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sábado, 9 de septiembre de 2023

COGATO Y LA FLAUTA CANTANTE DE MORELLÓ

XXIV Noches en los Jardines del Alcázar. Vicent Morelló, flauta; Tommaso Cogato, piano. Programa: Selección de Canciones sin palabras, de Mendelssohn; Sonata para clarinete y piano Op. 120 nº 2, de Brahms; Vocalise, de Rachmaninov; Selección de lieder de Schubert. Viernes 8 de septiembre de 2023


Ni Tommaso Cogato ni Vicent Morelló, ni la excelencia que les caracteriza, necesitan presentación alguna, al menos en esta ciudad que tan encantada y acostumbrada está de disfrutar de sus aptitudes. Juntos defendieron anoche un recital que cambió radicalmente de forma, conjugación y hasta significado después de que el acompañante original del pianista, el violinista Joaquín Torre, diera positivo en covid. Con Morelló a la flauta, y dando un protagonismo especial a la relativamente insólita flauta en sol, el programa se centró en obras de distinto calado, quintaesencia del romanticismo, con el instrumento solista dando voz a otras, muy especialmente la humana. El instrumento, una variante de la flauta travesera de mayor longitud, también denominada flauta alto, está afinado una cuarta por debajo de lo normal, un registro inferior que añade expresividad a su sonido, una mayor calidez y un color muy particular, ideal para sustituir la voz humana y llegar a transmitir la fuerza y la intención que ésta posee. La que Morelló utilizó para la ocasión es de cabeza recta, frente a la curva que al estar más cerca del oído del intérprete, permite una afinación más fácil y precisa. Con ella el flautista de la ROSS acometió la tarea de poner una voz distinta de la habitual a los Lieder ohne Worte (Canciones sin palabras) de Mendelssohn, originales para piano solo y jamás ideadas para ser cantadas, ni siquiera cuando se le propuso al autor años después de su estreno.

Hay que reconocer que la aportación del instrumento añadido fue de escaso relieve, aunque Morelló, que evidenció cierta dificultad en el control de la respiración, potenciada por la amplificación, mantuvo un fraseo elegante y exquisito y una cantabilidad notable en cada una de las tres piezas elegidas, desde la muy evocadora nº 1 del opus 19, a la más animada nº 1 del 38, y especialmente la nº 4 del 67, también conocida como La hilandera, donde a las ornamentaciones agitadas de Morelló se unió la fuerza arrebatadora de Cogato en esa suerte de imitación del zumbido de las abejas que tan fatigoso puede llegar a resultar. Una impecable reinterpretación a la flauta de la Sonata nº 2 para clarinete de Brahms, ocupó la parte central del recital y la más valiosa en su conjunto. Es cierto que el instrumento fue incapaz de recrear el color y la intensidad original de la pieza, que efectivamente nunca experimentó en sus múltiples adaptaciones para otros instrumentos, especialmente la viola, la gracia y la riqueza que mantiene el original. Pero Morelló salvó con nota alta sus dificultades y logró en conjunto una interpretación sobresaliente, ya con la respiración más controlada y siempre con la complicidad de Cogato, que en las cadencias del allegro central evidenció su elegante majestuosidad aunque fuera en detrimento de la flauta, esta vez convencional, que quedó algo apagada en ese momento. Ambos mantuvieron intactos los planteamientos virtuosísiticos y poéticos de la obra, sobre todo en las variaciones que integran su andante final, destacando la fuerza exuberante de los últimos compases.

La melancólica belleza del célebre Vocalise de Rachmaninov, que sirvió además para conmemorar el ciento cincuenta cumpleaños del compositor, con la flauta sustituyendo la habitual voz de soprano con la que se interpreta, y añadiendo algunas y muy atinadas ornamentaciones de cosecha propia, precedió al último bloque de la velada, una selección de tres de los lieder de Schubert recopilados a modo de cajón de sastre en el ciclo inconfeso Schwanengesang (Canto del cisne, por tratarse de una colección póstuma), ampliados a cinco merced a las propinas. Morelló mantuvo el pulso amable de Das Fischermädchen (La pescadora), el lirismo y al sensualidad de Ständchen (Serenata) y la inusitada alegría de Abschied (Despedida), en unos arreglos propios que acentuaron el carácter desenfadado de una pieza a la que Morelló añadió magia y mucha fantasía, como también sucedería en Liebesbotschaft (Mensaje de amor) y Taubenpost (Correo de palomas, ideal para sustituir al electrónico cuando como sucede ahora somos víctimas de un monstruoso ciberataque), que ambos intérpretes añadieron al programa e hicieron las delicias de un público rendido a la belleza romántica de la feliz propuesta.

Foto: Actidea
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 26 de febrero de 2023

D'APRILE Y COGATO EVOCAN LA SAGA GARCÍA-VIARDOT

Música de cámara. Made in Seville. Mariarosaria D’Aprile, violín. Tommaso Cogato, piano. Andrés Moreno Mengíbar, presentación. Programa: El violín y la familia García-Viardot (Sonatina para violín y piano, de Pauline Viardot; Sonata para violín y piano nº 2 Op. 51, de Alphonse Duvernoy; Sonata para violín y piano nº 3, de Paul Viardot; Fantasía sobre temas de Donizetti, de Hubert Léonard). Espacio Turina, sábado 25 de febrero de 2023


Hay artistas que, independientemente de su talento y la confianza que pueda despertar su buen hacer, convocan por su simpatía y su calidez personal. Es lo que les ocurre al matrimonio formado por Mariarosaria D’Aprile y Tommaso Cogato, inquietos agitadores de la vida cultural musical de la ciudad y frecuentes en algunas de sus actividades más diversas, desde las Noches del Alcázar a estos ciclos de cámara del Turina, pasando por sus intervenciones en las plantillas de la Barroca y la Sinfónica, e incluso como solistas de esta última. Pero si además van acompañados de un interesante descubrimiento de músicas casi inéditas relacionadas con una de las familias de origen sevillano más influyentes en la escena musical parisina de la segunda mitad del siglo XIX, más atractivo atesora. Este particular viaje por la música de Pauline Viardot, hija de Manuel García y hermana de María Malibrán, nombres que afortunadamente hoy ya no necesitan presentación, es fruto de la inquietud y la exhaustiva investigación del crítico musical e historiador Andrés Moreno Mengíbar, que con sus informadas locuciones introdujo el programa, organizado por él mismo junto a la pareja intérprete, y la trayectoria sentimental y artística de la familia en la que se enmarca, que daría para una intensa serie de televisión.

Mariarosaria D’Aprile es una violinista especialmente dotada para dar carácter a su instrumento, del que extrae en todo momento un sonido depurado y sedoso, sin estrangulamientos ni estridencias, si bien su paso al registro extremo agudo suele resultar algo forzado y puntualmente chirriante. Eso no fue obstáculo para regalarnos una Sonatina de la Viardot de considerable fineza y espíritu muy amable. Una pieza que como la de Léonard que cerró el programa parece destinada fundamentalmente al consumo doméstico y a amenizar las numerosas reuniones de salón que se celebraban en la residencia de la polifacética artista. El violín atrapó su carácter ensoñador, con largos y muy bien articulados acordes, sentido del contraste y espíritu melódico. Las de su hijo Paul y su yerno Alphonse Duvernoy demuestran sin embargo una mayor ambición, y aunque de interés limitado, no cabe duda de que su destino era la sala de conciertos. La Sonata nº 2 de Duvernoy exhibe un espíritu atormentado y trágico, potenciado en un allegro final que desequilibra estructuralmente la pieza dada su larga duración respecto a los otros dos movimientos, dando mayor cobertura a su tormentoso carácter. D’Aprile lo atacó alternando pasajes llenos de ternura con otros de rabia y tragedia, siempre encontrando el tono justo y la adecuada expresividad. Al piano, Cogato se mostró siempre respetuoso y delicado, salvo cuando se imponía la agitación, para la que también está bien dotado.

En la segunda parte brilló la tercera y última de las sonatas de Paul Viardot, de espíritu no ya tardorromántico sino directamente romántico a pesar de estar escrita en 1931. Fruto de una tortuosa relación con su madre, bajo cuya sombra siempre se sintió acorralado y acomplejado, se arropa igualmente de un espíritu trágico y atormentado así como una atmósfera nostálgica que encontró en los intérpretes el vehículo adecuado, salvo por esos tránsitos al extremo agudo del violín algo faltos de depuración ya apuntados. En su paradigmático tercer movimiento, bajo el revelador título de Le méchante boîteuse (Maldita coja), Cogato acertó a destacar su irregular ritmo, mientras D’Aprile se mostró tan dinámica como dulce en su sección central. El movimiento final respira tristeza y resignación, emociones que emergieron con facilidad del piano y el violín, con acordes fuertes y escalas furiosas, así como marcados arpegios en la cuerda hasta culminar en un sobrecogedor pianissimo. La pieza de Hubert, a quien Pauline Viardot dedicó la sonatina que abrió el programa, consiste en una de esas fantasías con temas operísticos tan habituales en la época, evocando con carácter virtuosístico arias de La hija del regimiento, Ana Bolena o la más reconocible Una furtiva lágrima de El elixir de amor. D’Aprile está más dotada para la expresividad y el sentimiento que para la exhibición circense que demandan estas obras, a pesar de lo cual y considerando la fatiga que para entonces habría acumulado, logró una interpretación tan convincente y aseada como el resto del programa, siempre perfectamente apoyada en el elocuente trabajo de Cogato al piano. Para no desvirtualizar la propuesta, optaron en la propina por una serenata de Charles-Auguste de Bériot, marido de María Malibrán, con el mismo espíritu de encanto y ensoñación que informó la pieza de su cuñada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 1 de febrero de 2020

EL BEETHOVEN LIGERO DE D'APRILE Y COGATO

Integral de Sonatas para violín de Beethoven. Mariarosaria D’Aprile, violín. Tommaso Cogato, piano. Programa: Sonatas para violín nº 8 Op. 30/3, nº 9 Op. 47 “a Kreutzer” y nº 10 Op. 96, de Beethoven. Espacio Turina, viernes 31 de enero de 2020

Hace años que decidieron instalarse en Sevilla, donde han formado una familia y asegurado sus raíces. Rosamaria D’Aprile y Tommaso Cogato forman parte de esa cantera de talento local que nos salvó de la sequía musical cuando en los peores momentos de la crisis del 2008 todo lo construido en esta ciudad a nivel cultural empezó a tambalearse. El problema, y ya lo hemos denunciado muchas veces, es que esa notable cantidad de artistas locales, en solitario o en grupo, se ha convertido en pieza recurrente del tablero musical hispalense, de forma que nos hemos acostumbrado tanto a su forma de hacer, sin apenas comparaciones ni propuestas alternativas, que damos por válido todo lo que afrontan. Hace tiempo que apenas recalan en la capital de Andalucía los grandes conjuntos y nombres propios que sí frecuentan otras plazas españolas. Lo positivo es que hay trabajo relativamente en abundancia para nuestros talentos y que existe en la ciudad una excelente cantera de artistas comprometidos con la gran música; lo negativo es que se ha impuesto una estética muy particular y que intereses coyunturales y económicos bloquean la posibilidad para el melómano sevillano de conocer otras tendencias al margen del registro discográfico.

Sea como fuere, D’Aprile y Cogato se han ganado un merecido hueco entre nosotros y nosotras, y son tan queridos, respetados y admirados como demuestra la generosa afluencia de público que llenó la Sala Silvio del Espacio Turina en esta primera entrega en la que se enfrentan al esfuerzo titánico de poner en pie las diez sonatas para violín que compuso Beethoven, sumándose así a los eventos que en Sevilla celebran el doscientos cincuenta aniversario del nacimiento del compositor, coincidiendo además con los conciertos en los que a partir de marzo Fernando Pascual y Pedro Galiván desgranarán este mismo ciclo en La Casa de los Pianistas. Todos los cuerpos compositivos de Beethoven son magistrales y una prueba de fuego para el intérprete que se atreva con ellos. Pero su lenguaje característico y su voz inconfundible, ampliamente desarrollada durante décadas de interpretación musical, se ve a menudo traicionada en función de supuestos nuevos estudios que desautorizan todo aquello con lo que muchos y muchas aún disfrutamos, aunque a veces solo es producto de la licencia que los artistas se toman para precisamente hacer eso, crear e innovar a partir de lo ya aprobado. Viene esto al caso de la propuesta de esta joven pareja italiana y su manera de entender el universo beethoveniano a través de sus sonatas para violín.

En esta primera entrega del ciclo, que se completará los días 22 de febrero y 18 de abril, afrontaron las tres últimas sonatas, las más complejas y maduras por lo tanto, contemporáneas las dos primeras de las sinfonías nº 2 y Heroica, y con casi una década de diferencia, de la Sinfonía nº 7 la tercera. Obras en cualquier caso de plena madurez expresiva y técnica de su autor, aunque con estéticas distintas en función de la época que le tocó vivir a nivel personal y coyuntural. Obras abordadas desde la ligereza que hoy está tan de moda, dejando a un lado, casi despreciando, esa intensidad expresiva, frecuentemente dramática, que siempre ha caracterizando al compositor de Bonn, y de la que tan buenas y gratificantes muestras dio la semana pasada José Luis Bernardo de Quirós en su forma de abordar las sonatas para piano.

Es cierto que la Sonata nº 8, la tercera del opus 30, puede entenderse como una llamada a la felicidad, y así lo hicieron sus intérpretes, siempre desde la claridad melódica y el fraseo impoluto que caracteriza a estos dos espléndidos artistas. Pero eso no obsta para que a lo largo de la partitura asomen sombras que rompen el amable ambiente y que en esta ocasión apenas fueron perceptibles, especialmente en un Tempo di minuetto sin enigma ni misterio. En el allegro vivace demostraron su virtuosismo y capacidad para transmitir el torbellino que lo caracteriza, aquí sí todo lo ligero que se quiera. Más compleja es la Sonata Kreutzer, llamada así por su dedicatario, que paradójicamente nunca se atrevió a tocarla por considerarla endiablada. La más célebre de las diez sonatas, durante mucho considerada terrorismo musical, era para Tolstoi fruto de la pasión más desenfrenada y devastadora. No lo debieron entender así D’Aprile y Cogato, que optaron más por su forma clásica que por su expresión romántica, a pesar del esfuerzo del pianista por dar relieve a su madera melódica, siempre con esa elegancia que le caracteriza. Ella sin embargo se mostró a menudo inoportunamente lánguida, incluso raquítica en aquellos pasajes donde el pianista es protagonista, aun manteniendo en todo momento homogeneidad de timbre y pulso. De lo que no cabe duda es de la compenetración entre ambos, que sin duda han trabajado mucho y a fondo, fundamental en el cuerpo a cuerpo en el que consisten sus movimientos extremos. En general faltó en esta sonata dramatismo e intensidad, pero sería injusto negarle que insuflara lirismo y disciplina en las variaciones del andante central. La última sonata debe estar dominada por un espíritu de esperanza ante la posibilidad de un amor duradero y sincero, justo en la época de las célebres cartas de amor a una desconocida. Ahí acertaron con la ligereza y el optimismo del allegro moderato inicial, sin que podamos negar que D’Aprile logró construir un adagio intenso y bien ornamentado. Pero a partir del scherzo la interpretación se desinfló y volvimos al carácter frecuentemente lánguido de la propuesta, incluso en las variaciones del poco allegretto final, punto culminante de la obra. Más que con una propina coronaron el concierto con un detalle, la transcripción de Beethoven del Se vuol ballare signor contino de esas Bodas de Fígaro ambientada en Sevilla.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 30 de agosto de 2019

BUSTAMANTE Y COGATO EN CALIDAD ASCENDENTE

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Alejandro Bustamante, violín. Tommaso Cogato, piano. Programa: 4 de las 6 piezas para violín y piano de Pauline García-Viardot; Tres Romanzas para violín y piano Op. 22, de Clara Schumann; Sonata F.A.E. para violín y piano, de Dietrich, Schumann y Brahms. Jueves 29 de agosto de 2019

Foto: Actidea
Varios conciertos en esta edición de las Noches del Alcázar han celebrado los dos siglos, que se cumplen el inminente 13 de septiembre, del nacimiento de Clara Schumann, más que la esposa de uno de los máximos representantes del romanticismo musical, una pianista imprescindible en su tiempo y una más que competente y sensible compositora de excelente música de cámara. En esta ocasión, como si se tratara de aquella fotografía que mostraba a Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y David Wark Griffith a propósito de la fundación de United Artists, los intérpretes convocaron en nuestra imaginación a algunas de las personalidades más influyentes en la música de mitad del siglo XIX, los Schumann, la hija de Manuel García, Brahms y el virtuoso Joseph Joachim. Todos sobre las tablas del Alcázar soplando las imposibles doscientas velas de la homenajeada, a través de un precioso y muy singular programa, primorosamente concebido por sus intérpretes.
 
Resulta curioso que el talento del violinista Alejandro Bustamante, que tan buen sabor de boca nos dejó en la Mozartiada del pasado mes de enero, asomara con mayor nitidez en la compleja y exigente Sonata F.A.E. que en las más sencillas melodías de Pauline Viardot, concebidas para ser tocadas en salones y veladas tan elegantes como poco comprometidas. Así, lo que empezó con visibles muestras de inseguridad y nervios en el arco de Bustamante, potenciado con un exceso de vibrato y un sonido a menudo estridente en el registro agudo, iría derivando hacia un mayor control y una mejoría evidente de la calidad conforme fue avanzando el programa. Las morceaux que la Viardot compuso para su hijo Paul antes de que se convirtiera en un insigne violinista, encontraron en Bustamante una interpretación flácida, que no superó ni con los aires gitanos de Bohemienne ni la vivaz Mazurka. Tan solo la evocadora Vieille chanson encontró el tono justo. Cogato, tan querido por la audiencia que podría parecer que cuenta con nuestro favor, volvió a ganarse por derecho propio la aprobación general con un sentido del pianismo centrado y responsable, acoplándose al violín como un guante y potenciando el encanto sentimental de estas piezas.
 
Hemos tenido oportunidad de disfrutar recientemente de las Tres Romanzas de Clara Schumann en diversas transcripciones; apenas hace unas semanas al saxofón de Elisa Urrestarazu en este mismo escenario, y el pasado 8 de marzo, Día de la Mujer, con el joven Carlos González al clarinete. Poder escucharla ahora en su versión original fue un privilegio del que se hizo eco una interpretación ya más precisa y acomodada del violinista madrileño, especialmente en el caso de la nostálgica segunda romanza, que defendió tanto en sus pasajes líricos como en los más agitados con considerable solvencia, mientras Cogato logró transmitir el carácter obsesivo y ondulante de la tercera. El mismo año que Clara Schumann compuso estas romanzas, 1853, su esposo articuló un singular homenaje a Joseph Joachim, una sonata compuesta a tres manos, un hito irrepetible que fue sin duda la joya de este estimulante concierto. En ella Bustamante se mostró ya completamente desinhibido, probablemente por haberla ensayado más y porque a esas alturas estaba más familiarizado con la amplificación y las particulares condiciones del espacio abierto. Lo cierto es que logró dar cohesión interna y unidad formal a la pieza, sin traicionar el espíritu personal de cada uno de sus compositores. La intensidad emocional del Allegro de Albert Dietrich pareció dejar huella en el violinista, que logró mostrase igualmente intenso y comprometido en este el más largo y dramático de los cuatro movimientos. Salvó el Scherzo de Brahms con vehemencia y notable solidez, mientras de Schumann ofreció calidez en el Intermezzo, solo enturbiado por ciertos desequilibrios al apianar, e ímpetu y energía en el Finale, siempre con la complicidad de Cogato, que firmó una noche de notable sensibilidad y elegancia, además de un generoso melodismo, todo combinado con unas excelentes dotes como conferenciante a la hora de brindarnos explicaciones sobre las obras y sus circunstancias. Pocas veces tendremos la oportunidad de disfrutar de una interpretación en vivo de esta pieza única e irrepetible.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía