En
los atriles, dos monumentos
indiscutibles de la música de cámara, separados por un siglo pero
conectados por un lenguaje inequívocamente romántico, con las particularidades
lógicas del paso del tiempo, evidentes en la página de Shostakóvich. Dos partituras henchidas de fuego y pasión,
ideales para poner en práctica el ímpetu juvenil del conjunto, que extrajo de
sus fuerzas y altas capacidades todo un arsenal de recursos tanto para complacer
a un público generalista como a los paladares
más exquisitos y exigentes.
El
carácter crispado de Shostakóvich
El
Quinteto Op. 57 de Shostakóvich,
estrenado por el propio autor junto al Cuarteto Beethoven, el mismo que divulgó
su amplio catálogo de cuartetos, mantiene en todo momento un regusto neoclásico y una visible admiración por la gramática
bachiana. Mur arrancó con fuerza y decisión, empleándose ya a fondo con el extremo agudo del teclado,
del que a menudo extrajo acordes deliberadamente estridentes, sin duda afines a
la desesperada expresividad del autor, pero carentes de ese punto de discreción
y sutileza con las que éste conducía su atronadora exasperación con cierto
disimulo.
Ejemplares
fueron las prestaciones de Sergey Maiboroda
y Joan Andreu Bella a los violines, mientras Salomé Osca a la viola y Lourdes
Kleykens al violonchelo, ejemplificaron a la perfección la alternancia de voces y sucesivos relevos
que caracterizan el preludio.
Kleykens llevó a cabo un trabajo carnoso y profundamente melodioso, mientras
Osca impregnó de lirismo la página. Hubiéramos deseado una atmósfera más fantasmagórica al inicio de la inquietante fuga, no obstante se lograra entre todos
y todas una concentración
contrapuntística de intensa carga emocional.
Tras
un agitado y ovacionado scherzo
central, si acaso un pelín carente de
ironía y mordacidad, la compenetración entre el piano y la cuerda continuó
funcionando en el intermezzo, algo por
debajo sin embargo de esa tensión y sensación de soledad que apunta. Sus continuos y extremos cambios de registro
se hicieron más patentes en el juguetón final,
una intensa y ardua alternancia de
sonrisas y lágrimas que los intérpretes llevaron a buen puerto, aunque sin
la crispación que demanda tan compleja y comprometida página.
La intensidad emocional de Schumann
La
segunda propuesta de la tarde nos llevó a los
orígenes del género, con el primer quinteto con piano considerado indiscutible obra maestra, el que
compuso Schumann en un momento feliz de su vida, consagrado a su pasión por la
música y su amor incondicional por su esposa Clara, a quien dedicó esta pieza en la que el piano tiene tanto
protagonismo, con resortes casi concertantes. Esto implica que sólo un solista
competente puede acercarse a ella con garantías de éxito, y Mur demostró que lo
es, manteniéndose firme y entusiasta
en su prácticamente ininterrumpida intervención.
La
vitalidad del allegro inicial quedó
manifiesta en la calidez y la intensidad
emocional con la que el quinteto lo abordó, reflejando sus continuos
cambios de ánimo de manera tan arrebatada como llena de ternura. El conjunto
resolvió con brillantez su contenida marcha
fúnebre, ahondando en su carácter
trágico salpicado de puntuales y gozosos estallidos de esperanza, y
manteniendo en todo momento una muy saludable homogeneidad de timbre.
También
entre lo lírico y lo fogoso prosiguió el scherzo,
hasta llegar a un allegro ma non troppo
final síntesis de la gramática
schumanniana que los cinco intérpretes entendieron a la perfección,
logrando una sintonía y una uniformidad
sólo al alcance de los conjuntos más maduros y experimentados.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía










