Quartett Gerhard. Lluís Catán y Judit Bardolet, violines. Miquel Jordá, viola. Jesús Miralles, violonchelo. Programa: Ich hab mein Sach Gott heimgestellt BWV 708, de Bach; Mesto Burletta del Cuarteto nº 6 Sz. 114, de Bartók; Adagio molto del Cuarteto nº 3 en La mayor Op. 41 nº 3, de Schumann; Erlkönig D. 328, de Schubert; Con moto, vivo, andante del Cuarteto nº 1 “Sonata a Kreutzer”, de Janacék; Adagio appassionato de la Suite Lírica, de Berg; Allegretto furioso del Cuarteto nº 10 en La bemol mayor Op. 118, de Shostakóvich; Andante con moto del Cuarteto nº 14 en re menor D. 810 “Das Tod und das Mädchen”, de Schubert; Grave Allegro del Cuarteto nº 16 en fa mayor Op. 135, de Beethoven; Andante cantabile del Cuarteto nº 1 en Re mayor Op. 11, de Chaikovski. Espacio Turina, sábado 11 de abril de 2026

Avalados por el prestigio que atesoran, el
joven Quartet Gerhard se presentó
ayer en el Espacio Turina con un
programa audaz y atrevido, con todos los riesgos que ello conlleva. Se
trató de recorrer en apenas una hora y sin solución de continuidad,
encadenados, una serie de movimientos de
muy diversa procedencia y estilo, siempre con el cuarteto de cuerdas como
música de cámara por antonomasia. El experimento se presentó bajo el título El elogio de la locura, más en el
sentido que dio al término Erasmo de Róterdam, en referencia a los distintos estados de ánimo del ser humano,
que en el de pérdida de la razón estrictamente.
Acostumbrados al excelente trabajo
que el cuarteto despliega cuando de
expresar emociones se trata, aunque a veces eso no vaya siempre acompañado
de una técnica impecable, y teniendo en cuenta la cantidad de veces que ya
habrán abordado el programa en otras plazas, sorprendió que la intención no acabara de dar los frutos
esperados, que la emoción no llegara a calar en toda su extensión,
quedándose todo en un frívolo y extravagante
muestrario de intenciones.
Hay que tener en cuenta además que
quien debe llevar las riendas de un cuarteto de cuerdas, el primer violín, no
estuvo en esta ocasión especialmente inspirado. Lluís Catán exhibió un sonido heterogéneo, a veces incluso estridente y
áspero, aunque eso no le impidiera exhibir virtuosismo de manera puntual.
Por su parte, Jesús Miralles al
violonchelo no logró imprimir al instrumento toda la fuerza y la presencia que requiere para dar cuerpo y
volumen al conjunto. Así, con estos extremos poco lucidos, la impresión final
que nos llevamos fue sorprendentemente decepcionante.
Un
recorrido aleatorio por la historia del cuarteto de cuerda
La
propuesta arrancó con unos acordes
distorsionados del segundo movimiento de La muerte y la doncella de Schubert, para inmediatamente desplegar
el coral Ich hab mein Sach Gott
heimgestellt de Bach, en insólita transcripción para cuatro cuerdas, que se adaptaron bien al órgano a cuatro voces
al que va originalmente destinado. A éste se encadenó el Mesto Burletta del Cuarteto
nº 6 de Bartók, con el que los músicos se hicieron eco de una atmósfera cargada de tensión y obsesión,
así como de una marcada tristeza, aunque esperábamos mayor énfasis en su
gramática descarnada y abatida.
Cambio
total de registro para abordar el adagio
molto del Cuarteto nº 3 de
Schumann, más calmado y amable,
siguiendo la perfección formal clásica pero sin lograr hacer justicia a una de
las páginas más sublimes y ensoñadoras
del género. Faltó mayor nobleza y lirismo. Más agitado y aristado, la
transcripción del lied Erlkönig de
Schubert se benefició también de las cuatro voces convocadas, cada una de las
cuales pareció abordar los distintos personajes que interactúan en la sola voz
del cantante. De la Sonata a Kreutzer
de Janácek interpretaron su tercer movimiento, un alegato contra la violencia machista ¡hace un siglo!, que describe
la crisis provocada como un atizador de pasiones, pero que así, sacado de contexto, apenas alcanzó a
plasmar otro abrupto cambio de estilo y registro.

De
ahí a la Suite Lírica de Berg apenas se atisbó transición emocional,
manifestando toda la desolación e intensidad dramática del adagio appassionato con una exhibición acertada del complejo
entramado de los cuatro instrumentos. Otra
transición de propia cosecha que no supimos identificar, más allá de
parecernos la transcripción de algún tema pop, precedió a la amargura del allegretto furioso, piedra angular del Cuarteto nº 10 de Shostakóvich, del que
los integrantes del Gerhard exprimieron
toda su carga violenta y texturas casi sinfónicas, con un buen trabajo de Miquel Jordá a la viola.
En
el tramo final reapareció La muerte y la
doncella, pieza tan querida para el cine, siempre asociada al feminicidio
en películas como la de Polanski, que toma el título del cuarteto y el poema en
el que se basa, o Delitos y faltas de
Woody Allen. A nuestro juicio, faltó una
mayor dosis de tensión y tristeza en el desarrollo de este andante del Cuarteto nº 14 de Schubert, quedándose en una mera muestra de su belleza
melódica, y recorriendo sus cinco
variaciones con acierto desigual, desde la falta de músculo en los pizzicati del violonchelo, a las
grotescas repeticiones de la tercera o un perfecto maridaje entre los violines
de Catán y Judit Bardolet.
Siendo
Beethoven el auténtico espíritu e
inspiración formal del cuarteto tal como hoy lo conocemos, hubiéramos
preferido que fuese él quien pusiera el punto y final a este catálogo, como
estaba previsto. Sin embargo, ocupó el penúltimo puesto, y una vez más no se
alcanzó a hacerle plena justicia, despachándolo
con más oficio que verdadera inspiración. De nuevo, fuera de contexto, se
perdió el concepto global de tan magistral pieza, algo que afortunadamente no
sucedió con la pieza final, el andante
cantabile del Cuarteto nº 1 de
Chaikovski, cuya frescura melódica e
ingenua seducción quedó bien plasmada por el Gerhard, pero se antojó un
broche final flojo y deshinchado. Al final, ni nos convenció la parte técnica, ni mucho menos la intención
expresiva y conceptual. Nada de esto fue óbice sin embargo para seguir
confiando en la destreza y el magisterio de estos cuatro jóvenes intérpretes.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía