Concierto nº 3 de la temporada XIV de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Irene Pérez Cantillón, fagot. Juan Ramos, tenor. Armando Martín, barítono. Juan García Rodríguez, director. Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza (Coro de hombres). Programa: Sinfonía nº 26 en Mi bemol mayor K184, Conciertoñara fagot en Si bemol mayor K191, Mauerische Trauermusik K477, Kleine Freimaurer-Kantate (Laut verkünde unsre Freude) K623, de Mozart. Auditorio ETS de Arquitectura de la Universidad de Sevilla, viernes 17 de enero de 2025
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| Irene Pérez Cantillón, Juan García Rodríguez y la OSC |
Hasta
tres orquestas estuvieron tocando simultáneamente
anoche en Sevilla, la ROSS en el Maestranza, la Bética de Cámara en el
Espacio Turina y la Sinfónica Conjunta en el Auditorio de la Escuela Superior
Técnica de Arquitectura en Reina Mercedes, y porque no le tocaba a la Barroca,
que ya lo hará el próximo fin de semana. Hace un puñado de años era impensable
y hoy es un sueño hecho realidad.
El
de la Orquesta de la Universidad de
Sevilla y el Conservatorio Manuel Castillo estuvo íntegramente dedicado a Mozart, ese señor que puede no suele ser el
favorito de la afición, pero que gusta a todos y todas, incondicionales y
profanas. Se trató de un programa breve,
no llegaba si quiera a la hora de música, pero muy ecléctico y con destacadas
participaciones solistas y colaboraciones, para lo que quizás el auditorio se
quedaba corto, aunque exhibiera unas cualidades
acústicas muy apreciables.
La
breve Sinfonía nº 26, compuesta
cuando el genio sólo contaba dieciséis años, sirvió de obertura, no en vano
sigue la estructura de la típica
sinfonía obertura de la ópera barroca italiana, y no le va a la zaga en
duración. Juan García atacó el presto inicial con inusitada energía, fuertes contrastes y un impulso dramático
muy adecuado. Menos logrado resultó un andante
algo inseguro y desequilibrado, mientras el allegro
final evidenció sensación de
encantadora jovialidad.
Los
y las jóvenes integrantes de una orquesta reducida para la ocasión respondieron
con el compromiso y la responsabilidad
que les caracteriza, no importa lo mucho que cambie cada temporada la
plantilla de esta orquesta en continua transformación. Sólo las difíciles y traicioneras trompas mostraron algún
desajuste que no llegó a empañar la empresa.
Fagot
y voces como ilustres invitadas
La
fagotista sevillana Irene Pérez
Cantillón se encargó de la parte solista del Concierto K191 que Mozart compuso un año después de la sinfonía de
arranque. Su fuerza expresiva quedó
libre de toda discusión, mientras en lo que respecta a fraseo y control de la
respiración, la suya fue una
interpretación impecable. Justa y perfectamente equilibrada en todas las
filigranas que muestra la pieza al instrumento solista, logró una sintonía perfecta con la orquesta,
especialmente en ese andante
sentimental y melodioso tanto inspiró al Porgi,
amor de Las bodas de Fígaro.

La
segunda parte estuvo dedicada a la faceta
masónica de Mozart, ya en sus últimos años de vida, con un lapso de tiempo
de casi veinte años con respecto a las piezas de juventud programadas en la
primera parte del concierto. Música para
un funeral masónico K 477, que en el programa de mano confundieron con la Pequeña marcha fúnebre k453a para piano
solo, abrió esta segunda parte, con García
y la Orquesta exhibiendo toda la solemnidad que rezuma la página, como un
largo lamento que desemboca en un sobrecogedor canto de esperanza y redención.
A pesar de un arranque desvaído en las maderas, el resto de la interpretación gozó de la excelencia.
Como
también lo hicieron las voces convocadas en la Pequeña cantata masónica, Proclamamos
nuestro gozo en alto, última
composición completada por el autor. Con texto de Schikanaeder, las compenetradas voces masculinas del Coro de
la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza aportaron épica y
solemnidad a las primeras y últimas y repetidas estrofas de esta breve pero
sensacional cantata en la que brillaron
las voces solistas de Juan Ramos y Armando Martín, con atinada aportación
también del tenor solista del coro, Francisco
Romero.
El
tenor gaditano Juan Ramos exhibió
una voz bien asentada en el extremo agudo de su tesitura, perfectamente
entonada y con una proyección natural y
un fraseo fluido, mientras el barítono sevillano Armando Martín mantuvo una línea firme de canto y un timbre sedoso y equilibrado. Por su
parte, la orquesta mantuvo en todo el momento el estilo depurado y solemne que
ya demostró en la pieza anterior. Lleno
total y éxito rotundo, seguimos lamentando que esta temporada la orquesta
no anticipe todo su programa con el fin de organizar nuestra agenda.
Artículo publicado en
El Correo de Andalucía