Mostrando entradas con la etiqueta Rachmáninov. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rachmáninov. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de abril de 2026

VÍNNITSKAYA TRIUNFA EN UN CONCIERTO DE LA ROSS MASACRADO

Sinfónico 11. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Anna Vínnitskaya, piano. Shi-Yeon Sung, dirección. Programa: Kauyumari para orquesta, de Gabriela Ortiz; Concierto para piano nº 3 en re menos Op. 30, de Rachmáninov; Suite de El pájaro de fuego (versión de 1945), de Stravínski. Teatro de la Maestranza, jueves 17 de abril de 2026


No debería ser tema relevante de un concierto sinfónico la agresividad con la que parte del público se despacha a su antojo tosiendo, tirando objetos al suelo y faltando de diversas formas al respeto que merece la plantilla de la orquesta y el público que sí asiste a escuchar música. Se trata ni más ni menos que de falta de educación. Habrá ruidos inevitables, pero tantos como para ahogar momentos cruciales de las partituras, lo dudamos.

Es exactamente lo que ocurrió con el sutil arranque de la breve pero intensa Kauyumari de Gabriela Ortiz, de quien precisamente disfrutamos hace sólo diez días, de la mano de la OJA, su festiva Antrópolis. Fue imposible concentrarse en la entrada lejana de las trompetas que preludian la celebración de ritmo y color en que consiste la pieza incluida en el laureado trabajo Revolución diamantina.

En esta segunda ocasión de la temporada en que la surcoreana Shi-Yeon Sung ejerció como batuta invitada, logró una respuesta sorprendente de la orquesta, cuidando cada detalle de forma que la nitidez de los planos sonoros se superpusieran de forma sensacional, y que la portentosa sección de cuerda grave potenciara el ritmo de la pieza. Quizás la colocación de violines traseros y contrabajos elevados contribuyera a crear este efecto mágico.

Rusia por triplicado

Dos compositores rusos y una pianista también rusa protagonizaron el resto del programa. La larga primera parte se completó con el Concierto nº 3 de Rachmáninov, que aunque parezca que se haya programado muchas veces, apenas recordamos la última vez, y no fue de la mano de la ROSS sino de la Conjunta con Óscar Martín al piano, ¡hace catorce años!

El que se considera uno de los conciertos más diabólicos para el solista, debido a su complejidad técnica, hoy disfruta de multitud de adeptos. Si hay algo en lo que los jóvenes pianistas salen bien formados de conservatorios y academias es precisamente el virtuosismo técnico. Más difícil es encontrar alguien capaz de exprimir toda la expresividad, la poesía y el encanto de una pieza como ésta. La joven Anna Vínnitskaya fue sin duda una intérprete ágil, vibrante y habilidosa, pero quizás sólo se quedó en eso.

Sung y la pianista despacharon el primer movimiento a un ritmo vertiginoso, lapidando parte de su fuerza poética. A pesar de ello no podemos negar a la directora lograr una arquitectura sólida de la pieza, mientras Vínnitskaya descargó una furia inusitada en su centro de acordes martillados, alternados por las dos manos. Una agresividad desatada que se repitió en las difíciles cadenzas, donde no dudó en incluir acordes de su propia cosecha. En todo caso, su línea melódica sonó precisa y nítida en todo momento, especialmente evidente en el intermezzo, en cuyo scherzo central volvió a hacerse patente el enorme respeto de la orquesta por plegarse a las necesidades de la solista, sin por ello malograr su inspirada voluptuosidad.

El movimiento final resultó vitalista y, por momentos, apabullante, con solista y orquesta en perfecta sintonía, y de nuevo desgarradores arranques de furia que provocaron una reacción casi unánime del público, en pie ovacionando la heroica y meteórica intervención de la pianista, que salvó la complejidad técnica con matrícula, no tanto su vertiente expresiva y estrictamente emocional.


Algo parecido a lo ocurrido con el arranque de Kauyumari, volvió a suceder tras el descanso con El pájaro de fuego, cuyo sutil, delicado y meticuloso inicio quedó eclipsado ante el torrente de toses e inexplicables caídas de objetos al suelo. Una vez más la Sinfónica optó por la tercera de las suites que Stravinski articuló en torno al ballet, por cierto interpretado completo en 2021 con Lucas Macías al frente, aunque la más recurrente sea la segunda. Curiosamente, dos años antes, Marc Albrecht la interpretó junto al Concierto nº 4 de Rachmáninov.

Afortunadamente, lo que siguió fue una lectura muy matizada de la pieza, buscando su lado más infantil, recreando el espíritu fabulador y orientalizante de la pieza, para lo cual Sung echó mano de altas dosis de sensualidad y ritmos centelleantes y juguetones. Así, hasta llegar al último bloque, ese espectacular crescendo que culmina en apoteósicas fanfarrias y un tutti orquestal abrumador. En este sentido, cabe destacar la magnífica labor de cada solista y conjunto orquestal, a un nivel técnico encomiable.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 17 de octubre de 2025

LOS EXTREMOS TÉRMICOS DE SHISHKIN Y ALBIACH

Concierto nº 2 del Ciclo Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dmitry Shishkin, piano. Álvaro Albiach, dirección. Programa: Polednice Op. 108 B.196 y Sinfonía nº 7 en re menor Op.70 B.141, de Dvorák; Rapsodia sobre un tema de Paganini en la menor Op.43, de Rachmáninov. Teatro de la Maestranza, jueves 16 de octubre de 2025


Aunque el programa se anunció como Sinfonía eslava, acentuando el origen checo y ruso de los compositores convocados, lo cierto es que fue la influencia británica la que estuvo más presente en las partituras seleccionadas. La séptima, primera de las tres sinfonías que culminan con magisterio y brillantez el catálogo sinfónico de Dvorák, fue un encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres que el compositor asumió intentando sustraerse al espíritu bohemio que se le suponía, para adaptarse a las corrientes germanas que tanto admiraba, especialmente su muy admirado Brahms.

La famosa rapsodia de Rachmáninov fue su último trabajo concertante para piano y orquesta, compuesto ya en su exilio estadounidense y plegándose a un estilo musical ampliamente abrazado en las islas británicas, tan apreciable por ejemplo en las composiciones cinematográficas inglesas de la época. La tercera de las piezas programadas fue quizás la que mejor respondió al espíritu convocado; eso y el carácter profundo, serio y tan sumamente mecanizado del pianista invitado.

Más técnico que emotivo

Si hay algo que caracterice a la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmáninov, además de su popularidad, lo que le ha llevado a ser programada en multitud de ocasiones, es su efusividad lírica y su extrema elegancia. Extraer estas virtudes de la partitura exige una expresividad poética y un lirismo que el joven ruso Dmitry Shishkin no fue capaz de poner en práctica, al menos en toda su amplitud.

Cabía esperar que el pianista hiciera gala de su escuela y tradición, pero no de manera tan extrema, como si retrocediéramos varias décadas. Arrancó nervioso e incluso algo inseguro, pero rápidamente se corrigió y se limitó a ser endiabladamente rápido, vertiginoso, a lo que Álvaro Albiach se plegó con acierto y profesionalidad. No cabe reprocharle sentido de la vitalidad y de la variedad de estilos y ritmos que la pieza atesora, pero no fue capaz de insuflarle esa riqueza lirica que contienen algunas de sus variaciones, especialmente la archiconocida y casi milagrosa número 18, que nos emocionó más en manos de la orquesta, bajo el lirismo que fue capaz de transmitir la batuta, que en el mecanicismo frío y distante de Shishkin.

El pianista es un auténtico entusiasta, como demostró ofreciendo sin tener que insistirle dos propinas, una de ellas con la técnica virtuosa y enfervorecida que le exige Prokofiev. Acertó más con las sonoridades sombrías que con las más dolientes de las variaciones, y no se le puede negar que estuviera a la altura en las efervescencias rítmicas que contiene la partitura, pero incluso entonces echamos en falta algo más de drama e intensidad emocional.


Una batuta intensa y dramática

En las antípodas de la frialdad rusa estuvo la fogosidad del director valenciano, que con ayuda del concertino asistente Juho Valtonen edificaron un Dvorák efusivo e intensamente dramático, primero con el poema sinfónico La bruja del mediodía, en el que fue perfectamente apreciable la narrativa de este tétrico cuento tradicional checo, lo que no es fácil porque tampoco el autor lo dejó meridianamente claro. A fuerza de contrastes y acentos, y unas transiciones tan medidas como suaves, Albiach logró una exposición brillante de la pieza, destacando el trabajo de las maderas, imponentes cuando el terrorífico personaje acecha, casi anticipándose a las corrientes expresionistas que aún tendrían años que esperar para imponerse.

Pero fue sobre todo en la magistral Sinfonía nº 7 donde pudimos apreciar un trabajo tan intenso y profundo del director y la orquesta, observándose claramente la intención de Dvorák respecto al universo brahmsiano. Una enorme carga de energía se adueñó del allegro maestoso inicial, con un tratamiento épico soberbio y un trabajo sobresaliente de los metales. Muy inspirado e igualmente ardiente resultó el poco adagio, con una excelente incursión de las trompas en ese sorprendente pasaje wagneriano central. Albiach supo extraer toda la carga poética de esta preciosa página, para a continuación mostrar el ritmo y la dicha del scherzo-vivace, única concesión clara a los orígenes del autor, y finalizar con un ardor exacerbado y dramático en el allegro final a ritmo de marcha, desembocando en una explosión de majestuosidad y optimismo.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 25 de abril de 2025

SUBLIME VIAJE EMOCIONAL DE LA SINFÓNICA

Gran Sinfónico nº 10 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Cuarteto de Guitarras de Andalucía: Francisco Bernier, Antonio Duro, David Martínez y Javier Riba. György Gyoriványi Ráth, dirección. Programa: Concierto andaluz para cuatro guitarras, de Rodrigo; Sinfonía nº 2 en mi menor Op. 27, de Rachmáninov. Teatro de la Maestranza, jueves 24 de abril de 2025


Este nuevo acercamiento entre la ROSS y György Gyoriványi Ráth confirma al director húngaro como uno de los más firmes candidatos a convertirse en director artístico de la formación, más allá del puesto de invitado que ejerce esta temporada. Su sintonía con los maestros y maestras de la orquesta es más que evidente, como se observa en el grado de satisfacción que muestran en sus rostros y ademanes. Y así se extrajo de este extraordinario concierto en el que todos y todas, solistas, batuta y orquesta en su conjunto, brillaron a su máxima potencia.

La novedad fue contar con el Cuarteto de Guitarras de Andalucía como solistas, lo que evidentemente dio empaque y vistosidad a la función. La enésima interpretación de la segunda de Rachmáninov quizás restaba interés al asunto, sin embargo dejó claro que no nos cansamos de disfrutar con tan excelsa partitura y que se pueden vencer reticencias previas y sorprendernos con la que quizás sea la mejor interpretación que le hayamos escuchado a la ROSS de la pieza, lo que en su caso no es decir precisamente poco.

Encanto amable y ligero

La página de Joaquín Rodrigo reproduce, veinte años después, la gramática de su célebre Concierto de Aranjuez, pero tamizado con discretos toques disonantes y las nuevas corrientes populistas enarboladas en la década de los sesenta, con referentes claros en los trabajos que para el cine y la televisión compusieron, por ejemplo, autores en otras lides más exigentes, como Antón García Abril.

Muy familiares y reconocidos, el sevillano Francisco Bernier, el jienense Antonio Duro, el granadino David Martínez y el cordobés Javier Riba, dejaron clara su absoluta compenetración, cultivada a lo largo de los años y demostrada en tantas comparecencias anteriores. Juntos, apoyándose mutuamente, y por separado en los acordes que el maestro reserva a cada uno de los solistas, dejaron su impronta, respetando el carácter ligeramente impresionista, así como el toque retro barroco que respira la obra que Celedonio Romero encargó al compositor valenciano para estrenarla en San Antonio, Texas, junto a sus tres hijos.

El cuarteto evocó con gracia, talento y depuración técnica, pero sobre todo con mucha elegancia y sutileza, los aromas, la luz y los sonidos de Andalucía que inspiraron al maestro, logrando una lectura considerablemente poética de este Concierto Andaluz.

Ráth estuvo en todo momento muy atento frente la discreta amplificación de las voces solistas, mientras el solo de trompeta lució de forma ostensible en las sevillanas del tercer movimiento. Como propina, el cuarteto ofreció una muy hermosa Andaluza de Cuatro piezas españolas de Falla.

Un Rachmáninov imponente

La orquesta sevillana está sobradamente curtida en la interpretación de esta Sinfonía nº 2 del compositor ruso, si acaso una de las obras que más veces ha incluido en su catálogo. De entre todas, la que dirigió Pedro Halffter hace trece años puso el listón muy alto. También la grabación que el mismo director hizo con nuestra orquesta en el Festival de Santander, dejó claros síntomas de una maestría extraordinaria.


Por estas razones, llegábamos a esta enésima recreación de la página con prejuicios que rápidamente se evaporaron, nada más arrancar el primer movimiento y sentir que la de Ráth iba a ser una versión diferente, muy dramática e intensa. La cuerda grave se hizo cargo en los primeros acordes de exhibir la amenaza que se cernía sobre el ambiente, la carga dramática que su director quería imprimir a la interpretación, y la complicidad de la orquesta para dejar claras estas motivaciones y dejarse la piel en el empeño.

El resto fue un increíble viaje emocional henchido de sincero sentimiento sin prescindir de la grandilocuencia que reclama la página en más de uno de sus inspirados y melódicos pasajes. Un meditado juego de dinámicas, una perfecta armonización y una coherencia interna impecable, caracterizaron también la visión del director y la respuesta de cada integrante de la orquesta, a lo que se sumó el respeto absoluto que dispendió el público, quizás impresionado ante tanta belleza y emoción.

Maderas, metales, percusión y cuerda brillaron con una luz radiante, una técnica prodigiosa y un desbordante sentido de la expresividad. El allegro inicial fluyó con agilidad y acierto dramático, así como el scherzo resultó tan robusto como vitalista y el adagio disfrutó de un solo de clarinete excelso y unas líneas melódicas arrebatadoras.

El allegro final combinó esa alegría presupuesta con una expresión del destino algo más incierta y preocupante, hasta desembocar en un resplandeciente e irresistible desenlace. Una interpretación para el recuerdo, de esas que sitúan a una orquesta en el máximo nivel posible.

Fotos: Marina Casanova 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 25 de junio de 2024

GLORIOSA LLEGADA A META DE LA FILARMÓNICA DE VIENA

Gran Selección. Orquesta Filarmónica de Viena. Lorenzo Viotti, dirección. Programa: Capricho español Op. 34, de Rimsky-Kórsakov; La isla de los muertos Op. 29, de Rachmáninov; Sinfonía nº 7 en re menor Op. 70, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, lunes 24 de junio de 2024

Foto: Guillermo Mendo

Era la de la Filarmónica de Viena una cita a la que acercarse con mucha ilusión, pero a la vez con toda clase de prejuicios. Podía pensarse que la inclusión del Capricho español era un detalle con el público español, pero lo cierto es que el programa no se ha alterado en ninguna de las plazas que han recorrido en esta gira por Europa. Podía pensarse que para la ocasión la famosa orquesta se limitaría a eso que en la jerga del espectáculo llamamos bolos, pero ni la obra de Rachmaninov ni la de Dvorák son piezas convencionales y fáciles como para encajar en ese concepto. Y cabría pensar que Lorenzo Viotti fue el elegido para esta gira por su vinculación a Suiza, su país natal y sede de la famosa empresa de relojes de lujo que patrocina a la orquesta, dada su juventud y su currículum todavía algo escueto. Pero la verdad es que derrochó talento, madurez y capacidad en este sensacional y estremecedor concierto.

Un encuentro con una orquesta mítica, que no pisaba nuestro suelo desde septiembre de 1992, cuando Sevilla ofreció el programa musical más envidiable que pueda imaginarse y Abbado se puso al frente del conjunto para dirigir Haydn y la Titán de Mahler, y que culminó aquí una gira que en los últimos días les llevó a Oviedo para celebrar el cuarto de siglo del Auditorio Príncipe Felipe y al Festival de Granada. Una llegada a meta gloriosa, sin atisbo de desfallecimiento, plagada de satisfacciones y momentos para el recuerdo, como cuando lanzaron un olé en pleno Rimsky-Korsakov, como si del mambo de Bernstein se tratara, dejando clara su tendencia a esas bromas musicales que salpican sus icónicos conciertos de Año Nuevo.

Lorenzo Viotti, con voz propia y mucha confianza

La batuta invitada para la ocasión tan sólo tiene un año más que el Teatro de la Maestranza, y sin embargo goza ya de una sabiduría y unas ideas tan claras que resulta envidiable. Su bagaje pasa por ser hijo del reconocido operista Marcello Viotti, ganar un puñado de concursos internacionales, practicar otras disciplinas como el jazz y el rock, y haber dirigido la Orquesta Gulbelkian durante cinco años y la de los Países Bajos desde 2021. Ciertamente no parece mucho para quien recibe el honor de acompañar por toda una gira internacional a la Filarmónica de Viena, forjada y definida desde su creación hace casi doscientos años por las más insignes batutas imaginables.

Podría pensarse que su atractiva presencia influyera decisivamente. Sin embargo, su presteza y su talento quedaron marcados ya desde los primeros acordes de un Capricho español exuberante y enérgico, henchido de ideas frescas, virtuosismo y un alarde pirotécnico preciso y reservado. Tras una muy animada alborada inicial, el canto lírico de las variaciones fluyó con una elegancia inusitada, quizás lo mejor de la propuesta. Los solistas se lucieron a gusto, con el violín encandilando en el canto gitano y la cuerda arropando con tersura y decisión en el fandango final, hasta desembocar en una alborada endiablada sin pérdida alguna del control.

Tras tanta alegría, el contraste absoluto llegó de la mano de Rachmaninov y una Isla de los muertos generosa en embrujo, intriga y pasión. Viotti optó aquí por acentuar más el carácter agónico de la pieza que el más puramente terrorífico, haciendo acopio de una paleta orquestal rica y muy contrastada, y haciendo de esta confrontación con la muerte una exhibición reflexiva y sutil sobre el pasado y el inevitable futuro, con una emotiva pausa en las apaciguadoras figuraciones centrales en las que destacan el clarinete y la suavidad de la cuerda. Hubo quizás menos drama pero mucha angustia e intensidad emocional, un trabajo excepcional con las dinámicas y crescendi absolutamente magistrales que llevaron a la orquesta al delirio bien controlado en más de una ocasión.

Foto: Herminia Roldán

Con la Sinfonía nº 7 de Dvorák, Viotti acentuó sus deudas con el espíritu brahmsiano que la informa, especialmente en un allegro inicial caracterizado por su majestuosidad, la robustez que le otorgan los ocho contrabajos empleados y una extraordinaria descarga de energía. Hubo drama y mucha gravedad, seguido de un adagio exquisito, rico e inspirado, potenciando ahora sus influencias wagnerianas, dechado de lirismo y emoción. Los acentos más puramente checos hicieron aparición en un scherzo de ritmo frenético y atención inusitada a los detalles, hasta desembocar en el estilo rapsódico del allegro, con metales y maderas exhibiendo todo su potencial e insuflando vitalidad y ritmo a una página desplegada así con sentido de la mesura pero sin sacrificar expresividad.

En el ambiente se pudo respirar un gran respeto por una ocasión única e irrepetible, tanto en la vestimenta de la mayoría como en el elegante y oportuno comportamiento, aunque no faltaron toses y exabruptos. Los acalorados aplausos merecieron como propina la Danza húngara nº 1 de Brahms, de la que Viotti ofreció una lectura muy trabajada y contrastada a nivel de dinámicas, sin perjudicar su elegante vitalidad. Ahora, los maestros y maestras tienen un mes por delante para descansar antes de incorporarse al Festival de Salzburgo.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 22 de junio de 2024

FIN DE CURSO CON MATRÍCULA DE HONOR

Concierto de clausura del curso 23/24 de la Universidad de Sevilla. 8º concierto de la temporada XIII de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Ike Christine Zwaan, arpa; Juan García Rodríguez, dirección. Programa: Danse sacrée et danse profane, de Debussy; Sinfonía nº 2 en mi menor Op. 27, de Rachmaninov. Auditorio E.T.S. Ingeniería, viernes 21 de junio de 2024


Otro fin de curso universitario sin que ninguna autoridad académica otorgara al evento, celebrado como la inauguración con un concierto de música clásica, la dignidad y la categoría que merece. Menos mal que ahí están los y las jóvenes integrantes de la extraordinaria Sinfónica Conjunta, y su inimitable director, para dar relieve y consistencia a una fecha tan celebrada, este año además coincidiendo con el Día Internacional de la Música. En los atriles una obra fundamental del romanticismo tardío ruso, libre definitivamente de cualquier atisbo de prejuicio, la Sinfonía nº 2 de Rachmaninov, que además de constituir en su momento el salvavidas de su autor, es una pieza majestuosa y espectacular que puede provocar el desorden y el caos si no se articula convenientemente y se es capaz de dosificar todos sus ingredientes para ofrecerla de forma clara y organizada. Pero ahí está Juan García, joya indiscutible de la dirección musical en nuestra ciudad, para lograr de nuevo el milagro y conseguir que una orquesta de estudiantes y principiantes, con algún apoyo magistral camuflado entre sus filas, suene como un conjunto profesional y absolutamente disciplinado, convergiendo en una lectura sobresaliente de tan emocionante página.

Pero antes la joven arpista holandesa, afincada en Sevilla, Ilke Christine Zwaan, hizo una lectura delicada y envolvente de las Danzas para arpa y orquesta de cuerda de Debussy. Se trata de dos piezas breves y encadenadas, encargo de la Casa Pleyel para promocionar un arpa cromática que no llegó a cuajar. Se interpreta por lo tanto con el arpa tradicional, que da ese toque impresionista cultivado por su autor, con el añadido refinado y grave que le otorga su acompañamiento orquestal, a todo lo cual estuvo muy atento García y la versión reducida de la orquesta. Juntos, con la aportación reluciente de Zwaan,  acuñaron el aire místico y discreto, dulce y velado, de la danza sagrada, mientras el elegante ritmo del vals lento que caracteriza a la profana, se deslizó con destreza y calidez.


Con el pabellón tan alto que dejaron en su momento Halffter y la ROSS, y la interpretación que volverá a protagonizar la formación sinfónica hispalense la próxima temporada, la de la Conjunta fue una versión ejemplar, emotiva y emocionante de la Segunda Sinfonía de Rachmaninov, tan grandiosa como inspirada en todos sus resortes, a la que García prestó una atención inusitada y un respeto extraordinario. Alrededor de noventa jóvenes alcanzaron un éxito rotundo con su lectura expansiva y lujuriosa de la célebre página, arrebatadora y apasionada. García ofreció un desarrollo narrativo rico y preciso, con la complicidad de todas las familias orquestales, técnicamente impecables, incluidos los temidos metales, e intervenciones tan sobresalientes como las de Pablo Forte al clarinete, Pablo Moreno a la trompa o Jordi Tur a los timbales.

Con su visible energía habitual, García trabajó con ahínco el juego armónico y contrapuntístico de la partitura, logrando transmitir al oyente toda su carga dramática, amenazante en el allegro inicial, vitalista en el scherzo, noble e inspirado en el hermosísimo adagio capaz de hacernos llorar, resplandeciente, lleno de color y alegría, en el allegro final. Destacaron unas texturas muy trabajadas, que dieron al conjunto ese aire épico y espectacular caracteristico del sonido hollywoodiense que acuñaría este estilo en sus producciones clásicas vía Korngold y Steiner, o directamente con adaptaciones del muy querido en Estados Unidos compositor ruso. Un concierto de cinco estrellas, o en argot universitario, de matrícula de honor.

sábado, 25 de noviembre de 2023

IZIK-DZURKO POTENCIAN LA MELANCOLÍA DEL OTOÑO

3er concierto del ciclo Gran Sinfónico de la temporada nº 34 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Jaeden Izik-Dzurko, piano. Antonio Méndez, dirección. Programa: Stilleben mit Orchester, de Elena Mendoza; Concierto para piano en La menor Op. 54, de Schumann; Danzas sinfónicas Op. 45, de Rachmáninov. Teatro de la Maestranza, viernes 24 de noviembre de 2023


Que Sevilla es una ciudad difícil y desconcertante lo demuestra el hecho de que a dos días de que recale aquí la Mahler Chamber Orchestra, una de las pocas plazas españolas donde actuará, quede por vender más de la mitad del aforo. Las propuestas locales más o menos se defienden, pero necesitamos otras que sitúen nuestra programación a niveles de otras ciudades europeas de semejante calado, y eso, que una vez fue realidad, ahora parece tan difícil de conseguir, salvo en raras ocasiones en las que la popularidad del o la intérprete le precede. Tratándose de una propuesta eminentemente local, el aforo de ayer no fue desdeñable, hay que decir que la ocasión lo merecía, con un programa en los atriles de la Sinfónica realmente atractivo, empezando por el estreno en su ciudad de una obra de la sevillana Elena Mendoza, presente en la sala, y siguiendo con otras dos que no por más trilladas son menos atractivas y seductoras.

La de Mendoza, artista todavía poco conocida a nivel popular en su ciudad natal, a pesar de recolectar fuera un enorme reconocimiento y situarla a la vanguardia de las músicas actuales digamos serias, resultó una pieza de enorme singularidad, por su tratamiento de las texturas y porque, sin apartarse de corrientes compositivas ancladas ya en un pasado reciente, y muy concretamente en esas Atmósferas de Ligeti que disfrutábamos precisamente justo una semana antes en el concierto de apertura de temporada de la Sinfónica Conjunta, experimenta con instrumentos inusuales y en principio poco o nada convencionales para integrarlos en el conjunto de una bien equipada formación sinfónica. En concreto, en Stilleben mir Orchester (Naturaleza quieta, que es como en Alemania denominan las naturalezas muertas para quitarle esa acepción funeraria) suenan copas de cristal con un poco de agua, latas de conservas, ralladores y otros utensilios de cocina, hasta llegar a las botellas sopladas con las que parte de los metales y las maderas van cerrando la pieza con ademanes puramente teatrales y una concepción bastante dramática de la interpretación. El resultado es tan seductor como sugestivo gracias a la atención y el sentido de la precisión que imprimió el director mallorquín Antonio Méndez, una de las voces más personales y comprometidas del actual panorama musical español.

Como tarjeta de presentación en nuestra ciudad, al pianista canadiense Jaeden Izik-Dzurko, ganador entre otros del premio Paloma O’Shea del Festival de Santander, ya tuvimos ocasión de conocerle en el pasado Festival de Primavera de Juventudes Musicales, donde hizo alarde de su fuerza y energía al teclado. Esta vez sin embargo, frente al Concierto para piano de Schumann, se decantó más por una lectura etérea y volátil de la partitura, como si acariciase las teclas y se dejase llevar por su naturaleza fuertemente emocional y melancólica. Se trata por supuesto de una pieza que demanda más poesía que virtuosismo, aunque esto resulta discutible cuando se escucha al allegro vivace final. No cabe duda de que Méndez y Izik-Dzurko se decantaron por esta línea, pero los resultados no fueron del todo convincentes desde el punto de vista expresivo. No es que sonara ni amanerado ni melindroso, tampoco afectado, pero sí algo apagado y falto de aliento, ya fuera en unos diálogos entre orquesta y solista un poco raquíticos como en un sonido en general demasiado suave, como si por querer ser melodioso acabara resultando pasteloso sin llegar a ser empalagoso. No fue a pesar de ello una interpretación desdeñable sino simplemente particular, no acorde con lo que algunos esperábamos de ella, pero válida y perfectamente ejecutada a nivel técnico general.


Algo parecido sucedió con el arranque de las impresionantes Danzas sinfónicas de Rachmaninov, que resultó algo moroso y falto de empuje, a pesar de que Méndez demostraría a lo largo de la partitura una enorme disciplina y un sentido dramático del conjunto realmente encomiable. Así, aunque no resultara tan voluptuosa ni intensa como hubiera sido deseable, sus líneas fueron claras y concisas, con grandes oportunidades de lucimiento, muy bien aprovechadas, de los solistas de la orquesta, desde el clarinete al saxofón, al fagot o el piano. Pero siguió faltando intención, expresividad y más emoción. Fue en términos generales una interpretación bien construida, muy bien articulada, pero algo fría y falta de aliento. Lo mejor, el vals central, tan bello como seductor, así como convenientemente siniestro y sensual. Esa misma falta de intensidad generalizada se observó también en el final, siempre desde la admiración que nos profesa el buen nivel alcanzado por todas y cada uno de los integrantes de la orquesta, mimada hasta el último detalle por la atenta batuta de Antonio Méndez.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 9 de septiembre de 2023

COGATO Y LA FLAUTA CANTANTE DE MORELLÓ

XXIV Noches en los Jardines del Alcázar. Vicent Morelló, flauta; Tommaso Cogato, piano. Programa: Selección de Canciones sin palabras, de Mendelssohn; Sonata para clarinete y piano Op. 120 nº 2, de Brahms; Vocalise, de Rachmaninov; Selección de lieder de Schubert. Viernes 8 de septiembre de 2023


Ni Tommaso Cogato ni Vicent Morelló, ni la excelencia que les caracteriza, necesitan presentación alguna, al menos en esta ciudad que tan encantada y acostumbrada está de disfrutar de sus aptitudes. Juntos defendieron anoche un recital que cambió radicalmente de forma, conjugación y hasta significado después de que el acompañante original del pianista, el violinista Joaquín Torre, diera positivo en covid. Con Morelló a la flauta, y dando un protagonismo especial a la relativamente insólita flauta en sol, el programa se centró en obras de distinto calado, quintaesencia del romanticismo, con el instrumento solista dando voz a otras, muy especialmente la humana. El instrumento, una variante de la flauta travesera de mayor longitud, también denominada flauta alto, está afinado una cuarta por debajo de lo normal, un registro inferior que añade expresividad a su sonido, una mayor calidez y un color muy particular, ideal para sustituir la voz humana y llegar a transmitir la fuerza y la intención que ésta posee. La que Morelló utilizó para la ocasión es de cabeza recta, frente a la curva que al estar más cerca del oído del intérprete, permite una afinación más fácil y precisa. Con ella el flautista de la ROSS acometió la tarea de poner una voz distinta de la habitual a los Lieder ohne Worte (Canciones sin palabras) de Mendelssohn, originales para piano solo y jamás ideadas para ser cantadas, ni siquiera cuando se le propuso al autor años después de su estreno.

Hay que reconocer que la aportación del instrumento añadido fue de escaso relieve, aunque Morelló, que evidenció cierta dificultad en el control de la respiración, potenciada por la amplificación, mantuvo un fraseo elegante y exquisito y una cantabilidad notable en cada una de las tres piezas elegidas, desde la muy evocadora nº 1 del opus 19, a la más animada nº 1 del 38, y especialmente la nº 4 del 67, también conocida como La hilandera, donde a las ornamentaciones agitadas de Morelló se unió la fuerza arrebatadora de Cogato en esa suerte de imitación del zumbido de las abejas que tan fatigoso puede llegar a resultar. Una impecable reinterpretación a la flauta de la Sonata nº 2 para clarinete de Brahms, ocupó la parte central del recital y la más valiosa en su conjunto. Es cierto que el instrumento fue incapaz de recrear el color y la intensidad original de la pieza, que efectivamente nunca experimentó en sus múltiples adaptaciones para otros instrumentos, especialmente la viola, la gracia y la riqueza que mantiene el original. Pero Morelló salvó con nota alta sus dificultades y logró en conjunto una interpretación sobresaliente, ya con la respiración más controlada y siempre con la complicidad de Cogato, que en las cadencias del allegro central evidenció su elegante majestuosidad aunque fuera en detrimento de la flauta, esta vez convencional, que quedó algo apagada en ese momento. Ambos mantuvieron intactos los planteamientos virtuosísiticos y poéticos de la obra, sobre todo en las variaciones que integran su andante final, destacando la fuerza exuberante de los últimos compases.

La melancólica belleza del célebre Vocalise de Rachmaninov, que sirvió además para conmemorar el ciento cincuenta cumpleaños del compositor, con la flauta sustituyendo la habitual voz de soprano con la que se interpreta, y añadiendo algunas y muy atinadas ornamentaciones de cosecha propia, precedió al último bloque de la velada, una selección de tres de los lieder de Schubert recopilados a modo de cajón de sastre en el ciclo inconfeso Schwanengesang (Canto del cisne, por tratarse de una colección póstuma), ampliados a cinco merced a las propinas. Morelló mantuvo el pulso amable de Das Fischermädchen (La pescadora), el lirismo y al sensualidad de Ständchen (Serenata) y la inusitada alegría de Abschied (Despedida), en unos arreglos propios que acentuaron el carácter desenfadado de una pieza a la que Morelló añadió magia y mucha fantasía, como también sucedería en Liebesbotschaft (Mensaje de amor) y Taubenpost (Correo de palomas, ideal para sustituir al electrónico cuando como sucede ahora somos víctimas de un monstruoso ciberataque), que ambos intérpretes añadieron al programa e hicieron las delicias de un público rendido a la belleza romántica de la feliz propuesta.

Foto: Actidea
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 30 de diciembre de 2022

UNA JUVENTUD RESPONSABLE DEFIENDE KIEV

Música por Ucrania. Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Denis Kozhukhin, piano. Nuno Coelho, dirección. Programa: Preludio de Tristán e Isolda, de Wagner; Concierto para piano nº 2 Op. 18 en do menor, de Rachmaninov; Cuadros de una exposición, de Mussorgsky (orquestación de Ravel). Teatro de la Maestranza, jueves 29 de diciembre de 2022

Foto: Luis Castilla

Cada concierto de una orquesta joven es un motivo de celebración, aunque en esta ocasión estuviera teñida del inmenso dolor que provoca la actual situación de guerra que se vive no solo en la tierra homenajeada sino en el resto de un planeta que sigue sin atender a los más básicos impulsos de humanidad y confraternización. Para acordarnos de Ucrania cuando se cumple casi un año de tan cruel e inaudita invasión, y nos preparamos para despedir otro año trágico con la ilusión siempre puesta en el inminente porvenir, la Fundación Barenboim-Saïd, siempre sensible a este tipo de cuestiones, trazó un programa muy significativo, con dos autores rusos (tres si añadimos la propina), un pianista de la misma nacionalidad y una Puerta de Kiev en la que desembocó la heroica y paradigmática defensa que los y las jóvenes de la orquesta hicieron de tan recurrente pero suculento repertorio.

Ante la fulgurante carrera del director luso Nuno Coelho, cuando hace año y medio dirigió uno de los programas de abono de la Sinfónica de Sevilla nos preguntábamos si volveríamos a disfrutar de su indiscutible talento. Y mira por dónde antes de lo previsto pudimos apreciar su enorme capacidad para extraer lo mejor de cada integrante de la orquesta, con el añadido de que en esta ocasión se tratase de gente tan joven, algunos y algunas todavía en edad infantil. Esta extraordinaria capacidad se puso ya de relieve en su muy meticulosa interpretación del preludio de Tristán e Isolda, una glorificación e idealización del amor absoluto que fluyó entre sus manos como un maná intenso, perfectamente articulado y moderadamente lírico y apasionado, acaso sin ese carácter febril que le imbuyen otras batutas, pero con las ideas muy claras, silencios muy elocuentes y un trabajo espléndido de cada sección de la orquesta, especialmente la cuerda, en la que se aunó vigor y espiritualidad.

Un pianista hercúleo

Desde nuestra posición, muy cerca del escenario, apreciamos en Denis Kozhukhin un pianista vehemente, acaso incluso algo rudo, que con su pulsación fuerte y vigorosa llegó a eclipsar la entrada melódica de la cuerda en esa mágica introducción del Concierto nº 2 de Rachmaninov. Como si de una batidora de notas se tratase, el pianista ruso atacó la página con demasiado ahínco, como si encontrar su voz y personalidad tuviera que pasar por reinventar pasajes y acusar una fuerza hercúlea en la tarea. No es precisamente el estilo y la línea que preferimos en una pieza tan extraordinaria e inventiva como ésta, pero no podemos negar al intérprete dominar técnica y esforzarse en expresividad. A todo ello Coelho se adaptó con enorme respeto y discreción, pero extrayendo de cada intérprete, conjunto y solistas, un rendimiento excelso, lleno de sensibilidad y musicalidad. Lástima que los múltiples móviles empañaron algunos de los momentos claves de la partitura, cadencias del segundo movimiento incluidos. En la propina, una significativa última pieza del Álbum de juventud de Chaikovski, Kozhukhin desarrolló el mismo esquematismo que desplegó en algunos de los pasajes del monumental y majestuoso concierto de Rachmaninov.

Sea en su versión original para piano como en la extraordinaria orquestación de Maurice Ravel, Cuadros de una exposición de Mussorgsky es una pieza muy transitada. Sin ir más lejos, Pérez Floristán la interpretará en apenas un mes; se trata además de la obra con la que debutó la Sinfónica de Sevilla en 1991, un concierto que fue recreado hace apenas dos años con motivo del treinta aniversario de la orquesta. Coelho sirvió una versión excelente de la pieza, atenta a cada detalle, férreamente estructurada, expansiva, más plagada de sutilezas que de esas inútiles exageraciones a las que la someten otros directores. El joven director portugués, actualmente al frente de la Orquesta del Principado de Asturias, supo impregnar la partitura de ese estado emocional contradictorio que la caracteriza, mientras la orquesta se ciñó con naturalidad a cada uno de los múltiples humores reflejados en la obra. Su lectura no fue ni grandilocuente ni vacilante, como tampoco lo fueron las magníficas intervenciones de la orquesta, con rendimientos solistas impensables en una orquesta de jóvenes e infantes todavía en prácticas o arrancando su vida profesional, empezando a vivir disfrutando de esta inigualable experiencia. Así, ante nuestros oídos desfilaron impecables intervenciones de oboe, trompeta, tuba, saxo… siempre disciplinados y logrando dar al conjunto ese relieve que hace de una interpretación una experiencia sensorial completa.

Ver de cerca a los y las jóvenes intérpretes, sus expresiones de emoción y satisfacción, no tiene precio. Y para dejar constancia del intercambio de talentos entre esta y otras orquestas jóvenes de la comunidad, especialmente la OJA, algunos de sus integrantes entonaron a traición, cuando gran parte del público había abandonado la sala, el pasodoble Amparito Roca, auténtica seña de identidad. Y no podemos olvidar el exhaustivo trabajo desplegado por los maestros y maestras que atienden a la excelente formación de estos y estas privilegiadas jóvenes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 4 de septiembre de 2022

LAURA MOTA CAMINANDO HACIA LA MADUREZ

XXIII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Laura Mota, piano. Programa: Sonata-Fantasía nº 2 en sol sostenido menor Op. 19, Preludio y Nocturno para la mano izquierda Op. 9, Estudio en do sostenido menor Op. 2 nº 1, Estudio en re sostenido menor “Patético” Op. 8 nº 12 y Fantasía en si menor Op. 28, de Scriabin; Elegía en Mi bemol mayor de Morceaux de fantaisie Op. 3 nº 1, Etude-Tableaux en re menor Op 33 nº 4, Preludios Op. 23 nº 4 en Re mayor y nº 5 en sol menor, de Rachmaninov. Sábado 3 de septiembre de 2022

Foto: Actidea

Las Noches del Alcázar encaran sus últimas jornadas con una inusual y agradable bajada de temperatura para estas fechas, lo que se hizo notar considerablemente en el debut sevillano de la prometedora pianista asturiana Laura Mota, con apenas diecinueve años y todo un futuro por delante. Para ello adaptó su programa a una de las efemérides elegidas este año por la organización del evento para completar sus habituales ciclos, el ciento cincuenta aniversario de Alexander Scriabin, confrontando su arte pianístico al de su contemporáneo Sergei Rachmaninov, quien estudió en profundidad las partituras de su paisano para adaptar a su particular estilo sus múltiples progresos, si bien manteniendo en todo momento una personalidad propia, matiz que es imprescindible captar para hacer justicia plena al trabajo de cada uno de los dos compositores convocados. Es ahí donde quizás echamos más en falta un trabajo de mayor envergadura en la a todas luces magnífica técnica y solvente expresividad de la pianista, que miró tanto a los precedentes de los dos compositores, Debussy y sobre todo Chopin, que desdibujó en cierto modo la distinción entrambos.

Tan tímida como discreta, Mota obvió esos preceptivos comentarios a las obras que habitualmente se recomienda hacer a los artistas convocados, lo que acortó en buena medida la duración del concierto, dejando margen holgado para la consabida propina, tampoco presentada y que evidentemente pertenecía al catálogo del compositor homenajeado. Resulta paradójico que tratándose de un artista de la miniatura, la joven pianista se decantara por piezas de mayor envergadura y duración, siempre dentro de los límites constreñidos por los que optó el autor. Así, la Sonata-Fantasía Gloriosa nº 2 con la que arrancó la exhibición, tiene una duración aproximada de doce minutos, por los que Mota se desplazó entre la elegancia y el refinamiento, resolviendo con claridad sus complejas texturas aunque obviando ese toque navegante que parece sugerir la partitura en sus múltiples crescendos y decrescendos, mirando más al romanticismo chopiniano que al toque impresionista que también la informa. Muy exigente para su interpretación, Mota supo combinar la calma del andante con la agitación del presto, donde ofreció unas muy contrastadas dinámicas y una depurada técnica.

Foto de archivo
Tras este notable preámbulo, la joven prosiguió con el bloque dedicado a Rachmaninov, con la Elegía que da inicio al Morceaux de fantaisie Op. 3 recitada con delicadeza y moderación, pero algo falto de aliento poético y una mayor profundidad e intensidad armónica, a la que siguió siempre desde el dominio técnico casi absoluto con un Estudio Op. 33 nº 4 bien definido y con un más que correcto desarrollo, en su punto exacto de sentimiento y estado de ánimo, que derivó en unos preludios Op. 23 entre el lirismo meditado del nº 4 y la bravura del 5, resuelto con enorme sentido del equilibrio y la contención dramática. Una de las páginas más sorprendentes de la velada fue el Preludio y Nocturno para la mano izquierda que Scriabin concibió para aliviar sus problemas con el brazo derecho derivados de su ferviente y arduo trabajo con la enrevesada obra de su adorado Liszt cuando era aún adolescente. Prodigio de contención, legato y equilibrio expresivo, Mota resolvió la pieza con sorprendente madurez y claridad expositiva, lo que también se denotó en el Estudio Op. 2 nº 1, emotivo y sentimental, y el agónico y extremadamente ágil aunque algo corto de aliento poético Estudio Op. 8 nº 12, hasta finalizar con la Fantasía Op. 28, cuya complicada técnica resolvió mejor que su obsesivo y dramático desarrollo expresivo. El tiempo sin duda irá depurando estas mínimas carencias que una vez superadas harán de ella una artista formidable.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 23 de junio de 2022

FERNÁNDEZ-NIETO, DESDE EL SENTIMIENTO Y EL CORAZÓN

XXXII Festival de Primavera Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Juventudes Musicales de Sevilla. Juan Carlos Fernández-Nieto, piano. Programa: Suite Española Op. 47, de Albéniz; Sonata nº 2 en Si bemol menor Op. 36, de Rachmaninov; Islamey, de Balakirev. Teatro Cajasol, miércoles 22 de junio de 2022


Ha pasado casi una década desde que tuvimos ocasión de escuchar a este pianista nacido en Salamanca y nacionalizado también estadounidense, donde ha forjado una carrera internacional de cierto prestigio y objeto de consideración. Fue en la sala Manuel García del
Teatro de la Maestranza y no parece que nos dejara entonces una huella demasiado indeleble. Está claro que desde entonces ha hecho muy bien los deberes para alcanzar el nivel observado y disfrutado en esta nueva comparecencia hispalense, algo que corrobora uno de sus últimos premios, el del Público en el concurso Paloma O’Shea que se celebró en Santander en 2018. Juan Carlos Fernández-Nieto fue el encargado de clausurar la edición número treinta y dos del Festival de Primavera de Juventudes Musicales, celebrada después de los inconvenientes de la pandemia en años anteriores, y con el Teatro Cajasol como escenario en lugar del habitual Salón de Carteles de la Real Maestranza de Caballería. Una clausura que tuvo además un sabor especial, por cuanto el presidente Arnold Collado aprovechó para hacer una semblanza de una temporada en la que se han ampliado horizontes y estrechado lazos con las principales instituciones y salas de la ciudad, y se hizo entrega de distinciones de honor a los socios más veteranos del momento, Antonio Sánchez Troncoso, Rosario Solís Moreno y Ramón Ruiz Peña, quien en su discurso de agradecimiento hizo un apasionante y emotivo recorrido por la historia de la institución y de paso de la gran música en nuestra querida Sevilla.

Un momento del acto de entrega de las distinciones de honor

El concierto de Fernández-Nieto arrancó con la Suite Española de Albéniz, de menor enjundia e influencia que la magistral Suite Iberia, pero igualmente susceptible de las lecturas más delicadas y emocionales frente a las más exaltadas y apasionadas. El pianista optó por una versión sustentada en el más suculento lirismo, refinada y estilizada, y tan paladeada que se podía advertir cada inflexión y cambio de registro, cada nota con cristalina trasparencia. Hubo puntuales desencuentros técnicos en un viaje que afrontó sin partitura, como el resto del programa. Se colaron algunas disonancias y notas estridentes o fuera de lugar, pero poca cosa comparada con el espíritu y el color con los que abordó la página, que tradujo desde el sentimiento y la comprensión, con escalas en una reposada y sensual Granada, una elegante y perfectamente ritmada Sevilla, una suave melancolía en Cádiz, una muy sincopada y decidida Asturias o una evocadora y también sensual Cuba en forma de delicada habanera.

La más popular de las grandes obras para piano solo de Rachmaninov, la Sonata nº 2, sirvió para estimular la técnica más depurada y la expresividad apasionada y frondosa del joven pianista. Adoptó para ello la versión de Vladimir Horowitz, que combina con autorización del autor la original de 1913 y la revisada en 1931, más densa pero más concentrada. En sus manos la extraordinaria pieza respiró impulso dramático, un conmovedor lirismo y un extremado virtuosismo que le permitió resolver sus intrincadas relaciones estructurales y compleja polifonía con una excelencia indiscutible. Fernández-Nieto logró una interpretación llena de tensión dramática, con un cuidado fraseo y un sentido elegante de la melodía y la armonía, lo que derivó en una versión emocionante e imaginativa de la página, vigorosa y trágica en el allegro inicial, misteriosa en el non allegro central, y agitada y majestuosa en el movimiento final, manteniendo en todo momento el equilibrio y la proporción. La muy difícil técnicamente, y no exenta de interés expresivo y emocional, Islamey de Mili Balakirev, una fantasía oriental fecunda en arpegios y escalas, sonó en manos de Fernández-Nieto impecable, agitada y arrebatada, superando sus frenéticas frases y cambios de registro con maestría, no en vano se trata del primer pianista español que la ha grabado en disco. Con este concierto descubrimos finalmente a un gran pianista, que toca desde el corazón, engancha al oyente de principio a fin y se implica emocionalmente en cada pieza que afronta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 2 de junio de 2022

RUSOS EJEMPLARES PARA UN DEBUT Y UNA SOLUCIÓN

Concierto extraordinario de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Javier Comesaña, violín. Juan Pérez Floristán, piano. Alfonso Casado, director. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 35, de Chaikovski; Concierto para piano nº en Do menor Op. 18, de Rachmaninov. Teatro de la Maestranza, miércoles 1 de junio de 2022


Ayer fue el día de la ROSS. La formación presentó su trigésimo tercera temporada y se entregó con ahínco y profesionalidad a una nueva colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla, tras la buena acogida que tuvo la propuesta
el año pasado. En cuanto a la nueva programación de la orquesta, no nos parece válido justificar la repetición sistemática de títulos tantas veces interpretados con el fin de recuperar público y atraer nuevos correligionarios tras un par de temporadas en las que el aforo del Maestranza se ha visto seriamente mermado. Más bien se nos antoja una medida que espanta al público fiel, que se cuestiona así seguir acudiendo a conciertos que de algún modo representan cierto déjà vu. Una combinación de programas novedosos y otros populares sería más apropiado dadas las circunstancias, de lo contrario sería como si todos los años estrenasen más o menos las mismas películas, ¿quiénes irían a verlas?

Hecha esta pequeña reflexión, la de anoche estaba destinada a ser el debut en el Maestranza de dos interesantes y prometedores artistas jóvenes, el alcalareño Javier Comesaña y el albaceteño Pedro López Salas, de la mano de Juventudes Musicales, que cumple así uno de sus cometidos principales, la promoción de nuevos valores. Sin embargo, una enfermedad repentina obligó en el último momento a abandonar al segundo, lo que sin duda habrá provocado una profunda y dolorosa frustración en el joven pianista, que esperemos la orquesta y el coliseo puedan remediar en un futuro muy próximo. La suerte quiso que otro sevillano, este sí con una carrera fructífera y afianzada a sus espaldas, Juan Pérez Floristán, se encontrase en la ciudad tras desembarcar en ella desde Munich para presentar la temporada de la que él es artista residente. Su madurez y profesionalidad le llevó a aceptar el reto de sustituir a López Salas apenas repasando de un vistazo la partitura asignada, con los buenos resultados esperables, si bien apreciándose su intención de no deslumbrar ni eclipsar de ninguna manera la que debía ser la noche de Comesaña, lo que se tradujo en una interpretación del segundo de Rachmaninov acomodada en una gramática impoluta, un fraseo fluido y elegante y una extrema delicadeza melódica, pero sin caer en florituras ni exhibición de virtuosismo extremo. Su versión de Rachmaninov estuvo henchida eso sí de aliento poético y vuelo lírico, aunque a menudo sobrepasada por un peso orquestal excesivo, dejando en evidencia que faltara más tiempo para llegar a un mayor entendimiento entre él y la batuta, un Alfonso Casado que regresó a su tierra para dejar claro que se puede enfrentar al repertorio clásico con la misma solvencia con la que lo hace en el ligero, con el que se ha creado un merecido puesto en los escenarios del West End londinense.

La combinación de un pianista y un violinista, base estructural del concierto del pasado año, fue también la del presente, con un espléndido Javier Comesaña protagonizando la primera parte del concierto, tras haber disfrutado de su incontestable sensibilidad musical en otros espacios como las Noches del Alcázar y la Sala Chicarreros, también entonces de la mano de Juventudes Musicales. Su debut en el Maestranza estuvo precedido de los importantes premios obtenidos en certámenes como el de Jascha Heifetz o Joseph Joachim, cuyo segundo premio le permitió lucir un valioso violín del siglo dieciocho con el que logró una interpretación magistral del concierto de Chaikovski. Tras dejar claro su dominio del instrumento y entregarse a largas y afinadas frases que añadieron una importante traza de elegancia a su interpretación, Comesaña cuidó en extremo todos los detalles de la partitura, sin esa exhibición de virtuosismo a menudo gratuito con la que muchos rubrican su cometido, lo que se hizo patente en cadencias muy bien informadas y primorosamente construidas, que embellecieron su visión de una página tan asentada en el acervo popular. La naturalidad y la fluidez fueron los claros detonantes del éxito cosechado con esta emblemática partitura, a la que la batuta de Casado se plegó con idéntica resolución, controlando todos sus aspectos y extrayendo de cada solista y familia el sonido más terso y adecuado a la situación. El andante dolce de una de las sonatas de Prokofiev sirvió al artista de Alcalá de Guadaira para redondear su mágica noche de debut en el Maestranza y dejar a sus patrocinadores a la altura que merecen.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 24 de febrero de 2021

EL SINGULAR ROMANTICISMO DE SOKOLOV

Grigory Sokolov, piano. Programa: Polonesas Opp. 26 nº 1 y 2, 44 y 53 “Heroica”, de Chopin; 10 Preludios Op. 23, de Rachmaninov. Teatro de la Maestranza, martes 23 de febrero de 2021


Quienes tuvimos oportunidad de disfrutar de este insigne pianista el pasado verano en Granada comprobamos la buena forma en la que se encuentra y la enorme concentración que pone en cada nota. Fue entonces un paraíso que nos encontramos después de tanto tiempo encerrados sin música en vivo, y también por eso lo disfrutamos especialmente. Interpretó entonces a Mozart y Schumann, programa con el que tendría que haber recorrido nuestra geografía y el resto de países en los que habría recalado aquella temporada de no haberlo frustrado la pandemia. El que presenta esta vez, único también que despliega por todas las plazas que se lo permiten, se centra en dos referentes fundamentales del romanticismo musical, Chopin y Rachmaninov, tan separados en el tiempo pero en cierta manera tan conectados estéticamente, no olvidemos el carácter tardo romántico del ruso, que tantas veces usó como referente en sus trabajos estrictamente pianistas al compositor polaco.

Rígido y con la mirada fija e imperturbable en el teclado de un piano desvestido una vez más de partituras, Sokolov inició su particular ritual desgranando la primera de las polonesas Op. 26 con tal delicadeza exenta de maniqueísmos superfluos que parecía nos hiciera levitar. El suyo es un pianismo puro, sin excentricidades ni exceso de temperamento, en el que se palpa la sinceridad en cada acorde, que no pretende epatar pero sí encontrar nuevas vías de comunicación a través de una música que hemos oído mil veces, buscando algo nuevo que decir sin por ello apartarse del espíritu de la obra. Eso es precisamente lo que encontramos en la segunda de estas piezas, una polonesa que en sus manos surgió siniestra y apesadumbrada, con hitos tan elocuentes como esa zona central que ofreció con suma rigidez formal, acordes secos y contundentes y silencios muy expresivos. La mastodóntica polonesa Op. 44 la recorrió con ahínco y sentido de la majestuosidad, explorando casa sentimiento y emoción en un alarde de fuerza expresiva y dominio técnico sin igual, una vez más emocionando sin imposturas ni afecciones, con mucha naturalidad y las ideas muy claras. Donde otros pianistas abordan la Heroica con fuerza y energía desde el primer acorde, Sokolov arranca más suave y poco a poco va subiendo la intensidad emocional de esta popular polonesa. Cuatro largas polonesas del tirón y tan diferentes cada una, no solo en la partitura sino muy especialmente en cómo sirven al pianista para expresar sentimientos tan variados, y que la escucha no se convierta en una experiencia monótona y rutinaria.

En la segunda parte abordó con idéntico rictus expresivo, pero poniendo igualmente todo el alma y la técnica al servicio de la música, los diez preludios que integran el opus 23 de Rachmaninov, explorando toda la gama de expresiones emocionales que presenta, toda su creatividad rítmica y melódica, destacando el carácter introspectivo de algunas, como la nº 1 en fa sostenido menor, la nº 3 en forma de misterioso minueto, o el hermosísimo largo de la última en sol bemol mayor, así como el más expansivo y refulgente del tormentoso nº 2 o del carismático nº 5 que alterna el ritmo de marcha con el más delicado y apasionado romanticismo imaginable. Sokolov mantuvo en estas preciosas miniaturas un equilibrio exquisito, un sonido poderoso y una considerable bravura técnica, sin ahorrar en melancolía y ofreciendo en todo caso una extraordinaria pureza musical. Otro de sus ritos, ofrecer gran cantidad de propinas, se vio enturbiado por las restricciones horarias y tuvimos que conformarnos con solo una, la Mazurca Op. 68 nº 2 de Chopin que volvió a suscitar el entusiasmo del público entregado y respetuoso que llenó las plazas disponibles del Maestranza.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía