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viernes, 22 de mayo de 2026

TRIO WANDERER, INGENIEROS DEL SONIDO

Trio Wanderer. Jean-Marc Phillips-Varjabédian, violín. Raphaël Pidoux, violonchelo. Vincent Coq, piano. Programa: Trío con piano en sol menor Op. 3, de Chausson; Tristia S.723, de Liszt; Trío con piano nº 1 en re menor Op. 49, de Mendelssohn. Espacio Turina, jueves 21 de mayo de 2026


La fama y el prestigio de los franceses Trio Wanderer les preceden prácticamente desde que siendo estudiantes del Conservatorio de París lo crearon en 1987. Ayer debutaron en Sevilla, y aunque la respuesta del público no fue todo lo generosa que debía, apenas llenando la mitad de la sala, quienes asistieron pudieron comprobar la excelencia de su música y las exquisitas formas de su interpretación. El Espacio Turina se acerca así al final de otra gloriosa temporada, encadenando figuras de prestigio como la del barítono inglés Simon Keenlyside el pasado fin de semana, y ahora este célebre e imprescindible trío.

Con la formación intacta desde que en 1995 Jean-Marc Phillips-Varjabédian sustituyera a Guillaume Sutre, el conjunto cuyo nombre se inspira inequívocamente en la famosa fantasía schubertiana, inició su esperada andadura sevillana con una pieza que les acompaña prácticamente desde sus inicios, y que tienen debidamente registrada en el sello K617, el Trío en sol menor Op. 3 de Chausson. La admiración del compositor por Wagner y su influencia de César Franck se advirtió ampliamente en una interpretación cargada de furia y agitación.

Con excepción de su famoso Poema, su catálogo, jalonado de piezas de enorme interés, no suele programarse, por lo que la ocasión revistió un doble interés. El hecho de que Chausson transcribiera los cuartetos de Beethoven a temprana edad, le hizo descubrir un mundo de sueños e ilusión que supo trasladar al pentagrama, y los intérpretes hacérnoslo llegar. Ya en su introducción (Pas trop lent) pudimos atisbar el músculo de Raphaël Pidoux al violonchelo, seguido en el Animé del protagonismo elegíaco del violín y la agitación controlada de Vincent Coq al piano.

El teclado se mostró vigoroso y locuaz en el scherzo, siempre bajo esa compenetración perfecta que permite la consolidación de estilo y la colaboración cultivada durante tantos años. En el adagio (Assez lent) el tono se hizo sombrío y la armonía ambigua, derivando en pura poesía en manos de tan consumados maestros. Así, hasta llegar a la intensidad de ritmo y espíritu del scherzo final (Animé), puro frenesí y aceleración, tan abrumadora como decibélica.

Tristia es la adaptación, sumamente inventiva como se puede apreciar ya desde la misma introducción, de la sexta pieza del primer libro, dedicado a Suiza, de la colección para piano Años de peregrinaje. Se trata en concreto de La Vallée d’Obermann, y surge de la iniciativa de Edward Lassen, alumno de Liszt, que hizo el primer arreglo, seguido de los propios ajustes del autor de la Rapsodia húngara. De las tres versiones, ésta, la tercera, es la más divulgada. El Wanderer tradujo la atmósfera atormentada y melancólica del original con texturas ricas y densas, lográndose en conjunto una sensación de zozobra aún mayor de la que contiene la obra para solo piano.


Un Mendelssohn descomunal

Pero fue quizás en la sensacional interpretación del Trio nº 1 en re menor Op. 49 de Mendelssohn, donde nos hicimos eco de la habilidad de cada uno de los integrantes del trío para lograr un sonido tan impecable, con gradaciones acústicas tan depuradas e intencionadas que parecían fruto del trabajo de un maestro de la tecnología, un ingeniero de sonido tan atento y aplicado como para mejorar aún más el sonido natural de los instrumentos y sus concertistas.

Tras los pertinentes retoques de la parte pianística para adaptarse a las nuevas corrientes inauguradas por Chopin y Liszt, este trío acabó considerándose una obra maestra en la línea de los de Beethoven o Schubert. El Wanderer ofreció de él una lectura sobrenatural, apasionada y hasta cierto punto desmelenada, siempre bajo el control que permite la sabiduría y la experiencia, como ya pudimos atisbar en el allegro inicial. El virtuosismo del piano, la carnosidad del violonchelo y el fraseo impecable del violín, lograron una interpretación de un lirismo inusitado.

El andante, traducido en toda una romanza sin palabras, resultó tan amable como distendido, sin despreciar ese toque patético que caracteriza su parte central. La habitual atmósfera inquieta y ensoñadora de Mendelssohn asomó sin prejuicios en un scherzo de dimensiones casi sinfónicas, con el piano cabalgando alegremente y a discreción. Acabó tan brillante y apasionado como el resto, exhibiendo esa grandeza y musculatura que los persiguió durante toda la interpretación de tan excelsa, melódica y lírica partitura.

Fotos: Luis Ollero
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 20 de mayo de 2026

RESONANCIA CON ÍMPETU JUVENIL

Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Resonancia, quinteto con piano: Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella, violines. Salomé Osca, viola. Lourdes Kleykens, violonchelo. Álvaro Mur, piano. Programa: Quinteto para piano y cuerdas en sol menor Op. 57, de Shostakóvich; Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor Op. 44, de Schumann. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 19 de mayo de 2026


A poco de dar comienzo su tradicional Festival de Primavera, Juventudes Musicales de Sevilla puso ayer tarde broche de oro a su programación en colaboración con el Teatro de la Maestranza, a través del ciclo Alternativas de cámara. Y lo hizo con muy buena nota, echando mano de un conjunto de raíces fundamentalmente levantinas, integrado por cinco estupendos solistas con una envidiable trayectoria a sus espaldas, a pesar de su evidente juventud. El pianista ceutí Álvaro Mur ya dio buenas muestras de su calidad técnica y artística en otro concierto auspiciado por la entidad sevillana hace exactamente cinco años, en plena pandemia, con la Sinfónica acompañándole en la sala principal del Maestranza.

En los atriles, dos monumentos indiscutibles de la música de cámara, separados por un siglo pero conectados por un lenguaje inequívocamente romántico, con las particularidades lógicas del paso del tiempo, evidentes en la página de Shostakóvich. Dos partituras henchidas de fuego y pasión, ideales para poner en práctica el ímpetu juvenil del conjunto, que extrajo de sus fuerzas y altas capacidades todo un arsenal de recursos tanto para complacer a un público generalista como a los paladares más exquisitos y exigentes.

El carácter crispado de Shostakóvich

El Quinteto Op. 57 de Shostakóvich, estrenado por el propio autor junto al Cuarteto Beethoven, el mismo que divulgó su amplio catálogo de cuartetos, mantiene en todo momento un regusto neoclásico y una visible admiración por la gramática bachiana. Mur arrancó con fuerza y decisión, empleándose ya a fondo con el extremo agudo del teclado, del que a menudo extrajo acordes deliberadamente estridentes, sin duda afines a la desesperada expresividad del autor, pero carentes de ese punto de discreción y sutileza con las que éste conducía su atronadora exasperación con cierto disimulo.

Ejemplares fueron las prestaciones de Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella a los violines, mientras Salomé Osca a la viola y Lourdes Kleykens al violonchelo, ejemplificaron a la perfección la alternancia de voces y sucesivos relevos que caracterizan el preludio. Kleykens llevó a cabo un trabajo carnoso y profundamente melodioso, mientras Osca impregnó de lirismo la página. Hubiéramos deseado una atmósfera más fantasmagórica al inicio de la inquietante fuga, no obstante se lograra entre todos y todas una concentración contrapuntística de intensa carga emocional.

Tras un agitado y ovacionado scherzo central, si acaso un pelín carente de ironía y mordacidad, la compenetración entre el piano y la cuerda continuó funcionando en el intermezzo, algo por debajo sin embargo de esa tensión y sensación de soledad que apunta. Sus continuos y extremos cambios de registro se hicieron más patentes en el juguetón final, una intensa y ardua alternancia de sonrisas y lágrimas que los intérpretes llevaron a buen puerto, aunque sin la crispación que demanda tan compleja y comprometida página.


La intensidad emocional de Schumann

La segunda propuesta de la tarde nos llevó a los orígenes del género, con el primer quinteto con piano considerado indiscutible obra maestra, el que compuso Schumann en un momento feliz de su vida, consagrado a su pasión por la música y su amor incondicional por su esposa Clara, a quien dedicó esta pieza en la que el piano tiene tanto protagonismo, con resortes casi concertantes. Esto implica que sólo un solista competente puede acercarse a ella con garantías de éxito, y Mur demostró que lo es, manteniéndose firme y entusiasta en su prácticamente ininterrumpida intervención.

La vitalidad del allegro inicial quedó manifiesta en la calidez y la intensidad emocional con la que el quinteto lo abordó, reflejando sus continuos cambios de ánimo de manera tan arrebatada como llena de ternura. El conjunto resolvió con brillantez su contenida marcha fúnebre, ahondando en su carácter trágico salpicado de puntuales y gozosos estallidos de esperanza, y manteniendo en todo momento una muy saludable homogeneidad de timbre.

También entre lo lírico y lo fogoso prosiguió el scherzo, hasta llegar a un allegro ma non troppo final síntesis de la gramática schumanniana que los cinco intérpretes entendieron a la perfección, logrando una sintonía y una uniformidad sólo al alcance de los conjuntos más maduros y experimentados.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 12 de abril de 2026

EL CUARTETO (GERHARD) COMO CALEIDOSCOPIO DE EMOCIONES

Quartett Gerhard. Lluís Catán y Judit Bardolet, violines. Miquel Jordá, viola. Jesús Miralles, violonchelo. Programa: Ich hab mein Sach Gott heimgestellt BWV 708, de Bach; Mesto Burletta del Cuarteto nº 6 Sz. 114, de Bartók; Adagio molto del Cuarteto nº 3 en La mayor Op. 41 nº 3, de Schumann; Erlkönig D. 328, de Schubert; Con moto, vivo, andante del Cuarteto nº 1 “Sonata a Kreutzer”, de Janacék; Adagio appassionato de la Suite Lírica, de Berg; Allegretto furioso del Cuarteto nº 10 en La bemol mayor Op. 118, de Shostakóvich; Andante con moto del Cuarteto nº 14 en re menor D. 810 “Das Tod und das Mädchen”, de Schubert; Grave Allegro del Cuarteto nº 16 en fa mayor Op. 135, de Beethoven; Andante cantabile del Cuarteto nº 1 en Re mayor Op. 11, de Chaikovski. Espacio Turina, sábado 11 de abril de 2026


Avalados por el prestigio que atesoran, el joven Quartet Gerhard se presentó ayer en el Espacio Turina con un programa audaz y atrevido, con todos los riesgos que ello conlleva. Se trató de recorrer en apenas una hora y sin solución de continuidad, encadenados, una serie de movimientos de muy diversa procedencia y estilo, siempre con el cuarteto de cuerdas como música de cámara por antonomasia. El experimento se presentó bajo el título El elogio de la locura, más en el sentido que dio al término Erasmo de Róterdam, en referencia a los distintos estados de ánimo del ser humano, que en el de pérdida de la razón estrictamente.

Acostumbrados al excelente trabajo que el cuarteto despliega cuando de expresar emociones se trata, aunque a veces eso no vaya siempre acompañado de una técnica impecable, y teniendo en cuenta la cantidad de veces que ya habrán abordado el programa en otras plazas, sorprendió que la intención no acabara de dar los frutos esperados, que la emoción no llegara a calar en toda su extensión, quedándose todo en un frívolo y extravagante muestrario de intenciones.

Hay que tener en cuenta además que quien debe llevar las riendas de un cuarteto de cuerdas, el primer violín, no estuvo en esta ocasión especialmente inspirado. Lluís Catán exhibió un sonido heterogéneo, a veces incluso estridente y áspero, aunque eso no le impidiera exhibir virtuosismo de manera puntual. Por su parte, Jesús Miralles al violonchelo no logró imprimir al instrumento toda la fuerza y la presencia que requiere para dar cuerpo y volumen al conjunto. Así, con estos extremos poco lucidos, la impresión final que nos llevamos fue sorprendentemente decepcionante.

Un recorrido aleatorio por la historia del cuarteto de cuerda

La propuesta arrancó con unos acordes distorsionados del segundo movimiento de La muerte y la doncella de Schubert, para inmediatamente desplegar el coral Ich hab mein Sach Gott heimgestellt de Bach, en insólita transcripción para cuatro cuerdas, que se adaptaron bien al órgano a cuatro voces al que va originalmente destinado. A éste se encadenó el Mesto Burletta del Cuarteto nº 6 de Bartók, con el que los músicos se hicieron eco de una atmósfera cargada de tensión y obsesión, así como de una marcada tristeza, aunque esperábamos mayor énfasis en su gramática descarnada y abatida.

Cambio total de registro para abordar el adagio molto del Cuarteto nº 3 de Schumann, más calmado y amable, siguiendo la perfección formal clásica pero sin lograr hacer justicia a una de las páginas más sublimes y ensoñadoras del género. Faltó mayor nobleza y lirismo. Más agitado y aristado, la transcripción del lied Erlkönig de Schubert se benefició también de las cuatro voces convocadas, cada una de las cuales pareció abordar los distintos personajes que interactúan en la sola voz del cantante. De la Sonata a Kreutzer de Janácek interpretaron su tercer movimiento, un alegato contra la violencia machista ¡hace un siglo!, que describe la crisis provocada como un atizador de pasiones, pero que así, sacado de contexto, apenas alcanzó a plasmar otro abrupto cambio de estilo y registro.


De ahí a la Suite Lírica de Berg apenas se atisbó transición emocional, manifestando toda la desolación e intensidad dramática del adagio appassionato con una exhibición acertada del complejo entramado de los cuatro instrumentos. Otra transición de propia cosecha que no supimos identificar, más allá de parecernos la transcripción de algún tema pop, precedió a la amargura del allegretto furioso, piedra angular del Cuarteto nº 10 de Shostakóvich, del que los integrantes del Gerhard exprimieron toda su carga violenta y texturas casi sinfónicas, con un buen trabajo de Miquel Jordá a la viola.

En el tramo final reapareció La muerte y la doncella, pieza tan querida para el cine, siempre asociada al feminicidio en películas como la de Polanski, que toma el título del cuarteto y el poema en el que se basa, o Delitos y faltas de Woody Allen. A nuestro juicio, faltó una mayor dosis de tensión y tristeza en el desarrollo de este andante del Cuarteto nº 14 de Schubert, quedándose en una mera muestra de su belleza melódica, y recorriendo sus cinco variaciones con acierto desigual, desde la falta de músculo en los pizzicati del violonchelo, a las grotescas repeticiones de la tercera o un perfecto maridaje entre los violines de Catán y Judit Bardolet.

Siendo Beethoven el auténtico espíritu e inspiración formal del cuarteto tal como hoy lo conocemos, hubiéramos preferido que fuese él quien pusiera el punto y final a este catálogo, como estaba previsto. Sin embargo, ocupó el penúltimo puesto, y una vez más no se alcanzó a hacerle plena justicia, despachándolo con más oficio que verdadera inspiración. De nuevo, fuera de contexto, se perdió el concepto global de tan magistral pieza, algo que afortunadamente no sucedió con la pieza final, el andante cantabile del Cuarteto nº 1 de Chaikovski, cuya frescura melódica e ingenua seducción quedó bien plasmada por el Gerhard, pero se antojó un broche final flojo y deshinchado. Al final, ni nos convenció la parte técnica, ni mucho menos la intención expresiva y conceptual. Nada de esto fue óbice sin embargo para seguir confiando en la destreza y el magisterio de estos cuatro jóvenes intérpretes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 23 de marzo de 2026

RETRATO DE FAMILIA EN PERFECTA SIMETRÍA

Diálogos concertantes con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Michael Barenboim, violín y viola. Elena Bashkirova, piano. Programa: Sonatina para violín en la menor nº 2 Op.137 D.385 y Sonata en la menor para arpeggione y piano D.821, de Schubert; Sonata para violín y piano nº 1 en la menor Op.105 y Märchenbilder para viola y piano Op.113, de Schubert. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 22 de marzo de 2026


Sin duda alguna, la de este domingo en el Maestranza ha sido la cita estrella del ciclo Diálogos concertantes que celebra con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Se trata de Michael Barenboim, el excelente violinista hijo del ilustre fundador, y su madre, Elena Bashkirova, segunda esposa del pianista y director de orquesta, israelí de origen ruso, una mezcla sin duda explosiva que demuestra que hay muchos y muchas que no se dejan arrastrar por el fango de la infamia. No olvidemos que la fundación trata de llevar la paz a los territorios hostigados, acercando a palestinos e israelíes, un objetivo cada vez más lejano y frustrado.

No estaba asegurada, pero todo corría a favor de que la compenetración fuera sobresaliente, y así fue, a pesar del toque algo mecánico y a menudo falto de vuelo lírico de la veterana pianista. Sin embargo, logró hacer con su hijo el tándem perfecto, controlando en la medida de lo posible su presencia en cada una de las piezas seleccionadas. El diseño del programa, en perfecta simetría, con el violín protagonizando la primera parte y la viola la segunda, se centró en páginas de enorme calidad, exuberante romanticismo y considerable melancolía, que madre e hijo llevaron por la mejor de las sendas posibles.


Barenboim exhibió un considerable virtuosismo en la Sonatina nº 2 de Schubert, con grandes intervalos y estimulantes crescendos y decrescendos que generaron máxima tensión. Siguió un encantador lirismo, fuertemente contrastado en el andante, así como un gran trabajo en armonía en el minueto, hasta desembocar en un elaborado allegro final que demostró el riguroso diálogo entre las partes convocadas.

Más enjundia tiene la Sonata para violín y piano nº 1 de Schumann que completó la primera parte, una hermosa página cargada de imperioso sufrimiento a pesar de lo mucho que se ha criticado al autor su torpe trabajo con el violín, a menudo cargado de graves. En manos de Barenboim, el primer movimiento sonó apasionado y a la vez sombrío. El allegretto central resultó discreto pero no falto de aliento poético, y el movimiento final, animado, sumamente melódico y de nuevo doloroso. Al sonido homogéneo y el fraseo flexible del violinista se sumó en todo momento la colaboración atenta y fiel de la consumada pianista.


Viola en mano, instrumento del que demostró también poseer un dominio técnico absoluto, comenzó la segunda parte del concierto con una obra de Schumann que se titula Ilustraciones de cuentos, un ciclo ensoñador, poético y definitivamente feliz. Barenboim hizo gala de lucidez y sensibilidad afrontando un diálogo melancólico, a veces enérgico, prestando atención a la fantasía y emotividad impresas en una página que concluye con una preciosa canción de cuna en la que brilló una gran compenetración entre ambos intérpretes.

Terminó como empezó, con Schubert, esta vez con su popular Sonata para arpeggione, obra de circunstancia para promover un instrumento efímero derivado de la viola da gamba, híbrido entre la guitarra y el violonchelo, que hoy se suele tocar al violonchelo. No obstante, a la viola Barenboim consiguió exprimir sus posibilidades melódicas, llenas de encanto y espíritu ensoñador, con una particular dulzura y la complicidad siempre a punto de Bashkirova. Luz y alguna que otra tiniebla se hicieron eco en esta expresiva y expansiva página que pone de manifiesto la enorme inventiva melódica de su autor, siempre bajo una articulación precisa, un fraseo flexible y poético, y una compenetración llena de sutileza y lirismo.

Fotos: Guillermo Mendo

domingo, 21 de diciembre de 2025

FASCINANTE CALEIDOSCOPIO MUSICAL

Música de cámara en Turina. Ilya Gringolts, violín. Lawrence Power, viola. Nicolas Altstaedt, violonchelo. Programa: Obras de Wolfgang Rhim, William Byrd, György Kurtág, William Alwyn, Henry Purcell, Roman Haubenstock-Ramati, Luigi Boccherini, Anton Webern, Sándor Veress, Jean Sibelius, Johann Sebastian Bach y Zoltán Kodály. Espacio Turina, sábado 20 de diciembre de 2025


El equipo técnico y artístico del Espacio Turina se adelantó a los Reyes Magos y nos regaló uno de esos conciertos que se quedan en la memoria para el resto de nuestros días, con tres no reyes magos pero sí sensacionales intérpretes unidos por todo lo que saben hacer en música, que es precisamente eso, todo. Aunque han colaborado juntos más de una vez, no forman entre sí un conjunto concreto, lo que nos invita una vez más a destacar el trabajo en equipo y la compenetración cuando no se trata de un trío, en este caso, convencional, sino tres excepcionales músicos unidos para la ocasión.

Con un programa ecléctico y variado, que tuvo como arranque y epílogo la Música para tres instrumentos de cuerda del prolífico compositor alemán Wolfgang Rhim, fallecido el año pasado, el trío de ases repasó sonoridades y expresiones de distinto calado, con especial énfasis en la música contemporánea y escalas en el barroco, el clasicismo y el romanticismo para poner en relación diversas estéticas y dar algún respiro al desasosiego generalizado que provocan los compositores del siglo XX programados para la ocasión. Fuertemente agitados, con una precisión extrema que se percibió a lo largo de todo el concierto, el trío llevó a la práctica los abundantes silencios y pausas que caracterizan el trabajo de Rhim, mientras pudo advertirse la furia desatada, especialmente por Altstaedt, quien se convirtió en un auténtico rompe cerdas de arco.

El alemán Nicolas Altstaedt es el único de los tres que ya conocía las virtudes del Espacio Turina, su idoneidad para la música de cámara. Fue en la edición más atrevida y complicada del Femás, en plena crisis de la pandemia, en marzo de 2021. Entonces interpretó de una sola tacada las seis suites para violonchelo de Bach, dejándonos a todos y todas boquiabiertas. Ahora, junto al violinista ruso Ilya Gringolts y el violista británico Lawrence Power, desgranaron con enorme compenetración, intensidad y concentración, un programa en el que destacaron las dinámicas marcadas y los fuertes contrastes de Signs, Games and Messages de György Kurtág, a punto de cumplir cien años, la muy expresiva y galopante gramática del trío de cuerdas del muy cinematográfico William Alwyn, la más impulsiva y a la vez esquemática de Roman Hardenstock-Ramati, o los mecánicos pizzicati de Webern.


Todos ellos alternados, sin interrupción, con los más amables acordes de Byrd, Purcell y Boccherini, leídos con idéntica pulcritud, capacidad de comunicación y apasionamiento con que abordaron las piezas más duras y complejas del pasado siglo. Hasta que unas imaginativas y espectrales onomatopeyas extraídas de La reina de las hadas, introdujeron los muy enrevesados y agresivos acordes del trío de cuerdas de Sándor Veress.

Con aires de fandango de la mano del
Timón de Atenas de Purcell, arrancó una segunda parte algo más distendida, en la que pudimos seguir apreciando el porte aristocrático de Power, el fraseo fluido y ágil de Gringolts y el empuje endemoniado de Altastaedt, en un recorrido que nos llevó a Sibelius, cuyo trío de cuerdas en sol menor disfrutó de una interpretación soberbia y descomunal, pura emoción de una extrema intensidad. Dos invenciones a tres voces de Bach sirvieron, en su brevedad, para reponernos del efecto catártico que nos dejó Sibelius, mientras la liturgia elegíaca de Kodály y el espíritu zíngaro de Veress y su Szatmári Táncok, nos prepararon para el fascinante broche final, el séptimo movimiento de la Música para tres instrumentos de cuerda de Rhim, pieza con la que se inició el concierto, que reza enérgico y al que el trío protagonista llevó hasta las últimas consecuencias, especialmente unos repetitivos y bruscos acordes finales alternados con elocuentes silencios que terminaron por hacer a un público extremadamente respetuoso estallar en entusiastas aplausos.

Fotos: Luis Ollero

domingo, 25 de mayo de 2025

CUERDA Y VIENTO PARA DESPEDIR TEMPORADA

Concierto nº 12 del ciclo de música de cámara de la ROSS 2024-25. Alexa Farré Brandkamp y Uta Kerner, violines; Alberto García Pérez, viola; Ivana Radakovich Radovanovich, violonchelo; Matthew James Gibbon Whillies, contrabajo; José Luis Fernández Sánchez, clarinete; Ramiro García Martín, fagot; Joaquín Morillo Rico, trompa. Programa: Octeto en Fa mayor D803, de Schubert. Espacio Turina, domingo 25 de mayo de 2025


Hace diez temporadas, el ciclo de música de cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla arrancaba precisamente con esta obra, ideal para combinar talentos de diversas familias orquestales, cuerda, viento madera y viento metal. Esta vez cierra la presente temporada como preámbulo de la que viene, donde se ha destacado la presencia de un mayor número de piezas que combinan cuerda y viento. La única intérprete que coincidió en esta ocasión y la del 2014 es la violinista Ute Kerner, pero de nuevo atisbamos los mismos inconvenientes, relacionados con la dificultad de diálogo que se presenta entre ambas familias instrumentales.

Matthew Gibbon apenas esbozó unas tímidas aunque simpáticas palabras en torno a una obra cuya complejidad y alcance merece una introducción más ilustrada. Apuntar que tocar en inglés se traduce por jugar para destacar el carácter juguetón de la pieza, es quedarse corto frente a la cantidad de matices que ofrece una obra magistral que poco o nada refleja la tortuosa vida por la que en esos momentos atravesaba Schubert, a poco de morir, arruinado económicamente, frustrado sentimentalmente y decepcionado a nivel artístico. Y sin embargo, capaz de escribir una pieza gozosa y llena de luz y esperanza como este octeto a imagen y semejanza del Septimino de Beethoven, tal como se lo solicitó quien le encargó el trabajo, el conde Ferdinand Troyer, clarinetista aficionado que buscaba una pieza para tocar en sus veladas musicales, de ahí la importancia del instrumento en prácticamente cada uno de sus seis movimientos.


Una obra de carácter intimista, a pesar de su aspecto a gran escala, lírica y gozosa, rica en melodía y color. Algo debió fallar sin embargo en esta nueva incursión de los y las músicos de la ROSS para que todo este gozo y encanto no llegara a transmitirse en su totalidad, llegando a convertirse en una larga secuencia de superposiciones tímbricas, algún que otro desencuentro, un trabajo más depurado en dinámicas y aislados apuntes de virtuosismo técnico que no llegaron a lo que de verdad importa, emocionar y contagiar con su optimista encanto.

Apenas fuimos capaces, a pesar del magisterio indiscutible de cada uno y una de sus ocho intérpretes, de apreciar el clima discretamente alterado, casi angustiado, de su primer movimiento, ni esa coda ensoñadora y poética que lo culmina. El adagio fue desarrollado con flexibilidad y pulcritud, pero sin atisbo de sincera emoción, ni ese efecto dramático que se le supone, a pesar del buen trabajo desarrollado por el clarinetista, José Luis Fernández Sánchez. Mejor el allegro vivace, dinámico y jovial, con otro buen trabajo en nómina, esta vez la violonchelista Ivana Radovanovich en el trío. Mucho mejor el tema y variaciones, extraído de un dúo de su ópera Los amigos de Salamanca, con protagonismo bien resuelto de cada una de las voces convocadas, especialmente el encanto desplegado por el clarinetista y el violín de Alexa Farré.

Poca melancolía nos provocó el minueto, donde destacó el buen oficio de Joaquín Morillo a la siempre difícil y comprometida trompa. Y, finalmente, inmejorable transición de la tormentosa introducción al alegre y desenfadado allegro final, potenciando el carácter de divertimento de una obra cuya creciente intensidad emocional no tuvo respuesta adecuada en una plantilla disciplinada pero escasamente motivada a tenor de los tibios y desiguales resultados.

Fotos: Marina Casanova

lunes, 7 de abril de 2025

LA MÚSICA HECHA EMOCIÓN CON UN CUARTETO DE LUJO

Diálogos concertantes en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Joaquín Riquelme, viola. Pavel Gomziakov, violonchelo. Juan Pérez Floristán, piano. Programa: Cuarteto con piano nº 1 en do menor Op. 15, de Fauré; Cuarteto con piano nº 3 en do menor Op. 60, de Brahms. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 6 de abril de 2025


Enfrentándonos a un concierto de estas características, no pudimos por menos que recordar aquellas grabaciones históricas, hoy tesoros imprescindibles, que reunían a nombres tan ilustres, por poner algún ejemplo, como los de Pablo Casals, Jacques Thibaud y Alfred Cortot, o los algo menos alejados en el tiempo Pinchas Zuckerman, Jacqueline Du Pré y Daniel Barenboim. Una forma de ver la ocasión que anoche nos brindó la Fundación Barenboim-Saïd como un lujo rara vez a nuestro alcance, y posiblemente a recordar en un futuro cercano. Los invitados a este tercer y último encuentro de excelente música de cámara en la Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, de la mano de dicha fundación, fueron el propio hijo de Barenboim, Michael, el violista murciano Joaquín Riquelme, integrante en la actualidad de la Filarmónica de Berlín, el ruso Pavel Gomziakov, de enorme proyección internacional, y el sevillano Juan Pérez Floristán, que no necesita presentación. Riquelme y Gomziakov ya intervinieron, por separado, en las dos anteriores entregas de este ciclo.

Cuatro intérpretes de lujo cuya capacidad de entrega y compenetración desdice cualquier teoría sobre que para hacer buena música de cámara es necesario constituirse en conjunto estable cuyo trabajo en equipo se encuentre consolidado desde la raíz. Por separado, estos cuatro intérpretes son unos fuera de serie, pero en formación de cuarteto son capaces de dar lo mejor de sí, por responsabilidad y por la experiencia cosechada a lo largo y ancho de este mundo. Son profesores puntuales en la Fundación, y sus clases magistrales pueden considerarse un privilegio para quienes las reciban y acaben convirtiéndose en los virtuosos del futuro.


En los atriles, un programa tan exigente que puede provocar en el intérprete una fatiga claramente visible. El Cuarteto nº 1 con piano de Fauré es su primera obra de cámara importante, siguiendo los modelos de Schumann y Brahms. Sus intérpretes se hicieron eco de su efusividad, desbordante pasión e ímpetu desde el primer acorde. Su allegro molto moderato sonó robusto y fornido, con ligeras y cromáticas aportaciones en la cuerda grave y un acompañamiento al piano tan variado como acertadamente rítmico, haciendo acopio de su flexible gramática, insinuante y suntuoso. Muy juguetón resultó el scherzo desde sus primeros acordes en pizzicato, tan sutil como seductor. El adagio fue tan lúgubre como enternecedor, siempre acertando en la expresividad justa, acentuando su clima sereno y ocasionalmente apasionado. Y el final alcanzó una intensidad torrencial, con una compenetración absoluta entre el teclado y la cuerda, en el límite del caos pero sin perder en ningún momento la claridad de las líneas melódicas. Especialmente sorprendente fue la habilidad y la elegancia con la que cada instrumento fue relevando en la melodía al anterior, en cascada, siempre desde el respeto y la consideración.

El Cuarteto nº 3 con piano de Brahms, terminado tan sólo cinco años antes que el de Fauré, aunque su origen data de veinte años antes, cuando un joven Brahms sufría supuestamente por el amor de Clara Schumann, combina el ardor juvenil con esa relativa calma adoptada en la madurez. Es el más bello de los tres que compuso, y también el más libre y personal, sólo motivado por la inspiración y la emoción. Su allegro inicial resultó tan trágico como sombrío y pesimista, con Floristán acentuando su carácter dramático. En el scherzo los cuatro se emplearon a fondo para destacar su ritmo vigoroso y épico, hasta alcanzar un final verdaderamente salvaje, fruto de esa compenetración absoluta aludida. Violín y viola se emplearon a fondo en el andante para destacar su carácter melódico y su nobleza de espíritu, con resultados tan emotivos como delicados. Las sombras reaparecieron en el allegro final, con Barenboim ofreciendo un primer tema lírico y amplio, en contrapunto con el más agitado teclado, así hasta alcanzar ese final liberador de todas las pasiones desarrolladas hasta el momento.

Fotos: Guillermo Mendo

lunes, 13 de enero de 2025

BARRAGÁN Y WENDEBERG, MAESTROS VIRTUOSOS

Diálogos concertantes. Pablo Barragán, clarinete; Michael Wendeberg, piano. Programa: Sonata para clarinete y piano Op. 120 nº 2, de Brahms; Selección de 24 preludios para piano Op. 11 (nos. 1-4, 8, 10, 20, 21-24); Sonata para clarinete y piano Op. 1, de Bernstein; Sonata para clarinete y piano FP 184, de Poulenc. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 12 de enero de 2025


Este pasado fin de semana nos ha acompañado una buena oferta de música de cámara, con los integrantes del prestigioso Cuarteto Quiroga presentando en el Espacio Turina un recorrido por el género desde Haydn a Bartók pasando por Beethoven, y los solistas de la Sinfónica de Sevilla adhiriéndose a la Ruta Turina con obras de Mendelssohn, Beethoven y el homenajeado. El broche final lo puso una nueva propuesta del Teatro de la Maestranza en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Para la ocasión la Sala Manuel García lució una nueva pantalla acústica que mejora ligeramente la proyección del sonido.

Se trata de aprovechar la presencia en nuestra ciudad de destacados solistas adscritos al programa académico de la fundación, ejerciendo así no sólo como maestros de las nuevas promesas sino también deleitándonos con su propia voz en conciertos tan agradables como el ofrecido este domingo. La idea es poner en sintonía obras de distinto calado técnico y sentimental en los que confluya algún detalle o matiz que las una, llevando a cabo así un doble diálogo concertante, el manifestado entre los instrumentistas y el que pone en comunicación a las obras programadas.

Muy querido en nuestra tierra, el marchenero Pablo Barragán, profesor de clarinete en la Fundación Barenboim-Saïd de Sevilla, y el apreciado y comprometido pianista Michael Wendeberg, profesor de la fundación en Berlín, ofrecieron un programa ecléctico y muy adecuado para apreciar sus virtudes. Ambos demostraron una compenetración envidiable, sobre todo teniendo en cuenta que no forman pareja profesional, que su colaboración en este caso atiende a cuestiones puramente coyunturales.

Las primeras obras en sintonía fueron la Sonata para clarinete y piano de Brahms y una selección de los veinticuatro preludios op. 11 de Scriabin, ambas compuestas en la misma época, a pesar de tratarse de la última pieza de cámara del alemán y una de las primeras del ruso, lo que lleva a estimar que el segundo heredó la fuerza y compostura romántica del primero mientras se adentraba en nuevos derroteros y un lenguaje propio y particular.

En la sonata de Brahms, Wendeberg exhibió una incómoda tendencia a la vehemencia, golpeando las teclas con ímpetu y a veces ensañamiento, lo que perturbó el carácter generalmente sutil y austero de la obra, así como el lirismo consecuente. Algo que no escapó a su compañero, capaz de mantener un control absoluto de la respiración a la vez que una expresividad etérea y un profundo lirismo desde el allegro amabile. Especialmente notable fue la compenetración de ambos en las variaciones que conforman el andante con moto final. La abundancia de elementos decorativos en el clarinete no fue inconveniente para que el sevillano desplegara toda su sabiduría técnica y expresiva.


En solitario, Wendeberg despachó una selección de once piezas de las veinticuatro que integran el opus 11 de Scriabin, sin respetar la alternancia entre modos mayor y menor que caracteriza el conjunto, y demostrando que la vehemencia apuntada en la obra anterior no fue casual. La suya es una forma desenfrenada, rápida y vigorosa de interpretar, y de eso se perjudicaron algunas de estas breves y delicadas piezas, que el alemán tocó no obstante con seguridad y confianza, con evidente virtuosismo pero lastrado en el apartado puramente poético. Minucioso en el control de la melodía y haciendo alarde de una precisa armonía, Wendeberg recorrió parte de este sensacional cuerpo con prisas y sin misterio, como se pudo observar en el preludio nº 10 en do menor. Su agradecida simpatía se tradujo en unas esforzadas palabras en castellano.

En el bloque final, dos sonatas con un dedicatario común, el clarinetista de swing y jazz Benny Goodman, protagonizaron una escapada fluida y jovial presidida de nuevo por una sincera compenetración, y de nuevo una primera obra, la de Bernstein, frente a la penúltima del segundo, Poulenc, y con el estadounidense como encargado en los sesenta de estrenar la del francés. Un tono ligero y desenfadado preside a las dos piezas, hábilmente defendidas por los intérpretes, especialmente en los ritmos jazz y latinos de la obra de Bernstein, y el vigoroso final de la de Poulenc. Terminaron de nuevo en perfecta sintonía con una petite pièce de Debussy cargada de encanto y sensualidad.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 28 de octubre de 2024

LOS MÚSICOS DE LA ROSS Y SU RÉQUIEM POR LA CULTURA

Concierto nº 1 del ciclo de cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Branislav Sisel y Gabriel Dinca, violines; York Yu Kwong y Jerome Ireland, violas; Gretchen Talbot y Alice Yun Shin Huang, violonchelos; Lucian Ciorata, contrabajo. Programa: Sexteto de cuerda en La mayor, de Dvorák; Metamorfosis para septeto de cuerda, de Strauss. Espacio Turina, domingo 27 de octubre de 2024


Este domingo pasado por la mañana, en el Espacio Turina, se celebró el primero de los conciertos que este año integran el ciclo de música de cámara de la ROSS. Lo hizo sin las presentaciones protocolarias que sí hubo en ediciones anteriores, y unas raquíticas y desganadas introducciones de las piezas a cargo de los dos violines convocados para la ocasión, Branislav Sisel y Gaby Dinca, que firmaba con éste su último concierto con compañeros y compañeras de la orquesta de la que él mismo fue miembro fundador, llegada la hora de su jubilación. Vaya por delante nuestra sincera admiración por los músicos convocados, obligados y obligadas a lidiar con estas dos difíciles partituras y con sus ensayos para la Gala Puccini del próximo miércoles y el estreno de Turandot la semana que viene. En los atriles, por un lado el Sexteto op. 48 de Dvorák, pieza con la que el bohemio pretendía rendir homenaje a su admirado Brahms siguiendo el esquema de su opus 18, y por otro Metamorfosis, una pieza de enorme solemnidad y conmovedora expresividad que Strauss compuso para conjunto de veintitrés instrumentos de cuerda, que aquí pudimos escuchar en la versión reducida para septeto del violonchelista Rudolf Leopold.

Muy diferente tenía que ser el espíritu con el que el conjunto afrontara cada pieza, tan diferentes en carácter. Sin embargo, la de Dvorák fue una interpretación endeble, de líneas imprecisas y volúmenes dispersos, que poco favor hicieron a la estética amable y distendida de la pieza. El allegro moderato inicial sonó destemplado y poco penetrante, sin brillo ni pasión. Mejor fue el poco allegretto en forma de dumka, una especie de triste balada de origen ucraniano, cuya melancolía típicamente eslava fue resuelta con mayor grado de satisfacción, frente a un scherzo en forma de furiant, danza eslava brava, que aunque bien ritmado y sincopado, no alcanzó la fuerza anunciada. Llegado el Tema con variaciones, nuestro interés había decaído considerablemente. Se repitieron las constantes del resto de la interpretación, con un primer violín puntualmente estridente, unos chelos apagados, y sólo la viola de Ireland destacando sobre el resto. Más se acertó en contraste y los frecuentes juegos polifónicos que ofrece la pieza.

Con Metamorfosis, Richard Strauss puso de manifiesto su profundo pesar por una cultura que se venía abajo, consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, con un episodio físico concreto, la destrucción de la Ópera de Munich. Pareció oportuna la interpretación de la pieza en un momento en el que también parecen tambalearse los pilares de una cultura cada vez más debilitada en manos de un sistema educativo que no parece ayudar a la reflexión. En este contexto esperábamos sentir ese desgarro que desprende la partitura, prácticamente en vano. Y no porque los siete músicos convocados no lograran plasmar cada pauta e inflexión de la partitura con una técnica impecable, incluidos unos violonchelos más entonados y unos violines menos ratoniles. La incorporación de Ciorata añadió más volumen y significado, pero no el suficiente como para despertar esa desazón imprescindible que destila una obra que, no en vano, culmina con una fatídica cita a la marcha fúnebre de la Heroica de Beethoven. Entre los aciertos, la luz con la que el conjunto abordó una zona central en la que se alzan los recuerdos alegres del pasado.

Foto: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 14 de febrero de 2024

CONCIERTO HILADO DE ANTÓN & MAITE PIANO DUO

Alternativas de cámara en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Antón & Maite Piano Duo: Antón Dolgov y Maite León, pianos; Programa: Le sacre du printemps, de Stravinski; En blanc et noir, de Debussy; El día y la muerte, de Fernando Remacha. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 13 de febrero de 2024


Juventudes Musicales de Sevilla
trae una temporada más la música de cámara al Maestranza de la mano de jóvenes intérpretes, artistas en ciernes o ya consagrados, con un álbum incluso en su haber, como es el caso de este dúo pianístico integrado por los jóvenes Maite León y Antón Dolgov. En torno a una obra que cayó en sus manos por influencia de sus maestros, El día y la muerte del hoy olvidado Fernando Remacha aunque llegó a ganar tres veces el Premio Nacional de Música, antes y después del franquismo, el dúo ha confeccionado un programa en el que la muerte está muy presente y sus autores se interrelacionan a través del respeto y la admiración que se profesaban. Con este programa están recorriendo algunas plazas del país, y como ganadores del 2º Premio de Juventudes Musicales en 2017, ayer tarde recalaron en Sevilla.

Una transcripción para piano a dos manos de La consagración de la primavera, del propio Stranvinski, sirvió para romper el hielo, con los intérpretes demostrando agilidad y una profunda compenetración, mimando los colores de tan icónica partitura, y bordando todas sus asperezas y delicadezas con ese sentido del ritmo que le sirve de fuerza impulsora, sin caídas de tensión y con la imprescindible disciplina que provoca un estudio concienzudo y una preparación responsable de la partitura. León y Dolgov supieron dosificar los momentos electrizantes de la pieza con aquellos más reflexivos, combinando con acierto sus disonantes armonías y esos bruscos saltos entre episodios que atesora la partitura. Lástima que esa misma concepción estética se mantuviera en la obra de Debussy, donde su estilo delicado y aparentemente frágil quedó desdibujado en favor de una fuerza arrolladora y vehemente quizás no acorde al espíritu de una pieza que Debussy compuso cuando padecía cáncer y sufría los avatares de la Gran Guerra. La pulsación clara y precisa de los pianistas dejó entrever su arquitectura de forma cristalina, pero ese presupuesto de que el blanco y negro del título haya de provocar la transformación en colores del oyente, no llegó a producirse, de forma que el vals enérgico del primer movimiento no resultó tan etéreo como debía, el lento del medio resultó algo superfluo, y sólo el scherzo final, que el autor dedicó a Stravinski, sonó más en estilo.


La pieza de Fernando Remacha recuperada por los propios integrantes del dúo, resultó una agradable sorpresa que no oculta su admiración por la música de Debussy. Muy activo durante la Segunda República, con piezas entonces populares como el ballet La maja vestida o el poema sinfónico Alba, resurgió tras una etapa dedicada a la música de carácter religiosa, en los años ochenta del pasado siglo, cuando recibió el tercero de sus tres Premios Nacionales de Música. En El día y la muerte, el compositor navarro se adelanta inconscientemente al minimalismo, algo que el dúo comprendió dando a su interpretación un carácter mecánico y autómata sólo interrumpido por puntuales estallidos de melodía y color, y una zona central más ajetreada que también superaron con evidente sentido de la técnica. Su definitiva demostración de virtuosismo llegó de nuevo a dos manos con una propina en forma de agitado ragtime con incisiones relajadas y algún toque tropical en el que además se dieron citas numerosas bromas en forma de besos, silbidos y percusión sobre la madera del piano.

Fotos: Guillermo Mendo

domingo, 11 de febrero de 2024

DIOTIMA REPRODUCE LOS COLORES Y TEXTURAS DE LIGETI

Cuartetos de cuerda en Turina. Quatuor Diotima: Yun-Peng Zhao y Léo Marillier, violines. Franck Chevalier, viola. Alexis Descharmes, violonchelo. Programa: Cuartetos de cuerda nº 1 “Métamorphoses nocturnes” y nº 2; Andante y Allegretto para cuarteto de cuerda, de Ligeti. Espacio Turina, sábado 10 de febrero de 2024


Antes de asistir desde casa al escarnio y la vergüenza que nos ha suscitado la lluvia de Goyas a La sociedad de la nieve, un film que sin duda merece varios reconocimientos, ¡pero no todos!, frente a la desolación de un film tan hermoso como Cerrar los ojos, a nuestro juicio la mejor película del año, firmada por un imprescindible de nuestro cine como es Víctor Erice, nos acercamos al Espacio Turina obligados por una cita imprescindible e ineludible, que tampoco logró el reconocimiento que merecía. Porque no dejamos de asombrarnos con la escasa afluencia de público que concitan propuestas tan lujosas como la que ayer nos hizo este ya emblemático espacio. Poder disfrutar de un cuarteto tan prestigioso como el Diotima, y hacerlo además con un programa tan seductor como la integral de obras para cuarteto de cuerda de Ligeti, merecía una mayor respuesta de público, que paradójicamente llena las matinales de cámara de la Sinfónica, lo cual nos parece estupendo, pero no nos ayuda a comprender por qué estas otras manifestaciones cuentan con tan poco apoyo. La respuesta creemos volver a encontrarla en la querencia de esta ciudad por los espacios, el cine en versión original sólo en el Avenida, la música mejor en el Maestranza, y sobre todo en la ignorancia, aunque un poco más de promoción también podría funcionar. Además, estamos celebrando este año el centenario de Ligeti, y sólo el Espacio Turina y Juan García Rodríguez parecen haberse hecho eco de esta importante efemérides, tras la interpretación que Zahir Ensemble hizo en octubre pasado del Concierto para violín y orquesta, y más tímidamente esas Metamorfosis que abrieron la temporada de la Sinfónica Conjunta.

Lo cierto es que no debió llegar al centenar las personas privilegiadas que disfrutaron anoche de un concierto tan fundamental como el que el Cuarteto Diotima ofreció desgranando como nadie mejor que ellos actualmente saben hacer, el universo sonoro de un compositor esencial del pasado siglo, György Ligeti, ofreciendo además una visión bastante completa y compleja de su trabajo, con carácter eminentemente progresivo, ya que pasamos de un primer cuarteto, ya atrevido y vanguardista pero todavía fijo en las influencias que Bartók o Berg hicieron en su caligrafía, al otro, inmerso ya en un estilo propio y rompedor, donde el color se erige en protagonista absoluto y su técnica de la micropolifonía ha alcanzado la perfección. Como bisagra una obra de juventud más atenta a la herencia clásica y condescendiente con la estética imperante en su Hungría natal entonces, tan aislada de Occidente e incluso del resto de países enmarcados dentro del telón de acero.


Los cuatro integrantes del Diotima exhibieron desde la primera a la última nota una seguridad y una confianza digna de sus talentos. Crispación sin estridencia fue lo que más caracterizó a un primer cuarteto tocado con tanto sentido de la responsabilidad como de la excelencia técnica. Fruto sin duda de un trabajo concienzudo, la suya fue una recreación de este complejo y difícil cuarteto desde la atención más absoluta, la suya y la que fueron capaces de conseguir de nosotros y nosotras. Inspirado en los cuartetos números 3 y 4 de Bartók y en las Variaciones Diabelli de Beethoven, otro de sus grandes referentes, la obra plantea un juego cromático y de texturas al que resulta muy difícil adaptarse con éxito. El Cuarteto Diotima lo logró con una capacidad absoluta para recrear sus pasajes más agitados, haciendo gala de controlar perfectamente el caos, y los más refinados, como ese tiempo de vals que protagoniza uno de los pocos momentos amables de la pieza, o el inquietante pizzicato que informa el subito prestissimo. Tan implacables en los ataques más desatados como refinados y exquisitos en los acordes más sinuosos, el resultado final fue de los que dejan sin aliento, convencidos de haber tenido el privilegio de escuchar esta sensacional obra en manos de los mejores especialistas.

Tras una obra de juventud, escrita para el examen final en la Academia Franz Liszt de Budapest, con un lenguaje todavía tradicional y convencional, el Andante y Allegretto que Diotima desgranó con sentido del volumen y gracia para transmitir su carácter amable y distendido, el Cuarteto nº 2 se erigió en toda una experiencia sensorial. Aquí el juego cromático se convierte en perfección sonora, y las texturas cobran una especial relevancia, obligando a los giros, inflexiones y sonoridades más complejas e inimaginables en unos instrumentos tradicionales y nada preparados ni intervenidos. Cada movimiento refleja una realización diferente de la misma idea básica, con voces y texturas a veces fluidas y otras mecánicas, como ese movimiento central en pizzicato arrítmico que Diotima convirtió en toda una lección de contraste y volumen. Con un control ejemplar del sonido y de ese estilo particular expresionista y ultracongelado, como le gustaba definirlo a su autor, la experiencia acabó calando en un público que exhibió además ese respeto absoluto y dedicación total, traducida en silencio sepulcral, que demandamos siempre en este tipo de exhibiciones. Como propina, un arreglo de la Bagatela nº 1 para quinteto de viento, puso la guinda final y sirvió para relajar con sentido del humor la infinita inquietud que nos dejó la magistral interpretación del Cuarteto nº 2, y de todo el programa en general.

domingo, 21 de enero de 2024

DIÁLOGOS CARGADOS DE EMOTIVIDAD

5º Concierto del XXXIV Ciclo de Música de Cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexa Farré Brandkamp y Pablo Flores Regidor, violines. Ariadna Boiso Reinoso, viola. Claudio R. Baraviera, violonchelo. Miguel Domínguez Infante, clarinete. Programa: Crisantemi, de Puccini; Movimiento de cuarteto de cuerda en Fa mayor B120, de Dvorák; Quinteto para clarinete y cuerdas Op. 115, de Brahms. Espacio Turina, domingo 21 de enero 2024

Foto: Marina Casanova

La quinta cita del ciclo de cámara de la ROSS de esta temporada estuvo marcada por el fallecimiento el último día del pasado año del excelente clarinetista de la orquesta Piotr Szymyslik. A él dedicó el concierto el también clarinetista y compañero Miguel Domínguez Infante, con palabras de gran sentimiento y sensibilidad que destacaron el carácter jovial y distendido del músico desaparecido, y nos invitó a recordarlo no a través del espíritu de la primera obra programada, sino más bien del carácter amable y relajado, además de puntualmente enérgico, de la última. Y es que en efecto, Crisantemi de Puccini es una obra que el compositor de Lucca compuso a la muerte de su amigo Amadeo de Saboya, que fue rey de España, breve y tan polémico que abdicó provocando la proclamación de la Primera República. Tras su regreso a su país, Italia, falleció de una neumonía en 1890. Puccini le dedicó inmediatamente esta pieza titulada así en referencia a la connotación fúnebre que los crisantemos tienen en Italia.

Aunque es más conocida en su versión para orquesta de cuerdas, y así la utilizó convenientemente adaptada Alex North para la película de John Huston El honor de los Prizzi, los solistas de la ROSS la interpretaron en su versión para cuarteto de cuerdas, todo un detalle y una oportunidad para disfrutarla en su concepción original. La respuesta del conjunto no pudo ser más emotiva y delicada, con Alexa Farré definiendo ya desde esta primera pieza su carácter dominante y exigente, y un seguimiento del resto elocuente y disciplinado, impecable desde el punto de vista técnico, fluido y emocionante desde el más puramente expresivo. El allegro vivace B120 de Dvorák se conservó en estado de manuscrito hasta que fue publicado en 1951, como primer movimiento de un cuarteto de cuerda que el compositor bohemio compuso en 1881 para el conjunto de su amigo Joseph Hellmesberger, y abandonó cuando sólo quedaba añadirle algunas precisiones para las partes del segundo violín y la viola. El espíritu solemne y apesadumbrado de la pieza de Puccini dio paso a otro más afable y desenfadado, cargado de emotividad, que los intérpretes resolvieron con sentido del diálogo y la transparencia.

Ambas piezas, sin menospreciar su belleza y oportunidad, sirvieron como aperitivo del Quinteto para clarinete en si menor de Brahms, plato fuerte del programa y crisol de las virtudes de cinco músicos entregados en cuerpo y alma a la delicada empresa. Este trabajo soberbio, lúcido y consumado logro de arquitectura musical, encontró en Domínguez Infante un traductor de lujo, siempre preciso no sólo en el virtuosismo técnico que demanda la pieza, sino también en su flujo emotivo sobrado de amabilidad y honda sensibilidad. Su atmósfera melódica quedó bien plasmada desde el allegretto inicial, con el clarinete suave y sus ideas fluyendo graciosamente en el acompañamiento de cuerda. El acento elegíaco de Crisantemi emergió de nuevo en el adagio del quinteto de Brahms, con el solista potenciando su carácter rapsódico y ornamentando de forma exquisita. El conjunto optó por imprimir al andantino un aire algo más áspero que el resto, pero siempre prestando especial atención al diálogo fluido y la compenetración más absoluta, algo que se hizo también patente en el con moto final, prodigio de agilidad, sin descuidar su envolvente aire festivo, hasta que en la cuarta variación y después de un elocuente silencio, todo vuelve al espíritu amable y relajado que define la pieza, con el que encontró oportunidades de lucimiento el primer violín, expresivo y profundo incluso al apianar, con respuestas tan efectivas como sensitivas de Flores Regidor al segundo violín y Boiso Reinoso a la muy sedosa viola. El violonchelo de Baraviera puso músculo a este inmenso nocturno de aires nostálgicos que es el Quinteto Op. 115, de final tan aparentemente espontáneo como despiadado en su formulación sombría y vacilante.