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miércoles, 20 de mayo de 2026

RESONANCIA CON ÍMPETU JUVENIL

Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Resonancia, quinteto con piano: Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella, violines. Salomé Osca, viola. Lourdes Kleykens, violonchelo. Álvaro Mur, piano. Programa: Quinteto para piano y cuerdas en sol menor Op. 57, de Shostakóvich; Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor Op. 44, de Schumann. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 19 de mayo de 2026


A poco de dar comienzo su tradicional Festival de Primavera, Juventudes Musicales de Sevilla puso ayer tarde broche de oro a su programación en colaboración con el Teatro de la Maestranza, a través del ciclo Alternativas de cámara. Y lo hizo con muy buena nota, echando mano de un conjunto de raíces fundamentalmente levantinas, integrado por cinco estupendos solistas con una envidiable trayectoria a sus espaldas, a pesar de su evidente juventud. El pianista ceutí Álvaro Mur ya dio buenas muestras de su calidad técnica y artística en otro concierto auspiciado por la entidad sevillana hace exactamente cinco años, en plena pandemia, con la Sinfónica acompañándole en la sala principal del Maestranza.

En los atriles, dos monumentos indiscutibles de la música de cámara, separados por un siglo pero conectados por un lenguaje inequívocamente romántico, con las particularidades lógicas del paso del tiempo, evidentes en la página de Shostakóvich. Dos partituras henchidas de fuego y pasión, ideales para poner en práctica el ímpetu juvenil del conjunto, que extrajo de sus fuerzas y altas capacidades todo un arsenal de recursos tanto para complacer a un público generalista como a los paladares más exquisitos y exigentes.

El carácter crispado de Shostakóvich

El Quinteto Op. 57 de Shostakóvich, estrenado por el propio autor junto al Cuarteto Beethoven, el mismo que divulgó su amplio catálogo de cuartetos, mantiene en todo momento un regusto neoclásico y una visible admiración por la gramática bachiana. Mur arrancó con fuerza y decisión, empleándose ya a fondo con el extremo agudo del teclado, del que a menudo extrajo acordes deliberadamente estridentes, sin duda afines a la desesperada expresividad del autor, pero carentes de ese punto de discreción y sutileza con las que éste conducía su atronadora exasperación con cierto disimulo.

Ejemplares fueron las prestaciones de Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella a los violines, mientras Salomé Osca a la viola y Lourdes Kleykens al violonchelo, ejemplificaron a la perfección la alternancia de voces y sucesivos relevos que caracterizan el preludio. Kleykens llevó a cabo un trabajo carnoso y profundamente melodioso, mientras Osca impregnó de lirismo la página. Hubiéramos deseado una atmósfera más fantasmagórica al inicio de la inquietante fuga, no obstante se lograra entre todos y todas una concentración contrapuntística de intensa carga emocional.

Tras un agitado y ovacionado scherzo central, si acaso un pelín carente de ironía y mordacidad, la compenetración entre el piano y la cuerda continuó funcionando en el intermezzo, algo por debajo sin embargo de esa tensión y sensación de soledad que apunta. Sus continuos y extremos cambios de registro se hicieron más patentes en el juguetón final, una intensa y ardua alternancia de sonrisas y lágrimas que los intérpretes llevaron a buen puerto, aunque sin la crispación que demanda tan compleja y comprometida página.


La intensidad emocional de Schumann

La segunda propuesta de la tarde nos llevó a los orígenes del género, con el primer quinteto con piano considerado indiscutible obra maestra, el que compuso Schumann en un momento feliz de su vida, consagrado a su pasión por la música y su amor incondicional por su esposa Clara, a quien dedicó esta pieza en la que el piano tiene tanto protagonismo, con resortes casi concertantes. Esto implica que sólo un solista competente puede acercarse a ella con garantías de éxito, y Mur demostró que lo es, manteniéndose firme y entusiasta en su prácticamente ininterrumpida intervención.

La vitalidad del allegro inicial quedó manifiesta en la calidez y la intensidad emocional con la que el quinteto lo abordó, reflejando sus continuos cambios de ánimo de manera tan arrebatada como llena de ternura. El conjunto resolvió con brillantez su contenida marcha fúnebre, ahondando en su carácter trágico salpicado de puntuales y gozosos estallidos de esperanza, y manteniendo en todo momento una muy saludable homogeneidad de timbre.

También entre lo lírico y lo fogoso prosiguió el scherzo, hasta llegar a un allegro ma non troppo final síntesis de la gramática schumanniana que los cinco intérpretes entendieron a la perfección, logrando una sintonía y una uniformidad sólo al alcance de los conjuntos más maduros y experimentados.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 23 de marzo de 2026

RETRATO DE FAMILIA EN PERFECTA SIMETRÍA

Diálogos concertantes con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Michael Barenboim, violín y viola. Elena Bashkirova, piano. Programa: Sonatina para violín en la menor nº 2 Op.137 D.385 y Sonata en la menor para arpeggione y piano D.821, de Schubert; Sonata para violín y piano nº 1 en la menor Op.105 y Märchenbilder para viola y piano Op.113, de Schubert. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 22 de marzo de 2026


Sin duda alguna, la de este domingo en el Maestranza ha sido la cita estrella del ciclo Diálogos concertantes que celebra con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Se trata de Michael Barenboim, el excelente violinista hijo del ilustre fundador, y su madre, Elena Bashkirova, segunda esposa del pianista y director de orquesta, israelí de origen ruso, una mezcla sin duda explosiva que demuestra que hay muchos y muchas que no se dejan arrastrar por el fango de la infamia. No olvidemos que la fundación trata de llevar la paz a los territorios hostigados, acercando a palestinos e israelíes, un objetivo cada vez más lejano y frustrado.

No estaba asegurada, pero todo corría a favor de que la compenetración fuera sobresaliente, y así fue, a pesar del toque algo mecánico y a menudo falto de vuelo lírico de la veterana pianista. Sin embargo, logró hacer con su hijo el tándem perfecto, controlando en la medida de lo posible su presencia en cada una de las piezas seleccionadas. El diseño del programa, en perfecta simetría, con el violín protagonizando la primera parte y la viola la segunda, se centró en páginas de enorme calidad, exuberante romanticismo y considerable melancolía, que madre e hijo llevaron por la mejor de las sendas posibles.


Barenboim exhibió un considerable virtuosismo en la Sonatina nº 2 de Schubert, con grandes intervalos y estimulantes crescendos y decrescendos que generaron máxima tensión. Siguió un encantador lirismo, fuertemente contrastado en el andante, así como un gran trabajo en armonía en el minueto, hasta desembocar en un elaborado allegro final que demostró el riguroso diálogo entre las partes convocadas.

Más enjundia tiene la Sonata para violín y piano nº 1 de Schumann que completó la primera parte, una hermosa página cargada de imperioso sufrimiento a pesar de lo mucho que se ha criticado al autor su torpe trabajo con el violín, a menudo cargado de graves. En manos de Barenboim, el primer movimiento sonó apasionado y a la vez sombrío. El allegretto central resultó discreto pero no falto de aliento poético, y el movimiento final, animado, sumamente melódico y de nuevo doloroso. Al sonido homogéneo y el fraseo flexible del violinista se sumó en todo momento la colaboración atenta y fiel de la consumada pianista.


Viola en mano, instrumento del que demostró también poseer un dominio técnico absoluto, comenzó la segunda parte del concierto con una obra de Schumann que se titula Ilustraciones de cuentos, un ciclo ensoñador, poético y definitivamente feliz. Barenboim hizo gala de lucidez y sensibilidad afrontando un diálogo melancólico, a veces enérgico, prestando atención a la fantasía y emotividad impresas en una página que concluye con una preciosa canción de cuna en la que brilló una gran compenetración entre ambos intérpretes.

Terminó como empezó, con Schubert, esta vez con su popular Sonata para arpeggione, obra de circunstancia para promover un instrumento efímero derivado de la viola da gamba, híbrido entre la guitarra y el violonchelo, que hoy se suele tocar al violonchelo. No obstante, a la viola Barenboim consiguió exprimir sus posibilidades melódicas, llenas de encanto y espíritu ensoñador, con una particular dulzura y la complicidad siempre a punto de Bashkirova. Luz y alguna que otra tiniebla se hicieron eco en esta expresiva y expansiva página que pone de manifiesto la enorme inventiva melódica de su autor, siempre bajo una articulación precisa, un fraseo flexible y poético, y una compenetración llena de sutileza y lirismo.

Fotos: Guillermo Mendo

viernes, 24 de octubre de 2025

IDILIO ROMÁNTICO DE SHI-YEON SUNG Y LA ROSS

Sinfónico 3: Romanticismos. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Matías Piñeira, Joaquín Morillo Rico, Juan Manuel Gómez y Adrián Díaz Martínez, trompas. Shi-Yeon Sung, dirección. Programa: Romeo y Julieta, de Chaikovski; Konzertstück para cuatro trompas y orquesta en Fa mayor Op.86, de Schumann; Suite de El caballero de la rosa Op. 59, de Strauss. Teatro de la Maestranza, jueves 23 de octubre de 2025


La de ayer fue la primera de las dos comparecencias con las que la directora surcoreana Shi-Yeon Sung sellará esta temporada su intervención como batuta invitada de la Sinfónica de Sevilla. El programa elegido miró hacia la voluptuosidad del Romanticismo, en sus vertientes apasionada, amable y desenfadada, así como neorromántica con mirada nostálgica al pasado.

El recorrido arrancó con Chaikovski, y con perdón de Bellini, Gounod y hasta de Prokofiev, la mirada más popular jamás concebida en torno a Romeo y Julieta de Shakespeare, sólo al mismo nivel de popularidad que la banda sonora de Nino Rota para el clásico de Zeffirelli. Inició lenta y piadosa con el coral dedicado al Padre Lorenzo, y pronto atisbamos su habilidad para alternar de forma tan equilibrada como elegante, los pasajes más virulentos de la partitura con ese apasionado tema de amor que le da sentido e identidad a esta singular fantasía. Magníficas las aportaciones de las maderas, dotando al conjunto de la ternura que tanto asoma a lo largo de su desarrollo. Sung logró combinar determinación dramática y máxima intensidad sonora y sensual, hasta vislumbrar el trágico final de los amantes con un cierre íntimo y recogido, antes del apoteósico punto y final.

Cuatro trompistas cuidadosamente seleccionados

Menos divulgada que la pieza anterior, quizás por la dificultad de conciliar cuatro solistas a la altura de sus exigencias, es la Pieza de concierto para cuatro trompas y orquesta de Robert Schumann. Se trata de una suerte de divertimento con el que el autor, en una de esas escasas épocas de felicidad pletórica que tuvo en su vida, procuró exhibir la dificultad técnica y el virtuosismo del instrumento, la trompa cromática con pistones que había sido recientemente perfeccionada por su colega vienés Leopold Uhlmann.

De izquierda a derecha, Díaz, Gómez, Morillo y Piñeira

El chileno Matías Piñeira llevó la voz cantante durante gran parte del concierto, a pesar de que fue a quien más le acusaron las imperfecciones en forma de temidos desajustes y salidas de tonos, no obstante realizar en general una labor encomiable. Mejor resultó, incluso en las filigranas de la propina, el preludio al acto cuarto de Carmen de Bizet, el solista de la ROSS Joaquín Morillo, muy atento a cada matiz, y la voz a menudo acompañante de Juan Manuel González y el joven Adrián Díaz Martínez, todos ocupando puestos destacados en orquestas e instituciones dentro y fuera de España.

Quizás faltó algo más de ensayo para pulir la estrecha colaboración y la voz al unísono del conjunto, pero en términos generales, y dada la dificultad del instrumento, la experiencia resultó gratificante. Especialmente logrado fue el diálogo con una atenta Shi-Yeon Sung.

Nostalgia vienesa

Muchos años pasaron desde que Strauss estrenó una de sus óperas más icónicas hasta que decidió extraer parte de su material para convertirlo en suite, primero en 1934 fijando su atención fundamentalmente en los valses que tanto representan el imperialismo vienés al que miraba con sentido tanto irónico como nostálgico. Así hasta 1946, que fue extrayendo nuevas suites que convergieron en una más ecléctica con pasajes de los tres actos de la función.

Apenas veinte minutos, escasos para cubrir toda una segunda parte de un concierto sinfónico convencional, que podría haberse doblado con alguna otra composición de Strauss, que con esa duración tiene bastantes, pero suficiente para emocionarnos y dejarnos seducir por la voluptuosidad de una partitura irrepetible. Sung cuidó todos los resortes que hacen de la pieza un festival de sensualidad e incluso erotismo, logrando una comunión perfecta con cada solista convocado, especialmente violín y chelo primeros. En términos generales, Sung logró una lectura sofisticada de la magistral partitura, un recorrido repleto de nostalgia y sensualidad, y el público, a pesar de la brevedad, aplaudió notablemente satisfecho.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 26 de junio de 2025

PROMETEDOR ADELANTO DE TEMPORADA

Gran Sinfónico nº 12 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Pablo Ferrández, violonchelo. Lucas Macías, dirección. Programa: Concierto para violonchelo en La menor Op.129, de Schumann; Una vida de héroe (Ein Heldenleben) Op.40, de Strauss. Teatro de la Maestranza, miércoles 25 de junio de 2025


Muchos son los atractivos de este décimo segundo concierto de abono de la temporada que está a punto de terminar. Que el director sea Lucas Macías, quien a partir de septiembre asumirá como director artístico la responsabilidad máxima de la calidad de la orquesta; que cuente con la participación del celebrado y joven violonchelista madrileño Pablo Ferrández; y que en los atriles figure una obra que engendra afición y fascinación a partes iguales, Una vida de héroe de Strauss.

Mucho lamentamos no haber podido asistir al concierto de clausura del curso académico de la Universidad Hispalense, a cargo de esa cantera de nuevos talentos musicales que es la Sinfónica Conjunta. La falta de un calendario de temporada que avisara con suficiente antelación cada uno de los programas, provoca en muchos casos haber asumido otros compromisos ineludibles.

Nos consuela que el programa diseñado por Juan García, justo el día de su onomástica, tuviese una estructura tan similar a la de este concierto de abono de la ROSS, con pieza para violonchelista solista y poema sinfónico en torno a una figura prominente. Además, tanto las Variaciones Rococó de Chaikovski como la Sinfonía Fausto de Liszt se interpretan de seguido, como el concierto de Schumann y el poema de Strauss.

Un sonido mágico

La cronología del Concierto para violonchelo de Schumann nos lleva a su composición en 1850, su estreno diez años después, con el autor ya fallecido, y su recuperación a principios del siglo XX, gracias a Pau Casals, que superó la leyenda de pieza impracticable que la atenazaba. Es ciertamente una obra compleja, tanto desde el punto de vista técnico como desde el más puramente expresivo, que invita a no dejarse engañar por su virtuosismo en perjuicio de su poético lirismo.


Ferrández arrancó con largas y elegantes frases, un sonido extremadamente depurado y una seguridad extraordinaria a la hora de matizar cada línea melódica, siempre arropado por Macías, que edificó un acompañamiento orquestal basado en el respeto y la delicadeza. El solista se hizo eco del íntimo y sosegado recogimiento de la pieza, mientras la batuta se empeñó en mostrar la lucha entre reflexiva e impetuosa del allegro inicial, con un desarrollo adecuadamente tenso y dramático.

Sin embargo, faltó algo más de esa felicidad creativa que también informa a la página, y que tampoco asomó en el adagio, amplio y meditativo, del que Ferrández supo exprimir su radiante belleza. Igualmente, echamos en falta un poco más de fuego y tempestad en el vivace final, a pesar de la agilidad del solista en sus vertiginosas escalas, un alarde de flexibilidad que no se quedó en simple retórica virtuosista.


Strauss, deslumbrante

Sea por su fuerza arrolladora, su elocuencia o simplemente porque contiene todos los ingredientes para considerarlo precursor de las bandas sonoras del Hollywood clásico, especialmente las que ilustraban películas de aventuras, teniendo en cuenta cómo la música de cine ha servido de puente entre muchos y muchas aficionadas para acercarse a la música clásica, lo cierto es que el poema sinfónico Una vida de héroe siempre ha fascinado y obsesionado a muchas y muchos melómanos.

Naturalmente, influir de esa manera exige una interpretación tan impecable y evocadora como la que Macías ofreció anoche en el Maestranza, y que sin duda repetirá hoy con idénticos óptimos resultados. El director onubense es un consumado admirador de Richard Strauss, y anoche lo demostró con una fuerza impresionante combinada con el lirismo más emocionante y unos recursos de primera calidad, una orquesta dispuesta a entenderse a las mil maravillas con quien está a punto de ejercer como su director artístico. Y si los resultados siguen por la misma senda, que lo sea por muchos años.

Una vida de héroe, metáfora en el mundo de las aventuras más exóticas de la experiencia vital de un artista obligado a luchar contra todas las adversidades, contiene pasajes tan fogosos como íntimos y recogidos. Macías supo controlarlo todo, extrayendo colores y texturas en la ROSS tan reveladores como consistentes, sin que nada resultara ni caótico ni melifluo, siguiendo la extensa narrativa con una elocuencia extraordinaria y un sentido de la espectacularidad sobresaliente.

Ayudaron en el proceso unos metales brillantes y perfectamente entonados, una percusión precisa, ni estridente ni blanda, unas maderas atentas y la siempre estimulante fuerza de la cuerda grave. Mención especial para las delicadas arpas, y sobre todo para el titánico trabajo de la concertino Alexa Farré en el pasaje que ilustra el descubrimiento del amor. Ella por sí sola es un lujo, como lo son todos y todas las integrantes de esta orquesta por la que sentimos tanto orgullo.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 19 de febrero de 2024

SOKOLOV, MAESTRO DE LA TÉCNICA Y LA INTROSPECCIÓN

Cita en Maestranza. Grigory Sokolov, piano. Programa: Vier Duette BWV 802-805 y Partita nº 2 en do menor BWV 826, de Bach; 4 mazurcas Op. 30 y 3 mazurcas Op. 50, de Chopin; Waldszenen Op. 82, de Schumann. Teatro de la Maestranza, domingo 18 de febrero de 2024


Grigory Sokolov ha recalado tantas veces en plazas españolas y ha sucumbido tanto al encanto de la Costa del Sol, comprando incluso una casa en Málaga, que en agosto de 2022 adquirió la nacionalidad española. Puede que a ello hayan contribuido los incentivos fiscales correspondientes y una presunta animadversión al régimen de Putin, sobre todo desde que destinara la recaudación de uno de sus conciertos a ayudar a Ucrania, ya que dado su hermetismo no se ha pronunciado expresamente al respecto. Lo cierto es que tras varias comparecencias en este Teatro de la Maestranza que tan buena cogida le dispensa, ayer fue la primera vez que actuó en él como español, todo un orgullo para el país, sobre todo tras dejar constancia de que sigue siendo un fuera de serie y un número uno en toda regla. Aquí arrancó una nueva gira por nuestro país que le llevará a Murcia, Castellón, Valencia, Barcelona y Madrid, centrado como siempre en él en un programa muy específico al que presta toda su atención durante toda su temporada de conciertos.

Empezó con Bach al piano, qué placer escucharlo así, sin despreciar en absoluto, faltaría más, las interpretaciones originales al clave, clavicémbalo u órgano, según corresponda. Pero acercarse al universo siempre preciso y elegante del compositor alemán desde los favores del teclado moderno, tiende en muchos melómanos a tener un atractivo especial y hasta cierto punto melancólico. Arrancó con una energía inusitada y un ritmo casi frenético los Cuatro duetos de Bach, llamados así por confiar en dos voces combinadas o superpuestas sus líneas melódicas, llevando así al extremo las prestaciones armónicas y en contrapunto de su particular estilo. Todas hacen acopio de un estilo fugado que Sokolov, gracias a una técnica impecable y una limpieza en el fraseo ejemplar, llevó a sus últimas consecuencias, dejando entrever sus particulares disonancias y su fecundo cromatismo. Amable y relajado en el BWV 803, frenético en el 804, la exhibición terminó con la sofisticación y elegancia que demanda el 805 en estricto contrapunto. Y del Clavier-Übung nº 3 en el que se ubican estas breves piezas, pasamos a la más solemne y compleja Partita BWV 826, del primer cuaderno de trabajos para teclado, por algunos consideradas suites alemanas, en contraposición a las inglesas y francesas contemporáneas. Más libres en estructura y con cierto toque más austero, menos ornamentado, Sokolov eligió de ellas la única que tiene seis movimientos, en lugar de los siete de las cinco restantes. Son sin embargo las más exigentes a nivel técnico, lo que no impidió que su interpretación mantuviera la limpieza y el fraseo perfecto que ya exhibió en las piezas anteriores. Música como Bach la definía para amantes de la música y gozo del espíritu, tal como la transmitió el veterano pianista, siempre atento a su gramática, sin pausa ni asfixia, deleitándose con cada acorde, rubateando con discreción y haciendo uso preciso y casuístico del pedal. Una interpretación que combina nobleza, halo poético y precisión técnica con absoluta maestría.


Chopin
protagonizó el primer bloque de la segunda parte, con siete de sus mazurcas, las opus 30 y 50, de las que Sokolov fue capaz de extraer todo ese espíritu de melancolía y añoranza por la tierra natal que atesoran, y que el compositor tradujo en unas emotivas combinaciones de sofisticación a partir de las danzas populares en las que se basaba. Muy exigentes técnicamente, el pianista paseó por ellas haciendo hincapié en su complejidad técnica pero sobre todo en su emocionante contenido espiritual, con profunda atención en sus cálidas melodías, sin embellecerlas inútilmente ni amortiguar su pura y alegre vitalidad. Con idéntica nobleza expresiva acometió las nueve piezas que conforman el ciclo simétrico Escenas del bosque, un paseo de carácter inocente e infantil por la naturaleza que nos conecta con nuestro espíritu y nos ayuda a conocernos mejor. Todo un tratado de introspección filosófica que Sokolov desentrañó con confianza y seguridad así como una sensibilidad extrema, por mucho que en esta ocasión se deslizasen algunas notas falsas, nada alarmante considerando la veteranía del intérprete y su magisterio a la hora de erizarnos la piel. Aquí Sokolov estuvo ágil para afrontar sus rápidos cambios de carácter y color, reflejando su enorme riqueza de matices y alcanzando en piezas tan emblemáticas como ese pre-impresionista Vogel als Prophet (Pájaro como profeta), esa especial fascinación que exhala. Momentos acogedores se alternaron con otros más inquietantes y algunos enfervorecidos, antes de enfrentarse a la consabida tercera parte de su recital, esa interminable lista de propinas que tan generosamente desgrana. Seis en esta ocasión, entre ellas Air des Sauvages de Rameau y los preludios nos. 15 y 20 del opus 28 de Chopin.

Fotos: Guillermo Mendo

domingo, 26 de noviembre de 2023

LA VOZ INMENSA Y BELLÍSIMA DE SARAH CONNOLLY

Dame Sarah Connolly, mezzosoprano; Joseph Middleton, piano. Programa: Tres canciones de Brahms; Cuatro de las cinco canciones op. 40 de Schumann; Rückert-Lieder y Kindertotenlieder, de Mahler; Tres canciones de Bilitis, de Debussy; Canciones de Frank Bridge, John Ireland, Ernest John Moeran e Ivor Gurney. Espacio Turina, sábado 25 de noviembre de 2023


Quedará siempre marcada en nuestro corazón esta fecha, la del sábado 25 de noviembre, cuando toda la terrible vulgaridad que destaca en una ciudad entregada a las comidas navideñas de empresa, las compras del Black Friday, las procesiones y demás tumultuosas manifestaciones, quedó ensombrecida para unas cuantas personas privilegiadas, las que tuvieron el acierto de dedicar algo menos de dos horas a dejarse seducir por la inmensa belleza de la voz de Dame Sarah Connolly. Una oportunidad que perdieron las cientos de personas que en esta ciudad se consideran melómanas y acuden una y otra vez a conciertos reiterativos, por inercia o por costumbre, mientras dejan pasar un acontecimiento de este calibre. Y no es que despreciemos todas y cada una de las celebraciones que enumeramos arriba, ni las ofertas musicales que tenemos ocasión de degustar gracias al talento local; es simplemente que el oasis de paz y belleza que fue capaz de ofrecernos la celebrada mezzosoprano acompañada con exquisito gusto por su compatriota Joseph Middleton, logró disminuir todo lo demás a la altura de la insignificancia.

Esta gran dama indiscutible de la canción, o el Lied, como se prefiera, fue capaz de cantar de corrido, sin pausas instrumentales, hacerlo en perfecto alemán, francés, inglés y español en las propinas (Nana y El paño moruno, de las Siete canciones populares españolas de Falla) y sin partitura, aprendido todo de principio a fin. Pero nada de eso habría tenido mucho valor si no fuera por su admirable forma de cantar, su precioso timbre capaz de seducir y convencer al más recalcitrante, y de modular y articular con esa maestría que convierte lo complejo en fácil, como si no supusiera esfuerzo alguno. Así comenzó con tres Lieder de Brahms que recorrieron su ánimo desde una exultante felicidad (Serenata) a la más íntima nostalgia (Feldeinsamkeit), pasando por el desencanto del amor en Da unten im Tale, siempre con la expresividad justa, transmitiendo con la voz, su pulso, su color y su tono, ese estado de ánimo aludido. Algo así ocurrió también con cuatro de las Cinco canciones op. 40 del especialista en el género Robert Schumann, con especial peaje en Muttertraum, un sueño de la madre que Connolly desgranó con una dulzura y una capacidad para conmover más allá de lo imaginable.


Mahler era el principal reclamo del programa
, con sus dos ciclos basados en poemas de Friedrich Rückert repartidos entre la primera y la segunda parte del programa. Sinceridad y responsabilidad son dos calificativos que definen a la perfección la manera de Sarah Connolly de abordar los sentimientos del poeta alemán que Mahler convirtió en música. A destacar en Rückert-Lieder su magistral forma de cantar Um Mitternacht, pasando de la introspección más profunda, traducida en una voz densa y oscura, a la manifestación de exaltación que supone el final envuelto en rutilantes sobreagudos. Y muy especialmente su sobrecogedora manera de entonar Ich bin der Welt abhanden gekommen (He perdido contacto con el mundo), paradigma de la contención y el sentimiento introvertido que Connolly y el piano cómplice de Middleton convirtieron en pura magia conmovedora. También en los Kindertotenlieder pudimos apreciar la proverbial facilidad de la mezzo para sobrecogernos, muy especialmente en Im diese Wetter, in diesem Braus que sintetiza el inmenso dolor por la muerte de un niño, ahora que tantas noticias tenemos de su sufrimiento. El resto del programa, las Tres canciones de Bilitis de Debussy y una selección de autores ingleses, las defendió con una estética de recitativo profundamente sensual en el caso del compositor impresionista, y con la elegancia y la autoridad que saben imprimir en sus canciones autores como Frank Bridge o John Ireland. Encima supo entonar a Falla con todo el gracejo andaluz que sus canciones demandan. Para colmo, el comportamiento del público fue ejemplar, añadiendo magia, calidez y emoción a tan relajante manifestación de arte y buen gusto.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 25 de noviembre de 2023

IZIK-DZURKO POTENCIAN LA MELANCOLÍA DEL OTOÑO

3er concierto del ciclo Gran Sinfónico de la temporada nº 34 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Jaeden Izik-Dzurko, piano. Antonio Méndez, dirección. Programa: Stilleben mit Orchester, de Elena Mendoza; Concierto para piano en La menor Op. 54, de Schumann; Danzas sinfónicas Op. 45, de Rachmáninov. Teatro de la Maestranza, viernes 24 de noviembre de 2023


Que Sevilla es una ciudad difícil y desconcertante lo demuestra el hecho de que a dos días de que recale aquí la Mahler Chamber Orchestra, una de las pocas plazas españolas donde actuará, quede por vender más de la mitad del aforo. Las propuestas locales más o menos se defienden, pero necesitamos otras que sitúen nuestra programación a niveles de otras ciudades europeas de semejante calado, y eso, que una vez fue realidad, ahora parece tan difícil de conseguir, salvo en raras ocasiones en las que la popularidad del o la intérprete le precede. Tratándose de una propuesta eminentemente local, el aforo de ayer no fue desdeñable, hay que decir que la ocasión lo merecía, con un programa en los atriles de la Sinfónica realmente atractivo, empezando por el estreno en su ciudad de una obra de la sevillana Elena Mendoza, presente en la sala, y siguiendo con otras dos que no por más trilladas son menos atractivas y seductoras.

La de Mendoza, artista todavía poco conocida a nivel popular en su ciudad natal, a pesar de recolectar fuera un enorme reconocimiento y situarla a la vanguardia de las músicas actuales digamos serias, resultó una pieza de enorme singularidad, por su tratamiento de las texturas y porque, sin apartarse de corrientes compositivas ancladas ya en un pasado reciente, y muy concretamente en esas Atmósferas de Ligeti que disfrutábamos precisamente justo una semana antes en el concierto de apertura de temporada de la Sinfónica Conjunta, experimenta con instrumentos inusuales y en principio poco o nada convencionales para integrarlos en el conjunto de una bien equipada formación sinfónica. En concreto, en Stilleben mir Orchester (Naturaleza quieta, que es como en Alemania denominan las naturalezas muertas para quitarle esa acepción funeraria) suenan copas de cristal con un poco de agua, latas de conservas, ralladores y otros utensilios de cocina, hasta llegar a las botellas sopladas con las que parte de los metales y las maderas van cerrando la pieza con ademanes puramente teatrales y una concepción bastante dramática de la interpretación. El resultado es tan seductor como sugestivo gracias a la atención y el sentido de la precisión que imprimió el director mallorquín Antonio Méndez, una de las voces más personales y comprometidas del actual panorama musical español.

Como tarjeta de presentación en nuestra ciudad, al pianista canadiense Jaeden Izik-Dzurko, ganador entre otros del premio Paloma O’Shea del Festival de Santander, ya tuvimos ocasión de conocerle en el pasado Festival de Primavera de Juventudes Musicales, donde hizo alarde de su fuerza y energía al teclado. Esta vez sin embargo, frente al Concierto para piano de Schumann, se decantó más por una lectura etérea y volátil de la partitura, como si acariciase las teclas y se dejase llevar por su naturaleza fuertemente emocional y melancólica. Se trata por supuesto de una pieza que demanda más poesía que virtuosismo, aunque esto resulta discutible cuando se escucha al allegro vivace final. No cabe duda de que Méndez y Izik-Dzurko se decantaron por esta línea, pero los resultados no fueron del todo convincentes desde el punto de vista expresivo. No es que sonara ni amanerado ni melindroso, tampoco afectado, pero sí algo apagado y falto de aliento, ya fuera en unos diálogos entre orquesta y solista un poco raquíticos como en un sonido en general demasiado suave, como si por querer ser melodioso acabara resultando pasteloso sin llegar a ser empalagoso. No fue a pesar de ello una interpretación desdeñable sino simplemente particular, no acorde con lo que algunos esperábamos de ella, pero válida y perfectamente ejecutada a nivel técnico general.


Algo parecido sucedió con el arranque de las impresionantes Danzas sinfónicas de Rachmaninov, que resultó algo moroso y falto de empuje, a pesar de que Méndez demostraría a lo largo de la partitura una enorme disciplina y un sentido dramático del conjunto realmente encomiable. Así, aunque no resultara tan voluptuosa ni intensa como hubiera sido deseable, sus líneas fueron claras y concisas, con grandes oportunidades de lucimiento, muy bien aprovechadas, de los solistas de la orquesta, desde el clarinete al saxofón, al fagot o el piano. Pero siguió faltando intención, expresividad y más emoción. Fue en términos generales una interpretación bien construida, muy bien articulada, pero algo fría y falta de aliento. Lo mejor, el vals central, tan bello como seductor, así como convenientemente siniestro y sensual. Esa misma falta de intensidad generalizada se observó también en el final, siempre desde la admiración que nos profesa el buen nivel alcanzado por todas y cada uno de los integrantes de la orquesta, mimada hasta el último detalle por la atenta batuta de Antonio Méndez.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 30 de junio de 2023

LA ROSS MARCA LA DIFERENCIA

12º concierto del ciclo Gran Sinfónico de la temporada nº 33 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Andrea Lucchesini, piano. Valentin Uryupin, dirección. Programa: Concierto para piano nº 1 en Si bemol menor Op. 23, de Chaikovski; Sinfonía nº 2 en Do mayor Op. 61, de Schumann. Teatro de la Maestranza, jueves 29 de junio de 2023


La última noche de esta temporada de la Sinfónica de Sevilla estuvo presidida por un espíritu eminentemente romántico, palpable no sólo en las obras programadas sino también en la propina, el archifamoso Nocturno Op. 9 nº 2 de Chopin, con el que el pianista Andrea Lucchesini recalcó sus líneas maestras de interpretación, basadas en una exhaustiva ornamentación que no se corresponde con una expresividad sincera ni suficientemente emotiva. La ROSS, que durante todos estos años de andadura ha sufrido más de un altibajo, volvió a demostrar sin embargo el excelente estado técnico en el que se encuentra, y que ya hemos podido disfrutar en su intervención en la polémica Tosca y el estupendo Mahler que desgranó la semana pasada bajo la batuta de Soustrot.

No acabó de convencernos el ruso Valentin Uryupin a la batuta. Su dirección del recurrente Concierto nº 1 de Chaikovski resultó tan endeble como almibarada, lo que nos lleva a enjuiciar su particular visión de la sinfonía schumaniana quién sabe si como fruto de la casualidad, de esas excelentes prestaciones de la Sinfónica apuntadas, o de una mayor libertad a la hora de abordar la página, ya sin las injerencias del atribulado pianista, con quien puede no llegara a un buen entendimiento. La orquesta lo dio todo ya desde las arrolladoras fanfarrias iniciales del concierto, apasionadas y nobles, con unas rutilantes intervenciones de los metales que serían constantes a lo largo de toda la noche. Pero hay más exaltación y pasión romántica en esta célebre página de lo que fueron capaces de transmitir Lucchesini y Uryupin con su desvaída visión del conjunto. Echamos en falta algo más de énfasis al piano, pulsado con energía y sentido del ritmo pero de forma decididamente mecánica. La cuerda sonó demasiado flácida y ligera en algunos pasajes, como si su participación se redujera a música de ascensor, si bien pianista y batuta alcanzaron un aceptable nivel de diálogo, y el primero destacó como indiscutible virtuoso en las cadenzas del allegro inicial. El andantino resultó amable pero poco apasionante, mientras el temperamento ruso hizo su aparición en el allegro con fuoco final, donde la orquesta siguió brillando más que el piano, por mucho que el director decidiera rebajar considerablemente su volumen para no enturbiar el ya de por sí potente pianismo del italiano.


Otra cosa muy distinta fue la Sinfonía nº 2 de Schumann, donde la orquesta reafirmó su excelente buena forma y Uryupin convenció con una acertada combinación de lirismo y exaltación emocional sin crispación ni salida alguna de tono. Como tantas otras obras de Schumann, la nº 2 es un viaje de la oscuridad a la luz donde es imprescindible encontrar el punto exacto de tensión y la vena lírica que la recorre. Sin embargo Uryupin estuvo más centrado en la epidermis espectacular de la pieza, a lo que la plantilla se acopló de forma harto disciplinada. Las transiciones fueron en todo momento elegantes y sutiles, como pudo apreciarse en el primer movimiento, donde además el conjunto destacó en ritmo, el mismo que se convierte en carta de naturaleza en el scherzo, que el director guió con agilidad y una exultante energía a la que la plantilla se adaptó con naturalidad y habilidad técnica. El adagio estuvo acompañado en todo momento de mucha ternura y un punto melancólico muy adecuado, sin enfatizar el drama subyacente a la página, y con texturas claras y magníficas prestaciones a la madera. Hubo en todo momento cohesión y rigor en la construcción de la pieza, si acaso faltó algo más de dolor y resignación en su resolución, más atenta a destacar el brillo y el vigor de la página, especialmente en un allegro final que adoptó sabiamente la forma de un himno espiritual y triunfal.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 17 de abril de 2023

FELIZ Y ESPERADO REENCUENTRO CON UN GENIAL PERIANES

Cita en Maestranza. Javier Perianes, piano. Programa: Cruce de caminos (Variaciones sobre un tema de Robert Schumann op. 20, de Clara Schumann; Quasi variazioni: Andantino de Clara Wieck, de la Sonata nº 3 op. 14 de Schumann; Variaciones sobre un tema de Schumann op. 9, de Brahms; Goyescas, de Granados). Teatro de la Maestranza, domingo 16 de abril de 2023


Dado su carácter afable, humilde y nada narcisista, seguramente no le agradará que se le defina como un genio, pero sólo así somos capaces de identificar a quien saca tanto brillo de cualquier tipo de partitura, desde la más convencional y coyuntural a la más ambiciosa y sofisticada, logrando que suenen como un auténtico tesoro difícil de catalogar. Desde hace diez años, cuando ejerció como artista residente de la Sinfónica y entre otras obras interpretó la integral de conciertos de Beethoven, creo recordar que sólo hemos podido disfrutar de su presencia en el Maestranza en una ocasión, hace la mitad, cinco años, con Axelrod a la batuta haciendo el segundo de los conciertos de Brahms, autor que participó también en el portfolio con el que nos deslumbró este mismo domingo. Cuando un artista es capaz de fascinarnos y someternos con tanto ahínco y facilidad, casi sobran las palabras para describir la sensación que nos llevamos de su portentoso recital. En él se pudieron distinguir claramente dos partes, una primera centrada en el recurrente trío romántico entre el matrimonio Schumann y su ferviente y joven admirador Johannes Brahms. En la segunda, el ciclo Goyescas que tanta fama y popularidad reportó a Enrique Granados y sin embargo inauguró el trágico final que truncó una vida posiblemente llena de grandes sorpresas.

Las Variaciones de Clara Schumann sobre el número 4 de Bunte Blätter de su marido están llenas de contrastes y poseen una enorme densidad atmosférica, a pesar de tratarse de un mero detalle de la esposa, entones durante varios años inactiva, por el cuarenta y tres cumpleaños del compositor, apenas unos meses antes de ingresar en una institución psiquiátrica. Perianes la interpretó sin embargo como si se tratara de una pieza única e irrepetible, con toda la atención, el mimo por el detalle y la profunda reflexión que sus repetitivos acordes parecen exigir. Sus siete variaciones, aunque se puede llegar a apreciar incluso una octava, nos llevan por diferentes estados de ánimo, que Perianes tradujo en una perceptible melancolía de largos pasajes y notas retenidas, ritmo pausado y espíritu variable, desde un paseo romántico protagonizado por trinos y vivaces arpegios, hasta acordes más vehementes y furiosos, todo llevado siempre a la quintaesencia de la expresividad más conmovedora. El tercer movimiento de la Sonata nº 3 de Schumann, así mismo unas variaciones sobre un tema en este caso de Clara cuando solo era una adolescente, encontró en la digitación de Perianes una expresión rica y poderosa, pero siempre desde la elegancia y la delicadeza que el pianista sabe impregnar en las partituras más intimistas. Con gran decisión y seguridad en sí mismo acometió la pieza de Brahms, también basada en el mismo tema que las variaciones de Clara Schumann, pero no limitándose como aquella a modificar el espíritu sin tocar la melodía, sino como entendemos habitualmente el género, modificando ritmos y hasta melodías sin traicionar el alma de la pieza y su significación emocional. Así lo entendió Perianes con una interpretación magistral, llena de contrates pero a la vez contenida y transparente, de cada una de sus dieciséis variaciones, manifestando melancolía y desesperación hasta derivar en una resolución tranquila y esperanzadora.

Que Goyescas de Granados coincidiese en este programa previamente preparado por el pianista con la celebración este año del centenario de Alicia de Larrocha, ha servido para convertir su recital en un homenaje a la excelente pianista, en cuyas manos la pieza se convirtió en leyenda, tanto como Iberia de Albéniz, si bien ésta tuvo también en Esteban Sánchez un ilustre embajador. Puede que la versión de Perianes disminuyera el colorido con el que se suele atacar la pieza, a favor de un mayor intimismo y un profundo análisis convertido en emotiva y melancólica reflexión que Perianes tocó desde el corazón, sin gestos grandilocuentes ni excesivos, siempre ensimismado en un teclado desde el que transmitió todo el universo que atesora este ciclo de los majos enamorados. Arrancó con una visión elegante y algo retenida de Los requiebros, que convirtió luego, en Coloquio en la reja, en larga escena dialogada, nocturna y bien aireada gracias a una pulsación precisa, perfectamente articulada y prodigiosamente amatoria. Tampoco hubo aspavientos folclóricos en El fandango de candil, la pieza más proclive a ello del ciclo, y sí mucho sentimiento y una profunda melancolía en La maja y el ruiseñor, prodigio melódico del que el pianista sacó el máximo provecho. Y así continuó por el segundo cuaderno, con El amor y la muerte y la Serenata del espectro deambulando por idéntica senda llena de mágica melancolía, sin estridencias ni salidas de tono, siempre desde la elegancia y el respeto más absoluto. Después, como propina, sus delicadas manos volvieron a Brahms con su precioso Intermezzo en La mayor de sus Klavierstücke op. 118.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 10 de marzo de 2023

VARELA Y FERNÁNDEZ INDAGAN EN LA ESENCIA DEL AMOR

Alternativas de cámara en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Rosa G. Varela, violonchelo. Pepe Fernández, piano. Programa: 9 canciones de Myrten Op. 25, de Schumann (arr. Fernández); Tres romanzas op. 22, de Clara Schumann (arr. Varela); Sonata para piano y violonchelo op. 38, de Brahms. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, jueves 9 de marzo de 2023


El ciclo Alternativas de cámara que organiza en Teatro de la Maestranza en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla, contó anoche con dos jóvenes músicos sevillanos que protagonizaron un estimulante recital en torno a los amores correspondidos de Robert y la cada vez más presente en conciertos de cámara Clara Wiek Schumann, redondeado con la recurrente historia de amistad, para algunos amor no correspondido o platónico, que vivió Brahms cuando se unió como alumno a la familia de Düsseldorf. Una historia que ha conocido mil especulaciones y ha sido llevada al cine y la literatura, marcando una fuente inagotable para diseñar programas como éste con el que Varela y Fernández indagaron en la esencia del amor puramente romántico. El proyecto sirvió además de para disfrutar del buen hacer de la violonchelista y el pianista, para comprobar sus más que competentes aptitudes para el arreglo o la adaptación musical, pues tanto la selección de lieder que tocaron de Schumann como las tres romanzas de Clara originales para violín y piano, sufrieron las obligadas transcripciones, de las que fueron autores el joven utrerano y la violonchelista sevillana.

Myrten, el ciclo de canciones que Schumann dedicó a su esposa como regalo de bodas, pone música a poemas de diversos autores, de Burns a Goethe pasando por Rückert, Heine, Moore y Lord Byron, a diferencia de otros ciclos schumanianos centrados en un solo poeta. A lo largo de sus veintiséis entregas, Schumann va desgranando distintos estados de ánimo que reflejan a la perfección esa icónica dualidad de personalidad que exhibía el compositor, que le llevaba de mostrarse animado y confidente así como nostálgico y contemplativo. Fernández, de quien todavía guardamos el grato recuerdo que nos dejó en aquellas Noches del Alcázar de 2021 junto a su paisano Manu Brazo, presente anoche también en la abarrotada sala Manuel García, diseñó para la ocasión un coherente recorrido por nueve de esos lieder, unidos para dar continuidad a ese viaje emocional del que los intérpretes se hicieron eco exhibiendo tanto control técnico como fuerza expresiva. Entusiasta absoluto, Fernández actuó sin embargo manteniendo el respeto y la consideración debida a la violonchelista, una Rosa García Varela que acertó en sus largas frases melódicas, exhibiendo un sonido carnoso y opulento, de timbre convenientemente homogéneo y transiciones por lo general bastante correctas. Necesitaría quizás una mayor atención a los cambios de registro y al mantenimiento del tono justo para lograr una interpretación impecable. Ambos desgranaron sentimiento en el Widnung de apertura, y lograron darle al final, Zum Schluss el tono justo entre melancólico y trágico, pero fue con Der Nussbaum que alcanzaron el máximo de sus posibilidades, logrando plasmar con notable el espíritu trágico en su cometido. Solo con las dos partes del Lied aus dem Schenkenbuch tuvieron ocasión de relajarse y ofrecer un carácter más distendido.

Las tres romanzas que Clara Schumann compuso para el virtuoso Joseph Joachim son páginas de una claridad y una sinceridad absolutas, que el dúo desarrolló con buena actitud y considerable desenfado. Los enérgicos arpegios de Fernández en el andante inicial se mezclaron con naturalidad con el elegante fraseo de su compañera, que en el allegretto central (Mit zartem Vortrage) exhibió un tono manifiestamente melancólico y suave con notables agilidades en las profusas ornamentaciones. El contraste del piano burbujeante con las largas frases melódicas del violonchelo lograron un memorable final Leidenschaftlich schnell, rápido y centelleante. La única página original para los dos instrumentos convocados, la Sonata nº 1 en mi menor op. 38 de Brahms, se resolvió también con considerables dosis de lirismo y mucha responsabilidad, si bien puntualmente Fernández se mostró más tosco que en las obras anteriores, y Varela volvió a encontrar cierta dificultad en algunos cambios de registro y pérdidas también puntuales de tono. Sí acertaron en dar al conjunto ese estilo característico entre cálido y sincero que tiene la pieza, con Varela controlando con facilidad el legato en el allegro inicial, exhibiendo gracia sin afectación en el movimiento central, y desarrollando el allegro final con ese estilo fugado y esa vigorosa vivacidad que le informa. Fernández por su parte contribuyó de forma brillante a su voluptuoso e impactante final. En las propinas, un tema georgiano de enorme lirismo y carácter trágico, y una de las más célebres canciones de Frederic Mompou sirvieron para coronar este agradable encuentro.

Fotografía: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 24 de febrero de 2023

EL ESPÍRITU HEROICO DE CONRADO MOYA Y ROBERT SCHUMANN

6º concierto del ciclo Gran Sinfónico de la temporada nº 33 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Conrado Moya, marimba. Sebastian Perlowski, dirección. Programa: Concierto heroico para marimba y orquesta, adaptación de Conrado Moya del Concierto para piano de Joaquín Rodrigo; Sinfonía nº 1 en Si bemol mayor Op. 38 “Primavera”, de Robert Schumann. Teatro de la Maestranza, jueves 23 de febrero 2023

Foto: Guillermo Mendo

El cambio de fechas, miércoles y jueves en lugar de los jueves y viernes habituales, y una agenda apretada, propiciaron que nos acercáramos a este sexto concierto de temporada de la Sinfónica en su segunda cita. Tras constatar el entusiasmo del joven alicantino Conrado Moya en un emotivo video colgado en internet, en el que explica sus motivaciones para adaptar el Concierto para piano de Rodrigo a su instrumento, la exótica marimba, mostrando ese entusiasmo conmovedor que a veces contagia a los más jóvenes, nos rendimos a sus formas y su convicción a la hora de acercarnos a esa página refulgente del compositor valenciano. El espíritu enfático y épico de la partitura de Rodrigo se vio reforzado también en una segunda parte protagonizada por la primera de las cuatro sinfonías de Schumann, igualmente dinámica y vigorosa aunque dominada por una expresividad de muy distinto calado y resolución.

Tras el éxito de su Concierto de Aranjuez, que por cierto también fue motivo de adaptación, en esta ocasión al arpa, Rodrigo se embarcó de vez en cuando en la composición de conciertos con diversos instrumentos, desde el violín a la misma arpa, pasando por el violonchelo o la guitarra más recurrente. El Concierto para piano siguió al más famoso de su catálogo, aunque su origen se remonta a diez años antes de que Leopoldo Querol y Ernesto Halffter lo estrenasen, cuando el pianista se lo encargó al maestro de Sagunto. Precisamente a las ruinas de la ciudad en la que nació Rodrigo está dedicada la pieza, cuyo carácter eminentemente épico tanto nos hace recordar a numerosas partituras para el cine. Su exhaustiva orquestación puede poner en más de un aprieto al solista, que en todo caso debe destacar por encima de un conjunto que ha de servirle como estímulo, personificando a ese trepidante héroe que protagoniza la página. Tratándose de un instrumento tan potente como la marimba, con esa sonoridad tan rotunda, Moya tuvo menos dificultades que un pianista para cumplir su cometido, claro que también ayudó la pericia del director, un Sebastian Perlowski del que guardamos muy grato recuerdo de su concierto de año nuevo del 2022, que mantuvo en todo momento el equilibrio justo para no ensombrecer el trabajo del joven percusionista. Moya se adaptó como un guante a los distintos espíritus que informan los cuatro movimientos de la pieza, siempre bajo un manto vigoroso de trepidante ritmo y con solo el descanso del largo, un pasaje místico que reproduce el carácter religioso con el que antaño se identificaba toda gesta heroica. La precisión, el dominio y sobre todo, el entusiasmo de Moya lograron una interpretación lucida y extremadamente atractiva, a la que hubo que sumar el exotismo del instrumento y la brillantez e inspiración del autor, aun dentro de una estética muy conservadora y convencional. Una pieza para marimba solo, Romántica de Emnanuel Sejourne, sirvió para corroborar en la propina la maestría del joven intérprete de tan complejo instrumento.


Ese mismo espíritu heroico informa también la sinfonía más beethoveniana de Schumann, una pieza imaginativa e igualmente exuberante ya desde sus primeros acordes a los metales, una familia que logró brillar en la interpretación sumamente controlada que dirigió el también joven maestro polaco. También los timbales tuvieron ocasión de lucirse a lo largo de una pieza en la que destacó la pasión del allegro inicial, cargado de una exacerbada vivacidad y un marcado y acertado sentido del ritmo. Acaso faltó algo más de elegancia en el larghetto, no obstante el buen trabajo de los trombones y las trompas, pero no magia ni entusiasmo en el scherzo hasta desembocar en un allegro final tan contundente como distendido, revalidando así el buen sabor de boca que Perlowski nos dejó en enero del pasado año. Un concierto en fin memorable por la intervención de Moya, satisfactorio por la dirección de Perlowski, entretenido por todo lo demás.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 24 de abril de 2022

ROMÁNTICOS COMPENETRADOS Y EN DIÁLOGO

9º Concierto del XXXII Ciclo de Música de Cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Nazar Yasnytskyy, violín. Francesco Tosco, viola. Ivana Radakovich, violonchelo. Vera Anosova, piano. Programa: Cuarteto para piano nº 1 en do menor Op. 15, de Fauré; Cuarteto para piano en mi bemol mayor Op. 47, de Schumann. Espacio Turina, domingo 24 de abril de 2022


Dos maestros y una maestra de la orquesta ejerciendo de solistas, y una colaboración muy especial de la profesora y pianista residente en Sevilla Vera Anosova, se pusieron en el noveno concierto de cámara de la ROSS al servicio de dos grandes cuartetos para piano, auténticos referentes en el repertorio. Se trata del que compuso Fauré entre los años 1876 y 1879, y el de Schumann escrito unos treinta años antes. Dos obras de singular belleza, gran relieve, marcados acentos y vital importancia que los y las cuatro intérpretes se afanaron en poner en pie con tanto esmero como sentido de la responsabilidad. Quizás debiera haberse respetado el orden original, primero Schumann y después Fauré, no solo por motivos cronológicos sino por la influencia que el primero ejerció sobre el segundo, a través de la figura trascendental de Brahms, que actuó como puente estilístico y estético entre ambos.

El Cuarteto Op. 15 de Fauré es contemporáneo del muy célebre Quinteto de Franck, de quien pudimos escuchar su famosa Sinfonía el pasado programa de abono de la orquesta. Llama la atención por la belleza de sus temas, quizás entre los más memorables del autor. Esto se hizo patente ya desde un allegro inicial vigoroso aunque contenido, a veces incluso vaporoso, de suntuosas líneas ondulantes y amplio desarrollo que dejó entrever el esforzado trabajo de compenetración realizado por sus intérpretes, al nivel de los conjuntos que se dedican a esto de forma habitual. También al piano pudimos disfrutar de una prodigiosa flexibilidad, que continuó en el scherzo, muy vitalista y entusiasta, si bien en el adagio echamos en falta algo más de angustia y una mayor dosis de lirismo, además de atisbarse algún desliz sin importancia al teclado. Sí acertaron en el tono lúgubre de la propuesta, mientras atacaron con más músculo y decisión el luminoso finale, en perfecto equilibrio y diálogo, especialmente entre la cuerda grave y el piano.

El de Schumann rezuma aires frescos y juveniles, pero su carácter eminentemente deslumbrante quedó algo deslucido en los atriles de los cuatro intérpretes convocados. En general faltaron unas dosis mayores de sentimiento, incluso en el piano, y también añoramos un poco más de meditación en una página que abunda en ello y que sin embargo se deslizó con aires bastante despreocupados. Destacó la vibrante agilidad desplegada en el mendelssohniano scherzo, y el dulce canto melódico del violonchelo en el sublime andante, donde también acertaron con sus poéticas disonancias y su amplio sentido del contrapunto y la armonía. Un conveniente diálogo alternado en el vivace final desembocó en la radiante y majestuosa coda en forma de canon que corona la pieza.

Foto: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 5 de abril de 2022

ALEXANDRA DOVGAN CON DISCIPLINA Y DETERMINACIÓN

Cita en Maestranza. Alexandra Dovgan, piano. Programa: Sonata nº 17 en re menor Op. 31 nº 2, de Beethoven; Carnaval de Viena (Faschingsschwank aus Wien) Op. 26, de Schumann; Balada nº 1 en sol menor Op. 23, Balada nº 2 en Fa mayor Op. 38, Balada nº 3 en La bemol mayor Op. 47, y Balada nº 4 en fa menor Op. 52, de Chopin. Teatro de la Maestranza, lunes 4 de abril de 2022


El caso de Alexandra Dovgan recuerda al de Eugeny Kissin, que con solo trece años dejó atónito al público de Moscú con su interpretación de los dos conciertos de Chopin. Eran otros tiempos y aquel niño prodigio no tenía que enfrentarse a los prejuicios que hoy suscita razonablemente su pueblo, cuando nos encontramos en plena invasión salvaje, injustificada e inhumana de su país al vecino. Pero ella es quizás demasiado joven para reprocharle nada, y haber justo aterrizado de un concierto en Palma de Mallorca que dedicó a los y las refugiadas de Ucrania, le redime. Pero sobre todo lo hace ser una excelente pianista, tan disciplinada y entregada que fue capaz de tocar todo el concierto, cuatro propinas incluidas, de memoria. Y aún más, fue capaz de entrar en el interior de cada partitura, analizarla y hasta deconstruirla, sin quedarse jamás en la epidermis, como si fuera una pianista muy experimentada. Si logra seguir una carrera constante y fluida, no nos cabe duda de que logrará penetrar todavía más en la música y extraerle más detalles y matices expresivos. Pero de momento ya es digna de asombro y admiración.

Su particular viaje se inició con la muy transitada Sonata nº 17 de Beethoven, que alguien bautizó como Tempestad, en parte por esa atmósfera inquietante resultado de una etapa vital algo tormentosa para el autor. Pareció que su arranque fuera algo mecánico y hasta raquítico, que careciera del nervio y el ímpetu acostumbrados, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta que fue precisamente eso, el ímpetu juvenil, lo que dominó el resto del concierto. Pero a partir de ahí surgió el Beethoven dramático, de fuertes contrastes, otra característica de su estética expresiva, generando la intriga y la ansiedad que demanda la página. Tras un adagio muy sutil, meditado y sin concesiones a la mera belleza, logró que el allegretto tuviera suficiente embrujo y capacidad hipnótica, apoyada siempre en un inteligente juego de dinámicas y un fuerte contraste entre sus pasajes más líricos y los contundentes acordes que caracterizan su solemne final.

Romanticismo sin sentimentalismo

Aunque menos popular que el Carnaval Op. 9, el de Viena que Schumann compuso cinco años después está lleno de color, entusiasmo y algún que otro desafío difícil de superar incluso para cualquier pianista consagrado. Con esta especie de suite Dovgan logró un trabajo muy aseado, cristalino y metódico. Aquí asomó el virtuosismo técnico habitual en intérpretes jóvenes e impulsivos, con profusión de disonancias tan inquietantes como sugerentes, pero sin estrépitos superfluos ni agilidades desbocadas para provocar un fuerte impacto. Sorprende que no se dejara tentar ni siquiera por la profunda melancolía del breve romance, procurando en todo momento no caer en ese sentimentalismo que a menudo acompaña a estas piezas tan inequívocamente románticas. Tras un hábil y muy sincopado scherzino y un intermezzo fluido y vertiginoso, pero en el que echamos en falta una mayor dosis de emoción y sentimiento, logró con el final un trabajo muy animado y técnicamente extenuante.


Las cuatro baladas de Chopin las abordó desde la comprensión máxima, procurando penetrar en su universo poético y mezclando con habilidad elementos dramáticos y puramente líricos. Se detuvo considerablemente en los aspectos estéticos de la primera, sus numerosas innovaciones de estilo y temas expansivos, pero sin pasar de puntillas, intentando siempre entender su componente emotivo. Resultó algo más dramática, si bien no suficiente oscura ni inquieta, en la segunda, destacando como en el resto del programa sus finales llenos de ímpetu y determinación. Tras una también impecable tercera balada, logró con la cuarta otro prodigio de limpieza y variedad cromática, sorprendiendo una madurez expresiva suficientemente controlada como para no caer en el hedonismo que compaña en muchos casos la interpretación de la música del genial compositor polaco. Con el público en pie y entusiasmado, ofreció hasta cuatro propinas protagonizadas por Rachmaninov y Chopin entre otros. Su mentor, Grigory Sokolov, nos pidió que no la viéramos como una niña prodigio, sino como una consumada pianista, y así lo hicimos.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía