Mostrando entradas con la etiqueta Juan Pérez Floristán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Pérez Floristán. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de febrero de 2026

JUAN PÉREZ FLORISTÁN, PROFETA EN SU TIERRA

Sinfónico 8: El héroe y el destino. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Obertura Egmont OP. 84, de Beethoven; Concierto para piano y orquesta nº 2 en Sol mayor Sz. 95 BB101, de Bartók; Sinfonía nº 5 en mi menor Op. 64, de Chaikóvski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de febrero de 2026


La gran devoción que Juan Pérez Floristán despierta en el público sevillano justifica que ayer el Maestranza observara un lleno casi absoluto, que se repetirá hoy, lo que demuestra que el joven sevillano sí es un profeta en su tierra. Sorprende, sin embargo, a pesar del alto coste de las entradas, que la cita de mañana sábado con una orquesta tan mítica como la Sinfónica de Londres no haya corrido la misma suerte, al menos de momento, aunque a estas alturas no creemos que pueda remediarse, por muy imprescindible que sea este concierto en el marco de la actual programación.

Floristán completó con éste su particular ciclo de los conciertos para piano de Béla Bartók, que inició en junio de hace dos años de la mano de Marc Soustrot, y continuó en abril del pasado con Eun Sun Kim a la batuta. El relevo lo ha tomado ahora un director muy afín y apreciado de la ROSS, György Györiványi Ráth, no en vano principal director invitado de la formación desde 2024. Nombres de una larga lista de los que han hecho posible este complicado ciclo, y a los que con su proverbial facilidad para la retórica, el joven pianista dedicó un sentido agradecimiento.

En este octavo programa del ciclo sinfónico de la ROSS de esta temporada, se asumió el esquema clásico de concierto, una obertura, un concierto y una sinfonía, con Beethoven y Chaikóvski acompañando al segundo de los conciertos que el compositor húngaro dedicó al instrumento rey. El resultado suscitó el gozo generalizado del público, que en un par de ocasiones a lo largo de la sinfonía, pareció dejarse llevar por el entusiasmo y abandonarse a un espontáneo aplauso, al margen de la enorme ovación dedicada a Floristán.

Un pianista versátil y comprometido

Tras una Obertura Egmont de Beethoven, cuyos robustos primeros compases y una estética en general rotunda y musculosa, se vio empañada por unas continuas caídas de tensión y ritmo, lo que restó emoción y trascendencia al conjunto, Floristán acometió el Concierto nº 2 de Bartók. Arrancó con un diálogo exacerbado y aparentemente indisciplinado, en el que maderas y metales se mezclaron juguetonamente con un piano fluido e inventivo, generando un falso caos muy acorde al espíritu alegre y desenfadado del allegro inicial, y huyendo de todo mecanicismo posible.

Foto: Dolores Iglesias Fernández, Archivo Fundación Juan March

Ráth imprimió de misterio y contención la elegía nocturna que inspira el adagio central, con Floristán plegándose a ese halo de delicadeza que lo impregna, y que en su sorprendente y furtivo scherzo central se convierte en vertiginosa carrera hacia el abismo, recuperando entonces la energía vigorosa que exhibió en el movimiento anterior. La cuerda acompañó acariciando al solista y potenciando el carácter ensoñador de la pieza.

De nuevo agilidad y torbellino en el allegro molto final, acopio de virtuosismo y todo un desafío técnico que el pianista salvó con maestría, mientras la percusión potenció su espíritu eufórico y su frenético ritmo. En la propina, Floristán homenajeó a Falla con una Serenata andaluza centrada más en los acentos y el ritmo que en obtusas florituras.

Una orquesta entregada a su máxima potencia

György Ráth y la ROSS en abril 2025. Foto: Marina Casanova

Son ya muchas las veces que la ROSS se ha enfrentado a ese grito de rabia y desconsuelo que es la Quinta de Chaikóvski, con resultados en su mayoría satisfactorios. También lo fue en esta ocasión, con Ráth entregado en cuerpo y alma, y la ROSS respondiendo con todo su arsenal, resplandeciente y gloriosa. La página se deslizó con tanta amargura como cierta esperanza, evidenciando los resortes anímicos de su compositor, tan preocupado por el destino, ahora trasmutado en providencia, como lo estuvo en su anterior sinfonía, escrita una década antes.

Ráth se atrevió a modificar ritmos en algunos pasajes del allegro inicial, precedido de un melancólico adagio, y con una conmovedora tristeza informando todo el movimiento. Un inquietante arranque en el que brillaron las trompetas y el estallido enfático y generalizado de toda la sección de metal, precedió al conmovedor solo de trompa con el que se inicia el famoso andante cantabile, tan espacioso como intenso, impregnado de nobleza y patetismo. La orquesta se deslizó de forma majestuosa, plena de lirismo y serenidad, con aportaciones sobresalientes del clarinete y el oboe, y puntuales irrupciones de furia devastadora y contrastante.

El vals resultó elegante pero pasó desapercibido frente a la energía y la serenidad espiritual que destacaron en los movimientos precedentes. El andante maestoso, por su parte, se convirtió en pura batalla seguida de un triunfal final no exento de pesimismo, como fue posible adivinar de la interpretación tan desesperada que una muy disciplinada ROSS hizo de este sospechoso canto más angustiado que victorioso, bajo la firme y segura dirección de György Ráth. Para entonces, todas las familias instrumentales habían evidenciado la responsabilidad, el brillo y la majestuosidad con la que asumieron esta página tan frecuentada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 11 de abril de 2025

UN FLORISTÁN JUGUETÓN FRENTE A LA MAGIA DE EUN SUN KIM

Gran Sinfónico nº 9 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. Eun Sun Kim, dirección. Programa: Concierto para piano y orquesta nº 1 SZ83, BB91, de Béla Bartók; Petrushka, escena burlesca en cuatro cuadros (versión 1947), de Ígor Stravinski. Teatro de la Maestranza; jueves 10 de abril de 2025


Un breve acorde citando la Danza rusa de Petruchka en el primer movimiento del Concierto para piano nº 1 de Bartók, pone en relación estas dos páginas maestras del primer cuarto del siglo pasado. A su vez, en dos semanas hemos tenido la oportunidad de disfrutar de los tres ballets fundamentales del compositor ruso, dos de ellos en los atriles de la ROSS. Y del mismo modo, en estos mismos conciertos hemos podido disfrutar del arte de los dos mejores pianistas españoles (y andaluces) del momento, Perianes y Floristán.

El joven sevillano debía haber interpretado el primero de los tres conciertos de Bartók en mayo de 2023, con Marc Soustrot a la batuta, pero fue suspendido por huelga del personal de la orquesta. El tercero protagonizó el último concierto de Soustrot como director titular de la Sinfónica, en junio pasado. La próxima temporada le tocará el turno al segundo de estos conciertos.

En el podio, una de las más renombradas directoras de orquesta, la surcoreana Eun Sun Kim, ampliamente laureada, con vasta experiencia dirigiendo algunas de las más prestigiosas orquestas del mundo, y depositaria de entusiastas críticas. Muchas razones para dejarse seducir por tan estimulante cita, a pesar de su brevedad, toda vez que del programa original de aquel mayo de 2023, se apeó Finlandia de Sibelius.

Pérez Floristán entusiasmado y en sintonía

Tras dos breves piezas de juventud para piano, una rapsodia y un scherzo, Bartók compuso sus tres conciertos para piano, fundamentales para el repertorio del siglo XX, entre 1923 y 1926. El primero es una página de considerable rigor rítmico y contrapuntístico, de considerable dificultad y una estética neoclásica evidente, en la que el piano asume a menudo el carácter de percusionista, junto a una representación de la sección en la que el veterano Gilles Midoux asumió su último concierto antes de jubilarse y tras pertenecer a su plantilla desde su fundación. Un dato que el director gerente de la orquesta, Jordi Tort, aprovechó para brindarle un merecido homenaje ante el público.

El carismático pianista pareció disfrutar a tope durante toda la interpretación de la página, jugueteando con el teclado, extrayendo de él su máxima expresividad, y evidenciando en su rostro una actitud de demoledora satisfacción. Una interpretación impecable, de ritmo preciso y a menudo brutal, si bien limando asperezas y haciendo hincapié en la brevedad de sus motivos y ese puntillismo a menudo presente en la partitura. Una interpretación intensa pero controlada, especialmente en su particular andante, abordado junto a maderas y percusión como si de un misterioso pasaje se tratase.

Igualmente controlado fue el trabajo a la dirección de Sun Kim, que estuvo muy atenta a la lógica de la construcción y a la estética del pianista, si bien echamos en falta algo más de incisividad y una mayor vehemencia a la hora de articular emociones. En realidad, fue ese aparente caos que deambula por la pieza lo que más echamos en falta, como si el empeño de la directora enturbiara el concepto que habitualmente tenemos de este icónico concierto.

Floristán decidió en la propina recuperar la participación de Sibelius en el programa original, interpretando con una sensibilidad extrema y una capacidad melódica excelsa, El abeto.

Una narrativa muy precisa

Por esos derroteros corrió también Petruchka, el segundo de los ballets que Stravinski compuso para Dhiagilev, de origen igualmente pianístico, instrumento del cual se hizo cargo, con la habitual fortuna que le caracteriza, Tatiana Postnikova. Todas las familias instrumentales, por cierto, brillaron a un nivel excepcional, con solos extraordinarios de Juan Ronda a la flauta, José Forte a la trompeta y toda una sección de trompas de extraordinaria resolución.


Aquí, el empeño de la directora por hacer que todo sonara con una brillantez y una limpieza absoluta, casó muy bien con la intención narrativa de la partitura, si bien faltó a nuestro juicio un toque más grotesco allí donde la pieza lo demanda. Por otro lado, su retórica quedó perfectamente plasmada, como un mickeymousing capaz de plasmar cada movimiento y fortuna de los personajes, especialmente ese Petruchka, marioneta desgraciada y miserable a la que el amor no correspondido lleva al abismo.

Toda la alegría de la fiesta y el carnaval, así como los pasajes más relajados y sentimentales y aquellos de carácter mayoritariamente circense, sus aspectos más humorísticos y hasta ridículos, quedaron perfectamente plasmados en esta impecable interpretación. La cuerda brilló por derecho propio en sus frecuentes pasajes fuertemente sincopados, dando todo el conjunto a las órdenes de tan esmerada batuta, una inconfundible sensación de magia, tan afín a la historia narrada y los movimientos imaginados de los y las danzantes.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 7 de abril de 2025

LA MÚSICA HECHA EMOCIÓN CON UN CUARTETO DE LUJO

Diálogos concertantes en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Joaquín Riquelme, viola. Pavel Gomziakov, violonchelo. Juan Pérez Floristán, piano. Programa: Cuarteto con piano nº 1 en do menor Op. 15, de Fauré; Cuarteto con piano nº 3 en do menor Op. 60, de Brahms. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 6 de abril de 2025


Enfrentándonos a un concierto de estas características, no pudimos por menos que recordar aquellas grabaciones históricas, hoy tesoros imprescindibles, que reunían a nombres tan ilustres, por poner algún ejemplo, como los de Pablo Casals, Jacques Thibaud y Alfred Cortot, o los algo menos alejados en el tiempo Pinchas Zuckerman, Jacqueline Du Pré y Daniel Barenboim. Una forma de ver la ocasión que anoche nos brindó la Fundación Barenboim-Saïd como un lujo rara vez a nuestro alcance, y posiblemente a recordar en un futuro cercano. Los invitados a este tercer y último encuentro de excelente música de cámara en la Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, de la mano de dicha fundación, fueron el propio hijo de Barenboim, Michael, el violista murciano Joaquín Riquelme, integrante en la actualidad de la Filarmónica de Berlín, el ruso Pavel Gomziakov, de enorme proyección internacional, y el sevillano Juan Pérez Floristán, que no necesita presentación. Riquelme y Gomziakov ya intervinieron, por separado, en las dos anteriores entregas de este ciclo.

Cuatro intérpretes de lujo cuya capacidad de entrega y compenetración desdice cualquier teoría sobre que para hacer buena música de cámara es necesario constituirse en conjunto estable cuyo trabajo en equipo se encuentre consolidado desde la raíz. Por separado, estos cuatro intérpretes son unos fuera de serie, pero en formación de cuarteto son capaces de dar lo mejor de sí, por responsabilidad y por la experiencia cosechada a lo largo y ancho de este mundo. Son profesores puntuales en la Fundación, y sus clases magistrales pueden considerarse un privilegio para quienes las reciban y acaben convirtiéndose en los virtuosos del futuro.


En los atriles, un programa tan exigente que puede provocar en el intérprete una fatiga claramente visible. El Cuarteto nº 1 con piano de Fauré es su primera obra de cámara importante, siguiendo los modelos de Schumann y Brahms. Sus intérpretes se hicieron eco de su efusividad, desbordante pasión e ímpetu desde el primer acorde. Su allegro molto moderato sonó robusto y fornido, con ligeras y cromáticas aportaciones en la cuerda grave y un acompañamiento al piano tan variado como acertadamente rítmico, haciendo acopio de su flexible gramática, insinuante y suntuoso. Muy juguetón resultó el scherzo desde sus primeros acordes en pizzicato, tan sutil como seductor. El adagio fue tan lúgubre como enternecedor, siempre acertando en la expresividad justa, acentuando su clima sereno y ocasionalmente apasionado. Y el final alcanzó una intensidad torrencial, con una compenetración absoluta entre el teclado y la cuerda, en el límite del caos pero sin perder en ningún momento la claridad de las líneas melódicas. Especialmente sorprendente fue la habilidad y la elegancia con la que cada instrumento fue relevando en la melodía al anterior, en cascada, siempre desde el respeto y la consideración.

El Cuarteto nº 3 con piano de Brahms, terminado tan sólo cinco años antes que el de Fauré, aunque su origen data de veinte años antes, cuando un joven Brahms sufría supuestamente por el amor de Clara Schumann, combina el ardor juvenil con esa relativa calma adoptada en la madurez. Es el más bello de los tres que compuso, y también el más libre y personal, sólo motivado por la inspiración y la emoción. Su allegro inicial resultó tan trágico como sombrío y pesimista, con Floristán acentuando su carácter dramático. En el scherzo los cuatro se emplearon a fondo para destacar su ritmo vigoroso y épico, hasta alcanzar un final verdaderamente salvaje, fruto de esa compenetración absoluta aludida. Violín y viola se emplearon a fondo en el andante para destacar su carácter melódico y su nobleza de espíritu, con resultados tan emotivos como delicados. Las sombras reaparecieron en el allegro final, con Barenboim ofreciendo un primer tema lírico y amplio, en contrapunto con el más agitado teclado, así hasta alcanzar ese final liberador de todas las pasiones desarrolladas hasta el momento.

Fotos: Guillermo Mendo

viernes, 28 de junio de 2024

MARC SOUSTROT PROTAGONIZA UNA DESPEDIDA DECIBÉLICA

11º Concierto de abono Ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano; Marc Soustrot, dirección. Programa: Obertura festiva Op. 96, de Shostakóvich; Concierto para piano nº 3 en Mi mayor Sz.119, de Bartók; Sinfonía nº 9 en mi menor Op. 95 “Del Nuevo Mundo”, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, jueves 27 de junio de 2024


Ha pasado más de un mes desde el último concierto de abono del ciclo Gran Sinfónico de la ROSS, aunque en este tiempo la hemos disfrutado en el concierto extraordinario de Juventudes Musicales y en la ópera Nabucco. Casualmente hemos tenido la oportunidad de reencontrarnos en una misma semana, por separado, con el director Lorenzo Viotti, que nos acompañó el pasado lunes junto a la Filarmónica de Viena, y el pianista sevillano Juan Pérez Floristán. Juntos protagonizaron un concierto de la ROSS en abril de 2015. Si no fuera por un colega de profesión no nos hubiéramos acordado de aquella ocasión en la que vaticinábamos un triunfal futuro para el suizo, mientras Floristán ha acumulado madurez y confianza, convirtiéndose en el excelente pianista que es hoy.

Para Marc Soustrot éste supuso su último concierto como director titular de la orquesta, que volverá a dirigir como invitado la próxima temporada. Para su despedida, el maestro eligió piezas muy enraizadas en el imaginario norteamericano. La de Shostakovich es una obra alegre y desenfadada cuyos acordes parecen imitar a las épicas películas hollywoodienses cuyo estilo tanto debe a los grandes compositores eslavos. Bartók posiblemente suavizó sus formas no sólo para adecuarse a las limitaciones de su esposa pianista, ni por aproximarse a sus últimos días de vida, sino por adaptarse a la estética estadounidense, el país en el que residía, menos proclive a fagocitar las corrientes vanguardistas que imperaban en el viejo continente. Y de Dvorák y su última sinfonía poco hay que añadir, sino que de alguna manera cimentó el estilo que tiempo después Copland acuñaría para desarrollar su música a la americana.

Sin embargo, esa sutileza y esa elegancia que siempre hemos asociado al maestro galo, surgió en menor proporción en este concierto de despedida, optando más por una exhibición decibélica y una estética apoteósica, aún a costa de someter el auditorio a una saturación acústica que en ocasiones se tornó incluso estridente. Nada que objetar en este sentido a esa Obertura festiva que Shostakóvich concibió por encargo en los años cincuenta para celebrar el aniversario de la Revolución. Abstrayéndonos de sus verdaderas intenciones, queda la lectura sin dobleces ni ironía de Soustrot, centrada en exhibir fuerza y alegría, con notables intervenciones de los metales, excepto las trompas, que no tuvieron ni en ésta ni en el concierto de Bartók, su mejor noche.

Floristán se reafirma concentrado y responsable

La última obra del autor de El mandarín maravilloso, es sin duda su concierto para piano más amable y distendido, también en lo técnico, aunque reviste las suficientes dificultades y merece la atención al detalle y a su intrincada expresividad que Floristán fue capaz de ofrecerle. El joven pianista se adaptó a su atmósfera tranquila de texturas impresionistas, respetando sus ocasionales resonancias perturbadoras y el ritmo obsesivo y exuberante que de vez en cuando aparece. Especialmente lúcido estuvo en el movimiento lento central, evocando esa hechizante yuxtaposición de radiante coral con una brillante música nocturna casi mística. El dominio del fugato y la vitalidad rítmica sin agresividad primaron en el allegro final. Pero lo mejor devino en la fluida complicidad entre solista y orquesta, gracias al mimo con el que Soustrot acompañó en todo momento. Como propina, parte del sentimiento y la delicadeza que impregnó en el Preludio en mi menor Op. 28 nº 4 de Chopin se perdió debido a las toses, ruidos inclasificables y recurrentes caídas de objetos que lo agredieron.

Soustrot despachó la Sinfonía del Nuevo Mundo haciendo un gran alarde de exhibición pirotécnica, ahora con las trompas más disciplinadas y una tendencia general a lo apoteósico, si bien echamos en falta más presencia de la cuerda grave, lo que acabó provocando un sonido más metálico de lo conveniente e incluso puntualmente estridente. Esto no impidió que el buen gusto del maestro asomara en páginas como el hermoso largo, todo un triunfo melódico del que batuta y conjunto extrajeron su potencial nostálgico y evocador, antes de enfrentarse a los continuos saltos en staccato del scherzo y al vigor y el dinamismo del finale.

Foto: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 23 de septiembre de 2022

SOLEMNE ARRANQUE DE TEMPORADA DE LA ROSS

1er concierto del ciclo Gran Sinfónico de la Temporada nº 33 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Trío VibrArt: Miguel Colom, violín; Fernando Arias, violonchelo; Juan Pérez Floristán, piano. Marc Soustrot, dirección. Programa: Concierto para violín, violonchelo y orquesta en Do mayor Op. 56, de Beethoven; Sinfonía nº 1 “Titán” en Re mayor, de Mahler. Teatro de la Maestranza, jueves 22 de septiembre de 2022


Han pasado dos meses desde nuestro último encuentro con la Sinfónica de Sevilla, y sin embargo parece que fue ayer; el reencuentro no pareció realmente tal. Hace apenas unos días, el 4 de septiembre, fallecía Klaus Weise en Francia a los ochenta y seis años, y la orquesta quiso rendir su particular homenaje a quien la dirigiera a comienzos de su rodaje, justo cuando tomó el relevo de Sviatoslav Sutej, también desaparecido. Pero lo hizo sin algarabía, con una mera dedicatoria en el programa de mano a quien tanta huella dejara en la formación y en la afición, que descubrimos con él a un Wagner suntuoso en el Tannhäuser de Werner Herzog, y añadimos más admiración si cabe a Strauss con su particular visión del poema sinfónico Así habló Zarathustra. A él se dedicó este primer programa que se prometía desde los medios una fiesta a cargo del Trío VibrArt y una partitura, la de Beethoven, que siempre se ha tildado de ligera e intranscendente, desdeñando sus relevantes valores y su fascinante viaje al pasado en plena simbiosis con el presente del autor, y hasta con el devenir de la música tras él.

Compenetración sin relieve

No fue sin embargo precisamente una fiesta la forma de entender de los jóvenes intérpretes el Triple Concierto. La suya fue más bien una visión nostálgica, incluso melancólica, falta de empuje y sin los ataques precisos y contumaces que la pieza reclama. Este concierto grosso algo desubicado en pleno Romanticismo no resultó suficientemente convincente, faltó relieve y faltó sobre todo energía. El nuevo piano del Maestranza y la ROSS, un Yamaha de ultimísima generación fruto de una larga investigación, sonó eso sí brillante y transparente en manos de un rutilante e ilusionado Juan Pérez Floristán, que inauguró así su temporada como artista residente de la orquesta. Pero eso no fue suficiente para que destacara como tantas otras veces ha hecho; tampoco lo hicieron sus compañeros, a menudo perdidos entre la maraña orquestal, con Arias ofreciendo poco volumen y cuerpo en su violonchelo, exquisitamente fraseado por otro lado, pero al que incluso se le escaparon algunos acordes desafinados. Por su parte, Colom exhibió un sonido aterciopelado pero puntualmente distorsionado por inoportunos acordes estridentes. Sorprende porque son jóvenes que nos han colmado de orgullo y han alcanzado los retos más inimaginables para personas de su edad en su campo profesional. Y lo peor es que ni ellos ni la orquesta alcanzaron a plasmar la grandeza y la extrema desenvoltura de la pieza ni su contagioso optimismo, ni siquiera en su brillante polonesa final, resuelta sin chispa ni gracia. Más resplandecieron en el breve y melancólico largo central, que Arias defendió con mucho lirismo, y en la propina, una pieza de Chaikovski adaptada para la ocasión.


Un Mahler espléndido y alternativo

Soustrot acudió a su cita con la orquesta de la que es director titular ataviado con una gorra que protegía una leve intervención quirúrgica sufrida en la cabeza, lo que no le impidió, ahora sí libre de las ataduras del acompañamiento, ofrecer una Titán suntuosa y absolutamente diversa y espectacular. La pieza ha subido al escenario del Maestranza, y otros de la ciudad, en demasiadas ocasiones en los últimos veinte años, por lo que se agradece una visión nueva y diferente como la que ofreció Soustrot al mando de una Sinfónica en plena forma y aumentada para la ocasión. Tras los consabidos rumores de la naturaleza con los que arranca la partitura, algunos defendidos por las trompetas fuera del escenario, surgió un primer movimiento de espíritu sosegado y cantarín, al que Soustrot añadió además una buena dosis de sensualidad, como acariciando cada acorde y captando nuestra atención de forma total y absoluta ya hasta el final. Solo así fuimos capaces de observar tantos detalles y matices que quizás, por nuestro desdén hacia la partitura, antes no habíamos apreciado. Especialmente brillantes resultaron el trío, delicadísimo y sensual, del segundo movimiento en forma de ländler, y un tercer movimiento en el que sacrificó lo grotesco y brutal, y de ese modo la intención de Mahler, para ofrecer una lectura más elegante y sofisticada que no desaparecería en el brillantísimo y triunfante final coronado con las trompas en pie. Entre los muchos aciertos del acercamiento del maestro a la obra, destacó su claridad tímbrica y la trasparencia de matices, y entre lo menos convincente, el sonido excesivamente metálico del conjunto. La temporada, una vez más demasiado conservadora, está inaugurada.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 2 de junio de 2022

RUSOS EJEMPLARES PARA UN DEBUT Y UNA SOLUCIÓN

Concierto extraordinario de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Javier Comesaña, violín. Juan Pérez Floristán, piano. Alfonso Casado, director. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 35, de Chaikovski; Concierto para piano nº en Do menor Op. 18, de Rachmaninov. Teatro de la Maestranza, miércoles 1 de junio de 2022


Ayer fue el día de la ROSS. La formación presentó su trigésimo tercera temporada y se entregó con ahínco y profesionalidad a una nueva colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla, tras la buena acogida que tuvo la propuesta
el año pasado. En cuanto a la nueva programación de la orquesta, no nos parece válido justificar la repetición sistemática de títulos tantas veces interpretados con el fin de recuperar público y atraer nuevos correligionarios tras un par de temporadas en las que el aforo del Maestranza se ha visto seriamente mermado. Más bien se nos antoja una medida que espanta al público fiel, que se cuestiona así seguir acudiendo a conciertos que de algún modo representan cierto déjà vu. Una combinación de programas novedosos y otros populares sería más apropiado dadas las circunstancias, de lo contrario sería como si todos los años estrenasen más o menos las mismas películas, ¿quiénes irían a verlas?

Hecha esta pequeña reflexión, la de anoche estaba destinada a ser el debut en el Maestranza de dos interesantes y prometedores artistas jóvenes, el alcalareño Javier Comesaña y el albaceteño Pedro López Salas, de la mano de Juventudes Musicales, que cumple así uno de sus cometidos principales, la promoción de nuevos valores. Sin embargo, una enfermedad repentina obligó en el último momento a abandonar al segundo, lo que sin duda habrá provocado una profunda y dolorosa frustración en el joven pianista, que esperemos la orquesta y el coliseo puedan remediar en un futuro muy próximo. La suerte quiso que otro sevillano, este sí con una carrera fructífera y afianzada a sus espaldas, Juan Pérez Floristán, se encontrase en la ciudad tras desembarcar en ella desde Munich para presentar la temporada de la que él es artista residente. Su madurez y profesionalidad le llevó a aceptar el reto de sustituir a López Salas apenas repasando de un vistazo la partitura asignada, con los buenos resultados esperables, si bien apreciándose su intención de no deslumbrar ni eclipsar de ninguna manera la que debía ser la noche de Comesaña, lo que se tradujo en una interpretación del segundo de Rachmaninov acomodada en una gramática impoluta, un fraseo fluido y elegante y una extrema delicadeza melódica, pero sin caer en florituras ni exhibición de virtuosismo extremo. Su versión de Rachmaninov estuvo henchida eso sí de aliento poético y vuelo lírico, aunque a menudo sobrepasada por un peso orquestal excesivo, dejando en evidencia que faltara más tiempo para llegar a un mayor entendimiento entre él y la batuta, un Alfonso Casado que regresó a su tierra para dejar claro que se puede enfrentar al repertorio clásico con la misma solvencia con la que lo hace en el ligero, con el que se ha creado un merecido puesto en los escenarios del West End londinense.

La combinación de un pianista y un violinista, base estructural del concierto del pasado año, fue también la del presente, con un espléndido Javier Comesaña protagonizando la primera parte del concierto, tras haber disfrutado de su incontestable sensibilidad musical en otros espacios como las Noches del Alcázar y la Sala Chicarreros, también entonces de la mano de Juventudes Musicales. Su debut en el Maestranza estuvo precedido de los importantes premios obtenidos en certámenes como el de Jascha Heifetz o Joseph Joachim, cuyo segundo premio le permitió lucir un valioso violín del siglo dieciocho con el que logró una interpretación magistral del concierto de Chaikovski. Tras dejar claro su dominio del instrumento y entregarse a largas y afinadas frases que añadieron una importante traza de elegancia a su interpretación, Comesaña cuidó en extremo todos los detalles de la partitura, sin esa exhibición de virtuosismo a menudo gratuito con la que muchos rubrican su cometido, lo que se hizo patente en cadencias muy bien informadas y primorosamente construidas, que embellecieron su visión de una página tan asentada en el acervo popular. La naturalidad y la fluidez fueron los claros detonantes del éxito cosechado con esta emblemática partitura, a la que la batuta de Casado se plegó con idéntica resolución, controlando todos sus aspectos y extrayendo de cada solista y familia el sonido más terso y adecuado a la situación. El andante dolce de una de las sonatas de Prokofiev sirvió al artista de Alcalá de Guadaira para redondear su mágica noche de debut en el Maestranza y dejar a sus patrocinadores a la altura que merecen.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 3 de abril de 2021

EL DISCURSO INTUITIVO DE PÉREZ FLORISTÁN

38º FeMÁS. Juan Pérez Floristán, fortepiano. Programa: Sonatas nº 18 en Mi bemol mayor Op. 31 nº 3 y nº 23 en fa menor Op. 57 “Appasionata”, de Beethoven; Wanderer-Fantasie en Do mayor D. 760, de Schubert. Espacio Santa Clara, viernes 2 de abril de 2021

Foto: Francisco Roldán
Que Juan Pérez Floristán es un excelente pianista y exhibe una espléndida madurez a pesar de ser aún muy joven, fruto del trabajo y el estudio infatigable a lo largo de estos últimos diez años, es un hecho incuestionable. Que solo una treintena de personas pudiéramos disfrutar de su talento en esta recta final del Femás nos convierte sin duda en unos privilegiados. La estrella además no solo era él sino también el estupendo instrumento del que venía acompañado, un magnífico fortepiano similar al que Thomas Broadwood regaló al mismísimo Beethoven en la última etapa de su vida, y que el compositor convirtió desde entonces en su instrumento favorito.

Y con este teclado integrado en un bellísimo mueble de color natural y ornamentado, cuando el tamaño todavía permitía prescindir del cromado negro con el que habitualmente se abaratan precios y se evitan problemas técnicos en los pianos modernos, Floristán demostró además ser un estudiante ejemplar, tocando todo de memoria. Se lució también como inquieto divulgador, dando su particular visión de cada pieza con una singular facilidad para la elocuencia, e incansable investigador, explorando todas las posibilidades tímbricas y expresivas que le brinda un instrumento de época, imprescindible para dar sentido a su inclusión en este veterano festival. Un ejemplar cuyo sonido se aparta considerablemente de los modernos teclados a los que asociamos estas notas tantas veces disfrutadas y analizadas.

Beethoven y Schubert al fortepiano

La experiencia le sirvió para adentrarse en las complejas sensibilidades de los autores elegidos con total desinhibición y un carácter profundamente intuitivo que le permitió seguir su propio discurso dramático y narrativo, como si partiera de cero sin mirar atrás ni a nada de lo que hasta ahora se había dicho de tan magistrales páginas. Las tres sonatas opus 31 de Beethoven constituyen obras de transición entre la gramática y el universo expresivo de sus obras tempranas y las grandes obras arrebatadas y heroicas que habrían de caracterizar ese período tan creativo y vanguardista que anticipan la Appasionata y la Hammerklavier. El sonido a menudo grueso y rugoso del fortepiano protagonizó un allegro de la op.3 nº 3 de marcados contrastes y ágil articulación, mientras un muy matizado minueto sirvió de perfecta transición entre el vibrante scherzo y el fogoso y virtuosístico final, abordado todo siempre desde la claridad y la precisión que proporciona tanta seguridad en sí mismo.

Hay más discurso y más drama en la sonata op. 57, y aquí las limitaciones del instrumento y la costumbre de nuestro oído hizo que echáramos de menos frases más largas y desarrolladas, más expansivas en general. Floristán no obstante cuidó combinar el lirismo y la intensidad, ese equilibrio entre tensión dramática y libertad lírica que reviste su primer movimiento. Nos gustó mucho el tono quebradizo con el que se enfrentó a su enigmático andante, hasta confluir en un furioso final. Más intensa aún nos pareció su manera de atacar la Fantasía del vagabundo de Schubert, traducción más afín al espíritu de esta maravillosa pieza que la habitual de caminante. Aquí Floristán acertó en poner mayor énfasis en su precioso movimiento lento, esa sucesión de variaciones sobre el lied que le da título y que acoge las emocionantes palabras clave del poema en que se basa, soy un extraño en todas partes. Esa disconformidad, ese desconcierto de quien habita este mundo pero se lo cuestiona continuamente a lo largo del tiempo y hasta la muerte, lo asumió el pianista como su particular discurso narrativo y expresivo, desde la perfección técnica y la responsabilidad intelectual. Después, como propina, el Momento musical nº 3 tan sencillo e infantil, se reveló ante nosotros como una de esas melodías que evocan momentos, personas y alegrías de, al fin y al cabo, eso que llamamos la vida.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 24 de enero de 2021

UN INTENSO PÉREZ FLORISTÁN DIRIGIDO POR SU PADRE

2º Concierto de abono (Ciclo 30 aniversario) 2020-2021 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. Juan Luis Pérez, director. Programa: Conciertos para piano para la mano izquierda en Re mayor y para piano en Sol mayor, de Ravel; Nocturno Sinfónico, de Marcos Fernández-Barrero. Teatro de la Maestranza, sábado 23 de enero de 2021

El pianista bajo la atenta mirada de su padre
Foto: Guillermo Mendo
Decíamos con ocasión del concierto de la Barroca, la misma mañana del sábado, que se trataba de una ocasión única en la que el melómano sevillano podía disfrutar de nuestras dos joyas musicales en el mismo día y el mismo espacio. Los cambios ocasionados por las restricciones del covid posibilitaron la ocasión, desviando el habitual concierto de abono de la Sinfónica del jueves y el viernes al sábado a primera hora de la tarde y hoy domingo por la mañana. Las cuatro y media son ciertamente un horario corriente en muchas plazas europeas, pero no aquí donde primero tendría que acostumbrarse nuestro estómago, adelantando nuestra habitual hora del almuerzo. 

Este segundo concierto de la temporada del 30 aniversario de la orquesta coincidió con el anuncio de un posible y lógico fichaje de Marc Soustrot como nuevo director musical de la ROSS. Y decimos lógico porque su entendimiento con los maestros y maestras de la orquesta está fuera de toda duda tras tantos años de esporádicas colaboraciones, y porque suyo fue en gran parte el éxito de sus dos últimos conciertos, el de Año Nuevo y el de conmemoración de estos treinta años de andadura. Pero era este segundo programa de abono sin duda el más esperado de la temporada, por la confluencia en el mismo escenario de un padre y un hijo tan queridos para la ciudadanía que año tras año ha comulgado con nuestra querida Sinfónica. Considerado siempre como un eficiente artesano que ha sacado a la formación de más de un embrollo, con éste Juan Luis Pérez firmó el que es seguramente el mejor concierto que le hemos escuchado; sin duda ha trabajado estrechamente con su propio hijo, que también ha dejado una especial impronta en sus acercamientos ravelianos, y los espléndidos resultados se dejaron ver con satisfacción y notoriedad. 

Una cita singular: Los dos de Ravel y un estreno absoluto 

Foto: Guillermo Mendo
Dicen quienes asistieron a aquel concierto de hace algunos años que la interpretación que hizo Pérez Floristán de la Rapsodia en Blue de Gershwin fue antológica. Y deben tener razón a juzgar por la atmósfera y el clima que fue capaz de evocar en sus espléndidas versiones de los dos conciertos de Ravel para piano, tan influidos por el jazz y la impresión que causó en el autor del Bolero su viaje por Norteamérica a las puertas de la década de los treinta del siglo pasado. Con el Concierto para la mano izquierda, el que más ha prosperado de cuantos se escribieron para el pianista austriaco Paul Wittgenstein cuando perdió la mano derecha en la Primera Guerra Mundial, Pérez Floristán acertó a transmitir un aire crudo y amargo, incluso paródico en sus incursiones jazzísticas, siempre vulnerable y expectante, perfectamente acompañado por una batuta atenta y esmerada. La prodigiosa orquestación brilló en todo su esplendor gracias al trabajo impecable de Pérez, mientras su hijo se centró en ofrecer una mirada profunda e intensa, visible incluso en sus ademanes físicos. No fue quizás una interpretación emocionalmente devastadora pero sí tensa, dramática y hasta opresiva. Algo más amable, el Concierto en Sol mayor del mismo año 1931 permitió al joven pianista hacer acopio de virtuosismo, dejando también su impronta en unos pianissimi casi imperceptibles, sobre todo en el delicado arpegiado del adagio central, que resolvió con mucha sensibilidad, notable talento melódico y considerable capacidad de ensoñación. Batuta y piano se entendieron a la perfección en el endiablado presto final, sin descuidar jamás el equilibrio formal de la pieza. La Danza de la moza donoso de Ginastera protagonizó una sentida propina, precedida de un emotivo discurso con el que evidenció un enorme desparpajo. 

En medio de los dos Ravel, y para potenciar aun más la singularidad de la propuesta, asistimos al estreno de una obra premiada por la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas y la Fundación BBVA, Nocturno Sinfónico de Marcos Fernández-Barrero, con la que pretende evocar la dinámica del sueño cuando se convierte en pesadilla. Su voluptuosa orquestación y enmarcarse en una efectiva corriente que vampiriza géneros y estilos hasta convertirse en una amalgama de sonidos tan seductores como envolventes, dan buena cuenta del buen hacer del autor, preso de un entusiasmo cultivado en este mundo tan tecnológicamente mediatizado. Un sugerente viaje por el subconsciente humano mientras descansa (o no), en el que destaca un sensacional diálogo entre acordes cortos de los metales y largos y sostenidos de la cuerda. Siempre es un placer y un privilegio acercarse a las obras de nuevo cuño, analizarlas por primera vez y vaticinarles si cabe algún tipo de futuro

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 20 de diciembre de 2019

LA CAJA DE MÚSICA DE FLORISTÁN

XXX Temporada de conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. John Axelrod, dirección. Programa: Hamlet Op. 67, Concierto para piano y orquesta nº 1 y Sinfonía nº 4, de Chaikovski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de diciembre de 2019

El tercero de los conciertos de abono de la ROSS de esta temporada, muy distanciado en el tiempo del anterior, se centró exclusivamente en Chaikovski. Podríamos pensar que se trata de una elección muy navideña tratándose del autor de ballets tan de estas fiestas como El lago de los cisnes y El Cascanueces. Sin embargo el temperamento fuerte y atormentado del compositor aleja cualquier sospecha de que fuera esa la razón de su elección a tan pocos días de tan entrañables fechas. Arropar el regreso de Pérez Floristán al Teatro que le vio nacer y crecer, rodeado de tantas y tan buenas amistades, con otras piezas del autor del célebre Concierto para piano nº 1 que eligió para la ocasión, dejó claro el intenso contenido dramático de la propuesta; así lo corroboran su fantasía obertura Hamlet y la Sinfonía nº 4, primera en la que refleja su fuerte temperamento y profundo desencanto ante la vida, y primera vez en que aparece el fatum, ese destino implacable del que según él era imposible escapar.
 
La obertura Hamlet es un trabajo sugerido por el hermano de Chaikovski, Modest, que se estructura aparentemente en tres partes, aunque presenta tal amalgama a menudo inconexa de ideas y temas que resulta difícil atisbar la estructura apuntada. Eso sí, tales ideas se revelan a menudo brillantes e inspiradas, pero su ensamblaje acaba resultando artificioso y poco desarrollado. Axelrod, que al principio de la velada fue galardonado con un Premio Paraíso de la Asociación de Amigos de la Sinfónica, dirigió con vehemencia y decisión, a lo que cada conjunto orquestal respondió con brillantez técnica y expresiva, y una sensacional trasparencia. Fue por ello una excelente interpretación de una página irregular.
 
Buscando su propia personalidad
 
Es evidente ya desde su propio atuendo, esos singulares calcetines rojos que nunca abandona, que el joven y reconocido Juan Pérez Floristan busca una imagen y un lenguaje propio, lo que no siempre es positivo y a veces conduce a la equivocación. Así lo entendemos nosotros, que no vimos acierto en su particular visión del Concierto nº 1 de Chaikovski. Una pieza que ya desde su célebre arranque atacó con liviandad y un registro extremadamente relamido y frágil. Afortunadamente logramos de seguido identificar el espíritu de la obra, aunque en según qué pasajes volviera a brotar esa estética amanerada con la que no logramos identificar la música de un autor que ya nos parece suficientemente empalagoso. Pero es así en cuanto a patetismo y exuberancia melódica, no en el sentido de sonar como una cajita de música, que es lo que atisbamos en manos de Floristán. Una preocupación extrema por la dulzura en detrimento de la pasión. No cabe duda de que tiene la partitura muy trabajada y aprendida, pero estuvo tan atento a decir algo nuevo sobre ella que nos pareció con frecuencia poco natural, forzado. Tampoco encontramos en su segundo movimiento el lirismo acostumbrado, sí preciosismo pero sin emoción. Faltó en general equilibrio entre su grandeza heroica, prácticamente ausente, e intimismo lírico. No hace falta que sea enfático, pero tampoco tan liviano y reprimido, aunque a nivel técnico no tenemos nada que reprocharle, y ahí estuvieron sus virtuosas y muy matizadas cadencias para demostrarlo. Axelrod se adaptó a la estética propuesta, pero no pudo evitar ahogar puntualmente al solista ante su empeño de tocar con tanta ligereza y delicadeza. La propina, el famoso Momento musical nº 3 de Schubert, la despachó sin embargo con fuertes contrastes de ritmo y dinámica poco apropiados para una pieza tan ligera.
 
Axelrod acertó con la Sinfonía nº 4, logrando una respuesta brillante de la orquesta, desde unas poderosas y evocadoras trompas al principio, pasando por una cuerda de altos vuelos y unas maderas refulgentes y delicadas según qué pasajes. Dejó clara la ausencia de esperanza del primer movimiento frente a ese destino inexorable, dejando el escaso eco de felicidad como en un segundo plano de ensoñación. Un melancólico andantino con sobresalientes intervenciones del oboe, el violonchelo y el fagot, y un obstinado pizzicato de la cuerda en el scherzo, dieron paso a una explosión de temperamento y fuerza en el allegro final, una vitalidad en línea con su compatriota Glinka, que batuta y plantilla entendieron en su justa medida, ligeramente enloquecida frente al supuesto deleite popular que parece emerger de la pieza.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía