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lunes, 16 de febrero de 2026

UN VOLODOS SUPERLATIVO IMPRESIONA EN EL MAESTRANZA

Gran Selección. Arcadi Volodos, piano. Programa: Sonata en Sol mayor D.894, de Schubert; Mazurkas op.33 nº 4 en si menor, op. 41 nº 2 en mi menor y op. 63 nº 2 en fa menor; Preludio op. 45 en do sostenido menor; y Sonata nº 2 en si bemol menor, de Chopin. Teatro de la Maestranza, domingo 15 de febrero de 2026


No se corresponde la grandeza del artista que nos visitó anoche con el aforo algo desangelado que esperó encandilarse con su maestría. No por muy esperado, logró convocar en nuestra ciudad un merecido lleno absoluto, aunque quienes fuimos testigos de su ansiado recital, acabamos extasiados. Salimos del Maestranza como trascendidos, incapaces de absorber tanta belleza y tanta emoción, y regresar al mundanal ruido como si no hubiera ocurrido nada. Todo de memoria y sentado sobre una silla con respaldo, en lugar de la habitual banqueta, el suyo fue un recital servido desde una conciencia plena y una seguridad absoluta.

A Volodos se le considera una autoridad, casi una referencia, en la Sonata para piano en Sol mayor de Schubert. Sabe sumergirse como nadie en su atmósfera y captar a la perfección su significado. Contemporánea de otras grandes obras del compositor austriaco, como la Sinfonía nº 9 o el Cuarteto D887, el pianista ruso sabe muy bien cómo comunicar esa misteriosa serenidad que impregna el expansivo movimiento inicial, que con sus repeticiones puede alcanzar, como así hizo, los veinte minutos de duración, y que sometió a continuos y muy elocuentes contrastes y cambios de color, desde un compulsivo estado de ánimo a un marcado lirismo.

Resolvió el andante con hermosa calidez y el minueto con una profunda energía rítmica. El rondó final sonó tan rústico como fresco y chispeante, siempre desde un espíritu reflexivo y refinado, quedando patente tanto su virtuosismo como su luminosa y profunda intimidad, a fuerza de una generosa intensidad, largos fraseos y un sentido proporcionado del drama.


La segunda parte del recital estuvo dedicada a Chopin, primero con tres mazurkas seleccionadas de entre diferentes cuerpos, destacando la nº 4 del opus 33, de la que sacó provecho de su poderosa narrativa, marcando el ritmo pero siempre al servicio de la expresividad, de forma que sorprendió tanta contención y solemnidad en su distendido final. El carácter extremadamente exigente de estas piezas breves encontró en la digitación de Volodos el instrumento ideal para dejar fluir su elegancia, sin superficialidad pero tampoco dramatismo, marcando su delicadeza sin remilgos superficiales, haciendo alarde de sofisticación sin resultar recargado. Para entendernos, logró acercarse a su origen popular sin adornos superfluos y sin privarlas de regocijo.

Tras un impecable Preludio op. 45, en el que supo resolver sus muy expresivas modulaciones cromáticas sobre una base temática uniforme, Volodos abordó la Sonata nº 2 del autor polaco con un sentido del drama muy marcado en el rítmico movimiento inicial, con pasajes tan vehementes y escalas tan vertiginosas que parecían anticipar la tragedia. Después, un scherzo trémulo y agitado, técnicamente diabólico, y la célebre marcha fúnebre, áspera y cruda, en fuerte contraste con un trío tan dulce y lánguido que casi parecía una canción de cuna. Así, hasta llegar al fulgurante presto final, y ofrecer hasta tres propinas, incluido el muy célebre momento musical nº 3 de Schubert.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 21 de abril de 2025

PRODIGIOSAS La sangre de la belleza

Título original: Prodigieuses
Francia 2024 101 min.
Dirección
Frédéric y Valentin Poitier Guion Sabine Dabadie, Frédéric y Valentin Poitier Fotografía Danny Elsen Música Dan Levy Intérpretes Camille Razat, Mélanie Robert, Franc Dubois, Isabelle Carré, August Wittgenstein, Elisa Doughty, Thomas Landbo, Lennart Betzgen, Lola Aubrière Estreno en Francia 20 noviembre 2024; en España 16 abril 2025

Típico ejemplo de cómo una historia real se puede convertir en un sucedáneo lleno de tópicos y lugares recurrentes, la ópera prima de los padre e hijo Frédéric y Valentin Poitier, está tan llena de buenas intenciones como de constantes de género. Y es una lástima, porque en su primera mitad ofrece muchas razones para la esperanza, centrándose en el siempre difícil pero tan atractivo mundo del arte, en este caso el de la interpretación musical, donde la fuerte competitividad hace que muy pocos y pocas logren destacar. En esa primera mitad asistimos al sacrificio y la fuerza de voluntad de dos hermanas, supuestamente gemelas (las Pleynet en las que se basa la película claramente lo eran), aunque más bien responderían al patrón de mellizas, especialmente dotadas para el piano, impulsadas por la tópica obsesión de un padre cuyas propias frustraciones le lleva a forzar a sus hijas ante la mirada un tanto pasiva de una madre que luego se revelará más comprensiva y efectiva.

Pero llega una segunda parte en la que el ambiente estudiantil en una importante academia alemana, con el imprescindible mentor duro y severo hasta la médula, y la alegría de la juventud y el primer amor, da paso a una rara enfermedad en la que se centra el ánimo de superación de estas dos jóvenes prodigiosas a las que la película dignifica a través de un importante concierto, lejos de la exhibición circense a la que las verdaderas protagonistas fueron expuestas en un programa de televisión a principios de este siglo. La profundización en una sofisticada técnica que les permite tocar sin dañar las articulaciones, y que tiene un tanto de ritual dancístico, se convierte en el tema de esta segunda parte, si bien sus directores no logran desarrollarlo con el mismo acierto e ímpetu que el habitual sacrificio de todo artista que informa la primera mitad de la cinta.

Se acumulan los tópicos y la trama deja de interesar por una evidente falta de ingenio en su desarrollo, justo lo contrario que pretende, así hasta un final que se antoja inalcanzable. El arrojo de sus dos jóvenes protagonistas y el encanto siempre presente de Isabelle Carré, logran que el conjunto no se atragante demasiado. Su elegante puesta en escena, y su banda sonora de grandes éxitos del piano, aunque se cuele una irrelevante pieza de un tal Mario Forte, Concertante, en su resolutivo tramo final, logran también que la experiencia no llegue a ser indigesta.

jueves, 13 de febrero de 2025

TRIFONOV VUELA EN PRIMERA CLASE

Gran Selección. Daniil Trifonov, piano. Programa: Sonata en do sostenido menor Op. post. 80; Selección de valses, de Chopin; Sonata en mi bemol menor Op. 26, de Barber; Suite de La bella durmiente, de Chaikovski (arr. Pletnev). Teatro de la Maestranza; miércoles 12 de febrero de 2025


Igual que aquel eslogan de unos grandes almacenes que anunciaba la semana de oro, Sevilla se enfrenta ésta a un carrusel de vértigo, que arrancó el martes con la excelente producción que ofreció el Maestranza de Ifigenia en Táuride, siguió ayer con un sensacional recital de uno de los pianistas más relevantes del panorama actual, seguirá el viernes nada más y nada menos que con Anna Netrebko, y culminará en el Espacio Turina el próximo sábado con William Christie y Les Arts Florissants.

Tras el buen sabor de boca que nos dejó la ópera de Gluck, el concierto de Dariil Trifonov no fue menos. Se trata de uno de esos artistas cuyo trabajo hipnotiza y atrapa hasta que no puedes dejar de prestarle atención y paladear junto a él cada nota, cada inflexión, matiz y gesto que sea capaz de arrancarle al teclado. Sin partitura, desglosó el programa que viene presentando en varias plazas españolas e italianas, y con el que encandiló al público del Carnegie Hall el pasado mes de octubre. Sólo Rachmaninov y sus Variaciones Corelli sustituyeron entonces al Barber que presentó aquí.

Uno de los atractivos de este concierto fue precisamente el programa diseñado, con obras poco frecuentadas a pesar de tener más de un punto de interés. La sonata póstuma Op. 80 de Chaikovski es una obra de juventud que tan poco agradó a su autor que no permitió que se publicase en vida. Se trata sin embargo de una pieza plagada de atractivos que el joven pianista descubrió en una interpretación para el recuerdo, capaz de eclipsar a cuantos grandes intérpretes se han prestado a iluminarla.

Trifonov se hizo eco de principio a fin del influjo trágico de Schumann sobre la partitura, desde un allegro inicial plagado de bellas melodías encadenadas de forma tan sutil como elegante, hasta un fogoso allegro vivo final en el que afloró una agresividad controlada, un desarrollo vigoroso y una conclusión excitante. Antes, inundó de tristeza y pesadumbre el andante y jugó con los colores y ritmos del scherzo. No cabe duda de que se trata de un intérprete de primera clase cuyos dedos vuelan sobre el teclado.


El pianista más delicado hizo aparición con una cuidada selección de valses de Chopin que arrancó ligera pero no de forma intranscendental con uno de sus seis valses póstumos, para continuar con un marcado estilo apolíneo en el vals Op. 70 nº 2, prestando especial atención a los contrastes y al control de dinámicas. La elegancia protagonizó el Op. 64 nº 3, a pesar de unos acentos muy marcados, y el virtuosismo extremo en el nº 1, tan acelerado que prácticamente cumplió su hipotética duración de un minuto. Un muy introspectivo e intimista vals op. 34 nª 2 en la menor dio paso al efusivo y rabioso vals póstumo con el que acabó la primera parte del recital.

Con otra de las obras a las que estamos poco acostumbrados, la Sonata Op. 26 de Samuel Barber, arrancó la segunda parte. Obra de muy difícil ejecución, considerada todo un hito del pianismo estadounidense y del siglo XX en general, que coquetea con la tradición romántica europea, el dodecafonismo y las técnicas vanguardistas imperantes en la época, de la que Trifonov extrajo una sucesión de emociones que culminaron en un adagio sumido en la tristeza más profunda. La trepidante fuga con la que finaliza la sonata contó con el toque swing que le caracteriza y que encaja con los compositores que encargaron la pieza, Irving Berlin y Richard Rodgers.

Para terminar, y antes de una triada de propinas, alguna puede que de su propia cosecha, las otras de los autores convocados, el pianista ofreció la transcripción que Mikhail Pletnev, todo un especialista en la gramática chaicosquiana, realizó de varios de los números del ballet La bella durmiente. Trifonov desgranó todos sus episodios con atención al detalle y la expresión, y especial énfasis en el apoteósico final, tocado con la misma transparencia y agilidad que destiló durante todo un concierto cuya asistencia fue sin duda un enorme privilegio para la melomanía.

Fotos. Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 16 de noviembre de 2024

YUJA WANG Y MAHLER CHAMBER ORCHESTRA, UNA COMBINACIÓN PERFECTA

Gran Selección. Yuja Wang, piano y dirección. Mahler Chamber Orchestra. José María Blumenschein, concertino y líder. Programa: Concierto en Mi bemol mayor “Dumbarton Oaks”, de Stravinski; Concierto para piano en Sol mayor y Le tombeau de Couperin, de Ravel; Jazz Suite para piano y orquesta, de Alexander Tsfasman. Teatro de la Maestranza, viernes 15 de noviembre de 2024


Diez años ha tardado Yuja Wang en regresar a Sevilla, y el público del Maestranza lo celebró llenándolo. En aquella ocasión actuó en solitario, y ahora lo hizo acompañada de una orquesta con la que a lo largo de los años ha exhibido una profunda compenetración, Mahler Chamber Orchestra, que repitió en nuestro teatro un año después de inaugurar el ciclo Gran Selección de la temporada pasada con la que recuperamos la sana costumbre de disfrutar de otras orquestas que no sean estrictamente las nuestras.

La experiencia arrancó con una selección de quince maestros y maestras de la orquesta europeísta recreando el célebre concierto Dumbarton Oaks de Stravinski, que los intérpretes abordaron con una precisión y una trasparencia portentosas. Hito del neoclasicismo sin renunciar a su carácter contemporáneo, de ella la Mahler ofreció una versión ágil y rotundamente vivaz, demostrando por qué cada uno y una de los músicos seleccionados merecía considerarse solista, cumpliendo así las exigencias de un concierto grosso en toda regla. Sus continuos cambios de compás se salvaron con fluidez, pero lo que más destacó fue la superposición de planos sonoros perfectamente articulados y con una claridad extrema que convirtió la audición en toda una experiencia sensorial.

Ya con la orquesta en pleno, y bajo los designios del concertino alemán de origen brasileño, José María Blumenschein, pero sin director, como tantas veces lo hace esta orquesta, si bien el año pasado acudió bajo la batuta de Daniele Gatti, interpretaron la suite de Ravel La tumba de Couperin, con sus cuatro movimientos paladeados con una sensibilidad extrema y de nuevo la claridad y precisión aludidas. Se hicieron eco de la calidez y superficial amabilidad de la partitura, pero sin descuidar el misterio y la ternura que aderezan estas melancólicas páginas, especialmente en el trágico crescendo del precioso minueto. Con un dominio técnico impecable, atacaron el preludio potenciando su alegre burbujeo, con aportaciones soberbias del oboe; el forlane resultó tan elegante como irónico, mientras el aludido minueto evidenció los aspectos más melancólicos de la partitura, para finalizar con un rigodón alegre y desenfadado en el que destacó la excelente labor de los metales.

Yuja Wang hizo su aparición sobre vertiginosos y delgadísimos tacones que le sirvieron de palanca a la hora de modular su presión sobre los pedales del piano. Se reservó la segunda pieza de cada parte del programa. Primero, ese extraordinario Concierto en Sol de Ravel que nunca nos cansamos de escuchar, y que en sus manos resultó un dechado de virtuosismo extremo y de sensibilidad a flor de piel, si bien lo que más llamó la atención de su dominio pianístico fue la volatilidad de su digitación, como si los dedos flotaran sobre el teclado extrayendo de él simplemente una magia bien dosificada. Como directora, gesticulando con contundencia cuando su trabajo al piano se lo permitía, fue la atmósfera fantasmagórica que extrajo de la parte central del primer movimiento, algo que sólo alcanzamos a definir como un misterio sideral si queremos dar una idea próxima de lo que escuchamos. Wang alternó el ritmo obstinado del adagio central con su excelso canto melódico, logrando altas dosis de sentimiento y expresividad, además de una coordinación y acoplamiento con la orquesta de los que pellizcan la piel. El presto final se reveló como una carrera infernal, rica en transformaciones y contrastes, puro fuego tanto en la vertiginosa digitación de la pianista como en la tensión dramática desplegada por la orquesta.

Detrás, José Mª Blumenschein. Foto: Luis Pascual
El segundo de los trabajos que acometió la exótica pianista fue una Suite de jazz al estilo ruso, que tanto tuvo que decir en el sonido de Hollywood a través de los compositores que huyeron allí desde la Unión Soviética. Se trata de un divertimento con toques de glamour, contagiado de los grandes de la música estadounidense, pero sin llegar a entender sus precisas coordenadas. En manos de una orquesta mediocre revelaría su escasa valía, pero en una como la Mahler Chamber y con la arrebatada interpretación de Yuja Wang, los resultados se acercaron a la excelencia, y desde luego dejaron buena constancia de la versatilidad de los intérpretes y su capacidad para hacer música jocosa sin prescindir de seriedad y responsabilidad. Como propina, Wang interpretó, acompañada de una breve sección instrumental de percusión y contrabajo, una reducción del Danzón nº 2 del mexicano Arturo Márquez, así como otra pieza de corte jazzístico y endiablada ejecución. El público, por supuesto, entusiasmado.

Fotos, excepto la indicada: Guillermo Mendo

domingo, 28 de julio de 2024

CLAUDIO LAGUNA, CONCENTRADO Y RESPONSABLE

XXV Noches en los Jardines del Real Alcázar. Claudio Laguna, piano. Programa: Andaluza, de Cuatro piezas españolas de Falla; Tema y variaciones Op. 73, de Fauré; 4 Mazurcas Op. 67, de Chopin; 5 Preludios Op. 16 y Fantasía en si menor Op. 28, de Scriabin; Etincelles y Gran Vals Op. 34, de Moszkowski. Sábado 27 de julio de 2024


Entre otras cosas, Noches en el Alcázar brinda a menudo la oportunidad de dar a conocer nuevos nombres de la interpretación, sirviendo de plataforma de despegue a algunas carreras que luego se han revelado prolíficas. Aunque no acuse acento, Claudio Laguna es sevillano y se encuentra todavía perfeccionando su técnica a fuerza de mucho estudio y dedicación, lo que no la ha impedido debutar en algunas salas del país especializadas en el concierto intimista. Destila seguridad y confianza tanto a la hora de tocar sin partitura todo el programa como a la de dirigirse al público. El concierto de anoche giraba en torno al centenario de la muerte de Gabriel Fauré, de quien interpretó la obra más larga de un programa que encajó a la perfección, gracias en parte a la ausencia de aplausos que propició su aviso de que el concierto se estructuraba en tres bloques, lo que en principio desconcertó a los más atrevidos y atrevidas, hasta que casi al final ya no pudieron resistirse más, rompiendo el último bloque anunciado.

En el primero, Laguna trató de enlazar la música española de principios de siglo con las corrientes que provenían del país vecino. Sustituyó El Albaicín de Albéniz por la Andaluza de Falla, puede que para cuadrar precisamente la duración del concierto. Tras un arranque brusco, de sonido en exceso percutivo, Laguna logró hacerse con la pieza con una agilidad portentosa y un barrido extenuante del teclado, combinando vehemencia con cierta delicadeza que se repetiría en la pieza siguiente, Tema y variaciones de Fauré, pura efervescencia del autor, tan reminiscente de Schumann en su tono noble y elegante, como vivaz, enérgico y brillante, tal como se pudo constatar de la interpretación nítida, concentrada y absolutamente exigente del joven y apuesto pianista. Laguna fue capaz de imprimir una profunda melancolía en el molto adagio, y un carácter ensoñador y sereno en el andante molto moderato, hasta alcanzar el clímax con su triunfante final.


Chopin y Scriabin protagonizaron el segundo bloque. El primero, único extemporáneo del homenajeado, sirvió para sentar la bases del pianismo en el París que luego habría de conocer Fauré, a través de uno de los géneros más apreciados y característicos del compositor polaco, la mazurca. Laguna destiló fuerza y delicadeza, sin sobrepasar esas temidas líneas que conducen a la cursilería, en las cuatro mazurcas op. 67, logrando una visión sofisticada y estilizada de las mismas. De esta forma pudo alcanzar el espíritu que destilan estas piezas a través de sus progresiones, armonías y sus características partes más débiles, que trató con suma delicadeza y sentido de la responsabilidad. De ahí pasó a los cinco preludios op. 16 de Scriabin, adoptando un carácter majestuoso y mimando su armonía y sus pasajes rítmicos obsesivos, hasta llegar a esa miniatura dancística exquisita y elegante que supone el quinto preludio.

La Fantasía op. 28 reviste el carácter de una sonata en un solo movimiento, con pasajes virtuosísticos que permiten lucirse al intérprete, junto a otros de espíritu sereno y melancólico que sirven para exhibir dominio de la expresividad. Tras un arranque inquietante, recreado con inteligencia y mucha concentración, la pieza brinda una oportunidad única para exhibir agilidad en la mano izquierda, responsable de las múltiples voces que acompañan la melodía. Laguna acertó en su desarrollo tormentoso y apoteósico, sus texturas densas y difíciles desde el punto de vista contrapuntístico, cuidando al detalle el juego y el baile de manos para evitar el tan temido enrevesamiento.

El tercer y último bloque estuvo protagonizado por el casi desconocido virtuoso pianista alemán de origen polaco Moritz Moszkowski. De él Laguna interpretó una página de expansión virtuosística titulada Etincelles (chispas o destellos), muy apreciada por los pianistas en las propinas, y por el público por su complicado juego de arpegios y profusas ornamentaciones. Laguna salió airoso del empeño y se embarcó luego en el estilo más relajado, afable y melódico del Gran Vals, logrando una interpretación sencilla y encantadora de esta primera de las tres piezas que conforman el op. 34 de quien fuera esposo de la hermana pequeña de Cécile Chaminade.

Fotos: Actidea

miércoles, 15 de mayo de 2024

LA PARTICULAR TERCERA VÍA DE BRAZO Y FERNÁNDEZ

Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Dúo Brazo y Fernández (Manu Brazo, saxofón; Pepe Fernández, piano). Programa: De inspiración barroca (Fanfarria barroca; Prelude et Allegro al estilo de Pugnani, de Kresiler; Lamento de Dido, de Purcell; Chaconne, de Vitali; Tambourin y Les Sauvages, de Rameau; Sarabanda de la Suite Inglesa nº 2, de Bach; El invierno, de Vivaldi). Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 14 de mayo de 2024


En música barroca, se denomina tercera vía a la práctica de tocar con instrumentos modernos que no son de su época, pero procurando mantener su estilo. La que podríamos considerar tercera vía del dúo de los utreranos Manu Brazo y Pepe Fernández va más allá, y lo han puesto en práctica muchas veces. Por eso cuando nos convocan, de nuevo de manos de Juventudes Musicales, sabiendo que van a tocar un determinado repertorio sometiéndolo a variaciones y arreglos de diversa índole, no nos sorprende lo que encontramos, en este caso una especie de música ligera, amable y distendida no exenta de virtuosismo pero sin la complejidad expresiva ni el exacto deleite emocional que se espera de las páginas programadas. 
Brazo y Fernández intentaron con sus convencionales arreglos resultar lo más respetuosos posible con las partituras interpretadas, sus tiempos, sus modos y ritmos. Pero en el experimento todo acabó resultando bastante melifluo y poco trascendental. También es verdad que no se pretendía otra cosa más que entretener atreviéndose a jugar con un repertorio al que el instrumento de Manu Brazo no está invitado, extendiendo así su campo de actividad. Ellos ponen además su simpatía y atractivo, por lo que el resultado acaba siendo un breve híbrido ilustrado con unas didácticas explicaciones con las que a veces los atribulados intérpretes se acaban liando un poco.

El recorrido comenzó, sólo tres días después de la nefasta celebración del Festival de Eurovisión, con Charpentier, seguido de inmediato con un popurrí de fanfarrias barrocas en las que no faltaron Haendel ni Vivaldi. El Preludio y Allegro que Fritz Kresiler compuso para violín y piano en 1905 atribuyéndolo falsamente a un tal Pugnani del siglo XVIII, no reviste especial interés, pero en manos de los dos músicos sonó al menos agradable, sometiéndose a sus continuas inflexiones y cambios de registro con comodidad y suma elasticidad. Luego se pusieron muy serios para abordar el bloque central, con un Lamento de Dido previamente recitado, que Fernández mantuvo con ritmo pausado y apesadumbrado mientras Brazo cantaba con perfecto sentido del legato y la respiración su melancólica línea melódica. También la Chacona de Tomaso Antonio Vivaldi está concebida para violín y teclado, y aunque su autor es también muy dudoso ofrece grandes oportunidades para el virtuosismo así como una progresión armónica y dinámica tan difícil de mantener tanto si se interpreta con sus instrumentos originales como si se hace de forma menos ortodoxa con el saxo. Después Fernández desgranó la Sarabanda de la Suite Inglesa nº 2 de Bach con suma atención a cada detalle y matiz, recordándonos por qué la música del compositor alemán luce tanto también al piano, y cómo éste le proporciona una plasticidad diferente y muy atractiva.


El regreso a la fiesta y la jovialidad vino representado con Rameau, de quien se interpretó un Tambourin de sus piezas para clave con efecto añadido, justamente una pandereta introducida en la caja del piano que sonaba así percutida. Con Les sauvages de Las indias galantes, también de Rameau, los intérpretes extendieron el sabor a fiesta y jolgorio, siempre manteniendo el respeto por las líneas básicas de la pieza, hasta terminar con una igualmente amable versión de El invierno de Vivaldi, más reconocible en sus líneas melódicas y efectos instrumentales, como ese pizzicato del largo que Fernández resolvió con eficacia, que en la eclosión de emociones que la pieza provoca. Un arreglo de última hora de una de las sonatas para clave de Scarlatti sirvió para poner punto y final en idéntico estilo y forma, mientras un considerable número de móviles se encargó de empañar parte de tan distendida y desprejuiciada velada.

Fotos: Guillermo Mendo

lunes, 19 de febrero de 2024

SOKOLOV, MAESTRO DE LA TÉCNICA Y LA INTROSPECCIÓN

Cita en Maestranza. Grigory Sokolov, piano. Programa: Vier Duette BWV 802-805 y Partita nº 2 en do menor BWV 826, de Bach; 4 mazurcas Op. 30 y 3 mazurcas Op. 50, de Chopin; Waldszenen Op. 82, de Schumann. Teatro de la Maestranza, domingo 18 de febrero de 2024


Grigory Sokolov ha recalado tantas veces en plazas españolas y ha sucumbido tanto al encanto de la Costa del Sol, comprando incluso una casa en Málaga, que en agosto de 2022 adquirió la nacionalidad española. Puede que a ello hayan contribuido los incentivos fiscales correspondientes y una presunta animadversión al régimen de Putin, sobre todo desde que destinara la recaudación de uno de sus conciertos a ayudar a Ucrania, ya que dado su hermetismo no se ha pronunciado expresamente al respecto. Lo cierto es que tras varias comparecencias en este Teatro de la Maestranza que tan buena cogida le dispensa, ayer fue la primera vez que actuó en él como español, todo un orgullo para el país, sobre todo tras dejar constancia de que sigue siendo un fuera de serie y un número uno en toda regla. Aquí arrancó una nueva gira por nuestro país que le llevará a Murcia, Castellón, Valencia, Barcelona y Madrid, centrado como siempre en él en un programa muy específico al que presta toda su atención durante toda su temporada de conciertos.

Empezó con Bach al piano, qué placer escucharlo así, sin despreciar en absoluto, faltaría más, las interpretaciones originales al clave, clavicémbalo u órgano, según corresponda. Pero acercarse al universo siempre preciso y elegante del compositor alemán desde los favores del teclado moderno, tiende en muchos melómanos a tener un atractivo especial y hasta cierto punto melancólico. Arrancó con una energía inusitada y un ritmo casi frenético los Cuatro duetos de Bach, llamados así por confiar en dos voces combinadas o superpuestas sus líneas melódicas, llevando así al extremo las prestaciones armónicas y en contrapunto de su particular estilo. Todas hacen acopio de un estilo fugado que Sokolov, gracias a una técnica impecable y una limpieza en el fraseo ejemplar, llevó a sus últimas consecuencias, dejando entrever sus particulares disonancias y su fecundo cromatismo. Amable y relajado en el BWV 803, frenético en el 804, la exhibición terminó con la sofisticación y elegancia que demanda el 805 en estricto contrapunto. Y del Clavier-Übung nº 3 en el que se ubican estas breves piezas, pasamos a la más solemne y compleja Partita BWV 826, del primer cuaderno de trabajos para teclado, por algunos consideradas suites alemanas, en contraposición a las inglesas y francesas contemporáneas. Más libres en estructura y con cierto toque más austero, menos ornamentado, Sokolov eligió de ellas la única que tiene seis movimientos, en lugar de los siete de las cinco restantes. Son sin embargo las más exigentes a nivel técnico, lo que no impidió que su interpretación mantuviera la limpieza y el fraseo perfecto que ya exhibió en las piezas anteriores. Música como Bach la definía para amantes de la música y gozo del espíritu, tal como la transmitió el veterano pianista, siempre atento a su gramática, sin pausa ni asfixia, deleitándose con cada acorde, rubateando con discreción y haciendo uso preciso y casuístico del pedal. Una interpretación que combina nobleza, halo poético y precisión técnica con absoluta maestría.


Chopin
protagonizó el primer bloque de la segunda parte, con siete de sus mazurcas, las opus 30 y 50, de las que Sokolov fue capaz de extraer todo ese espíritu de melancolía y añoranza por la tierra natal que atesoran, y que el compositor tradujo en unas emotivas combinaciones de sofisticación a partir de las danzas populares en las que se basaba. Muy exigentes técnicamente, el pianista paseó por ellas haciendo hincapié en su complejidad técnica pero sobre todo en su emocionante contenido espiritual, con profunda atención en sus cálidas melodías, sin embellecerlas inútilmente ni amortiguar su pura y alegre vitalidad. Con idéntica nobleza expresiva acometió las nueve piezas que conforman el ciclo simétrico Escenas del bosque, un paseo de carácter inocente e infantil por la naturaleza que nos conecta con nuestro espíritu y nos ayuda a conocernos mejor. Todo un tratado de introspección filosófica que Sokolov desentrañó con confianza y seguridad así como una sensibilidad extrema, por mucho que en esta ocasión se deslizasen algunas notas falsas, nada alarmante considerando la veteranía del intérprete y su magisterio a la hora de erizarnos la piel. Aquí Sokolov estuvo ágil para afrontar sus rápidos cambios de carácter y color, reflejando su enorme riqueza de matices y alcanzando en piezas tan emblemáticas como ese pre-impresionista Vogel als Prophet (Pájaro como profeta), esa especial fascinación que exhala. Momentos acogedores se alternaron con otros más inquietantes y algunos enfervorecidos, antes de enfrentarse a la consabida tercera parte de su recital, esa interminable lista de propinas que tan generosamente desgrana. Seis en esta ocasión, entre ellas Air des Sauvages de Rameau y los preludios nos. 15 y 20 del opus 28 de Chopin.

Fotos: Guillermo Mendo

miércoles, 14 de febrero de 2024

CONCIERTO HILADO DE ANTÓN & MAITE PIANO DUO

Alternativas de cámara en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Antón & Maite Piano Duo: Antón Dolgov y Maite León, pianos; Programa: Le sacre du printemps, de Stravinski; En blanc et noir, de Debussy; El día y la muerte, de Fernando Remacha. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 13 de febrero de 2024


Juventudes Musicales de Sevilla
trae una temporada más la música de cámara al Maestranza de la mano de jóvenes intérpretes, artistas en ciernes o ya consagrados, con un álbum incluso en su haber, como es el caso de este dúo pianístico integrado por los jóvenes Maite León y Antón Dolgov. En torno a una obra que cayó en sus manos por influencia de sus maestros, El día y la muerte del hoy olvidado Fernando Remacha aunque llegó a ganar tres veces el Premio Nacional de Música, antes y después del franquismo, el dúo ha confeccionado un programa en el que la muerte está muy presente y sus autores se interrelacionan a través del respeto y la admiración que se profesaban. Con este programa están recorriendo algunas plazas del país, y como ganadores del 2º Premio de Juventudes Musicales en 2017, ayer tarde recalaron en Sevilla.

Una transcripción para piano a dos manos de La consagración de la primavera, del propio Stranvinski, sirvió para romper el hielo, con los intérpretes demostrando agilidad y una profunda compenetración, mimando los colores de tan icónica partitura, y bordando todas sus asperezas y delicadezas con ese sentido del ritmo que le sirve de fuerza impulsora, sin caídas de tensión y con la imprescindible disciplina que provoca un estudio concienzudo y una preparación responsable de la partitura. León y Dolgov supieron dosificar los momentos electrizantes de la pieza con aquellos más reflexivos, combinando con acierto sus disonantes armonías y esos bruscos saltos entre episodios que atesora la partitura. Lástima que esa misma concepción estética se mantuviera en la obra de Debussy, donde su estilo delicado y aparentemente frágil quedó desdibujado en favor de una fuerza arrolladora y vehemente quizás no acorde al espíritu de una pieza que Debussy compuso cuando padecía cáncer y sufría los avatares de la Gran Guerra. La pulsación clara y precisa de los pianistas dejó entrever su arquitectura de forma cristalina, pero ese presupuesto de que el blanco y negro del título haya de provocar la transformación en colores del oyente, no llegó a producirse, de forma que el vals enérgico del primer movimiento no resultó tan etéreo como debía, el lento del medio resultó algo superfluo, y sólo el scherzo final, que el autor dedicó a Stravinski, sonó más en estilo.


La pieza de Fernando Remacha recuperada por los propios integrantes del dúo, resultó una agradable sorpresa que no oculta su admiración por la música de Debussy. Muy activo durante la Segunda República, con piezas entonces populares como el ballet La maja vestida o el poema sinfónico Alba, resurgió tras una etapa dedicada a la música de carácter religiosa, en los años ochenta del pasado siglo, cuando recibió el tercero de sus tres Premios Nacionales de Música. En El día y la muerte, el compositor navarro se adelanta inconscientemente al minimalismo, algo que el dúo comprendió dando a su interpretación un carácter mecánico y autómata sólo interrumpido por puntuales estallidos de melodía y color, y una zona central más ajetreada que también superaron con evidente sentido de la técnica. Su definitiva demostración de virtuosismo llegó de nuevo a dos manos con una propina en forma de agitado ragtime con incisiones relajadas y algún toque tropical en el que además se dieron citas numerosas bromas en forma de besos, silbidos y percusión sobre la madera del piano.

Fotos: Guillermo Mendo

miércoles, 11 de octubre de 2023

JOSÉ LUIS NIETO EXHIBE PASIÓN POR FALLA

Concierto de Juventudes Musicales de Sevilla en colaboración con la Cátedra General Castaños. José Luis Nieto, piano. Programa: El sombrero de tres picos y El amor brujo, transcritos por José Luis Nieto; Fantasía Baetica. Salón de Actos “Capitanía General”, martes 10 de octubre de 2023


Hace unos años descubrimos, gracias a Juventudes Musicales de Sevilla, el pianismo arrebatado y musculoso del gaditano José Luis Nieto. Fue en el Teatro Cajasol de la calle Chicarreros, uno de los espacios habituales en los que esta institución ofrece sus conciertos. De nuevo de la mano de ellos, en colaboración con la Cátedra General Castaños, que lleva treinta y cuatro años trabajando por la investigación y divulgación de temas históricos, culturales y patrimoniales de España y los países de su entorno, recaló ayer tarde en el coqueto teatro escondido en la Plaza de España, un espacio tutelado por el ejército que sólo abre sus puertas en ocasiones muy especiales. La de ayer lo fue, coronando una jornada de celebraciones que comenzaron por la mañana en la Plaza de San Francisco y con los que se adelantan los fastos destinados al Día de la Hispanidad que se celebra mañana. El concierto de Nieto y Juventudes Musicales contó por ello con un acto protocolario a la altura de los acontecimientos, con una presentación a la altura y entrega de reconocimiento a Arnold Collado, presidente de Juventudes. En el público personalidades del ámbito castrense, socios y socias de la institución musical, y público en general que no despreció la oportunidad de acercarse a este tesoro oculto de Sevilla y dejarse seducir por la música del más internacional de nuestros compositores del novecento, el también gaditano Manuel de Falla.

Ya en aquel 2018 descubrimos a un pianista entregado, feroz en sus postulados técnicos y expresivos, y decididamente comprometido con una disciplina a la que se entrega en cuerpo y alma, también en términos puramente didácticos. Fue entonces con una Suite Iberia que hizo suya, como si nunca antes la hubiésemos escuchado, con imperfecciones y giros discutibles, pero con la fuerza de la novedad y el descubrimiento, y ahora con un monográfico dedicado al autor de El retablo de Maese Pedro. Sus dos obras más emblemáticas, la gitanería El amor brujo y el ballet El sombrero de tres picos, se adueñaron del escenario en forma de transcripciones del propio pianista, completados con la Fantasía Baetica o Bética, pieza de enorme dificultad técnica que constituye cumbre del pianismo español junto al ciclo de Albéniz aludido. La tremenda historia de acoso sexual que cuenta El sombrero de tres picos, encontró en Nieto una interpretación que no escatimó en tonos burlescos, pero que se nutrió fundamentalmente de sus aspectos más folclóricos. Su transcripción, aunque ahorrando episodios y reduciendo duración, sobre todo en el primer cuadro, estuvo a la altura, aprovechando todos los giros y resortes de la pieza para, prescindiendo de cuerdas y metales, no dejarse ningún apunte ni atisbo de expresividad en el camino. Así sonaron por ejemplo, con toda su esencia y espíritu, las seguidillas y farrucas que introdujo el compositor en su popular ballet. Son, ésta y la de El amor brujo, unas transcripciones ejemplares que siguen perfectamente la dramaturgia y cuidan cada cambio de color y ritmo con atención al detalle, agilidad y mucha flexibilidad.

Cúpula acristalada con la nueva iluminación inaugurada a principios de este mes

Nieto es un pianista quizás menos refinado de lo deseable, que martillea el teclado a discreción; pero tiene una facultad imprescindible para merecer nuestra admiración, y es que consigue atrapar al oyente, seducirlo y no abandonarlo, logrando captar toda nuestra atención, que sigamos al detalle cada acorde, cada pasaje, con un interés inusitado. Así nos paseó también por las vicisitudes de los amantes gitanos instigados por el espectro celoso, donde los pasajes más furiosos se intercalaron con los más relajados y sensibles, donde también brilló Nieto siempre de memoria, sin partitura, hasta desembocar en una Danza del fuego rutilante, furiosa pero no atropellada, muy afín al flamenco que la informa, y llegar así a un final puro frenesí. Su visión de la Fantasía Bética estuvo también plagada de acordes contundentes y acelerados, pero sin dejar atrás toda su nobleza e intensidad expresiva, como si sus efectos sonoros, de la guitarra al cante jondo, surgieran de su pureza de raza.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 13 de junio de 2023

DÚO MOLINA & UCHI, PODER SEDUCTOR Y COORDINACIÓN

XXXIII Festival de Primavera de Juventudes Musicales de Sevilla. Nanako Uchi y Mario Molina, piano a cuatro manos. Programa: Sonata en Re mayor K381, de Mozart; Variaciones sobre un tema de Conde Waldstein WoO 67, de Beethoven; Fantasía en Fa menor D940, de Schubert; Petite Suite, de Debussy; La Valse, de Ravel. Salón de los Carteles de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, lunes 12 de junio de 2023


El piano volvió a convertirse en principal protagonista de esta nueva edición del Festival de Primavera de Juventudes Musicales, tras el éxito de Jaeden Izik-Dzurko el pasado lunes, y con cuatro manos sobre un mismo piano éste. Los responsables fueron el soriano Mario Molina y la japonesa Nanako Uchi, que desde que se conocieron estudiando en Róterdam no han parado de recibir encargos y dar conciertos por toda la geografía española. Es evidente que para durar tanto tiempo como pareja artística es imprescindible una conexión total, mucha compenetración y una sincronización perfecta. Uchida y Molina cuentan con todos estos ingredientes y son capaces de llevar a buen puerto un concierto tan exigente como el que ofrecieron anoche en el Salón de Carteles de la Real Maestranza de Caballería.

El repaso por algunas de las páginas dedicadas a esta especialidad comenzó con Mozart y una de sus varias sonatas, la K381, compuesta en 1772 para ser interpretada por él y su hermana Nannerl. Una pieza en tres movimientos de clara inspiración juguetona, ágil y dinámica, que los intérpretes salvaron con buena nota pero con acordes aislados abruptos y algo estridentes. Además, el andante central sonó mecánico y abigarrado, sin la fluidez y la gracia que asociamos al genial compositor. Uchi se encargó del extremo agudo del piano, y por extensión de la parte melódica, mientras Molina se afanó en extraer ritmo y cuerpo de este divertimento. Por senderos parecidos, aunque con un fondo moderadamente más pesimista y trágico, deambuló la pieza de Beethoven, Variaciones sobre un tema de Waldstein, una obra de juventud de resortes igualmente clásicos, sin mucha complicación estructural pero exigente en algunos de sus pasajes en lo que se refiere a las articulaciones y pasajes fuertemente arpegiados. Tampoco aquí la interpretación se antojó demasiado comprometida, abundando los ataques deliberadamente vehementes. Los artistas, ahora con los roles cambiados, se limitaron a cumplir de manera eficiente, con discreción, destacando el colorido de las primeras variaciones frente a un velado sentido del contraste en las últimas.


Románticos e impresionados

Más cómodo y cómoda se sintieron con el romanticismo exacerbado que emana de la Fantasía D940 de Schubert, pieza icónica de esta especialidad que acumula emociones, sentimientos y una enorme expresividad llena de encanto y seducción. La más destacada de las muchas obras que para piano a cuatro manos compuso Schubert, encontró una digitación adiestrada y comprometida, con su inquietante melodía principal recorriendo la partitura de principio a fin, si acaso con puntuales faltas de cohesión cuando de cambiar de registro se trataba, pero con un acertado porte majestuoso dominando toda una interpretación vivaz y por momentos conmovedora. Con esta magistral pieza los pianistas exhibieron una compenetración sana y sincera, con mucha sintonía y el equilibrio justo sobrevolando toda la interpretación, aunque unos silencios demasiado largos afectaran parcialmente la fluidez de las transiciones.

En el último tramo, Uchi y Molina se dejaron seducir por la atmósfera inconfundible del impresionismo francés, primero de la mano de Debussy y su Pequeña Suite, un muestrario de encantadores acordes llenos de gracia y frescura que tradujeron con sencillez y nada de narcisismo, logrando transmitir toda la magia, la galantería y la fantasía que emana de sus cuatro movimientos. Después llegó una sensacional La Valse, pura fuerza, arranques rabiosos e inflexiones drásticas sin descuidar los múltiples pasajes delicados que describen esta fascinante página que frecuentemente disfrutamos en su versión orquestal. Un torbellino de drama encubierto que Molina y Uchi defendieron con ahínco, sus manos frecuentemente entrelazadas, y visiblemente agotados antes de tocar como propina una danza de La vida breve de Falla tan idiomática como colorista.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 6 de junio de 2023

IZIK-DZURKO CON TODA LA ARTILLERÍA

XXXIII Festival de Primavera de Juventudes Musicales de Sevilla. Jaeden Izik-Dzurko, piano. Programa: 2 Momentos musicales D. 780, de Schubert; 2 Mazurkas Op. 40 y Sonata nº 4 en fa sostenido menor Op. 30, de Scriabin; Scherzo nº 3 en do sostenido menor Op. 30, de Chopin; Sonata nº 1 en fa sostenido menor Op. 11, de Schumann. Salón de los Carteles de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, lunes 5 de junio de 2023


Para arrancar su trigésimo tercer Festival de Primavera, Juventudes Musicales de Sevilla regresó a su emplazamiento habitual, el Salón de Carteles de la Maestranza, donde para alimentar el tópico se emplazó al joven canadiense Jaeden Izik-Dzurko, ganador de varios premios internacionales de gran prestigio, entre ellos el Paloma O’Shea del Festival de Santander del pasado año, donde también se hizo con los premios del público y el de mejor intérprete de música de cámara. Después de esta experiencia sevillana siempre nos asociará con los toros, como hacen en el parque Mini Europa junto al Atomium de Bruselas, donde España está representada por El Escorial, la Catedral de Santiago, las protestas independentistas de Cataluña y la Maestranza de Sevilla, olés incluidos. Es lo que tienen los espacios emblemáticos con encanto, aunque para ello se tenga que sacrificar la visibilidad y el sonido fluya con más amabilidad conforme nos alejemos del escenario, por lo que la combinación imagen y sonido apenas funciona.

El joven pianista de veintitrés años acudió a la cita con un programa muy bien aprendido (tocó de memoria de principio a fin), fruto de un enorme esfuerzo y dedicación, en el que primaron los tonos románticos y apasionados que su rotunda vehemencia al teclado convirtieron en dechado de energía y dinamismo casi acrobático. Nada pues que reprocharle a nivel técnico, impecable y sin fisura alguna. Pero en el apartado expresivo, su pianismo se resintió de esa tendencia al forte que caracterizó toda la velada y que se tradujo en una experiencia decibélica de enorme calado. Así, atacó el Momento musical nº 1 de Schubert que le sirvió de introducción con algo menos de la delicadeza que se presupone, pero con una digitación clara y precisa que se mantendría durante toda la exhibición, haciendo además acopio de una rica gama de colores, lo que se repitió en el célebre número 3 con un control absoluto del ritmo y la ornamentación. Las brevísimas Mazurkas 1 y 2 Op. 40 de Scriabin funcionaron como introducción a su Sonata nº 4, formando un bloque sólido y expresivamente justificado. Sin ser de las más atrevidas de sus seis sonatas, la Op, 30 marca ya un universo expresivo intenso y febril que Izik-Dzurko logró traducir con enorme vitalidad, aunque echáramos en falta algo más de swing en su Prestissimo volando. El espléndido Yamaha acusó algunas vibraciones en los acordes finales de algún que otro pasaje, sin que volvieran a asomar el resto del concierto.

No faltó ese toque de grandeza que caracteriza al Scherzo nº 3 que Chopin compuso entre Valldemossa y París, pero sí algo más de ironía y tensión. El artista prefirió clarificar sus aristadas líneas melódicas con evidente ferocidad a mostrar algo más de delicadeza y cantabilidad en sus pasajes más líricos. Y así llegó a la pieza cumbre del programa, la Sonata nº 1 de Schumann, prodigio de contrastes y espíritu atormentado que el joven desgranó con una considerable dosis de reflexión y sabiduría. Su enorme intensidad emocional encontró ahora sí un magnífico médium capaz de plasmar el carácter atormentado de la pieza en conjugación con sus pasajes más ensoñadores y refinados, mostrando un enorme desenfreno sin traicionar el espíritu enigmático que la informa y sin acusar en ningún momento las temidas estridencias que pueden acompañar al puro apasionamiento. De nuevo con Scriabin en la propina, Izik-Dzurko mostró una mayor dosis de lirismo y delicadeza con su Poema Op. 32 nº 1, por lo que no cabe duda de que tiene una brillante carrera por delante y sabrá limar algunas de las asperezas apuntadas hasta alcanzar el deseable equilibrio entre técnica y expresividad. Las citas con Juventudes Musicales continúan hoy con el Trío Schumann abordando a Schubert y Brahms, y la semana que viene con Molina & Uchi Piano Duo sumergidos en el romanticismo y el impresionismo, así como José Mª Gallardo del Rey desplegando su maestría a la guitarra.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 17 de abril de 2023

FELIZ Y ESPERADO REENCUENTRO CON UN GENIAL PERIANES

Cita en Maestranza. Javier Perianes, piano. Programa: Cruce de caminos (Variaciones sobre un tema de Robert Schumann op. 20, de Clara Schumann; Quasi variazioni: Andantino de Clara Wieck, de la Sonata nº 3 op. 14 de Schumann; Variaciones sobre un tema de Schumann op. 9, de Brahms; Goyescas, de Granados). Teatro de la Maestranza, domingo 16 de abril de 2023


Dado su carácter afable, humilde y nada narcisista, seguramente no le agradará que se le defina como un genio, pero sólo así somos capaces de identificar a quien saca tanto brillo de cualquier tipo de partitura, desde la más convencional y coyuntural a la más ambiciosa y sofisticada, logrando que suenen como un auténtico tesoro difícil de catalogar. Desde hace diez años, cuando ejerció como artista residente de la Sinfónica y entre otras obras interpretó la integral de conciertos de Beethoven, creo recordar que sólo hemos podido disfrutar de su presencia en el Maestranza en una ocasión, hace la mitad, cinco años, con Axelrod a la batuta haciendo el segundo de los conciertos de Brahms, autor que participó también en el portfolio con el que nos deslumbró este mismo domingo. Cuando un artista es capaz de fascinarnos y someternos con tanto ahínco y facilidad, casi sobran las palabras para describir la sensación que nos llevamos de su portentoso recital. En él se pudieron distinguir claramente dos partes, una primera centrada en el recurrente trío romántico entre el matrimonio Schumann y su ferviente y joven admirador Johannes Brahms. En la segunda, el ciclo Goyescas que tanta fama y popularidad reportó a Enrique Granados y sin embargo inauguró el trágico final que truncó una vida posiblemente llena de grandes sorpresas.

Las Variaciones de Clara Schumann sobre el número 4 de Bunte Blätter de su marido están llenas de contrastes y poseen una enorme densidad atmosférica, a pesar de tratarse de un mero detalle de la esposa, entones durante varios años inactiva, por el cuarenta y tres cumpleaños del compositor, apenas unos meses antes de ingresar en una institución psiquiátrica. Perianes la interpretó sin embargo como si se tratara de una pieza única e irrepetible, con toda la atención, el mimo por el detalle y la profunda reflexión que sus repetitivos acordes parecen exigir. Sus siete variaciones, aunque se puede llegar a apreciar incluso una octava, nos llevan por diferentes estados de ánimo, que Perianes tradujo en una perceptible melancolía de largos pasajes y notas retenidas, ritmo pausado y espíritu variable, desde un paseo romántico protagonizado por trinos y vivaces arpegios, hasta acordes más vehementes y furiosos, todo llevado siempre a la quintaesencia de la expresividad más conmovedora. El tercer movimiento de la Sonata nº 3 de Schumann, así mismo unas variaciones sobre un tema en este caso de Clara cuando solo era una adolescente, encontró en la digitación de Perianes una expresión rica y poderosa, pero siempre desde la elegancia y la delicadeza que el pianista sabe impregnar en las partituras más intimistas. Con gran decisión y seguridad en sí mismo acometió la pieza de Brahms, también basada en el mismo tema que las variaciones de Clara Schumann, pero no limitándose como aquella a modificar el espíritu sin tocar la melodía, sino como entendemos habitualmente el género, modificando ritmos y hasta melodías sin traicionar el alma de la pieza y su significación emocional. Así lo entendió Perianes con una interpretación magistral, llena de contrates pero a la vez contenida y transparente, de cada una de sus dieciséis variaciones, manifestando melancolía y desesperación hasta derivar en una resolución tranquila y esperanzadora.

Que Goyescas de Granados coincidiese en este programa previamente preparado por el pianista con la celebración este año del centenario de Alicia de Larrocha, ha servido para convertir su recital en un homenaje a la excelente pianista, en cuyas manos la pieza se convirtió en leyenda, tanto como Iberia de Albéniz, si bien ésta tuvo también en Esteban Sánchez un ilustre embajador. Puede que la versión de Perianes disminuyera el colorido con el que se suele atacar la pieza, a favor de un mayor intimismo y un profundo análisis convertido en emotiva y melancólica reflexión que Perianes tocó desde el corazón, sin gestos grandilocuentes ni excesivos, siempre ensimismado en un teclado desde el que transmitió todo el universo que atesora este ciclo de los majos enamorados. Arrancó con una visión elegante y algo retenida de Los requiebros, que convirtió luego, en Coloquio en la reja, en larga escena dialogada, nocturna y bien aireada gracias a una pulsación precisa, perfectamente articulada y prodigiosamente amatoria. Tampoco hubo aspavientos folclóricos en El fandango de candil, la pieza más proclive a ello del ciclo, y sí mucho sentimiento y una profunda melancolía en La maja y el ruiseñor, prodigio melódico del que el pianista sacó el máximo provecho. Y así continuó por el segundo cuaderno, con El amor y la muerte y la Serenata del espectro deambulando por idéntica senda llena de mágica melancolía, sin estridencias ni salidas de tono, siempre desde la elegancia y el respeto más absoluto. Después, como propina, sus delicadas manos volvieron a Brahms con su precioso Intermezzo en La mayor de sus Klavierstücke op. 118.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 19 de enero de 2023

MAROUAN BENABDALLAH, FILTRO DE OCCIDENTE

Piano en Turina. Marouan Benabdallah, piano. Programa: 2 miniatures algériennes, de Salim Dada; La nuit du déstin, de Dia Succari; 3 movimientos de El Male Rachamim, de Mohammed Fairouz; 3 de las 5 piezas para piano Op. 34, de Paul Ben-Haim; 2 muwashashas, de Zad Moultaka; Nocturne nº 1, de Nabil Benabdeljalil; Africa Op. 89, de Camille Saint-Saëns. Espacio Turina, miércoles 18 de enero de 2023


Aunque hubo más asistencia de la esperable, conociendo la idiosincrasia del público sevillano, el hecho de que esta ciudad atesore un patrimonio cultural tan vasto, deudor de la herencia árabe en un alto porcentaje, habría merecido un lleno casi absoluto, algo que quizás se hubiese conseguido por mediación de algunas de las instituciones que al respecto operan en la ciudad, como la Fundación Tres Culturas. Lo cierto es que el pianista marroquí Marouan Benabdallah recaló en nuestro sitio para ofrecernos un programa que lleva tiempo paseando por diversas plazas del continente europeo y en el que desgrana algunos de los más representativos compositores del medio oriente y el norte africano, cuyos bagajes y particulares biografías les han llevado a combinar su acervo popular con la sensibilidad europea u occidental.

Benabdallah confesó que apenas conocía un par de estos compositores antes de dedicarse a investigar sobre la materia, y que de los más de cien que llegó a recopilar, acabó haciendo una criba con los seis convocados en este singular programa. En un inglés claro y fácilmente entendible (suele ser así cuando lo hablan personas que no son por naturaleza angloparlantes), el pianista ilustró profusamente cada uno de los músicos convocados y sus piezas, desgranando datos y anécdotas con encanto y entusiasmo. No obstante, teniendo en cuenta el carácter didáctico de la velada, hubiese sido un detalle contar con algún o alguna intérprete en la sala para quienes no entendiesen el idioma, que en este país siguen siendo muchas personas, incluso en el ámbito intelectual.

Un programa exótico y diferente

Del argelino Salim Dada interpretó dos miniaturas, la primera de literatura muy básica y contenida, la segunda a fuerza de imitaciones de una típica danza árabe, donde el pianista ya deslizó su destreza al teclado. La noche del destino es una delicada obra del franco-sirio Dia Succari, que el intérprete acertó a comparar con el universo raveliano y le permitió expresarse con espiritualidad y mucha sensibilidad. El Male Rachamim es una oración judía en memoria de los muertos que el norteamericano de origen egipcio Mohammed Fairouz convirtió en pieza musical que dedicó a su admirado Ligeti y a las víctimas del holocausto nazi. Benabdallah escogió tres de sus cinco movimientos, pasando del misterio y la contención del primero a la pulsación percutiva del segundo y el ritmo endiablado y virtuoso del final, dejando en todo momento constancia de su claridad expositiva y pleno dominio del teclado. Todas estas obras son profusas en arabescos y figuras enroscadas y exóticas, como las tres piezas del opus 34 de Paul Ben-Haim, un compositor y director de orquesta de malograda carrera a causa también de los nazis. Su pastoral rezumó misterio, mientras la canzonetta fue un dechado de melodía y sensibilidad, y la toccata final otra ocasión para desplegar un virtuosismo musculoso y acelerado, pero siempre controlado.

La mejor pieza del programa según el propio Benabdallah, o al menos su favorita, y quizás la que atesora un mayor número de figuras y recursos aprendidos del periplo occidental de su autor, se debió al libanés Zad Moultaka, curtido en el arte de la performance y las artes plásticas, cuyas moaxajas, composiciones poéticas típicas de la España musulmana, ejemplifican a la perfección esa singular combinación de elementos puramente arábigos con los acuñados durante su aprendizaje en Francia, logrando una simbiosis no exenta de vanguardismo que el pianista tradujo en una experiencia sensorial notable. También lo fue el hermoso nocturno del marroquí Nabil Benabdeljalil, primera obra de su catálogo, con reminiscencias de Chopin pero también, siempre según el intérprete, de Granados. El final llegó a la inversa, con autor occidental embelesado con oriente. En Africa, Saint-Saëns despliega toda su pasión por la sensualidad árabe, con ecos de su bacanal para Sansón y Dalila y un ritmo frenético en el que se apoya una escritura densa y rimbombante. Benabdallah se manifestó muy orgulloso de su transcripción para piano, sobre todo al compararla con la que el propio autor esbozó en su momento. De ella sacó partido para exhibir fuerza y temperamento, siempre desde el virtuosismo y sin menospreciar su talante expresivo, que se puso de manifiesto también en las propinas, un Kara Toprak (Black Earth) de Fazil Say, que fue artista residente de la ROSS durante la era Axelrod, donde se ve claramente la influencia del jazz en el compositor turco, y el precioso adagio de Espartaco, de nuevo con una reducción para piano de la música de Khachaturian que derrocha romántica pasión.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 17 de enero de 2023

ROBERTO RÚMENOV, UN JOVEN INTROSPECTIVO

Concierto organizado por Juventudes Musicales de Sevilla. Roberto Rúmenov, piano. Programa: Suite de El pájaro de fuego para piano, de Stravinski-Agosti; Preludio y Fuga nº 18, de Bach; 1er libro de Images, de Debussy; Variaciones y fuga sobre un tema de Händel, de Brahms. Teatro Cajasol, lunes 16 de enero de 2023


Con unas sentidas y necesarias palabras de recuerdo para Luis Izquierdo y Ramón Coll, Arnold Collado, presidente de Juventudes Musicales de Sevilla, presentó anoche una entrega especial de Noveles en concierto, que tuvo como protagonista al pianista búlgaro afincado en España, Roberto Rúmenov. Izquierdo, director e impulsor de la Bética Filarmónica durante muchos años, y habitual del Miserere catedralicio de Eslava, falleció el pasado diciembre, mientras Coll, que tras una fructífera trayectoria como pianista y docente recaló en el Conservatorio Superior de Música de Sevilla en calidad de catedrático, nos dejó justamente ayer mismo. Rúmenov ha estudiado y perfeccionado su técnica en nuestro país, y tras ganar varios certámenes, entre ellos del que celebra Juventudes Musicales en Albacete, recorre la geografía española con sendas giras, con una de las cuales ha aterrizado en el Teatro Cajasol, uno de los espacios emblemáticos y habituales de la institución que preside Collado.

Para la ocasión presentó un programa aparentemente muy ecléctico con el que poder exhibir tanto sus cualidades técnicas como las puramente expresivas, aunque en el fondo hubo una presencia evidente de los maestros barrocos, tanto Bach como Händel a través de Brahms y Rameau de Debussy. El recital arrancó con la transcripción para piano que realizó en 1928 el pianista Guido Agosti, alumno de Busoni, de la Danza infernal y la apoteosis final de El pájaro de fuego de Stravinski. La página le dio la posibilidad de exhibir músculo pero también misterio e introspección, con algún pasaje atropellado y alguna incómoda nota falsa de por medio, pero con un resultado global bastante satisfactorio merced a un buen entendimiento de la partitura y una estupendamente defendida paleta de colores. Con el Preludio y fuga nº 18 del primer libro de El clave bien temperado de Bach, Rúmenov pareció sentirse más cómodo con el preludio, que resolvió con fluidez y elegancia, que con una fuga bastante mecánica y rígida, de escaso relieve, si bien acertó en su cadencia rítmica y claridad melódica, además agradecimos la oportunidad de reencontrarnos con Bach al piano moderno.

Con el primer cuaderno de Images de Debussy, Rúmenov encontró su voz, delicada, introspectiva y capaz de profundizar en el pentagrama y encontrar en la música la sensibilidad justa para transmitir toda esa efusión de emociones que desprenden las notas del compositor francés. En Reflejos en el agua, el joven desplegó con maestría todos los recursos retóricos empleados por Debussy para describir el jugueteo del agua, arpegios, trémolos, glissandi perfectamente controlados, mientras en Homenaje a Rameau transmitió toda la serenidad que desprende esta elegante sarabanda. Más abstracto, el Mouvement resultó un torbellino de notas en perpetuo movimiento, que Rúmenov resolvió con sentido de la proporción y la expresividad. Interpretar las Variaciones de Brahms sobre un tema de Händel es un desafío para cualquier pianista; hacerlo sin partitura, como atacó el resto del programa, una temeridad, y retarse a sí mismo a tan temprana edad, una señal de valentía. Así hizo este artista de la pulsación, logrando adaptarse a cada espíritu, cada matiz y giro de tan extensa partitura, con momentos de lucimiento virtuoso, otros de endiablado ritmo y otros de intenso lirismo, todos resueltos con sabiduría y destreza. Dejó perfecta constancia de los diferentes estilos abordados por su autor, desde referencias barrocas a ensimismamiento romántico, y espacio también para el misterio y la tragedia, por ejemplo en los aires fúnebres de la variación número trece. Tras la exuberante fuga final, traducida con igual magisterio que el resto de la pieza, el joven nos deleitó con un Estudio número 4 del opus 39 de Rachmaninov, impetuoso y trágico, pero también henchido de lirismo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía