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martes, 23 de junio de 2026

LA FUERZA ARROLLADORA DE LA CONJUNTA

Concierto #5 de la temporada 2025-2026 de la Orquesta Sinfónica Conjunta US-CSM Manuel Castillo. Pablo Biruk Abad, violín. Juan García, dirección. Programa: Concierto para violín nº 4 en Re mayor, K. 218, de Mozart; Sinfonía nº 6 en La mayor A. 106, de Bruckner. E.T.S. Ingenieros, lunes 22 de junio de 2026


La Sinfónica Conjunta despidió su décimo quinta temporada de conciertos con el verano recién estrenado, arropada por su incondicional y entusiasta público, y con la justa dedicatoria al director del Conservatorio Manuel Castillo, Israel Sánchez López, que en breve dejará el cargo, tras haberse erigido en uno de los principales pilares de apoyo a tan sensacional iniciativa.

Siempre hemos destacado como uno de los principales atractivos de esta joven orquesta, los programas diseñados por su titular, Juan García. Constituyen a menudo la única oportunidad que tenemos en nuestra ciudad de enfrentarnos a páginas tan insignes como las que en esta ocasión ocuparon los atriles de la orquesta. Se trató de dos atrevidas propuestas, la de Mozart por la ligereza implícita en su música, aderezada con una intervención solista de auténtica responsabilidad y enjundia. Y la de Bruckner por la espesura de su arquitectura y la fuerza arrolladora de su gramática.

Un joven violinista con un estilo personal

García arrancó el Concierto nº 4 para violín de Mozart evidenciando ya en el largo preludio orquestal del allegro inicial algunas deficiencias de cohesión y ensamblaje, especialmente en una cuerda aguda a la que costó en todo momento sintonizar con el resto del conjunto, mejor entonado. La notable reducción de efectivos tendría que haber permitido una mayor ligereza que la percibida en una página que se nos antojó algo densa, no obstante destacar el notable trabajo del joven solista Pablo Biruk Abad, primer premio en el Concurso Solista 2025 del Conservatorio Manuel Castillo. Ya desde el principio demostró virtuosismo y dominio técnico, con una interpretación un tanto personal, plagada de trinos, arpegios y notas picadas, a pesar de poseer un sonido a nuestro juicio algo estridente y poco pulido, sin duda presto a mejorar conforme acumule experiencia y esfuerzo.

Faltó un mayor desarrollo melódico y poético en el andante central, no obstante la evidente cantabilidad del solista, sin interrupciones, alcanzando una discreta melancolía en sus acordes finales. Biruk se  mostró saltarín y decididamente alegre en el rondó final, alternando sus pasajes más líricos con los más atrevidos, siempre bajo un control absoluto, y arropado por un conjunto en el que ya pudo atisbarse el excelente trabajo de maderas y metales, aún su discreta participación en esta rupturista y aparentemente desenfadada página del genio salzburgués.


La fascinación de Bruckner

Son pocas las ocasiones que tenemos en Sevilla de disfrutar de la música de Bruckner. Gracias a la Conjunta, hemos escuchado sus sinfonías nº 8 en 2012 y la nº 2 en 2015. El año pasado sonaron en la Catedral Aequelis y algunos motetes. La OJA nos ha brindado las sinfonías números 4 y 7, mientras ésta volverá a los atriles de la ROSS la próxima temporada. La sexta es posiblemente una de las que menos se programan del compositor austriaco, y sólo desde hace relativamente poco. Se trata sin embargo de una de las páginas de las que debió sentirse más satisfecho, a juzgar por la ausencia de revisiones que sufrió, algo habitual en su catálogo. Pero atesora multitud de ideas sorprendentes y atractivas, de las que el conjunto liderado por García supo hacerse eco de forma tan inteligente como disciplinada.


Dirigida con mucho ímpetu rítmico y tonificante, exige una amplia reflexión y análisis antes de abordarla, dándole aire a sus felices ideas para que respiren sin presión ni prisas. Debe abordarse además sin pesadez ni rigidez formal, con fluidez y luminosidad, y todo eso lo consiguió milagrosamente un conjunto tan novel y poco experimentado. Una de esas proezas a las que nos ha acostumbrado esta magnífica orquesta cuyos integrantes, por propia definición, cambian cada temporada.

Sólo el adagio y el scherzo se estrenaron en vida del compositor, encargándose Mahler de la dirección de la sinfonía completa en Viena en 1899, tras someterla a numerosos recortes. Disfrutarla así, en todo su esplendor y con la complicidad unánime de la frondosa plantilla, más de ochenta jóvenes sobre el escenario, fue un privilegio del que salimos bastante satisfechos, lo que no es decir poco a juzgar por la complejidad de la partitura. De hecho, para Bruckner era Die Keckste, la más descarada de sus sinfonías.

La cuerda grave volvió, sin embargo, a evidenciar ciertas carencias de tono y cohesión, especialmente en la zona aguda, a menudo destemplada y hasta estridente, mientras en la grave exhibió un sonido más puro y aterciopelado. Fueron las demás secciones las que desempeñaron un papel ejemplar, empezando por una cuerda grave de considerable cohesión, especialmente relevante en los fulgurantes contrabajos, atacados con tanta vehemencia que aportaron un enorme peso al conjunto.


Las maderas hicieron un trabajo formidable, sobre todo los solos de oboe, que tan majestuoso sentimiento elegíaco aportan en el conmovedor adagio. El trabajo del timbalero fue en todo momento magistral, medido y elegante sin sacrificar espectacularidad. Los metales brillaron en todo su esplendor, desde el fulgurante scherzo, plagado de pausas y cambios de registros resueltos con una maestría extraordinaria, y continuando con su importante contribución en el finale. En general, llegó a alcanzarse un clima fantástico y legendario, intenso y poderoso. A ver qué nos depara la próxima temporada. De momento, agradeceríamos que se anticipara su programa de forma global y no por sorpresa, como viene ocurriendo en las últimas temporadas.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía


viernes, 21 de marzo de 2025

MISTICISMO CATEDRALICIO DE LA CONJUNTA

Concierto nº 6 de la temporada XIV de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Juan Carlos Ruiz, Ángel Rodríguez, Laura González y Jared Galante, trombones. Miguel Ángel García, órgano. Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza. Juan García, director. Programa: Aequalis de Bruckner y Beethoven; Motetes de Bruckner; Et exspecto resurrectionem mortuorum, de Messiaen. S.I. Catedral de Sevilla, jueves 20 marzo de 2025

Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza, Juan García e Israel Sánchez presentando el concierto

Excelente propuesta de la Sinfónica Conjunta y su director y programador Juan García, la de recuperar algunos de los más conocidos motetes de Bruckner, aderezados con  iguales (Aequalis) del mismo autor y de Beethoven, y completar la función con una obra de la talla y la calidad de Et exspecto resurrectionem murtuorum del siempre estimulante Olivier Messiaen.

Sólo gracias a García y su espléndida labor frente a los y las estudiantes del Conservatorio Manuel Castillo, secundada por el profesorado que colabora en este apasionante proyecto, podemos disfrutar en Sevilla de programas tan brillantes, diversos y magníficamente estructurados. Son ya catorce temporadas y siguen sorprendiéndonos. De los muchos conciertos que han celebrado, con diferentes plantillas dado su carácter eminentemente académico, hay algunos que han pasado a nuestra memoria imperecedera, y éste corre el peligro de hacerlo igualmente.

Para empezar, haberse celebrado en la Catedral de Sevilla, prolongar la colaboración con el Coro de la Asociación de Amigos del Maestranza, iniciada el pasado enero con obras de Mozart, y programar una pieza del empaque, la fuerza y el magnetismo de Messiaen, son razones más que suficientes para lograr introducirse en esa lista de conciertos inolvidables. Si además, como no cabía esperar menos, las interpretaciones gozan de la brillantez con la que estos jóvenes acometieron las obras, no cabe duda de que la satisfacción es plena.

Sin embargo, hemos de puntualizar que el trabajo del coro no fue del todo convincente. Faltó una mayor fusión entre las voces femeninas, espléndidas, entonadas y bien timbradas, y las masculinas, mayoritariamente tremolantes entre las más agudas y las medias, mejor aunque sin el peso y el volumen que se requiere, las más graves. De esta forma, motetes de Bruckner como Tantum ergo, de su primera etapa, no relucieron lo suficiente, si bien la calidad melódica de Locus iste quedó manifiesta, acusando no obstante los mismos problemas, aunque sin dejar en ningún momento de marcar su carácter místico y elegíaco, Os justi y Ecce sacerdos, éste último con la impagable y majestuosa concurrencia del organista titular de la Catedral, Miguel Ángel García.

Con el escenario plantado en el trascoro, justo detrás desde el coro sonaron los espléndidos trombones, sin atisbo de imprecisión ni titubeo alguno, en los aequalis de Beethoven, el primero y el último de los tres que compuso, y los dos de Bruckner, dechado de majestuosidad, lirismo e íntimo recogimiento.


Si Bruckner creció artísticamente entre los muros de las catedrales y los monasterios en los que trabajó y a los que consagró su arte hasta derivar en su extraordinario cuerpo sinfónico, Messiaen se reconoció siempre como un católico ferviente, defensor de la vida después de la muerte. Quizás por eso la República Francesa le encomendó componer una obra para homenajear a los caídos en las dos guerras mundiales, que él resolvió con una majestuosa e inquietante pieza para viento y percusión concebida para ser interpretada en catedrales y otros espacios monumentales e incluso al aire libre en la alta montaña.

García y los jóvenes integrantes de la actuales secciones de metal, madera y percusión de la Conjunta, nos regalaron una sensacional recreación de Et exspecto resurrectionem mortuorum, con elocuentes pausas entre las cinco partes en que se divide, resueltas con un sobrecogedor silencio del público, previamente avisado por el director del Conservatorio Manuel Castillo, Israel Sánchez López, en su elocuente presentación del concierto.

Con título extraído del final del Credo de Nicea, Espero la resurrección de los muertos, la obra de Messiaen es un prodigio de ritmo y drama, en la que es fundamental centrarse en la concentración de los acordes, así como las notas y sonidos individuales, exigiendo de cada intérprete una precisión absoluta. Justo lo que García extrajo de cada uno y una de la cuarentena de intérpretes, que al unísono, en los pasajes más agitados de la segunda parte, centrado en el poder de Cristo, y sobre todo en el apabullante final en crescendo, sonaron sensacionales. Por su parte, la nutrida sección de percusión hizo sonar cencerros, campanas tubulares, gongs y tamtanes como un auténtico resonar de estrellas acompañando la resurrección.

Un gran esfuerzo de producción, incluyendo pantallas emitiendo parte del concierto, textos y títulos de las piezas, ayudó a que esta deuda con el autor de la Sinfonía Turangalila, quedara feliz y legítimamente saldada.

sábado, 13 de abril de 2024

DUELO Y MAGIA EN EL NOVENO DE LA ROSS

9º concierto de abono Ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Marc Soustrot, dirección. Programa: Kindertotenlieder, de Mahler; Sinfonía nº 4 en Mi bemol mayor WAB 104 “Romántica”, de Bruckner. Teatro de la Maestranza, viernes 12 de abril de 2024


No podemos considerar que emparejar en un mismo programa a Mahler y Bruckner sea el colmo de la originalidad, pero es cierto que hay más de un punto de conexión entre ambos genios. El noveno programa de abono del ciclo Gran Sinfónico de la ROSS estuvo dedicado al segundo de estos compositores, cuando se cumplen doscientos años de su nacimiento, efemérides que en otras plazas se celebra de manera más generosa, pero que al menos no ha pasado desapercibida en la nuestra. Celebrarlo con la Cuarta se revela harto oportuno, tratándose de su pieza más popular, por encima incluso de la también recurrente Séptima. 
Cada genio suele ser un eslabón en la cadena del arte, consecuencia de otro anterior y precedente del que le sigue. En el caso de Bruckner, podríamos considerar a Wagner y Mahler esos dos extremos entre los que se sitúa su magnífica y opulenta música, majestuosa pero a la vez sensible y tan sincera. Maridar la Romántica con las tristísimas canciones que Mahler compuso a partir de los poemas que Rückert dedicó a los niños muertos, sirvió como perfecto contraste entre el dolor y la exaltación de la naturaleza y la vida, y Soustrot supo muy bien destacar estos aspectos antagónicos en una muy cuidada dirección de ambas partituras, contando para ello con una plantilla que sigue exhibiendo su mejor faceta en esta jubilosa temporada.

La soprano anglo germana Sarah Wegener acertó en proyección y sobre todo en expresividad, pero su voz aguda bien timbrada se quedó corta; le faltó peso y ese grosor que una voz de registro más grave es capaz de aportar a unas canciones tan desesperadas. Exhibió además una voz tremolante en algunos pasajes, pero se esmeró en dotar de una fuerte expresividad, siempre en tono muy apesadumbrado, a estas canciones con las que algunos no pudimos evitar pensar en la incomprensible e inasumible violencia vicaria que estamos sufriendo durante este todavía incipiente 2024. Niños enfermos y desaparecidos que en las letras del poeta alemán parecían vislumbrar aquellos otros asesinados por sus propios padres, y que dotaron la experiencia de un dolor extremo, acentuado por el muy delicado acompañamiento de Soustrot al mando de una orquesta nítida, de sonido aterciopelado y cierta tendencia a la contención sólo interrumpida por puntuales subidas de tensión. Wegener estuvo en todo momento muy concentrada, aunque sin llegar a provocar esa catarsis emocional que demandan los momentos más trágicos. Acusó además cierta dificultad en los cambios de registro, al carecer del color adecuado en los pasajes más graves. Aplaudimos que se proyectaran los textos para su conveniente seguimiento.

Una catedral con cimientos sólidos

Hubo magia desde el inicio en la versión que nos brindó Soustrot de la Sinfonía nº 4 de Bruckner, siempre desde la elegancia que caracteriza su forma de dirigir y de la claridad que supo imprimir a una orquesta de nuevo en modo solemne y espectacular. Tras la extenuante Novena de Mahler de la semana pasada, atreverse ahora con otra sinfonía mastodóntica y salir tan airosos, merece todos los elogios a una orquesta que sigue siendo motivo de orgullo para todos y todas las melómanas sevillanas. La magia brotó ya con el movimiento inicial y sus calladas y relucientes cuerdas abriéndose camino antes de resultar más distendida y afable que exactamente fúnebre en el andante, y desde luego que deslumbrar con unos metales resplandecientes en el popular scherzo, hasta llegar al imponente crescendo final sin síntomas de agotamiento, ni siquiera tratándose de la segunda entrega de tan comprometedor programa.


Soustrot logró que la orquesta mirase al pasado más con devoción que con nostalgia, erigiendo esta monumental obra con cimientos muy sólidos y una muy acertada cohesión orgánica, todo ello bañado con esa luz mística tan apropiada para la empresa. Una vez más tuvo mucho que ver en el éxito la robustez de la cuerda grave, con pasajes en los violonchelos y las violas absolutamente deslumbrantes y evocadores, y especial mención para unas trompas exultantes dentro de un trabajo técnicamente impoluto de los metales. Se nota que hay mucha conexión y compenetración con el maestro francés.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 19 de abril de 2022

LA OJA DA RELIEVE A LA SÉPTIMA DE BRUCKNER

Cita en Maestranza. Concierto de Pascua de la Orquesta Joven de Andalucía. Carlos Domínguez-Nieto, dirección. Programa: Sinfonía nº 7 en Mi mayor, de Bruckner. Teatro de la Maestranza, lunes 18 de abril de 2022


Resulta desalentador que después de treinta años de esfuerzos ímprobos por parte de gestores e instituciones, el Maestranza ofrezca un aforo tan decepcionante como el que concitó anoche a la cada vez más escuálida afición sevillana. No es que el teatro estuviera vacío, pero puede que solo alcanzara poco más que la mitad de su aforo, y eso, tratándose de una cita que debiera ser ineludible por dos motivos fundamentales, tratarse de un concierto de nuestra estupenda orquesta joven y darnos la oportunidad de disfrutar con uno de los sinfonistas más ilustres de la historia, es sencillamente imperdonable. Es cierto que desde la crisis del 2008, y con todo lo que ha venido después, no se ha logrado levantar el ánimo y mucha de la afición que se había conseguido gestar desapareció como el humo, pero no podemos seguir justificándonos con esa desgracia para aceptar esta paulatina derrota de la cultura en una ciudad tan arraigada en ella.

El cuerpo sinfónico de Bruckner no está al alcance de cualquiera; son pocas las batutas que consiguen grandes resultados con su mastodóntico y complejo universo, ya sea desde un punto de vista técnico como expresivo. Más difícil lo tiene una orquesta todavía poco experimentada y de plantilla tan cambiante como la Joven de Andalucía, aunque al frente se ponga un director tan acreditado, con un currículo tan solvente como el de Domínguez-Nieto. Y sin embargo los resultados no pudieron ser más satisfactorios. La Séptima de Bruckner exige una extrema claridad en su arquitectura y una plenitud irradiante en la exposición de sus múltiples temas. Es importante además que su interpretación acierte a recrear ese espíritu wagneriano que la informa. De todo eso hizo buen acopio la extensa plantilla con que la OJA regresó este año al Maestranza, después de que la pandemia le obligara a celebrar su cita del pasado año en el Central.

Una página profunda y hermosa


Ya en el arranque del concierto, con un homenaje a las víctimas de la guerra, especialmente a las personas refugiadas de Ucrania con las que los y las jóvenes de la orquesta coincidieron en su retiro de Pilas, en forma del muy recurrente para estos menesteres Adagio para cuerdas de Barber, Domínguez-Nieto hizo una estupenda demostración de relieve y músculo, con dinámicas muy controladas y contrastes muy medidos. De todo eso se hizo eco también su versión de la sinfonía bruckneriana, que atacó con un encomiable sentido del equilibrio, logrando tanto comprensión formal como fluidez y agilidad en el fraseo y riqueza en las texturas. La suya no fue una Séptima colmada de sutilezas, pero tampoco resultó estridente ni apelmazada. Logró extraer de la joven plantilla un sonido homogéneo, imbuido de fuerza y energía, algo áspero en la cuerda aguda pero jamás desentonada ni fuera de estilo. Así arrancó la cuerda tremolante en un primer movimiento de admirable plasticidad y atmósfera etérea que acabó con un gran y apoteósico calderón en la mejor tradición del anillo wagneriano. Continuó luego con un adagio solemne y muy reflexivo, con más intensidad dramática quizás que pura desolación, un efectivo desarrollo contrapuntístico y un espléndido trabajo en los metales, coronado por ese polémico golpe de platillos muy bien controlado, y un apabullante crescendo final que sin embargo no malogró la trasparencia y el relieve del conjunto.

El scherzo se resolvió con ritmo precipitado e inusitada energía, un desarrollo tumultuoso y un logrado contraste con el apacible trío central, derivando a un finale de firme y férrea arquitectura, un sensacional trabajo en las trompas y una adecuada atmósfera cálida que culminó con el último y apabullante crescendo sin caer nunca en la estridencia ni el mal gusto. Una vez más quedó demostrada la disciplina y enorme capacidad de esfuerzo y trabajo desplegado por estos jóvenes músicos. Que gran parte del público aplaudiera tras cada movimiento demuestra una búsqueda incesante de nuevo público capaz de sustituir al que tanto echamos en falta en estas citas ineludibles. Como viene siendo habitual al final de sus conciertos, la plantilla se lanzó a una anticlimática pero muy elocuente fiesta, ya sin batuta, con el pasodoble Amparito Roca.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía