Mostrando entradas con la etiqueta Chaikóvski. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chaikóvski. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de febrero de 2026

JUAN PÉREZ FLORISTÁN, PROFETA EN SU TIERRA

Sinfónico 8: El héroe y el destino. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Obertura Egmont OP. 84, de Beethoven; Concierto para piano y orquesta nº 2 en Sol mayor Sz. 95 BB101, de Bartók; Sinfonía nº 5 en mi menor Op. 64, de Chaikóvski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de febrero de 2026


La gran devoción que Juan Pérez Floristán despierta en el público sevillano justifica que ayer el Maestranza observara un lleno casi absoluto, que se repetirá hoy, lo que demuestra que el joven sevillano sí es un profeta en su tierra. Sorprende, sin embargo, a pesar del alto coste de las entradas, que la cita de mañana sábado con una orquesta tan mítica como la Sinfónica de Londres no haya corrido la misma suerte, al menos de momento, aunque a estas alturas no creemos que pueda remediarse, por muy imprescindible que sea este concierto en el marco de la actual programación.

Floristán completó con éste su particular ciclo de los conciertos para piano de Béla Bartók, que inició en junio de hace dos años de la mano de Marc Soustrot, y continuó en abril del pasado con Eun Sun Kim a la batuta. El relevo lo ha tomado ahora un director muy afín y apreciado de la ROSS, György Györiványi Ráth, no en vano principal director invitado de la formación desde 2024. Nombres de una larga lista de los que han hecho posible este complicado ciclo, y a los que con su proverbial facilidad para la retórica, el joven pianista dedicó un sentido agradecimiento.

En este octavo programa del ciclo sinfónico de la ROSS de esta temporada, se asumió el esquema clásico de concierto, una obertura, un concierto y una sinfonía, con Beethoven y Chaikóvski acompañando al segundo de los conciertos que el compositor húngaro dedicó al instrumento rey. El resultado suscitó el gozo generalizado del público, que en un par de ocasiones a lo largo de la sinfonía, pareció dejarse llevar por el entusiasmo y abandonarse a un espontáneo aplauso, al margen de la enorme ovación dedicada a Floristán.

Un pianista versátil y comprometido

Tras una Obertura Egmont de Beethoven, cuyos robustos primeros compases y una estética en general rotunda y musculosa, se vio empañada por unas continuas caídas de tensión y ritmo, lo que restó emoción y trascendencia al conjunto, Floristán acometió el Concierto nº 2 de Bartók. Arrancó con un diálogo exacerbado y aparentemente indisciplinado, en el que maderas y metales se mezclaron juguetonamente con un piano fluido e inventivo, generando un falso caos muy acorde al espíritu alegre y desenfadado del allegro inicial, y huyendo de todo mecanicismo posible.

Foto: Dolores Iglesias Fernández, Archivo Fundación Juan March

Ráth imprimió de misterio y contención la elegía nocturna que inspira el adagio central, con Floristán plegándose a ese halo de delicadeza que lo impregna, y que en su sorprendente y furtivo scherzo central se convierte en vertiginosa carrera hacia el abismo, recuperando entonces la energía vigorosa que exhibió en el movimiento anterior. La cuerda acompañó acariciando al solista y potenciando el carácter ensoñador de la pieza.

De nuevo agilidad y torbellino en el allegro molto final, acopio de virtuosismo y todo un desafío técnico que el pianista salvó con maestría, mientras la percusión potenció su espíritu eufórico y su frenético ritmo. En la propina, Floristán homenajeó a Falla con una Serenata andaluza centrada más en los acentos y el ritmo que en obtusas florituras.

Una orquesta entregada a su máxima potencia

György Ráth y la ROSS en abril 2025. Foto: Marina Casanova

Son ya muchas las veces que la ROSS se ha enfrentado a ese grito de rabia y desconsuelo que es la Quinta de Chaikóvski, con resultados en su mayoría satisfactorios. También lo fue en esta ocasión, con Ráth entregado en cuerpo y alma, y la ROSS respondiendo con todo su arsenal, resplandeciente y gloriosa. La página se deslizó con tanta amargura como cierta esperanza, evidenciando los resortes anímicos de su compositor, tan preocupado por el destino, ahora trasmutado en providencia, como lo estuvo en su anterior sinfonía, escrita una década antes.

Ráth se atrevió a modificar ritmos en algunos pasajes del allegro inicial, precedido de un melancólico adagio, y con una conmovedora tristeza informando todo el movimiento. Un inquietante arranque en el que brillaron las trompetas y el estallido enfático y generalizado de toda la sección de metal, precedió al conmovedor solo de trompa con el que se inicia el famoso andante cantabile, tan espacioso como intenso, impregnado de nobleza y patetismo. La orquesta se deslizó de forma majestuosa, plena de lirismo y serenidad, con aportaciones sobresalientes del clarinete y el oboe, y puntuales irrupciones de furia devastadora y contrastante.

El vals resultó elegante pero pasó desapercibido frente a la energía y la serenidad espiritual que destacaron en los movimientos precedentes. El andante maestoso, por su parte, se convirtió en pura batalla seguida de un triunfal final no exento de pesimismo, como fue posible adivinar de la interpretación tan desesperada que una muy disciplinada ROSS hizo de este sospechoso canto más angustiado que victorioso, bajo la firme y segura dirección de György Ráth. Para entonces, todas las familias instrumentales habían evidenciado la responsabilidad, el brillo y la majestuosidad con la que asumieron esta página tan frecuentada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 24 de octubre de 2025

IDILIO ROMÁNTICO DE SHI-YEON SUNG Y LA ROSS

Sinfónico 3: Romanticismos. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Matías Piñeira, Joaquín Morillo Rico, Juan Manuel Gómez y Adrián Díaz Martínez, trompas. Shi-Yeon Sung, dirección. Programa: Romeo y Julieta, de Chaikovski; Konzertstück para cuatro trompas y orquesta en Fa mayor Op.86, de Schumann; Suite de El caballero de la rosa Op. 59, de Strauss. Teatro de la Maestranza, jueves 23 de octubre de 2025


La de ayer fue la primera de las dos comparecencias con las que la directora surcoreana Shi-Yeon Sung sellará esta temporada su intervención como batuta invitada de la Sinfónica de Sevilla. El programa elegido miró hacia la voluptuosidad del Romanticismo, en sus vertientes apasionada, amable y desenfadada, así como neorromántica con mirada nostálgica al pasado.

El recorrido arrancó con Chaikovski, y con perdón de Bellini, Gounod y hasta de Prokofiev, la mirada más popular jamás concebida en torno a Romeo y Julieta de Shakespeare, sólo al mismo nivel de popularidad que la banda sonora de Nino Rota para el clásico de Zeffirelli. Inició lenta y piadosa con el coral dedicado al Padre Lorenzo, y pronto atisbamos su habilidad para alternar de forma tan equilibrada como elegante, los pasajes más virulentos de la partitura con ese apasionado tema de amor que le da sentido e identidad a esta singular fantasía. Magníficas las aportaciones de las maderas, dotando al conjunto de la ternura que tanto asoma a lo largo de su desarrollo. Sung logró combinar determinación dramática y máxima intensidad sonora y sensual, hasta vislumbrar el trágico final de los amantes con un cierre íntimo y recogido, antes del apoteósico punto y final.

Cuatro trompistas cuidadosamente seleccionados

Menos divulgada que la pieza anterior, quizás por la dificultad de conciliar cuatro solistas a la altura de sus exigencias, es la Pieza de concierto para cuatro trompas y orquesta de Robert Schumann. Se trata de una suerte de divertimento con el que el autor, en una de esas escasas épocas de felicidad pletórica que tuvo en su vida, procuró exhibir la dificultad técnica y el virtuosismo del instrumento, la trompa cromática con pistones que había sido recientemente perfeccionada por su colega vienés Leopold Uhlmann.

De izquierda a derecha, Díaz, Gómez, Morillo y Piñeira

El chileno Matías Piñeira llevó la voz cantante durante gran parte del concierto, a pesar de que fue a quien más le acusaron las imperfecciones en forma de temidos desajustes y salidas de tonos, no obstante realizar en general una labor encomiable. Mejor resultó, incluso en las filigranas de la propina, el preludio al acto cuarto de Carmen de Bizet, el solista de la ROSS Joaquín Morillo, muy atento a cada matiz, y la voz a menudo acompañante de Juan Manuel González y el joven Adrián Díaz Martínez, todos ocupando puestos destacados en orquestas e instituciones dentro y fuera de España.

Quizás faltó algo más de ensayo para pulir la estrecha colaboración y la voz al unísono del conjunto, pero en términos generales, y dada la dificultad del instrumento, la experiencia resultó gratificante. Especialmente logrado fue el diálogo con una atenta Shi-Yeon Sung.

Nostalgia vienesa

Muchos años pasaron desde que Strauss estrenó una de sus óperas más icónicas hasta que decidió extraer parte de su material para convertirlo en suite, primero en 1934 fijando su atención fundamentalmente en los valses que tanto representan el imperialismo vienés al que miraba con sentido tanto irónico como nostálgico. Así hasta 1946, que fue extrayendo nuevas suites que convergieron en una más ecléctica con pasajes de los tres actos de la función.

Apenas veinte minutos, escasos para cubrir toda una segunda parte de un concierto sinfónico convencional, que podría haberse doblado con alguna otra composición de Strauss, que con esa duración tiene bastantes, pero suficiente para emocionarnos y dejarnos seducir por la voluptuosidad de una partitura irrepetible. Sung cuidó todos los resortes que hacen de la pieza un festival de sensualidad e incluso erotismo, logrando una comunión perfecta con cada solista convocado, especialmente violín y chelo primeros. En términos generales, Sung logró una lectura sofisticada de la magistral partitura, un recorrido repleto de nostalgia y sensualidad, y el público, a pesar de la brevedad, aplaudió notablemente satisfecho.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 16 de mayo de 2025

UNA FRÍA COMBINACIÓN DE AROMAS Y SENTIMIENTOS

Gran Sinfónico nº 11 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Iván Martín, piano. Pablo González, dirección. Programa: Siete principios herméticos, de Daahoud Salim; Noches en los jardines de España, de Falla; Sinfonía nº 6 en si menor, Op. 74 “Patética”, de Chaikovski. Teatro de la Maestranza, jueves 15 de mayo de 2025


La de anoche, y su repetición hoy, ha sido al menos la tercera vez que el director asturiano Pablo González se pone al frente de la Sinfónica de Sevilla, y como en aquellas otras ocasiones, su batuta no tuvo el reflejo que merece su inusitado entusiasmo e incuestionable profesionalidad. En los atriles, un estreno absoluto, el que está considerado mejor concierto español para piano de todos los tiempos, y una de las más desgarradoras y populares sinfonías jamás compuestas.

Interesante paisaje musical

No deja de ser un enorme placer comentar en estas páginas la impresión que nos causa un estreno absoluto, al que nos acercamos con los oídos vírgenes y curiosos, sin el contagio que otras interpretaciones puedan provocar en nuestra percepción de la música. No recuerdo que la ROSS haya interpretado antes una pieza de Daahoud Salim, nacido en Sevilla pero de ascendencia afroamericana. Sí lo hizo la OJA cuando en abril de 2023 interpretó su concierto para saxofón De paz interna.

Hijo del veterano y casi diríamos legendario Abdu Salim, que desde su Texas natural decidió instalarse en nuestra ciudad y agitar su vida jazzística, una disciplina que siempre ha calado fuerte entre nuestros y nuestras aficionadas, Daahoud derrocha personalidad y atesora una impecable formación clásica y jazzística que se hizo especialmente perceptible en aquel concierto de saxofón referido.

Siete principios herméticos se muestra, sin embargo, más heredera de otra influencia norteamericana, la que se refleja en esos amplios paisajes y épicas sensibilidades que desde tiempos de Aaron Copland acompañan buena parte de la producción musical de Estados Unidos. Pero la pieza de Salim no se fija en amplias praderas ni majestuosas montañas, sino en otra conquista aún por perfeccionar del ser humano, el espacio, ese cielo estrellado que alberga multitud de misterios y secretos y que el compositor parece evocar desde la especial tímbrica centelleante con la que arranca esta obra en siete movimientos.

Una creación majestuosa pero contenida que recrea atmósferas atreviéndose a retar las corrientes más vanguardistas en beneficio de la tonalidad y el romanticismo efervescente de sus líneas discretamente melódicas, sin por ello desdeñar su imponente modernismo al servicio de una evocación de imágenes muy arraigadas en nuestro acervo cultural.


Sus breves movimientos hacen acopio de ese ambiente relajado y fantasioso que parece dibujar, hasta que un perfectamente urdido crescendo se adueña del galopante Género final, con estructura férrea, un juego de dinámicas bien urdidas y una orquestación generosa en detalles e impresiones sensoriales.

La interpretación meditada y respetuosa de González y los maestros y maestras de la orquesta obtuvo la aprobación manifiesta del joven compositor, cuyo momento de gloria saludando al público se vio entorpecido por la entrada de espectadores y espectadoras rezagadas, que bien podrían haber esperado al dilatado interludio que precedió a la siguiente pieza, ajuste del piano incluido.

Falla y Chaikovski, demasiado contenidos

El pianista canario Iván Martín fue el reconocido solista en Noches en los jardines de España, ese concierto para piano que en realidad no lo es, más una triada de nocturnos bautizados como impresiones sinfónicas. El del piano aquí no es un papel protagonista sino uno principal al que acompaña el resto de la orquesta, lo que no resta importancia al esmero que el solista ponga a la hora de desgranar el sinfín de aromas y emociones que evoca la magistral partitura de Falla.

Martín estuvo acertado en la parte técnica, con un arranque mágico y un sinfín de filigranas impecablemente recreadas. Pero se enfrentó a una batuta que no puso toda la atención debida al volumen, empañando en más de una ocasión el trabajo del pianista, que por otro lado tampoco domina siempre la función. Y eso que en general la interpretación se reveló flácida y lánguida en su empeño por ser delicada y rehuir de superfluos efectismos, incuso en el enérgico y fogoso movimiento final en los jardines de la Sierra de Córdoba.


González descubrió su impecable faceta de orador ameno y distendido, con una elocuencia precisa y esmerada, en su insólita introducción de la Sinfonía Patética de Chaikovski, destacando la dificultad de averiguar la verdadera carga dramática y programática de la obra. Sin embargo esta admiración apasionada que demostró en su locuaz presentación, no tuvo el reflejo adecuado en una interpretación que igual que la pieza de Falla, se antojó demasiado contenida.

Pero a pesar de estos inconvenientes, la elegancia y la delicadeza que González imprimió a su dirección tuvo su reflejo en la estética melancólica que acompañó toda la partitura, excepto lógicamente el triunfal allegro molto vivace al que sin embargo faltó ironía y algo más de bullicio. La suya fue una Sexta elegante y contenida más de lo conveniente, en la que atisbamos una especial recreación y apertura de líneas melódicas en el movimiento inicial, pero menos desgarro del aconsejable en el adagio lamentoso final.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 21 de febrero de 2024

DIAKUN, COMESAÑA Y VÁRDAI: PURO ENTENDIMIENTO

6º Concierto de abono Ciclo gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Javier Comesaña, violín. István Várdai, violonchelo. Marzena Diakun, dirección. Programa: Displaced para orquesta de cámara, de Lula Romero; Sinfonía n1 en sol menor Op. 13 “Winterträume”, de Chaikóvski; Concierto para violín y violonchelo en la menor Op. 102, de Brahms. Teatro de la Maestranza, jueves 20 de febrero de 2024


Algo insólito resultó este sexto concierto del ciclo Gran Sinfónico de la ROSS, por cambiar su cita habitual del jueves al martes, lo que supone cierto desconcierto para algunos y algunas abonadas, acostumbradas a reservar muchos de los jueves de la temporada para su cita con la orquesta. Y por modificar el orden habitual de un programa convencional, colocando la pieza sinfónica justo detrás de la obra de introducción, y dejando para la segunda parte la pieza concertante, y eso que ésta además es más breve que la sinfónica, por lo que generó cierto desequilibrio entre las dos partes del concierto. Otra cosa fueron los resultados artísticos, sencillamente magistrales, tan centrados en la belleza y la emoción que poco o nada pudo achacárseles, sólo elogiar el interés y la dedicación depositada por cada uno y una de sus principales artífices, la directora titular de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, conjunto habitual del Teatro de la Zarzuela, la polaca Marzena Diakun, el violonchelista húngaro István Várdai, y el violinista sevillano (de Alcalá de Guadaíra) Javier Comesaña. Tres jóvenes pilares de un concierto hermoso y notablemente inspirador.

Sevillana es también Lula Romero, joven compositora que actualmente reside en Berlín y que presentó anoche un trabajo concebido por encargo de la Radiodifusión del Sureste de Alemania para el Festival de Música Nueva de Donaeueschinger, y que la autora define como una sucesión de planos sonoros destinados a identificarse con el espacio en el que sean interpretados y dar cuenta de su capacidad, volumen y características particulares. Cierto que este empeño no caló en nuestros oídos, por lo que podríamos decir que su objetivo fracasó al menos parcialmente. Pero como música la pieza no está nada mal; superpone planos sonoros y estéticos de forma considerablemente fascinante, creando un cosmos sonoro atractivo y evocador que Diakun manejó con sentido de la perspectiva, del color y de la trasparencia, consiguiendo de cada familia instrumental rendimientos altamente eficientes, todo ello salpicado de una peculiar percusión deudora de los cencerros pastoriles. Tras la breve pieza y el saludo obligado de la autora, presente en la sala, Diakun se enfrentó con personalidad y autoridad a la primera de las seis sinfonías escritas por Chaikovski.


Varias veces modificada por su autor, primero a instancias de Nikolai Rubinstein, luego por iniciativa propia, la Sinfonía nº 1, Sueños de invierno, supone el primer trabajo sinfónico de enjundia del compositor, que hasta entonces sólo había escrito alguna obertura y un par de scherzos sueltos. Aunque reviste cierto aroma nostálgico, está exenta de la amargura a menudo pretenciosa que caracteriza sus muy apreciadas tres últimas sinfonías, y reviste una mayor grandeza y capacidad inventiva de lo que la historia le ha reservado. Consciente de ello, Diakun ofreció una lectura solemne y majestuosa de su primer movimiento, un allegro tranquillo en el que brilló la perfecta conjugación de acordes líricos y animados, con prestaciones sobresalientes de los metales, unas trompetas y trompas apabullantes. La directora abordó el adagio cantabile con sentido nostálgico y mucho lirismo, mientras la cuerda grave aportó mucho músculo al conjunto. Las transiciones del scherzo acusaron un alto grado de elegancia y discreción, mientras el finale, a pesar de su ramplonería melódica, alcanzó momentos espectaculares, siempre bajo la mirada atenta y medida de la batuta.

Desde los primeros acordes, Comesaña y Várdai acusaron un total entendimiento y una conjunción de talentos realmente notable en el Doble Concierto de Brahms, junto al triple de Beethoven la mejor pieza concertante para varios solistas concebida en el Romanticismo. Ambos solistas compartieron el mismo tono y la misma ilusión por llegar al mejor puerto posible, y Diakun exhibió ese mismo entusiasmo, contagiando a una orquesta que sonó en todo momento excelsa. De esta forma, la última pieza orquestal que compuso Brahms acusó toda la belleza que atesora, con los solistas cumpliendo a la perfección ese diálogo de cámara que exhibe la pieza, y aunque el autor dispensó un mayor protagonismo al instrumento grave, Comesaña impuso su talento destacando en más de una ocasión con un sonido poderoso, bien timbrado y homogéneo. Vardái abordó sus grandes acordes con solvencia y seguridad, mientras el violinista mantuvo el equilibrio necesario tanto en sus diálogos como en sus puntuales conflictos, a todo lo cual Diakun supeditó su batuta para no eclipsar, sin por ello dejar de destacar como el importante vértice que constituye al mando de una orquesta maravillosa en todos los aspectos.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 30 de junio de 2023

LA ROSS MARCA LA DIFERENCIA

12º concierto del ciclo Gran Sinfónico de la temporada nº 33 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Andrea Lucchesini, piano. Valentin Uryupin, dirección. Programa: Concierto para piano nº 1 en Si bemol menor Op. 23, de Chaikovski; Sinfonía nº 2 en Do mayor Op. 61, de Schumann. Teatro de la Maestranza, jueves 29 de junio de 2023


La última noche de esta temporada de la Sinfónica de Sevilla estuvo presidida por un espíritu eminentemente romántico, palpable no sólo en las obras programadas sino también en la propina, el archifamoso Nocturno Op. 9 nº 2 de Chopin, con el que el pianista Andrea Lucchesini recalcó sus líneas maestras de interpretación, basadas en una exhaustiva ornamentación que no se corresponde con una expresividad sincera ni suficientemente emotiva. La ROSS, que durante todos estos años de andadura ha sufrido más de un altibajo, volvió a demostrar sin embargo el excelente estado técnico en el que se encuentra, y que ya hemos podido disfrutar en su intervención en la polémica Tosca y el estupendo Mahler que desgranó la semana pasada bajo la batuta de Soustrot.

No acabó de convencernos el ruso Valentin Uryupin a la batuta. Su dirección del recurrente Concierto nº 1 de Chaikovski resultó tan endeble como almibarada, lo que nos lleva a enjuiciar su particular visión de la sinfonía schumaniana quién sabe si como fruto de la casualidad, de esas excelentes prestaciones de la Sinfónica apuntadas, o de una mayor libertad a la hora de abordar la página, ya sin las injerencias del atribulado pianista, con quien puede no llegara a un buen entendimiento. La orquesta lo dio todo ya desde las arrolladoras fanfarrias iniciales del concierto, apasionadas y nobles, con unas rutilantes intervenciones de los metales que serían constantes a lo largo de toda la noche. Pero hay más exaltación y pasión romántica en esta célebre página de lo que fueron capaces de transmitir Lucchesini y Uryupin con su desvaída visión del conjunto. Echamos en falta algo más de énfasis al piano, pulsado con energía y sentido del ritmo pero de forma decididamente mecánica. La cuerda sonó demasiado flácida y ligera en algunos pasajes, como si su participación se redujera a música de ascensor, si bien pianista y batuta alcanzaron un aceptable nivel de diálogo, y el primero destacó como indiscutible virtuoso en las cadenzas del allegro inicial. El andantino resultó amable pero poco apasionante, mientras el temperamento ruso hizo su aparición en el allegro con fuoco final, donde la orquesta siguió brillando más que el piano, por mucho que el director decidiera rebajar considerablemente su volumen para no enturbiar el ya de por sí potente pianismo del italiano.


Otra cosa muy distinta fue la Sinfonía nº 2 de Schumann, donde la orquesta reafirmó su excelente buena forma y Uryupin convenció con una acertada combinación de lirismo y exaltación emocional sin crispación ni salida alguna de tono. Como tantas otras obras de Schumann, la nº 2 es un viaje de la oscuridad a la luz donde es imprescindible encontrar el punto exacto de tensión y la vena lírica que la recorre. Sin embargo Uryupin estuvo más centrado en la epidermis espectacular de la pieza, a lo que la plantilla se acopló de forma harto disciplinada. Las transiciones fueron en todo momento elegantes y sutiles, como pudo apreciarse en el primer movimiento, donde además el conjunto destacó en ritmo, el mismo que se convierte en carta de naturaleza en el scherzo, que el director guió con agilidad y una exultante energía a la que la plantilla se adaptó con naturalidad y habilidad técnica. El adagio estuvo acompañado en todo momento de mucha ternura y un punto melancólico muy adecuado, sin enfatizar el drama subyacente a la página, y con texturas claras y magníficas prestaciones a la madera. Hubo en todo momento cohesión y rigor en la construcción de la pieza, si acaso faltó algo más de dolor y resignación en su resolución, más atenta a destacar el brillo y el vigor de la página, especialmente en un allegro final que adoptó sabiamente la forma de un himno espiritual y triunfal.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 23 de enero de 2023

EL LADO AMABLE DE DOS GENIOS DE LA MÚSICA

4º Concierto del XXXIII Ciclo de Música de Cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexa Farré Brandkamp y Katarzyna Wrobel, violines. Francesco Tosco y York Yu Kwong, violas. Gretchen Talbot y Orna Carmel, violonchelos. Programa: Sexteto nº 1 Op. 18, de Brahms; Souvenir de Florence Op. 70, de Chaikovski. Espacio Turina, domingo 22 de enero 2023


Motivos de diversa índole han impedido muy a nuestro pesar que nos hiciéramos eco de los últimos grandes conciertos del Turina, el que convocó a los miembros del Cuarteto Cosmos el pasado viernes y el que protagonizó la noche del sábado el gran violonchelista inglés Steven Isserlis y el conjunto dirigido por Ignacio Prego, Tiento Nuovo. Dicen sin embargo que ninguno de los dos contó con la asistencia masiva del que disfrutó la mañana del domingo la cuarta entrega del ciclo de música de cámara de la Sinfónica, una cita que afortunadamente se repite muchas ocasiones a lo largo de la temporada. No cabe duda de que nos alegramos mucho de que sea así, sin embargo no podemos ocultar de nuevo nuestro asombro por el hecho de que el público sevillano sea tan de costumbres que deje pasar oportunidades como las apuntadas y por el contrario se entregue una y otra vez a experiencias tan recurrentes. Ya lo hemos dicho otras veces, en el cine pasa igual, el cinéfilo sevillano acude una y otra vez a las mismas salas de versión original y pasa por alto que otras importantes citas se exhiben en otros cines que también dedican salas y horarios a ese formato.

Tras un programa de abono de la ROSS íntegramente dedicado a Chaikovski, el compositor ruso volvió a los atriles de sus músicos, pero esta vez en su vertiente más amable y optimista, poco que ver con el arrebato y temperamento que sobresale en sus sinfonías números cuatro y cinco. Pero fue Brahms quien primero asomó en esta cita con dos importantes sextetos románticos, también en este caso en su vertiente más distendida y llena de encanto. La compenetración, el compañerismo y, sobre todo, el entusiasmo, parecieron asomar desde el principio en esta exhibición de lirismo y fuerza que llevaron a cabo los y las seis integrantes del conjunto para la ocasión. El Sexteto Op. 18 es la primera aportación de un todavía joven Brahms al campo camerístico convencional, y con él atrapa las influencias de los grandes clásicos en el género, Mozart y Haydn, así como sus propios juegos armónicos y claridad de texturas. El sexteto de la ROSS se hizo eco desde los primeros acordes de este carácter distendido y poético de la partitura, sin protagonismo palpable de ninguna de las voces por encima de las otras, y una continua alternancia de unas y otras que dieron al conjunto una sonoridad muy atractiva. Un aliento lírico y una sana serenidad informaron el allegro inicial, mientras el muy majestuoso y solemne andante, el más conocido de sus cuatro movimientos, alcanzó una elegancia y una gravedad solo alcance de los más virtuosos. De la nobleza de este movimiento pasaron al vigor danzante del scherzo y la felicidad juvenil del poco allegretto final, en el que los y las músicos supieron conjugar lirismo, robustez y ritmo.


Chaikovski escribió Souvenir de Florencia tras su regreso de tierras italianas, donde compuso La dama de picas. En contraste, este sexteto es claro y fresco, sin atisbo de la negrura que caracteriza la ópera. El autor quedó muy satisfecho, ocupando así un importante lugar en este género típicamente postromántico que inauguró precisamente Brahms con la pieza antes escuchada. Aunque la afinación no estuvo en todo momento perfectamente controlada, no cabe duda de que el sexteto convocado para la ocasión logró una lectura excepcional de la pieza, destacando el frenesí dinámico y rabioso del allegro con spirito, la elegante serenata que le sigue y que da carta de naturaleza a la pieza, con sus localistas pizzicati, su fantasmal intermezzo y el elocuente dúo entre violín y violonchelo. Después, las danzas se hicieron presentes en un melancólico allegro moderato, y el color y la rusticidad en el allegro vivace que tanto gustaba al autor por su poderosa fuga final, y que Farré, Tosco, Talbot, que además ejerció de simpática conductora del programa, Wrobel, Kwong y Carmel tradujeron en frescura y vivacidad, y manteniendo en todo momento un sonido robusto y a la vez sedoso.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 10 de mayo de 2019

APOTEOSIS ROMÁNTICA DE LA ROSS

12º concierto de abono de la XXIX Temporada de conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Maxim Rysanov, viola. Rossen Milanov, director. Programa: Fragmentos del Satiricón, de Fernando Buide del Real; Harold en Italia Op. 16, de Berlioz; Sinfonía Manfredo Op. 58, de Chaikóvksi. Teatro de la Maestranza, jueves 9 de mayo de 2019

Tras el magnífico sabor de boca que parece dejó la mezzo canadiense Wallis Giunta en el programa anterior, y que por motivos ajenos a nuestra voluntad no pudimos reseñar en estas páginas, la ROSS abordó un año más su intervención en plena Feria de ¿Abril? con unas prestaciones sobresalientes, la ayuda inestimable de una batuta decidida y fuerte como fue la del director búlgaro formado en Estados Unidos Rossen Milanov, y la brillante intervención del reconocido violista británico de origen ucraniano Maxim Rysanov. Aunque el aforo fuera limitado dadas las circunstancias, y el programa demasiado exigente para los sufridos y sufridas integrantes de la orquesta en tan señaladas fechas, aplaudimos la iniciativa de programar conciertos también en feria y contribuir así a fomentar el carácter cosmopolita de una ciudad a menudo acusada de todo lo contrario.

Carácter eminentemente romántico de la propuesta

Nada más y nada menos que Lord Byron fue el protagonista en esta ocasión de guiarnos por una singular aventura musical y literaria, que partió de Italia y tuvo como eje de sus propias vivencias a la capital del Guadalquivir, en la voz del tenor reconvertido en narrador Eugenio Jiménez. Y de Italia partió el particular viaje, con una composición de reciente cuño del joven gallego Fernando Buide del Real, presente en la sala, que pretendía evocar el Satiricón de Petronio, y de paso el de Fellini, pero que en realidad nos transportó a otros paisajes sonoros. No se trataba de emular a Rota, pero la sensación fue una vez más la de encontrarnos ante uno de esos jóvenes talentos que han crecido a la sombra de la música cinematográfica, con reminiscencias del Goldenthal de aventuras espaciales como Sphere o Final Fantasy en los pentagramas. El resultado fue una partitura aseada y bien construida, de sugerente orquestación pero escaso relieve, que se consume con la misma facilidad que un cruasán de crema.

Ni Harold en Italia es un concierto para viola ni Manfredo una sinfonía. Ambas son partituras híbridas enmarcables quizás en lo que conocemos como poemas sinfónicos, de carácter concertante el primero y por supuesto sinfónico el segundo. Dos obras que se conjugan y combinan a la perfección, trazando uno de los programas más coherentes de la temporada. Con Lord Byron en el ojo de la inspiración en los dos casos, y con el compositor francés como protagonista de ambas empresas, aunque fuera Chaikóvski quien finalmente se hiciera cargo de la segunda, sin renunciar a seguir las pautas de Berlioz, la cita fue sin duda una apoteosis romántica, dado el carácter trágico y épico que, especialmente en el caso del autor ruso, desplegó una orquesta espléndida dirigida por una batuta sobresaliente, que no dudó en explotar el carácter más ardiente de las partituras sin por ello resultar grotesco ni exagerado.

Maxim Rysanov, una voz con autoridad

Uno de los grandes triunfadores de la velada fue el virtuoso violista Maxim Rysanov, que incorporó al héroe byroniano con altivez melancólica y una sutileza digna de los mayores elogios, como evidenció en la exposición de la idea fija, que meció como si fuera una nana, y en los pasajes más delicados, en los que el instrumento sonó como un fascinante y evocador hilo metálico capaz de suscitar en el oyente las emociones más sinceras. La orquesta acompañó envolviendo y dialogando con finura y elegancia, ataviada con colores pastel y emergiendo con fuerza en los pasajes más estremecedores, pasando del sombrío misterio de la introducción a la efervescente sobreexcitación del final a través de la inmensidad espiritual de la marcha de los peregrinos y los amables ecos campesinos de la serenata montañesa del tercer movimiento.

Milanov por su parte se empleó a fondo en una inolvidable recreación de la Sinfonía Manfredo de Chaikóvski. Mientras la inmensa mayoría de los humanos nos afanamos en dejar alguna huella en esta efímera vida a la que tanta importancia damos, menospreciando el hecho de que simplemente somos mortales, a algunos, por mucho que sufrieran en vida, les habría bastado crear una obra tan sintomática e irrepetible como ésta para pasar a la posteridad. Chaikóvski sin duda generó muchas más. La energía apabullante con la que el director abordó la página, y la contundente respuesta que recibió de todas y cada una de las secciones de la orquesta, convirtieron ésta en una interpretación antológica, que dejó exhaustos y exhaustas a público e intérpretes, y una sensación global de trascendencia espiritual que nos hizo olvidar con justicia los hermosos paseos por el Real de la Feria que abandonamos momentáneamente para entregarnos al Arte con mayúsculas.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía