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miércoles, 27 de mayo de 2026

UNA ILUSIÓN QUE SE CONFIRMA

Riccardo Chailly

Tras una estupenda temporada del Teatro de la Maestranza que ha confirmado la paulatina recuperación del esplendor que este coliseo disfrutó en épocas pretéritas, antes de que la crisis del 2008 irrumpiera con toda su fuerza, y aquí tardase tanto en desaparecer, alimentándonos con el talento local y una alarmante bajada del nivel internacional, la semana pasada confirmamos definitivamente la ilusión que poco a poco habíamos ido recuperando, con la presentación de una nueva temporada digna de nuestros mejores sueños, gracias al trabajo y la confianza del 
equipo de Javier Menéndez, que os ha colocado de nuevo al nivel exigido en una capital de provincias europea de la relevancia que tiene la nuestra.

Este efecto ha tenido ya por fin eco en la programación diseñada por Lucas Macías para la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, gracias en gran parte a la magnífica gestión que está haciendo Jordi Tort, su gerente, diversificando la oferta y creando nueva afición, como pudimos observar nuevamente en una reciente Sexta de Mahler seguida por multitud de jóvenes aficionados y aficionadas. Nosotros queremos hacer nuestra pequeña aportación al entusiasmo casi general, proponiendo algunos, que son muchos, de los conciertos y espectáculos que consideramos imprescindibles o, al menos dignos de no perderse.

Grandes nombres y conjuntos en el Maestranza

La temporada arranca a lo grande, con el hace tiempo anticipado concierto operístico en celebración del ciento cincuenta aniversario del Festival de Bayreuth, que recalará en nuestra ciudad el 2 de septiembre, obligando sin excusas a volver de la playa a quienes aún no lo hayan hecho por esas fechas. Pablo Heras-Casado, que ha triunfado al frente de la Orquesta del Festival en recientes comparecencias en el mítico festival wagneriano, la dirigirá en una selección de El anillo del nibelungo que cuenta con la dirección artística de la propia Katharina Wagner y las voces de Catherine Foster, que ya fue Brunilda en el Sigfrido de La Fura del Baus que pudimos disfrutar aquí de la manod e Pedro Halffter, Klaus Florian Vogt y Nicholas Brownlee, Jochanaan en la reciente Salomé de Les Arts.

No son precisamente las óperas programadas en esta nueva temporada lo que más ha suscitado nuestra emoción, pero tampoco son susceptibles de desprecio alguno. Romeo y Julieta de Gounod, ahora en producción del Teatro de la Ópera de Roma, abrirá la temporada a finales de octubre. Este título ya pudo disfrutarse por el público sevillano en 2006, de la misma forma que lo hizo La bohème de Puccini en varias ocasiones, la última en 2017. Ahora nos llega en una vistosa y tradicional versión de la Ópera Nacional Inglesa y la Ópera de Cincinnati, con siete funciones en diciembre en las que, entre otras, podremos admirar las voces de Soraya Méncid, Celso Albelo y Berna Perlés. También Rigoletto, título que cierra la temporada en junio y julio con seis funciones, ha sido programado en varias ocasiones, la última en 2013. Ahora se presenta en coproducción del Maestranza con el Teatro Real, la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera y la Ópera de Tel-Aviv, con Francesco Demuro, Juan Jesús Rodríguez y Leonor Bonilla entre sus protagonistas.

Ermonela Jaho

A pesar de su importancia y popularidad, ésta será la primera vez que se representa en el Maestranza el Orfeo de Monteverdi, en versión de concierto escenificado, con tres funciones en febrero. La Cappella Mediterranea y el Coro de Cámara de Namur se encargarán sin duda de llevarlo a buen puerto. Los obligados estrenos correrán a cargo de Reyes Otero y La clausura del amor, una ópera de cámara que se podrá disfrutar en febrero en dos funciones en la Sala Manuel García, en coproducción de la Ópera de Tenerife, la Comunidad de Madrid y Teatro Xtremo. Con mayor relieve se presenta Bodas de sangre, del sevillano Manuel Busto, sólo dos meses después de que se estrene oficialmente en el Teatro Real. Esta producción del Maestranza y el Real, con dirección musical de Lucas Macías y escénica de Bárbara Lluch, contará con la presencia de Natalia Labourdette, Marina Pardo y al veterana actriz Vicky Peña.

Carlos Álvarez es uno de los reclamos de la zarzuela Luisa Fernanda, que nos llegará con honores de ópera bajo la producción del Teatro Real, con dirección escénica de Emilio Sagi y el barítono malagueño encarnando a Vidal Hernando. La última vez que este emblemático título de Moreno Torroba se programó en Sevilla fue en 2012. Otras voces curtidas en el ambiente sevillano que podremos disfrutar en diversos de los títulos programados, son Aurora Galán, Alicia Naranjo y Andrés Merino.

Al margen de la ópera propiamente dicha, en enero tendremos ocasión de volver a encontrarnos con Anna Netrebko, esta vez con la Sinfónica acompañándole, y la participación del tenor Brian Jadge y el barítono George Petean entonando dúos junto a la famosa soprano rusa. Por su parte, Ainhoa Arteta regresará en febrero a esta tierra que tanto quiere, para protagonizar junto a José Bros y la Orquesta de Córdoba, otra necesaria participación de orquestas andaluzas en nuestro teatro, un recital de zarzuela. Ya en mayo, Ermonela Jaho, Butterfly en 2021, dará un recital junto al pianista Rubén Fernández Aguirre.

Maxim Emelyanychev

Pero es en el apartado de orquestas invitadas donde los sentidos más se nos llenan de emoción. Al Réquiem de Mozart, además de la Misa in Angustiis de Haydn, de la Camerata de Salzburgo y el coro Vox Luminis, con Lionel Meunier al frente, y El Mesías de Haendel que interpretará la Orquesta Barroca de Sevilla junto al Conductus Ensemble, dirigidos por Andreas Spering a las puertas de la Navidad, hay que destacar el regreso de Maxim Emelyanychev con un programa netamente ruso al frente de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd casi al terminar el año.

Riccardo Chailly, tanto tiempo vinculado al Concertgebouw de Ámsterdam, vendrá en enero al frente de la Orquesta de La Scala de Milán, con Gautier Capuçon dando forma al Concierto nº 2 para violín de Shostakóvich. Curiosamente, la propia Royal Concertgebouw Orchestra  comparecerá nada más y nada menos que con el joven y celebrado Klaus Mäkelä en febrero. Le acompañará Lisa Batiashvili en el Concierto para violín de Sibelius. Ayer y hoy de este puntero conjunto europeo.

Klaus Mäkelä

En colaboración con el Femás, el Domingo de Ramos de 2027 volverá a tocarle el turno a La Pasión según San Mateo, abandonando la idea de alternar las dos pasiones bachianas. En esta ocasión nos la servirán las prestigiosas Akademie für Alte Musik y RIAS Kammerchor de Berlín, con Justin Doyle al frente y Nuria Rial entre las voces solistas. La Orquesta Joven de Andalucía se atreverá el Lunes de Pascua con el Réquiem de Guerra de Britten, con Álvaro Albiach como director y Berna Perlés y el Joven Coro de Andalucía en los atriles. Para finalizar, el que hoy se considera mejor conjunto sinfónico español, la Orquestra de la Comunitat Valenciana, interpretará a Stravinski, Shostakóvich y Chaikóvski en mayo, con su titular, Mark Elder, al frente.

Entre los solistas que nos deleitarán a lo largo de la temporada, destacan Javier Perianes en noviembre, Yuja Wang en febrero y Bruce Liu, ganador del décimo octavo Concurso Internacional Chopin de 2021, en mayo. Siempre será bienvenido Grigory Sokolov, de nuevo en el escenario del Maestranza, esta vez en marzo. Un año más, Alternativas de cámara, con la colaboración de Juventudes Musicales, nos permitirá conocer nuevos talentos, mientras Diálogos concertantes nos brindará la oportunidad de disfrutar con Lucas Macías al oboe, Pablo Barragán el clarinete, y el Trío Vibrart, integrado por Miguel Colom, Juan Pérez Floristán y Fernando Arias.

Ute Lemper

El Ballet Béjart de Lausana en noviembre y el Ballet Nacional de Ucrania, con La Bayadère de Minkus y la ROSS en el foso en enero, son dos de las propuestas dancísticas más destacadas. De Portugal nos llegarán los fados de Carminho en diciembre y la personalidad de Salvador Sobral en junio. Pero sin duda la cita que más ilusión nos hace es la de Ute Lemper, que tras una dilatada ausencia de nuestra ciudad, vuelve ahora con la ROSS, todo un acontecimiento, porque siempre la habíamos disfrutado en formación reducida, para cantar en junio temas de Hollander, Piazzolla, Gershwin, Legrand y, por supuesto, Weill.

Una importante nómina de artistas para la ROSS

Daniel Müller-Schott

Después de tantos años nutriéndose de artistas locales – menos mal que los tenemos y en abundancia – y otros muy efectivos aunque mayoritariamente desconocidos, esta temporada la Sinfónica se viste de lujo con importantes colaboraciones que se irán desgranando en una programación algo más ecléctica y comprometida que en temporadas anteriores.

Arrancamos en septiembre con el Réquiem de Verdi bajo la batuta de Lucas Macías. György Rath regresa al pódium con la Quinta de Shostakóvich, mientras el director titular se hará cargo de la Séptima de Bruckner también en noviembre. Curiosamente, una semana antes de que la interprete la Barroca de Sevilla, la ROSS recreará El Mesías bajo la dirección de Martyna Pastuszka, con Leonor Bonilla entre las voces solistas. El prestigioso y mediático violinista Daniel Hope abordará la parte solista y la dirección de un programa centrado en Las cuatro estaciones de Piazzolla y Richter, en enero, el mismo mes en el que el sevillano Alberto Carretero estrenará su Concierto para piano, con Juan Carlos Garvayo como solista y Shi-Yeon Sung como directora.

Daniel Hope

En febrero, Frank Peter Zimmermann interpretará el Concierto para violín de Hindemith, mientras Alexander Gavrylyuk se encargará del Concierto para piano nº 3 de Prokofiev, en un concierto en el que la directora coreana defenderá las novenas sinfonías de Glazunov y Shostakóvich. Pero lo más atrevido de la temporada llegará en abril con el Concierto para violonchelo de Lutovslavski, interpretado por Anastasia Kobekina bajo la dirección de Kiriil Karabits. Para nuestro regocijo, Daniel Müller-Schott será el violonchelista que dé forma al Don Quijote de Strauss en abril, bajo dirección de otra mujer, Eun Sun Kim, afianzando el compromiso de igualdad de nuestra orquesta. Y nada más y nada menos que Tabea Zimmermann será la solista del Concierto para viola de Bartók que dirigirá Macías en mayo. La orquesta se abre así definitivamente al repertorio del siglo XX. Las sopranos Marina Rebeka en mayo y Saoia Hernández en julio, protagonizarán sendos conciertos dirigidos por Macías, en torno a Wagner el primero, con Beethoven y un estreno de Borja Mariño el segundo.

Tabea Zimmermann

Fuera de la temporada de abono, el programa en colaboración con Juventudes Musicales nos brindará en octubre el Concierto para fagot de von Weber y el nº 3 para violín de Saint-Saëns. Unos días después, Javier Perianes interpretará en el Patio de la Montería del Alcázar Noches en los Jardines de España de Falla y el Concierto de Ravel para conmemorar el 150 aniversario del compositor gaditano. Offenbach, Bizet y los Strauss serán los protagonistas del Concierto de Año Nuevo, con la soprano Soraya Méncid y la mezzo Adéle Charvet entonando arias y dúos.

Leonor Bonilla

Este año no habrá cine con música en directo en Fibes, pero sí una selección de musicales de Broadway y el West End de Londres en febrero, con destacados solistas y el especialista alcalareño en la materia Alfonso Casado Trigo, y una gala lírica de zarzuela con Miguel Ortega como director y Leonor Bonilla como solista en el recuperado Lope de Vega, en mayo. Y no faltará otra Novena de Beethoven participativa, esta vez con Nuno Coelho al la batuta, en julio. El Teatro Riberas del Guadaíra de Alcalá, acogerá programas educativos de la ROSS, y el Espacio Turina el tradicional ciclo de música de cámara. Procuraremos estar atentos a estas citas en la medida que nuestra salud física y mental nos lo permita. Mientras tanto, sólo nos queda mantener esa ilusión que temporadas como ésta no ha hecho sino confirmar.

sábado, 23 de mayo de 2026

RÁTH CONJUGA UNIDAD Y DIVERSIDAD EN UNA SEXTA DE MAHLER PORTENTOSA

Sinfónico 14. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Sinfonía nº 6 en La menor “Trágica”. Teatro de la Maestranza, viernes 22 de mayo de 2026


Recién presentada tanto la nueva temporada de la Sinfónica como la del Maestranza, y con la emoción todavía presente ante la confirmación del nivel de excelencia que merece una ciudad del calibre de la nuestra, nos enfrentamos a un programa sensacional de la ROSS. A la dirección, uno de sus directores más queridos y de los que mejor la han entendido, György Györivanyi Ráth. En los atriles la Sexta de Mahler, posiblemente su obra sinfónica más compleja y perfecta, y desde luego una de las más serias tanto en la regularidad de su estructura como en su dimensión trágica. También en mayo, pero de 2013, tuvimos ocasión de escucharla en manos de Pedro Halffter, aunque siguen siendo la Primera y la Cuarta las más frecuentadas por nuestra orquesta, seguidas de la Quinta y la Novena.

Cogerle el punto ha sido siempre uno de los mayores enigmas de la Música, pues bajo la apariencia de unos temas melódicos felices y distendidos, se esconde la sempiterna lucha entre la vida contemplativa y la mera supervivencia, terminando en una auténtica batalla campal de la que es difícil hacerse eco si no se tienen las ideas tan claras como las tuvo el maestro húngaro. Toda una desesperada aventura a vida o muerte que le proporciona ese carácter indómito que tan bien supo reflejar el director con la inestimable ayuda de una orquesta impecable, tan disciplinada como brillante en todas sus secciones.

Destacaron quizás los refulgentes metales, con aportaciones magistrales de trompas y tuba, pero también de trompetas y trombones, así como la rica percusión, destacando esas campanas de rebaño que desde bambalinas recrean la apacible vida campestre que sirve como último refugio al atormentado protagonista de la función. Merece mencionarse también esos martillazos directamente importados del Olimpo con los que el tercer movimiento avisa del inefable destino que aguarda tras el caos y la destrucción. Pero no podemos olvidar el papel fundamental de la cuerda, responsable de los momentos más líricos e inspirados, y que la concertino, Alexa Farré, llevó por muy buen camino, generando tantas texturas como registros emocionales, todos de hondo calado estético y poético.


Una interpretación colosal

Esta descomunal catedral de la música arrancó con la marcha enérgica del allegro inicial y las habitualmente magníficas prestaciones de la cuerda grave, sobre todo los contrabajos. El acierto de Ráth consistió en lograr dar unidad a una pieza en la que abundan los cambios de registro, la fecundidad melódica y la alternancia entre acordes furiosos y otros más líricos y amables. El director acertó también en intercambiar el scherzo y el andante, situando éste como segundo movimiento, una práctica a la que renunció Mahler tras las primeras audiciones de la obra. Permitió así respirar después del carácter marcial del primer movimiento, sin seguir por los mismos derroteros, como así sucede en el scherzo.

De esta forma, el andante supuso un soplo de aire fresco, un alivio, henchido de pureza y nobleza, para proseguir de nuevo con la manifestación apabullante y salvaje del tercer movimiento, destacando unas maderas precisas e incisivas. Este intercambio fue también una manera de dotar de mayor equilibrio a la sinfonía, provocando que la pausa entre el segundo y el tercer movimiento se situase en el centro exacto de la obra. Así, llegamos al largo allegro conclusivo preparados para la gran apoteosis final, con vientos, arpa y celesta sumergiéndonos en un clima trágico.

Una conclusión si duda grandiosa, precedida de una introducción y una coda que enmarcan diversos temas que se escuchan casi aislados pero entrelazados, hasta cierto punto cohesionados gracias al talento y la habilidad de su director, y la brillantez de todas las familias orquestales, que debieron ensayar lo suyo, sobre todo teniendo en cuenta esos refuerzos menos acostumbrados a las dinámicas de trabajo de la orquesta. A la salida, nos informaron que Alain Lombard grabó esta sinfonía con la ROSS hace tiempo, pero a pesar de los, al parecer, excelentes resultados, quedó almacenada sin fecha de publicación.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 8 de mayo de 2026

LA ROSS A LOS PIES DE UN PRODIGIOSO DANIEL LOZAKOVICH

Sinfónico 13. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniel Lozakovich, violín. Marc Albrecht, dirección. Programa: Concierto para violín y orquesta en Re mayor Op. 61, de Beethoven; Sinfonía nº 1 en do menor Op. 68, de Brahms. Teatro de la Maestranza, jueves 7 de mayo de 2026


Muchas veces nos preguntamos si el director de turno se pliega a las condiciones del solista, convirtiéndose éste en verdadero instructor de la interpretación, al que adaptarse la batuta y con ella la totalidad de la plantilla orquestal. En ocasiones como la de ayer se puede constatar esta particularidad, sobre todo cuando la forma de abordar una pieza y otra del programa es tan distinta, según haya o no participación del solista invitado.

Éste era en esta ocasión una estrella en su género, Daniel Lozakovich, un joven violinista de carrera fulgurante y características extraordinarias desde muy temprana edad, lo que le ha convertido en uno de los más solicitados por las más prestigiosas batutas y conjuntos. Nos complace tanto que la Sinfónica pueda contar con un nombre así en su temporada, que nos planteamos una y otra vez si la poca entusiasta reacción que provocó en nosotros responde a factores ajenos a una atenta escucha, la que sin duda brindamos a su particular comparecencia junto a la ROSS.

En el programa, dos partituras muy frecuentadas por ésta y otras orquestas en nuestra ciudad en los últimos quince años. El concierto de Beethoven lo interpretó Michael Barenboim junto a la West-Eastern Divan y su padre en 2019, mientras la OJA tuvo al alcalareño Javier Comesaña como solista en abril de 2024, sólo dos meses después de que Sergei Dogadin lo interpretara junto a la ROSS y Marc Soustrot.

Por su parte, la primera de Brahms ha sido interpretada hasta cuatro veces por la ROSS en este periplo, con Rodrigo Tomillo en febrero de 2021, Soustrot en 2022, John Axelrod en 2017 y un memorable Pedro Halffter en 2011. Además, la escuchamos con Oksana Lyniv y la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd hace apenas año y medio, en un concierto en el que curiosamente el hijo de Daniel Barenboim interpretó el concierto de Mendelssohn.

Se trata sin embargo de dos piezas tan perfectas, magistrales, que no nos cansamos de disfrutarlas en casa o en compañía, con la estimulante sensación del directo, y esta vez el aliciente añadido de un comportamiento prácticamente ejemplar del público.

Una ambiciosa lectura del Concierto de Beethoven

Habitualmente considerado un soplo de felicidad y un poema amoroso, el de Beethoven sigue siendo hoy el más admirado de cuantos conciertos se han escrito para el violín, exigiendo altas dosis de virtuosismo y expresividad. Ambas condiciones las reúne de sobra el joven violinista sueco Daniel Lozakovich (el apellido le viene por su padre bielorruso), pero utilizadas acaso con ciertos aires caprichosos y un gusto estético que a nosotros nos ha parecido discutible.



Es cierto que nunca como en esta pieza la orquesta ha de plegarse ampliamente al discurso del solista, pero en esta ocasión encontramos incluso excesiva esa sumisión que acabó provocando nuestro desinterés en los dos amplios primeros movimientos, generándonos más dispersión que concentración. Ejemplares fueron las aportaciones de clarinetes y fagotes en el allegro inicial. Sin embargo, la aportación del violín miró más a su propio ensimismamiento que a potenciar la belleza melódica.

No podemos negar que el sonido se mantuvo siempre hermoso y homogéneo, marcando mucho las dinámicas y jugando continuamente con cambios impactantes de registro, además de manifestar un legato sin fisuras, aunque sin lograr transmitir ese sentimiento profundo y espiritual de los dos primeros movimientos. Las cadencias derrocharon energía de resortes zíngaros, frente al tono lánguido, demasiado delicado y ensimismado que imperó en el desarrollo de la pieza.

Lozakovich afrontó con acierto los arabescos entrecortados y los elocuentes silencios que salpican el larghetto, marcando sólo parcialmente su carácter de romanza. No atisbamos, sin embargo, esa atmósfera de felicidad e intensa poesía que demanda la partitura. En el rondó final apareció por fin el solista que no pretende sino sólo ejecuta, mostrando un contundente pulso atlético y mayor nivel de sinceridad, limitándose a cantar libre y desenfadadamente su agitada gramática.

A todo ello se plegó Albrecht con sumisa disposición, manteniendo un diálogo cómplice con el personal violinista que, a pesar de la entusiasta respuesta del público, se hizo de rogar para afrontar en la propina a Bach, con largas y muy meditadas frases.

Una Sinfonía de Brahms sólida y robusta


Nada que ver, a nuestro juicio, la manera de afrontar Beethoven con la de Brahms por parte del director alemán, que ya en 2019 nos deslumbró con su entusiasta forma de dirigir. Con la Sinfonía nº 1 de Brahms demostró tener muy claras las ideas, sin salirse del guion ni dejarse en los atriles ni una pizca de la exaltación y la robustez que acompaña esta sensacional partitura.

Sentimos especial debilidad por su tercer movimiento, un poco allegretto e grazioso, por motivos estrictamente personales. Si lo encontramos en su punto justo de luminosidad, con esa fragancia a aire fresco que lo caracteriza, quedamos completamente satisfechos. Y fue así como lo resolvió Albrecht. El resto, todo bien construido y asegurado, aunque la de ayer fue una de esas ocasiones en las que los metales no respondieron al máximo nivel, algo chillones y agresivos en el allegro inicial, con puntuales desajustes en el movimiento final.

El director optó por tempi rápidos, especialmente apreciable en el andante sostenuto, tan opuesto a la fórmula desplegada antes en Beethoven. No por ello sacrificó calidez  y refinamiento en este hermoso movimiento. El resultado global fue satisfactorio, sin grandes sorpresas ni alardes añadidos, con franqueza, sinceridad y ninguna intención de epatar. La solemnidad y la brillantez se hicieron paso en un allegro non troppo coronado con un intenso y efervescente final.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 1 de mayo de 2026

SINGULAR PROPUESTA COREOGRAFIADA DE LA ROSS

Sinfónico 12. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Antonio Ruz, dirección escénica, iluminación y coreografía. Xiaolu Zang, piano. Johanna Malangré, dirección. Programa: Pavana para orquesta, en Fa sostenido menor Op. 50, de Fauré; Ma mère l’Oye, ballet de Ravel; Variaciones sinfónicas para piano y orquesta, de Cesar Franck; Bolero, de Ravel. Teatro de la Maestranza, jueves 30 de abril de 2026


No recordamos, al margen de los ballets de enero con orquesta en el foso, otros conciertos de la ROSS que contaran con danza acompañándole en el escenario. Se trata de otra de esas felices experiencias que el nuevo equipo directivo de la orquesta ha diseñado para incentivar al público, captar nuevas audiencias y lograr elevar el espíritu del conjunto por encima de los vaivenes sufridos en las últimas temporadas. Claro que eso de captar nuevos públicos puede tener su precio, como el de volver a sufrir la agresión permanente de toses, móviles y caídas de objetos que tanto desconcentran y tanto daño hace a los artistas y a quienes aún esperamos que el comportamiento del oyente esté a la altura de lo mucho que queremos a esta ciudad.

Nos recordaba un incondicional de la cultura musical en Sevilla, en el intermedio de este décimo segundo programa de abono, aquello que decía Fernán Gómez sobre que al teatro hay que venir tosido. Una consigna que parte de nuestro público parece despreciar sistemáticamente. Y así ocurrió al menos en la primera y coreografiada parte de este concierto tan singular y atractivo, con el consiguiente perjuicio para su disfrute. Y eso que la experiencia invitaba a la relajación y el hipnotismo.

Foto: Marina Casanova

Los y las seis bailarinas deambularon entre el público mientras la joven directora alemana Johanna Malangré desgranaba ya su particular estilo, exquisito y elegante, en la celebérrima Pavana de Fauré. Una forma de introducirnos ya en ese mágico mundo de los cuentos infantiles evocados en esta primera parte de la cita. Valentina Martín Kadashnikova y Yeteng Zhou se revelaron inmediatamente después, sin solución de continuidad, como jovencísimos pianistas capaces de llevar a buen puerto la versión original para piano a cuatro manos de la pavana de la bella durmiente del bosque. Después, el baile, una experiencia que podría repetirse con otros títulos tan apreciados como, por ejemplo, El sombrero de tres picos de Falla o La consagración de la primavera de Stravinsky.

Una impecable combinación de iluminación y coreografía

Mi madre la oca, de Ravel, ha sido llevada a los atriles de la Sinfónica en numerosas ocasiones, pero pocas o ninguna en forma de ballet. Concebida como suite de cinco piezas para piano a cuatro manos, Ravel la orquestó apenas un año después de terminarla, para inmediatamente después ampliarla hasta convertirla en el ballet que pudimos degustar en esta ocasión en todo su esplendor.


Para eso se contó con el talento del coreógrafo cordobés Antonio Ruz, que ha creado para la ocasión, con la colaboración de Elia López, un delicado trabajo para seis jóvenes bailarines, sometidos a movimientos que combinan lo clásico con lo contemporáneo, mientras se someten a arriesgadas acrobacias y tan luminosas como evocadoras, siempre dentro de un nivel de calidad y exigencia encomiable.

Malangré logró integrar música y danza, haciendo acopio de respeto y delicadeza, con momentos tan mágicos como el vals de la bella y la bestia, ayudado por una excelente iluminación de efectos casi expresionistas. Pulgarcito fue otro de los pasajes en los que Ruz se dejó guiar por la narrativa del cuento, completado con las danzas chinescas de la princesa de las pagodas.

Para el resto, el coreógrafo se dejó guiar por el instinto y la libertad, mientras sus danzantes lograron episodios de inusitada belleza, como ese final realzado por el estremecedor crescendo de la orquesta, magníficamente recreado por la batuta y una orquesta que se creyó en todo momento lo que hacía, incluida una breve aportación coreográfica al conjunto.

Ritmo y color en la segunda parte


Aunque las Variaciones Sinfónicas para piano y orquesta de Cesar Franck sea su obra de concierto más programada junto a su Sinfonía, resulta mucho menos transitada que ésta. Su breve duración hace dudar sobre la necesidad de contar con un celebrado pianista para su interpretación, sin que se le demande otra página adicional. Es el caso del joven Xiaolu Zang, que ofreció una versión de la pieza vigorosa y decidida, gracias en parte al mimo con que Malangré dirigió la orquesta, siempre buscando el equilibrio perfecto con el pianista.

A pesar de su título, más que variaciones nos encontramos ante una evolución orgánica que fusiona progresivamente al solista y la orquesta, destacando un allegretto de enorme belleza que invita al pianista a involucrarse en una sucesión de cambios de registro y carácter que complican la interpretación hasta hacerla digerible sólo en manos tan expresivas, ágiles y desenvueltas como las de este excepcional pianista chino. Y así se disipa cualquier duda apuntada antes. Como propina y, de paso, anticipo de lo que vendría después, tocó el segundo de los Valses nobles y sentimentales de Ravel, de forma tan atenta como reflexiva.  

Y para terminar, una pieza que no sólo no cansa en su repetitiva gramática, sino en la cantidad de veces que se interpreta. El Bolero de Ravel contó también con la exquisitez y la elegancia ya expuesta por Malangré en las anteriores piezas. Esta vez nos llamó especialmente la atención la suavidad casi etérea con la que se mantuvo el ritmo al tambor, mientras flauta, oboe y clarinete fueron dando lo mejor de sí mismos, y las capas instrumentales que caracterizan esta monumental orquestación, fueron fluyendo con absoluta precisión y naturalidad, mientras la batuta se encargó de mantener con éxito un ritmo constante y un brillo excepcional.

Fotos: Juan Luis Morilla
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 17 de abril de 2026

VÍNNITSKAYA TRIUNFA EN UN CONCIERTO DE LA ROSS MASACRADO

Sinfónico 11. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Anna Vínnitskaya, piano. Shi-Yeon Sung, dirección. Programa: Kauyumari para orquesta, de Gabriela Ortiz; Concierto para piano nº 3 en re menos Op. 30, de Rachmáninov; Suite de El pájaro de fuego (versión de 1945), de Stravínski. Teatro de la Maestranza, jueves 17 de abril de 2026


No debería ser tema relevante de un concierto sinfónico la agresividad con la que parte del público se despacha a su antojo tosiendo, tirando objetos al suelo y faltando de diversas formas al respeto que merece la plantilla de la orquesta y el público que sí asiste a escuchar música. Se trata ni más ni menos que de falta de educación. Habrá ruidos inevitables, pero tantos como para ahogar momentos cruciales de las partituras, lo dudamos.

Es exactamente lo que ocurrió con el sutil arranque de la breve pero intensa Kauyumari de Gabriela Ortiz, de quien precisamente disfrutamos hace sólo diez días, de la mano de la OJA, su festiva Antrópolis. Fue imposible concentrarse en la entrada lejana de las trompetas que preludian la celebración de ritmo y color en que consiste la pieza incluida en el laureado trabajo Revolución diamantina.

En esta segunda ocasión de la temporada en que la surcoreana Shi-Yeon Sung ejerció como batuta invitada, logró una respuesta sorprendente de la orquesta, cuidando cada detalle de forma que la nitidez de los planos sonoros se superpusieran de forma sensacional, y que la portentosa sección de cuerda grave potenciara el ritmo de la pieza. Quizás la colocación de violines traseros y contrabajos elevados contribuyera a crear este efecto mágico.

Rusia por triplicado

Dos compositores rusos y una pianista también rusa protagonizaron el resto del programa. La larga primera parte se completó con el Concierto nº 3 de Rachmáninov, que aunque parezca que se haya programado muchas veces, apenas recordamos la última vez, y no fue de la mano de la ROSS sino de la Conjunta con Óscar Martín al piano, ¡hace catorce años!

El que se considera uno de los conciertos más diabólicos para el solista, debido a su complejidad técnica, hoy disfruta de multitud de adeptos. Si hay algo en lo que los jóvenes pianistas salen bien formados de conservatorios y academias es precisamente el virtuosismo técnico. Más difícil es encontrar alguien capaz de exprimir toda la expresividad, la poesía y el encanto de una pieza como ésta. La joven Anna Vínnitskaya fue sin duda una intérprete ágil, vibrante y habilidosa, pero quizás sólo se quedó en eso.

Sung y la pianista despacharon el primer movimiento a un ritmo vertiginoso, lapidando parte de su fuerza poética. A pesar de ello no podemos negar a la directora lograr una arquitectura sólida de la pieza, mientras Vínnitskaya descargó una furia inusitada en su centro de acordes martillados, alternados por las dos manos. Una agresividad desatada que se repitió en las difíciles cadenzas, donde no dudó en incluir acordes de su propia cosecha. En todo caso, su línea melódica sonó precisa y nítida en todo momento, especialmente evidente en el intermezzo, en cuyo scherzo central volvió a hacerse patente el enorme respeto de la orquesta por plegarse a las necesidades de la solista, sin por ello malograr su inspirada voluptuosidad.

El movimiento final resultó vitalista y, por momentos, apabullante, con solista y orquesta en perfecta sintonía, y de nuevo desgarradores arranques de furia que provocaron una reacción casi unánime del público, en pie ovacionando la heroica y meteórica intervención de la pianista, que salvó la complejidad técnica con matrícula, no tanto su vertiente expresiva y estrictamente emocional.


Algo parecido a lo ocurrido con el arranque de Kauyumari, volvió a suceder tras el descanso con El pájaro de fuego, cuyo sutil, delicado y meticuloso inicio quedó eclipsado ante el torrente de toses e inexplicables caídas de objetos al suelo. Una vez más la Sinfónica optó por la tercera de las suites que Stravinski articuló en torno al ballet, por cierto interpretado completo en 2021 con Lucas Macías al frente, aunque la más recurrente sea la segunda. Curiosamente, dos años antes, Marc Albrecht la interpretó junto al Concierto nº 4 de Rachmáninov.

Afortunadamente, lo que siguió fue una lectura muy matizada de la pieza, buscando su lado más infantil, recreando el espíritu fabulador y orientalizante de la pieza, para lo cual Sung echó mano de altas dosis de sensualidad y ritmos centelleantes y juguetones. Así, hasta llegar al último bloque, ese espectacular crescendo que culmina en apoteósicas fanfarrias y un tutti orquestal abrumador. En este sentido, cabe destacar la magnífica labor de cada solista y conjunto orquestal, a un nivel técnico encomiable.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 10 de abril de 2026

FRATERNIDAD ANDALUZA EN LA ROSS, A FALTA DE LA CARNAL

Sinfónico 10. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Jone Martínez y Auxiliadora Toledano, sopranos. Filip Filipoviç, tenor. Coro de la Orquesta Ciudad de Granada, dirigido por Héctor Eliel Márquez. Lucas Macías, dirección. Programa: Obertura Las Hébridas o La gruta de Fingal Op. 26, y Sinfonía nº 2 en si bemol mayor Op. 52 “Lobgesang”, de Mendelssohn. Teatro de la Maestranza, jueves 9 de abril de 2026


El décimo programa del abono sinfónico de esta temporada debía ser el más largo, con casi cuarenta minutos de primera parte y setenta de la segunda, separados por una pausa de más de veinte. La repentina indisposición de la soprano israelí Chen Reiss, obligó a suprimir parte del repertorio hasta dejarlo en apenas hora y media que discurrió sin pausa gracias al enorme desequilibrio entre las dos piezas que sobrevivieron del programa.

Es una pena que no pudiéramos disfrutar de las cuatro canciones seleccionadas de Fanny Mendelssohn, sobre todo porque son menos accesibles en la versión orquestal arreglada por Tal-Haim Samson. Era la única opción posible para justificar el título de la propuesta inicial, Fanny y Felix, relegando una vez más a la pianista y compositora a un papel absolutamente secundario frente a la popularidad de su hermano, a pesar de los esfuerzos que en los últimos años hemos experimentado de cara a reivindicar su talento como autora.

Tampoco pudimos escuchar otra pieza raramente programada, la escena dramática Infelice! Già dal mio sguardo, uno de los ejemplos más representativos del tímido acercamiento de Felix Mendelssohn a la ópera italiana, fruto de uno de los imprescindibles encargos de la Real Sociedad Filarmónica de Londres. Así las cosas, nos quedamos con la archiconocida y sobre programada obertura Las Hébridas, y la menos frecuentada, y más interesante de lo reconocido, Sinfonía nº 2 del compositor de El sueño de una noche de verano.

Una saludable colaboración

Empezó pausada y paladeada la famosa obertura mendelssohniana, con planos sonoros muy identificables y una transparencia estructural y sonora apabullante. Luego comenzó a atisbar ciertas caídas de tensión que distrajeron nuestra atención, si bien Lucas Macías logró momentos de gran intensidad dramática y figuración paisajística, tan elocuentes como evocadores.

Jone Martínez

En sus manos la pieza logró alzarse tras esos titubeos de arranque, acabando por resultar tan descriptiva como atmosférica, con la medida justa para lograr reflejar la grandeza y el fragor del mar. Quizás la organización de la plantilla, con violines y violas enfrentadas y los chelos al fondo, malogró el protagonismo de la cuerda grave. Por otro lado, Macías salvó con habilidad los notables crescendi que salpican la página.

El reclamo principal de este concierto, la Sinfonía nº 2, también conocida como Canto de alabanza, logró elevarse por encima de la media con una muy expresiva y matizada interpretación de la ROSS, previo refuerzo de efectivos y con la colaboración inestimable del Coro de la Orquesta Ciudad de Granada. Una iniciativa muy saludable, necesaria, entre orquestas de nuestra comunidad, que debería repetirse con mayor frecuencia.

A todos se unieron las voces del tenor croata Filip Filipoviç, la soprano cordobesa Auxiliadora Toledano y la soprano vasca Jone Martínez, que gracias a que interpretó la obra hace exactamente un año en la Semana de Música Religiosa de Cuenca, junto a la Sinfónica de Navarra y el tenor sevillano Juan Sancho, pudo hacerse cargo de la participación de Chen Reiss, contando para ello con el agradecimiento lógico y sincero de la orquesta y la organización.

El resultado fue una interpretación sobria y solemne, precisa y responsable, de una página a menudo despreciada incluso en los catálogos más informados, a pesar de contar con una notable inspiración melódica y una estructura insólita y original. El allegro inicial sonó agitado y vertiginoso, mientras el allegretto se salvó con más ternura y apaciguamiento de lo habitual, a lo que siguió un adagio más delicado y dulce que propiamente místico o religioso.

Filip Filipoviç

Tras estos primeros veinte minutos concentrados en los tres primeros movimientos, el cuarto, en forma de cantata religiosa (Todo lo que respira alaba al Señor), supera los cincuenta, dividiéndose en nueve números que alternaron las voces cálidas y bien proyectadas de Martínez y Filipoviç, sensacional en el conmovedor Stricke des Todes hatten uns unfangen (Las cuerdas de la muerte nos habían abrazado). Muy bien el dúo entre las dos sopranos, con voz más pequeña pero hermosa de Toledano, y exuberantes las intervenciones del coro granadino, a veces algo estridente en la zona más aguda y en ocasiones puntuales manifestándose algo endeble.

Pero salvaron con dignidad su buena reputación al frente de innumerables conciertos de la Orquesta Ciudad de Granada, en momentos álgidos como el impresionante final Nun danket alle Gott (Demos todos gracias a Dios). Macías y la ROSS siguieron con respeto y disciplina todo lo acontecido, y el público reconoció todo el esfuerzo con un cariñoso y dilatado aplauso.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 28 de marzo de 2026

EL JAZZ PURO SE CUELA EN LA ROSS DE LA MANO DE WAYNE MARSHALL

Sinfónico 9: Rapsodia americana. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Wayne Marshall, piano. Lucas Macías, dirección. Programa: Ceci n’est pas une valse, de Raquel García-Tomás; The Unanswered Question S.50, de Ives; Suite for Variety Stage Orchestra nº 1, de Shostakóvich; Obertura de Candide, de Bernstein; Rhapsody in Blue, de Gershwin. Teatro de la Maestranza, viernes 27 de marzo de 2026


Más de un mes ha tenido que pasar para reencontrarnos con la programación de abono de la Sinfónica, y ha sido de la mano de uno de los programas más atractivos y distendidos de la temporada, dedicado fundamentalmente a la música importada de Estados Unidos, ya sea para deconstruir un vals de aires misteriosos al más puro estilo cinematográfico, recrear desde la Unión Soviética sonidos vodevilescos con aires de show business, o rendir pleitesía a tres grandes nombres de la música estadounidense. La joven Raquel García-Tomás y el legendario Shostakóvich dialogaron así con Ives, Bernstein y Gershwin, mientras Wayne Marshall fue la estrella indiscutible al final de la función.

De un misterio existencial

La obra de la catalana Raquel García Tomás, galardonada en 2020 con el Premio Nacional de Música en la modalidad de composición, parte del impresionismo francés, perceptible incluso en el título, Ceci n’est pas une valse (Esto no es un vals), para continuar siguiendo cánones de la música cinematográfica que tanto ha influido en las nuevas generaciones de compositores y compositoras. Arranca de forma estrepitosa para después ir paulatinamente enganchando al oyente con su acumulación de capas instrumentales y esos elegantes destellos de vals que se van colando en un intenso universo, al que la ROSS respondió con todo el ahínco y la pasión que fue capaz de contagiarle un entusiasta Lucas Macías a la dirección.

Siguiendo una estética parecida, volvimos a enfrentarnos a esa pregunta sin respuesta que plantea la obra más recurrente de Charles Ives, por tercera vez en una década, tras interpretarla la Sinfónica Conjunta y la ROSS en ocasiones igualmente memorables. La novedad residió en colocar esta vez la trompeta solista y las maderas en las zonas más altas del teatro, enfrentadas, provocando así un aire cósmico y envolvente que traduce muy bien esa desazón por la propia existencia que plantea la breve pero intensa página, y que tanta relación guarda con algunas de las piezas sinfónicas más celebradas de un autor al que apenas prestamos atención más que para programar ésta.


A la celebración lúdica

Ha sido un verdadero placer escuchar en los atriles de la ROSS la que siempre conoceremos como Jazz Suite nº 2 de Shostakovich, también conocida como Suite para orquesta de baile, y rebautizada como Suite para orquesta de variedades. Al margen del celebérrimo Vals nº 2 que tan popular se hizo de la mano de Kubrick en su última película, Eyes Wide Shut, y rápidamente se convirtió en un imprescindible en bodas, la suite, integrada por piezas concebidas por su autor para diversos cometidos de carácter lúdico, respira aires de distinta índole.

Macías la dirigió con todos los posibles efectivos a su alcance, restándole así parte de ese aspecto circense y vodevilesco para concederle un aspecto más majestuoso, brillante y decididamente espectacular. Esto no fue óbice para que el conjunto sonara eficiente, impecable desde un punto de vista estrictamente técnico, con solos excelentes de saxofón y una cuadrilla del instrumento en perfecto estilo swing, y aportaciones igualmente notables del acordeón, uno de los instrumentos añadidos a tan generosa plantilla. Un trabajo muy colorido, que quizás restó algo de ironía al conjunto, a favor de una espectacularidad enorme y una fuerza decibélica impresionante.

Ya en la segunda parte, no fue quizás la obertura de la ópera u opereta, según cada uno y una la considere, Candide de Leonard Bernstein, la pieza más redonda a nivel de interpretación. De nuevo muy recargada de efectivos, rígida en las transiciones y atropellada en algunos pasajes, Macías tendría que haber trabajado más las aristas sofisticadas y elegantes de la pieza para que no acabara pareciendo una recreación simplemente obligada y circunstancial.


Toda una leyenda del piano, un clásico del jazz moderno, el británico Wayne Marshall no vino para interpretar la Rapsodia en Blue programada para este noveno concierto de abono, sino que se trajo su propia Rapsodia en Blue, de forma que fue él, tanto o más que Macías, quien sentó las directrices a las habría de someterse la interpretación de la famosa pieza. La suya fue todavía más jazzística que la que hace años nos ofreció Michel Camilo, arrancando de forma tan acelerada que a algunos de los músicos pareció costarle seguirle el ritmo. Creímos por un instante que despacharía la pieza en un santiamén, hasta que justo antes del hermoso blues central, se embarcó en unas variaciones a modo de improvisadas candencias de su propia cosecha que alargaron considerablemente la pieza.

Volvió a hacerlo, para deleite de muchos y muchas aficionadas, y posiblemente irritación de otros, tras el blues y casi al final a modo de coda, exhibiendo todo su potencial al piano, su fabulosa creatividad y un dominio del lenguaje puramente jazzístico a mayor satisfacción de los más exigentes eruditos en la materia. John Axelrod ya extrajo todo el potencial jazzístico de una convenientemente versátil ROSS en aquel ya lejano Harlem de Duke Ellington, lo que de nuevo quedó demostrado en esta versión algo abigarrada pero en perfecto estilo de la archiconocida pieza de un Gershwin que atesora otras piezas de concierto dignas de programarse, aunque su grueso sean musicales y canciones sueltas. Lady Be Good, del musical homónimo, sirvió como propina para que Marshall la sometiera a coloristas figuraciones de una apabullante creatividad.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía