jueves, 7 de mayo de 2026

LA ZARZUELA MÁS PRIMIGENIA BRILLA CON DE FRUTOS Y RINCÓN

Rocío de Frutos, soprano. Miguel Rincón, cuerda pulsada. Programa: Entre mitos y afectos, un viaje por la Zarzuela Barroca (obras de Juan Hidalgo, Gaspar Sanz, Juan de Navas, Jean-Baptiste Lully, Sebastián Durón, Antonio Líteres y José de Nebra). Teatro Cajasol, miércoles 6 de mayo de 2026


Sólo la zarzuela generada a partir de la mitad del siglo XIX ha trascendido hasta nosotros, con los consabidos períodos de ostracismo que nos hicieron perder el contacto con ella. Pero el género se extiende más allá en el tiempo. Muchos han sido los intentos de reivindicar su trayectoria barroca, porque en este país, en materia de cultura, siempre andamos reivindicando, a falta de un saludable mantenimiento. Pero sólo hemos indagado en un barroco ya tardío, fundamentalmente del siglo XVIII, con José de Nebra como máximo exponente, a quien se han unido otros compositores como Antonio Rodríguez de Hita o Vicente Martín y Soler. Entre nuestras sopranos más reconocidas, María Bayo ha prestado especial atención a este repertorio, con grabaciones acompañadas de suntuosas orquestaciones en manos de conjuntos tan especializados como Al Ayre Español o Les Talens Lyriques.

Lo que los sevillanos Rocío de Frutos y Miguel Rincón nos trajeron ayer se desplazó más allá en el tiempo, a ese primer barroco apuntado, con especial parada en quien se considera precursor de la ópera en español y de la propia zarzuela, Juan Hidalgo. Lo hicieron de la mano de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, en colaboración con la Fundación Cajasol y la Compañía Sevillana de Zarzuela, con su principal responsable, Javier Sánchez-Rivas, y el historiador y crítico musical Andrés Moreno Mengíbar, ambos académicos, ejerciendo como maestros de ceremonias.

El resultado fue una encantadora velada en la que los dos protagonistas parecieron sentirse tan volcados como cómodos, quizás por las tablas que ambos atesoran a sus espaldas y que les convierten en consumados artistas capaces de dar brillo a todo lo que se les ponga por delante. Esos primeros intentos de ópera a la española, música concebida para la escena a partir de textos de los autores más reputados del momento, Calderón de la Barca incluido, encontraron en Rocío de Frutos y Miguel Rincón el medio ideal de divulgación.


Un recorrido cronológico de Hidalgo a Nebra

Juan Hidalgo ocupó gran parte de la propuesta, prácticamente la mitad. El compositor y arpista madrileño fe un prolífico músico teatral, trabajó con Felipe IV, y le debemos un considerable número de obras destinadas a germinar en nuestro género lírico. Su obra, sin embargo, se perdió, como la de otros tantos autores, en el gran incendio del Real Alcázar de Madrid de 1734, por lo que haber podido contar con un suculento ramillete de sus composiciones podríamos considerarlo casi un milagro.

Su estilo fuertemente sincopado, con estribillos cíclicos, se dejó notar en el arranque, con un distendido y alegre Trompicábalas, de Los celos hacen estrellas, que Frutos cantó con esa finura que le caracteriza, un fraseo exquisito y una impecable vocalización, ideal para entender, aunque con dificultad por sus formas antiguas, el texto de Juan Vélez de Guevara. Contó para ello con el acompañamiento de lujo de Miguel Rincón, que sustituyó en el último momento al originalmente anunciado Aníbal Soriano, convaleciente por una dolencia puntual.

A partir de ahí, se sucedieron romanzas, si podemos denominar así a las arias de esta primera zarzuela barroca, que alternaron lo jocoso con lo amoroso y dramático, acuñando formas muy apreciadas e identificables para quienes estén familiarizados con el estilo imperante en la época en nuestro país, como jácaras, canarios y villancicos. Con Ay, amor, ay ausencia, de Contra el amor, desengaño, Rocío de Frutos desgranó todo su potencial dramático y expresivo, siempre bajo la atenta complicidad de su compañero, ahora ya sí felizmente entre nosotros y nosotras tras un largo periplo en el extranjero que le ha llevado a participar en algunos de los conjuntos más reputados europeos.

Precisamente, con Gaspar Sanz, Rincón brilló en solitario, añadiendo ornamentaciones propias, vivas y muy creativas a una deliciosa pavana que desgranó con deleite y mucho gusto, así como esos recurrentes canarios, tañidos a la guitarra barroca con sensacional sentido del ritmo, absoluta precisión en la digitación y un fraseo impecable, con una naturalidad que sin embargo no ocultó las complejas dificultades de ambas obras. En otras piezas, Rincón acompañó a la soprano sevillana con el archilaúd, ideal para mecer y dulcificar la voz sin eclipsarla.


Boccherini y Lully, infiltrados

Otra pieza de Hidalgo, Ay que sí, ay que no, de una de esas zarzuelas mitológicas que abundaban en la época, El templo de Palas, con libreto de Francisco de Avellaneda, y el delicioso Sé que me muero de amor, de El burgués gentilhombre de Lully según Molière, como ejemplo de otras comedias musicales extra ibéricas, encumbraron el género con el buen hacer y la implicación total de ambos artistas, muy compenetrados en todo momento.

Sebastián Durón y Antonio de Líteres representaron lo mejor en música escénica a finales del siglo XVII. De quien fuera organista de la Catedral de Sevilla, se interpretaron dos piezas, con especial hincapié en un Sosieguen, descansen, de Salir el amor del mundo, el primer libreto de un habitual en el género, José de Cañizares. Frutos lo cantó con extraordinaria fuerza expresiva y unas muy delicadas ornamentaciones, dejando claro cómo Durón introdujo el recitativo italiano en nuestro género. De Líteres cantó con igual ahínco y entusiasmo Confiado jilguerillo, de Acis y Galatea, quizás reconocible para quienes conozcan el arreglo que Felipe Pedrell hizo para voz y piano.

Con José de Nebra, el gran exponente de la zarzuela en la primer mitad del siglo XVIII, con más de veinte títulos en su catálogo, y su tormentosa Tempestad, de Vendado es amor, no ciego, terminó un recorrido que se extendió en la consabida propina con Boccherini y una divertida pieza enriquecida con singulares improperios de la época, como botarate, que hicieron las delicias de un público encantado. A destacar las sutiles transiciones entre pieza y pieza, formando bloques que hoy denominaríamos medleys, y las exquisitas reducciones a las que fueron sometidas algunas de las piezas más avanzadas, pues las primeras, destinadas a la Corte, se hacían acompañar sólo de bajo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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