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lunes, 23 de marzo de 2026

RETRATO DE FAMILIA EN PERFECTA SIMETRÍA

Diálogos concertantes con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Michael Barenboim, violín y viola. Elena Bashkirova, piano. Programa: Sonatina para violín en la menor nº 2 Op.137 D.385 y Sonata en la menor para arpeggione y piano D.821, de Schubert; Sonata para violín y piano nº 1 en la menor Op.105 y Märchenbilder para viola y piano Op.113, de Schubert. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 22 de marzo de 2026


Sin duda alguna, la de este domingo en el Maestranza ha sido la cita estrella del ciclo Diálogos concertantes que celebra con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Se trata de Michael Barenboim, el excelente violinista hijo del ilustre fundador, y su madre, Elena Bashkirova, segunda esposa del pianista y director de orquesta, israelí de origen ruso, una mezcla sin duda explosiva que demuestra que hay muchos y muchas que no se dejan arrastrar por el fango de la infamia. No olvidemos que la fundación trata de llevar la paz a los territorios hostigados, acercando a palestinos e israelíes, un objetivo cada vez más lejano y frustrado.

No estaba asegurada, pero todo corría a favor de que la compenetración fuera sobresaliente, y así fue, a pesar del toque algo mecánico y a menudo falto de vuelo lírico de la veterana pianista. Sin embargo, logró hacer con su hijo el tándem perfecto, controlando en la medida de lo posible su presencia en cada una de las piezas seleccionadas. El diseño del programa, en perfecta simetría, con el violín protagonizando la primera parte y la viola la segunda, se centró en páginas de enorme calidad, exuberante romanticismo y considerable melancolía, que madre e hijo llevaron por la mejor de las sendas posibles.


Barenboim exhibió un considerable virtuosismo en la Sonatina nº 2 de Schubert, con grandes intervalos y estimulantes crescendos y decrescendos que generaron máxima tensión. Siguió un encantador lirismo, fuertemente contrastado en el andante, así como un gran trabajo en armonía en el minueto, hasta desembocar en un elaborado allegro final que demostró el riguroso diálogo entre las partes convocadas.

Más enjundia tiene la Sonata para violín y piano nº 1 de Schumann que completó la primera parte, una hermosa página cargada de imperioso sufrimiento a pesar de lo mucho que se ha criticado al autor su torpe trabajo con el violín, a menudo cargado de graves. En manos de Barenboim, el primer movimiento sonó apasionado y a la vez sombrío. El allegretto central resultó discreto pero no falto de aliento poético, y el movimiento final, animado, sumamente melódico y de nuevo doloroso. Al sonido homogéneo y el fraseo flexible del violinista se sumó en todo momento la colaboración atenta y fiel de la consumada pianista.


Viola en mano, instrumento del que demostró también poseer un dominio técnico absoluto, comenzó la segunda parte del concierto con una obra de Schumann que se titula Ilustraciones de cuentos, un ciclo ensoñador, poético y definitivamente feliz. Barenboim hizo gala de lucidez y sensibilidad afrontando un diálogo melancólico, a veces enérgico, prestando atención a la fantasía y emotividad impresas en una página que concluye con una preciosa canción de cuna en la que brilló una gran compenetración entre ambos intérpretes.

Terminó como empezó, con Schubert, esta vez con su popular Sonata para arpeggione, obra de circunstancia para promover un instrumento efímero derivado de la viola da gamba, híbrido entre la guitarra y el violonchelo, que hoy se suele tocar al violonchelo. No obstante, a la viola Barenboim consiguió exprimir sus posibilidades melódicas, llenas de encanto y espíritu ensoñador, con una particular dulzura y la complicidad siempre a punto de Bashkirova. Luz y alguna que otra tiniebla se hicieron eco en esta expresiva y expansiva página que pone de manifiesto la enorme inventiva melódica de su autor, siempre bajo una articulación precisa, un fraseo flexible y poético, y una compenetración llena de sutileza y lirismo.

Fotos: Guillermo Mendo

martes, 30 de diciembre de 2025

THOMAS GUGGEIS CON LA MÁS HERMOSA Y ADULTA JUVENTUD

Orquesta Fundación Barenboim-Said. Corinna Scheurie, mezzosoprano. Thomas Guggeis, dirección. Programa: Variaciones sobre un tema de Haydn Op. 56a, de Brahms; Shéhérazade M.41, de Ravel; Sinfonía nº 5 en re menor Op. 47, de Shostakóvich. Teatro de la Maestranza, lunes 29 de diciembre de 2025


Poco hay ya que nos sorprenda del nivel alcanzado en la interpretación musical de nuestros y nuestras jóvenes. Son muchas las orquestas que funcionan como si de verdaderos conjuntos profesionales se tratara, casi exclusivamente con el alumnado de los conservatorios andaluces o, como es el caso, el exigente calendario de instituciones que han marcado la agenda musical andaluza desde hace ya tantos años. En este sentido, la Fundación Barenboim-Said sigue apostando por la calidad extrema, ofreciendo conciertos como el de anoche, quizás entre los más memorables que han celebrado en el Maestranza.

Este año, siempre manteniendo la cita pre Año Nuevo que les caracteriza, ha sido un estrecho colaborador de Daniel Barenboim, el joven y ambicioso Thomas Guggeis, quien se ha encargado de extraer tanto brillo, furia y color a esta formación, con resultados a nuestro juicio sobresalientes, no sólo desde el punto de vista técnico, sencillamente impecable, sino desde una sensibilidad y una capacidad expresiva portentosa, lograda a través de la potenciación de cada detalle y cada matiz. Todo ello teniendo en cuenta las características tan diferentes de cada obra en los atriles.

Encanto místico y fusión de la voz

Un profundo sentimiento místico, traducido en formas ceremoniosas, se introdujo en las Variaciones sobre un tema de Haydn de Brahms, con maderas sublimando el arranque, y a partir de ahí el trabajo minucioso y responsable de la cuerda, elevando la pieza al pódium del sinfonismo brahmsiano más relajado, noble y elegante. Atisbamos ya entonces la enérgica expresividad de Guggeis, batuta en mano y deslizándose como si pintara las líneas melódicas, esbozando armonías y fraseando con una encomiable gracia, ya fuera en los pasajes más líricos y pausados como en los más agitados, hasta endemoniados. Impecable la respuesta de los y las integrantes de la orquesta.

Para Shéhérazade de Ravel, se contó con la también joven mezzosoprano Corinna Scheurie, que supo impregnar de sensualidad la página, aunque con cierto recato y limitación expresiva que lastró las posibilidades de una música que en directo cobra mayor relieve y capacidad de fascinación que en su escucha doméstica. La mezzo posee una voz de bello timbre, pero quizás le hubiera venido bien un pelín de mayor cuerpo.

Aún así, cabe apreciar cómo supo fusionarse a la perfección con una orquesta en la que pudimos disfrutar de cada acorde, de su misterio y su fuerte carga erótica, todo lo cual Guggeis supo manejar con tanto acierto que la joven plantilla parecía haber alcanzado una increíble madurez. Entre las aportaciones solistas, destacaron el violín de la concertino, el oboe y la flautista, auténtica revelación de la noche, otra portento a sumarse a cuantos van acaparando puestos en las más prestigiosas orquestas del mundo.


El dolor del desgarro

A estas alturas, y con interpretaciones memorables disfrutadas en este mismo espacio, como la de John Axelrod y la ROSS hace un buen puñado de años, no hace falta ahondar en las circunstancias de gestación de la Sinfonía nº 5 de Shostakovich, para dejarse embaucar por su poder de fascinación y el desgarro que provocan sus dolorosas páginas, aún teñidas de pasajes grotescos y de una ironía tan sutil como arriesgada.

A la suntuosidad del moderato inicial, con sus pasajes mecidos y los que desatan la fuerza y la amenaza, con un trabajo excelente de las trompas a las puertas del infierno, se sumó el carácter ácido e irónico del allegretto, defendido por Guggeis ya sin batuta pero con los mismos movimientos espasmódicos y un cuidado extremo por cada línea y detalle de la partitura. Luego, pura emoción contenida en el largo, una de las páginas más místicas imaginadas, que la orquesta resolvió adaptándose a cada inflexión y a un creativo juego de dinámicas.

Un grito de angustia se apoderó del allegro final, con una explosión de sonido siempre controlado que acabó sacudiendo nuestras conciencias y elevando la experiencia de escuchar música al grado de catarsis absoluta, y todo de la mano de quienes todavía están limando sus estudios y su preparación. Sin duda, el milagro de una formación esmerada y el trabajo incansable de una juventud tan responsable y disciplinada... Nada mejor para recibir un nuevo año con esperanza y confianza.

Fotos: Manuel Vaca
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 7 de abril de 2025

LA MÚSICA HECHA EMOCIÓN CON UN CUARTETO DE LUJO

Diálogos concertantes en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Joaquín Riquelme, viola. Pavel Gomziakov, violonchelo. Juan Pérez Floristán, piano. Programa: Cuarteto con piano nº 1 en do menor Op. 15, de Fauré; Cuarteto con piano nº 3 en do menor Op. 60, de Brahms. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 6 de abril de 2025


Enfrentándonos a un concierto de estas características, no pudimos por menos que recordar aquellas grabaciones históricas, hoy tesoros imprescindibles, que reunían a nombres tan ilustres, por poner algún ejemplo, como los de Pablo Casals, Jacques Thibaud y Alfred Cortot, o los algo menos alejados en el tiempo Pinchas Zuckerman, Jacqueline Du Pré y Daniel Barenboim. Una forma de ver la ocasión que anoche nos brindó la Fundación Barenboim-Saïd como un lujo rara vez a nuestro alcance, y posiblemente a recordar en un futuro cercano. Los invitados a este tercer y último encuentro de excelente música de cámara en la Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, de la mano de dicha fundación, fueron el propio hijo de Barenboim, Michael, el violista murciano Joaquín Riquelme, integrante en la actualidad de la Filarmónica de Berlín, el ruso Pavel Gomziakov, de enorme proyección internacional, y el sevillano Juan Pérez Floristán, que no necesita presentación. Riquelme y Gomziakov ya intervinieron, por separado, en las dos anteriores entregas de este ciclo.

Cuatro intérpretes de lujo cuya capacidad de entrega y compenetración desdice cualquier teoría sobre que para hacer buena música de cámara es necesario constituirse en conjunto estable cuyo trabajo en equipo se encuentre consolidado desde la raíz. Por separado, estos cuatro intérpretes son unos fuera de serie, pero en formación de cuarteto son capaces de dar lo mejor de sí, por responsabilidad y por la experiencia cosechada a lo largo y ancho de este mundo. Son profesores puntuales en la Fundación, y sus clases magistrales pueden considerarse un privilegio para quienes las reciban y acaben convirtiéndose en los virtuosos del futuro.


En los atriles, un programa tan exigente que puede provocar en el intérprete una fatiga claramente visible. El Cuarteto nº 1 con piano de Fauré es su primera obra de cámara importante, siguiendo los modelos de Schumann y Brahms. Sus intérpretes se hicieron eco de su efusividad, desbordante pasión e ímpetu desde el primer acorde. Su allegro molto moderato sonó robusto y fornido, con ligeras y cromáticas aportaciones en la cuerda grave y un acompañamiento al piano tan variado como acertadamente rítmico, haciendo acopio de su flexible gramática, insinuante y suntuoso. Muy juguetón resultó el scherzo desde sus primeros acordes en pizzicato, tan sutil como seductor. El adagio fue tan lúgubre como enternecedor, siempre acertando en la expresividad justa, acentuando su clima sereno y ocasionalmente apasionado. Y el final alcanzó una intensidad torrencial, con una compenetración absoluta entre el teclado y la cuerda, en el límite del caos pero sin perder en ningún momento la claridad de las líneas melódicas. Especialmente sorprendente fue la habilidad y la elegancia con la que cada instrumento fue relevando en la melodía al anterior, en cascada, siempre desde el respeto y la consideración.

El Cuarteto nº 3 con piano de Brahms, terminado tan sólo cinco años antes que el de Fauré, aunque su origen data de veinte años antes, cuando un joven Brahms sufría supuestamente por el amor de Clara Schumann, combina el ardor juvenil con esa relativa calma adoptada en la madurez. Es el más bello de los tres que compuso, y también el más libre y personal, sólo motivado por la inspiración y la emoción. Su allegro inicial resultó tan trágico como sombrío y pesimista, con Floristán acentuando su carácter dramático. En el scherzo los cuatro se emplearon a fondo para destacar su ritmo vigoroso y épico, hasta alcanzar un final verdaderamente salvaje, fruto de esa compenetración absoluta aludida. Violín y viola se emplearon a fondo en el andante para destacar su carácter melódico y su nobleza de espíritu, con resultados tan emotivos como delicados. Las sombras reaparecieron en el allegro final, con Barenboim ofreciendo un primer tema lírico y amplio, en contrapunto con el más agitado teclado, así hasta alcanzar ese final liberador de todas las pasiones desarrolladas hasta el momento.

Fotos: Guillermo Mendo

lunes, 13 de enero de 2025

BARRAGÁN Y WENDEBERG, MAESTROS VIRTUOSOS

Diálogos concertantes. Pablo Barragán, clarinete; Michael Wendeberg, piano. Programa: Sonata para clarinete y piano Op. 120 nº 2, de Brahms; Selección de 24 preludios para piano Op. 11 (nos. 1-4, 8, 10, 20, 21-24); Sonata para clarinete y piano Op. 1, de Bernstein; Sonata para clarinete y piano FP 184, de Poulenc. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 12 de enero de 2025


Este pasado fin de semana nos ha acompañado una buena oferta de música de cámara, con los integrantes del prestigioso Cuarteto Quiroga presentando en el Espacio Turina un recorrido por el género desde Haydn a Bartók pasando por Beethoven, y los solistas de la Sinfónica de Sevilla adhiriéndose a la Ruta Turina con obras de Mendelssohn, Beethoven y el homenajeado. El broche final lo puso una nueva propuesta del Teatro de la Maestranza en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Para la ocasión la Sala Manuel García lució una nueva pantalla acústica que mejora ligeramente la proyección del sonido.

Se trata de aprovechar la presencia en nuestra ciudad de destacados solistas adscritos al programa académico de la fundación, ejerciendo así no sólo como maestros de las nuevas promesas sino también deleitándonos con su propia voz en conciertos tan agradables como el ofrecido este domingo. La idea es poner en sintonía obras de distinto calado técnico y sentimental en los que confluya algún detalle o matiz que las una, llevando a cabo así un doble diálogo concertante, el manifestado entre los instrumentistas y el que pone en comunicación a las obras programadas.

Muy querido en nuestra tierra, el marchenero Pablo Barragán, profesor de clarinete en la Fundación Barenboim-Saïd de Sevilla, y el apreciado y comprometido pianista Michael Wendeberg, profesor de la fundación en Berlín, ofrecieron un programa ecléctico y muy adecuado para apreciar sus virtudes. Ambos demostraron una compenetración envidiable, sobre todo teniendo en cuenta que no forman pareja profesional, que su colaboración en este caso atiende a cuestiones puramente coyunturales.

Las primeras obras en sintonía fueron la Sonata para clarinete y piano de Brahms y una selección de los veinticuatro preludios op. 11 de Scriabin, ambas compuestas en la misma época, a pesar de tratarse de la última pieza de cámara del alemán y una de las primeras del ruso, lo que lleva a estimar que el segundo heredó la fuerza y compostura romántica del primero mientras se adentraba en nuevos derroteros y un lenguaje propio y particular.

En la sonata de Brahms, Wendeberg exhibió una incómoda tendencia a la vehemencia, golpeando las teclas con ímpetu y a veces ensañamiento, lo que perturbó el carácter generalmente sutil y austero de la obra, así como el lirismo consecuente. Algo que no escapó a su compañero, capaz de mantener un control absoluto de la respiración a la vez que una expresividad etérea y un profundo lirismo desde el allegro amabile. Especialmente notable fue la compenetración de ambos en las variaciones que conforman el andante con moto final. La abundancia de elementos decorativos en el clarinete no fue inconveniente para que el sevillano desplegara toda su sabiduría técnica y expresiva.


En solitario, Wendeberg despachó una selección de once piezas de las veinticuatro que integran el opus 11 de Scriabin, sin respetar la alternancia entre modos mayor y menor que caracteriza el conjunto, y demostrando que la vehemencia apuntada en la obra anterior no fue casual. La suya es una forma desenfrenada, rápida y vigorosa de interpretar, y de eso se perjudicaron algunas de estas breves y delicadas piezas, que el alemán tocó no obstante con seguridad y confianza, con evidente virtuosismo pero lastrado en el apartado puramente poético. Minucioso en el control de la melodía y haciendo alarde de una precisa armonía, Wendeberg recorrió parte de este sensacional cuerpo con prisas y sin misterio, como se pudo observar en el preludio nº 10 en do menor. Su agradecida simpatía se tradujo en unas esforzadas palabras en castellano.

En el bloque final, dos sonatas con un dedicatario común, el clarinetista de swing y jazz Benny Goodman, protagonizaron una escapada fluida y jovial presidida de nuevo por una sincera compenetración, y de nuevo una primera obra, la de Bernstein, frente a la penúltima del segundo, Poulenc, y con el estadounidense como encargado en los sesenta de estrenar la del francés. Un tono ligero y desenfadado preside a las dos piezas, hábilmente defendidas por los intérpretes, especialmente en los ritmos jazz y latinos de la obra de Bernstein, y el vigoroso final de la de Poulenc. Terminaron de nuevo en perfecta sintonía con una petite pièce de Debussy cargada de encanto y sensualidad.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 30 de diciembre de 2024

LA CONSAGRACIÓN FRENTE A LA ESPERANZA

Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Oksana Lyniv, dirección. Programa: Obertura El Rey Lear Op. 4, de Berlioz; Concierto para violín en mi menor Op. 64, de Mendelssohn; Sinfonía nº 1 en do menor Op. 68, de Brahms. Teatro de la Maestranza; domingo 29 de diciembre de 2024


Como cada temporada, la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd ofreció su concierto sinfónico en el Maestranza, esta vez coincidiendo prácticamente con el fin de año. A falta del concierto de Año Nuevo que la Sinfónica de España celebra esta noche, sin duda el de este conjunto de jóvenes intérpretes constituye la auténtica despedida del año en términos musicales, contando para la ocasión con dos figuras de relieve, la directora ucraniana Oksana Lyniv y el violinista Michael Barenboim.

Barenboim es ya un conocido de nuestra escena, donde ha intervenido en diversas ocasiones como concertino de la Orquesta del Diván, cuando ésta acostumbraba a incluir Sevilla en sus giras de conciertos. Haberlo disfrutado esta vez como solista frente a una plantilla que para nuestro orgullo se forma y educa aquí, con un profesorado cuidadosamente seleccionado para este menester, ha sido un auténtico lujo.

Así mismo, la batuta elegida para la ocasión ha supuesto un deleite y una satisfacción para el público congregado. Oksana Lyniv viene consagrada tras los enormes logros obtenidos en gran parte de Europa, incluida la gesta de ser la primera mujer en dirigir en el Festival de Bayreuth, al menos durante las dos últimas ediciones encargándose de la dirección musical de El holandés errante. Su trabajo frente a la Orquesta de la Fundación se saldó con nota muy alta, todo un estímulo para tan joven plantilla. Con ella, nuestro teatro, aupado por la ROSS, ha conseguido quizás el récord de batutas femeninas en una sola temporada.

Con una de las muchas oberturas que compuso Berlioz, la de El Rey Lear, en forma de suite programática, dio comienzo este singular concierto. Estrenada en París en 1833, esta suntuosa pieza en forma de poema sinfónico de mediana duración, sirvió para alternar pasajes delicados con otros de considerable calado emocional y enérgica caligrafía.


En los atriles asomó también el célebre Concierto para violín de Mendelssohn, poco después de haberlo hecho en el concierto de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla celebrado en colaboración con Juventudes Musicales, que le brindó a otro joven intérprete, Jaime Naya, la oportunidad de lucir sus habilidades y poderosas aptitudes. En esta ocasión, el hijo de Barenboim demostró una perfecta combinación de tono y técnica, una portentosa capacidad para un fraseo firme, un sonido robusto y a la vez amable, timbre sedoso, y por supuesto una incontestable habilidad para lucir virtuosismo a discreción.

Un Brahms dramático e intenso

Lyniv articuló una Primera de Brahms decididamente dramática desde sus poderosísimos acordes de arranque, y aunque marcó tanto la intensidad de sus frases, de forma que evidenció a veces de forma brusca la transición de los pasajes más enérgicos y contundentes a los más relajados y sensibles, logró resultados más que estimables de una plantilla que a buen seguro preparó la página a conciencia, con el mérito añadido de alternarlo con fiestas familiares y comidas copiosas.

Una sensibilidad dramática y enérgica que no sólo se diluye significativamente en los pasajes delicados que también emergen en el allegro inicial, sino que protagonizan un andante a nuestro juicio despachado con excesiva celeridad, sin reparar en su enorme calado sentimental. No obstante, la concertino exhibió en este movimiento un solo sensacional, por su textura y flexibilidad, que fue seguido del exquisito poco allegretto, planteado con gracia y adecuada ligereza, una de las páginas que conformaron mi particular querencia por la gran música cuando era muy niño.

Sólo los metales, imprescindibles para potenciar el carácter crepuscular del último movimiento, evidenciaron algún escollo técnico, pero sinceramente de escasa importancia dada su dificultad, mientras el resto de familias orquestales, incluida una muy equilibrada percusión, funcionaron a nivel de máxima nota, lográndose un excelente concierto que terminó con un notable aumento de efectivos para dar forma al recurrente pasodoble Amparito Roca, prueba evidente de que nuestras orquestas juveniles están conectadas íntimamente.

Fotos: Fundación Barenboim-Saïd
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 31 de diciembre de 2023

PETRENKO Y LA BARENBOIM-SAID DESTILAN MAESTRÍA

Gran Selección. Orquesta Fundación Barenboim-Said. Vasily Petrenko, director. Programa: Scheherezade Op. 35, de Rimsky-Korsakov; Selección de Romeo y Julieta, de Prokófiev. Teatro de la Maestranza, viernes 30 de diciembre de 2023

Foto: Luis Castilla

La segunda entrega del ilusionante ciclo Gran Selección que esta temporada ofrece el Teatro de la Maestranza, llegó de la mano de la Fundación Barenboim-Said, que aprovechando que en 2024 cumple veinte años, ofreció anoche el primero de los dos conciertos con los que despedirá un año que no ha sido precisamente provechoso para sus elogiosos objetivos humanitarios. El segundo tendrá lugar hoy en Jaén, mientras tanto habrá que seguir trabajando duro para que el cada vez más utópico acercamiento entre Israel y Palestina pueda llegar a ser alguna vez una realidad. Lo que no es irreal es el espléndido trabajo que ha llevado a cabo en nuestra comunidad para lograr que la excelencia musical se vaya implantando entre los más jóvenes. Desde la Academia de Estudios Orquestales son muchos y muchas las jóvenes andaluzas que han logrado altas cotas de excelencia musical, y de ahí la han exportado puntualmente a otras formaciones jóvenes que también han florecido a lo largo de estos años, como las versiones juveniles de la Barroca y la Sinfónica, la Joven Orquesta de Andalucía o la espléndida Conjunta. Se han formado con un profesorado de primera calidad, proveniente de algunas de las más notables orquestas europeas, pero con implicación también decisiva de los maestros y maestras de nuestros buques insignia, la ROSS y la Barroca de Sevilla. El resultado es palpable de la primera a la última nota en conciertos como éste, que para la ocasión contó con la prestigiosa batuta de Vasily Petrenko, cuyo currículo se ha ido forjando en orquestas tan prestigiosas como la Royal Liverpool Philharmonic, la mítica Royal Philharmonic o la Filarmónica de Oslo.

Precisamente con esta última ha grabado las dos impresionantes obras que conformaron el programa de anoche y volverán a hacerlo hoy en el Teatro Infanta Leonor de Jaén, dejando su impronta en cuanto a la forma de afrontar tan complejas partituras. Sobra decir la extrema disciplina con la que trabajaron los y las integrantes de la orquesta, sometidas a un esfuerzo extraordinario por parte de una batuta que no exhibió en sus ademanes, casi siempre reposados, la enorme energía ejercida sobre cada pentagrama. No obstante, la suite orquestal inspirada en Las mil y una noches, Scheherezade de Rimski-Korsakov, resultó algo deslavazada y desequilibrada en los dos primeros movimientos, con momentos de enorme brillo alternados con otros donde se impuso la lentitud y las líneas melódicas algo difuminadas; en ocasiones incluso pareció percibirse que la cuerda acompañase algo descompasada. Mucho mejor El joven príncipe y la joven princesa, si bien echamos en falta una mayor dosis de sensualidad y seducción. Lo mejor llegó con el movimiento final, prodigio de dinamismo y ferocidad, que Petrenko defendió con ahínco y rabia, extrayendo de la orquesta unos resultados tan a la altura de los objetivos que logró encandilar y enardecer al público.

Pasos de baile imaginados al son de una interpretación sobresaliente

Y si a través de la singular interpretación que de la página de Rimski-Korsakov fuimos capaces de imaginar las aventuras de Simbad, a partir de un sensacional acercamiento al Romeo y Julieta de Prokófiev resultó fácil intuir los pasos de baile que en otras ocasiones hemos tenido el privilegio de disfrutar en este mismo escenario. Para este concierto se eligió una selección de movimientos en los que nos pareció asomar la segunda suite seguida de movimientos sueltos de la primera, así en orden inverso. Echamos en falta la cautivadora escena del balcón. Lo más sorprendente fue comprobar cómo los y las jóvenes de la orquesta son capaces de entender tan compleja partitura y el fascinante universo del compositor ruso, con todos sus resortes y particularidades, en todos los sentidos, tímbricos, expresivos y narrativos. La visión de Petrenko podría resultar discutible por primar aparentemente el efecto y la fuerza por encima de lo estrictamente sensual y delicado, aunque fijándonos bien tampoco descuidó esto último, por lo que en definitiva fue una interpretación meticulosa con ambas facetas de tan hermosa partitura. La respuesta de la orquesta sobresalió lo meramente efectivo para lograr una riqueza de color y expresividad inaudita en tan joven plantilla, con los sucesivos solistas destacando como ya lo hizo la concertino en la precedente Scheherezade.

Capítulo aparte merece, desgraciadamente, el inaceptable comportamiento del público, con interminables toses y desagradables sonidos irreproducibles ni siquiera por la mejor de las empresas especializadas en efectos sonoros, agrediendo el arduo y exquisito trabajo de la joven orquesta. Caídas de objetos adornaron también la experiencia, y no faltó el aplauso fuera de lugar, en este caso entre el segundo y el tercero de los cuatro movimientos de la suite de Rimski-Korsakov. Tanto si se trata de público nuevo por acompañar a los y las integrantes de la orquesta, como si como en otras ocasiones se trata de público invitado por el propio teatro para fomentar el interés por la música, alguien, sus familiares o los organizadores, deberían advertirles sobre las reglas básicas de comportamiento en un concierto de música clásica. Hay formas muy sutiles y educadas de hacerlo, y nos evitaría tanto bochorno y molestia. Aprovechamos finalmente para desear a todos y todas, y especialmente a instituciones como ésta que tanto hacen por la gran música en nuestra comunidad, un próspero y más feliz año 2024, en el que se logren resolver tantas atrocidades como nos asolan en estos momentos.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 22 de junio de 2023

UN ALUMNADO MUY APLICADO

Concierto de cámara del Día de la Música. Alejandro Mateo González, piano. Programa: Sonata K466 en fa menor, de Domenico Scarlatti; Sonata nº 12 K332 en Fa mayor, de Mozart; Estudios Op. 25 nº 5 y 6, de Chopin; Ondine de Gaspard de la nuit, de Ravel. María del Mar Jurado Jiménez, violín. Darío Francesc García Garrido, viola. Álvaro Lozano Cames, violonchelo. Guillermo Ramírez Ortega, piano. Programa: Cuarteto para piano y cuerdas nº 3 en do menor Op. 60, de Brahms. Patio de la Montería del Real Alcázar de Sevilla, miércoles 21 de junio de 2023

Foto: Manuel Vaca

A las puertas mismas de una nueva edición de
Música en los Jardines del Alcázar para amenizarnos las noches estivales que acaban de arrancar, el Patio de la Montería de este irrepetible palacio sevillano sirvió por dos noches consecutivas como escenario para mostrar lo mejor de nuestra juventud. La más responsable, esforzada y aplicada posible, que prolonga así el florecimiento en la ciudad de tanta juventud comprometida con la música clásica a tan alto nivel, se exhibió el pasado martes en el concierto de presentación de la Joven Orquesta Internacional de Sevilla, heredera natural de la Sinfonietta San Francisco de Paula, y ayer Día de la Música con el que podríamos considerar trabajo de fin de curso de algunos de los más aventajados alumnos de la Escuela de Estudios Orquestales que preside la Fundación Barenboim-Saïd con sede en Sevilla.

Alejandro Mateo González en una imagen de archivo
El escenario es el preferido de la institución para celebrar sus progresos a nivel formativo, que pudieron hacerse evidentes con la concurrencia del joven pianista malagueño Alejandro Mateo González, que arrancó su participación, toda ella de memoria, con una de las más de quinientas sonatas en un solo movimiento que compuso, la mayoría en nuestro país, Domenico Scarlatti. La suya fue una mirada solemne, casi parsimoniosa, de la K466, leída lentamente, con grandes intervalos y alguna que otra elocuente disonancia, y con unos acentos muy marcados que en el piano moderno sonaron de forma además tan sincera como estimulante. Su lado más jocoso y divertido se hizo patente en la Sonata nº 12 de Mozart, de la que sólo interpretó su allegro inicial, dejando una buena impronta, la que se manifiesta en una gestualidad cómica y atrevida al compás de la distendida música, que en sus manos disfrutó de un inmenso colorido, permitiéndose incluso hacer guiños al fandango andaluz en una demostración de inventiva y falta de complejos muy saludable. Algo emborronado surgió el Estudio Op. 25 nº 5 de Chopin, de cuya zona central supo sin embargo extraer unas considerables dosis de lirismo. Mejor la nº 6, donde a la solidez técnica del pianista se unió un especial ingenio para aflorar sentimiento. Acertó también con Ondine de Ravel, primera de las tres escalas que dan forma a Gaspard de la nuit, que se deslizó con un envidiable sentido de la seducción y el misterio, aparejado a unas más que convincentes dotes técnicas y expresivas.

Álvaro Lozano Cames
El decidido y contundente arranque del Cuarteto con piano nº 3 de Brahms hizo presagiar una interpretación llena de fuerza y drama que sin embargo fue diluyéndose no por falta de preparación técnica, sino porque a tan temprana edad aún se echa en falta una mayor madurez y solidez interpretativa, más experiencia, para acometer con éxito una página tan complicada y conmovedora. Brahms inició su composición cuando todavía muy joven frecuentaba al matrimonio Schumann que tanto le influyó, pero no lo acabó hasta veinte años después, tras numerosas modificaciones y añadidos. En ella se combinan pasajes de mucho ardor con otros más serenos, lo que exige unos contrastes anímicos que tan jóvenes intérpretes no alcanzaron a plasmar, dotando al conjunto de cierta debilidad expresiva y una languidez nada acorde a los postulados de la pieza. Cabe destacar no obstante la excelente técnica de cada uno y una de los intérpretes, destacando especialmente la fluida articulación y sonido sedoso al violonchelo del también malagueño Álvaro Lozano, sin desmerecer a sus compañeros, que lograron momentos de considerable lirismo, manteniendo un control técnico impecable y una perfecta compenetración, destacando el virtuosismo del endemoniado scherzo, la nobleza de Lozano en el andante, y la delicadeza de la linaerense María del Mar Jurado y Darío Francesc García en el allegro comodo final, con el siempre eficiente contrapunto al piano de Guillermo Ramírez, todos los cuales pueden así confiar en un brillante futuro que ya ha sido reconocido con premios como el Intercentros Melómano.

Ahora sólo hace falta que el público sea también tan aplicado como el alumnado, y no interrumpa piezas como el cuarteto de Brahms con sus aplausos fuera de lugar y sin dejar respirar los finales de cada movimiento. Será conveniente también que dejen el móvil a un lado, que parecen más concentrados en lograr la mejor instantánea o video para compartir y demostrar que estuvieron allí, en lugar de dejarse seducir únicamente por lo que de verdad importa, la música y sus jóvenes y talentosos intérpretes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 27 de mayo de 2023

CONJUGACIÓN DE TALENTO, BELLEZA Y JUVENTUD

San Telmo Abierto: Ciclo de conciertos. Virginia Sánchez García, Marta Pérez Navarro, Matilde Bueno Sánchez y Alba García Jiménez, violines; Zhongjin Gorane Ruiz Goitia y Elena Suárez Franco, violas; Irene Hernández Sanz y Sergio Cobo Vallejo, violonchelos; María Castillo Mora, clarinete. Programa: Quinteto con clarinete en La mayor KV 581, de Mozart; Cuarteto de cuerdas en mi menor Op. 44 nº 2, de Mendelssohn. Capilla del Palacio de San Telmo, viernes 26 de mayo de 2023


Ahora que el conflicto que la Sinfónica lleva arrastrando desde hace años se ha tomado un respiro con unos acuerdos que no le han satisfecho del todo pero con los que quizás pueda construir un futuro mejor para todos y todas, no podemos olvidar la inmensamente gratificante labor que sus maestras y maestros han llevado a cabo para, junto a otras instituciones y conjuntos, conseguir que hoy en Sevilla disfrutemos de tanto talento local. Unos logros que con el tiempo se han extendido por toda Andalucía, donde actualmente son muchos los pequeños y grandes municipios que cuentan con un conservatorio al menos de carácter elemental. En todo esto ha tenido también mucho que ver la Fundación Barenboim-Saïd, legado que nos ha quedado de aquel compromiso tan ilusionante que el maestro bonaerense trajo hace dos décadas a una tierra que por entonces continuaba recuperándose de esa condición de páramo que arrastró durante demasiado tiempo.

La fundación culminó ayer tarde su ciclo de conciertos en la hermosa Capilla del Palacio de San Telmo, que este año ha convocado a unos cincuenta alumnos y alumnas a lo largo de seis conciertos entre abril y mayo, proporcionándoles una extraordinaria oportunidad para desarrollar sus aptitudes y acercarse al repertorio clásico y al público que en última instancia ha de comprobar su talento. La cita de ayer nos permitió disfrutar con dos páginas bellísimas y extraordinarias. No nos cansamos nunca de escuchar el Quinteto con clarinete de Mozart, mientras los cuartetos de Mendelssohn se programan tan poco que cada ocasión en que se hace se convierte en un motivo de celebración. Nueve jóvenes, algunas cursando todavía el grado medio, se hicieron cargo del cometido con toda la responsabilidad y la disciplina que estas páginas demandan. Lo realmente llamativo es que preparan los conciertos con el tiempo limitado que sus numerosas obligaciones les dejan, la mayoría de ellas extramusicales, y a pesar de eso los resultados son tan sobresalientes y estimulantes como pudimos apreciar ayer mismo.


Dos páginas superlativas

Mozart concibió su Quinteto para explotar al máximo la suavidad y las posibilidades técnicas y tímbricas del clarinete, para el que ya había escrito otras dos obras maestras, el trío y el célebre concierto. María Castillo logró con una depurada interpretación un tono conmovedor y un control de la respiración que junto a una excelente integración con la cuerda alcanzó cotas de máximo interés. El conjunto consiguió combinar un tono veladamente melancólico con una atmósfera alegre y desenfadada. Castillo se sintió cómoda en el registro grave que domina la pieza, entendiendo la ternura que informa su cometido y el respeto al resto de sus compañeras, que en el caso del dúo del larghetto con el primer violín se resolvió por parte de ésta en cierta inseguridad y tendencia a la estridencia que a buen seguro irá puliendo en el tiempo que le queda de estudios y práctica; aptitudes y sentido de la responsabilidad no le faltan. La participación de la viola y el violonchelo quedaron también un poco por detrás de la exuberancia que se les exige, pero en ningún caso desvirtuaron el centelleante resultado final que demanda la partitura.

El conjunto formado para dar forma a la pieza de Mendelssohn, primero de los cuartetos opus 44 que escribió tras ocho años sin abordar el género, dio muestras de unas excelentes cualidades y un virtuosismo no al alcance de cualquiera. Sonaron como un todo compacto, combinando a la perfección sus ricas texturas con una extraordinaria espiritualidad y una deslumbrante emoción. Revolotearon a discreción en el allegro inicial, con vehemencia y mucho nervio. Acertaron en dotar de un carácter trepidante al scherzo, haciendo acopio de todos los recursos a su alcance, y de una conmovedora poesía al andante en forma de romanza, hasta culminar en un presto agitato final absolutamente arrebatador. Todas estuvieron formidables, destacando la buena sintonía entre violines y viola, el virtuosismo de Matilde Bueno liderando el conjunto y el palpable cuerpo que fue capaz de aportar Sergio Cobo al violonchelo. Celebramos además la supremacía de chicas en el elenco, que todavía siguen ocupando pocos puestos en orquestas y conjuntos de cámara de todo el planeta.

Foto: Manuel Vaca
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 30 de diciembre de 2022

UNA JUVENTUD RESPONSABLE DEFIENDE KIEV

Música por Ucrania. Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Denis Kozhukhin, piano. Nuno Coelho, dirección. Programa: Preludio de Tristán e Isolda, de Wagner; Concierto para piano nº 2 Op. 18 en do menor, de Rachmaninov; Cuadros de una exposición, de Mussorgsky (orquestación de Ravel). Teatro de la Maestranza, jueves 29 de diciembre de 2022

Foto: Luis Castilla

Cada concierto de una orquesta joven es un motivo de celebración, aunque en esta ocasión estuviera teñida del inmenso dolor que provoca la actual situación de guerra que se vive no solo en la tierra homenajeada sino en el resto de un planeta que sigue sin atender a los más básicos impulsos de humanidad y confraternización. Para acordarnos de Ucrania cuando se cumple casi un año de tan cruel e inaudita invasión, y nos preparamos para despedir otro año trágico con la ilusión siempre puesta en el inminente porvenir, la Fundación Barenboim-Saïd, siempre sensible a este tipo de cuestiones, trazó un programa muy significativo, con dos autores rusos (tres si añadimos la propina), un pianista de la misma nacionalidad y una Puerta de Kiev en la que desembocó la heroica y paradigmática defensa que los y las jóvenes de la orquesta hicieron de tan recurrente pero suculento repertorio.

Ante la fulgurante carrera del director luso Nuno Coelho, cuando hace año y medio dirigió uno de los programas de abono de la Sinfónica de Sevilla nos preguntábamos si volveríamos a disfrutar de su indiscutible talento. Y mira por dónde antes de lo previsto pudimos apreciar su enorme capacidad para extraer lo mejor de cada integrante de la orquesta, con el añadido de que en esta ocasión se tratase de gente tan joven, algunos y algunas todavía en edad infantil. Esta extraordinaria capacidad se puso ya de relieve en su muy meticulosa interpretación del preludio de Tristán e Isolda, una glorificación e idealización del amor absoluto que fluyó entre sus manos como un maná intenso, perfectamente articulado y moderadamente lírico y apasionado, acaso sin ese carácter febril que le imbuyen otras batutas, pero con las ideas muy claras, silencios muy elocuentes y un trabajo espléndido de cada sección de la orquesta, especialmente la cuerda, en la que se aunó vigor y espiritualidad.

Un pianista hercúleo

Desde nuestra posición, muy cerca del escenario, apreciamos en Denis Kozhukhin un pianista vehemente, acaso incluso algo rudo, que con su pulsación fuerte y vigorosa llegó a eclipsar la entrada melódica de la cuerda en esa mágica introducción del Concierto nº 2 de Rachmaninov. Como si de una batidora de notas se tratase, el pianista ruso atacó la página con demasiado ahínco, como si encontrar su voz y personalidad tuviera que pasar por reinventar pasajes y acusar una fuerza hercúlea en la tarea. No es precisamente el estilo y la línea que preferimos en una pieza tan extraordinaria e inventiva como ésta, pero no podemos negar al intérprete dominar técnica y esforzarse en expresividad. A todo ello Coelho se adaptó con enorme respeto y discreción, pero extrayendo de cada intérprete, conjunto y solistas, un rendimiento excelso, lleno de sensibilidad y musicalidad. Lástima que los múltiples móviles empañaron algunos de los momentos claves de la partitura, cadencias del segundo movimiento incluidos. En la propina, una significativa última pieza del Álbum de juventud de Chaikovski, Kozhukhin desarrolló el mismo esquematismo que desplegó en algunos de los pasajes del monumental y majestuoso concierto de Rachmaninov.

Sea en su versión original para piano como en la extraordinaria orquestación de Maurice Ravel, Cuadros de una exposición de Mussorgsky es una pieza muy transitada. Sin ir más lejos, Pérez Floristán la interpretará en apenas un mes; se trata además de la obra con la que debutó la Sinfónica de Sevilla en 1991, un concierto que fue recreado hace apenas dos años con motivo del treinta aniversario de la orquesta. Coelho sirvió una versión excelente de la pieza, atenta a cada detalle, férreamente estructurada, expansiva, más plagada de sutilezas que de esas inútiles exageraciones a las que la someten otros directores. El joven director portugués, actualmente al frente de la Orquesta del Principado de Asturias, supo impregnar la partitura de ese estado emocional contradictorio que la caracteriza, mientras la orquesta se ciñó con naturalidad a cada uno de los múltiples humores reflejados en la obra. Su lectura no fue ni grandilocuente ni vacilante, como tampoco lo fueron las magníficas intervenciones de la orquesta, con rendimientos solistas impensables en una orquesta de jóvenes e infantes todavía en prácticas o arrancando su vida profesional, empezando a vivir disfrutando de esta inigualable experiencia. Así, ante nuestros oídos desfilaron impecables intervenciones de oboe, trompeta, tuba, saxo… siempre disciplinados y logrando dar al conjunto ese relieve que hace de una interpretación una experiencia sensorial completa.

Ver de cerca a los y las jóvenes intérpretes, sus expresiones de emoción y satisfacción, no tiene precio. Y para dejar constancia del intercambio de talentos entre esta y otras orquestas jóvenes de la comunidad, especialmente la OJA, algunos de sus integrantes entonaron a traición, cuando gran parte del público había abandonado la sala, el pasodoble Amparito Roca, auténtica seña de identidad. Y no podemos olvidar el exhaustivo trabajo desplegado por los maestros y maestras que atienden a la excelente formación de estos y estas privilegiadas jóvenes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 22 de junio de 2022

FLORES Y ORTEGA: LOS FRUTOS DE LA ACADEMIA

Recital de la Fundación Barenboim-Said. Nicolás Flores Bermejo, piano. Programa: Balada nº 4 Op. 52 en fa menor, de Chopin; Sonata nº 7 Op. 83 en si bemol mayor, de Prokofiev. Guillermo Ramírez Ortega, piano. Programa: Sonata nº 18 Op. 31 nº 3 en mi bemol mayor, de Beethoven; Barcarola Op. 60 en fa sostenido mayor, de Chopin; El Pelele, de Granados. Patio de la Montería del Real Alcázar de Sevilla, martes 21 de junio de 2022

Nicolás Flores Bermejo

La noche se presentó fresca, quizás demasiado, para acoger en el precioso Patio de la Montería del Alcázar sevillano el recital de dos jovencísimos pianistas arropados por la Fundación Barenboim-Said, en cuya Academia de Estudios Orquestales han cursado su último año hasta el momento. Demasiado jóvenes para en tan forzosamente corta trayectoria haber logrado ya tan suculentos frutos, el madrileño Nicolás Flores y el malagueño Guillermo Ramírez Ortega demostraron ser muy aplicados, tocando sin partitura y con las ideas bastante claras para el grado de madurez que se presume en artistas de su edad. El resultado fue una noche gozosa y entrañable, animada por una serie de piezas trascendentales del pianismo universal, de las que los intérpretes supieron al menos sacar buen provecho, con unas nada desdeñables recreaciones de las mismas bajo la siempre condicionante y atenta mirada del público convocado.

Con apenas dieciocho años, Nicolás Flores Bermejo acometió la Balada nº 4, obra maestra absoluta de Chopin, con la responsabilidad que lleva enfrentarse a una página tan difícil técnica y expresivamente. Pasó por la partitura con cierto exceso de compostura y respeto, lo que se tradujo en una falta de mayor intensidad y exaltación. La suya fue una interpretación impecable, acaso algo lenta dejando entrever su férrea arquitectura con un mayor grado de claridad, pero sin la tensión necesaria. No obstante supo dosificar con maestría sus pasajes más turbulentos con los más delicados sin que se apreciaran en exceso las costuras, con elegancia y suavidad, llegando a alcanzar en el final el virtuosismo y la bravura exigida. A la Sonata nº 7 de Prokofiev le faltó más garra y fuerza expresiva. Es cierto que la atacó con idéntica disciplina, pero toda la tragedia subyacente en tan dolorosa partitura quedó algo desdibujada frente a un mayor interés por traducirla técnicamente a la perfección. Acertó más en su fúnebre movimiento central que en los sincopados extremos que demandan más vigor y entusiasmo. A nivel de agilidad no se le puede reprochar nada, resolviendo sus cambios rápidos y sus complejas articulaciones con virtuosismo y disciplina, y sin llegar en ningún momento a aporrear el teclado como hacen muchos.

Guillermo Ramírez Ortega

Tuvimos que frotarnos los ojos para convencernos de que no habíamos viajado al pasado y estábamos viendo a aquel Eugeny Kissin jovencísimo que tanto triunfó en la década de los ochenta del siglo pasado, cuando apareció en el escenario Guillermo Ramírez, natural de San Pedro de Alcántara y de considerable parecido con el intérprete ruso. Ramírez Ortega optó por una revisión de la Sonata nº 18 de Beethoven de regusto rococó, una decisión muy insólita tratándose de un intérprete tan joven e inexperto, por muchos premios y conciertos que lleve ya a sus espaldas, como su compañero. Se nota en ambos intérpretes el aprendizaje arduo y concienzudo que habrán recibido de los prestigiosos Pérez Floristán y Edgar Nebolsin, entre otros y otras. Ramírez tuvo además la osadía de convertir el minueto central en una suerte de adagio a través del ritmo y la expresión, con lo que la pieza no quedó huérfana de ese característico movimiento lento. El resto fue ligero y jocoso, especialmente en un scherzo en el que mantuvo con firmeza el acompañamiento en staccato de la mano izquierda, con un uso moderado en todo momento del pedal, acaso buscando un toque más seco y austero en cada nota. La Barcarola de Chopin resultó fluida y hermosa aunque algo menos grácil de lo deseable, más espesa. Sus ondulaciones comenzaron con calma y fueron poco a poco alcanzando un registro más dramático y agitado. El Pelele, única de las obras de Granados inspirada directamente en un cuadro de Goya, sonó popular y colorida en las manos ágiles y comprometidas del joven pianista, dejando claro junto a su compañero los excelentes frutos que es capaz de cosechar la Academia de la Fundación Barenboim-Said, que con este acertado evento celebró el Día de la Música y su compromiso con los damnificados por la Guerra de Ucrania.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 29 de diciembre de 2021

LA ACADEMIA DA FRUTOS DE PRIMERA CALIDAD

Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Amaury Coeytaux, violín. Pablo Heras-Casado, director. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 35, de Chaikovski. Sinfonía nº 8 en Sol mayor Op. 88, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, martes 28 de diciembre de 2021

Foto: Manuel Vaca

Hace mucho que Daniel Barenboim no asoma por nuestra tierra. Atrás quedaron aquellos conciertos estivales junto a la Orquesta del Diván que con tanta ilusión esperábamos, y nunca llegó a cumplir su promesa de dar un recital de piano en el Maestranza como agradecimiento por la acogida de nuestra comunidad a su proyecto conjunto con el intelectual Edward Saïd, tanto tiempo atrás desaparecido. Dicen que puede ser por la hostil acogida que sufrió por parte de algunos influyentes medios locales, pero nos extraña que una personalidad de la talla y la importancia de Daniel Barenboim, prácticamente un dios en su materia, un intocable tras tantos y grandes merecidos reconocimientos a lo largo de más de sesenta años ininterrumpidos de carrera, se deje influir por los comentarios, hostiles o admirados, de una prensa local como la nuestra. Lo cierto es que su legado tiene un valor incalculable, y que el trabajo desplegado en Andalucía por la
fundación que lleva su nombre, suma en lo que a preparación de jóvenes intérpretes se refiere. Les da una oportunidad única de recibir clases de algunos y algunas de las más prestigiosas maestras en la materia, sin tener que desplazarse a otros países, generándose aquí una fuente de conocimiento y experiencia de primera categoría, solo al alcance de los más avezados estudiantes, dando como fruto nada más y nada menos que la excelencia.

Eso es lo que una vez más encontramos sobre el escenario del Maestranza, pura excelencia en manos de todavía inexpertos músicos en su mayoría, que con su valía y esfuerzo demostraron ser capaces de devorar un programa exigente con la perfección de unos profesionales absolutos. Una gesta casi milagrosa que afortunadamente se repite cada vez que nuestros jóvenes se suben al escenario, ya sea con la Orquesta Joven de Andalucía, nuestra querida Sinfónica Conjunta o las nuevas generaciones de la Barroca. El impecable trabajo conjunto de nuestros conservatorios, academias e instituciones, sumados al billete de perfeccionamiento que les reporta su paso por la Fundación, da como resultado este estimulante viaje a la excelencia. Pablo Heras-Casado, que ya dirigió a la formación, junto a la OJA, en enero de 2020, y pudimos disfrutarle junto a la Orquesta Juvenil de la Unión Europea en el Teatro Cervantes de Málaga en agosto de aquel fatídico año, exprimió al máximo las fuerzas y las energía de estos y estas jóvenes intérpretes para lograr de nuevo un concierto ejemplar, al que se sumó el talento indiscutible del también joven violinista francés Amaury Coeytaux.


Un violinista infatigable

Ya tiene mérito sustituir en el último minuto al violinista programado, Miguel Colom, debido a los estragos del covid que hacen de cada día una aventura y una incertidumbre, y enfrentarse a una partitura complicada como es la del Concierto para violín de Chaikovski con tanta solvencia y ejemplaridad. El suyo es un sonido crispado y envolvente, que frasea a un ritmo endiablado y es capaz de hacer sonar cada nota con una claridad y flexibilidad asombrosa. Su exacerbado virtuosismo quedó patente en un allegro inicial majestuoso y apabullante pero también lleno de lirismo, al que la orquesta se plegó maravillosamente, siempre atenta a los múltiples gestos con los que Heras-Casado controló a sus jóvenes portentos. Prodigiosas resultaron sus alambicadas cadencias en el tramo final de este primer movimiento. En la Canzonetta, Coeytaux se mostró ampliamente melódico y profundamente lírico; dinámico y lleno de carácter en el deslumbrante allegro vivacissimo final. Propina obligada, el andante de la Sonata nº 2 de Bach, meditado y paladeado.

Otra página de inconfundible sabor eslavo, la Sinfonía nº 8 de Dvorák, ocupó la segunda parte de este extraordinario concierto, con el director sin batuta pero con mucha expresividad llevando a los jóvenes músicos al páramo de la perfección. Todas las familias instrumentales, incluidos los tan temidos metales, respondieron impecablemente a la llamada atenta y responsable de quien estos días habrá trabajado hasta la extenuación con ellos para alcanzar tan estimulantes resultados, con la ayuda impagable del profesor Edmon Levon, que se encargó de la preparación y los ensayos preliminares de la propuesta. El allegro inicial sonó desenvuelto, fresco y natural, a la vez que conmovedor y luminoso. Se acertó en dar un carácter profundamente místico al adagio, mientras el allegretto grazioso se entonó con encanto y ligereza. La calidez y la solemnidad caracterizaron el allegro ma non troppo final, alcanzándose en su tramo final un espíritu vitalista y deslumbrante. Como propina se atrevieron primero con la Danza húngara nº 1 de Brahms y un alegre pasodoble de esos que tanto suenan en las salas de concierto de todo el Mundo, según el director granadino, cuando tocan orquestas juveniles, dado el alto porcentaje según él de integrantes españoles en este tipo de formaciones, lo que da buena cuenta de la conveniencia de mantener estas instituciones que tanto hacen por la cultura y la felicidad de la población.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 5 de junio de 2020

LA JUNTA SIGUE APOSTANDO POR LA FUNDACIÓN BARENBOIM-SAID

La Academia de Estudios Orquestales, perteneciente a la Fundación Pública Andaluza Barenboim-Said, ha dado a conocer la renovación de su profesorado, la mayor parte antiguos estudiantes de este proyecto universal que hoy ocupan puestos de primera categoría en las orquestas más prestigiosas de Europa y del Mundo. El plazo para inscribirse en el el nuevo curso 2020-21 se abrió ayer hasta el próximo 14 de julio. Toda la información disponible en su página web y en El Correo de Andalucía. Se da la particularidad de que este año por las circunstancias sobrevenidas, las audiciones se realizarán exclusivamente por grabación.

domingo, 5 de enero de 2020

HERAS-CASADO FRENTE A UN PROYECTO TITÁNICO

Concierto extraordinario de la Orquesta Joven de Andalucía y la Fundación Barenboim-Said. Pablo Heras-Casado, director. Programa: Suite de El Cascanueces, de Chaikovski; Sinfonía nº 1 en Re Mayor “Titán”, de Mahler. Teatro de la Maestranza, sábado 4 de enero de 2020

Heras-Casado frente a un proyecto titánico Pablo Heras-Casado debuta en el Maestranza apadrinando un proyecto de música y vida que saluda la nueva década con la fuerza y la ilusión de la juventud Nada mejor para empezar el año, tras el obligado saludo musical de nuestra Sinfónica del día anterior, que con la esperanza y la ilusión que representa la juventud, y esa encendida admiración que desde ya hace tantos años provocan quienes se convirtieron en artífices de una eclosión inédita en nuestra tierra, la de la excelencia musical repartida por todo el mundo. Con nuestras instituciones públicas de distinto signo político por una vez colaborando, jovencísimos intérpretes de toda Andalucía se dieron la mano en un multitudinario concierto sinfónico a través de la Orquesta Joven de Andalucía y la Academia de Estudios Orquestales de la Fundación Barenboim-Said. Todo un hito digno de todo nuestro respeto y consideración que contó además con la batuta del director español más mediático de los últimos tiempos, Pablo Heras-Casado.

El director granadino pisó por fin el escenario del más emblemático auditorio musical de la comunidad, y lo hizo poniéndose a disposición en todo un alarde de generosidad de dos proyectos imprescindibles para seguir avanzando en esa siempre delgada y delicada línea de la excelencia cultural, colaborando para que el milagro musical andaluz se consolide y perpetúe definitivamente. En esa batalla merecen considerarse todos y todas quienes desde la gestión, el apoyo y la educación se han sometido al ilusionante proyecto de la Orquesta Joven de Andalucía, con veinticinco años recién cumplidos, y la Academia de la Fundación Barenboim-Said, presente en nuestra comunidad desde hace quince y con cuyo compromiso muchos y muchas andaluzas sentimos tanto orgullo. Dicho esto lamentamos que el programa elegido sonara tan trillado. En breve podremos disfrutar del ballet El Cascanueces en su integridad de la mano de la ROSS, y la Sinfonía Titán de Mahler se ha programado en la pasada década en numerosas ocasiones, incluso la OJA la interpretó en 2012 con Santiago Serrate sustituyendo a última hora al inicialmente programado José Ramón Encinar. Pero había que encontrar una pieza suficientemente mastodóntica para dar trabajo a más de cien jóvenes que a la vez atraiga a mayor número de público posible, y la Titán cumple ambas condiciones.

Del Cascanueces destacamos en lo negativo una muy errática Obertura Miniatura con pasajes enmarañados y cuerda completamente descoordinada, y en lo positivo una correcta lectura de esas miniaturas orquestales que son las danzas del segundo acto, que se saldaron con limpieza y saludable academicismo, hasta desembocar en un espléndido Vals de las Flores, suntuoso y elegante. El arpa de Belén García y la celesta de Andrea Capitán brillaron con luz propia. El esfuerzo desplegado por Mahler en su primera sinfonía converge a nuestro entender en una amalgama de ideas a menudo inconexas, pretenciosas y poco sinceras, a pesar de la voluntad catalizadora de los propios traumas e inquietudes del autor. Heras-Casado ahondó todavía más en esa falta de sinceridad proponiendo una versión muy calculada y poco natural que los jóvenes intérpretes siguieron al pie de la letra, con mucha dedicación y disciplina. Cada músico por separado manifestó una madurez técnica y expresiva excelente, aunque en equipo a veces el resultado se resintiera de esa falta de fluidez narrativa apuntada, especialmente perceptible en una cuerda aguda plomiza y mate en más de una ocasión. Hubo amabilidad y encanto en el primer movimiento, brío y agitación, quizás demasiada, en el scherzo, inconveniente falta de ironía en una marcha fúnebre cruzada con escaso ingenio y sutileza con los acordes hebreos centrales, pero una férrea construcción del pomposo movimiento final, que culminó con una prodigiosa exhibición de las ocho trompas convocadas y de unos percusionistas entusiasmados que desparecieron literalmente de forma divertida y teatral en el último acorde de la pieza. Quizás Heras-Casado no estuvo especialmente atinado, lo que no convertiremos en una sentencia habida cuenta del respeto y la admiración alcanzada por nuestro paisano andaluz, pero el proyecto merece nuestro más fervoroso aplauso y otro brindis por su permanencia ad perpetuum.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía