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viernes, 8 de mayo de 2026

LA ROSS A LOS PIES DE UN PRODIGIOSO DANIEL LOZAKOVICH

Sinfónico 13. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniel Lozakovich, violín. Marc Albrecht, dirección. Programa: Concierto para violín y orquesta en Re mayor Op. 61, de Beethoven; Sinfonía nº 1 en do menor Op. 68, de Brahms. Teatro de la Maestranza, jueves 7 de mayo de 2026


Muchas veces nos preguntamos si el director de turno se pliega a las condiciones del solista, convirtiéndose éste en verdadero instructor de la interpretación, al que adaptarse la batuta y con ella la totalidad de la plantilla orquestal. En ocasiones como la de ayer se puede constatar esta particularidad, sobre todo cuando la forma de abordar una pieza y otra del programa es tan distinta, según haya o no participación del solista invitado.

Éste era en esta ocasión una estrella en su género, Daniel Lozakovich, un joven violinista de carrera fulgurante y características extraordinarias desde muy temprana edad, lo que le ha convertido en uno de los más solicitados por las más prestigiosas batutas y conjuntos. Nos complace tanto que la Sinfónica pueda contar con un nombre así en su temporada, que nos planteamos una y otra vez si la poca entusiasta reacción que provocó en nosotros responde a factores ajenos a una atenta escucha, la que sin duda brindamos a su particular comparecencia junto a la ROSS.

En el programa, dos partituras muy frecuentadas por ésta y otras orquestas en nuestra ciudad en los últimos quince años. El concierto de Beethoven lo interpretó Michael Barenboim junto a la West-Eastern Divan y su padre en 2019, mientras la OJA tuvo al alcalareño Javier Comesaña como solista en abril de 2024, sólo dos meses después de que Sergei Dogadin lo interpretara junto a la ROSS y Marc Soustrot.

Por su parte, la primera de Brahms ha sido interpretada hasta cuatro veces por la ROSS en este periplo, con Rodrigo Tomillo en febrero de 2021, Soustrot en 2022, John Axelrod en 2017 y un memorable Pedro Halffter en 2011. Además, la escuchamos con Oksana Lyniv y la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd hace apenas año y medio, en un concierto en el que curiosamente el hijo de Daniel Barenboim interpretó el concierto de Mendelssohn.

Se trata sin embargo de dos piezas tan perfectas, magistrales, que no nos cansamos de disfrutarlas en casa o en compañía, con la estimulante sensación del directo, y esta vez el aliciente añadido de un comportamiento prácticamente ejemplar del público.

Una ambiciosa lectura del Concierto de Beethoven

Habitualmente considerado un soplo de felicidad y un poema amoroso, el de Beethoven sigue siendo hoy el más admirado de cuantos conciertos se han escrito para el violín, exigiendo altas dosis de virtuosismo y expresividad. Ambas condiciones las reúne de sobra el joven violinista sueco Daniel Lozakovich (el apellido le viene por su padre bielorruso), pero utilizadas acaso con ciertos aires caprichosos y un gusto estético que a nosotros nos ha parecido discutible.



Es cierto que nunca como en esta pieza la orquesta ha de plegarse ampliamente al discurso del solista, pero en esta ocasión encontramos incluso excesiva esa sumisión que acabó provocando nuestro desinterés en los dos amplios primeros movimientos, generándonos más dispersión que concentración. Ejemplares fueron las aportaciones de clarinetes y fagotes en el allegro inicial. Sin embargo, la aportación del violín miró más a su propio ensimismamiento que a potenciar la belleza melódica.

No podemos negar que el sonido se mantuvo siempre hermoso y homogéneo, marcando mucho las dinámicas y jugando continuamente con cambios impactantes de registro, además de manifestar un legato sin fisuras, aunque sin lograr transmitir ese sentimiento profundo y espiritual de los dos primeros movimientos. Las cadencias derrocharon energía de resortes zíngaros, frente al tono lánguido, demasiado delicado y ensimismado que imperó en el desarrollo de la pieza.

Lozakovich afrontó con acierto los arabescos entrecortados y los elocuentes silencios que salpican el larghetto, marcando sólo parcialmente su carácter de romanza. No atisbamos, sin embargo, esa atmósfera de felicidad e intensa poesía que demanda la partitura. En el rondó final apareció por fin el solista que no pretende sino sólo ejecuta, mostrando un contundente pulso atlético y mayor nivel de sinceridad, limitándose a cantar libre y desenfadadamente su agitada gramática.

A todo ello se plegó Albrecht con sumisa disposición, manteniendo un diálogo cómplice con el personal violinista que, a pesar de la entusiasta respuesta del público, se hizo de rogar para afrontar en la propina a Bach, con largas y muy meditadas frases.

Una Sinfonía de Brahms sólida y robusta


Nada que ver, a nuestro juicio, la manera de afrontar Beethoven con la de Brahms por parte del director alemán, que ya en 2019 nos deslumbró con su entusiasta forma de dirigir. Con la Sinfonía nº 1 de Brahms demostró tener muy claras las ideas, sin salirse del guion ni dejarse en los atriles ni una pizca de la exaltación y la robustez que acompaña esta sensacional partitura.

Sentimos especial debilidad por su tercer movimiento, un poco allegretto e grazioso, por motivos estrictamente personales. Si lo encontramos en su punto justo de luminosidad, con esa fragancia a aire fresco que lo caracteriza, quedamos completamente satisfechos. Y fue así como lo resolvió Albrecht. El resto, todo bien construido y asegurado, aunque la de ayer fue una de esas ocasiones en las que los metales no respondieron al máximo nivel, algo chillones y agresivos en el allegro inicial, con puntuales desajustes en el movimiento final.

El director optó por tempi rápidos, especialmente apreciable en el andante sostenuto, tan opuesto a la fórmula desplegada antes en Beethoven. No por ello sacrificó calidez  y refinamiento en este hermoso movimiento. El resultado global fue satisfactorio, sin grandes sorpresas ni alardes añadidos, con franqueza, sinceridad y ninguna intención de epatar. La solemnidad y la brillantez se hicieron paso en un allegro non troppo coronado con un intenso y efervescente final.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 20 de febrero de 2026

JUAN PÉREZ FLORISTÁN, PROFETA EN SU TIERRA

Sinfónico 8: El héroe y el destino. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Obertura Egmont OP. 84, de Beethoven; Concierto para piano y orquesta nº 2 en Sol mayor Sz. 95 BB101, de Bartók; Sinfonía nº 5 en mi menor Op. 64, de Chaikóvski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de febrero de 2026


La gran devoción que Juan Pérez Floristán despierta en el público sevillano justifica que ayer el Maestranza observara un lleno casi absoluto, que se repetirá hoy, lo que demuestra que el joven sevillano sí es un profeta en su tierra. Sorprende, sin embargo, a pesar del alto coste de las entradas, que la cita de mañana sábado con una orquesta tan mítica como la Sinfónica de Londres no haya corrido la misma suerte, al menos de momento, aunque a estas alturas no creemos que pueda remediarse, por muy imprescindible que sea este concierto en el marco de la actual programación.

Floristán completó con éste su particular ciclo de los conciertos para piano de Béla Bartók, que inició en junio de hace dos años de la mano de Marc Soustrot, y continuó en abril del pasado con Eun Sun Kim a la batuta. El relevo lo ha tomado ahora un director muy afín y apreciado de la ROSS, György Györiványi Ráth, no en vano principal director invitado de la formación desde 2024. Nombres de una larga lista de los que han hecho posible este complicado ciclo, y a los que con su proverbial facilidad para la retórica, el joven pianista dedicó un sentido agradecimiento.

En este octavo programa del ciclo sinfónico de la ROSS de esta temporada, se asumió el esquema clásico de concierto, una obertura, un concierto y una sinfonía, con Beethoven y Chaikóvski acompañando al segundo de los conciertos que el compositor húngaro dedicó al instrumento rey. El resultado suscitó el gozo generalizado del público, que en un par de ocasiones a lo largo de la sinfonía, pareció dejarse llevar por el entusiasmo y abandonarse a un espontáneo aplauso, al margen de la enorme ovación dedicada a Floristán.

Un pianista versátil y comprometido

Tras una Obertura Egmont de Beethoven, cuyos robustos primeros compases y una estética en general rotunda y musculosa, se vio empañada por unas continuas caídas de tensión y ritmo, lo que restó emoción y trascendencia al conjunto, Floristán acometió el Concierto nº 2 de Bartók. Arrancó con un diálogo exacerbado y aparentemente indisciplinado, en el que maderas y metales se mezclaron juguetonamente con un piano fluido e inventivo, generando un falso caos muy acorde al espíritu alegre y desenfadado del allegro inicial, y huyendo de todo mecanicismo posible.

Foto: Dolores Iglesias Fernández, Archivo Fundación Juan March

Ráth imprimió de misterio y contención la elegía nocturna que inspira el adagio central, con Floristán plegándose a ese halo de delicadeza que lo impregna, y que en su sorprendente y furtivo scherzo central se convierte en vertiginosa carrera hacia el abismo, recuperando entonces la energía vigorosa que exhibió en el movimiento anterior. La cuerda acompañó acariciando al solista y potenciando el carácter ensoñador de la pieza.

De nuevo agilidad y torbellino en el allegro molto final, acopio de virtuosismo y todo un desafío técnico que el pianista salvó con maestría, mientras la percusión potenció su espíritu eufórico y su frenético ritmo. En la propina, Floristán homenajeó a Falla con una Serenata andaluza centrada más en los acentos y el ritmo que en obtusas florituras.

Una orquesta entregada a su máxima potencia

György Ráth y la ROSS en abril 2025. Foto: Marina Casanova

Son ya muchas las veces que la ROSS se ha enfrentado a ese grito de rabia y desconsuelo que es la Quinta de Chaikóvski, con resultados en su mayoría satisfactorios. También lo fue en esta ocasión, con Ráth entregado en cuerpo y alma, y la ROSS respondiendo con todo su arsenal, resplandeciente y gloriosa. La página se deslizó con tanta amargura como cierta esperanza, evidenciando los resortes anímicos de su compositor, tan preocupado por el destino, ahora trasmutado en providencia, como lo estuvo en su anterior sinfonía, escrita una década antes.

Ráth se atrevió a modificar ritmos en algunos pasajes del allegro inicial, precedido de un melancólico adagio, y con una conmovedora tristeza informando todo el movimiento. Un inquietante arranque en el que brillaron las trompetas y el estallido enfático y generalizado de toda la sección de metal, precedió al conmovedor solo de trompa con el que se inicia el famoso andante cantabile, tan espacioso como intenso, impregnado de nobleza y patetismo. La orquesta se deslizó de forma majestuosa, plena de lirismo y serenidad, con aportaciones sobresalientes del clarinete y el oboe, y puntuales irrupciones de furia devastadora y contrastante.

El vals resultó elegante pero pasó desapercibido frente a la energía y la serenidad espiritual que destacaron en los movimientos precedentes. El andante maestoso, por su parte, se convirtió en pura batalla seguida de un triunfal final no exento de pesimismo, como fue posible adivinar de la interpretación tan desesperada que una muy disciplinada ROSS hizo de este sospechoso canto más angustiado que victorioso, bajo la firme y segura dirección de György Ráth. Para entonces, todas las familias instrumentales habían evidenciado la responsabilidad, el brillo y la majestuosidad con la que asumieron esta página tan frecuentada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 21 de octubre de 2025

BEETHOVEN CON CRITERIO HERREWEGHE

Gran Selección. Orchestre des Champs-Élysées. Philippe Herreweghe, dirección. Programa: Sinfonías nº 6 en Fa mayor Op. 68 “Pastoral” y nº 5 en do menor Op. 67, de Beethoven. Teatro de la Maestranza, lunes 20 de octubre de 2025


Con Philippe Herreweghe y su Orquesta de los Campos Elíseos, arrancó anoche el estimulante desfile de grandes orquestas y batutas con que el Maestranza nos deleitará de nuevo esta temporada. El veterano director ya asomó por aquí hace apenas unos años junto al Collegium Vocale de Gante que él mismo fundó en 1970 y el repertorio que más reconocimiento le ha reportado, el barroco, concretamente Bach y sus dos grandes pasiones.

La cita esta vez fue con la otra gran formación que salió de su instinto e iniciativa, la Orchestre des Champs-Élysées. Pero sobre todo lo era con un repertorio, que aunque ampliamente divulgado desde su sensibilidad y criterio a través del disco, no habíamos tenido oportunidad de disfrutarle en directo. El frágil cambio del clasicismo al romanticismo que representa el rupturista Beethoven, encontró en el director belga la oportunidad de lucir unos criterios interpretativos muy en consonancia con los nuevos tiempos, y en algunos aspectos a años luz del sonido al que se acostumbraron nuestros oídos tras décadas de sinfonismo voluptuoso todavía hoy en práctica.

No cabe duda de que estos criterios cuentan con la admiración e incluso el fanatismo, a juzgar por los incómodos vítores que el veterano director recibió de un asistente al acontecimiento de anoche, de parte del público. No es exactamente nuestro caso, y cuesta abstraerse de esa preferencia a la hora de intentar ser lo más objetivo posible.

Formas ligeras y texturas transparentes

Herreweghe es un músico meticuloso y muy preciso, y eso se manifestó en las formas tan delicadas, ligeras y volátiles con las que abordó la Pastoral de Beethoven. Formas y texturas a las que se amoldó una orquesta reducida a unos cincuenta maestros y maestras, con una disposición harto singular, chelos y contrabajos de frente, los últimos atrás del todo, y violines contrapuestos; por medio violas y maderas, y en las esquinas metales y timbales.


La sexta y la quinta se estrenaron a la vez en diciembre de 1808, en un mismo concierto de aquellos maratonianos que incluían además otras piezas del autor. La atmósfera benigna y espaciosa que inspira la pastoral encontró eco, demasiado, en manos de Herreweghe. Arrancó banal, con tempi rápidos y acentos puntualmente muy marcados, subrayando unas dinámicas que intentaron sin embargo ser moderadas, no muy abruptas. Destacó la claridad de las texturas y los colores, todo muy matizado, con especial atención a los detalles de la orquestación, de forma que todo sonara muy claro, transparente.

Siguió un andante también rápido, sin detenerse en esa hipnótica expresividad que le caracteriza, amortiguando el vibrato al máximo, una constante que se vislumbró también en allegro central, precediendo a la tormenta que marcó el momento más convincente y convencional de la pieza, tras el cual el allegretto final nos supo a poco, menos majestuoso de lo que esperamos, si bien no escatimó en sinceridad. La orquesta respondió con disciplina y precisión, incluidas unas complicadas trompas de la época, con la dificultad añadida que supone, que no pudieron evitar algún pequeño desajuste.

Más afín a la sensibilidad cultivada resultó una Quinta poderosa, regia y vehemente. Hubo aquí una acertada y hábil combinación de concentración, unidad orgánica e impulso rítmico, si bien echamos en falta una mayor progresión de la tragedia inicial al triunfo final, pues más bien nos sonó todo bastante romo, con una expresividad bastante homogénea.

El allegro inicial disfrutó de un intenso dinamismo, mientras de nuevo los tempi rápidos del andante malograron en parte su potencial sentimentalismo y sincera vulnerabilidad. Todo estuvo no obstante en su sitio, sin bien el scherzo central, una de nuestras piezas más queridas por fascinante, resultó demasiado rígido y mecánico. Mucho mejor la fantasmal transición hacia el allegro final, mediante un crescendo que, sin embargo, en otras ocasiones nos ha parecido más inquietante. Espectacular sin paliativos el gratificante y majestuoso movimiento final, y de nuevo el entusiasmo del público, mucho más numeroso que otros lunes.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 11 de julio de 2025

CELEBRANDO LA NOVENA POR TODO LO ALTO

Novena participativa. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Victoria Ramden, soprano. Mónica Redondo, mezzosoprano. Freddie Ballentine, tenor. Ricardo Llamas, barítono. Coro de participantes individuales. María Elena Gauna, dirección del coro. Cachito Vallés, instalación visual. Isabel Rubio, dirección. Programa: Sinfonía nº 9 en Re menor p. 125 “Coral” de Beethoven. Teatro de la Maestranza, jueves 10 de julio de 2025


Llegó ayer, y se repetirá hoy, el día que tantos y tantas aficionadas y sus personas allegadas esperaban. Después de meses desde que se presentasen a las pruebas de selección y se sometiesen a una docena de arduos ensayos, la de ayer fue una gran celebración, la mejor forma de rendir homenaje a una de las páginas más cruciales y revolucionarias de la literatura musical de todos los tiempos.

El Maestranza se convirtió en una enorme fiesta, y un lugar de reencuentro con tantos y tantas amigas que participaron de tan emocionante evento y dieron todo de sí para que el experimento saliese tan bien como pudiéramos imaginar. La combinación de coros de voces aficionadas, una orquesta extremadamente implicada y una batuta con las ideas tan claras como evidente fue su entusiasmo, lograron el milagro, y todo encajó a la perfección.

También lo hizo el comportamiento del público. A nadie sorprendió que, tratándose en su mayoría de noveles en estas lides, aplaudieran tras cada movimiento, e incluso a mitad del cuarto, pero el silencio fue considerable, y eso que había muchos niños y niñas haciéndole el honor a sus padres, titos, titas y demás familiares y amistades. Por lo tanto, la experiencia sirvió también para intentar crear nuevos públicos que se entusiasmen con el inmenso placer que  otorga la buena música en buenas manos. La idea partió fundamentalmente del director gerente de la orquesta, Jordi Tort, que para la ocasión presentó el evento dirigiéndose cordialmente al público.

Una versión emocionante y diferente

Resulta increíble que después de abordar esta irrepetible sinfonía en doble programa la semana pasada bajo la dirección de Guillermo García Calvo, los y las integrantes de la orquesta que coincidieron entonces y esta semana, lograran adaptarse a las formas, a menudo tan diferentes, con que afrontó la gesta la murciana Isabel Rubio.


Puede que por el ímpetu y la fuerza que depositó la directora en su trabajo, algunas líneas de la partitura quedaran algo difuminadas, pero no cabe duda de que imprimió a los dos primeros movimientos una fuerza inusitada, mucha atención a las dinámicas y un trabajo expresivo de primer orden sin que en ningún momento decayera la tensión. La suya fue una dirección muy enérgica, sin llegar jamás a la brocha gorda.

Pero fue sobre todo el tercer movimiento el que más nos sorprendió. Tempi rápidos y un trabajo dramático más bien desenfadado, con ritmos casi dancísticos y cierta jovialidad en el aire que demostró hasta qué punto una música puede ser sometida a tantas lecturas sin traicionar su gramática. En el cuarto, logró combinar todas las fuerzas convocadas hasta conseguir esos espléndidos resultados aludidos.

También el cuarteto solista alcanzó un buen nivel, con Ricardo Llamas abriendo la intervención vocal con arrojo, autoridad y sentido dramático. La soprano noruega nicaragüense Victoria Ramden destacó en proyección y un bello timbre, mientras Mónica Redondo acompañó dando relieve al conjunto. El tenor Freddie Ballentine imprimió energía y entusiasmo a su parte, y en su rostro se evidenció tanto o más que en los de sus compañeros y compañeras, la satisfacción de participar en tan extraordinario evento.

La integración en el conjunto del trabajo audiovisual de Cachito Vallés, fue lo suficientemente discreto como para no distraer la atención de lo que verdaderamente importa, observar a los y las integrantes de la orquesta, el coro situado en el escenario, y girando la cabeza, los emplazados en las terrazas. Lástima que en el cuarto movimiento, un fallo técnico desluciera el trabajo de Vallés, con un cuadrante de la gran pantalla inhabilitado, que seguramente se resolverá esta tarde.

La entrega y el entusiasmo del público cantante, que en esta ocasión no provenía de coros de la provincia y las adyacentes, sino que se trataba de afición pura e individual, hizo el resto. Todo un triunfo para María Elena Gauna, responsable del trabajo coral. Hubo desajustes y no se logró en todo momento la sincronización deseada, pero fueron problemas menores dentro de una experiencia que logró que la emoción recorriera cada rincón del Maestranza, y nos encogiera el corazón. Una muestra de convivencia, solidaridad y trabajo en equipo que da máximo sentido a tan insigne partitura.

Fotos: Marina Casanova

viernes, 4 de julio de 2025

LA FUERZA ARROLLADORA DE LA NOVENA

Gran Sinfónico nº 13 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Jacquelyn Wagner, soprano. Sandra Ferrández, mezzosoprano. Airam Hernández, tenor. José Antonio López, barítono. Coro Teatro de la Maestranza. Íñigo Sampil, dirección del coro. Guillermo García Calvo, dirección. Programa: Friede auf Erden (Paz en la Tierra) Op. 13, de Schoenberg; Sinfonía nº 9 en Re menor Op. 125 “Coral”, de Beethoven. Teatro de la Maestranza, jueves 3 de julio de 2025


El año pasado, cuando se presentó la temporada de la ROSS que finaliza esta semana, se celebraba el doscientos aniversario del estreno de la Sinfonía Coral de Beethoven, así como el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Arnold Schoenberg. La orquesta hispalense quiso celebrarlo programando la celebérrima sinfonía beethoveniana junto a otra pieza de índole estrictamente coral con mensaje solidario y humanista paralelo al que pretendía el compositor alemán a partir de las palabras de Schiller. La semana que viene le tocará el turno al coro de aficionadas y aficionados organizado de forma puntual para otras dos interpretaciones de la pieza, con otra directora y diferentes solistas.

Mucho celebró el público que finalmente se decidiera interpretar Paz en la Tierra antes de la Novena, y no entre el tercer y el cuarto movimiento de la sinfonía, como fue hasta ese momento la intención inicial. No era algo descabellado, algunas batutas prestigiosas han experimentado con estas combinaciones sofisticadas que rompen la unidad de la obra principal. Sin embargo, probando en clave doméstica se percibe lo desafortunado que podría haber sido continuar con el experimento.

Lo cierto es que la obra de Schoenberg reviste una gran dificultad, lo que le obligó a componer una versión alternativa con orquesta que sirviera de punto de apoyo al sufrido coro. El del Maestranza optó por la versión original, con toda la dificultad que reviste, y los resultados fueron notables. Es verdad que García Calvo se decantó por un ritmo algo acelerado, lo que quizás enturbió en parte las texturas y líneas melódicas de una pieza que tanto bebe de los estertores del romanticismo que aún cultivaba su autor a edad temprana, como de las nuevas corrientes atonales que enrarecen y refuerzan el carácter histriónico de la obra.

Poco tardó el coro en pasar del espíritu místico del principio al más arrebatado e incluso rabioso que le sigue, combinando ambas estéticas con desigual porcentaje, primando el lado sombrío y furioso de la pieza frente al más relajado y espiritual que sugieren la mayoría de los textos en los que se apoya. De cualquier forma, el coro firmó una versión impecable.


Volumen e intensidad

Coincidió esta primera interpretación de las cuatro programadas con la clausura de la cumbre de la ONU celebrada en Sevilla, apenas cubierta por las televisiones en favor de la más morbosa y sensacionalista entrada en la cárcel de Santos Cerdán. Una coincidencia muy particular, por cuanto la obra musical apuesta por la fraternidad y la solidaridad entre los pueblos, objetivo principal y fundamental de la organización con sede en Nueva York, cuyas resoluciones, aún pareciéndonos peregrinas, debieran paliar mucho del sufrimiento que tanto asola al planeta y para el que no parece existir un antídoto inmediato.

Este latido fundamental de la música occidental encontró en el prestigioso García Calvo la mano firme y la inspiración precisa que le hiciera deambular con la fuerza arrolladora que sus premisas exigen. No hubo en su batuta capricho dionisiaco alguno, sino una contundencia y un sentido del drama y el ritmo apabullante, logrando una carga atmosférica de una densidad extrema. Así pasamos de un rabioso y autoritario allegro inicial a un scherzo más centrado en la ironía que en el juego y el artificio. Quizás resultó algo más endeble el adagio, al que faltó una pizca de ensimismamiento y unas líneas melódicas más mórbidas y estremecedoras.

Pero finalmente, el presto y su concatenación de momentos estelares seguidos del vivace, centrado en un espíritu diferente, presuntamente alegre y optimista, resultó un dechado de virtudes, con la orquesta respondiendo al máximo, la batuta segura y decidida, y el cuarteto de voces solistas rindiendo a gran nivel, especialmente un contundente José Antonio López y un Airam Hernández de hermoso y potente timbre. Sandra Ferrández, de cuya Carmen de Bieito guardamos tan grato recuerdo, quedó eclipsada por la voz airosa e híper proyectada de Jacquelyne Wagner, un defecto de coordinación que apenas enturbió el feliz desenlace de una pieza en la que, como en tantas otras ocasiones, brilló el Coro del Maestranza.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 30 de noviembre de 2024

LEONORA SE HACE ECO EN LA SINFÓNICA CONJUNTA

Concierto nº 1 de la temporada XIV de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Carlos González Odrizola, fagot. María Benítez, trombón. Juan García Rodríguez, director. Programa: Oberturas Leonora nº 1, 2 y 3 Opp. 138 y 72 (a y b), de Ludwig van Beethoven; Concierto para fagot Op. 75 de Carl Maria von Weber; Concertino para trombón Op. 4, de Ferdinand David. Auditorio ETS de Ingeniería de la Universidad de Sevilla, viernes 29 de noviembre de 2024

Juan García Rodríguez y la Conjunta

Sin haber definido ni divulgado todavía el programa general de esta décimo cuarta temporada, la Sinfónica Conjunta celebró anoche el primer concierto de la misma, con el mismo ímpetu e idéntico esfuerzo que le caracteriza, a pesar de una plantilla por su propia definición cambiante, precisamente por los motivos que le impulsan, una plataforma de prácticas y lanzamiento para multitud de jóvenes intérpretes que desean abrirse camino en el difícil y espinoso mundo de la música.

Fieles a nuestro compromiso con una orquesta y un proyecto que venimos celebrando desde el minuto cero, allá por diciembre del año 2011, hemos de aclarar que no sólo nos atrae una orquesta que viene demostrando su capacidad de disciplina y esfuerzo máximo para lograr tan estimulantes resultados, sino también los atractivos programas que para ella diseña Juan García Rodríguez, capaz de simultanear con enorme sentido de la responsabilidad este emocionante proyecto con el que lleva a cabo con Zahir Ensemble, que estos días celebra su particular festival de música contemporánea.

Triple Leonora

No podemos resistirnos a un concierto en el que se interpretan las tres oberturas de Leonora. ¿Quién, al menos en estas latitudes, se ha atrevido nunca a hacerlo? Ya se sabe, Beethoven nunca empleó la primera, compuso la segunda para el fallido estreno de la ópera, y la tercera para el reestreno, igualmente decepcionante por razones varias y justificadas. Por fin triunfó con los reajustes pertinentes hasta convertirla en Fidelio. Aunque ésta va precedida de una cuarta obertura, esta vez con el título definitivo de la ópera, son muchas las batutas que prefieren introducirla con la segunda o tercera de las Leonoras.

Carlos González Odrizola al fagot

Mendelssohn dirigió las tres oberturas por primera vez juntas en Leipzig en 1840. García tuvo el acierto de comenzar este primer concierto de temporada con la segunda y terminar con la tercera, dilatando así el tiempo de escucha entre una y otra, dadas las similitudes entrambas, tratándose la tercera de un desarrollo conciso y depurado de la segunda, la que quizás mejor refleja la atmósfera libertaria de esta ópera ambientada en Sevilla.

Con un control máximo del vibrato y las dinámicas, el director logró una lectura fogosa, brillante y rigurosa de cada obertura, haciendo acopio para ello de la entrega absoluta de estos jóvenes prodigiosos, y exhibiendo el máximo dramatismo, potenciado por el uso fuera de escena de las tubulares trompetas.

Dos singulares conciertos

El Concierto para fagot Op. 75 de Carl Maria von Weber es el más interpretado del repertorio para este instrumento, junto al de Mozart. Lo compuso a raíz del éxito de sus dos conciertos para clarinete y a demanda de los miembros de la Orquesta de la Corte de Múnich. Tanto el solista, Carlos González Odrizola, como la orquesta, se hicieron eco de la enorme teatralidad de la pieza, si bien percibimos cierta descompensación entre el instrumentista y el resto de la plantilla, acaso algo desorganizada, acusando falta de compenetración y empaste. Esto, que fue notorio en el allegro inicial, se relajó bastante en un adagio de considerable calado lírico, y el travieso allegro final.

María Benítez al trombón

González Odrizola se adaptó como un guante a los continuos cambios de humor de la obra, tan arrogante y triunfal como decididamente relajado y reflexivo, exhibiendo gran cantidad de emociones y logrando combinar una depurada técnica, un prodigioso control de la respiración y una más que aceptable expresividad que le llevó en el adagio a demostrar una extraordinaria cantabilidad.

El Concertino para trombón Op. 4 de Ferdinand David es uno de tantos intentos del legendario violinista por alcanzar también como compositor un status digno. Y desde luego ésta merece considerarse su mejor composición y pieza fundamental del repertorio para el instrumento. Aunque lo asociamos a un sonido fuerte y poderoso, en las manos apropiadas pueden alcanzar una expresividad religiosa y una notable calma, y así nos la ofreció la joven trombonista sevillana María Benítez.

Sin desfallecer en ningún momento, con una capacidad pulmonar extraordinaria, la solista logró ser tan enérgica y vivaz en los movimientos extremos como seria y rigurosa en su interesante marcha fúnebre central. Aquí la batuta y la orquesta sí que se emplearon a fondo tanto para dialogar satisfactoriamente con ella, como para arroparla con un sentido de la flexibilidad y la melodía realmente encomiable.

Artículo publicado en El Correo de Andalucia

martes, 2 de abril de 2024

COMESAÑA Y LA OJA, TALENTO PARA ECHAR A VOLAR

Gran Selección. Concierto para la celebración del 30 aniversario de la Orquesta Joven de Andalucía. Alejandro Posada, dirección. Javier Comesaña, violín. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 61, de Beethoven; La consagración de la primavera, de Stravinski. Teatro de la Maestranza, lunes 1 de abril de 2024


Han pasado treinta años desde aquel primer concierto de la Orquesta Joven de Andalucía en el emblemático Hospital de Santiago de Úbeda, y la formación lo celebró el pasado domingo en Jerez y ayer lunes, primer día de abril ya con las aguas calmadas y los embalses llenos, en Sevilla. El concierto tuvo cierto aire de déja vu, pues el pasado febrero la ROSS interpretó el Concierto para violín de Beethoven con Sergei Dogadin como solista, y sólo una semana después convocó a Javier Comesaña para que se uniera al plantel con el que se abordó el Doble Concierto de Brahms. El joven alcalareño fue el encargado en este ya tradicional Concierto de Pascua de la OJA de liderar el mismo concierto beethoveniano en un evento que contó con un aforo algo mayor que el del año pasado, pero no con ese lleno absoluto que sin duda merece. Algo que no alcanzamos a entender, pues sólo con amistades, profesorado y familiares de los y las jóvenes intérpretes convocadas ya daría para una buena porción del Teatro de la Maestranza.

Tocar el Concierto op. 61 de Beethoven con la habilidad, la seguridad y la sensibilidad que Comesaña fue capaz de insuflar en tan insigne y revolucionaria pieza, le legitima para enfrentarse a cualquier página con éxito, convirtiéndole en violinista consumado y listo para echar literalmente a volar. Integrado desde las primeras notas junto al resto de compañeros y compañeras de instrumento, el joven al que seguimos la pista desde sus comienzos en Sevilla y Alcalá de Guadaíra, su ciudad natal, arrancó su parte solista con brillantez, procurando que el sonido fuese homogéneo y sedoso ya fuera en el registro más grave como el más agudo del instrumento. Su confianza se tradujo en una interpretación briosa, con un legato sin fisuras y capacidad para transmitir un sentimiento profundamente espiritual. En sus manos el allegro inicial exhibió toda su belleza arrolladora, llegando a exponer en las cadencias originales de Beethoven, incluido un sensacional diálogo con los timbales, un virtuosismo exacerbado y una especial sensibilidad para mantener la línea melódica en todo su esplendor.


Comesaña decidió afrontar el larghetto con dilatados pianissimi perfectamente controlados, potenciando la intensa expresividad de la pieza, mientras la orquesta acompañó con delicadeza y altas dosis de poesía. El director de origen colombiano Alejandro Posada se encargó de cumplir estas exigencias. Su dominio orquestal y amplio bagaje tanto en Latinoamérica como en Europa le facilitó llevar la empresa a tan buen puerto, especialmente en un saltarín y jubiloso allegro final resuelto con brillante impulso atlético, magistralmente acompañado del entusiasmado solista. A destacar del conjunto el poderoso y perfectamente entonado trabajo de los metales. Como propina, Comesaña deleitó al público con el tercer movimiento de la Sonata nº 2 de Ysaÿe, Danse des ombres.

Una orquesta consagrada

La consagración de la primavera es una de esas piezas que por mucho que se programe nunca se cansa uno de escuchar. Siempre hay matices nuevos y sensaciones diferentes para descubrir. La OJA cumplió con creces las exigencias de una página tan significativa cuando hablamos de renovación, como la que experimenta cada temporada esta orquesta surgida del eficaz e imprescindible programa andaluz de jóvenes intérpretes impulsado por administraciones que demostraron un compromiso y una sensibilidad de cara a la educación y la cultura que hoy corremos el peligro de perder debido a un sesgo político poco proclive a una cultura exquisita y debidamente informada.


Las prestaciones de cada una de las familias de la OJA con esta igualmente revolucionaria página fueron sobresalientes, atléticas y suculentas, sin llegar nunca al embarullamiento que su potencia devastadora corre el peligro de provocar. Posada se encargó de que La consagración sonara trasparente y cristalina, llena de matices, armonías disonantes y bruscos saltos perfectamente controlados, aunque por el camino evidenció alguna que otra brocha gorda y cierta falta de delicadeza en algunos de sus pasajes, especialmente los más íntimos. Con todo resultó una interpretación fascinante, llena de brillo y un calculado ritmo, con la que además los intérpretes parecieron sentirse muy cómodos y cómodas, e incluso divertirse de forma manifiesta.

Fotos: Guillermo Mendo

viernes, 16 de febrero de 2024

LA FUERZA DE SOUSTROT FRENTE AL PRECIOSISMO DE DOGADIN

5º Concierto de abono Ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Sergei Dogadin, violín. Marc Soustrot, dirección. Programa: Concierto para violín y orquesta en Re mayor Op. 61, de Beethoven; Concierto para orquesta Sz116 B.B123, de Bartók. Teatro de la Maestranza, jueves 15 de febrero de 2024


No por muchas veces programado deja de ser un placer volver a escuchar el Concierto de Beethoven, seguramente si no el mejor, uno de los mejores jamás compuestos para el violín. Comprobar cómo se enfrentaba a él Marc Soustrot parecía más interesante a priori que hacerlo con respecto al solista, el virtuoso y muy reconocido violinista ruso Sergei Dogadin. De él se desprendió un sonido extremadamente aterciopelado, algo más vibratado de lo conveniente, pero indiscutiblemente sólido y vigoroso. No hubo atisbo de liviandad ni superficialidad en su esmerado arqueado, si bien echamos en falta algo más de intención y expresividad en una interpretación que se nos antojó excesivamente académica, con unas cadencias que no acertamos a identificar, algo de su cosecha debió haber, que se pegaron demasiado a la melodía, como si reinterpretase el concierto sin acompañamiento orquestal.

Teniendo tan presente la majestuosidad y brillantez sin fisuras de la pieza, resulta increíble pensar que no obtuvo el reconocimiento que merecía hasta casi cuarenta años después de su estreno, cuando un adolescente Joseph Joachim como solista y Felix Mendelssohn como director lo recuperaron con ayuda de la Filarmónica de Londres. La importancia y la densidad de la orquesta no debe oponerse al solista, que sin embargo ha de reforzar el discurso orquestal y subrayar sus dotes de virtuoso. Todo esto se cumplió en la interpretación de Dogadin y la Sinfónica, sin embargo echamos en falta algo más de sentimiento y espiritualidad en la versión, y no porque el virtuoso no se dejara hasta el último aliento en su memorística interpretación, sino porque no nos pareció que fuese capaz de transmitir todo ese sentimiento veladamente trágico que emana de la obra. Fue como entender a la perfección toda la parte técnica pero dejar atrás un considerable peso de emotividad y presunta amargura, aunque Dogadin nos dejó un concierto impecable a nivel técnico, preciso y de sonido brillante. Soustrot se plegó a él con respeto y profesionalidad, contestando y dialogando con él, mientras cada uno y una de las solistas dejaron su impronta de magníficos instrumentistas, imprimiendo fuerza y energía allí donde tocaba, y delicadeza en los pasajes más introvertidos, ya fuera en la arrolladora belleza melódica del allegro inicial, como en el carácter de romanza, quizás algo falto de aliento poético, del larghetto, o la exultante alegría del allegro final. Como propina, Dogadin rubricó su condición de virtuoso con una fantasía del violinista y showman ruso Aleksei Igudesman, de aires tan discretamente aflamencados que hubo hasta zapateado.


El Concierto para orquesta de Bartók reproduce la idea del Concerto grosso del siglo XVII, con una serie de solistas enfrentados, aunque cada uno y una en pasajes distintos, al tutti orquestal. Fue un encargo de Sergei Roussevitzky, a instancias del director Fritz Reiner y el violinista Joseph Szigeti, muy amigos de un Bartók que entonces luchaba por sobrevivir en Estados Unidos, donde emigró huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Concebido para lucimiento de los solistas de la Sinfónica de Boston, ofrece grandes oportunidades a metales, maderas y viola, desde una caligrafía bastante conservadora para el legado vanguardista que había dejado el compositor húngaro. Pero no se trata de una pieza del todo convencional, y desde luego admite considerarse como obra maestra. Sentíamos curiosidad por cómo un maestro de la delicadeza y la elegancia como Soustrot se enfrentaría a un trabajo con tanta fuerza, carga enérgica e intensidad emocional. Y la satisficimos holgadamente gracias a una interpretación poderosa y concienzuda en la que batuta y orquesta se comprendieron a la perfección para ofrecernos una experiencia intensa, llena de desbordante energía. Hubo tensión e inquietud tanto en la introduzione como en una elegía resuelta con sentido dramático y apesadumbrado. Soustrot fue capaz de transmitir la sensación de sarcasmo y juego que expiden el gioco delle coppie (Juego de parejas) y el muy cantarín intermezzo interrotto, hasta desembocar en un fulgurante finale presto, en perpetuo movimiento, con turbulentos fugados y un apoteósico final, haciendo acopio en todo momento de energía y vitalidad.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 13 de enero de 2024

ECOS BEETHOVENIANOS CON MANDELRING QUARTETT

Cuartetos de cuerda en Turina. Mandelring Quartett: Sebastian Schmidt y Nanette Schmidt, violines. Andreas Willwohl, viola. Bernhard Schmidt, violonchelo. Programa: Cuarteto nº 6 en Si bemol mayor Op. 18 nº 6, de Beethoven; Cuarteto nº 1 “Sonata a Kreutzer”, de Janácek; Cuarteto nº 3 en Re mayor Op. 44 nº 1, de Mendelssohn.
Espacio Turina, viernes 12 de enero de 2024


Poco después de reinar en Madrid como artistas residentes del Círculo de Bellas Artes y casi un año después de impresionar con su concierto en el Palacio Real, los hermanos Schmidt y Andreas Willwohl recalaron por primera vez en nuestra ciudad, abriendo la apabullante programación del Espacio Turina de este año recién estrenado, dejando claro su dominio y magisterio en el difícil ejercicio de la música de cámara y muy en particular de los cuartetos de cámara, buque insignia del género. Haciendo gala de una compenetración extrema, la que hace que la música suene como un todo compacto y a la vez seamos capaces de apreciar cada sonoridad y cada instrumento con una claridad y una transparencia inauditas, los cuatro intérpretes se entregaron en cuerpo y alma con un programa en el que los ecos de Beethoven se hicieron palpables en cada una de las tres obras convocadas, la primera por autoría estricta, la segunda por alusiones directas en su intrincada trama, y la tercera por la admiración profesada por un jovencísimo Mendelssohn que no disimula en hacer referencias continuas a los cuartetos del autor de la Novena Sinfonía.

El quinto de los seis cuartetos de orden desordenado (consta como el sexto) que Beethoven dedicó al príncipe Lobkovitz, sonó descomunal en las manos expertas de los Schmidt y Willwohl. Sus tres primeros movimientos, un tanto convencionales pero magistralmente construidos en un estilo que aún mira al pasado, se tradujeron en formas delicadas y preciosistas, atención precisa a los elocuentes silencios y carácter evocador, con el primer violín imprimiendo de espíritu indolente al adagio, y el segundo ejerciendo de perfecto contracanto, mientras viola y violonchelo aportaron gravedad al conjunto. Muy vivaces y dinámicos en el scherzo, los cuatro se entregaron a un movimiento final Melancolía de grandes contrates, desde el carácter eminentemente enigmático de Sebastian Schmidt, que aunque destiló puntualmente algunos desajustes logró una interpretación global sobresaliente y se vio complementado con la angustia y el acento dramático de Bernard Schmidt al violonchelo. El continuo contraste entre dolor y exaltado júbilo se tornó magia de exultante belleza.


En el Cuarteto nº 1, Sonata a Kreutzer, Janacek describe un drama de tintes operísticos en el que los celos dan paso al crimen, a partir de Tolstoi y el mismísimo Beethoven, cuyos ecos se hacen también evidentes en su trágica escritura, salpicada de continuas disonancias y acordes estridentes que dan al conjunto un carácter histérico del que el cuarteto se hizo perfectamente eco a través de una contundente interpretación en la que primaron un fraseo preciso, un diálogo fluido y una compenetración extraordinaria. En el primer movimiento destacaron las aportaciones compasivas y apesadumbradas de la viola, mientras el violín protagonizó en el segundo unos pasajes llenos de tensión. En el tercero destacó la inquietud y el desasosiego que da paso ya en el cuarto a un universo netamente beethoveniano que los intérpretes atacaron con vehemencia desgarradora. Todo lo que aquí fue trágico y descomunal, se tornó encanto y felicidad en el tercero de los cuartetos del siempre joven Mendelssohn, a partir de la herencia de su admirado Beethoven, y que el Mandelring atacó con precisión pero haciendo siempre más hincapié en su fuerza y músculo que en su evidente delicadeza, aspecto quizás más descuidado en su particular estética musical. Hubo mucho contraste y evidente nobleza, pasajes fugados intensos y una gramática más refulgente que moderada o apacible, pero en general primó la teatralidad y el apasionamiento por encima de esa ligereza generalmente asociada al autor, lo que no restó excelencia a la fastuosa gramática del veterano conjunto alemán.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 13 de junio de 2023

DÚO MOLINA & UCHI, PODER SEDUCTOR Y COORDINACIÓN

XXXIII Festival de Primavera de Juventudes Musicales de Sevilla. Nanako Uchi y Mario Molina, piano a cuatro manos. Programa: Sonata en Re mayor K381, de Mozart; Variaciones sobre un tema de Conde Waldstein WoO 67, de Beethoven; Fantasía en Fa menor D940, de Schubert; Petite Suite, de Debussy; La Valse, de Ravel. Salón de los Carteles de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, lunes 12 de junio de 2023


El piano volvió a convertirse en principal protagonista de esta nueva edición del Festival de Primavera de Juventudes Musicales, tras el éxito de Jaeden Izik-Dzurko el pasado lunes, y con cuatro manos sobre un mismo piano éste. Los responsables fueron el soriano Mario Molina y la japonesa Nanako Uchi, que desde que se conocieron estudiando en Róterdam no han parado de recibir encargos y dar conciertos por toda la geografía española. Es evidente que para durar tanto tiempo como pareja artística es imprescindible una conexión total, mucha compenetración y una sincronización perfecta. Uchida y Molina cuentan con todos estos ingredientes y son capaces de llevar a buen puerto un concierto tan exigente como el que ofrecieron anoche en el Salón de Carteles de la Real Maestranza de Caballería.

El repaso por algunas de las páginas dedicadas a esta especialidad comenzó con Mozart y una de sus varias sonatas, la K381, compuesta en 1772 para ser interpretada por él y su hermana Nannerl. Una pieza en tres movimientos de clara inspiración juguetona, ágil y dinámica, que los intérpretes salvaron con buena nota pero con acordes aislados abruptos y algo estridentes. Además, el andante central sonó mecánico y abigarrado, sin la fluidez y la gracia que asociamos al genial compositor. Uchi se encargó del extremo agudo del piano, y por extensión de la parte melódica, mientras Molina se afanó en extraer ritmo y cuerpo de este divertimento. Por senderos parecidos, aunque con un fondo moderadamente más pesimista y trágico, deambuló la pieza de Beethoven, Variaciones sobre un tema de Waldstein, una obra de juventud de resortes igualmente clásicos, sin mucha complicación estructural pero exigente en algunos de sus pasajes en lo que se refiere a las articulaciones y pasajes fuertemente arpegiados. Tampoco aquí la interpretación se antojó demasiado comprometida, abundando los ataques deliberadamente vehementes. Los artistas, ahora con los roles cambiados, se limitaron a cumplir de manera eficiente, con discreción, destacando el colorido de las primeras variaciones frente a un velado sentido del contraste en las últimas.


Románticos e impresionados

Más cómodo y cómoda se sintieron con el romanticismo exacerbado que emana de la Fantasía D940 de Schubert, pieza icónica de esta especialidad que acumula emociones, sentimientos y una enorme expresividad llena de encanto y seducción. La más destacada de las muchas obras que para piano a cuatro manos compuso Schubert, encontró una digitación adiestrada y comprometida, con su inquietante melodía principal recorriendo la partitura de principio a fin, si acaso con puntuales faltas de cohesión cuando de cambiar de registro se trataba, pero con un acertado porte majestuoso dominando toda una interpretación vivaz y por momentos conmovedora. Con esta magistral pieza los pianistas exhibieron una compenetración sana y sincera, con mucha sintonía y el equilibrio justo sobrevolando toda la interpretación, aunque unos silencios demasiado largos afectaran parcialmente la fluidez de las transiciones.

En el último tramo, Uchi y Molina se dejaron seducir por la atmósfera inconfundible del impresionismo francés, primero de la mano de Debussy y su Pequeña Suite, un muestrario de encantadores acordes llenos de gracia y frescura que tradujeron con sencillez y nada de narcisismo, logrando transmitir toda la magia, la galantería y la fantasía que emana de sus cuatro movimientos. Después llegó una sensacional La Valse, pura fuerza, arranques rabiosos e inflexiones drásticas sin descuidar los múltiples pasajes delicados que describen esta fascinante página que frecuentemente disfrutamos en su versión orquestal. Un torbellino de drama encubierto que Molina y Uchi defendieron con ahínco, sus manos frecuentemente entrelazadas, y visiblemente agotados antes de tocar como propina una danza de La vida breve de Falla tan idiomática como colorista.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía