Dirección Fernando González Molina Guion Alana S. Portero Fotografía Carlos Rigo Música Álex de Lucas y Zahara Intérpretes Elisabeth Martínez, Anna Castillo, Paco León, Manu Ríos, Lola Rodríguez, Nagore Aranburu, Eneko Sagardoy, María Galiana, Delphine Bianco Estreno en el Festival de Málaga 8 marzo 2026; en salas (limitado) 17 abril 2026; en Netflix 1 mayo 2026
La combinación de la dramaturgia clásica y comercial de Fernando González Molina (Trilogía del Baztán, Palmeras en la nieve) y la mirada atrevida y decididamente abierta de los Javis, productores de la película, da como resultado esta preciosa película cuyo hilo argumental parte del clásico de Jaime de Armiñán y el guion de José Luis Borau para convertirse paulatinamente en una película independiente y completamente diferente. Entre todos los artífices de la empresa logran que este argumento, en principio cogido con alfileres, funcione incluso en la transición de milenio, época ya no tan pretérita ni asida al franquismo como los setenta originales. El escenario sigue siendo una ciudad de provincias, en este caso Pamplona, y el punto de partida vuelve a encadenar a una mujer a una vida gris de catequismo y nula vida sexual. Todo un sistema de protección auspiciado por una familia temerosa de que su realidad se interponga en su felicidad.
No se trata sino de intersexualidad, una condición física que no debería constituir un estigma para desarrollarse en libertad y plenitud de derechos y placeres. Puede ser cierto que el guion de Alana Portero resulte muy explicativo y subrayado, pero también que está muy bien escrito y apela con éxito a la emoción y la ternura más extrema. Algo a lo que no son ajenas las excelentes interpretaciones de prácticamente la totalidad del numeroso elenco. Galiana como abuela, León como singular sacerdote, Castillo como detonante del deseo sexual, están literalmente para comérselos. Pero su debutante protagonista, Elisabeth Martínez, directamente enamora, llena la pantalla con cada intervención, prácticamente todo el metraje, tal es su omnipresencia.
Lástima que este tipo de trabajos sigan siendo necesarios, especialmente ahora que vivimos tanta regresión. Pero si además el mensaje viene revestido de calidad cinematográfica, con momentos de gran calado estético y emocional, una narrativa fluida y extrema ternura y sensibilidad, merece más que la pena. Esta celebración de la diversidad, de la identidad y de la búsqueda legítima de la felicidad, conoce una distribución limitada en salas antes de desembarcar definitivamente en Netflix, su destino original. Como curiosidad, una fotografía de José Luis López Vázquez, protagonista de la versión de 1972, se desliza de la caja de recuerdos de Galiana, mientras a mitad de los títulos de crédito finales, otra intervención estelar nos sorprende.






