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lunes, 25 de mayo de 2026

LA FSO DIBUJA Y CABALGA EN VALENCIA


Tenemos la sensación de que, a pesar del ya largo recorrido de esta orquesta valenciana y el rigor y la precisión con la que abordan sus atractivos programas, celebrados por la afición con llenos absolutos y giras que ninguna otra orquesta nacional se ha atrevido jamás a emprender, la crítica profesional, seria y comprometida, no le presta la atención que merece. Nosotros, ya sea porque nos iniciamos en este apasionante mundo de la música sinfónica a través de las grandes bandas sonoras del Hollywood clásico y ochentero, o porque hemos sido capaces de apreciar la notable evolución experimentada por Constantino Martínez-Orts y estos, en su mayoría, jóvenes músicos, siempre hemos seguido de cerca los conciertos que la formación ha celebrado en Sevilla. Este año, por motivos estrictamente personales, se nos ha escapado su habitual concierto en Fibes, celebrado el pasado 16 de este mes. Así que nos hemos ido a Valencia, donde el mismo programa, que ya se había tocado también allí, se repitió el pasado sábado día 23 de mayo.

De paso, tuvimos la oportunidad de disfrutar de otro programa que sólo se ha interpretado en Madrid, en cuyo Auditorio Nacional se estrenó el 10 de abril, y volverá a hacerlo en Gijón y Valladolid el próximo mes de junio. Son programas especiales que no van de gira ni se graban para su consumo doméstico, pero que reportan tanta satisfacción como el resto, como pudimos comprobar en esta doble función del pasado fin de semana.

La música, ingrediente fundamental del cine de animación

Toon Story, el programa con el que este año han recorrido toda la geografía ibérica, es un repaso por algunas de las bandas sonoras más icónicas del cine de animación, aunque Martínez-Orts siempre busca su repertorio en aquellas que, con alguna excepción, se estrenaron en las tres últimas décadas. Es la época que entronca con los que siendo de la misma generación, crecimos admirando a los grandes autores del Hollywood moderno, como Goldsmith, Horner, Elfman, Shore... y, por supuesto, John Williams.

Para mí, volver a escuchar música de cine en el Palau de la Música del antiguo cauce del Turia, uno de los mejores, más atractivos y variopintos parques de cuantos conozco, fue como volver a aquella juventud en la que hacía mis primeros pinitos escribiendo sobre música de cine en una revista especializada de idéntico y genérico título, Música de Cine, que se editaba precisamente en esa ciudad en la que ahora descansa también mi corazón. Fueron aquellos primeros noventa del pasado siglo, en los que la revista organizaba en colaboración con la Mostra unos congresos de música de cine cuya guinda la ponía el compositor invitado de turno, que junto a la Orquesta de Valencia nos deleitaba en ese templo de la música.


Con el rigor y la fidelidad a las partituras originales que les caracteriza, los y las integrantes de la Film Symphony Orchestra repasaron estos títulos icónicos del Disney recuperado tras La sirenita, aunque precisamente esta película no figurara en el menú. Junto a éstos, algunos otros de Dreamworks, Ghibli, Fox, Pixar y Aardman. Destaca el trabajo, siempre respetuoso y agradecido, con el que ensamblan temas para lograr acertadas suites que repasan todo el material dramático y musical de las películas en los atriles. Es el caso de Pesadilla antes de Navidad, cuya sensacional banda sonora de Danny Elfman fue recorrida de principio a fin sustituyendo con acierto algunos de los pasajes cantados por arreglos instrumentales, mientras otros, Qué es y El lamento de Jack, fueron eficientemente vocalizados por, si no nos equivocamos, Toni Dublet.

Esta misma estrategia se mantuvo con la música de John Powell para Cómo entrenar tu dragón, incluidos unos festivos acordes celtas perfectamente en estilo reproducidos por la entusiasta plantilla. De igual forma, la banda sonora de Harry Gregson-Williams y el propio Powell para Shrek, sin olvidar las excelentes suites generadas a partir de la música de Alan Menken para Aladdin y Pocahontas, con las habituales intervenciones de la sevillana Anaís Sancruz.

A diferencia de Fibes, en el Palau la orquesta no necesita amplificación, lo que nos permite disfrutar del sonido natural de los instrumentos, incluido el aterciopleado y perfectamente fraseado violín de la concertino Amanda Ochoa en el precioso Oogway Ascends de Hans Zimmer para Kung Fu Panda, y el no menos emotivo tema de Joe Hisaishi para La princesa Mononoke. Divertidísimo el tema de Chicken Run, de nuevo con Powell y Gregson-Williams a la composición, incluyendo ese punto gamberro que jalona la partitura. Disfrazado de Woody, el vaquero de Toy Story, Dublet entonó un delicioso Hay un amigo en mí de Randy Newman. De su primo David pudimos escuchar un medley de Ice Age, y de Stephen Flaherty la emocionante pero algo pomposa Dime dónde vas (Journey to the Past) de Anastasia, también con arreglos orquestales de David Newman.

Otras dos sensacionales suites con la música de Hans Zimmer para El rey león, y la de Menken para La bella y la bestia, tema principal cantado y bailado por Sancruz y Dublet, pusieron punto final al concierto, antes de la propina, Los Simpson de Elfman, con las voces del público colaborando en su arranque. Pero no podemos dejar de alabar la facilidad con la que esta orquesta de jóvenes se adapta a cualquier género, ya sea el swing de Los increíbles (Michael Giacchino) o el mickemousing cargado de aliento jazzístico y muy en estilo del Hollywood de los treinta y cuarenta, recreando los trabajos ilustrativos de Scott Bradley para los cortos de Tom y Jerry... puro delirio sazonado con escenificaciones cómicas de los atareados percusionistas.

Debemos destacar además la conveniencia de programas como éste, destinados a niños, niñas y familias. No hay mejor manera de crear nueva afición, y la verdad es que en general los y las más pequeñas se portan muy bien, sobre todo cuando perciben como nadie que lo que escuchan tiene calidad, ni aburre ni cansa.


Spaghetti y western clásico, sin distinción

Al día siguiente, domingo 24, los y las músicos se disfrazaron de personajes del salvaje oeste, cowboys, indios e indias, para ofrecernos un emocionante recorrido por algunas de las más icónicas bandas sonoras del género. Martínez-Orts, por su parte, abandonó la levita de Neo por la del juez Wyatt Earp. Y juntos nos regalaron una tarde de sensaciones, recuerdos, acción y disfrute a raudales. Un recorrido que arrancó con los títulos iniciales de La conquista del oeste, del patriarca de los Newman, Alfred. Continuó con el arreglo de concierto que hizo John Barry para Bailando con lobosensamblando el tema de John Dunbar y la llegada a Fort Sedgwick. El propio Wyatt Earp estuvo presente con una preciosa suite de la película de igual título de Lawrence Kasdan con música de James Newton Howard, incluido el irrepetible tema de la boda, y la suite con los títulos finales de Tombstone, con música de Bruce Broughton, también presente en Silverado, de nuevo con el tándem Kostner-Kasdan, y toda la espectacularidad que fue capaz de recrear la FSO.


No podía faltar Los siete magníficos, con una suite inédita que aprovecha el sensacional arranque de la película con la suite de concierto que el propio Elmer Bernstein creó para interpretarla junto a la Royal Philharmonic Pops Orchestra. Tampoco cabía excluir la excelente banda sonora de Dimitri Tiomkin para El Álamo, en forma de amplia suite encadenando la obertura, Degüello, una sensacional aportación del trompetista Rubén Zaragoza García, y el apoteósico final. Dos partituras que compitieron aquel mismo año de 1960 por un Oscar que finalmente se llevó Ernest Gold por Éxodo. Con Espartaco de Alex North también en la terna de las nominaciones, no cabe duda de que fue un año extraordinario para la música de cine.

Ennio Morricone, por supuesto, tuvo un amplio recuerdo, dejando claro a través de los temas de la trilogía del dólar cómo en Por un puñado de dólares el italiano se inspiró en Tiomkin para su solo de trompeta, que la versatilidad de los y las integrantes de la orquesta les permite incluso emular con éxito a las voces de I Cantori Moderni di Alessandroni, que el solista silbador hizo un excelente trabajo, y que Sancruz puede recrear con éxito la voz de la soprano Edda del'Orso en El éxtasis del oro de El bueno, el feo y el malo. También ella sacó a relucir sus aptitudes en el bellísimo tema de Jill de Hasta que llegó su hora. Con la amenazante partitura de Los odiosos ocho, se completó este obligado homenaje a las imprescindibles aportaciones de Morricone al género.


Toni Dublet fue también en esta ocasión el encargado de entonar las canciones programadas para la ocasión, Do Not Forsake Me Oh My Darlin' de Solo ante el peligro y la televisiva Rawhide, ambas de Tiomkin. Mientras el oeste más épico y grandioso quedó perfectamente reflejado en unas impecables versiones del tema principal de Horizontes de grandeza de Jerome Moross, y la obertura de concierto de Los cowboys de John Williams. Como propina, el nostálgico tema de Bonanza, de los creadores de éxitos Ray Evans y Jay Livingston, y el tradicional saludo final con Cantina Band, terminando así otra tarde inolvidable al son de la orquesta española más cinéfila. Entre las próximas citas, un especial Halloween con música de cine de terror, en Valencia, y Odisea, un repaso por algunos de los títulos más épicos de los últimos treinta años, en gira.

Fotos: Luis Pascual Alcaide

sábado, 23 de mayo de 2026

RÁTH CONJUGA UNIDAD Y DIVERSIDAD EN UNA SEXTA DE MAHLER PORTENTOSA

Sinfónico 14. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Sinfonía nº 6 en La menor “Trágica”. Teatro de la Maestranza, viernes 22 de mayo de 2026


Recién presentada tanto la nueva temporada de la Sinfónica como la del Maestranza, y con la emoción todavía presente ante la confirmación del nivel de excelencia que merece una ciudad del calibre de la nuestra, nos enfrentamos a un programa sensacional de la ROSS. A la dirección, uno de sus directores más queridos y de los que mejor la han entendido, György Györivanyi Ráth. En los atriles la Sexta de Mahler, posiblemente su obra sinfónica más compleja y perfecta, y desde luego una de las más serias tanto en la regularidad de su estructura como en su dimensión trágica. También en mayo, pero de 2013, tuvimos ocasión de escucharla en manos de Pedro Halffter, aunque siguen siendo la Primera y la Cuarta las más frecuentadas por nuestra orquesta, seguidas de la Quinta y la Novena.

Cogerle el punto ha sido siempre uno de los mayores enigmas de la Música, pues bajo la apariencia de unos temas melódicos felices y distendidos, se esconde la sempiterna lucha entre la vida contemplativa y la mera supervivencia, terminando en una auténtica batalla campal de la que es difícil hacerse eco si no se tienen las ideas tan claras como las tuvo el maestro húngaro. Toda una desesperada aventura a vida o muerte que le proporciona ese carácter indómito que tan bien supo reflejar el director con la inestimable ayuda de una orquesta impecable, tan disciplinada como brillante en todas sus secciones.

Destacaron quizás los refulgentes metales, con aportaciones magistrales de trompas y tuba, pero también de trompetas y trombones, así como la rica percusión, destacando esas campanas de rebaño que desde bambalinas recrean la apacible vida campestre que sirve como último refugio al atormentado protagonista de la función. Merece mencionarse también esos martillazos directamente importados del Olimpo con los que el tercer movimiento avisa del inefable destino que aguarda tras el caos y la destrucción. Pero no podemos olvidar el papel fundamental de la cuerda, responsable de los momentos más líricos e inspirados, y que la concertino, Alexa Farré, llevó por muy buen camino, generando tantas texturas como registros emocionales, todos de hondo calado estético y poético.


Una interpretación colosal

Esta descomunal catedral de la música arrancó con la marcha enérgica del allegro inicial y las habitualmente magníficas prestaciones de la cuerda grave, sobre todo los contrabajos. El acierto de Ráth consistió en lograr dar unidad a una pieza en la que abundan los cambios de registro, la fecundidad melódica y la alternancia entre acordes furiosos y otros más líricos y amables. El director acertó también en intercambiar el scherzo y el andante, situando éste como segundo movimiento, una práctica a la que renunció Mahler tras las primeras audiciones de la obra. Permitió así respirar después del carácter marcial del primer movimiento, sin seguir por los mismos derroteros, como así sucede en el scherzo.

De esta forma, el andante supuso un soplo de aire fresco, un alivio, henchido de pureza y nobleza, para proseguir de nuevo con la manifestación apabullante y salvaje del tercer movimiento, destacando unas maderas precisas e incisivas. Este intercambio fue también una manera de dotar de mayor equilibrio a la sinfonía, provocando que la pausa entre el segundo y el tercer movimiento se situase en el centro exacto de la obra. Así, llegamos al largo allegro conclusivo preparados para la gran apoteosis final, con vientos, arpa y celesta sumergiéndonos en un clima trágico.

Una conclusión si duda grandiosa, precedida de una introducción y una coda que enmarcan diversos temas que se escuchan casi aislados pero entrelazados, hasta cierto punto cohesionados gracias al talento y la habilidad de su director, y la brillantez de todas las familias orquestales, que debieron ensayar lo suyo, sobre todo teniendo en cuenta esos refuerzos menos acostumbrados a las dinámicas de trabajo de la orquesta. A la salida, nos informaron que Alain Lombard grabó esta sinfonía con la ROSS hace tiempo, pero a pesar de los, al parecer, excelentes resultados, quedó almacenada sin fecha de publicación.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 22 de mayo de 2026

TRIO WANDERER, INGENIEROS DEL SONIDO

Trio Wanderer. Jean-Marc Phillips-Varjabédian, violín. Raphaël Pidoux, violonchelo. Vincent Coq, piano. Programa: Trío con piano en sol menor Op. 3, de Chausson; Tristia S.723, de Liszt; Trío con piano nº 1 en re menor Op. 49, de Mendelssohn. Espacio Turina, jueves 21 de mayo de 2026


La fama y el prestigio de los franceses Trio Wanderer les preceden prácticamente desde que siendo estudiantes del Conservatorio de París lo crearon en 1987. Ayer debutaron en Sevilla, y aunque la respuesta del público no fue todo lo generosa que debía, apenas llenando la mitad de la sala, quienes asistieron pudieron comprobar la excelencia de su música y las exquisitas formas de su interpretación. El Espacio Turina se acerca así al final de otra gloriosa temporada, encadenando figuras de prestigio como la del barítono inglés Simon Keenlyside el pasado fin de semana, y ahora este célebre e imprescindible trío.

Con la formación intacta desde que en 1995 Jean-Marc Phillips-Varjabédian sustituyera a Guillaume Sutre, el conjunto cuyo nombre se inspira inequívocamente en la famosa fantasía schubertiana, inició su esperada andadura sevillana con una pieza que les acompaña prácticamente desde sus inicios, y que tienen debidamente registrada en el sello K617, el Trío en sol menor Op. 3 de Chausson. La admiración del compositor por Wagner y su influencia de César Franck se advirtió ampliamente en una interpretación cargada de furia y agitación.

Con excepción de su famoso Poema, su catálogo, jalonado de piezas de enorme interés, no suele programarse, por lo que la ocasión revistió un doble interés. El hecho de que Chausson transcribiera los cuartetos de Beethoven a temprana edad, le hizo descubrir un mundo de sueños e ilusión que supo trasladar al pentagrama, y los intérpretes hacérnoslo llegar. Ya en su introducción (Pas trop lent) pudimos atisbar el músculo de Raphaël Pidoux al violonchelo, seguido en el Animé del protagonismo elegíaco del violín y la agitación controlada de Vincent Coq al piano.

El teclado se mostró vigoroso y locuaz en el scherzo, siempre bajo esa compenetración perfecta que permite la consolidación de estilo y la colaboración cultivada durante tantos años. En el adagio (Assez lent) el tono se hizo sombrío y la armonía ambigua, derivando en pura poesía en manos de tan consumados maestros. Así, hasta llegar a la intensidad de ritmo y espíritu del scherzo final (Animé), puro frenesí y aceleración, tan abrumadora como decibélica.

Tristia es la adaptación, sumamente inventiva como se puede apreciar ya desde la misma introducción, de la sexta pieza del primer libro, dedicado a Suiza, de la colección para piano Años de peregrinaje. Se trata en concreto de La Vallée d’Obermann, y surge de la iniciativa de Edward Lassen, alumno de Liszt, que hizo el primer arreglo, seguido de los propios ajustes del autor de la Rapsodia húngara. De las tres versiones, ésta, la tercera, es la más divulgada. El Wanderer tradujo la atmósfera atormentada y melancólica del original con texturas ricas y densas, lográndose en conjunto una sensación de zozobra aún mayor de la que contiene la obra para solo piano.


Un Mendelssohn descomunal

Pero fue quizás en la sensacional interpretación del Trio nº 1 en re menor Op. 49 de Mendelssohn, donde nos hicimos eco de la habilidad de cada uno de los integrantes del trío para lograr un sonido tan impecable, con gradaciones acústicas tan depuradas e intencionadas que parecían fruto del trabajo de un maestro de la tecnología, un ingeniero de sonido tan atento y aplicado como para mejorar aún más el sonido natural de los instrumentos y sus concertistas.

Tras los pertinentes retoques de la parte pianística para adaptarse a las nuevas corrientes inauguradas por Chopin y Liszt, este trío acabó considerándose una obra maestra en la línea de los de Beethoven o Schubert. El Wanderer ofreció de él una lectura sobrenatural, apasionada y hasta cierto punto desmelenada, siempre bajo el control que permite la sabiduría y la experiencia, como ya pudimos atisbar en el allegro inicial. El virtuosismo del piano, la carnosidad del violonchelo y el fraseo impecable del violín, lograron una interpretación de un lirismo inusitado.

El andante, traducido en toda una romanza sin palabras, resultó tan amable como distendido, sin despreciar ese toque patético que caracteriza su parte central. La habitual atmósfera inquieta y ensoñadora de Mendelssohn asomó sin prejuicios en un scherzo de dimensiones casi sinfónicas, con el piano cabalgando alegremente y a discreción. Acabó tan brillante y apasionado como el resto, exhibiendo esa grandeza y musculatura que los persiguió durante toda la interpretación de tan excelsa, melódica y lírica partitura.

Fotos: Luis Ollero
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 20 de mayo de 2026

RESONANCIA CON ÍMPETU JUVENIL

Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Resonancia, quinteto con piano: Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella, violines. Salomé Osca, viola. Lourdes Kleykens, violonchelo. Álvaro Mur, piano. Programa: Quinteto para piano y cuerdas en sol menor Op. 57, de Shostakóvich; Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor Op. 44, de Schumann. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 19 de mayo de 2026


A poco de dar comienzo su tradicional Festival de Primavera, Juventudes Musicales de Sevilla puso ayer tarde broche de oro a su programación en colaboración con el Teatro de la Maestranza, a través del ciclo Alternativas de cámara. Y lo hizo con muy buena nota, echando mano de un conjunto de raíces fundamentalmente levantinas, integrado por cinco estupendos solistas con una envidiable trayectoria a sus espaldas, a pesar de su evidente juventud. El pianista ceutí Álvaro Mur ya dio buenas muestras de su calidad técnica y artística en otro concierto auspiciado por la entidad sevillana hace exactamente cinco años, en plena pandemia, con la Sinfónica acompañándole en la sala principal del Maestranza.

En los atriles, dos monumentos indiscutibles de la música de cámara, separados por un siglo pero conectados por un lenguaje inequívocamente romántico, con las particularidades lógicas del paso del tiempo, evidentes en la página de Shostakóvich. Dos partituras henchidas de fuego y pasión, ideales para poner en práctica el ímpetu juvenil del conjunto, que extrajo de sus fuerzas y altas capacidades todo un arsenal de recursos tanto para complacer a un público generalista como a los paladares más exquisitos y exigentes.

El carácter crispado de Shostakóvich

El Quinteto Op. 57 de Shostakóvich, estrenado por el propio autor junto al Cuarteto Beethoven, el mismo que divulgó su amplio catálogo de cuartetos, mantiene en todo momento un regusto neoclásico y una visible admiración por la gramática bachiana. Mur arrancó con fuerza y decisión, empleándose ya a fondo con el extremo agudo del teclado, del que a menudo extrajo acordes deliberadamente estridentes, sin duda afines a la desesperada expresividad del autor, pero carentes de ese punto de discreción y sutileza con las que éste conducía su atronadora exasperación con cierto disimulo.

Ejemplares fueron las prestaciones de Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella a los violines, mientras Salomé Osca a la viola y Lourdes Kleykens al violonchelo, ejemplificaron a la perfección la alternancia de voces y sucesivos relevos que caracterizan el preludio. Kleykens llevó a cabo un trabajo carnoso y profundamente melodioso, mientras Osca impregnó de lirismo la página. Hubiéramos deseado una atmósfera más fantasmagórica al inicio de la inquietante fuga, no obstante se lograra entre todos y todas una concentración contrapuntística de intensa carga emocional.

Tras un agitado y ovacionado scherzo central, si acaso un pelín carente de ironía y mordacidad, la compenetración entre el piano y la cuerda continuó funcionando en el intermezzo, algo por debajo sin embargo de esa tensión y sensación de soledad que apunta. Sus continuos y extremos cambios de registro se hicieron más patentes en el juguetón final, una intensa y ardua alternancia de sonrisas y lágrimas que los intérpretes llevaron a buen puerto, aunque sin la crispación que demanda tan compleja y comprometida página.


La intensidad emocional de Schumann

La segunda propuesta de la tarde nos llevó a los orígenes del género, con el primer quinteto con piano considerado indiscutible obra maestra, el que compuso Schumann en un momento feliz de su vida, consagrado a su pasión por la música y su amor incondicional por su esposa Clara, a quien dedicó esta pieza en la que el piano tiene tanto protagonismo, con resortes casi concertantes. Esto implica que sólo un solista competente puede acercarse a ella con garantías de éxito, y Mur demostró que lo es, manteniéndose firme y entusiasta en su prácticamente ininterrumpida intervención.

La vitalidad del allegro inicial quedó manifiesta en la calidez y la intensidad emocional con la que el quinteto lo abordó, reflejando sus continuos cambios de ánimo de manera tan arrebatada como llena de ternura. El conjunto resolvió con brillantez su contenida marcha fúnebre, ahondando en su carácter trágico salpicado de puntuales y gozosos estallidos de esperanza, y manteniendo en todo momento una muy saludable homogeneidad de timbre.

También entre lo lírico y lo fogoso prosiguió el scherzo, hasta llegar a un allegro ma non troppo final síntesis de la gramática schumanniana que los cinco intérpretes entendieron a la perfección, logrando una sintonía y una uniformidad sólo al alcance de los conjuntos más maduros y experimentados.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 8 de mayo de 2026

LA ROSS A LOS PIES DE UN PRODIGIOSO DANIEL LOZAKOVICH

Sinfónico 13. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniel Lozakovich, violín. Marc Albrecht, dirección. Programa: Concierto para violín y orquesta en Re mayor Op. 61, de Beethoven; Sinfonía nº 1 en do menor Op. 68, de Brahms. Teatro de la Maestranza, jueves 7 de mayo de 2026


Muchas veces nos preguntamos si el director de turno se pliega a las condiciones del solista, convirtiéndose éste en verdadero instructor de la interpretación, al que adaptarse la batuta y con ella la totalidad de la plantilla orquestal. En ocasiones como la de ayer se puede constatar esta particularidad, sobre todo cuando la forma de abordar una pieza y otra del programa es tan distinta, según haya o no participación del solista invitado.

Éste era en esta ocasión una estrella en su género, Daniel Lozakovich, un joven violinista de carrera fulgurante y características extraordinarias desde muy temprana edad, lo que le ha convertido en uno de los más solicitados por las más prestigiosas batutas y conjuntos. Nos complace tanto que la Sinfónica pueda contar con un nombre así en su temporada, que nos planteamos una y otra vez si la poca entusiasta reacción que provocó en nosotros responde a factores ajenos a una atenta escucha, la que sin duda brindamos a su particular comparecencia junto a la ROSS.

En el programa, dos partituras muy frecuentadas por ésta y otras orquestas en nuestra ciudad en los últimos quince años. El concierto de Beethoven lo interpretó Michael Barenboim junto a la West-Eastern Divan y su padre en 2019, mientras la OJA tuvo al alcalareño Javier Comesaña como solista en abril de 2024, sólo dos meses después de que Sergei Dogadin lo interpretara junto a la ROSS y Marc Soustrot.

Por su parte, la primera de Brahms ha sido interpretada hasta cuatro veces por la ROSS en este periplo, con Rodrigo Tomillo en febrero de 2021, Soustrot en 2022, John Axelrod en 2017 y un memorable Pedro Halffter en 2011. Además, la escuchamos con Oksana Lyniv y la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd hace apenas año y medio, en un concierto en el que curiosamente el hijo de Daniel Barenboim interpretó el concierto de Mendelssohn.

Se trata sin embargo de dos piezas tan perfectas, magistrales, que no nos cansamos de disfrutarlas en casa o en compañía, con la estimulante sensación del directo, y esta vez el aliciente añadido de un comportamiento prácticamente ejemplar del público.

Una ambiciosa lectura del Concierto de Beethoven

Habitualmente considerado un soplo de felicidad y un poema amoroso, el de Beethoven sigue siendo hoy el más admirado de cuantos conciertos se han escrito para el violín, exigiendo altas dosis de virtuosismo y expresividad. Ambas condiciones las reúne de sobra el joven violinista sueco Daniel Lozakovich (el apellido le viene por su padre bielorruso), pero utilizadas acaso con ciertos aires caprichosos y un gusto estético que a nosotros nos ha parecido discutible.



Es cierto que nunca como en esta pieza la orquesta ha de plegarse ampliamente al discurso del solista, pero en esta ocasión encontramos incluso excesiva esa sumisión que acabó provocando nuestro desinterés en los dos amplios primeros movimientos, generándonos más dispersión que concentración. Ejemplares fueron las aportaciones de clarinetes y fagotes en el allegro inicial. Sin embargo, la aportación del violín miró más a su propio ensimismamiento que a potenciar la belleza melódica.

No podemos negar que el sonido se mantuvo siempre hermoso y homogéneo, marcando mucho las dinámicas y jugando continuamente con cambios impactantes de registro, además de manifestar un legato sin fisuras, aunque sin lograr transmitir ese sentimiento profundo y espiritual de los dos primeros movimientos. Las cadencias derrocharon energía de resortes zíngaros, frente al tono lánguido, demasiado delicado y ensimismado que imperó en el desarrollo de la pieza.

Lozakovich afrontó con acierto los arabescos entrecortados y los elocuentes silencios que salpican el larghetto, marcando sólo parcialmente su carácter de romanza. No atisbamos, sin embargo, esa atmósfera de felicidad e intensa poesía que demanda la partitura. En el rondó final apareció por fin el solista que no pretende sino sólo ejecuta, mostrando un contundente pulso atlético y mayor nivel de sinceridad, limitándose a cantar libre y desenfadadamente su agitada gramática.

A todo ello se plegó Albrecht con sumisa disposición, manteniendo un diálogo cómplice con el personal violinista que, a pesar de la entusiasta respuesta del público, se hizo de rogar para afrontar en la propina a Bach, con largas y muy meditadas frases.

Una Sinfonía de Brahms sólida y robusta


Nada que ver, a nuestro juicio, la manera de afrontar Beethoven con la de Brahms por parte del director alemán, que ya en 2019 nos deslumbró con su entusiasta forma de dirigir. Con la Sinfonía nº 1 de Brahms demostró tener muy claras las ideas, sin salirse del guion ni dejarse en los atriles ni una pizca de la exaltación y la robustez que acompaña esta sensacional partitura.

Sentimos especial debilidad por su tercer movimiento, un poco allegretto e grazioso, por motivos estrictamente personales. Si lo encontramos en su punto justo de luminosidad, con esa fragancia a aire fresco que lo caracteriza, quedamos completamente satisfechos. Y fue así como lo resolvió Albrecht. El resto, todo bien construido y asegurado, aunque la de ayer fue una de esas ocasiones en las que los metales no respondieron al máximo nivel, algo chillones y agresivos en el allegro inicial, con puntuales desajustes en el movimiento final.

El director optó por tempi rápidos, especialmente apreciable en el andante sostenuto, tan opuesto a la fórmula desplegada antes en Beethoven. No por ello sacrificó calidez  y refinamiento en este hermoso movimiento. El resultado global fue satisfactorio, sin grandes sorpresas ni alardes añadidos, con franqueza, sinceridad y ninguna intención de epatar. La solemnidad y la brillantez se hicieron paso en un allegro non troppo coronado con un intenso y efervescente final.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 7 de mayo de 2026

LA ZARZUELA MÁS PRIMIGENIA BRILLA CON DE FRUTOS Y RINCÓN

Rocío de Frutos, soprano. Miguel Rincón, cuerda pulsada. Programa: Entre mitos y afectos, un viaje por la Zarzuela Barroca (obras de Juan Hidalgo, Gaspar Sanz, Juan de Navas, Jean-Baptiste Lully, Sebastián Durón, Antonio Líteres y José de Nebra). Teatro Cajasol, miércoles 6 de mayo de 2026


Sólo la zarzuela generada a partir de la mitad del siglo XIX ha trascendido hasta nosotros, con los consabidos períodos de ostracismo que nos hicieron perder el contacto con ella. Pero el género se extiende más allá en el tiempo. Muchos han sido los intentos de reivindicar su trayectoria barroca, porque en este país, en materia de cultura, siempre andamos reivindicando, a falta de un saludable mantenimiento. Pero sólo hemos indagado en un barroco ya tardío, fundamentalmente del siglo XVIII, con José de Nebra como máximo exponente, a quien se han unido otros compositores como Antonio Rodríguez de Hita o Vicente Martín y Soler. Entre nuestras sopranos más reconocidas, María Bayo ha prestado especial atención a este repertorio, con grabaciones acompañadas de suntuosas orquestaciones en manos de conjuntos tan especializados como Al Ayre Español o Les Talens Lyriques.

Lo que los sevillanos Rocío de Frutos y Miguel Rincón nos trajeron ayer se desplazó más allá en el tiempo, a ese primer barroco apuntado, con especial parada en quien se considera precursor de la ópera en español y de la propia zarzuela, Juan Hidalgo. Lo hicieron de la mano de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, en colaboración con la Fundación Cajasol y la Compañía Sevillana de Zarzuela, con su principal responsable, Javier Sánchez-Rivas, y el historiador y crítico musical Andrés Moreno Mengíbar, ambos académicos, ejerciendo como maestros de ceremonias.

El resultado fue una encantadora velada en la que los dos protagonistas parecieron sentirse tan volcados como cómodos, quizás por las tablas que ambos atesoran a sus espaldas y que les convierten en consumados artistas capaces de dar brillo a todo lo que se les ponga por delante. Esos primeros intentos de ópera a la española, música concebida para la escena a partir de textos de los autores más reputados del momento, Calderón de la Barca incluido, encontraron en Rocío de Frutos y Miguel Rincón el medio ideal de divulgación.


Un recorrido cronológico de Hidalgo a Nebra

Juan Hidalgo ocupó gran parte de la propuesta, prácticamente la mitad. El compositor y arpista madrileño fe un prolífico músico teatral, trabajó con Felipe IV, y le debemos un considerable número de obras destinadas a germinar en nuestro género lírico. Su obra, sin embargo, se perdió, como la de otros tantos autores, en el gran incendio del Real Alcázar de Madrid de 1734, por lo que haber podido contar con un suculento ramillete de sus composiciones podríamos considerarlo casi un milagro.

Su estilo fuertemente sincopado, con estribillos cíclicos, se dejó notar en el arranque, con un distendido y alegre Trompicábalas, de Los celos hacen estrellas, que Frutos cantó con esa finura que le caracteriza, un fraseo exquisito y una impecable vocalización, ideal para entender, aunque con dificultad por sus formas antiguas, el texto de Juan Vélez de Guevara. Contó para ello con el acompañamiento de lujo de Miguel Rincón, que sustituyó en el último momento al originalmente anunciado Aníbal Soriano, convaleciente por una dolencia puntual.

A partir de ahí, se sucedieron romanzas, si podemos denominar así a las arias de esta primera zarzuela barroca, que alternaron lo jocoso con lo amoroso y dramático, acuñando formas muy apreciadas e identificables para quienes estén familiarizados con el estilo imperante en la época en nuestro país, como jácaras, canarios y villancicos. Con Ay, amor, ay ausencia, de Contra el amor, desengaño, Rocío de Frutos desgranó todo su potencial dramático y expresivo, siempre bajo la atenta complicidad de su compañero, ahora ya sí felizmente entre nosotros y nosotras tras un largo periplo en el extranjero que le ha llevado a participar en algunos de los conjuntos más reputados europeos.

Precisamente, con Gaspar Sanz, Rincón brilló en solitario, añadiendo ornamentaciones propias, vivas y muy creativas a una deliciosa pavana que desgranó con deleite y mucho gusto, así como esos recurrentes canarios, tañidos a la guitarra barroca con sensacional sentido del ritmo, absoluta precisión en la digitación y un fraseo impecable, con una naturalidad que sin embargo no ocultó las complejas dificultades de ambas obras. En otras piezas, Rincón acompañó a la soprano sevillana con el archilaúd, ideal para mecer y dulcificar la voz sin eclipsarla.


Boccherini y Lully, infiltrados

Otra pieza de Hidalgo, Ay que sí, ay que no, de una de esas zarzuelas mitológicas que abundaban en la época, El templo de Palas, con libreto de Francisco de Avellaneda, y el delicioso Sé que me muero de amor, de El burgués gentilhombre de Lully según Molière, como ejemplo de otras comedias musicales extra ibéricas, encumbraron el género con el buen hacer y la implicación total de ambos artistas, muy compenetrados en todo momento.

Sebastián Durón y Antonio de Líteres representaron lo mejor en música escénica a finales del siglo XVII. De quien fuera organista de la Catedral de Sevilla, se interpretaron dos piezas, con especial hincapié en un Sosieguen, descansen, de Salir el amor del mundo, el primer libreto de un habitual en el género, José de Cañizares. Frutos lo cantó con extraordinaria fuerza expresiva y unas muy delicadas ornamentaciones, dejando claro cómo Durón introdujo el recitativo italiano en nuestro género. De Líteres cantó con igual ahínco y entusiasmo Confiado jilguerillo, de Acis y Galatea, quizás reconocible para quienes conozcan el arreglo que Felipe Pedrell hizo para voz y piano.

Con José de Nebra, el gran exponente de la zarzuela en la primer mitad del siglo XVIII, con más de veinte títulos en su catálogo, y su tormentosa Tempestad, de Vendado es amor, no ciego, terminó un recorrido que se extendió en la consabida propina con Boccherini y una divertida pieza enriquecida con singulares improperios de la época, como botarate, que hicieron las delicias de un público encantado. A destacar las sutiles transiciones entre pieza y pieza, formando bloques que hoy denominaríamos medleys, y las exquisitas reducciones a las que fueron sometidas algunas de las piezas más avanzadas, pues las primeras, destinadas a la Corte, se hacían acompañar sólo de bajo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 1 de mayo de 2026

SINGULAR PROPUESTA COREOGRAFIADA DE LA ROSS

Sinfónico 12. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Antonio Ruz, dirección escénica, iluminación y coreografía. Xiaolu Zang, piano. Johanna Malangré, dirección. Programa: Pavana para orquesta, en Fa sostenido menor Op. 50, de Fauré; Ma mère l’Oye, ballet de Ravel; Variaciones sinfónicas para piano y orquesta, de Cesar Franck; Bolero, de Ravel. Teatro de la Maestranza, jueves 30 de abril de 2026


No recordamos, al margen de los ballets de enero con orquesta en el foso, otros conciertos de la ROSS que contaran con danza acompañándole en el escenario. Se trata de otra de esas felices experiencias que el nuevo equipo directivo de la orquesta ha diseñado para incentivar al público, captar nuevas audiencias y lograr elevar el espíritu del conjunto por encima de los vaivenes sufridos en las últimas temporadas. Claro que eso de captar nuevos públicos puede tener su precio, como el de volver a sufrir la agresión permanente de toses, móviles y caídas de objetos que tanto desconcentran y tanto daño hace a los artistas y a quienes aún esperamos que el comportamiento del oyente esté a la altura de lo mucho que queremos a esta ciudad.

Nos recordaba un incondicional de la cultura musical en Sevilla, en el intermedio de este décimo segundo programa de abono, aquello que decía Fernán Gómez sobre que al teatro hay que venir tosido. Una consigna que parte de nuestro público parece despreciar sistemáticamente. Y así ocurrió al menos en la primera y coreografiada parte de este concierto tan singular y atractivo, con el consiguiente perjuicio para su disfrute. Y eso que la experiencia invitaba a la relajación y el hipnotismo.

Foto: Marina Casanova

Los y las seis bailarinas deambularon entre el público mientras la joven directora alemana Johanna Malangré desgranaba ya su particular estilo, exquisito y elegante, en la celebérrima Pavana de Fauré. Una forma de introducirnos ya en ese mágico mundo de los cuentos infantiles evocados en esta primera parte de la cita. Valentina Martín Kadashnikova y Yeteng Zhou se revelaron inmediatamente después, sin solución de continuidad, como jovencísimos pianistas capaces de llevar a buen puerto la versión original para piano a cuatro manos de la pavana de la bella durmiente del bosque. Después, el baile, una experiencia que podría repetirse con otros títulos tan apreciados como, por ejemplo, El sombrero de tres picos de Falla o La consagración de la primavera de Stravinsky.

Una impecable combinación de iluminación y coreografía

Mi madre la oca, de Ravel, ha sido llevada a los atriles de la Sinfónica en numerosas ocasiones, pero pocas o ninguna en forma de ballet. Concebida como suite de cinco piezas para piano a cuatro manos, Ravel la orquestó apenas un año después de terminarla, para inmediatamente después ampliarla hasta convertirla en el ballet que pudimos degustar en esta ocasión en todo su esplendor.


Para eso se contó con el talento del coreógrafo cordobés Antonio Ruz, que ha creado para la ocasión, con la colaboración de Elia López, un delicado trabajo para seis jóvenes bailarines, sometidos a movimientos que combinan lo clásico con lo contemporáneo, mientras se someten a arriesgadas acrobacias y tan luminosas como evocadoras, siempre dentro de un nivel de calidad y exigencia encomiable.

Malangré logró integrar música y danza, haciendo acopio de respeto y delicadeza, con momentos tan mágicos como el vals de la bella y la bestia, ayudado por una excelente iluminación de efectos casi expresionistas. Pulgarcito fue otro de los pasajes en los que Ruz se dejó guiar por la narrativa del cuento, completado con las danzas chinescas de la princesa de las pagodas.

Para el resto, el coreógrafo se dejó guiar por el instinto y la libertad, mientras sus danzantes lograron episodios de inusitada belleza, como ese final realzado por el estremecedor crescendo de la orquesta, magníficamente recreado por la batuta y una orquesta que se creyó en todo momento lo que hacía, incluida una breve aportación coreográfica al conjunto.

Ritmo y color en la segunda parte


Aunque las Variaciones Sinfónicas para piano y orquesta de Cesar Franck sea su obra de concierto más programada junto a su Sinfonía, resulta mucho menos transitada que ésta. Su breve duración hace dudar sobre la necesidad de contar con un celebrado pianista para su interpretación, sin que se le demande otra página adicional. Es el caso del joven Xiaolu Zang, que ofreció una versión de la pieza vigorosa y decidida, gracias en parte al mimo con que Malangré dirigió la orquesta, siempre buscando el equilibrio perfecto con el pianista.

A pesar de su título, más que variaciones nos encontramos ante una evolución orgánica que fusiona progresivamente al solista y la orquesta, destacando un allegretto de enorme belleza que invita al pianista a involucrarse en una sucesión de cambios de registro y carácter que complican la interpretación hasta hacerla digerible sólo en manos tan expresivas, ágiles y desenvueltas como las de este excepcional pianista chino. Y así se disipa cualquier duda apuntada antes. Como propina y, de paso, anticipo de lo que vendría después, tocó el segundo de los Valses nobles y sentimentales de Ravel, de forma tan atenta como reflexiva.  

Y para terminar, una pieza que no sólo no cansa en su repetitiva gramática, sino en la cantidad de veces que se interpreta. El Bolero de Ravel contó también con la exquisitez y la elegancia ya expuesta por Malangré en las anteriores piezas. Esta vez nos llamó especialmente la atención la suavidad casi etérea con la que se mantuvo el ritmo al tambor, mientras flauta, oboe y clarinete fueron dando lo mejor de sí mismos, y las capas instrumentales que caracterizan esta monumental orquestación, fueron fluyendo con absoluta precisión y naturalidad, mientras la batuta se encargó de mantener con éxito un ritmo constante y un brillo excepcional.

Fotos: Juan Luis Morilla
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 27 de abril de 2026

SALOMÉ EN LES ARTS, DE PERVERSA A PERVERTIDA


Alejados de la Feria de Abril, haciendo vida conyugal en Valencia, nos hemos acercado en un par de ocasiones al Palau de la Música. La primera para disfrutar de la energía y la fuerza inusitada de Paavo Järvi al frente de la Orquesta de Cámara de la Filarmónica de Bremen, con un programa exquisito en el que pudimos comprobar cómo en manos tan expertas e informadas, la Tercera de Schubert y la Escocesa de Mendelssohn, rebosan frescura y agilidad, lo que también pudo extenderse al Concierto para piano y orquesta nº 19 de Mozart, que sirvió como bisagra entre ambas páginas sinfónicas. Aquí lució la técnica y la expresividad del joven pianista japonés Mao Fujita, todo jovialidad tanto en su destreza al instrumento como en su actitud ante el público, y sin que Järvi lo eclipsara en ningún pasaje. Por supuesto, la orquesta no sólo lució músculo sino también una técnica impecable, con destellos de grandeza en solistas destacados, como el timbalero o el clarinetista.


De la Sala Iturbi nos desplazamos dos días después a la Sala Rodrigo, donde pudimos apreciar la magnífica acústica alcanzada tras la rehabilitación forzosa a la que tuvo que someterse durante varios años y hasta hace muy poco. Fue con un recital de piano del joven valenciano Rubén Talón, que despachó Satie, las Gymnopédies 1 y 3 y los Gnossiennes con igual numeración, de forma algo caprichosa, deleitándose en unas dinámicas muy marcadas y acaso artificiosas. Mucho mejor atacó el Vallée d'Obermann de Liszt, si bien arrancó premioso y hasta aburrido, para después desembocar en sus acordes más enérgicos y desesperados, muy bien resueltos, con singular aplomo. Tras una Balada nº 2 de Chopin nada afectada y muy efectiva, lo mejor llegó de la mano de un Gaspard de la Nuit con gran sentido de la expresividad y evidentes dosis de elegancia. Hasta cuatro propinas regaló ante el entusiasmo de sus paisanos.


Con la Feria Andaluza a imagen de la sevillana, desplegada a sólo unos metros, nos acercamos al día siguiente a Les Arts para disfrutar del estreno de un título que en Sevilla no se hace desde 2005, y que siempre despierta nuestra curiosidad y atención, cuando no fascinación. Se trata de Salomé de Strauss, esta vez bajo dirección musical de quien fuera responsable del coliseo valenciano hasta hace poco, James Gaffigan, y con la dirección escénica del joven y demandado Damiano Micheletto, tras la tibia acogida de su primera película como director, Primavera, en torno a Vivaldi y una joven virtuosa del orfanato Pietá.

Pero la sensación debía ser la soprano lituana Vida Miknevičiūtė, hoy considerada como todo un referente en el personaje straussiano, tras haberlo interpretado en numerosas ocasiones. Claro que para calibrar su talento al respecto, hubiéramos preferido que no se hubiese alterado tanto la psicología del personaje, a quien Micheletto parece haber querido limpiar de todo aspecto misógino, pasando de ser un ser perverso y caprichoso al resultado de un abuso prolongado, tras sufrir el consabido trauma de perder a su padre víctima de sus intrigantes tío y madre. Y para que el público menos versado no se pierda entre tanta intriga familiar, el director italiano se encarga de dibujarnos un árbol genealógico al principio de la función, sobre el minimalista decorado en el que una estupenda iluminación proyecta inquietantes sombras.


Ciertamente, Miknevičiūtė exhibe muy buena voz en perfecto registro lírico dramático, generosa proyección y virtuosa articulación, mientras Nicholas Brownlee como Jochanaan le da buena réplica a pesar de un físico poco encajado. Aunque para eso, lucir físico, están los ángeles del infierno que circulan por el escenario gran parte de la función, sin mayor poder de elocuencia. Hacer cantar a los protagonistas desde el fondo de un profundo escenario ya sabemos que pasa factura, de modo que una gritona Michaela Schuster y un excitado (torturado y ridiculizado por la dirección escénica) John Daszak, sufrieron lo suyo para hacerse notar. A Lioba Braun apenas se lo oyó, pero en su caso el escenario tuvo poco que ver.


La pulcritud del escenario va desapareciendo paulatinamente conforme avanza la narración, sufriendo todo tipo de vejaciones, barro, pluma, sangre... siempre en un ambiente que parece recrear el recurrente período de entre guerras del siglo XX. Menos mal que a nadie se le ocurrió vestir a Herodes con uniforme fascista. La Orquesta de la Comunidad Valenciana respondió como siempre, de forma brillante y ejemplar, aunque la acústica de Les Arts no nos parezca la más adecuada para disfrutar de la estética straussiana en todo su esplendor. Eso sí, Gaffigan mostró poco interés por no sepultar las voces, firmando una dirección excesivamente enérgica, siempre al extremo de una expresividad tormentosa, menos lasciva y sensual de lo conveniente.