, pero no llegamos a apreciarlo
debido al lamentable apagón.
Nos quedamos literalmente con las ganas de disfrutar de Catherine Foster, como ya hicimos en
2012 de la mano de Pedro Halftter y La Fura del Baus, cuando interpretó a la
valquiria Brunilda en el tercero de los títulos del Anillo. Justo cuando la orquesta interpretaba el popular Waldweben (Murmullos del bosque), con
sus sonidos onomatopéyicos asomando
disciplinados y elocuentes, siempre bajo la atenta dirección de
Heras-Casado, se hizo la oscuridad. Primero pensamos que podía tratarse de un
golpe de efecto, antes de que hicieran su aparición Sigfrido y Brunilda, pero
pronto entendimos que ante esa oscuridad
absoluta ninguna orquesta podría continuar tocando.
De hecho, siguieron haciéndolo durante unos segundos, pero enseguida se
hizo el silencio y una esperada reconducción que, tras cuarenta minutos de incertidumbre, no llegó. Fuera esperaban
policía local y protección civil para asegurar un desalojo seguro y eficaz,
mientras un equipo de técnicos electricistas aguardaba para recuperar la luz
perdida en un coliseo que nunca antes
había vivido algo igual. Una experiencia sin duda, pero lamentable en todos
los sentidos. La de Bayreuth recaló en el sur de Europa, de forma
extraordinaria e irrepetible, y perdimos
la ocasión de disfrutarlo.






