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viernes, 20 de febrero de 2026

JUAN PÉREZ FLORISTÁN, PROFETA EN SU TIERRA

Sinfónico 8: El héroe y el destino. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Obertura Egmont OP. 84, de Beethoven; Concierto para piano y orquesta nº 2 en Sol mayor Sz. 95 BB101, de Bartók; Sinfonía nº 5 en mi menor Op. 64, de Chaikóvski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de febrero de 2026


La gran devoción que Juan Pérez Floristán despierta en el público sevillano justifica que ayer el Maestranza observara un lleno casi absoluto, que se repetirá hoy, lo que demuestra que el joven sevillano sí es un profeta en su tierra. Sorprende, sin embargo, a pesar del alto coste de las entradas, que la cita de mañana sábado con una orquesta tan mítica como la Sinfónica de Londres no haya corrido la misma suerte, al menos de momento, aunque a estas alturas no creemos que pueda remediarse, por muy imprescindible que sea este concierto en el marco de la actual programación.

Floristán completó con éste su particular ciclo de los conciertos para piano de Béla Bartók, que inició en junio de hace dos años de la mano de Marc Soustrot, y continuó en abril del pasado con Eun Sun Kim a la batuta. El relevo lo ha tomado ahora un director muy afín y apreciado de la ROSS, György Györiványi Ráth, no en vano principal director invitado de la formación desde 2024. Nombres de una larga lista de los que han hecho posible este complicado ciclo, y a los que con su proverbial facilidad para la retórica, el joven pianista dedicó un sentido agradecimiento.

En este octavo programa del ciclo sinfónico de la ROSS de esta temporada, se asumió el esquema clásico de concierto, una obertura, un concierto y una sinfonía, con Beethoven y Chaikóvski acompañando al segundo de los conciertos que el compositor húngaro dedicó al instrumento rey. El resultado suscitó el gozo generalizado del público, que en un par de ocasiones a lo largo de la sinfonía, pareció dejarse llevar por el entusiasmo y abandonarse a un espontáneo aplauso, al margen de la enorme ovación dedicada a Floristán.

Un pianista versátil y comprometido

Tras una Obertura Egmont de Beethoven, cuyos robustos primeros compases y una estética en general rotunda y musculosa, se vio empañada por unas continuas caídas de tensión y ritmo, lo que restó emoción y trascendencia al conjunto, Floristán acometió el Concierto nº 2 de Bartók. Arrancó con un diálogo exacerbado y aparentemente indisciplinado, en el que maderas y metales se mezclaron juguetonamente con un piano fluido e inventivo, generando un falso caos muy acorde al espíritu alegre y desenfadado del allegro inicial, y huyendo de todo mecanicismo posible.

Foto: Dolores Iglesias Fernández, Archivo Fundación Juan March

Ráth imprimió de misterio y contención la elegía nocturna que inspira el adagio central, con Floristán plegándose a ese halo de delicadeza que lo impregna, y que en su sorprendente y furtivo scherzo central se convierte en vertiginosa carrera hacia el abismo, recuperando entonces la energía vigorosa que exhibió en el movimiento anterior. La cuerda acompañó acariciando al solista y potenciando el carácter ensoñador de la pieza.

De nuevo agilidad y torbellino en el allegro molto final, acopio de virtuosismo y todo un desafío técnico que el pianista salvó con maestría, mientras la percusión potenció su espíritu eufórico y su frenético ritmo. En la propina, Floristán homenajeó a Falla con una Serenata andaluza centrada más en los acentos y el ritmo que en obtusas florituras.

Una orquesta entregada a su máxima potencia

György Ráth y la ROSS en abril 2025. Foto: Marina Casanova

Son ya muchas las veces que la ROSS se ha enfrentado a ese grito de rabia y desconsuelo que es la Quinta de Chaikóvski, con resultados en su mayoría satisfactorios. También lo fue en esta ocasión, con Ráth entregado en cuerpo y alma, y la ROSS respondiendo con todo su arsenal, resplandeciente y gloriosa. La página se deslizó con tanta amargura como cierta esperanza, evidenciando los resortes anímicos de su compositor, tan preocupado por el destino, ahora trasmutado en providencia, como lo estuvo en su anterior sinfonía, escrita una década antes.

Ráth se atrevió a modificar ritmos en algunos pasajes del allegro inicial, precedido de un melancólico adagio, y con una conmovedora tristeza informando todo el movimiento. Un inquietante arranque en el que brillaron las trompetas y el estallido enfático y generalizado de toda la sección de metal, precedió al conmovedor solo de trompa con el que se inicia el famoso andante cantabile, tan espacioso como intenso, impregnado de nobleza y patetismo. La orquesta se deslizó de forma majestuosa, plena de lirismo y serenidad, con aportaciones sobresalientes del clarinete y el oboe, y puntuales irrupciones de furia devastadora y contrastante.

El vals resultó elegante pero pasó desapercibido frente a la energía y la serenidad espiritual que destacaron en los movimientos precedentes. El andante maestoso, por su parte, se convirtió en pura batalla seguida de un triunfal final no exento de pesimismo, como fue posible adivinar de la interpretación tan desesperada que una muy disciplinada ROSS hizo de este sospechoso canto más angustiado que victorioso, bajo la firme y segura dirección de György Ráth. Para entonces, todas las familias instrumentales habían evidenciado la responsabilidad, el brillo y la majestuosidad con la que asumieron esta página tan frecuentada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 17 de mayo de 2025

MODERNISMO Y UNA ATREVIDA CONJUNTA

Concierto nº 8 de la temporada XIV de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Antonio David Moreno, viola. Andrea Ramírez, soprano. Nerea Barraondo, mezzosoprano. Juan García Rodríguez, director. Programa: Concierto para viola, de Bartók (versión de Michael Thomas); Socrate, de Satie. Auditorio de la ETS de Arquitectura, viernes 16 de mayo de 2025


La capacidad de sorprender de Juan García al frente de la Conjunta no tiene límites, y así lo demuestra otro de sus muy atractivos programas, con piezas que difícilmente tendríamos oportunidad de escuchar aquí si no fuera por su inagotable imaginación y creatividad. Desde hace ya catorce años, García cuenta con un proyecto fértil e ilusionante con el que dar rienda suelta a sus inquietudes puramente sinfónicas, compaginándolo con una fructífera e impagable labor al frente de Zahir Ensemble y ese favor que le hace a la ciudad de enfrentarse a la música de nuestro tiempo y no anquilosarse en la de otras épocas y otros repertorios tan trillados de los que tanto tiran otras instituciones más arraigadas y apoyadas de la urbe.

No es el salón de actos de Arquitectura el que mejor se acomoda a las intenciones y prestaciones de esta orquesta de jóvenes en prácticas. Echamos de menos el cada vez menos utilizado Auditorio de Ingenieros que con el tiempo se convirtió en sede principal de la mutante formación. El calor reinante y una acústica demasiado seca no favorecen el disfrute de la música, pero el esfuerzo merece cuando en los atriles se posan partituras tan insólitas como las que anoche acompañó este octavo encuentro de la temporada con tan estimulante orquesta.


El joven Antonio David Moreno demostró su aplicado conocimiento de todos los resortes de la viola enfrentándose a una obra tan complicada como el Concierto (inacabado) para viola de Bela Bartók. Una obra que apenas dejó esbozada antes de morir, pero que con las indicaciones que tuvo tiempo de dar a su amigo Tibor Serly, éste fue capaz de orquestarla a requerimiento de los herederos del compositor. Como obra inacabada que es, muchas han sido las sensibilidades que se han atrevido a completarla, la última podríamos decir que es la de Michael Thomas, siempre tan activo y entusiasta, que con tanto esfuerzo tira de formaciones de nuestra comunidad como la Bética de Cámara o la Orquesta de Almería.

Podríamos aseverar que Thomas ha logrado recrear el espíritu enrarecido, intrigante y misterioso que tanto se acomoda a la estética de Bartók, y que en manos de Serly quedó bastante difuminado. Su versión mantiene la actitud rapsódica del solista y la complejidad de su gramática, a la vez que potencia el trabajo de la orquesta y una exuberante combinación tímbrica, especialmente visible en el trabajo de los metales. De todo esto se hizo eco la batuta siempre inquieta y enérgica de García, si bien percibimos en la plantilla cierto desequilibrio y algún que otro molesto desencuentro entre secciones, que destiñó el buen resultado que esperábamos anotar de tan rutilante interpretación.

El trabajo de Moreno fue sin embargo impecable, atento y esmerado, sin estridencias, con un sonido diáfano y homogéneo sometido con acierto y flexibilidad a sus continuos cambios de color y registro, coronando una más que aceptable versión de la pieza, al margen de esas puntuales irregularidades, que bien podrían por otro lado deberse a la literatura inquietante y enrarecida de Thomas al respecto, tan acostumbrados que estamos a la más preciosista y retraida de Serly.

¿Quién mejor que García para ofrecernos una página tan insólita y atrevida como Socrate, y sumergirnos así en las claves más evidentes del modernismo musical? Esta obra concebida para voz y pequeña orquesta a partir de un original para piano y voz, fue encargo de la Princesa de Polignac para acompañar el recitado en voz alta de diversos extractos de los diálogos de Platón referidos a Sócrates, y que Satie pareció aceptar a regañadientes. Siguiendo la traducción de Victor Cousin, y con la feliz y acertada idea de proyectar los textos con elegante caligrafía para que pudiésemos seguir su conceptual trama, la versión definitiva respetó el encargo de que fueran solo voces femeninas las intervinientes, a pesar de que dieran voz a personajes masculinos, pero añadiendo orquesta que proporcionara una base dramática, aunque repetitiva, a la propuesta.

Alcibiades, Sócrates, Fedro y Fedón encontraron en las muy bien entonadas voces solistas la vía de comunicación con un público que asistimos atentos y curiosos a tan insólita propuesta. Los resultados, como suele ocurrir cuando se pone tanto empeño e ilusión en la empresa, fueron sobresalientes, ahora sí con una orquesta harto disciplinada, una cuerda tersa y un perfecto equilibrio entre todas las voces. La ocasión nos permitió además disfrutar de la voz estremecedora, poderosa y muy implicada dramáticamente de la joven mezzo navarra Nerea Barraondo, que cargó con el mayor peso de la función. Junto a ella, las aportaciones de la soprano Andrea Ramírez brillaron lo justo, aportando variedad y elegancia a un conjunto que convenció de principio a fin para disfrute de todos y todas las asistentes.

viernes, 11 de abril de 2025

UN FLORISTÁN JUGUETÓN FRENTE A LA MAGIA DE EUN SUN KIM

Gran Sinfónico nº 9 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. Eun Sun Kim, dirección. Programa: Concierto para piano y orquesta nº 1 SZ83, BB91, de Béla Bartók; Petrushka, escena burlesca en cuatro cuadros (versión 1947), de Ígor Stravinski. Teatro de la Maestranza; jueves 10 de abril de 2025


Un breve acorde citando la Danza rusa de Petruchka en el primer movimiento del Concierto para piano nº 1 de Bartók, pone en relación estas dos páginas maestras del primer cuarto del siglo pasado. A su vez, en dos semanas hemos tenido la oportunidad de disfrutar de los tres ballets fundamentales del compositor ruso, dos de ellos en los atriles de la ROSS. Y del mismo modo, en estos mismos conciertos hemos podido disfrutar del arte de los dos mejores pianistas españoles (y andaluces) del momento, Perianes y Floristán.

El joven sevillano debía haber interpretado el primero de los tres conciertos de Bartók en mayo de 2023, con Marc Soustrot a la batuta, pero fue suspendido por huelga del personal de la orquesta. El tercero protagonizó el último concierto de Soustrot como director titular de la Sinfónica, en junio pasado. La próxima temporada le tocará el turno al segundo de estos conciertos.

En el podio, una de las más renombradas directoras de orquesta, la surcoreana Eun Sun Kim, ampliamente laureada, con vasta experiencia dirigiendo algunas de las más prestigiosas orquestas del mundo, y depositaria de entusiastas críticas. Muchas razones para dejarse seducir por tan estimulante cita, a pesar de su brevedad, toda vez que del programa original de aquel mayo de 2023, se apeó Finlandia de Sibelius.

Pérez Floristán entusiasmado y en sintonía

Tras dos breves piezas de juventud para piano, una rapsodia y un scherzo, Bartók compuso sus tres conciertos para piano, fundamentales para el repertorio del siglo XX, entre 1923 y 1926. El primero es una página de considerable rigor rítmico y contrapuntístico, de considerable dificultad y una estética neoclásica evidente, en la que el piano asume a menudo el carácter de percusionista, junto a una representación de la sección en la que el veterano Gilles Midoux asumió su último concierto antes de jubilarse y tras pertenecer a su plantilla desde su fundación. Un dato que el director gerente de la orquesta, Jordi Tort, aprovechó para brindarle un merecido homenaje ante el público.

El carismático pianista pareció disfrutar a tope durante toda la interpretación de la página, jugueteando con el teclado, extrayendo de él su máxima expresividad, y evidenciando en su rostro una actitud de demoledora satisfacción. Una interpretación impecable, de ritmo preciso y a menudo brutal, si bien limando asperezas y haciendo hincapié en la brevedad de sus motivos y ese puntillismo a menudo presente en la partitura. Una interpretación intensa pero controlada, especialmente en su particular andante, abordado junto a maderas y percusión como si de un misterioso pasaje se tratase.

Igualmente controlado fue el trabajo a la dirección de Sun Kim, que estuvo muy atenta a la lógica de la construcción y a la estética del pianista, si bien echamos en falta algo más de incisividad y una mayor vehemencia a la hora de articular emociones. En realidad, fue ese aparente caos que deambula por la pieza lo que más echamos en falta, como si el empeño de la directora enturbiara el concepto que habitualmente tenemos de este icónico concierto.

Floristán decidió en la propina recuperar la participación de Sibelius en el programa original, interpretando con una sensibilidad extrema y una capacidad melódica excelsa, El abeto.

Una narrativa muy precisa

Por esos derroteros corrió también Petruchka, el segundo de los ballets que Stravinski compuso para Dhiagilev, de origen igualmente pianístico, instrumento del cual se hizo cargo, con la habitual fortuna que le caracteriza, Tatiana Postnikova. Todas las familias instrumentales, por cierto, brillaron a un nivel excepcional, con solos extraordinarios de Juan Ronda a la flauta, José Forte a la trompeta y toda una sección de trompas de extraordinaria resolución.


Aquí, el empeño de la directora por hacer que todo sonara con una brillantez y una limpieza absoluta, casó muy bien con la intención narrativa de la partitura, si bien faltó a nuestro juicio un toque más grotesco allí donde la pieza lo demanda. Por otro lado, su retórica quedó perfectamente plasmada, como un mickeymousing capaz de plasmar cada movimiento y fortuna de los personajes, especialmente ese Petruchka, marioneta desgraciada y miserable a la que el amor no correspondido lleva al abismo.

Toda la alegría de la fiesta y el carnaval, así como los pasajes más relajados y sentimentales y aquellos de carácter mayoritariamente circense, sus aspectos más humorísticos y hasta ridículos, quedaron perfectamente plasmados en esta impecable interpretación. La cuerda brilló por derecho propio en sus frecuentes pasajes fuertemente sincopados, dando todo el conjunto a las órdenes de tan esmerada batuta, una inconfundible sensación de magia, tan afín a la historia narrada y los movimientos imaginados de los y las danzantes.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 17 de enero de 2025

GYÖRGY RÁTH EXALTA SU TIERRA CON EXCELENCIA

Gran Sinfónico nº 5 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Eldar Nebolsin, piano. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Les Préludes S.97 y Concierto para piano nº 2 en La mayor S.125, de Liszt; Concert Românesc, de Ligeti; A csodálatos mandarin Op. 19, de Bartók. Teatro de la Maestranza; jueves 16 de enero de 2025


Agota referirse al maestro György Ráth, cada vez que se sube al podio de la Sinfónica, como el eterno candidato a convertirse en su director artístico titular. Pero no queda más remedio que hacerlo, y que repetir así mismo la excelente sintonía que siempre ha manifestado con los y las maestras del conjunto sinfónico. Reencontrarse con la orquesta le habrá supuesto una enorme sorpresa, al comprobar la cantidad de rostros nuevos que la integran, especialmente en un concierto como el de esta semana, que habrá necesitado sin duda un importante número de refuerzos.

En los atriles, un recorrido sentimental y estilístico por la música de su Hungría natal, con dos partes bien diferenciadas, el romanticismo a ultranza de Liszt y la cara más folk del país y la vecina Rumanía. El poema sinfónico Los preludios sirvió justamente como obertura a dicha ruta, y de paso introdujo una primera parte protagonizada íntegramente por Liszt.

La técnica de la transformación temática, tan cara al género, se benefició de una interpretación clara y transparente, muy atenta a cada inflexión expresiva, cuidadosa con las dinámicas, los perfiles y los matices. Nada que ver con otras ocasiones, la última en 2020 rompiendo el silencio pandémico, en que apreciamos cierta suavidad en la forma de dirigir de Ráth. Pura efervescencia, acierto en los contrastes y una inusitada forma de atacar los pasajes más enérgicos de la pieza, de la misma forma que los más poéticos alcanzaron cotas sublimes, caracterizó el estilo del maestro, sensacionalmente respondido por una orquesta extensa, con hasta ocho contrabajos y solos maravillosos.

Un pianista acorde a las circunstancias

No cabía malograr tan esperanzador arranque con un pianista que no estuviera a la altura, y vaya si Eldar Nebolsin volvió a convencer al público maestrante. Nacido en Uzbekistán pero formado fundamentalmente en nuestro país, lo que le permite hablar un fluido castellano, el intérprete logró hacerse con el Concierto nº 2 de Liszt y regalarnos una interpretación de altura, para el recuerdo.

Se adhirió a sus perfiles rapsódicos con total elegancia y naturalidad, dominando la melodía y controlando el virtuosismo, manteniendo su carácter protagónico pese a la brillante intervención de los músicos de la orquesta, especialmente un solista de violonchelo de enorme solvencia y delicadeza.


Prodigio de sutileza, a veces intimista, otras enérgico, según se exige, Nebolsin acusó perfecta sintonía con el director, lográndose una excelente versión de tan icónico concierto. El acertado mantenimiento de la tensión fue otra de las cartas bien jugadas de ambos maestros, sin afectar al clima en continua transformación que caracteriza a la pieza. Disfrutamos también magníficos solos de oboe y clarinete, mientras como propina, el pianista hizo gala de agilidad en trinos y arpegios con una edulcorada interpretación de una pieza de Schumann en transcripción de Liszt.

Fiesta y drama

Menos efectivos necesitó el director húngaro para afrontar una página tan festiva como el Concierto Rumano de Ligeti, una obra de juventud que sólo puntualmente adelanta el estilo que le hiciera célebre y con el que revolucionara la música occidental, concretamente en el movimiento lento, con aportaciones intrigantes y colmadas de misterio de la trompa solista. El resto es pura efervescencia basada en el uso de melodías del folclore rumano. Un trabajo no exento en su momento de polémica, por cuanto se le acusó de no ceñirse a las indicaciones del realismo socialista en el uso de este tipo de melodías, añadiendo disonancias e intervenciones atrevidas.

El trabajo fulgurante de la orquesta, con solos agitados y aceleradísimos de Alexa Farré al violín, se vio corroborado con una más que satisfactoria interpretación de la pieza de concierto extraída del ballet El mandarín maravilloso de Bartók. Hacía tanto que no escuchábamos esta increíble obra en el Maestranza, que algunos consideramos la oportunidad un acontecimiento, saldado con satisfacción gracias a las formas aseadas y enérgicas de la batuta, y el trabajo integral, sintonizado, armónico y exuberante de la orquesta, en formación muy extensa.

Siguiendo una narrativa que preconiza el uso de la banda sonora veinte años después en el cine negro hollywoodiense, la interpretación de Ráth y la ROSS fue en todo momento incisiva y brillante, haciendo hincapié en su parentesco con el universo stravinskiano y en sus perfiles de seducción y sensualidad. Excelentes solos también, además de un magnífico trabajo de metales y percusión, derivando todos y todas en un espléndido final fortissimo.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 28 de junio de 2024

MARC SOUSTROT PROTAGONIZA UNA DESPEDIDA DECIBÉLICA

11º Concierto de abono Ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano; Marc Soustrot, dirección. Programa: Obertura festiva Op. 96, de Shostakóvich; Concierto para piano nº 3 en Mi mayor Sz.119, de Bartók; Sinfonía nº 9 en mi menor Op. 95 “Del Nuevo Mundo”, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, jueves 27 de junio de 2024


Ha pasado más de un mes desde el último concierto de abono del ciclo Gran Sinfónico de la ROSS, aunque en este tiempo la hemos disfrutado en el concierto extraordinario de Juventudes Musicales y en la ópera Nabucco. Casualmente hemos tenido la oportunidad de reencontrarnos en una misma semana, por separado, con el director Lorenzo Viotti, que nos acompañó el pasado lunes junto a la Filarmónica de Viena, y el pianista sevillano Juan Pérez Floristán. Juntos protagonizaron un concierto de la ROSS en abril de 2015. Si no fuera por un colega de profesión no nos hubiéramos acordado de aquella ocasión en la que vaticinábamos un triunfal futuro para el suizo, mientras Floristán ha acumulado madurez y confianza, convirtiéndose en el excelente pianista que es hoy.

Para Marc Soustrot éste supuso su último concierto como director titular de la orquesta, que volverá a dirigir como invitado la próxima temporada. Para su despedida, el maestro eligió piezas muy enraizadas en el imaginario norteamericano. La de Shostakovich es una obra alegre y desenfadada cuyos acordes parecen imitar a las épicas películas hollywoodienses cuyo estilo tanto debe a los grandes compositores eslavos. Bartók posiblemente suavizó sus formas no sólo para adecuarse a las limitaciones de su esposa pianista, ni por aproximarse a sus últimos días de vida, sino por adaptarse a la estética estadounidense, el país en el que residía, menos proclive a fagocitar las corrientes vanguardistas que imperaban en el viejo continente. Y de Dvorák y su última sinfonía poco hay que añadir, sino que de alguna manera cimentó el estilo que tiempo después Copland acuñaría para desarrollar su música a la americana.

Sin embargo, esa sutileza y esa elegancia que siempre hemos asociado al maestro galo, surgió en menor proporción en este concierto de despedida, optando más por una exhibición decibélica y una estética apoteósica, aún a costa de someter el auditorio a una saturación acústica que en ocasiones se tornó incluso estridente. Nada que objetar en este sentido a esa Obertura festiva que Shostakóvich concibió por encargo en los años cincuenta para celebrar el aniversario de la Revolución. Abstrayéndonos de sus verdaderas intenciones, queda la lectura sin dobleces ni ironía de Soustrot, centrada en exhibir fuerza y alegría, con notables intervenciones de los metales, excepto las trompas, que no tuvieron ni en ésta ni en el concierto de Bartók, su mejor noche.

Floristán se reafirma concentrado y responsable

La última obra del autor de El mandarín maravilloso, es sin duda su concierto para piano más amable y distendido, también en lo técnico, aunque reviste las suficientes dificultades y merece la atención al detalle y a su intrincada expresividad que Floristán fue capaz de ofrecerle. El joven pianista se adaptó a su atmósfera tranquila de texturas impresionistas, respetando sus ocasionales resonancias perturbadoras y el ritmo obsesivo y exuberante que de vez en cuando aparece. Especialmente lúcido estuvo en el movimiento lento central, evocando esa hechizante yuxtaposición de radiante coral con una brillante música nocturna casi mística. El dominio del fugato y la vitalidad rítmica sin agresividad primaron en el allegro final. Pero lo mejor devino en la fluida complicidad entre solista y orquesta, gracias al mimo con el que Soustrot acompañó en todo momento. Como propina, parte del sentimiento y la delicadeza que impregnó en el Preludio en mi menor Op. 28 nº 4 de Chopin se perdió debido a las toses, ruidos inclasificables y recurrentes caídas de objetos que lo agredieron.

Soustrot despachó la Sinfonía del Nuevo Mundo haciendo un gran alarde de exhibición pirotécnica, ahora con las trompas más disciplinadas y una tendencia general a lo apoteósico, si bien echamos en falta más presencia de la cuerda grave, lo que acabó provocando un sonido más metálico de lo conveniente e incluso puntualmente estridente. Esto no impidió que el buen gusto del maestro asomara en páginas como el hermoso largo, todo un triunfo melódico del que batuta y conjunto extrajeron su potencial nostálgico y evocador, antes de enfrentarse a los continuos saltos en staccato del scherzo y al vigor y el dinamismo del finale.

Foto: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 16 de febrero de 2024

LA FUERZA DE SOUSTROT FRENTE AL PRECIOSISMO DE DOGADIN

5º Concierto de abono Ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Sergei Dogadin, violín. Marc Soustrot, dirección. Programa: Concierto para violín y orquesta en Re mayor Op. 61, de Beethoven; Concierto para orquesta Sz116 B.B123, de Bartók. Teatro de la Maestranza, jueves 15 de febrero de 2024


No por muchas veces programado deja de ser un placer volver a escuchar el Concierto de Beethoven, seguramente si no el mejor, uno de los mejores jamás compuestos para el violín. Comprobar cómo se enfrentaba a él Marc Soustrot parecía más interesante a priori que hacerlo con respecto al solista, el virtuoso y muy reconocido violinista ruso Sergei Dogadin. De él se desprendió un sonido extremadamente aterciopelado, algo más vibratado de lo conveniente, pero indiscutiblemente sólido y vigoroso. No hubo atisbo de liviandad ni superficialidad en su esmerado arqueado, si bien echamos en falta algo más de intención y expresividad en una interpretación que se nos antojó excesivamente académica, con unas cadencias que no acertamos a identificar, algo de su cosecha debió haber, que se pegaron demasiado a la melodía, como si reinterpretase el concierto sin acompañamiento orquestal.

Teniendo tan presente la majestuosidad y brillantez sin fisuras de la pieza, resulta increíble pensar que no obtuvo el reconocimiento que merecía hasta casi cuarenta años después de su estreno, cuando un adolescente Joseph Joachim como solista y Felix Mendelssohn como director lo recuperaron con ayuda de la Filarmónica de Londres. La importancia y la densidad de la orquesta no debe oponerse al solista, que sin embargo ha de reforzar el discurso orquestal y subrayar sus dotes de virtuoso. Todo esto se cumplió en la interpretación de Dogadin y la Sinfónica, sin embargo echamos en falta algo más de sentimiento y espiritualidad en la versión, y no porque el virtuoso no se dejara hasta el último aliento en su memorística interpretación, sino porque no nos pareció que fuese capaz de transmitir todo ese sentimiento veladamente trágico que emana de la obra. Fue como entender a la perfección toda la parte técnica pero dejar atrás un considerable peso de emotividad y presunta amargura, aunque Dogadin nos dejó un concierto impecable a nivel técnico, preciso y de sonido brillante. Soustrot se plegó a él con respeto y profesionalidad, contestando y dialogando con él, mientras cada uno y una de las solistas dejaron su impronta de magníficos instrumentistas, imprimiendo fuerza y energía allí donde tocaba, y delicadeza en los pasajes más introvertidos, ya fuera en la arrolladora belleza melódica del allegro inicial, como en el carácter de romanza, quizás algo falto de aliento poético, del larghetto, o la exultante alegría del allegro final. Como propina, Dogadin rubricó su condición de virtuoso con una fantasía del violinista y showman ruso Aleksei Igudesman, de aires tan discretamente aflamencados que hubo hasta zapateado.


El Concierto para orquesta de Bartók reproduce la idea del Concerto grosso del siglo XVII, con una serie de solistas enfrentados, aunque cada uno y una en pasajes distintos, al tutti orquestal. Fue un encargo de Sergei Roussevitzky, a instancias del director Fritz Reiner y el violinista Joseph Szigeti, muy amigos de un Bartók que entonces luchaba por sobrevivir en Estados Unidos, donde emigró huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Concebido para lucimiento de los solistas de la Sinfónica de Boston, ofrece grandes oportunidades a metales, maderas y viola, desde una caligrafía bastante conservadora para el legado vanguardista que había dejado el compositor húngaro. Pero no se trata de una pieza del todo convencional, y desde luego admite considerarse como obra maestra. Sentíamos curiosidad por cómo un maestro de la delicadeza y la elegancia como Soustrot se enfrentaría a un trabajo con tanta fuerza, carga enérgica e intensidad emocional. Y la satisficimos holgadamente gracias a una interpretación poderosa y concienzuda en la que batuta y orquesta se comprendieron a la perfección para ofrecernos una experiencia intensa, llena de desbordante energía. Hubo tensión e inquietud tanto en la introduzione como en una elegía resuelta con sentido dramático y apesadumbrado. Soustrot fue capaz de transmitir la sensación de sarcasmo y juego que expiden el gioco delle coppie (Juego de parejas) y el muy cantarín intermezzo interrotto, hasta desembocar en un fulgurante finale presto, en perpetuo movimiento, con turbulentos fugados y un apoteósico final, haciendo acopio en todo momento de energía y vitalidad.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 21 de enero de 2023

UNA CONJUNTA ARRIESGADA Y COMPROMETIDA

3er concierto de la XII temporada de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Jesús Berdonces, clarinete. Juan García Rodríguez, dirección. Programa: 5 piezas para orquesta Op. 10, de Webern; Concierto para clarinete y orquesta Op. 57, de Nielsen; Malva toda y oro, de Víctor Estapé; Suite de danzas Sz. 77, de Bartók. Auditorio ETS de Ingeniería, viernes 20 de enero de 2023


Enfrentarse a un programa tan exigente como éste no está alcance de cualquiera; requiere mucha disciplina y dedicación, y un trabajo en equipo de enorme compromiso y responsabilidad. Es así como trabajan estos y estas jóvenes que integran cada año el programa académico que hace ya doce años se bautizó como Orquesta Sinfónica Conjunta. Gracias a profesores como Juan García Rodríguez o Camilo Irizo, este singular conjunto se enfrenta prácticamente cada cita a piezas de nuestro tiempo, al menos compuestas a partir de la segunda mitad del pasado siglo, lo que lo diferencia de otros conjuntos similares que tanto se prodigan afortunadamente en los últimos tiempos. El Auditorio de la Escuela Superior Técnica de Ingenieros sirvió de nuevo de escenario para que una vez más el milagro se hiciera realidad. Lástima que se mantuvieran encendidas las luces de sala prácticamente durante todo el concierto, afectando a la concentración del oyente, salvo en la pieza final, las danzas de Bartók.

Algo más de cien jóvenes se subieron a escena entre las plantillas reducidas de las tres primeras piezas, y la increíble aglomeración dedicada a Bartók, donde por supuesto coincidieron también muchos y muchas de las intérpretes que tocaron antes. Las Cinco piezas para orquesta de Webern, las más breves que compuso jamás este amante de la miniatura, exigen multitud de timbres instrumentales, incluida una vasta representación de percusión, una guitarra y una mandolina, pero prácticamente con una sola voz por instrumento y una participación exigua en la mayoría de los casos, no en vano su duración total apenas alcanza los cinco minutos. Esto hace que la plantilla resulte completa pero muy reducida, y que cada uno y una queden muy expuestos, de forma que si no se domina el instrumento a la perfección, se nota demasiado. Fue precisamente lo que ocurrió en esta lectura algo deslavazada de la obra, donde los temibles metales evidenciaron endebleces y la combinación de timbres y texturas no acabó de funcionar. El clarinetista cordobés Jesús Berdonces vino a paliar la agridulce sensación que nos dejó Webern, con un control extraordinario de la respiración y un fraseo impoluto que sirvió para dejarnos una versión impecable del concierto de Nielsen, donde todas sus cadencias, figuras retóricas y vericuetos varios quedaron perfectamente recreados en la sensacional escritura de Berdonces. García le acompañó con mucho respeto y cuidado, sin embargo la seca acústica del lugar impidió ese sonido etéreo y atmosférico que caracteriza la obra del compositor danés. Por el contrario, el duelo con el tambor resultó sobresaliente, tanto en los momentos más airados como en los más dialogados.

En la segunda parte, la Conjunta estrenó una obra escrita expresamente para ella de la mano del profesor catalán Víctor Estapé. Malva toda y oro es algo más de diez minutos de cuerda sostenida y continuos juegos armónicos, con aires misteriosos e inquietantes muy en estilo Bartók, bien articulado y orquestado con mucha intención, pero que conforme avanza se va antojando rutinario y su discurso se va agotando. Con todo, un detalle de quien es director académico del Centro Superior de la Fundación Conservatori Liceu, que eleva aún más la categoría y la presencia de esta orquesta que tan felices nos hace. Precisamente el compositor austrohúngaro fue el protagonista del final del concierto, con una plantilla de infarto (hasta ocho contrabajos) para poner en pie con una destreza y una coordinación al alcance de los más depurados y experimentados, la Suite de danzas que compuso en 1923 por encargo del ayuntamiento de Budapest para celebrar el décimo quinto aniversario de la unión de las tres ciudades a orillas del Danubio. Su estilo accesible no exento de rigor intelectual, hizo las delicias de un público embelesado con el buen hacer de tan generosa orquesta, con sus seis danzas entrelazadas dejando ver las raíces folclóricas fundamentalmente eslavas que las informan, gracias a un trabajo exquisito de compenetración, empaste y control de dinámicas, que permitió disfrutar con el carácter y el temperamento de la obra, su ritmo trepidante y su intensa luminosidad.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 29 de mayo de 2021

MARTÍNEZ Y SCHULTHEIS VIAJAN A TRAVÉS DE LA SONATA

Ciclo Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Carlos Martínez, violín. Seth Schultheis, piano. Programa: Sonata Op. 9 nº 3 en Re mayor, de Leclair; Sonata nº 9 “Kreutzer” Op. 47 en La mayor, de Beethoven; Sonata nº 2 Op. 100 en La mayor, de Brahms; Rapsodia nº 1 Sz. 87, de Bartók. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, viernes 28 de mayo de 2021

El último concierto del ciclo Alternativas de cámara, organizado por el Teatro de la Maestranza en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla, fue también la antesala del tradicional
Festival de primavera de esta veterana asociación cultural, que se celebrará durante todo el mes de junio en sesiones matinales de domingo en el Teatro Cajasol, en lugar del Salón de carteles de la Plaza de Toros, como solía ser habitual antes de la pandemia. En este festival figura también Seth Schultheis, el joven pianista norteamericano que interpretó este suculento programa junto al cordobés Carlos Martínez, que por su parte tocará como solista junto a la Sinfónica de Sevilla el Concierto nº 1 de Bruch, en una cita especial organizada igualmente por Juventudes Musicales que tendrá lugar el próximo martes 22 del mes entrante.

Una vez más tenemos que congratularnos por el excelente nivel que exhiben las nuevas generaciones de nuestros intérpretes. Martínez, con un complejo viaje a través de la sonata para violín y piano, que fue del Barroco de Leclair al nacionalismo del siglo XX de Bartók, pasando por el clasicismo de Beethoven y el romanticismo de Brahms, cogiéndole el pulso a cada uno en afecto y estilo, exhibió una madurez interpretativa y un nivel técnico de primera categoría, fielmente acompañado por el lirismo embaucador que desgranó Schultheis, a quien presuntamente conoció hace apenas tres años durante sus estudios en la Manhattan School of Music. Su forma de abordar el repertorio con el que comenzó el programa, una sonata de Jean-Marie Leclair para violín y bajo continuo en cuatro movimientos, no fue precisamente la más ortodoxa para los tiempos que corren. Tendemos a condenar toda interpretación de este repertorio que no se ajuste a los parámetros historicistas aceptados, despreciando la agilidad y la atención al matiz y el detalle que los intérpretes puedan llegar a manifestar, como así ocurrió en una exhibición generosa en claridad y buen gusto a la hora de desarrollar la riqueza melódica de la pieza. Aquí Martínez dejó ya clara su capacidad para la ornamentación, con allegri llenos de vida y un virtuosismo brillante. Solo cupo reprocharle algo más de afinación y destreza en los pianissimi, mientras ambos supieron, con la dificultad añadida del piano al abordar este tipo de composiciones, equilibrar la delicadeza francesa con la pasión italiana y la profundidad alemana.

Tras este preámbulo, dos obras mayores del género

Atreverse con la Sonata Kreutzer cuando todavía se está en una fase de iniciación a nivel interpretativo, supone todo un reto y un ejemplo de valentía del que resulta difícil salir bien parado. Martínez y Schultheis lograron sin embargo un nivel muy aceptable, aunque sus primeros acordes arpegiados fueron algo toscos y faltos de suficiente agilidad, detrayendo de la pieza ese carácter aparentemente improvisado que la define. Pero el resto deambuló con soltura y considerables dosis de bravura, salvando sus continuos cambios de registro y textura, manteniendo en el violín un timbre homogéneo, rara vez estridente y siempre meticuloso para lograr una lectura solemne del presto inicial, con notable capacidad inventiva por parte del pianista, así como cierta calma poética y sentimental en el andante, y una vibrante y dinámica tarantella final. Cierto que faltó esa depuración expresiva, que no técnica salvo en lo apuntado, que llevara la pieza al nivel de la excelencia, pero en general resultó bastante satisfactoria y dejó claro el buen nivel de compenetración entre los artistas.

La Sonata nº 2 de Brahms es un dechado de lirismo y armonía. La que provocara tanta alegría y satisfacción en Clara Schumann se benefició de una interpretación fluida y emotiva, más depurada a nivel expresivo que la anterior, alcanzando un diálogo fluido entrambos. Martínez acertó en su forma de abordar esta Meistersinger o Thuner Sonata, así llamada indistintamente por contener un tema de Los maestros cantores de Wagner y por ser concebida en un apacible verano en la localidad suiza de Thun. El joven violinista exhibió cantabilidad y un depurado sonido, salvando con acierto sus grandes intervalos y episodios contrastados, y acompañado con frescura y humildad al piano. Fue una lectura que incidió en los aspectos tiernos y apacibles de la partitura, de la misma manera que en la Rapsodia de Bartók, una de las que alcanzaron más popularidad en su transcripción para violín y orquesta, acusaron una agilidad y un virtuosismo técnico excelente. Toda una celebración de las danzas y melodías populares rumanas expuestas con una brillantez solo posible si detrás hay un trabajo responsable y un esfuerzo extraordinario. Con el movimiento lento de la Sonata Primavera de Beethoven como propina, rubricaron un concierto de generosa duración, mucha resistencia y resultados muy satisfactorios.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía