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sábado, 13 de diciembre de 2025

DUTOIT, LA ROSS Y UNA AUSENCIA SUPERADA CUM LAUDE

Gran Selección. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Jean-Efflam Bavouzet, piano. Charles Dutoit, dirección. Programa: Obertura El carnaval romano Op. 9, de Berlioz; Concierto para piano en sol mayor, de Ravel; Sinfonía nº 9 en mi menor Op. 95 “Del nuevo mundo”, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, viernes 12 de diciembre de 2025


Cada vez que se programa a Martha Argerich, surge la duda de si llegará a buen término la propuesta, tal es la fama que tiene de faltar a sus compromisos. Que esta vez se tratara de una gripe, teniendo además en cuenta su avanzada edad, no nos libra de sospechar otra desgana de la célebre pianista, pues son ya cuatro las veces que ha faltado a su cita sevillana, las dos primeras hace mucho tiempo, y las otras dos el año pasado y ahora. Pero eso no justifica la desbandada de público, que pasó del lleno absoluto a una considerable cantidad de huecos en todas las zonas del Maestranza.

Sólo el postureo, poder decir que se ha visto y escuchado a la Argerich, podría justificarlo, y eso resulta bastante triste y miserable. Al fin y al cabo, el programa seguía siendo el mismo, precioso aunque recurrente, y la presencia de Charles Dutoit al frente de nuestra sinfónica debía merecer toda nuestra atención e ilusión. La ROSS necesita de vez en cuando que grandes nombres la dirijan. Las temporadas de abono se nutren de muy buenas batutas, pero la orquesta necesita para su proyección y para descubrir un mayor potencial, aquellos grandes nombres que con iniciativas como ésta puedan ir situándola en estadios de mayor calado y categoría.

La desbandada de ayer fue un insulto a la orquesta, al teatro y a un director tan ilustre, afamado y legendario como Charles Dutoit, no digamos al estupendo pianista que sustituyó a la Argerich, y que gracias al merecidísimo largo aplauso que recibió del público asistente, podrá cosechar un buen recuerdo de esta ciudad, a veces tan ingrata como para incumplir sus obligaciones con la cultura, evidenciando de paso su ignorancia.

Control y dominio raveliano

Charles Dutoit respetó la disposición habitual de los y las integrantes de la orquesta. Tras una efusiva, delirante y divertida obertura de Berlioz extraída de pasajes de su ópera Benvenuto Cellini, bajo el título de El carnaval romano, en la que Dutoit evidenció su buena forma y propensión a sacar músculo y lograr un sonido compacto y matizado de la orquesta, llegó el turno del generoso pianista también francés.


Jean-Efflam Bavouzet está reconocido como un especialista en Ravel, por lo que su elección para interpretar el Concierto en Sol de Ravel no pudo ser más acertada. De hecho, la suyo fue una interpretación depurada, meditada y profundamente intelectual de la pieza. Tocó de memoria, como Dutoit, que no necesitó partitura en ninguna de las tres piezas del concierto. Fue rotundo, enérgico y contundente sin resultar mecánico ni forzado, en el allegro inicial, que Duotit entendió como una gran broma musical, juguetón a base de alegres toques de tambor, y con un solo hipnótico y alucinante del arpa, que Daniela Iolkicheva logró hacer sonar en pianissimo con efectos fantasmagóricos. No faltó ese toque jazzístico que impregna la partitura, a la que Bavouzet se adaptó con mucha frescura y naturalidad.

En el adagio, Bavouzet defendió su larga introducción con sensibilidad y muy buen gusto, sin resultar empalagoso, a lo que el corno inglés de Sarah Bishop se adhirió con una capacidad poética indiscutible. Atento a cada cambio de registro, el pianista francés sacó brillo de cada nota de esta preciosa y evocadora página musical. El presto final fue un dechado de fuerza, energía y efusividad, que Duotit manejó con maestría y sentido dinámico, a lo que la orquesta respondió con marcados acentos y ese sonido de la cuerda grave tan característico que tanta personalidad le otorga. En la propina, Bavouzet interpretó un Preludio en la menor seguido de la tocata de Le tombeau de Couperin en la que dejó constancia de su vertiginoso virtuosismo y fuego interno.


Una Sinfonía del nuevo mundo en modo narrativo

Tanto el concierto de Ravel como esta Sinfonía nº 9 de Dvorák son piezas muy difundidas y frecuentemente interpretadas. Pero son tan maravillosas que se podrían escuchar en bucle sin cansarse. Nuestra orquesta no es la excepción, y la del nuevo mundo la ha interpretado infinidad de veces. Lo sorprendente es que todavía se puedan descubrir nuevas cosas merced a una interpretación tan matizada y lujuriosa como la que nos brindó Dutoit al frente de una muy estimulada Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.

Con unos metales que, a excepción de alguna breve entrada en falso, resultaron épicos y refulgentes, todo el recorrido por la sinfonía de Dvorák resultó una fiesta para los sentidos, que comprobaron no sólo la grandeza de su literatura estrictamente musical sino también su particular narrativa, de forma que en las manos expertas de Dutoit cada movimiento parecía contarnos una historia, como si lograra extraer de la música un significado intrínseco, una fuerza interior que alimentara nuestros instintos. Algo que el director logra dirigiéndose a los y las intérpretes de forma directa, como si hablara con ellos y ellas, mirándoles fijamente y exigiéndoles ese máximo rendimiento con el que nos regalaron una página inolvidable e irrepetible de su orgullosa carrera.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 17 de noviembre de 2025

SENSACIONAL ENCUENTRO CON ANTONIO PAPPANO Y MARÍA DUEÑAS

Gran Selección. Chamber Orchestra of Europe. María Dueñas, violín. Antonio Pappano, dirección. Programa: Sinfonía Española para violín y orquesta Op. 21 en re menor, de Lalo; Danzas eslavas Op. 46, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, domingo 16 de noviembre de 2025


No deja de ser curioso que una orquesta que nació en el seno de la Unión Europea a partir de jóvenes formados en la orquesta juvenil de la comunidad, tenga su actual sede fiscal en el Londres del brexit. Tampoco deja de ser curioso que el próximo febrero nos visite la Sinfónica de Londres sin su actual director titular, que no es sino Antonio Pappano, justamente quien sí vino anoche a regalarnos un concierto para el recuerdo, responsabilidad también de la tercera estrella en discordia, María Dueñas.

Descubrimos a la joven violinista granadina en su ciudad natal durante el Festival de Música y Danza de 2020, cuando salíamos de la pandemia. Se trataba entonces de una chica de apenas diecisiete años de quien se hablaban maravillas pero cuyo mérito todavía nos quedaba por descubrir, hasta que escuchándole en el concierto de Beethoven, acabamos considerando el suyo un talento sobrenatural.

Ahora se encuentra de gira con Pappano y la COE con un mismo programa. Estuvo en Valencia, Madrid y Zaragoza, y ahora emprende viaje a Italia, Alemania y Austria. Tenerlos a todos y todas aquí ha sido un auténtico privilegio, después de tantos años admirando la maestría del director, fundamentalmente en la ópera, y muy especialmente de la mano de su favorito, Puccini.

Una joven con voz propia

Puede que en aquel verano de 2020 María Dueñas todavía estuviera buscando su propia voz, aunque a nosotros ya nos pareció entonces extraordinaria. Sin embargo todo es susceptible de mejora, por eso la suya fue una interpretación de la Sinfonía española de Lalo de una madurez expresiva increíble, huelga añadir también técnica. Mediática como la mayoría de su generación, hordas estudiantiles invadieron un Maestranza rebosante de juventud. Puede que fueran ellos y ellas quienes propiciaran tantos aplausos fuera de lugar, aunque algún día tendremos que reflexionar si lo de evitar aplaudir, por ejemplo entre danzas, no deja de ser mero protocolo. Aún así, no podemos negar que a Pappano pareció incomodarle.


Esta suite concertante de Lalo es sin duda una de las más celebérrimas piezas concebidas para lucimiento extremo del o la solista, que sigue la estructura e intención inaugurada en Harold en Italia de Berlioz, curiosamente escuchada hace apenas dos semanas en el cuarto programa sinfónico de la ROSS. Se trata de una obra que sigue el uso extendido en la época de motivos presuntamente españoles para crear una atmósfera de ensoñación y exotismo genuino. Dueñas se hizo dueña, valga la redundancia, de la pieza, con un sonido robusto, endiabladamente enérgico y sensualmente melodioso de principio a fin, deleitándose especialmente en los ritmos de habanera que frecuentan la partitura.

Nos encogió especialmente el corazón su forma de abordar el andante, casi como un lied, lírico y sombrío a la vez, sin abusar del estilo zíngaro con el que lo despachan otros violinistas. Sin partitura, la joven hizo alarde de un control absoluto del instrumento, un color y un temperamento perfectos para la ocasión, fraseo impecable y dominio del sonido, tan grueso como delicado según correspondiese. Pappano extrajo de la orquesta un sonido poderoso ya desde el arranque, con metales autoritarios y una cuerda siempre adherida a la solista, con quien comulgó hasta el final, llegando en la propina, el recurrente Cant dels ocells, arreglado para violín y orquesta de cuerda, a la sublimación de la emoción, sin Pappano como mediador. En una segunda propina, Dueñas volvió a hacer alarde de un virtuosismo extremo y un temperamento rompe arcos.


Danzas robustas pero elegantes

Y del nacionalismo español a través de la mirada gala, pasamos al genuino nacionalismo checo de la mano de Dvorák y el cuerpo que le hizo popular en su etapa más joven, las Danzas eslavas Op. 46. Melodías muy pegadizas, todas originales, y dominio del ritmo y el carácter festivo del conjunto. Fue como asistir al Concierto de Año Nuevo de Viena, que inexplicablemente el director británico de origen italiano nunca ha dirigido, a pesar de que algunas batutas han repetido más veces de las que debieran.

El carácter eminentemente popular y aparentemente despreocupado de las piezas nos hizo albergar esta sensación, potenciada por el hecho de que, como en las obras de Strauss y compañía, merecen interpretarse con esa combinación de elegancia y carácter festivo que demandan, a todo lo cual se ajustó el director con la complicidad absoluta de una orquesta de la que es director honorario. Como propina, añadió la segunda de las danzas del segundo cuerpo, el opus 72, pura delicadeza al servicio de una inventiva melódica insuperable, a la que se ajustó una interpretación sobresaliente.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 17 de octubre de 2025

LOS EXTREMOS TÉRMICOS DE SHISHKIN Y ALBIACH

Concierto nº 2 del Ciclo Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dmitry Shishkin, piano. Álvaro Albiach, dirección. Programa: Polednice Op. 108 B.196 y Sinfonía nº 7 en re menor Op.70 B.141, de Dvorák; Rapsodia sobre un tema de Paganini en la menor Op.43, de Rachmáninov. Teatro de la Maestranza, jueves 16 de octubre de 2025


Aunque el programa se anunció como Sinfonía eslava, acentuando el origen checo y ruso de los compositores convocados, lo cierto es que fue la influencia británica la que estuvo más presente en las partituras seleccionadas. La séptima, primera de las tres sinfonías que culminan con magisterio y brillantez el catálogo sinfónico de Dvorák, fue un encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres que el compositor asumió intentando sustraerse al espíritu bohemio que se le suponía, para adaptarse a las corrientes germanas que tanto admiraba, especialmente su muy admirado Brahms.

La famosa rapsodia de Rachmáninov fue su último trabajo concertante para piano y orquesta, compuesto ya en su exilio estadounidense y plegándose a un estilo musical ampliamente abrazado en las islas británicas, tan apreciable por ejemplo en las composiciones cinematográficas inglesas de la época. La tercera de las piezas programadas fue quizás la que mejor respondió al espíritu convocado; eso y el carácter profundo, serio y tan sumamente mecanizado del pianista invitado.

Más técnico que emotivo

Si hay algo que caracterice a la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmáninov, además de su popularidad, lo que le ha llevado a ser programada en multitud de ocasiones, es su efusividad lírica y su extrema elegancia. Extraer estas virtudes de la partitura exige una expresividad poética y un lirismo que el joven ruso Dmitry Shishkin no fue capaz de poner en práctica, al menos en toda su amplitud.

Cabía esperar que el pianista hiciera gala de su escuela y tradición, pero no de manera tan extrema, como si retrocediéramos varias décadas. Arrancó nervioso e incluso algo inseguro, pero rápidamente se corrigió y se limitó a ser endiabladamente rápido, vertiginoso, a lo que Álvaro Albiach se plegó con acierto y profesionalidad. No cabe reprocharle sentido de la vitalidad y de la variedad de estilos y ritmos que la pieza atesora, pero no fue capaz de insuflarle esa riqueza lirica que contienen algunas de sus variaciones, especialmente la archiconocida y casi milagrosa número 18, que nos emocionó más en manos de la orquesta, bajo el lirismo que fue capaz de transmitir la batuta, que en el mecanicismo frío y distante de Shishkin.

El pianista es un auténtico entusiasta, como demostró ofreciendo sin tener que insistirle dos propinas, una de ellas con la técnica virtuosa y enfervorecida que le exige Prokofiev. Acertó más con las sonoridades sombrías que con las más dolientes de las variaciones, y no se le puede negar que estuviera a la altura en las efervescencias rítmicas que contiene la partitura, pero incluso entonces echamos en falta algo más de drama e intensidad emocional.


Una batuta intensa y dramática

En las antípodas de la frialdad rusa estuvo la fogosidad del director valenciano, que con ayuda del concertino asistente Juho Valtonen edificaron un Dvorák efusivo e intensamente dramático, primero con el poema sinfónico La bruja del mediodía, en el que fue perfectamente apreciable la narrativa de este tétrico cuento tradicional checo, lo que no es fácil porque tampoco el autor lo dejó meridianamente claro. A fuerza de contrastes y acentos, y unas transiciones tan medidas como suaves, Albiach logró una exposición brillante de la pieza, destacando el trabajo de las maderas, imponentes cuando el terrorífico personaje acecha, casi anticipándose a las corrientes expresionistas que aún tendrían años que esperar para imponerse.

Pero fue sobre todo en la magistral Sinfonía nº 7 donde pudimos apreciar un trabajo tan intenso y profundo del director y la orquesta, observándose claramente la intención de Dvorák respecto al universo brahmsiano. Una enorme carga de energía se adueñó del allegro maestoso inicial, con un tratamiento épico soberbio y un trabajo sobresaliente de los metales. Muy inspirado e igualmente ardiente resultó el poco adagio, con una excelente incursión de las trompas en ese sorprendente pasaje wagneriano central. Albiach supo extraer toda la carga poética de esta preciosa página, para a continuación mostrar el ritmo y la dicha del scherzo-vivace, única concesión clara a los orígenes del autor, y finalizar con un ardor exacerbado y dramático en el allegro final a ritmo de marcha, desembocando en una explosión de majestuosidad y optimismo.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 25 de febrero de 2025

ANDRIS NELSONS Y LA GEWANDHAUS DE LEIPZIG, SENSACIONALES

Gran Selección. Leipzig Gewandhausorchester. Andris Nelsons, dirección. Christiane Karg, soprano. Programa: La rueca de oro Op. 109, de Dvorák; Sinfonía nº 4 en Sol mayor, de Mahler. Teatro de la Maestranza; lunes 24 de febrero de 2025


No podía ser de otra manera, la orquesta que debe su nombre al almacén de ropa en el que se construyó la primera sala de audiciones de Leipzig, ofreció anoche una de las citas imprescindibles de una temporada del Maestranza abundante en ellas. Lástima que el público no lo comprendiera así y dejara la oportunidad de que la taquilla colgase  “no quedan localidades”. Demasiados huecos en la sala para tan trascendente ocasión.

Al frente de la considerada orquesta más antigua del mundo, Andris Nelsons, uno de los más admirados directores de orquesta de la actualidad, capaz de simultanear, y a veces hasta combinar, su tarea frente a este legendario conjunto y la Sinfónica de Boston, dejando siempre una impronta inimitable en sus calculadas interpretaciones.

La de ayer no fue una excepción, y así lo experimentaron quienes tuvieron el acierto de asistir a lo que sin duda ha sido un reto para el equipo directivo del Maestranza, teniendo en cuenta que sus otras dos únicas actuaciones en España tendrán lugar hoy y mañana en Madrid, donde organizado por Ibermúsica, el precio de cada entrada dobla al de Sevilla.

Oro en los atriles

Seguir el argumento del escabroso cuento de Karl Jaromir Erben La rueca de oro, a través de la pura música programática que a tal efecto compuso Dvorák, es sin duda una delicia, especialmente si la batuta y los efectivos orquestales rinden a tan excelente nivel. La claridad y la contundencia con la que Nelsons mimó dicha partitura, hizo posible este feliz desplazamiento por tan maravillosa partitura.

Sólo la exposición de los instrumentos, con los violines enfrentados, violas y violonchelos en el centro y contrabajos en el extremo izquierdo, permitió unos juegos dinámicos y unos efectos acústicos de absoluta magia y ensoñación, que Nelsons dosificó además con precisión y altura de miras hasta conseguir una interpretación impecable y envolvente, puro enganche de principio a fin.

Otro acierto fue combinar sin fisuras y con una elegancia absoluta los resortes fantásticos de la partitura con aquellos de mayor calado rústico y popular. Especialmente sorprendente fue el trabajo de los metales, nunca agresivos ni estridentes, como si una mesa ecualizadora los controlara. El paso frecuente de lo más idílico a lo más trágico fue otra de las pautas de distinción de esta portentosa interpretación del tercero de los poemas sinfónicos que compuso el autor checo.

Mahler desde las entrañas del cielo

Si hace algo más de tres años Soustrot nos brindó una excelente interpretación de la Cuarta de Mahler, con su habitual sentido de la elegancia y la mesura, la que ayer nos ofreció Nelsons superó cualquier expectativa, logrando esa atención permanente que convierte una interpretación musical en toda una fascinante experiencia sensorial. El letón rubricó una interpretación entre vigorosa y delicada de la obra, sin llegar nunca a lo empalagoso ni la pura exaltación.


Con un sentido muy agudo de las proporciones, la suya combinó la gracia pastoral con el vigor incisivo, y una cierta inestabilidad a través de la cual se alternan y a veces superponen ironía y serenidad, certidumbre y duda. Sin abandonar nunca la esencia de la infancia, acertó en el trabajo con las texturas y las melodías del allegro inicial, el toque ligeramente diabólico del segundo movimiento, con un trabajo eficaz del primer violín, incluido cambio de instrumento afinado más alto. Todo ello sin abandonar en ningún momento el carácter ingenuo de una música que ensalza la visión que del paraíso pueda tener la niñez, lo que no deja de ser morboso.

Lástima que el estremecedor adagio quedara enturbiado por las impertinentes y a menudo evitables toses, siempre atentas al efecto llamada. Aún así fuimos capaces de dejarnos seducir por tan espiritual propuesta, que culminó con una apoteósica y majestuosa visión de ese cielo imaginado.

Sin apenas pausa, la soprano Christiane Karg entonó el cuarto movimiento con una voz de hermoso timbre y adecuada proyección, dotándola de la expresividad justa para ahondar en esa felicidad y serenidad que potencian las palabras del lied de Das Knaben Wunderhorn que le sirve de base, sin por ello dejar de transmitir esa desazón siempre presente en la muerte, por mucho cielo con el que se nos quiera consolar. Desde luego, más paraíso que disfrutar de tan excelso concierto, no se nos ocurre.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 28 de octubre de 2024

LOS MÚSICOS DE LA ROSS Y SU RÉQUIEM POR LA CULTURA

Concierto nº 1 del ciclo de cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Branislav Sisel y Gabriel Dinca, violines; York Yu Kwong y Jerome Ireland, violas; Gretchen Talbot y Alice Yun Shin Huang, violonchelos; Lucian Ciorata, contrabajo. Programa: Sexteto de cuerda en La mayor, de Dvorák; Metamorfosis para septeto de cuerda, de Strauss. Espacio Turina, domingo 27 de octubre de 2024


Este domingo pasado por la mañana, en el Espacio Turina, se celebró el primero de los conciertos que este año integran el ciclo de música de cámara de la ROSS. Lo hizo sin las presentaciones protocolarias que sí hubo en ediciones anteriores, y unas raquíticas y desganadas introducciones de las piezas a cargo de los dos violines convocados para la ocasión, Branislav Sisel y Gaby Dinca, que firmaba con éste su último concierto con compañeros y compañeras de la orquesta de la que él mismo fue miembro fundador, llegada la hora de su jubilación. Vaya por delante nuestra sincera admiración por los músicos convocados, obligados y obligadas a lidiar con estas dos difíciles partituras y con sus ensayos para la Gala Puccini del próximo miércoles y el estreno de Turandot la semana que viene. En los atriles, por un lado el Sexteto op. 48 de Dvorák, pieza con la que el bohemio pretendía rendir homenaje a su admirado Brahms siguiendo el esquema de su opus 18, y por otro Metamorfosis, una pieza de enorme solemnidad y conmovedora expresividad que Strauss compuso para conjunto de veintitrés instrumentos de cuerda, que aquí pudimos escuchar en la versión reducida para septeto del violonchelista Rudolf Leopold.

Muy diferente tenía que ser el espíritu con el que el conjunto afrontara cada pieza, tan diferentes en carácter. Sin embargo, la de Dvorák fue una interpretación endeble, de líneas imprecisas y volúmenes dispersos, que poco favor hicieron a la estética amable y distendida de la pieza. El allegro moderato inicial sonó destemplado y poco penetrante, sin brillo ni pasión. Mejor fue el poco allegretto en forma de dumka, una especie de triste balada de origen ucraniano, cuya melancolía típicamente eslava fue resuelta con mayor grado de satisfacción, frente a un scherzo en forma de furiant, danza eslava brava, que aunque bien ritmado y sincopado, no alcanzó la fuerza anunciada. Llegado el Tema con variaciones, nuestro interés había decaído considerablemente. Se repitieron las constantes del resto de la interpretación, con un primer violín puntualmente estridente, unos chelos apagados, y sólo la viola de Ireland destacando sobre el resto. Más se acertó en contraste y los frecuentes juegos polifónicos que ofrece la pieza.

Con Metamorfosis, Richard Strauss puso de manifiesto su profundo pesar por una cultura que se venía abajo, consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, con un episodio físico concreto, la destrucción de la Ópera de Munich. Pareció oportuna la interpretación de la pieza en un momento en el que también parecen tambalearse los pilares de una cultura cada vez más debilitada en manos de un sistema educativo que no parece ayudar a la reflexión. En este contexto esperábamos sentir ese desgarro que desprende la partitura, prácticamente en vano. Y no porque los siete músicos convocados no lograran plasmar cada pauta e inflexión de la partitura con una técnica impecable, incluidos unos violonchelos más entonados y unos violines menos ratoniles. La incorporación de Ciorata añadió más volumen y significado, pero no el suficiente como para despertar esa desazón imprescindible que destila una obra que, no en vano, culmina con una fatídica cita a la marcha fúnebre de la Heroica de Beethoven. Entre los aciertos, la luz con la que el conjunto abordó una zona central en la que se alzan los recuerdos alegres del pasado.

Foto: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 28 de junio de 2024

MARC SOUSTROT PROTAGONIZA UNA DESPEDIDA DECIBÉLICA

11º Concierto de abono Ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano; Marc Soustrot, dirección. Programa: Obertura festiva Op. 96, de Shostakóvich; Concierto para piano nº 3 en Mi mayor Sz.119, de Bartók; Sinfonía nº 9 en mi menor Op. 95 “Del Nuevo Mundo”, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, jueves 27 de junio de 2024


Ha pasado más de un mes desde el último concierto de abono del ciclo Gran Sinfónico de la ROSS, aunque en este tiempo la hemos disfrutado en el concierto extraordinario de Juventudes Musicales y en la ópera Nabucco. Casualmente hemos tenido la oportunidad de reencontrarnos en una misma semana, por separado, con el director Lorenzo Viotti, que nos acompañó el pasado lunes junto a la Filarmónica de Viena, y el pianista sevillano Juan Pérez Floristán. Juntos protagonizaron un concierto de la ROSS en abril de 2015. Si no fuera por un colega de profesión no nos hubiéramos acordado de aquella ocasión en la que vaticinábamos un triunfal futuro para el suizo, mientras Floristán ha acumulado madurez y confianza, convirtiéndose en el excelente pianista que es hoy.

Para Marc Soustrot éste supuso su último concierto como director titular de la orquesta, que volverá a dirigir como invitado la próxima temporada. Para su despedida, el maestro eligió piezas muy enraizadas en el imaginario norteamericano. La de Shostakovich es una obra alegre y desenfadada cuyos acordes parecen imitar a las épicas películas hollywoodienses cuyo estilo tanto debe a los grandes compositores eslavos. Bartók posiblemente suavizó sus formas no sólo para adecuarse a las limitaciones de su esposa pianista, ni por aproximarse a sus últimos días de vida, sino por adaptarse a la estética estadounidense, el país en el que residía, menos proclive a fagocitar las corrientes vanguardistas que imperaban en el viejo continente. Y de Dvorák y su última sinfonía poco hay que añadir, sino que de alguna manera cimentó el estilo que tiempo después Copland acuñaría para desarrollar su música a la americana.

Sin embargo, esa sutileza y esa elegancia que siempre hemos asociado al maestro galo, surgió en menor proporción en este concierto de despedida, optando más por una exhibición decibélica y una estética apoteósica, aún a costa de someter el auditorio a una saturación acústica que en ocasiones se tornó incluso estridente. Nada que objetar en este sentido a esa Obertura festiva que Shostakóvich concibió por encargo en los años cincuenta para celebrar el aniversario de la Revolución. Abstrayéndonos de sus verdaderas intenciones, queda la lectura sin dobleces ni ironía de Soustrot, centrada en exhibir fuerza y alegría, con notables intervenciones de los metales, excepto las trompas, que no tuvieron ni en ésta ni en el concierto de Bartók, su mejor noche.

Floristán se reafirma concentrado y responsable

La última obra del autor de El mandarín maravilloso, es sin duda su concierto para piano más amable y distendido, también en lo técnico, aunque reviste las suficientes dificultades y merece la atención al detalle y a su intrincada expresividad que Floristán fue capaz de ofrecerle. El joven pianista se adaptó a su atmósfera tranquila de texturas impresionistas, respetando sus ocasionales resonancias perturbadoras y el ritmo obsesivo y exuberante que de vez en cuando aparece. Especialmente lúcido estuvo en el movimiento lento central, evocando esa hechizante yuxtaposición de radiante coral con una brillante música nocturna casi mística. El dominio del fugato y la vitalidad rítmica sin agresividad primaron en el allegro final. Pero lo mejor devino en la fluida complicidad entre solista y orquesta, gracias al mimo con el que Soustrot acompañó en todo momento. Como propina, parte del sentimiento y la delicadeza que impregnó en el Preludio en mi menor Op. 28 nº 4 de Chopin se perdió debido a las toses, ruidos inclasificables y recurrentes caídas de objetos que lo agredieron.

Soustrot despachó la Sinfonía del Nuevo Mundo haciendo un gran alarde de exhibición pirotécnica, ahora con las trompas más disciplinadas y una tendencia general a lo apoteósico, si bien echamos en falta más presencia de la cuerda grave, lo que acabó provocando un sonido más metálico de lo conveniente e incluso puntualmente estridente. Esto no impidió que el buen gusto del maestro asomara en páginas como el hermoso largo, todo un triunfo melódico del que batuta y conjunto extrajeron su potencial nostálgico y evocador, antes de enfrentarse a los continuos saltos en staccato del scherzo y al vigor y el dinamismo del finale.

Foto: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 25 de junio de 2024

GLORIOSA LLEGADA A META DE LA FILARMÓNICA DE VIENA

Gran Selección. Orquesta Filarmónica de Viena. Lorenzo Viotti, dirección. Programa: Capricho español Op. 34, de Rimsky-Kórsakov; La isla de los muertos Op. 29, de Rachmáninov; Sinfonía nº 7 en re menor Op. 70, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, lunes 24 de junio de 2024

Foto: Guillermo Mendo

Era la de la Filarmónica de Viena una cita a la que acercarse con mucha ilusión, pero a la vez con toda clase de prejuicios. Podía pensarse que la inclusión del Capricho español era un detalle con el público español, pero lo cierto es que el programa no se ha alterado en ninguna de las plazas que han recorrido en esta gira por Europa. Podía pensarse que para la ocasión la famosa orquesta se limitaría a eso que en la jerga del espectáculo llamamos bolos, pero ni la obra de Rachmaninov ni la de Dvorák son piezas convencionales y fáciles como para encajar en ese concepto. Y cabría pensar que Lorenzo Viotti fue el elegido para esta gira por su vinculación a Suiza, su país natal y sede de la famosa empresa de relojes de lujo que patrocina a la orquesta, dada su juventud y su currículum todavía algo escueto. Pero la verdad es que derrochó talento, madurez y capacidad en este sensacional y estremecedor concierto.

Un encuentro con una orquesta mítica, que no pisaba nuestro suelo desde septiembre de 1992, cuando Sevilla ofreció el programa musical más envidiable que pueda imaginarse y Abbado se puso al frente del conjunto para dirigir Haydn y la Titán de Mahler, y que culminó aquí una gira que en los últimos días les llevó a Oviedo para celebrar el cuarto de siglo del Auditorio Príncipe Felipe y al Festival de Granada. Una llegada a meta gloriosa, sin atisbo de desfallecimiento, plagada de satisfacciones y momentos para el recuerdo, como cuando lanzaron un olé en pleno Rimsky-Korsakov, como si del mambo de Bernstein se tratara, dejando clara su tendencia a esas bromas musicales que salpican sus icónicos conciertos de Año Nuevo.

Lorenzo Viotti, con voz propia y mucha confianza

La batuta invitada para la ocasión tan sólo tiene un año más que el Teatro de la Maestranza, y sin embargo goza ya de una sabiduría y unas ideas tan claras que resulta envidiable. Su bagaje pasa por ser hijo del reconocido operista Marcello Viotti, ganar un puñado de concursos internacionales, practicar otras disciplinas como el jazz y el rock, y haber dirigido la Orquesta Gulbelkian durante cinco años y la de los Países Bajos desde 2021. Ciertamente no parece mucho para quien recibe el honor de acompañar por toda una gira internacional a la Filarmónica de Viena, forjada y definida desde su creación hace casi doscientos años por las más insignes batutas imaginables.

Podría pensarse que su atractiva presencia influyera decisivamente. Sin embargo, su presteza y su talento quedaron marcados ya desde los primeros acordes de un Capricho español exuberante y enérgico, henchido de ideas frescas, virtuosismo y un alarde pirotécnico preciso y reservado. Tras una muy animada alborada inicial, el canto lírico de las variaciones fluyó con una elegancia inusitada, quizás lo mejor de la propuesta. Los solistas se lucieron a gusto, con el violín encandilando en el canto gitano y la cuerda arropando con tersura y decisión en el fandango final, hasta desembocar en una alborada endiablada sin pérdida alguna del control.

Tras tanta alegría, el contraste absoluto llegó de la mano de Rachmaninov y una Isla de los muertos generosa en embrujo, intriga y pasión. Viotti optó aquí por acentuar más el carácter agónico de la pieza que el más puramente terrorífico, haciendo acopio de una paleta orquestal rica y muy contrastada, y haciendo de esta confrontación con la muerte una exhibición reflexiva y sutil sobre el pasado y el inevitable futuro, con una emotiva pausa en las apaciguadoras figuraciones centrales en las que destacan el clarinete y la suavidad de la cuerda. Hubo quizás menos drama pero mucha angustia e intensidad emocional, un trabajo excepcional con las dinámicas y crescendi absolutamente magistrales que llevaron a la orquesta al delirio bien controlado en más de una ocasión.

Foto: Herminia Roldán

Con la Sinfonía nº 7 de Dvorák, Viotti acentuó sus deudas con el espíritu brahmsiano que la informa, especialmente en un allegro inicial caracterizado por su majestuosidad, la robustez que le otorgan los ocho contrabajos empleados y una extraordinaria descarga de energía. Hubo drama y mucha gravedad, seguido de un adagio exquisito, rico e inspirado, potenciando ahora sus influencias wagnerianas, dechado de lirismo y emoción. Los acentos más puramente checos hicieron aparición en un scherzo de ritmo frenético y atención inusitada a los detalles, hasta desembocar en el estilo rapsódico del allegro, con metales y maderas exhibiendo todo su potencial e insuflando vitalidad y ritmo a una página desplegada así con sentido de la mesura pero sin sacrificar expresividad.

En el ambiente se pudo respirar un gran respeto por una ocasión única e irrepetible, tanto en la vestimenta de la mayoría como en el elegante y oportuno comportamiento, aunque no faltaron toses y exabruptos. Los acalorados aplausos merecieron como propina la Danza húngara nº 1 de Brahms, de la que Viotti ofreció una lectura muy trabajada y contrastada a nivel de dinámicas, sin perjudicar su elegante vitalidad. Ahora, los maestros y maestras tienen un mes por delante para descansar antes de incorporarse al Festival de Salzburgo.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 31 de enero de 2024

RUSALKA EN LES ARTS, UNA INCÓMODA TRASLACIÓN

Rusalka. Ópera de Antonín Dvorák, con libreto de Jaroslav Kvapil basado en Undine de Friedrich de la Motte Fouqué e inspirado en La sirenita de Hans Christian Andersen. Cornelius Meister, dirección musical. Christof Loy, dirección escénica. Johannes Leiacker, escenografía. Ursula Renzenbrink, vestuario. Bernd Purkrabek, iluminación. Klevis Elmazaj, coreografía. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Coro de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Con Olesya Golovneva, Adam Smith, Sinéad Campbell-Wallace, Maxim Kuzmin-Karavaev, Enkelejda Shkoza, Daniel Gallegos, Manel Esteve, Laura Orueta, Cristina Toledo, Laura Fleur y Alyona Abramova. Co-producción del Palau de Les Arts Reina Sofía, Teatro Real, Staatsoper Dresden y Gran Teatre del Liceu. Palau de Les Arts Reina Sofía de Valencia, martes 31 de enero de 2024


Con este extraordinario título arranca fuerte el nuevo año en Les Arts de Valencia, en una coproducción que se estrenó en el Teatro Real hace más de tres años. Se trata de un acontecimiento especial no sólo porque esta ópera no suele estar entre las más representadas, sino porque supone el debut en la ópera valenciana de dos atribulados artistas operísticos alemanes, el afamado director de escena Christof Loy y el cada vez más reconocido director de orquesta Cornelius Meister. Por todo ello el acontecimiento se prometía feliz e inolvidable, y sin embargo a nuestro juicio falló considerablemente. Lo hizo porque una vez más el capricho intelectual de su director artístico desvirtuó el concepto de la obra, más teniendo en cuenta que representándose tan poco habríamos celebrado disfrutarla en su concepción original. Y lo hizo también porque aunque sus principales intérpretes llegaban acreditados por sus exitosas carreras, la combinación no acabó de cuajar, poniéndose en evidencia ante un foso que apenas les dejó respirar.

Relacionada con La sirenita de Andersen y Ondina de Fouqué, su libretista, Jaroslav Kvapil, buscó compositor y le recomendaron Dvorák, que andaba buscando el éxito operístico que le consagrara definitivamente en el género. Al músico le proporcionó el vehículo idóneo para combinar todo tipo de técnicas y estilos hasta depurar una joya que se decantó por el impresionismo con tintes expresionistas y un elevado contenido popular. Pero en el espíritu de Dvorák anidaba el anhelo de construir una ópera netamente checa, que llegara al público y representara los valores más intrínsecamente populares. Para ello adoptó un estilo indisimuladamente wagneriano, inspirándose en la naturaleza, especialmente en el lago cerca de la villa bohemia en la que pasaba sus veranos. Esto hace que el paisaje, el agua y los bosques cobren especial relieve en el desarrollo dramático y emocional de la ópera, siendo la relación del hombre con la naturaleza su tema esencial, algo de lo que Loy ha decidido prescindir, de ahí la desvirtuación a la que hacíamos referencia. La decisión de ambientar su Rusalka en el vestíbulo de un teatro en decadencia, durante los tres actos, sólo sirve a esa dualidad de mundos opuestos que el cuento y su música desarrollan en el sentido de que por un lado parece que tengamos la ilusión y la fantasía del arte, y por otro la vulgaridad de la realidad. No pude evitar pensar en Candilejas de Charles Chaplin, con Rusalka caracterizada como bailarina de ballet perjudicada por una dolencia de tobillo que le impide moverse con naturalidad, y un Charlot desplazándose por la escena tanto en el primero como el tercer acto, aunque en el segundo y parte del tercero adopta la forma del pinche de cocina a quien da vida una esforzada y más que correcta Laura Orueta, alumna del centro de perfeccionamiento de Les Arts, a quien también vimos en Maria Estuarda el pasado diciembre.


Con un solo decorado y soluciones muy peregrinas en un segundo acto en el que se vislumbra el interior del teatro francamente mal pintado, y unas rocas en los actos extremos como único atrezzo superviviente del concepto original traicionado, sin aderezos multimedia ni una iluminación suficientemente sugerente, la producción nos acaba resultando bastante pobre, a lo que unimos un vestuario sin atisbo de creatividad alguno, muy funcional y de escaso atractivo. Con estos recursos se mueven en escena un considerable grupo de figurantes, bailarinas y danzantes repartidos entre los tres actos, con especial énfasis en un orgiástico segundo acto que si es así como Loy quiere representar la maldad y la miseria humana, estamos aviados. De nuevo confiando en el sexo la representación de las bajas pasiones y la miseria humana. En este contexto, la batuta de Meister consigue extraer de la hermosa partitura todo su poder de evocación y fuerza melancólica, pero tiende a tapar las voces, siempre a alto volumen y sin demasiado cuidado en el diálogo y la compenetración con ellas. Acertó en dotar de sensualidad y emotividad el conjunto, pero con esa tendencia al forte que no deja respirar unas voces que, por otro lado, apenas llegaron a entusiasmarnos.


Dicen que está muy curtida en el papel, y desde luego sus habilidades como bailarina le ayudaron a lucirse en esta particular versión de la ópera, pero lo cierto es que encontramos en Olesya Golovneva una voz pequeña, apurada en los graves, y sin embargo capaz en determinados momentos de agudos refulgentes. Su Canción de la luna resultó sosa y convencional en su extrema corrección, mientras sus mejores momentos los encontramos en el último acto, sobre todo en sus dúos con el príncipe, a quien Adam Smith prestó su porte, seguramente lo que más puertas le ha abierto a este tenor británico mimado por la prensa supuestamente especializada. No tiene mala voz, el timbre es bonito, pero no alcanza un volumen satisfactorio salvo en agudos extremos, tampoco consigue como actor el nivel que sí acaricia su compañera. La irlandesa Sinéad Campbell-Wallace se come a ambos en el segundo acto, interpretando a la princesa extranjera, en agilidad dramática y color de voz, mientras el ruso Maxim Kuzmin-Karavaev no logra la tesitura que demanda su papel de hombre de las aguas, aquí director del teatro, más barítono que bajo profundo, sin apenas personalidad ni planta para convencer en su rol, y una voz a menudo apagada. La de Enkelejda Shkoza (la bruja Jezibaba, transfigurada en taquillera del teatro) tuvo sus más y sus menos, a veces demasiado vibratada, otras veces rutilante y muy en estilo. Las tres ninfas protagonizaron un hermoso momento lleno de magia en el tercer acto, mientras el dúo cómico formado por Orueta y el eficaz Manel Esteve cumplió, como también lo hizo en su breve intervención vocal (su presencia en escena fue mucho más generosa), el mexicano Daniel Gallegos, cuya voz se nos antojó sedosa y a la vez profunda, además de perfectamente colocada. El coro, fuera de escena, cumplió con la profesionalidad que le caracteriza, aportando algo de magia a una función que la pide a borbotones pero que esta particular producción no supo satisfacer.

domingo, 21 de enero de 2024

DIÁLOGOS CARGADOS DE EMOTIVIDAD

5º Concierto del XXXIV Ciclo de Música de Cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexa Farré Brandkamp y Pablo Flores Regidor, violines. Ariadna Boiso Reinoso, viola. Claudio R. Baraviera, violonchelo. Miguel Domínguez Infante, clarinete. Programa: Crisantemi, de Puccini; Movimiento de cuarteto de cuerda en Fa mayor B120, de Dvorák; Quinteto para clarinete y cuerdas Op. 115, de Brahms. Espacio Turina, domingo 21 de enero 2024

Foto: Marina Casanova

La quinta cita del ciclo de cámara de la ROSS de esta temporada estuvo marcada por el fallecimiento el último día del pasado año del excelente clarinetista de la orquesta Piotr Szymyslik. A él dedicó el concierto el también clarinetista y compañero Miguel Domínguez Infante, con palabras de gran sentimiento y sensibilidad que destacaron el carácter jovial y distendido del músico desaparecido, y nos invitó a recordarlo no a través del espíritu de la primera obra programada, sino más bien del carácter amable y relajado, además de puntualmente enérgico, de la última. Y es que en efecto, Crisantemi de Puccini es una obra que el compositor de Lucca compuso a la muerte de su amigo Amadeo de Saboya, que fue rey de España, breve y tan polémico que abdicó provocando la proclamación de la Primera República. Tras su regreso a su país, Italia, falleció de una neumonía en 1890. Puccini le dedicó inmediatamente esta pieza titulada así en referencia a la connotación fúnebre que los crisantemos tienen en Italia.

Aunque es más conocida en su versión para orquesta de cuerdas, y así la utilizó convenientemente adaptada Alex North para la película de John Huston El honor de los Prizzi, los solistas de la ROSS la interpretaron en su versión para cuarteto de cuerdas, todo un detalle y una oportunidad para disfrutarla en su concepción original. La respuesta del conjunto no pudo ser más emotiva y delicada, con Alexa Farré definiendo ya desde esta primera pieza su carácter dominante y exigente, y un seguimiento del resto elocuente y disciplinado, impecable desde el punto de vista técnico, fluido y emocionante desde el más puramente expresivo. El allegro vivace B120 de Dvorák se conservó en estado de manuscrito hasta que fue publicado en 1951, como primer movimiento de un cuarteto de cuerda que el compositor bohemio compuso en 1881 para el conjunto de su amigo Joseph Hellmesberger, y abandonó cuando sólo quedaba añadirle algunas precisiones para las partes del segundo violín y la viola. El espíritu solemne y apesadumbrado de la pieza de Puccini dio paso a otro más afable y desenfadado, cargado de emotividad, que los intérpretes resolvieron con sentido del diálogo y la transparencia.

Ambas piezas, sin menospreciar su belleza y oportunidad, sirvieron como aperitivo del Quinteto para clarinete en si menor de Brahms, plato fuerte del programa y crisol de las virtudes de cinco músicos entregados en cuerpo y alma a la delicada empresa. Este trabajo soberbio, lúcido y consumado logro de arquitectura musical, encontró en Domínguez Infante un traductor de lujo, siempre preciso no sólo en el virtuosismo técnico que demanda la pieza, sino también en su flujo emotivo sobrado de amabilidad y honda sensibilidad. Su atmósfera melódica quedó bien plasmada desde el allegretto inicial, con el clarinete suave y sus ideas fluyendo graciosamente en el acompañamiento de cuerda. El acento elegíaco de Crisantemi emergió de nuevo en el adagio del quinteto de Brahms, con el solista potenciando su carácter rapsódico y ornamentando de forma exquisita. El conjunto optó por imprimir al andantino un aire algo más áspero que el resto, pero siempre prestando especial atención al diálogo fluido y la compenetración más absoluta, algo que se hizo también patente en el con moto final, prodigio de agilidad, sin descuidar su envolvente aire festivo, hasta que en la cuarta variación y después de un elocuente silencio, todo vuelve al espíritu amable y relajado que define la pieza, con el que encontró oportunidades de lucimiento el primer violín, expresivo y profundo incluso al apianar, con respuestas tan efectivas como sensitivas de Flores Regidor al segundo violín y Boiso Reinoso a la muy sedosa viola. El violonchelo de Baraviera puso músculo a este inmenso nocturno de aires nostálgicos que es el Quinteto Op. 115, de final tan aparentemente espontáneo como despiadado en su formulación sombría y vacilante.

viernes, 23 de diciembre de 2022

CUERDA CRISPADA Y VIENTOS AFABLES EN LA CONJUNTA

2º concierto de la XII temporada de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Ysé Dastugue, guitarra. Juan García Rodríguez, dirección. Programa: Concierto elegiaco para guitarra y orquesta, de Leo Brouwer; Serenta para vientos Op. 44, de Antonin Dvorák. Salón de actos-Aula Manuel Trillo de la ETS de Arquitectura, jueves 22 de diciembre de 2022


Aunque inició su duodécima temporada la pasada semana, tras hacernos padecer la incertidumbre de si este año volveríamos o no a disfrutar de esta orquesta que tantas satisfacciones nos ha dado desde su constitución en 2011, ha sido este segundo concierto con el que por fin hemos tomado contacto de nuevo con sus incontestables amabilidades. García Rodríguez, su principal artífice y moldeador, se puso una vez más al frente de esta formación forzosamente cambiante, no olvidemos que está integrada por el alumnado del Conservatorio Manuel Castillo, ya sea en fase final de sus estudios o en prácticas, y los resultados fueron otra vez tan estimulantes como ilusionantes.

Si el primer concierto, el pasado miércoles 14 de diciembre, tuvo lugar en el Teatro Los Remedios, ubicado en el Colegio de los Padres Blancos, en esta ocasión el lugar elegido fue el salón de actos de Arquitectura, que tantos recuerdos alberga para la cinefilia de los setenta y ochenta del pasado siglo, cuando allí tenía su sede el Cine-Club de la facultad. Hacía tiempo que no lo visitábamos y nos llevamos una grata sorpresa al comprobar cómo lo han habilitado y modernizado para permitir que conciertos como el de anoche gocen de una alta calidad acústica y la máxima comodidad para disfrutar de sus propuestas. Es así como orquesta y director, también responsable del conjunto puntero de música contemporánea Zahir Ensemble, se enfrentaron a uno de esos programas singulares que hacen tan atractiva su temporada año tras año y cubren así un hueco que conjuntos profesionales no se atreven a llenar, o quizás no tengan la imaginación suficiente para hacerlo.

En esta ocasión abordaron el que quizás sea el trabajo más emblemático del compositor, director y guitarrista Leo Brouwer, cuyo paso por la Orquesta de Córdoba como director titular en la década de los noventa nos dejó tan grato recuerdo. Se trata del Concierto elegiaco para guitarra. Para ello se contó con la colaboración del también joven guitarrista francés Ysé Dastugue, que realizó en nuestra ciudad estudios de perfeccionamiento junto al maestro Francisco Bernier. La pieza se inicia con acordes de la guitarra muy pausados, con un espíritu tremendamente tranquilo, que recibe rápidamente la respuesta contundente de una cuerda crispada y misteriosa, potenciada por una percusión contundente, timbales en un extremo y marimbas y glockenspiel al otro. A partir de ahí solista y conjunto desarrollan un diálogo que no parece acercarles, hasta que paulatinamente vemos percibiendo cierto acercamiento que conforme avanza se convierte en una interrelación ya fluida. Pero nada de eso sería perceptible sin el trabajo concienzudo de la batuta, siempre enérgica y decidida, y la disciplina férrea observada en los y las integrantes seleccionadas para la ocasión. García definió la obra con un trabajo muy meticuloso en las dinámicas y los crescendos que la caracterizan, mientras Dastugue mantuvo una pulsación segura y muy bien articulada, tanto en los pasajes tranquilos como en los más agitados, logrando una integración total con la orquesta, reforzando así su tímbrica y manteniendo en todo momento su sentido del ritmo.


Con Dvorák fue la sección de vientos de la orquesta la que se lució, con un esmerado trabajo en las maderas, oboes, clarinetes, fagots y contrafagot, y salvando con una nota alta el difícil trabajo de mantener el tono y la afinación en las trompas. A todos ellos y ellas se unieron un violonchelo y un contrabajo, imprescindibles para pulir las transiciones y potenciar el cuerpo de la pieza. El resultado fue una Serenata para vientos Op. 44 absolutamente encantadora, llena de magia y lirismo, sencilla pero contundente en su noble marcha cortesana de arranque, de aires inconfundiblemente pastoriles en su danzarín minueto, llena de lirismo y contención en su romántico andante, y potente y desenfadado en su alegre finale. Esperamos con mucha ilusión el resto de una programación que contiene escalas tan estimulantes como la que protagonizarán el 24 de febrero, ya en el habitual Auditorio de Ingenieros, junto a Natalia Labourdette y cuatro pianistas interpretando música de Alberto Ginastera y John Adams.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 29 de abril de 2022

DELICIAS CON ARCOBATUTA

4º concierto del ciclo Solistas y Maestros de la Temporada nº 31 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Enrico Dindo, violonchelo y dirección. Programa: Romanza para violonchelo y orquesta en Fa mayor TrV 118, de Strauss; Chant du ménestrel Op.71, de Glazunov; Rondó para violonchelo y orquesta en Sol menor Op.94, de Dvorák; Sinfonía nº 4 en Si bemol mayor Op.60, de Beethoven. Teatro de la Maestranza, jueves 28 de abril de 2022


La progresiva disminución de público que están sufriendo muchos de los espectáculos programados en el Maestranza, entre ellos gran parte de los conciertos sinfónicos de la ROSS, no solo se debe a las continuas crisis que desde hace ya más de una década sacude el orbe. Aunque es cierto que el coliseo sevillano lleva muchos años cultivando un público fiel, también lo es que en este mismo período de tiempo la oferta musical en Sevilla se ha disparado considerable y afortunadamente, pero por lo visto no hay afición suficiente para atenderla como es debido. Habrá que trabajar más, con iniciativas y proyectos que ayuden a forjar un mayor interés de la ciudadanía por este bálsamo espiritual que es la música en todas sus vertientes. Uno de los colectivos en los que este trabajo puede lograr mejores frutos es el del paradójicamente cada vez mayor alumnado de los conservatorios. Estas instituciones tienen el deber de fomentar e incluso obligar a su alumnado a asistir frecuentemente a conciertos, especialmente a los que estén relacionados con su especialidad. Por eso resultó muy estimulante que el escueto aforo de este concierto de la Sinfónica se viera aliviado con una generosa representación de niños y niñas que cursan estudios de violonchelo. Pero los conservatorios no deberían esperar a recibir invitaciones del ente público, sino ellos mismos fomentar desde dentro la actividad, echando mano para ello del ingenio, la inventiva y el poder negociador.

Esa afluencia de estudiantes de violonchelo se debía a la participación en este programa del reconocido violonchelista italiano Enrico Dindo, en su doble faceta de solista y desde hace ya un buen puñado de años también director de orquesta, dentro de este singular ciclo con el que el maestro Soustrot está acercándonos a autoridades de la música en distintos campos. El de Dindo no es un sonido poderoso ni autoritario, sino más bien instalado en atmósferas de ensoñación, hermosas y aterciopeladas. Una estética que encajó muy bien con las tres obras programadas para lucimiento del instrumento, y que así juntas bien podrían representar los tres movimientos de un mismo concierto, tal es el espíritu similar que les informa. La Romanza de Strauss ha conocido algo más de popularidad y divulgación en su versión reducida para piano y chelo. Se trata de una pieza de juventud que todavía no encierra el sello personal de su autor, ni sus ricas y gruesas texturas; muy al contrario cuenta con un modesto acompañamiento de orquesta que el director no tuvo problema en controlar desde una posición en la que el arco hizo igualmente de batuta. El breve Canto del menestril es una obra menor de Alexander Glazunov, de escasa enjundia pero con un sabor romántico de carácter muy melancólico que da mucho juego al solista y que Dindo aprovechó para acentuar su marcado lirismo. De las tres la más lograda es el Rondó en Sol menor de Dvorák, original para trío con piano, perfecto remate de tintes festivos y distendidos que constituye un vehículo perfecto para lucir habilidades, un exuberante virtuosismo y controlado lirismo, de todo lo cual se hizo eco la contribución del solista, mientras la orquesta respondió con buen oficio y un cálido arropamiento. Como propina, Dindo se acercó al universo bachiano como se hacía hace años, atacando una allemande sin rigor ni limitaciones, con un alto grado de flexibilidad y una articulación libre y ampulosa.

Ya en la segunda parte, el violonchelista ofreció desde al podio y ahora sin batuta ni arco que la sustituyese, una Cuarta de Beethoven en la que destacó la enorme y gesticulante expresividad del director por encima de unos resultados que no sobrepasaron lo correcto. Bien construida, con mucha atención a los planos sonoros, matices y claridad, dio la sensación sin embargo de estar todo tan en su sitio, sin ambición alguna ni una visión suficientemente estimulante de la pieza, que no dejó huella. Faltó magia y misterio ya desde el arranque, y se conformó con un perfil homogéneo, sin contrastes entre la introspección y el júbilo que debe suscitar su compleja gramática. Especialmente decepcionante fue al adagio, demasiado rápido y poco paladeado, falto de una mayor voluptuosidad. El final fue suficientemente vertiginoso para dejar claro que la orquesta sigue viviendo un momento óptimo.

Foto: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 28 de enero de 2022

SOUSTROT EXTRAE FORMAS Y COLORES DE LA ROSS

6º Concierto del Ciclo Gran Sinfónico de la Temporada nº 31 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Xavier Phillips, violonchelo. Marc Soustrot, director. Programa: Concierto para violonchelo en Si menor Op. 104, de Dvorák; Preludio a la siesta de un fauno, de Debussy; Suite nº 2 de Dafnis y Cloé, de Ravel. Teatro de la Maestranza, jueves 27 de enero de 2022


Con los gratos recuerdos que guardamos de las anteriores comparecencias del violonchelista francés Xavier Phillips junto a la ROSS, interpretando las Variaciones Rococó de Chaikovski en 2015 y el Concierto nº 2 de Shostakovich en 2018, haciendo alarde de musculatura y fuerza expresiva, este Concierto de Dvorák con el que se presentó anoche y lo vuelve a hacer hoy nos pareció endeble y algo desangelado, como si el solista no hubiera estado inspirado y hubiese perdido hondura. No fue el caso de la batuta, que ofreció una lectura de las partituras henchidas de belleza y voluptuosidad.

Considerado por muchos el mejor concierto para violonchelo del repertorio, y sin duda uno de los más queridos y populares para el instrumento, el de Dvorák es desde luego una obra muy personal y profundamente emotiva. Director y solista entendieron bien este particular, pero mientras el primero dirigió con aplomo y amplio sentido del drama y la estética, Phillips mantuvo una línea de canto homogénea a la que sin embargo faltó robustez y una mayor variedad en la gama dinámica. A veces su sonido, sin duda hermoso y aterciopelado, se perdía entre la majestuosidad de una orquesta que Soustrot se esmeró no obstante en controlar, e incluso sin su intervención, en unos pianissimi que acabaron siendo inaudibles. No quiere esto decir que su interpretación fuese en todo momento decepcionante; logró impregnar el adagio de esa religiosidad que le caracteriza, entre doloroso y piadoso, y en general convenció de su capacidad y virtuosismo, pero faltó cuerpo y una mayor convicción, lo que podríamos confundir con extremada delicadeza. Soustrot acompañó con atención, extrayendo de cada solista, clarinete, trompa, etc., unas prestaciones impecables. No faltó tampoco sentido de la espectacularidad allí donde tocaba, sin ir más lejos en el poderoso estallido final.

Sensualidad francesa

La música francesa ha estado siempre muy presente en la Sinfónica. Sin duda las aportaciones de Soustrot y Plasson, ahora directores titular y honorario de la formación, han dejado mucha huella. La segunda parte del concierto estuvo protagonizada por dos de sus representantes más considerados, Debussy y Ravel. Del primero se ofreció una pieza tan transitada y a la vez agradecida como el Preludio a la siesta de un fauno, que Soustrot desgranó con amplio sentido de la sensualidad, logrando una interpretación muy fluida pero controlada, de tono tan ensoñador como embriagador.

La misma paleta de colores, de tonos pasteles a otros más potentes, se evidenció en la Suite nº 2 de Dafnis y Cloe, de Ravel. Coincide esta suite con la tercera parte del ballet del que se extrae, y en este punto nos preguntamos por qué no se toca nunca la partitura completa, obra maestra indiscutible de su autor y de la música en general, que con sus coros incorporados podría constituir un programa exquisito en próximas temporadas. Soustrot entiende sin duda el carácter de la obra, sus incidencias dramáticas y frecuentes contrastes de humor y atmósfera, sin perder su coherencia interna y fuerza narrativa. La asombrosa claridad con la que dirigió sin partitura, a pesar de la exuberancia orquestal, derivó en una bacanal desenfrenada, sin perder de vista en ningún momento el erotismo que la informa, y que tanto hizo las delicias de Nijinski cuando la estrenó en 1912, la misma figura legendaria de la danza que catapultó a la fama el Preludio a la siesta de un fauno cuando lo coreografió el mismo año, dieciocho después de que la compusiera Debussy.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía