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lunes, 19 de febrero de 2024

SOKOLOV, MAESTRO DE LA TÉCNICA Y LA INTROSPECCIÓN

Cita en Maestranza. Grigory Sokolov, piano. Programa: Vier Duette BWV 802-805 y Partita nº 2 en do menor BWV 826, de Bach; 4 mazurcas Op. 30 y 3 mazurcas Op. 50, de Chopin; Waldszenen Op. 82, de Schumann. Teatro de la Maestranza, domingo 18 de febrero de 2024


Grigory Sokolov ha recalado tantas veces en plazas españolas y ha sucumbido tanto al encanto de la Costa del Sol, comprando incluso una casa en Málaga, que en agosto de 2022 adquirió la nacionalidad española. Puede que a ello hayan contribuido los incentivos fiscales correspondientes y una presunta animadversión al régimen de Putin, sobre todo desde que destinara la recaudación de uno de sus conciertos a ayudar a Ucrania, ya que dado su hermetismo no se ha pronunciado expresamente al respecto. Lo cierto es que tras varias comparecencias en este Teatro de la Maestranza que tan buena cogida le dispensa, ayer fue la primera vez que actuó en él como español, todo un orgullo para el país, sobre todo tras dejar constancia de que sigue siendo un fuera de serie y un número uno en toda regla. Aquí arrancó una nueva gira por nuestro país que le llevará a Murcia, Castellón, Valencia, Barcelona y Madrid, centrado como siempre en él en un programa muy específico al que presta toda su atención durante toda su temporada de conciertos.

Empezó con Bach al piano, qué placer escucharlo así, sin despreciar en absoluto, faltaría más, las interpretaciones originales al clave, clavicémbalo u órgano, según corresponda. Pero acercarse al universo siempre preciso y elegante del compositor alemán desde los favores del teclado moderno, tiende en muchos melómanos a tener un atractivo especial y hasta cierto punto melancólico. Arrancó con una energía inusitada y un ritmo casi frenético los Cuatro duetos de Bach, llamados así por confiar en dos voces combinadas o superpuestas sus líneas melódicas, llevando así al extremo las prestaciones armónicas y en contrapunto de su particular estilo. Todas hacen acopio de un estilo fugado que Sokolov, gracias a una técnica impecable y una limpieza en el fraseo ejemplar, llevó a sus últimas consecuencias, dejando entrever sus particulares disonancias y su fecundo cromatismo. Amable y relajado en el BWV 803, frenético en el 804, la exhibición terminó con la sofisticación y elegancia que demanda el 805 en estricto contrapunto. Y del Clavier-Übung nº 3 en el que se ubican estas breves piezas, pasamos a la más solemne y compleja Partita BWV 826, del primer cuaderno de trabajos para teclado, por algunos consideradas suites alemanas, en contraposición a las inglesas y francesas contemporáneas. Más libres en estructura y con cierto toque más austero, menos ornamentado, Sokolov eligió de ellas la única que tiene seis movimientos, en lugar de los siete de las cinco restantes. Son sin embargo las más exigentes a nivel técnico, lo que no impidió que su interpretación mantuviera la limpieza y el fraseo perfecto que ya exhibió en las piezas anteriores. Música como Bach la definía para amantes de la música y gozo del espíritu, tal como la transmitió el veterano pianista, siempre atento a su gramática, sin pausa ni asfixia, deleitándose con cada acorde, rubateando con discreción y haciendo uso preciso y casuístico del pedal. Una interpretación que combina nobleza, halo poético y precisión técnica con absoluta maestría.


Chopin
protagonizó el primer bloque de la segunda parte, con siete de sus mazurcas, las opus 30 y 50, de las que Sokolov fue capaz de extraer todo ese espíritu de melancolía y añoranza por la tierra natal que atesoran, y que el compositor tradujo en unas emotivas combinaciones de sofisticación a partir de las danzas populares en las que se basaba. Muy exigentes técnicamente, el pianista paseó por ellas haciendo hincapié en su complejidad técnica pero sobre todo en su emocionante contenido espiritual, con profunda atención en sus cálidas melodías, sin embellecerlas inútilmente ni amortiguar su pura y alegre vitalidad. Con idéntica nobleza expresiva acometió las nueve piezas que conforman el ciclo simétrico Escenas del bosque, un paseo de carácter inocente e infantil por la naturaleza que nos conecta con nuestro espíritu y nos ayuda a conocernos mejor. Todo un tratado de introspección filosófica que Sokolov desentrañó con confianza y seguridad así como una sensibilidad extrema, por mucho que en esta ocasión se deslizasen algunas notas falsas, nada alarmante considerando la veteranía del intérprete y su magisterio a la hora de erizarnos la piel. Aquí Sokolov estuvo ágil para afrontar sus rápidos cambios de carácter y color, reflejando su enorme riqueza de matices y alcanzando en piezas tan emblemáticas como ese pre-impresionista Vogel als Prophet (Pájaro como profeta), esa especial fascinación que exhala. Momentos acogedores se alternaron con otros más inquietantes y algunos enfervorecidos, antes de enfrentarse a la consabida tercera parte de su recital, esa interminable lista de propinas que tan generosamente desgrana. Seis en esta ocasión, entre ellas Air des Sauvages de Rameau y los preludios nos. 15 y 20 del opus 28 de Chopin.

Fotos: Guillermo Mendo

miércoles, 24 de febrero de 2021

EL SINGULAR ROMANTICISMO DE SOKOLOV

Grigory Sokolov, piano. Programa: Polonesas Opp. 26 nº 1 y 2, 44 y 53 “Heroica”, de Chopin; 10 Preludios Op. 23, de Rachmaninov. Teatro de la Maestranza, martes 23 de febrero de 2021


Quienes tuvimos oportunidad de disfrutar de este insigne pianista el pasado verano en Granada comprobamos la buena forma en la que se encuentra y la enorme concentración que pone en cada nota. Fue entonces un paraíso que nos encontramos después de tanto tiempo encerrados sin música en vivo, y también por eso lo disfrutamos especialmente. Interpretó entonces a Mozart y Schumann, programa con el que tendría que haber recorrido nuestra geografía y el resto de países en los que habría recalado aquella temporada de no haberlo frustrado la pandemia. El que presenta esta vez, único también que despliega por todas las plazas que se lo permiten, se centra en dos referentes fundamentales del romanticismo musical, Chopin y Rachmaninov, tan separados en el tiempo pero en cierta manera tan conectados estéticamente, no olvidemos el carácter tardo romántico del ruso, que tantas veces usó como referente en sus trabajos estrictamente pianistas al compositor polaco.

Rígido y con la mirada fija e imperturbable en el teclado de un piano desvestido una vez más de partituras, Sokolov inició su particular ritual desgranando la primera de las polonesas Op. 26 con tal delicadeza exenta de maniqueísmos superfluos que parecía nos hiciera levitar. El suyo es un pianismo puro, sin excentricidades ni exceso de temperamento, en el que se palpa la sinceridad en cada acorde, que no pretende epatar pero sí encontrar nuevas vías de comunicación a través de una música que hemos oído mil veces, buscando algo nuevo que decir sin por ello apartarse del espíritu de la obra. Eso es precisamente lo que encontramos en la segunda de estas piezas, una polonesa que en sus manos surgió siniestra y apesadumbrada, con hitos tan elocuentes como esa zona central que ofreció con suma rigidez formal, acordes secos y contundentes y silencios muy expresivos. La mastodóntica polonesa Op. 44 la recorrió con ahínco y sentido de la majestuosidad, explorando casa sentimiento y emoción en un alarde de fuerza expresiva y dominio técnico sin igual, una vez más emocionando sin imposturas ni afecciones, con mucha naturalidad y las ideas muy claras. Donde otros pianistas abordan la Heroica con fuerza y energía desde el primer acorde, Sokolov arranca más suave y poco a poco va subiendo la intensidad emocional de esta popular polonesa. Cuatro largas polonesas del tirón y tan diferentes cada una, no solo en la partitura sino muy especialmente en cómo sirven al pianista para expresar sentimientos tan variados, y que la escucha no se convierta en una experiencia monótona y rutinaria.

En la segunda parte abordó con idéntico rictus expresivo, pero poniendo igualmente todo el alma y la técnica al servicio de la música, los diez preludios que integran el opus 23 de Rachmaninov, explorando toda la gama de expresiones emocionales que presenta, toda su creatividad rítmica y melódica, destacando el carácter introspectivo de algunas, como la nº 1 en fa sostenido menor, la nº 3 en forma de misterioso minueto, o el hermosísimo largo de la última en sol bemol mayor, así como el más expansivo y refulgente del tormentoso nº 2 o del carismático nº 5 que alterna el ritmo de marcha con el más delicado y apasionado romanticismo imaginable. Sokolov mantuvo en estas preciosas miniaturas un equilibrio exquisito, un sonido poderoso y una considerable bravura técnica, sin ahorrar en melancolía y ofreciendo en todo caso una extraordinaria pureza musical. Otro de sus ritos, ofrecer gran cantidad de propinas, se vio enturbiado por las restricciones horarias y tuvimos que conformarnos con solo una, la Mazurca Op. 68 nº 2 de Chopin que volvió a suscitar el entusiasmo del público entregado y respetuoso que llenó las plazas disponibles del Maestranza.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 14 de julio de 2020

PRIMEROS ACORDES CON PÚBLICO EN EL FESTIVAL DE GRANADA

Elisabeth Leonskaja y la Orquesta Nacional de España en el Palacio Carlos V.
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
El pasado veinticinco de junio arrancó la edición número sesenta y nueve de este imprescindible del verano, el Festival de Granada, con un Réquiem de Mozart en la Catedral protagonizado por la Orquesta y Coro, incluido el Joven, Ciudad de Granada, bajo la batuta del prestigioso Andrea Marcon y las no menos extraordinarias voces de Carlos Mena, Katharina Konradi, Xabier Anduaga y Carlos Álvarez. Tal como informamos en su día en estas páginas, del 28 de junio al 7 de julio se celebró el Festival Digital, con la intervención virtual de Javier Perianes, Rocío Márquez, Fabio Biondi, Jordi Savall, Cañizares y Pepe Romero. Todo un cartel de lujo que precedió como un paréntesis entre el recuerdo a las víctimas y el canto de la esperanza, al arranque ya definitivo con público, manteniendo todas las medidas de seguridad y protección contra el virus, el jueves 9 de julio. De nuevo la Orquesta Ciudad de Granada y sus coros interpretaron entonces una Novena de Beethoven muy especial, con coros participativos a lo largo de las gradas del Palacio Carlos V.

En sus primeros días de andadura el festival ha dejado muy claro su vocación de referencia y calidad extrema, repitiendo esquemas que tanto éxito han dado en el pasado, pero con las energías renovadas de un nuevo equipo directivo que ha sabido conjugar a la perfección el legado recibido de entre otros su último director, Pablo Heras-Casado, presente como público en cada una de las citas que vamos a repasar, y unas ilusiones renovadas más si cabe con la amenaza de una situación que nos desborda y no provoca sino incertidumbre, especialmente en una disciplina tan delicada como es la cultura. Ninguna de las primeras citas a las que hemos acudido defraudaron, colmaron nuestras expectativas y nos reafirmaron en nuestra convicción de que la programación elegida alcanzaba la excelencia.

Polifonía renacentista

Tenebrae en el Monasterio de San Jerónimo
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
En ese esquema ya familiar encajó a la perfección el concierto matinal que celebró el conjunto vocal inglés Tenebrae, comandado por el ex King’s Singers Nigel Short, en el Monasterio de San Jerónimo el sábado 11. Un programa diseñado en torno al Officium Defunctorum, misa de difuntos que Tomás Luis de Victoria compuso a principios del siglo XVII, ilustrado con una introducción litúrgica anónima en forma de canto llano, el motete a seis voces Versa est in Iuctum del ursaonense Alfonso Lobo, quizás su obra más conocida, y el popular Miserere de Allegri. Desde nuestra posición por detrás de las voces no pudimos apreciar en toda su extensión y complejidad el juego armónico de voces y texturas, ni siquiera cuando para interpretar la pieza de Allegri para doble coro, se emplazaron en dos grupos por delante y detrás de la mesa del altar. Solo pudimos apreciar la proyección de las voces hacia detrás y de lado, inapropiado pero suficiente para apreciar la calidad de unas voces extraordinariamente educadas así como para constatar que la suya sería una interpretación más celestial y etérea que sombría y fúnebre, como corresponde especialmente a la obra de Victoria. Fue una vez más la tradición polifónica inglesa, basada fundamentalmente en la belleza y la piedad más que en el tormento y la imploración del perdón divino, la que primó en esta versión ajena a la austeridad, no obstante satisfactoria como experiencia sensorial cargada de serenidad y espiritualidad, que hizo de alguna forma justicia a esta música de extraordinaria luminosidad.

Auténticos ases del piano

Grigory Sokolov en el Auditorio Manuel de Falla
Foto: Luis Pascual
Antonio Moral en su debut como director del Festival se ha apuntado un gran tanto consiguiendo que en él intervengan algunos y algunas de las más destacadas pianistas del panorama internacional, figuras legendarias que han concitado un enorme interés entre la afición y han venido a demostrar que a pesar de su veteranía no han perdido ni un ápice de su arte y aún han añadido más quilates a su magisterio. El desfile de grandísimos y grandísimas del teclado lo inició Grigory Sokolov ese mismo sábado por la tarde en el Auditorio Manuel de Falla. En realidad ofreció un doble concierto, a juzgar por los entusiastas aplausos de más de treinta minutos que le obligaron, con o sin ganas teniendo en cuenta su proverbial inexpresividad afectiva, a interpretar nada más y nada menos que cinco propinas, el famoso Preludio Op. 28 nº 20 en do menor de Chopin incluido. Pero bromas aparte, acudió al festival con el mismo programa que ya paseó por distintas capitales españolas el pasado mes de febrero, que domina a la perfección, sin partitura y con toda la versatilidad y férrea disciplina que le caracteriza. Ya desde los primeros acordes de la Fantasía y fuga K.394 de Mozart no pudimos evitar sentir un enorme escalofrío, contagiados de la emoción y la extrema belleza con la que fue capaz de afrontar esta página para algunos trasnochada, un estudio académico que trasciende su espíritu para convertirse en manos de un grande como él en un prodigio de contrastes dinámicos y coherencia dramática. El primer movimiento de la Sonata nº 11 también de Mozart sonó compacto y muy expresivo, pero fue el minueto central el que permitió un mayor vuelo lírico y un carácter ensoñador y bucólico extraordinario, mientras recorrió el popular allegretto final alla turca con sobriedad exenta de estridencias pero no de acentos convenientemente marcados. Con el Rondó K.511, tan sobrio como desconocido, desentrañó el Mozart más vanguardista y adelantado a su época, con una interpretación casi romántica de la pieza, ideal para conectar con Schumann, protagonista de la segunda parte del concierto a través de sus delicadas, y a veces soberbias, Bunte Blätter, hojas coloridas en la que el compositor vierte su doble y controvertida personalidad, pero que en manos de Sokolov no cayeron en la tentación de convertirse en un fuerte contraste entre lo meramente bello y sencillo y lo decididamente temperamental, encontrando el punto de equilibrio justo para ofrecer una versión tan lírica y delicada como fuerte, fresca e imaginativa.

Elisabeth Leonskaja sin perder el aliento
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
La siempre elegante y en ocasiones literalmente milagrosa Elisabeth Leonsakja protagonizó el concierto del domingo 12 en el Palacio Carlos V, junto a la Orquesta Nacional de España y Josep Pons, tanto tiempo ligado a Granada mientras fue director titular de su orquesta. Por cierto, que la concertino invitada de la ONE, una flamante Lina Tur Bonet, protagonizó un impecable recital esa misma mañana en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor, junto a Musica Alchemica. La suntuosidad del Carlos V, sede incontestable de este encuentro anual, no marida a la perfección con la demanda acústica, de forma que las orquestas se resienten de su sequedad y falta puntual de proyección, algo que no ocurre afortunadamente con la música de cámara. Así, a estos inconvenientes hubo que sumar las obligadas mamparas que protegían a los vientos, y la posible fatiga que pudiera ocasionar en toda la plantilla la imprescindible mascarilla. Con estos inconvenientes Pons desplegó una Sinfonía nº 27 de Mozart, de estructura clásica y operística, en la que primó la ligereza en el primer movimiento, mientras el segundo lo defendió con una muy particular pátina de misterio que fue lo más llamativo y logrado de la función, mientras el final resultó menos brillante y despreocupado de lo habitual. También en la archiconocida Sinfonía nº 40 hubo desequilibrios, con unos ralentizados primer y último movimientos, claros y concisos pero faltos de espíritu, frente a un andante de suma elegancia y un minueto efervescente y acelerado. Atento y respetuoso en su acompañamiento a Leonskaja, el Concierto nº 20 se benefició de la elegancia, la sinceridad y la humildad de la pianista georgiana, que también con mascarilla logró firmar una página antológica. Faltó quizás garra y mayor dramatismo en el arranque orquestal, pero la buena sintonía entre batuta y piano se tradujo en pasajes hermosísimos como una romanza llena de encanto y delicadeza y un allegro final brillante y jubiloso. Ella destacó especialmente en las cadenzas y tuvo el detalle de regalar como propina, a escasos metros del monumento homenajeado, La puerta del vino de Debussy.

Y entonces llegó Argerich

Renaud Capuçon y Martha Argerich. Foto: Fermín Rodríguez
Anoche fue Martha Argerich, leyenda entre las leyendas del arte pianístico, quien asomó en el festival, ausente desde el lejano 1979. Lo hizo junto al joven Renaud Capuçon, ofreciendo tras páginas inmortales de la música camerística, las sonatas nº 8 de Beethoven y 2 de Prokofiev y Franck, que sustituyó a última hora la inicialmente prevista de Schumann con igual numeración. Increíblemente ágil en todos los sentidos, la pianista argentina dio muestras de un dominio absoluto de la técnica, especialmente apreciable en un legato impecable, y la expresividad a través de un fraseo natural y elegante, sin cambios bruscos de registro y acentos siempre justos y delicados. Eso fue apreciable sobre todo en una Sonata en La mayor de Cesar Franck antológica, henchida de melancolía y ensoñación a lo que no fue ajeno el violín de Capuçon, a quien se agradece su homogeneidad de registro pero que acusa un timbre demasiado agudo que no siempre conviene a la página elegida, que como en la Sonata Op. 30 nº 3 de Beethoven exige más cuerpo, y sobre todo en la Op. 94 nº 2 de Prokofiev, donde la ironía a veces se difumina ante la falta de un mayor carácter y una intención más sarcástica de la interpretación. A pesar de lo apuntado, consecuencia de nuestra tendencia a buscar pormenores, juntos lograron una noche brillante y antológica, lo que unido al placer de disfrutar de una leyenda de la música como Argerich todavía en todo su esplendor, solo podemos calificar como experiencia irrepetible. No faltó sintonía ni buen gusto entre ambos intérpretes, imprescindible para que el conjunto resultara de tan alto grado de calidad y satisfacción y fuera tan celebrado por el privilegiado público asistente.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía