El sueño de una noche de verano. Ópera en tres actos de Benjamin Britten. Libreto de Benjamin Britten y Peter Pears, basado en la obra homónima de William Shakespeare. Corrado Rovaris, dirección musical. Laurent Pelly, dirección escénica. Luc Birraux, reposición de la dirección escénica. Laurent Pelly y Massimo Troncanetti, escenografía. Laurent Pelly y Jean-Jacques Delmotte, vestuario. Michel Le Borgne, iluminación. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Banda interna del Conservatorio Manuel Castillo. Escolanía de Los Palacios (Aurora Galán, directora). Con Xavier Sabata, Rocío Pérez, Michael Porter, Heather Lowe, Joan Martín-Royo, Aoife Miskelly, Charlotte Dumartheray, David Ireland, Juan Sancho, Daniel Noyola, Thibaut de Damas, Alexander Sprague, Benjamin Bevan, Toislav Lavoie, Siân Grifiths, Andrea Carpintero, Julia Rey, Paula Ramírez y Kenia Murton. Producción de la Ópera de Lille. Teatro de la Maestranza, jueves 12 de febrero de 2026

La
interminable cantera de adaptaciones
shakesperianas a la ópera y el cine encuentra en esta amable comedia de
tintes fantásticos un sobresaliente referente. Fue con la película que William
Dieterle y Max Reinhardt dirigieron en 1935 con la que debutó Erich Wolfgang Korngold en Hollywood, a
donde llegó de la mano del famoso productor teatral austriaco, y se quedó
refugiándose del nazismo. Korngold adaptó parte de la música incidental que un siglo antes había compuesto Mendelssohn y
que se convertiría en la más famosa pieza musical concebida a partir de este
clásico teatral. En 1999 un plantel de estrellas protagonizó otra encantadora
versión de la mano de Michael Hoffman, a la que Simon Boswell prestó una banda sonora plagada también de referencias
mendelssohnianas.
El sueño de una noche de verano pasó a llamarse La reina de las hadas cuando
Purcell compuso las máscaras que habían de amenizar las representaciones de
esta fantasía sobre el amor y las
apariencias. Casi tres siglos después Benjamin
Britten estrenó su particular versión de la comedia, ciñéndose al texto
original, al que apenas traicionó más que para reducirlo al estándar operístico con ayuda de Peter Pears. Un mes
antes de que el Real alce la producción de Deborah Warner de este título,
Sevilla tuvo anoche la oportunidad de estrenar
esta ópera de un autor poco pródigo en la escena hispalense.
Una
producción llena de magia y encanto
Recién
desembarcado de Valencia, donde montó su producción de Eugenio Oneguin, Laurent
Pelly nos encandiló con su particular visión del mundo de hadas, atenienses
y pastores que propone la obra de Shakespeare. Sin apenas utillaje, con un trabajo esmerado de iluminación y un
escenario de fondos interminables, gracias a un inteligente juego de
espejos, Pelly hizo volar a sus personajes, los envolvió en magia y amabilidad
y nos enganchó de principio a fin en un rocambolesco
ejercicio de confusiones amorosas y preparativas nupciales.

El
Maestranza volvió a convertirse en escenario de vuelos vertiginosos, los de Oberón y Titania movidos por grúas que los
técnicos tramoyistas manejaron con la misma prestancia y precisión con la que desplazaron otros elementos y
artilugios, paredes y espejos incluidos. Con arneses pudo Puck realizar sus
acrobacias y deslizarse verticalmente casi en caída libre, de forma no apta para personas con acrofobia. Y
con muchas luces emulando estrellas
en movimiento, pudo el oscuro escenario trasladarnos a esa noche intensa en la
que se sumergen los sueños.
Increíbles
resultaron los disfraces de silfos y ninfas, interpretados por los niños y niñas de la Escolanía de Los
Palacios, que con un fascinante juego de luces parecían emitir sus rostros
como si fuesen pequeñas pantallas de televisión. Que los y las cuatro amantes
confundidas vistieran pijamas pudiera
parecer la solución más previsible, pero sirvió sobremanera para
identificarnos con ellos y ellas y vivir nuestra propia experiencia onírica, que nos portó con éxito a ese mundo tan
añorado de la infancia. El colorido vestuario de los artesanos faranduleros puso el contrapunto a ese universo casi en
blanco y negro que protagonizó el resto de la función.
Fascinante
tanto en el escenario como en el foso
El
sueño mágico al que fuimos invitados e invitadas no se provocó sólo con esa excelencia escenográfica, y el buen teatro que se derrochó durante
toda la función, casi tres horas de delirio
dramático y musical, sino con la excelencia
musical que nos ofrecieron los maestros y maestras de la Sinfónica y las
voces convocadas. El director italiano Corrado
Rovaris, actual director musical de la Ópera de Filadelfia, entendió a la
perfección el espíritu de Britten, logrando texturas acordes a cada grupo de personajes. Cuerda sinuosa, casi
erótica, para los amantes, metales refulgentes, ocasionalmente grotescos, para
los cómicos y un trabajo exquisito de
percusión, arpa y celesta para los personajes mitológicos.
La
orquesta sonó maravillosamente, nos envolvió con el lenguaje avanzado de la música, no exactamente dodecafónica pero
tampoco anclada en la melodía que tanto busca el público medio de una
representación operística, a pesar de lo cual la acogida fue espléndida por parte del mismo. Rovaris consiguió
envolvernos en una atmósfera mágica y onírica, con unos timbres orquestales y un colorido armónico tan específico que
fue fácil dejarse dominar por tan rica experiencia sensorial.
Aurora Galán hizo un trabajo soberbio con la Escolanía de Los Palacios, en el cometido más exigente y dilatado que la
formación ha abordado en su ya fecunda colaboración con el Maestranza. ¡Qué
buena decisión tomaron sus padres y madres! ¡Qué extraordinaria experiencia
viven prestándose a estos cometidos tan
exigentes y profesionales! y ¡qué orgullosos y orgullosas deben sentirse
todos!
Todas
las voces, sin grandes alardes porque la pieza no pretende ser un vehículo para
ello, se prestaron con solvencia y satisfacción a sus cometidos. Xavier Sabata volvió a convencer, esta
vez como Oberón, sin forzar el falsete y cambiando de color cuando se
precisaba. Como Tytania, la madrileña Rocío
Pérez exhibió un gran dominio de la
coloratura y una presencia física arrolladora. Ellos protagonizaron la
vertiente barroca de la ópera, tan deudora de Purcell, mientras los y las
amantes parecieron emerger del teatro
musical anglosajón, con prestaciones esmeradas de un ingenuo Michael Porter, una presumida Heather Lowe, un soberbio Joan Martín-Royo y una simpática y desvergonzada
Aoife Miskelly.

Entre
los artesanos destacaron el divertido
bajo-barítono británico David Ireland, el sevillano Juan Sancho, que no sólo demostró tener una de las voces más
potentes del elenco sino dominar también el humor cuando de emitir gallos se
trataba, y el bajo mexicano Daniel
Noyola. Todos lograron, con la ayuda inestimable de Pelly, que la comedia Píramo y Tisbe no resultase, como en
otras ocasiones, tediosa. También Siân
Griffiths y Tomislav Lavoie
convencieron desde su zona grave como Teseo e Hipólita, mientras cuatro voces
femeninas extraídas del coro del Maestranza lideraron el séquito de Tytania con
exacta solvencia que el resto de sus compañeros y compañeras.
Y
no podemos olvidar el excelente trabajo
de la actriz Charlotte Dumarthay, un Puck tan travieso como ágil y
dinámico. Todos y todas ellas lograron un
triunfo indiscutible y nos regalaron una
experiencia rotundamente gozosa. Hay otras dos funciones, así que
permítanse un buen regalo y no dejen pasar la oportunidad.
Fotos:
Guillermo MendoArtículo publicado en
El Correo de Andalucía