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martes, 6 de octubre de 2026

LA ROSS Y JUVENTUDES MUSICALES NOS LEVANTAN EL ÁNIMO

Concierto de Juventudes Musicales y la Asociación de Fagotistas y Oboístas de España. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Javier Sanz Pascual, fagot. Irene Arriaza, violín. Julia Cruz, dirección. Programa: Obertura de Oberón J.306, y Concierto para fagot en Fa mayor J.127 Op. 75, de Carl Maria von Weber; Obertura de una ópera cómica inacabada Op. 140, y Concierto para violín nº 3 en Si menor Op. 61, de Saint-Saëns. Teatro de la Maestranza, lunes 5 de octubre de 2026


Hace diez años que nos dejó Julio García Casas, fundador y presidente de Juventudes Musicales de Sevilla desde 1954. A él se dedicó este concierto que contó con dos nuevos y jóvenes solistas, y una directora así mismo plena de juventud al frente de una orquesta entregada para que nada pudiera deslucir la ilusión de tocar en un espacio tan emblemático como el Teatro de la Maestranza. Una emotiva semblanza del histórico fundador por parte del actual presidente del movimiento, Arnold W. Collado, presidió el programa de mano diseñado para la ocasión.

En los atriles, un precioso programa integrado quizás no por obras rotundamente maestras, pero sí suficientemente atractivas y poco divulgadas como para generar interés e incluso entusiasmo en un público completamente entregado al aplauso y los vítores de tan jóvenes talentos. Mucha juventud también en la sala, señal quizás de que se siguen haciendo las cosas bien, promulgando la asistencia de los y las estudiantes de los conservatorios a los conciertos, o puede que sólo se tratara de compañeros, compañeras y familiares de los protagonistas.

Del romanticismo incipiente al más crepuscular

Los autores elegidos para la ocasión fueron Carl Maria von Weber y Camille Saint-Saëns, setenta años de diferencia entre la obra más antigua del primero y la más moderna del segundo, claros exponentes del romanticismo en sus vertientes extremas, aún tímido en el caso del compositor alemán, más integrado en el del francés.

Una orquesta reducida, cumpliendo las demandas no ya de las partituras, que quizás demandaban una mayor presencia de la cuerda, al menos en el caso de Saint-Saëns, sino del espacio ofrecido para la ocasión, no fue óbice para extraer brillo de cada pieza, gracias al mimo y el detalle con el que la joven directora Julia Cruz trazó cada línea melódica, cada inflexión y cambio de registro, y un depurado trabajo de dinámicas, con todo lo cual logró una acertada acentuación de las piezas no concertantes de cada autor.

Así, con Oberon nos dejamos seducir por al mágico mundo de los elfos, arrancando con un adagio sostenuto imponente y a la vez sosegado, que se encadena con un allegro chispeante e irresistible, alternándose con tiernos y amorosos pasajes de radiante lirismo, siempre bajo la mirada atenta de una directora preocupada por evitar todo tipo de estridencias y salidas de tono.


La Obertura para una ópera cómica inacabada, obra de estricta juventud de Saint-Saëns, se mantuvo ligera en manos de Cruz, acertando en sus elocuentes diálogos y un acelerado presto final, predominando en todo momento un carácter alegre y desenfadado.

Triunfo de Javier Sanz e Irene Arriaza

Uno de los principales alicientes de estos conciertos auspiciados por Juventudes Musicales, reside en la aportación de savia nueva al panorama musical de la ciudad, leit motiv en todo caso del modus operandi de la asociación. Sin embargo, el primero de los solistas no fue invitado suyo, sino de la Asociación de Fagotistas y Oboístas de España, de cuya mano recibió el año pasado el primer premio de su concurso anual.


Se trata de Javier Sanz Pascual, que nos brindó un Concierto para fagot de von Weber que fue pura delicia, por su musicalidad, su gracia y ese toque cómico que fue capaz de darle, especialmente en el movimiento final. Orquesta y solista retuvieron a la perfección el estilo deliberadamente clásico de la pieza, seguramente por tratarse de uno de los muchos encargos que recibió de solistas de la época, aún no familiarizados con el romanticismo y proclives al estilo mozartiano aún imperante.

Hubo también en la impecable interpretación de Sanz y el ropaje orquestal un efecto teatral destacado, sobre todo en el adagio, dechado de lirismo operístico, brillantemente defendido por un solista que en ningún momento atisbó dificultad alguna de respiración. En el tercer movimiento destacó el ánimo travieso del solista, ampliamente secundado por una batuta siempre atenta a no eclipsarle. La vertiginosa sucesión de escalas y arpegios que inunda el final fue defendida con enorme virtuosismo.

Sensacional también la aportación de la joven sevillana Irene Arriaza, al frente de la que quizás fuera la obra más distinguida del programa, el Concierto para violín nº 3 de Saint-Saëns. Melodioso y con abundantes recursos para exhibirse, Arriaza manifestó un sonido robusto y carnoso, de inspiración bohemia, que mudó a otro más lírico y ligeramente refinado en el delicioso movimiento lento.

Acusó en todo momento, salvo alguna excepción sin importancia, una pureza de emisión encomiable, encargándose con soltura y responsabilidad de todas las ricas líneas melódicas, y apreciándose siempre tanto en ella como en la dirección, un trabajo cálido y elegante. Ambos solistas interpretaron sin partituras, evidenciando una preparación exhaustiva y llena de ilusión. Arriaza ofreció como propina un Liebesleid, de las Antiguas danzas vienesas de Kreisler, henchido de melancolía, transcrita para una cuerda así mismo consecuente con tal atmósfera.

Fotos: José Ignacio Caballero
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 18 de septiembre de 2026

UN RÉQUIEM DE VERDI ESTREMECEDOR

Ciclo Sinfónico 1 de la temporada 26/27 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Masabane Cecilia Rangwanasha, soprano. Silvia Tro Santaffé, mezzosoprano. Enea Scala, tenor. Marko Mimica, bajo. Coro del Teatro de la Maestranza dirigido por Marco Antonio García de Paz. Lucas Macías, dirección. Programa: Messa de Requiem de Giuseppe Verdi. Teatro de la Maestranza, jueves 17 de septiembre de 2026

Santaffé, Rangwanasha y Macías

Ya sirvió para abrir temporada hace catorce años, entonces de la mano de Pedro Halffter y con el Coro del Maestranza reforzado con el de la Ópera de Málaga, seis años después de sonar por primera vez en este siglo en los atriles de la ROSS. Además, fue la pieza elegida en el excelente concierto que nos brindó Daniel Harding junto a la Orquesta y Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma hace poco más de un año, con resultados ya entonces extraordinarios.

No nos importa, sin embargo, volver a disfrutar de tan excelsa página, que tantos consideraron durante mucho tiempo la mejor ópera de Verdi, sobre todo si se ofrece con tan buenos ingredientes y una batuta tan esmerada como la de Lucas Macías, que ya demostró en su anterior y primera temporada como director titular de la Sinfónica que sabe llevar con talento y dignidad las riendas de nuestra querida orquesta.

Nos van a perdonar que echemos mano de las comparaciones y de la experiencia personal para escribir que llegamos a este concierto recién regresados de tierras napolitanas, donde pudimos comprobar lo muy orgullosos que debemos estar de nuestro teatro y nuestra orquesta, tras asistir a una sosa interpretación de la Séptima de Bruckner en el muy afamado Teatro San Carlo, de la mano de Marc Albrecht y la orquesta titular de este templo lírico. Un adecuado preludio, sin embargo, para acercarnos de nuevo a este título verdiano.

Enea Scala

Reflejo del dolor universal

Nos damos de bruces ahora con la emoción más pura y absoluta, gracias a la que desde ya consideramos la más estremecedora versión del Réquiem de Verdi que hemos escuchado jamás en directo. La conjunción de magníficas voces solistas, un coro extasiado y una orquesta a la que el descanso estival parece haberle sentado estupendamente, todo bajo la atenta y delicada batuta de Macías, logró el milagro, dotando a la pieza de ese carácter emocional y radicalmente humanista que le hace trascender de lo puramente tributario para erigirse en reflejo de un canto popular que desea abrirse camino ente tanto dolor e injusticia.

Así lo intuimos desde el muy delicado Introito, con el coro musitando el Requiem aeternam mientras los solistas se van abriendo paso en ese majestuoso e inquietante andante que da vida al Kyrie, en el que ya pudimos apreciar las magníficas dotes del cuarteto solista. Santaffé entonando con serenidad, Rangwanasha dotando su participación de inusitado temperamento, Scala exhibiendo un apasionado lirismo y Mimica aportando contundencia y dignidad. La larga Sequentia fue abordada por Macías como un acto lírico teatral de primer orden, de diálogo fluido e inflexiones dramáticas medidas y contundentes.

El coro entonó con fuerza y exuberancia el icónico Dies Irae que se repite otras dos veces a lo largo de la pieza. Faltó quizás algo más de vehemencia en los metales que protagonizan el Tuba mirum, repartidos en el escenario, las bambalinas y quizás alguna zona alta del teatro para causar el impacto deseado. Eso fue así al menos en el arranque, aunque fue mejorando hasta alcanzar esa fuerza inusitada que caracteriza al pasaje.

A partir de ahí, demostraciones sensacionales de sensibilidad y magnetismo por parte de coro y solistas, la mezzo española controlando todos los giros emocionales del Liber scriptus, el tenor italiano entonando con bravura el Ingemisco, seguido de una impecable interpretación del bajo croata en Confutatis, y terminando con una exhibición brillante, llena de pasión y lirismo, de la soprano sudafricana en el Libera me, germen de este sentido homenaje a otro considerado padre de la patria por los italianos, Alessandro Manzoni, autor de la muy venerada I promessi sposi.

Marko Mimica

También los dúos y pasajes de grupo resultaron brillantes, gracias a la complicidad de las voces junto a un acompañamiento orquestal atento y delicado según corresponde, contundente en otros casos, siempre perfectamente moldeados por el director, y con el coro funcionando como eje alrededor del cual se concentra todo el drama, esta vez dirigido con total acierto por Marco Antonio García de Paz.

Sólo hubo un par de concesiones místicas, en el Lacrymosa y el Offertorium, mientras el resto se abandonó sin complejos al drama profano más profundo y absoluto, y nosotros y nosotras con ellos a sentir una experiencia profundamente emotiva y estremecedora. Tras tanto esfuerzo y emoción, tendrán que enfrentarse a otra función esta tarde, sólo un día después, logrando sin alguna duda otra interpretación redonda.

Fotos: Luis Prieto
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 8 de septiembre de 2026

ÚLTIMA ESCALA DE LA ORQUESTA DE BAYREUTH EN LA PENÍNSULA

Foto: Luis Pascual

La frustración acumulada tras la suspensión del concierto extraordinario de la Orquesta del Festival de Bayreuth el pasado miércoles en Sevilla, debido a un apagón de luz en el Teatro de la Maestranza que aún se encuentra bajo investigación, y los lazos sentimentales que nos unen a la ciudad del Turia,  permitió que retomáramos tan excepcional concierto en su parada en el Palau de la Música de València el domingo 6 de septiembre. Se trató del último concierto de la prestigiosa formación en la península, dentro de una insólita gira que rubrica la enorme sintonía que el director granadino Pablo Heras-Casado ha logrado mantener con un conjunto que, sin embargo, muda de piel en un considerable porcentaje cada nueva temporada del festival wagneriano.

Aunque la crítica hasta ahora se había volcado en elogios y parabienes, hubo también opiniones discrepantes, una de las últimas proveniente de su paso por el Teatro Real de Madrid. Y claro, tales opiniones hacen también hincapié en la nuestra propia y nos ayudan a comprender algunos detalles que quizás habíamos pasado por alto. Claro que con sólo cuarenta minutos despachados en Sevilla, sin que Klaus Florian Vogt hubiera afrontado aún su papel de Sigfrido, y ni siquiera haber aparecido en escena la soprano británica Catherine Foster, una de las grandes apuestas de la velada, nuestra impresión se quedaba bastante huérfana de referentes.

Foster y Vogt saludan al final de la primera parte

En Sevilla nos habíamos quedado en los murmullos del bosque, defendidos como el resto, con atención al detalle, formas cristalinas y seductoras y un sonido limpio que, sin embargo, algo palideció en el Palau comparado con la magia que desprende la acústica del Maestranza. Después, la esperada aparición de Foster, primero sola encarando la preciosa melodía del Idilio de Sigfrido con la que arranca el final entonado por Brunilda, Eterna fui, y que da paso al despertar y saludo con Sigfrido. Un dúo de amor que no logró levantar la emoción esperada, con la voz de Foster ligeramente avibratada, tremolante, imprecisa y desconfiada, nada que ver con la inmejorable impresión que dejó hace más de una década cuando interpretó el mismo papel en Sevilla, de la mano de Halffter y La Fura del Baus.

Toda la segunda parte estuvo dedicada, como se sabe, a El ocaso de los dioses, cuarto y último de los títulos que conforman El anillo. Aquí lució la orquesta en todo su esplendor, dada la abundancia de partitura estrictamente orquestal frente a la intervención vocal. Piezas mil veces escuchadas, animadas por batutas de toda índole y condición, como el Amanecer y viaje de Sigfrido por el Rin (Tagesgraven und Siegfrieds Rheinfart) del prólogo, y la estremecedora Marcha fúnebre (Trauermarsch) del acto tercero, encontraron en Heras-Casado y la muy disciplinada y experta orquesta una interpretación robusta y espectacular, evidenciando una vez más la enorme sintonía entre batuta y conjunto. Sin embargo, no nos asaltó ese estremecimiento que habíamos alcanzado con sólo escuchar el arranque del concierto, esa majestuosa Entrada en el Walhalla, en el Maestranza.

Vogt hizo todo lo que pudo en la Muerte de Sigfrido, ¡Brunilda, Santa esposa!, aunque no pudimos apreciar ese tono, autoridad y prestancia de auténtico helden tenor. Se quedó corto en proyección y en expresión, a la vez que mantuvo ese timbre discretamente metálico que no nos llegó a convencer tampoco como Sigmundo. Por su parte, Foster encaró valientemente toda la escena final, la inmolación de Brunilda, ¡Ponedme allí unos maderos!, con menos ímpetu del deseable, sin arrojo ni suficiente tono trágico, aunque mantuvo una línea de canto homogénea, salvando satisfactoriamente cada una de sus temibles inflexiones, y por supuesto se hizo oir en todo momento, a pesar de la a menudo decibélica intervención de Heras-Casado.

Brownlee, Foster y Vogt

En definitiva, los generosísimos vivas y aplausos se nos antojaron exagerados, si bien la ocasión podía merecerlos sólo por el gesto de haber recalado en nuestros teatros desde aquel profundo foso que tienen reservado en el teatro wagneriano. También aquí fue Nicholas Brownlee el más vitoreado. Por otro lado, la selección buscaba lograr resumir en apenas dos horas las dieciséis que dura la tetralogía completa, algo absolutamente imposible y, de hecho, malogrado. De esta manera, puestos a seleccionar auténticos highlights de la saga, se echaron en falta arias como Winterstürme de La valquiria, o momentos tan sublimes, llenos de sentimiento y corazón, como Selige Ode de Sigfrido. Al menos, la muy recurrente Cabalgata de las valquirias, en su versión de concierto, sólo instrumental, se interpretó como esperada propina, para regocijo absoluto de todos y todas las presentes.

A pesar de todo, nos damos por satisfechos al haber recuperado esta cita histórica e irrepetible, a la vez que lamentamos sobremanera el entuerto que ha supuesto para los responsables de nuestro teatro de la ópera, auténticos decepcionados de una gesta que llevaban tanto tiempo anunciando y preparando. Vaya para ellos y ellas nuestra simpatía y más sincera ovación, en la seguridad de que la excelente temporada que han preparado nos hará olvidar esta desgraciada experiencia. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

LOS MURMULLOS DIERON PASO AL SILENCIO

Heras-Casado, la Orquesta de Bayreuth y (de espaldas) Nicholas Brownlee, en Barcelona

El río Guadalquivir fue ayer testigo de dos desafortunados incidentes, el incendio por la mañana del nuevo hotel de lujo en obras en las instalaciones del antiguo Altadis, y el apagón que sufrió el Teatro de la Maestranza por la tarde, en pleno concierto de la Orquesta del Festival de Bayreuth bajo la dirección de Pablo Heras-Casado. Para el granadino éste era el único de los cinco conciertos programados en la península que se celebraba en su tierra. Una cita que ya partía gafada por ser la única que no había agotado el papel ni de lejos, algo para lo que ni el alto precio de las entradas ni la todavía peregrinación playera debería haber sido una excusa, sobre todo teniendo en cuenta que entre tantos millones de andaluces y andaluzas, llenar un aforo de mil ochocientas personas no debería resultar un problema, especialmente teniendo en cuenta lo extraordinario del acontecimiento.

La Orquesta del Festival de Bayreuth nunca sale de casa. Está formada por músicos seleccionados cada temporada de entre los y las más destacadas de las formaciones fundamentalmente alemanas, sólo para hacer frente a las representaciones de las óperas wagnerianas que desde hace ciento cincuenta años se programan a lo largo del verano en el teatro especialmente diseñado para la ocasión por el genio alemán. Sólo recordamos una ocasión en la que la orquesta salió del profundo foso que ocupa en dicho coliseo, y fue de la mano de Andris Nelsons en 2021, para airearse de la pandemia.

El maestro letón la llevó a su tierra, para participar con dos conciertos, también a principios de septiembre, justo antes de disolverse la formación para regresar cada uno y una a sus atriles habituales, en el Jurmala Music Festival que se celebra en Riga. Que Heras-Casado haya sido capaz de traer la orquesta a España deja claro su poder de seducción y la confianza que en él habrá depositado la directora artística del Festival de Bayreuth, Katharina Wagner, bisnieta del compositor.

Fue precisamente con Nelsons con quien sufrimos la vergüenza de un teatro a medio llenar, también en 2021, con la Gewandhausorchester de Leipzig. Temíamos repetir esa sensación con Heras-Casado al frente de esta singular y espléndida formación, pero nunca hubiéramos imaginado que un apagón acabaría por frustrar definitivamente la experiencia. Hasta entonces todo iba sobre ruedas. A algunos se nos había puesto la carne de gallina y los pelos de punta ante tanta magnificencia. La cuerda surgiendo de la nada, sigilosamente, dando entrada a unos portentosos metales, antes de que el yunque marcara la entrada de los Dioses en el Walhala, dio nada más empezar el concierto buena muestra de por dónde irían los tiros.

Una dirección inteligente

Un entregadísimo Heras-Casado, pendiente de cada matiz y detalle, con gestos precisos y contundentes, fue marcando la pauta, logrando que cada miembro se adaptara perfectamente a sus exigencias, y logrando en conjunto un sonido majestuoso y brillante, potenciado por la excelente acústica del teatro, seguramente irrepetible en otros de los escenarios previstos en esta propuesta nacida para celebrar el cuarenta aniversario del Festival de Peralada, extendiéndose al setenta y cinco del de Santander, y coincidiendo con el treinta y cinco de nuestro querido teatro de la ópera.

La batuta basculó entre la potencia y la delicadeza, con tanta discreción como control y dominio de los recursos. Entre lo más conmovedor de la noche, esas modulaciones elegantísimas y discretas de la cuerda, arremolinándose, relevándose y creando una atmósfera entre irreal y absolutamente mágica, queremos pensar que un logro añadido del director español con mayor proyección internacional del momento. Su idilio con la orquesta se inició hace tres años, un período en el que ha dirigido Parsifal en la versión de Jay Schreib, y que se proyecta ahora con una tetralogía completa que estrenará dentro de dos años.

Curiosamente, pudimos disfrutar de Heras-Casado en Sevilla en dos ocasiones de la mano de la Fundación Barenboim-Saïd, la misma que nos trajo hace un par de años a Oksana Lyniv, la única mujer que ha dirigido esta orquesta hasta el momento, y de cuyo Holandés errante tuvimos el privilegio de ser testigos en el mismo Bayreuth en 2022.

Voces en estado de gracia

Nicholas Brownlee reivindicó, con una voz rotunda y autoritaria, el poder de Wotan, su conmovedora y frustrante renuncia ante las puertas del Walhala del anillo y todo lo que comporta, tras la maldición de Alberich, la usurpación de Fafner y los lamentos de las hijas del Rin. Impresionante en su manera de modular la voz, alcanzar agudos extremos y mantener una línea de canto vivaz y contundente, lo que fue agradecido con aplausos generosos, aún más tras la despedida de Wotan  a Brunilda (Hasta siempre, audaz y maravillosa hija), defendida por el bajo-barítono estadounidense con mayor contundencia y una expresividad dramática realmente conmovedora. No en vano se trata de una de las voces más prometedoras de la actual cantera de voces del festival.

Antes, hizo aparición el veterano Klaus Florian Vogt dando vida a Sigmund, al final del primer acto de La Valquiria, entonando su particular plegaria a su padre, Wotan (Una espada me prometió el padre), haciendo acopio de recursos dramáticos, evidenciando una voz metálica, bien colocada y capaz de articular cada gesto y matiz al que se somete su papel. Dicen que mejora considerablemente cuando interpreta a Sigfrido, pero no llegamos a apreciarlo debido al lamentable apagón.

Nos quedamos literalmente con las ganas de disfrutar de Catherine Foster, como ya hicimos en 2012 de la mano de Pedro Halftter y La Fura del Baus, cuando interpretó a la valquiria Brunilda en el tercero de los títulos del Anillo. Justo cuando la orquesta interpretaba el popular Waldweben (Murmullos del bosque), con sus sonidos onomatopéyicos asomando disciplinados y elocuentes, siempre bajo la atenta dirección de Heras-Casado, se hizo la oscuridad. Primero pensamos que podía tratarse de un golpe de efecto, antes de que hicieran su aparición Sigfrido y Brunilda, pero pronto entendimos que ante esa oscuridad absoluta ninguna orquesta podría continuar tocando.

De hecho, siguieron haciéndolo durante unos segundos, pero enseguida se hizo el silencio y una esperada reconducción que, tras cuarenta minutos de incertidumbre, no llegó. Fuera esperaban policía local y protección civil para asegurar un desalojo seguro y eficaz, mientras un equipo de técnicos electricistas aguardaba para recuperar la luz perdida en un coliseo que nunca antes había vivido algo igual. Una experiencia sin duda, pero lamentable en todos los sentidos. La de Bayreuth recaló en el sur de Europa, de forma extraordinaria e irrepetible, y perdimos la ocasión de disfrutarlo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 16 de julio de 2026

EL PUEBLO CANTA Y LA ROSS ACOMPAÑA

Concierto participativo de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla “Canta con la ROSS”. Lucas Macías, dirección. Programa: Obertura y coros de hombres y cigarreras de Carmen, de Bizet; Meditación de Thaïs, de Massenet; Gira la cote! de Turandot, de Puccini; Obertura de Guillermo Tell, de Rossini; Vedi le fosche de Il trovatore, Va pensiero de Nabucco, Obertura de Les vêpres siciliennes, y Gloria al Egitto de Aida, de Verdi. Teatro de la Maestranza, miércoles 15 de julio de 2026


Los coros estuvieron presentes en las primeras óperas italianas, pero fueron paulatinamente reduciéndose hasta que en 1790 Rossini recuperó su papel, intensificado por el auge del modelo operístico parisino, lo que provocó que su uso fuera prácticamente obligatorio durante los años centrales de la carrera de Verdi. Ambos autores estuvieron presentes en el atractivo y popular programa diseñado para celebrar el final de temporada de la ROSS, con coros de voces aficionadas convocadas para la ocasión, esta vez aparcando el Mesías y la Novena para dar paso a una celebración lírica de lógico y desigual resultado artístico, pero matrícula de honor sentimental.

El coro en una ópera permite dramatizar los sentimientos de un gran número de personas, organizados en grupos heterogéneos, que pueden ser cortesanos o gitanos, soldados o sacerdotes, invitados a fiestas y celebraciones, expresando en general el estado de ánimo de una multitud, según lo exija en cada momento la acción del título. El coro representa al pueblo, sus ansias y anhelos, y quienes mejor para hacerlo que la enorme cantidad, hasta cuatrocientas, de aficionados y aficionadas que anoche, también hoy y mañana, levantaron sus voces para dejarse acompañar por una Sinfónica motivada e inspirada en una sesión de enorme calado emocional.

La iniciativa tiene el acierto de convocar un gran número de personas en torno a la música, lograr llenos absolutos en las tres funciones, en parte gracias a familiares y amistades que acompañan a las voces debutantes, y generar así nueva afición a la Música. ¿Cuántos y cuántas se acercarían así, por primera vez, a la célebre cabalgada de Guillermo Tell, el canto del pueblo hebreo frente a la tiranía de Nabucodonosor o la Marcha triunfal de Aida? Esta multitud de voces hizo posible el milagro, y lo seguirá haciendo hasta el viernes, entre integrantes de coros de la capital y otras ciudades andaluzas, así como otras absolutamente primerizas, que desde octubre pasado han estado preparando esta velada tan especial y emotiva.

Cuatro grandes títulos de la ópera francesa e italiana


Lucas Macías, director titular de la orquesta, fue el encargado de dar forma a la suntuosa propuesta del gerente Jordi Tort, que con tan buen pulso está logrando la recuperación artística y económica de nuestra querida ROSS. Macías dirigió con ahínco y considerable brotes de energía la obertura de Carmen, una brillante introducción que nos llevó a un Le cloche a sonné entonado por los hombres con desigual fortuna y cierta sensación de caos, seguida por un más disciplinado y mejor entonado coro de cigarreras de la ópera de Bizet.

El intermezzo concebido por Massenet para la soprano californiana Sybil Sanderson, de quien quedó prendado por su talento y belleza, en la ópera Thaïs, permitió a la concertino Alexa Farré lucir sus espléndidas facultades, regalándonos una interpretación solista de enorme delicadeza y virtuosismo, magníficamente acompañada por un conjunto en el que nos pareció advertir muchos rostros nuevos, seguramente por las vacaciones estivales. Entre el público observamos a la violonchelista Nonna Natsvlishvili, muy atenta y emocionada en su primer concierto ajena a la plantilla tras su merecida jubilación.

Impecable resultó la escena con la que arranca la trama de Turandot, con el pueblo esperando la decapitación del príncipe persa tras errar en las adivinanzas de la terrible princesa china, cuya aparición provocó un derroche de belleza y sensualidad con la magnífica entonación de los inmersivos coros, acompañados por la delicada caricia de la orquesta, permitiendo así disfrutar en todo su esplendor de la exquisita partitura del gran Puccini. Acaso pudo resultar algo anticlimático la larga introducción de la obertura de Guillermo Tell, con su evocación de paisajes, tormentas y pastores, que Macías y la orquesta defendieron con enrome sensibilidad y buen gusto, especial mención a los solos de corno inglés y flauta, para en su tercio final generar el entusiasmo del público al son de los vibrantes acordes que hicieron célebre al Llanero Solitario.

Verdi, máximo representante de la voz del pueblo


Aunque se celebró sin pausa, pudo distinguirse claramente dos partes en esta cita musical, con Verdi protagonizando íntegramente la segunda. Nada hace presagiar escuchando el coro de gitanos de Il trovatore, el carácter lúgubre de esta ópera que explora el lado más oscuro del comportamiento humano, y que hombres y mujeres cantaron con tanto ahínco como brillante fue la aportación de la percusión en la muy entregada orquesta. Después llegó la emoción generosa del coro de esclavos hebreos en el templo de Jerusalén, de Nabucco, donde el pueblo aguarda su suerte en manos babilonias, muy trabajado a nivel dinámico, con resultados ciertamente sobrecogedores.

Para Las vísperas sicilianas, Verdi optó por el formato de Grand Opera francesa, no en vano se estrenó en París y en francés, antes de alcanzar mayor popularidad en su traducción al italiano. De este título opulento y ambicioso, que ilustra las revueltas del pueblo siciliano sobre sus opresores normandos, la ROSS ofreció su obertura, muy rica en orquestación y depurada emocionalmente, con una interpretación impecable y muy enérgica. Muy reciente en el foso del Maestranza, la marcha victoriosa de Aida, una monumental escena triunfal en la que el pueblo egipcio, la corte y el estamento religioso homenajean al ejército con gran riqueza épica, puso final al programa oficial, una vez más evidenciando el enorme esfuerzo desplegado por el coro amateur, y sus gratificantes resultados.

En las propinas, Macías anticipó el Réquiem de Verdi que sonará en los atriles de la ROSS en septiembre, en la que será su primera cita de la nueva temporada. Con una fuerza inusitada y apabullante, coro y orquesta se enfrentaron a su contundente Dies Irae, para terminar de forma más amable y dulce con la célebre Mazurca de las sombrillas de Luisa Fernanda, una pieza de Moreno Torroba que siempre causa sensación y una honda emoción, y ésta no fue una excepción. Un magnífico trabajo de coordinación de la maestra encargada de dar forma a tan numeroso coro, cuyo ensayo con la orquesta se ha limitado a apenas un par de sesiones, lo que da idea de la profesionalidad de todos y todas para lograr tanta complicidad.

Fotos: ROSS
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 5 de julio de 2026

EL ACIERTO EXPRESIVO DE PATRICIA ARAUZO

XXVII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Patricia Arauzo, piano. Programa: Sonata para piano nº 13 en si bemol mayor K.333, de Mozart; Sonata para piano nº 21 en si bemol mayor D.960, de Schubert. Sábado 4 de julio de 2026


Este año se cumplen doscientos setenta del nacimiento de Mozart, genio entre los genios e indiscutible fuente de inspiración para compositores venideros, que siguieron sus pautas e innovaciones de composición para adaptarlas a sus propios estilos. Entre ellos, destaca quizás Franz Schubert, para quien el de Salzburgo era un faro de luz que iluminó su propio camino creativo. La pianista arandina Patricia Arauzo, afincada en Sevilla, en cuyo Conservatorio Superior ejerce como catedrática de piano, hizo dialogar anoche a los dos compositores, y de paso marcar la diferencia que acusa en ambos el paso de casi medio siglo.

Como concertista, Arauzo es bien conocida de la afición sevillana, que ha podido disfrutar de su estilo disciplinado y competente en muchas ocasiones, tanto en recitales sueltos como en ciclos de distinta índole y estilo. También en las Noches del Alcázar se ha dejado sentir en varias ocasiones su pianismo, que anoche además contó con una visita inesperada en forma de fallo técnico que provocó intermitentes fogonazos desde lo alto de la arcada del Jardín del Cenador de la Alcoba, y unos puntuales apagones que dejaron indefensa a la pianista. Nada de eso le hizo desconcentrarse, manteniendo el tipo hasta el final, sin que la música acusara estos desagradables imprevistos, a los que se unieron los habituales cantos de las chicharras y los pavos reales.

Mozart forzado en estilo, logrado en expresividad

Arauzo atacó Mozart demasiado ensimismada en captar el estilo clasicista al que se adhiere, intentando que las teclas del piano sonaran lo más parecido posible, dentro de sus posibilidades, al fortepiano. Esto provocó un sonido seco, no precisamente áspero, pero sin vuelo lírico y forzado. Esto, en un autor cuya fluidez y aparente naturalidad son señas de identidad, se tradujo en una exhibición muy al contrario, forzada y atropellada, que contó con las temibles notas falsas y alguna imperfección técnica.

Por el contrario, Arauzo logró captar el espíritu de la Sonata nº 13, también conocida como Sonata Linz por haberse compuesto aparentemente en esa ciudad en 1783, conclusión a la que se ha llegado sólo recientemente después de estudios de diversa índole que no lograban ponerse de acuerdo sobre estos particulares.

El allegro inicial sonó juguetón y desenfadado, pero faltó esa agilidad referida. Sin embargo, no acertó la pianista en dotar al andante cantabile central de un mayor lirismo, evidenciándose en exceso su empeño en captar más el sonido que el estilo. Algo que corrigió en la propina, el adagio de la sonata precedente, dechado de emotividad gracias a relajarse y dejarse llevar por la belleza de los acordes, despreocupándose de la técnica. Para el allegro grazioso final optó por un estilo eminentemente concertístico, más fluido y gozoso que los movimientos anteriores, aunque igualmente atropellado.


Un Schubert entre delicado y vehemente

Durante mucho tiempo vista con recelo por considerarse demasiado larga y profunda, la Sonata nº 21 de Schubert es un prodigio de equilibrio entre tensión emocional y una sublime contemplación poética, lo que le convierte este último trabajo instrumental del compositor en una de las piezas para piano más respetadas de todo el Romanticismo. De todo esto se hizo eco la interpretación concentrada e interiorizada de Arauzo, que con una mayor relajación y mayor peso del pedal, logró deslizarse por sus preciosos acordes con gracia y talento.

Arrancó de forma delicada y, sin embargo, ya expansiva, introduciéndonos con acierto en un éxtasis contemplativo que no se rompió con los más vehementes acordes que le siguen, logrando una atmósfera de profunda solemnidad, seguida de una extrema tranquilidad emocional en el andante sostenuto, y una muy acertada volatilidad en el scherzo. En el movimiento final, con aspecto de ambigua danza húngara, alcanzó altas dosis de virtuosismo e intensidad emocional, con unos muy maleables y arqueados fraseos típicos de Schubert, que provocaron junto a su heroica resistencia ante los inconvenientes técnicos apuntados, el unánime reconocimiento del público.

Fotos: Actidea
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 4 de julio de 2026

AXABEBA CONVIERTE LA CURIOSIDAD EN ARTE

XXVII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Ángeles Núñez, canto y percusión. José Luis Pastor, cuerdas medievales. Programa: El legado cultural de Averroes. La España multicultural (canciones y danzas tradicionales tunecina, sefardíes, marroquí y árabe, y extraídas del Libre Vermell de Montserrat, las Cantigas de amigo de Martín Codax, las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, y los Carmina Burana).
Viernes 3 de julio de 2026


Lejos de perversidades como el concepto de prioridad nacional, nuestro país, como tantos otros, es el resultado de una enorme variedad de influencias culturales que vienen de antaño y se resisten a frenarse aún en nuestros días. Unas veces como invasores, otras como visitantes, la mayoría en busca de nuevas oportunidades que les permitan vivir y desarrollarse como seres humanos, nunca pararemos de recibirlos y, de paso, absorber su conocimiento y sabiduría, de la misma forma que ellos aprovecharán todo lo que puedan aquí para enriquecer su patrimonio artístico y cultural.

Trasladarnos al Medievo es lo que de alguna manera pretendieron Ángeles Núñez y José Luis Pastor en este exquisito recital en el que se alternaron piezas de muy distinta procedencia, evidenciando nuestra privilegiada posición en medio de culturas tan distintas que nos llegaron, y siguen haciéndolo, tanto del interior europeo como del norte africano, tantas veces sujetos a crítica, censura y represión.

Averroes como pretexto

Las Noches del Alcázar son desde siempre muy proclives a celebrar aniversarios. Una sana costumbre que este verano incluye el novecientos cumpleaños de Averroes, filósofo, médico, astrónomo, matemático y teórico cordobés que procuró armonizar sus teorías con el Islam, mostrándose también crítico con sus contradicciones. Conocido como Padre del Racionalismo, por sus comentarios y análisis del legado aristotélico, sufrió una ola fanática e integrista en el siglo XII en el que vivió, lo que provocó su destierro y muerte en Marrakech.

En este contexto, la voz y la percusión de Núñez, integrada por darbuka, panderos y sonajeros de tobillo, y la cuerda pulsada de Pastor nos guiaron por un fascinante viaje en el que plasmaron toda su curiosidad e inquietud para hacer lo que saben hacer tan bien, con tanto rigor, fuerza y convicción. Tanto es así que nos atrevemos sin pestañear a confirmar que lo que ayer disfrutamos en el Alcázar fue auténtico arte hecho música.


La exhibición arrancó con el ritmo sensual de una canción tradicional tunecina, y continuó con otra sefardí (Partos trocados), dejando clara la conservación de estas piezas gracias a la transmisión popular, lo que puede haber corrompido su aspecto inicial. Núñez mostró ya desde el principio una habilidad y delicadeza extrema para adaptarse a cada estilo con convicción y verosimilitud, además de controlar con profesionalidad cada lengua convocada, original, arcaica o más actualizada.

De su muy ornamentada pieza de introducción, pasó sin titubear al más austero turco, y después a un muy lírico Ad mortem festinamus, última de las diez canciones del Cançoner montserratí, una danza en forma de virolai, composición poética con varias estrofas con retorno, que la cantante entonó con aplomo y seguridad, y un timbre poderoso a la vez que sedoso, que ha ido ganando quilates con el tiempo. Vino después un fascinante instrumental, un extracto de la nuba Al-Istihlal, tradicional de Marruecos de ritmo repetitivo que Pastor recreó a la vihuela de rueda, con un sonido parecido al de la zanfoña.

Tras un paréntesis galaico-portugués extraído de las Cantigas de amigo del juglar gallego Martín Codax, con el que Núñez se lamentó de la ausencia de su amado, tal como se manifiesta en este pergamino Vindel, llamado así en honor a su descubridor, Núñez nos deleitó con una nana trágica, Nani nani, también de tradición sefardí, haciendo acopio de expresividad, extrema sensibilidad y una perfección en la entonación que llegó incluso a estremecernos. Por cierto, Pastor introdujo cada pieza con una capacidad divulgadora no al alcance de cualquiera, además de dominar con una maestría absoluta el laúd, la cítola y la referida vihuela.

Otro dancístico instrumental, una Estampida sobre la Cantiga de Santa María nº 42, precedió a las dos últimas piezas del programa, con Tempus transit gelidum de los cantos goliardos incluidos en los célebres Carmina Burana (cánticos del Monasterio de Beuern o Bura), también en perfecto estilo y consonancia con el resto de un programa que se completó con el canto trovadoresco Calenda maia y la rendición unánime del público. Repiten el día 1 de agosto.

Fotos: Actidea
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 3 de julio de 2026

PREDOMINIO DEL ROJO EN UN COLORIDO FIN DE TEMPORADA DE LA ROSS

Sinfónico 15. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniela Iolkicheva, arpa. Marina Heredia, cantaora. Lucas Macías, dirección. Programa: El Castillo de Almodóvar, de Turina; El amor brujo y El sombrero de tres picos, de Falla. Teatro de la Maestranza, jueves 2 de julio de 2026


Aunque todavía le queda por delante su concierto participativo, la ROSS despide ayer y hoy su trigésimo sexta temporada, con un emotivo adiós adicional a una maestra y dos maestros que se jubilan. Así, el concierto comenzó con una merecida ovación y ofrenda de flores a la icónica violonchelista Nonna Natsvishvili, que nos ha acompañado desde la formación de la orquesta en 1991, y los violinistas Marius Mihail Gheorghe Dinu y Alexandru Mihon. Les echaremos de menos, aunque darán paso a talentos de nueva generación que perpetuarán a buen seguro la excelencia alcanzada por nuestra querida orquesta.

Un trabajo de Turina poco divulgado, El Castillo de Almodóvar, apenas grabado y menos programado en concierto, encabezó una noche centrada en celebrar el año Falla, cuando se cumplen ciento cincuenta años de su nacimiento. Nada, ni el calor, ni las vacaciones de julio, ni siquiera la cita con la Roja en Los Angeles, impidió un lleno absoluto en el Maestranza, aunque precisamente por este último motivo se dejaron ver algunos huecos en la segunda parte del concierto. Un color, por cierto, que predominó en los atriles de la ROSS gracias a los atuendos de las dos solistas convocadas en su primera parte.

La sensacional arpista de la orquesta, Daniela Iolkicheva, que comparte con Natsvishvili haber integrado la plantilla desde sus inicios y no reflejar físicamente su veteranía, se encargó de dar forma a una pieza concebida como trabajo pianístico, más tarde ejercicio de orquestación del que el compositor sevillano salió bastante bien parado. Se trata de una sofisticada pieza que acusa en su primer movimiento, Silueta nocturna, para nosotros el más conseguido, una fértil sensualidad, fruto de la influencia impresionista de la época, adobada con un sentido del color, la melodía y la armonía del que la solista se hizo eco sin aparente dificultad.

Poseedora de una depurada técnica y una musicalidad extrema, Iolkicheva despachó la pieza acariciando las cuerdas con la elegancia y la delicadeza que le caracteriza, mientras Lucas Macías a la dirección arropó con considerable calidez expresiva. Lástima que Evocación medieval, el segundo movimiento, se muestre más irregular, con momentos mal resueltos junto a otros más inspirados, nada de lo cual afectó a la excelencia interpretativa de solista y orquesta. A plena luz, el tercer movimiento, se reveló como una combinación de los otros dos, tan cálido y sensual como el primero, y apoteósico como el segundo, dando pie a uno de los momentos más bellos de la partitura, el solo de Iolkicheva respondido por el eco de la segunda arpista. Una gran ovación evidenció la admiración, el cariño y el respeto que le profesa la afición.

Dos grandes Fallas en un solo concierto

Son muchas las ocasiones en las que la ROSS se ha enfrentado a los dos grandes ballets del compositor gaditano, la mayoría de las veces con gran acierto. Pero no recordamos ninguna en la que confluyeran en un mismo programa los dos juntos. Para el primero, el archiconocido El amor brujo, se contó con la cantaora del momento, Marina Heredia, con quien además el próximo mes de octubre la orquesta protagonizará una de las citas de la Bienal de Flamenco. El aperitivo de anoche, que se repite hoy, se saldó sin sorpresas en cuanto a la colaboración vocal, amplificada y en la línea habitual con la que se despacha la obra cuando la afronta una voz flamenca en lugar de su alternativa de mezzosoprano.


Macías, sin embargo, pareció buscar tan denostadamente la delicadeza y la elegancia en la partitura, que apenas alcanzó a ofrecer una lectura mortecina, de colores pálidos, sin fuerza ni garra, a pesar del empeño de la cantaora, poseedora de un hermoso y poderoso timbre y una perfecta entonación, así como una fuerza desgarradora exenta de efectismos fuera de lugar. Hemos disfrutado mejores prestaciones de la ROSS en anteriores ocasiones en las que ha interpretado la famosa pieza, incluida una Danza del fuego que en esta ocasión se nos antojó algo meliflua. No obstante, cabe destacar el aplomo y el respeto con que la batuta acompañó los momentos cantados y recitados de la partitura, procurando marcar la expresividad y el lirismo de cada aportación.

Mucho mejor resultó la lectura del director onubense en El sombrero de tres picos. Aquí no pareció buscar esa dignidad mal entendida de la pieza anterior. Por el contrario, se decantó por acentuar la inusitada comicidad y la atmósfera alegre y desenfadada de la primera parte, con un trabajo depurado y muy en consonancia de la orquesta, esta vez acompañada de una fuerza arrolladora y un trabajo excepcional de la percusión, sin dejarse llevar en ningún momento por una emoción  exacerbada que impidiera paladear la pieza con la gracia y la elegancia que también merece.

Pero fue sobre todo la segunda parte, dividida fundamentalmente en el lirismo relajado de la Danza de los vecinos, y el ritmo trepidante, festivo y colorido de las del molinero y final. Todo un dechado de fuerza apasionada, sin sobrepasar límites que nos dejaran una sensación de saturación nada apropiada a la gramática sensible y depurada de un autor que marcó nuestra significativa aportación a la música clásica del siglo XX, y de cuyo sonado aniversario se hacen eco también otras iniciativas, especialmente las Noches del Alcázar.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 23 de junio de 2026

LA FUERZA ARROLLADORA DE LA CONJUNTA

Concierto #5 de la temporada 2025-2026 de la Orquesta Sinfónica Conjunta US-CSM Manuel Castillo. Pablo Biruk Abad, violín. Juan García, dirección. Programa: Concierto para violín nº 4 en Re mayor, K. 218, de Mozart; Sinfonía nº 6 en La mayor A. 106, de Bruckner. E.T.S. Ingenieros, lunes 22 de junio de 2026


La Sinfónica Conjunta despidió su décimo quinta temporada de conciertos con el verano recién estrenado, arropada por su incondicional y entusiasta público, y con la justa dedicatoria al director del Conservatorio Manuel Castillo, Israel Sánchez López, que en breve dejará el cargo, tras haberse erigido en uno de los principales pilares de apoyo a tan sensacional iniciativa.

Siempre hemos destacado como uno de los principales atractivos de esta joven orquesta, los programas diseñados por su titular, Juan García. Constituyen a menudo la única oportunidad que tenemos en nuestra ciudad de enfrentarnos a páginas tan insignes como las que en esta ocasión ocuparon los atriles de la orquesta. Se trató de dos atrevidas propuestas, la de Mozart por la ligereza implícita en su música, aderezada con una intervención solista de auténtica responsabilidad y enjundia. Y la de Bruckner por la espesura de su arquitectura y la fuerza arrolladora de su gramática.

Un joven violinista con un estilo personal

García arrancó el Concierto nº 4 para violín de Mozart evidenciando ya en el largo preludio orquestal del allegro inicial algunas deficiencias de cohesión y ensamblaje, especialmente en una cuerda aguda a la que costó en todo momento sintonizar con el resto del conjunto, mejor entonado. La notable reducción de efectivos tendría que haber permitido una mayor ligereza que la percibida en una página que se nos antojó algo densa, no obstante destacar el notable trabajo del joven solista Pablo Biruk Abad, primer premio en el Concurso Solista 2025 del Conservatorio Manuel Castillo. Ya desde el principio demostró virtuosismo y dominio técnico, con una interpretación un tanto personal, plagada de trinos, arpegios y notas picadas, a pesar de poseer un sonido a nuestro juicio algo estridente y poco pulido, sin duda presto a mejorar conforme acumule experiencia y esfuerzo.

Faltó un mayor desarrollo melódico y poético en el andante central, no obstante la evidente cantabilidad del solista, sin interrupciones, alcanzando una discreta melancolía en sus acordes finales. Biruk se  mostró saltarín y decididamente alegre en el rondó final, alternando sus pasajes más líricos con los más atrevidos, siempre bajo un control absoluto, y arropado por un conjunto en el que ya pudo atisbarse el excelente trabajo de maderas y metales, aún su discreta participación en esta rupturista y aparentemente desenfadada página del genio salzburgués.


La fascinación de Bruckner

Son pocas las ocasiones que tenemos en Sevilla de disfrutar de la música de Bruckner. Gracias a la Conjunta, hemos escuchado sus sinfonías nº 8 en 2012 y la nº 2 en 2015. El año pasado sonaron en la Catedral Aequelis y algunos motetes. La OJA nos ha brindado las sinfonías números 4 y 7, mientras ésta volverá a los atriles de la ROSS la próxima temporada. La sexta es posiblemente una de las que menos se programan del compositor austriaco, y sólo desde hace relativamente poco. Se trata sin embargo de una de las páginas de las que debió sentirse más satisfecho, a juzgar por la ausencia de revisiones que sufrió, algo habitual en su catálogo. Pero atesora multitud de ideas sorprendentes y atractivas, de las que el conjunto liderado por García supo hacerse eco de forma tan inteligente como disciplinada.


Dirigida con mucho ímpetu rítmico y tonificante, exige una amplia reflexión y análisis antes de abordarla, dándole aire a sus felices ideas para que respiren sin presión ni prisas. Debe abordarse además sin pesadez ni rigidez formal, con fluidez y luminosidad, y todo eso lo consiguió milagrosamente un conjunto tan novel y poco experimentado. Una de esas proezas a las que nos ha acostumbrado esta magnífica orquesta cuyos integrantes, por propia definición, cambian cada temporada.

Sólo el adagio y el scherzo se estrenaron en vida del compositor, encargándose Mahler de la dirección de la sinfonía completa en Viena en 1899, tras someterla a numerosos recortes. Disfrutarla así, en todo su esplendor y con la complicidad unánime de la frondosa plantilla, más de ochenta jóvenes sobre el escenario, fue un privilegio del que salimos bastante satisfechos, lo que no es decir poco a juzgar por la complejidad de la partitura. De hecho, para Bruckner era Die Keckste, la más descarada de sus sinfonías.

La cuerda grave volvió, sin embargo, a evidenciar ciertas carencias de tono y cohesión, especialmente en la zona aguda, a menudo destemplada y hasta estridente, mientras en la grave exhibió un sonido más puro y aterciopelado. Fueron las demás secciones las que desempeñaron un papel ejemplar, empezando por una cuerda grave de considerable cohesión, especialmente relevante en los fulgurantes contrabajos, atacados con tanta vehemencia que aportaron un enorme peso al conjunto.


Las maderas hicieron un trabajo formidable, sobre todo los solos de oboe, que tan majestuoso sentimiento elegíaco aportan en el conmovedor adagio. El trabajo del timbalero fue en todo momento magistral, medido y elegante sin sacrificar espectacularidad. Los metales brillaron en todo su esplendor, desde el fulgurante scherzo, plagado de pausas y cambios de registros resueltos con una maestría extraordinaria, y continuando con su importante contribución en el finale. En general, llegó a alcanzarse un clima fantástico y legendario, intenso y poderoso. A ver qué nos depara la próxima temporada. De momento, agradeceríamos que se anticipara su programa de forma global y no por sorpresa, como viene ocurriendo en las últimas temporadas.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía