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jueves, 3 de septiembre de 2026

LOS MURMULLOS DIERON PASO AL SILENCIO

Heras-Casado, la Orquesta de Bayreuth y (de espaldas) Nicholas Brownlee, en Barcelona

El río Guadalquivir fue ayer testigo de dos desafortunados incidentes, el incendio por la mañana del nuevo hotel de lujo en obras en las instalaciones del antiguo Altadis, y el apagón que sufrió el Teatro de la Maestranza por la tarde, en pleno concierto de la Orquesta del Festival de Bayreuth bajo la dirección de Pablo Heras-Casado. Para el granadino éste era el único de los cinco conciertos programados en la península que se celebraba en su tierra. Una cita que ya partía gafada por ser la única que no había agotado el papel ni de lejos, algo para lo que ni el alto precio de las entradas ni la todavía peregrinación playera debería haber sido una excusa, sobre todo teniendo en cuenta que entre tantos millones de andaluces y andaluzas, llenar un aforo de mil ochocientas personas no debería resultar un problema, especialmente teniendo en cuenta lo extraordinario del acontecimiento.

La Orquesta del Festival de Bayreuth nunca sale de casa. Está formada por músicos seleccionados cada temporada de entre los y las más destacadas de las formaciones fundamentalmente alemanas, sólo para hacer frente a las representaciones de las óperas wagnerianas que desde hace ciento cincuenta años se programan a lo largo del verano en el teatro especialmente diseñado para la ocasión por el genio alemán. Sólo recordamos una ocasión en la que la orquesta salió del profundo foso que ocupa en dicho coliseo, y fue de la mano de Andris Nelsons en 2021, para airearse de la pandemia.

El maestro letón la llevó a su tierra, para participar con dos conciertos, también a principios de septiembre, justo antes de disolverse la formación para regresar cada uno y una a sus atriles habituales, en el Jurmala Music Festival que se celebra en Riga. Que Heras-Casado haya sido capaz de traer la orquesta a España deja claro su poder de seducción y la confianza que en él habrá depositado la directora artística del Festival de Bayreuth, Katharina Wagner, bisnieta del compositor.

Fue precisamente con Nelsons con quien sufrimos la vergüenza de un teatro a medio llenar, también en 2021, con la Gewandhausorchester de Leipzig. Temíamos repetir esa sensación con Heras-Casado al frente de esta singular y espléndida formación, pero nunca hubiéramos imaginado que un apagón acabaría por frustrar definitivamente la experiencia. Hasta entonces todo iba sobre ruedas. A algunos se nos había puesto la carne de gallina y los pelos de punta ante tanta magnificencia. La cuerda surgiendo de la nada, sigilosamente, dando entrada a unos portentosos metales, antes de que el yunque marcara la entrada de los Dioses en el Walhala, dio nada más empezar el concierto buena muestra de por dónde irían los tiros.

Una dirección inteligente

Un entregadísimo Heras-Casado, pendiente de cada matiz y detalle, con gestos precisos y contundentes, fue marcando la pauta, logrando que cada miembro se adaptara perfectamente a sus exigencias, y logrando en conjunto un sonido majestuoso y brillante, potenciado por la excelente acústica del teatro, seguramente irrepetible en otros de los escenarios previstos en esta propuesta nacida para celebrar el cuarenta aniversario del Festival de Peralada, extendiéndose al setenta y cinco del de Santander, y coincidiendo con el treinta y cinco de nuestro querido teatro de la ópera.

La batuta basculó entre la potencia y la delicadeza, con tanta discreción como control y dominio de los recursos. Entre lo más conmovedor de la noche, esas modulaciones elegantísimas y discretas de la cuerda, arremolinándose, relevándose y creando una atmósfera entre irreal y absolutamente mágica, queremos pensar que un logro añadido del director español con mayor proyección internacional del momento. Su idilio con la orquesta se inició hace tres años, un período en el que ha dirigido Parsifal en la versión de Jay Schreib, y que se proyecta ahora con una tetralogía completa que estrenará dentro de dos años.

Curiosamente, pudimos disfrutar de Heras-Casado en Sevilla en dos ocasiones de la mano de la Fundación Barenboim-Saïd, la misma que nos trajo hace un par de años a Oksana Lyniv, la única mujer que ha dirigido esta orquesta hasta el momento, y de cuyo Holandés errante tuvimos el privilegio de ser testigos en el mismo Bayreuth en 2022.

Voces en estado de gracia

Nicholas Brownlee reivindicó, con una voz rotunda y autoritaria, el poder de Wotan, su conmovedora y frustrante renuncia ante las puertas del Walhala del anillo y todo lo que comporta, tras la maldición de Alberich, la usurpación de Fafner y los lamentos de las hijas del Rin. Impresionante en su manera de modular la voz, alcanzar agudos extremos y mantener una línea de canto vivaz y contundente, lo que fue agradecido con aplausos generosos, aún más tras la despedida de Wotan  a Brunilda (Hasta siempre, audaz y maravillosa hija), defendida por el bajo-barítono estadounidense con mayor contundencia y una expresividad dramática realmente conmovedora. No en vano se trata de una de las voces más prometedoras de la actual cantera de voces del festival.

Antes, hizo aparición el veterano Klaus Florian Vogt dando vida a Sigmund, al final del primer acto de La Valquiria, entonando su particular plegaria a su padre, Wotan (Una espada me prometió el padre), haciendo acopio de recursos dramáticos, evidenciando una voz metálica, bien colocada y capaz de articular cada gesto y matiz al que se somete su papel. Dicen que mejora considerablemente cuando interpreta a Sigfrido, pero no llegamos a apreciarlo debido al lamentable apagón.

Nos quedamos literalmente con las ganas de disfrutar de Catherine Foster, como ya hicimos en 2012 de la mano de Pedro Halftter y La Fura del Baus, cuando interpretó a la valquiria Brunilda en el tercero de los títulos del Anillo. Justo cuando la orquesta interpretaba el popular Waldweben (Murmullos del bosque), con sus sonidos onomatopéyicos asomando disciplinados y elocuentes, siempre bajo la atenta dirección de Heras-Casado, se hizo la oscuridad. Primero pensamos que podía tratarse de un golpe de efecto, antes de que hicieran su aparición Sigfrido y Brunilda, pero pronto entendimos que ante esa oscuridad absoluta ninguna orquesta podría continuar tocando.

De hecho, siguieron haciéndolo durante unos segundos, pero enseguida se hizo el silencio y una esperada reconducción que, tras cuarenta minutos de incertidumbre, no llegó. Fuera esperaban policía local y protección civil para asegurar un desalojo seguro y eficaz, mientras un equipo de técnicos electricistas aguardaba para recuperar la luz perdida en un coliseo que nunca antes había vivido algo igual. Una experiencia sin duda, pero lamentable en todos los sentidos. La de Bayreuth recaló en el sur de Europa, de forma extraordinaria e irrepetible, y perdimos la ocasión de disfrutarlo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 8 de febrero de 2026

EL PARTICULAR VIAJE DE CURRENTZIS AL WALHALLA

Gran Selección. animAeterna. Teodor Currentzis, dirección. Programa: Richard Wagner Der “Ring” ohne Worte (The “Ring” without Words. Highlights from the Ring Cycle) Op.45, de Lorin Maazel. Teatro de la Maestranza, sábado 7 de febrero de 2026

Foto: Guillermo Mendo

Veníamos ya avisados de las anteriores paradas de Teodor Currentzis interpretando el Anillo sin palabras de Lorin Maazel, Zaragoza, Barcelona y Madrid, donde protagonizó un lamentable episodio de salud que le impidió dirigir el concierto completo. Su éxito fue arrollador y al entusiasmo casi absoluto de la afición se unió el de la crítica especializada, por lo que nos enfrentábamos a una noche única, sobresaliente. Pero resulta que no acabamos de convencernos del todo con su particular forma de abordar tan majestuosa e inigualable música, anclada siempre en ese fuerte contraste que en ocasiones como ésta llega incluso a enturbiar la propia narrativa de la obra.

La tetralogía de Wagner ha sido objeto de numerosas síntesis sinfónicas, especialmente en las últimas décadas. La de Lorin Maazel constituye quizás el pistoletazo de salida, aunque ya anteriormente podamos encontrar intentos con nombres tan ilustres como el de Leopold Stokowski. Es lógico que provenga de una discográfica estadounidense el encargo de proveer al disco y la sala de conciertos de una síntesis basada en música del más sinfonista de los compositores consagrados casi exclusivamente a la ópera. Y lo es porque allí es donde prevalece el sentido del espectáculo por encima de otras consideraciones en cualquier campo de la cultura.

Ya otros ilustres compositores del país dedicaron parte de sus esfuerzos a convertir en piezas de concierto páginas populares de la lírica. Son notorios los arreglos que en este sentido hizo para los conciertos del Holywood Bowl Alfred Newman, autor de centenares de bandas sonoras de películas, patriarca de una prestigiosa familia de compositores y jefe del departamento musical de la Fox durante décadas. Esta práctica se une a la de convertir en suites sinfónicas las partituras cinematográficas del cine clásico, cuyo principal artífice en los setenta del siglo pasado, Charles Gerhardt, también hizo sus pinitos con la música wagneriana, por ejemplo con sus arreglos de la Música de amor del segundo acto de Tristán e Isolda.

Ópera sinfónica

Foto: Luis Pascual

La síntesis sinfónica de Lorin Maazel se beneficia del prestigio de su autor, quizás por eso sea la más programada. Coincidiendo con el décimo aniversario de su fallecimiento, Josep Pons y la Orquesta Nacional de España en Madrid y Marc Soustrot y la ROSS en Sevilla programaron sendos anillos sin palabras, con resultados espectaculares. Nuestra sinfónica experimentó un considerable aumento de plantilla, con hasta cuatro arpas y ocho contrabajos, frente a las dos y siete respectivamente que trajo una también abultada musicAeterna. Pero existen arreglos incluso más satisfactorios y sofisticados del ciclo wagneriano.

Algunos, como el de Henk de Viegler de 1991 que grabó Neeme Järvi con la Royal Scottish National Orchestra, se atreven a manipular la orquestación e incluir pasajes de transición propios, no resultando especialmente satisfactorios. A nosotros nos gusta particularmente el del chelista alemán Friedmann Dressler, sensiblemente más larga que la de Maazel y con unas transiciones sencillamente magistrales y un sentido narrativo impecable, que además se permite incluir versiones instrumentales de arias como Winterstürme de La valquiria y Selige Ode de Sigfrido. También Pedro Halffter realizó diversas reducciones sinfónicas de títulos wagnerianos, algunas como las de Tannhäuser o Sigfrido, las interpretó en Sevilla junto a la ROSS en su momento.

Un estilo propio, dentro y fuera de la música

Con un particularísimo estilismo a lo estrella de rock, Currentzis abordó la partitura arreglada por Maazel con sumo respeto y admiración por la atmósfera épica y suntuosa que propone la primera de cuantas sagas apoteósicas ha planteado el Arte en mayúsculas, al margen de los episodios griegos de la antigüedad. La suya fue, como no cabía esperar menos, una lectura generosa en contrastes y juegos dinámicos, potenciando aún más los continuos cambios de registro que contiene el trabajo de Maazel, perceptible por ejemplo en el preludio de La valquiria, donde jugó con los pianissimi como si se tratara del volumen de un equipo de música. De esta forma, ese incesante vaivén entre episodios dinámicos y vehementes, de rabiosa energía, y otros de considerable lirismo, se vio incrementado con la batuta de un director que busca permanentemente ese fuerte contraste que le da personalidad y distinción.

Foto: Luis Pascual

Una pieza como ésta incrementa en cierto modo las posibilidades de la partitura de partida. Permite al público observar el trabajo de los músicos, que a su vez aportan mayor teatralidad para la ocasión, como ese mazazo con el que culmina El oro del Rin, o los martillazos que le preceden. Pero sobre todo sirve como trailer, invitación a disfrutar de las dieciséis horas que aglutina una de las más maravillosas y fascinantes músicas jamás compuestas. Currentzis y una depurada e impecable orquesta lograron sobradamente sus propósitos, con prestaciones excelentes de cada una de las secciones convocadas, y solos de violín, violonchelo, clarinete u oboe (sensacionales en los murmullos del bosque) de extraordinario virtuosismo. Mención aparte merecen los sedosos chelos, protagonistas de la escena de amor entre Sigmundo y Siglinda, o esa trompa de caza fuera de campo, firme y tan precisa.

En realidad toda la sección de metales cumplió con creces las exigencias de la partitura, si bien algún desequilibrio malogró episodios tan populares como la Cabalgata de las valquirias, donde las trompas quedaron algo eclipsadas por una cuerda voluptuosa y persistente. El director grecorruso manejó todos los resortes con apabullante energía, perceptible en el baile con el que describió sus indicaciones. Incluso manifestó cierta agresividad, logrando resultados espectaculares, como ese hechizante comienzo in crescendo, o el majestuoso Funeral de Sigfrido, donde sí lucieron en todo su esplendor trompas y trompetas, a pesar de que en sus manos se pudo percibir algún que otro pasaje áspero y deliberadamente seco que enturbió puntualmente el lirismo del episodio.

Un público atento y respetuoso, que casi llenó el Maestranza a pesar de los abultados precios (casi el doble de lo que costará la misma propuesta en Módena, Brescia y Florencia los próximos días, lo que tiene una lectura positiva, y es que habremos logrado en los últimos años un considerable aumento del nivel de vida), colaboró en dotar de magia a un evento que en su tramo final mereció una larga y entusiasta ovación.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 24 de mayo de 2024

ALTERNATIVAS SINFÓNICAS DE JUVENTUDES MUSICALES

Concierto extraordinario de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla y la Asociación de Fagotistas y Oboístas de España. Alejandro Gómez, violonchelo; Ana Gavilán Quero, oboe; Álvaro Toscano, guitarra; Daniel Fernández Caravaca, dirección. Programa: Concierto para oboe en Do mayor K314, de Mozart; Concierto de Aranjuez, de Rodrigo; Concierto para violonchelo nº 2 en Re mayor Op. 101, de Haydn; Idilio de Sigfrido, de Wagner. Teatro de la Maestranza, jueves 23 de mayo de 2024


Cuatro fueron las jóvenes promesas o ya no tanto que participaron en el concierto que cada año desde hace pocos celebra la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en colaboración con Juventudes Musicales, una fiesta a la que este año se unió la Asociación de Fagotistas y Oboístas de España. Antes de llegar aquí cada uno y una ha experimentado ya un largo bagaje, pese a su juventud, que le ha llevado a frecuentar orquestas dentro y fuera de nuestro país, añadiendo retos y triunfos a su todavía poco abultado currículo. Y los cuatro llegan premiados, una por AFOES y los otros tres por Juventudes Musicales de España. Hasta treinta y cinco maestros y maestras de nuestra orquesta arroparon a los solistas en tan ilusionante experiencia, con todo el cariño y la sensibilidad que la empresa merecía.

Córdoba fue la mayor representada en este evento especial, con tres de los cuatro intérpretes nacidos allí. Ana Gavilán demostró ser una oboísta de gran categoría, afrontando el Concierto para oboe de Mozart (más conocido en su versión para flauta número 2, del que toma su número de catálogo) con una gracia y una soltura excepcionales. Se deslizó por toda la obra con un control absoluto de la respiración, sin fisuras ni pausas que malograran un extraordinario legato, y siendo capaz de exhibir todos los resortes de una página que combina virtuosismo, con agilidades extremas, y un elegante y sólido hilo melódico que dominó a la perfección. Su interpretación fue fluida y jovial en los movimientos extremos, llena de ternura en el adagio central. Lástima que un error de cálculo del público impidiera que tocase una propina, que a buen seguro tendría preparada y hubiera puesto un broche de oro a su actuación.


También Álvaro Toscano evidenció sensibilidad y elegancia en sus formas al atacar el Concierto de Rodrigo. Vivaz y animado en el allegro inicial, aportando elocuentes filigranas ligeramente aflamencadas y demostrando aptitudes para el color y el virtuosismo. Muy rítmico también en el allegro final, con recargados arpegios sin sobrepasar las buenas formas y esa elegancia apuntada. Sus cadencias fueron claras y meditadas, mientras exhibió ternura y compasión en el célebre adagio, potenciado por la siempre maravillosa aportación de Sarah Bishop al corno inglés. Toscano ya sabía lo que era tocar en el Maestranza, aunque fuera en la Sala Manuel García de la mano también de Juventudes Musicales. Como propina, embelesó con un Ojos verdes en clave serenata.

Un violonchelista muy expresivo y una batuta disciplinada

Sacar provecho de una página tan extremadamente difícil como el Concierto nº 2 para violonchelo de Haydn no está al alcance de cualquiera. El joven madrileño Alejandro Gómez, que ya colaboró con la ROSS hace un par de años en su ciclo de cámara, no ofreció quizás una interpretación impecable a nivel técnico, pero su pose y su entusiasmo se dejó entrever en todo momento, aflorando una expresividad contagiosa y una enorme capacidad para transmitir y captar nuestra atención. La cantidad de inflexiones, giros, dobles cuerdas y complicadas texturas que evidencia una página tan aparentemente grácil y distendida, hace muy difícil mantener una línea de canto homogénea, pero la convicción y el sentido musical de su intérprete lograron una exhibición altamente satisfactoria de la pieza, magníficamente arropada por la batuta de Daniel Fernández Caravaca. Gómez resultó tan fluido en los movimientos extremos como bucólico, sensual y un punto elegíaco en el central. Bach protagonizó una depurada propina, ¿qué sería de los violonchelistas sin él?


El encargado de arropar con atención al detalle y respeto a los solistas fue el también cordobés Daniel Fernández Caravaca, que demostró buen tino con el clasicismo, una capacidad extraordinaria para el diálogo y un trabajo muy reflexivo y arquitectónicamente depurado con el Idilio de Sigfrido, que en sus manos y las de la treintena de músicos convocados resultó una pura delicia, controlando cada matiz y plano sonoro y modulando la tensión de forma muy acertada. Sólo en el Concierto de Aranjuez percibimos algún desgaste que le llevó a realizar una lectura mecánica, quizás algo desmotivada y un poco desaborida de tan célebre obra.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 23 de marzo de 2024

LA ESENCIA DEL NIBELUNGO

7º Concierto de abono Ciclo gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Marc Soustrot, dirección. Programa: El anillo sin palabras, de Richard Wagner según síntesis sinfónica de Lorin Maazel sobre “El anillo del Nibelungo”. Teatro de la Maestranza, viernes 22 de marzo de 2024


Quienes crecimos amando la música de cine, apreciamos mucho en su momento la simplificación de grandes bandas sonoras, sobre todo del Hollywood clásico, en formato suite de concierto, por lo que de acercamiento al gran público suponía, y por la condensación en escasos minutos de los motivos que caracterizaban musicalmente muchas de esas películas que entraron a formar parte de nuestro acervo sentimental. Las casi tres horas de música de Max Steiner para Lo que el viento se llevó se redujeron a cuarenta minutos, las casi dos de Korngold para El halcón del mar a ocho minutos, y un largo etcétera. Algunos fans convirtieron en la mesa de mezclas la mastodóntica partitura de John Williams para la saga galáctica en suites sinfónicas que recogían los temas principales de cada entrega y trilogía. En la sala de conciertos tiene una significación especial, pues permite a la melomanía visualizar la entrega de la orquesta y disfrutar de las virtudes y exigencias de la música en esencia, sin las ataduras escénicas que con frecuencia distraen la concentración.

Maazel grabó junto a la Filarmónica de Berlín este Anillo sin palabras en 1987 por encargo de Telarc, sello estadounidense especializado en eso que denominamos clásicos populares. Luego lo llevó de gira con diversas formaciones y recaló en el tórrido agosto de los irrepetibles fastos de la Expo 92 con la Sinfónica de Pittsburgh. Como quiera que por entonces un concierto disfrutaba de mayor duración que los muy breves que se ofrecen ahora, la cita estuvo acompañada de la Obertura y Bacanal de Tannhäuser, una partitura que con el tiempo también ha contado con suite sinfónica del afamado director, como también lo hizo y presentó en este mismo Maestranza quien fuera director titular de la ROSS, Pedro Halffter. Del Anillo son muchas las reducciones sinfónicas que de sus quince horas han hecho multitud de compositores y arreglistas. La de Maazel proviene de quien conoce muy bien la partitura y el universo wagneriano en general, y condensa a la perfección el espíritu de esta música inmensa y apoteósica. El también francés Marc Soustrot dirigió con aplomo y responsabilidad esta partitura que reduce a hora y cuarto lo que Wagner concibió para cuatro óperas y más de quince horas de música.


Maazel prefirió centrarse en los pasajes mayoritariamente instrumentales y prescindir de las escasas arias que salpican este recorrido por el Rin. Pero la dramaturgia queda intacta y perceptible desde las majestuosas notas de arranque que nos sitúan en esas mismas aguas y más tarde en el Walhalla, hasta la inmolación final de Brunilda y la destrucción del mundo que conocemos para abrirse a una nueva esperanza. Por el camino conocemos los múltiples personajes que jalonan esta epopeya, desde Alberich a Wotan, pasando por Fafner, Loge, Siegmund, Sieglinde y, por supuesto, Brunilda y Sigfrido, con una capacidad de síntesis extraordinaria. De todo esto se hizo eco la magnífica interpretación de la orquesta, reforzada con muchas caras nuevas (cantera hay para eso) y un gran despliegue instrumental, incluyendo cuatro arpas, ocho contrabajos (excelente como siempre la aportación de este importante cuerpo de la Sinfónica) y una imponente sección de metales.

Ejemplar respuesta de la orquesta que se vio además potenciada por la tan celebrada acústica natural del Maestranza, todo lo cual llevó a un éxtasis rotundo de nuestros sentidos en una ocasión que no requiere si quiera un análisis pormenorizado y casuístico de cada pasaje, sino embelesarse como de hecho hicimos con la imponente música del compositor alemán. Sólo destacar la capacidad de Soustrot tanto para extraer de la orquesta la mayor espectacularidad posible como para centrarse en el conmovedor lirismo de algunos de sus episodios, siempre con la elegancia y la distinción como leit motiv absoluto. Pasajes completos de la partitura, como la Marcha fúnebre de Sigfrido, llegaron a estremecernos si no fuera por un impertinente móvil que se cargó literalmente su arranque, como ya antes habían sonado al menos otros tres. Hubo quien asistió a este acontecimiento las dos funciones programadas, y no era para menos.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 28 de septiembre de 2023

LA FRESCURA DE ISOLDA SUPERA A LA VETERANÍA DE TRISTÁN

TRISTÁN E ISOLDA

Drama musical en tres actos de Richard Wagner. Libreto del propio compositor. Henrik Nánási, dirección musical. Allex Aguilera, dirección escénica y escenografía. Jesús Ruiz, vestuario. Luis Perdiguero, iluminación. Arnaud Pottier, video. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro Teatro de la Maestranza. Íñigo Sampil, director del coro. Con Elisabet Strid, Stuart Skelton, Agnieszka Rehlis, Markus Eiche, Albert Pesendorfer, Jorge Rodríguez-Norton, Fernando Campero y Juan Antonio Sanabria. Producción del Teatro de la Maestranza. Teatro de la Maestranza, miércoles 27 de septiembre de 2023


Dos Tristán e Isolda pudo disfrutar la pasada temporada el melómano español, uno en versión concierto en el Real y otro escenificado por La Fura dels Baus en Les Arts de Valencia del que dimos cuenta en estas mismas páginas, ambos coincidiendo en el mes de abril. Quizás ese fuese uno de los motivos para que a pesar de programarse sólo tres funciones - ¿cuándo va Sevilla a recuperar el relativo esplendor pasado? – el aforo del teatro presentara ayer tantos vacíos. Apostar por un título tan comprometido, complejo y exigente, y hacerlo con una producción nueva y propia, entraña desde luego mucho riesgo y no deja de ser una empresa valiente. Podemos afirmar que la producción que se ha confiado al joven y cada vez más pujante Allex Aguilera, tiene dignidad y grandeza, pero hay también argumentos que la ensombrecen.

Aguilera apuesta por un escenario muy minimalista, casi desnudo, sobre todo cuando al final exhibe todo su esqueleto para abandonarse a una iluminación cegadora. Pero lo llena, a veces de forma barroquísima, de imágenes proyectadas que suplen los decorados. El mar, calmo o embravecido, según el estado de ánimo de sus protagonistas, en el primer acto; el bosque, sosegado o transformado de maleza y flora a raíces y espinas, con idéntica intención, en el segundo; y el castillo de Kareol con evidentes reminiscencias pictóricas y una sensación de profundidad que multiplica el espacio, en el tercero. Lástima que toda esta parafernalia infográfica, obra meritoria de Arnaud Pottier, sufriera en el segundo acto un fallo técnico que desnudó la pantalla, primero para exhibir su origen Microsoft y después para permanecer apagado durante un buen tramo de la Liebes Nacht. En la dramaturgia, Aguilera no se salió del guion ni un ápice, manteniendo con toda esa proyección y un vestuario muy afín a las últimas tendencias de mezclar lo medieval con la cultura pop rock post apocalíptica, el espíritu original del drama concebido por Wagner. Incluso las proyecciones se encargan en momentos puntuales de recalcar sentimientos y emociones; también los escasos elementos de atrezzo lo hacen, como esa corona gigante que acaba convirtiéndose en prisión para los amantes. Una iluminación centrada en la melancolía, completa una propuesta escénica que exige una considerable precisión y un manejo acertado y atento de los recursos.


Si la solución de mantener al timonel del arranque y el coro en la tribuna superior, fuera del alcance de la vista del público, pretende dejar en el escenario sólo a los personajes principales, no se entiende que les acompañen figurantes que poco o nada aportan a la dramaturgia. Lo que en la pasada Tosca funcionó de forma majestuosa y apabullante, aquí se convierte en despropósito, con las voces masculinas del Coro del Maestranza ahogando el conjunto, no digamos la voz del timonel, que normalmente suena en lejanía y aquí se convierte en protagonista absoluto. Por lo demás, Aguilera supo llenar una trama prácticamente inexistente, movida sólo por las emociones y los sentimientos más profundos, con un movimiento escénico elegante y bien medido, salvo cuando en la noche de amor los amantes cantan de cara al público y cogidos por la mano, sin la pasión del abrazo y la complicidad de la mirada que tan buenos resultados suele dar en la mayoría de producciones. Entre las pocas excentricidades que se permitió el director escénico, destacó la danza contorsionista del preludio del tercer acto, que según el propio Aguilera aclara en el libreto, es una manera de emparentar esta ópera con el Butoh japonés, ya que ambas buscan la esencia del ser humano a través de sus aspectos más oscuros y profundos.

Un elenco que prometía

Este verano estuvimos repasando la serie que dirigió el especialista Tony Palmer sobre Wagner en la primera mitad de la década de los ochenta del siglo pasado. Una biografía ciertamente atolondrada, algo caótica y apoyada en una banda sonora reiterativa y mal colocada, bajo la batuta de Solti. Pero llama especialmente la atención en ella el hincapié que se hace en la dificultad que entrañó para el autor componer este título, encontrar las voces adecuadas y adiestrarlas para que alcanzaran toda la emoción que el compositor pretendía transmitir con su excelsa partitura. Para su nueva producción, el Maestranza proponía un elenco curtido en roles wagnerianos, la mayoría con experiencia en el Festival de Bayreuth. Y sin embargo nos dio la sensación de que hubiera decepcionado muchísimo al mismísimo Wagner. Poco reflejó el trabajo del australiano Stuart Skelton su veteranía en el papel, que alcanzará las cien funciones en su próxima comparecencia en Munich, cita que se ha encargado de publicitar holgadamente en su web, lo que no ha hecho con la sevillana, inexistente. Su voz se antojó apagada y sin brillo desde el principio. No ayudó una interpretación parca y sin estímulo, mientras la orquesta se tendría que haber empleado muy a fondo para no ahogarle. El timbre es hermoso y se atisban sin dificultad sus cualidades de heldentenor, pero apenas exhibió proyección y ninguna capacidad para conmover. Todo esto lo superó de forma tímida en el tercer acto, donde mostró un mayor entusiasmo, más fluidez y capacidad de proyección.


La veteranía de Skelton contrastó con el debut de la soprano sueca Elisabet Strid, que se afanó en construir una Isolda de carácter fuerte y temperamental, pero sin caer en las estridencias con las que muchas sopranos defienden el papel. Aunque tampoco exhibió una voz torrencial, y en las partes medias y bajas evidenció cierta dificultad para destacar por encima de la contundente orquestación, la suya fue una voz muy bien entonada, fraseada con gusto y capaz de estimular con una actuación acertada y comprometida. Strid está familiarizada con el universo wagneriano, pero enfrentarse así, con decisión y seguridad, a su primera Isolda, merece grandes elogios. Brangane contó con la experimentada mezzo polaca Agieszka Rehlis, que convenció hace cuatro años en este mismo teatro con su Azucena de Il trovatore. La suya fue una interpretación esforzada, que brilló con contundencia en algunos pasajes, especialmente del primer acto, pero convenció menos en otros, dejando que su voz también languideciera en episodios puntuales. Hasta que no entró el Rey Marke de Albert Pesendorfer al final del segundo acto, no disfrutamos de una voz completamente convincente, arrolladora, muy confiada y muy precisa a la hora de plasmar sus emociones. Markus Eiche fue un Kurnewal muy saltarín en el primer acto y parte del segundo, cumpliendo con buena nota su intervención canora, más potente que la de su amo en la función. Fernando Campero cumplió como el malvado Melot, pero fue Jorge Rodríguez-Norton quien sorprendió excediendo de lo que se espera del pastor en el tercer acto, con una voz contundente y perfectamente articulada.

El director húngaro Henrik Nánási perfiló un Tristán bien construido, atento a las dinámicas y las inflexiones, quizás no tanto a las voces, aunque resultada difícil no ahogarlas con los defectos aludidos. La suya fue una dirección correcta, menos sensual de lo conveniente, pero voluptuosa y envolvente, en cualquier caso fiel al espíritu de una partitura que apoya su fuerza y contundencia precisamente en la orquesta. La plantilla respondió brillantemente en todas sus secciones, mientras el coro acusó esa fuerza arrolladora que propició su particular localización, demostrando eso sí su excelente estado de forma.

Fotos: Teatro de la Maestranza
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 27 de abril de 2023

EL INFLUJO DE LA LUNA SOBRE TRISTÁN E ISOLDA EN LES ARTS

Tristán e Isolda. Música y libreto de Richard Wagner. James Gaffigan, dirección musical. Álex Ollé (La Fura dels Baus), dirección escénica. Alfons Flores, escenografía. Josep Abril, vestuario. Urs Schönebaum, iluminación. Franc Aleu, video. Con Ricarda Merbeth, Stephen Gould, Ain Anger, Claudia Mahnke, Kostas Smoriginas, Moisés Marín, Martin Piskorski, Alejandro Sánchez. Orquesta de la Comunidad Valenciana. Coro de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Producción de la Ópera de Lyon. Palau de Les Arts Reina Sofía, miércoles 26 de abril de 2023.


En aquel lejano 2007, todavía inadvertidos sobre las sucesivas crisis que habrían de oscurecer el panorama artístico internacional, Les Arts de Valencia celebró la hasta ahora mayor de sus gestas con la puesta en escena de una ambiciosa Tetralogía wagneriana que contó con el trabajo de La Fura dels Baus en lo escénico y la batuta de Zubin Mehta. En 2010 culminó aquel sueño con la representación íntegra de los cuatro títulos de El anillo del Nibelungo en una misma semana. Ese mismo año empezó la peregrinación de este excelente montaje coproducido entre el coliseo valenciano y el Maggio Fiorentino a nuestro Teatro de la Maestranza, un empeño de Pedro Halffter que culminó en 2014 con resultados sobresalientes en lo escénico y lo musical. La Fura vuelve a estar detrás de un sensacional montaje wagneriano, aunque esta vez bajo las órdenes de Álex Ollé y no Carlus Padrissa como fue el caso del anillo. Igual que éste se centró en contar con recursos posmodernos y un especial énfasis en la iconografía de Star Wars, sin salirse un ápice de la dramaturgia wagneriana, la apasionante historia de Sigfrido con claridad expositiva meridiana, Ollé se centra más en los estímulos emocionales que mueven a los amantes de esta leyenda celta, exponiéndolos así mismo con certera expresividad y una claridad potente y subrayada.


El resultado es un apasionante viaje a la fuerza transfiguradora de la vida a la muerte a través del amor, siempre con la influencia de la Luna gravitando sobre nuestras cabezas, controlando nuestras emociones, nuestros sentimientos y reacciones, como motor que influye decisivamente en el estado de ánimo de cada uno y una de nosotras. Es el carácter arrollador de la poesía hecha imagen lo que prima en este portentoso montaje centrado en el satélite, que adopta en cada acto el aspecto que mejor se adapta a sus necesidades y la intrínseca dramaturgia que mueve a sus protagonistas. Así, es la Luna la que agita un mar digital que tanto se asemeja junto a la caracterización de los personajes al famoso cuadro de Caspar David Friedrich El caminante sobre el mar de nubes, tan frecuentemente asociado a la iconografía del genial compositor. Un mar que según el estado de ánimo, unas veces está embravecido y otras se bloquea, mientras sobre una tarima giratoria los protagonistas se confiesan su odio para tras beber esa pócima mágica que solo habita en sus subconscientes, amarse en una noche eterna. Esa misma oscuridad preside el maravilloso segundo acto, ahora con un gran angular en forma de luna fagocitando cual mapping revolucionario los paisajes físicos y emocionales que habitan no solo en la pareja de enamorados sino también en sus acompañantes, desde los fieles Kurwenal y Brangäne al comprensivo Rey Marke y el impulsivo y trastornado Melot. Y llegamos al tercer y último acto con esa misma Luna sufriendo puntuales metamorfosis para cobijar al Tristán herido en cuerpo y alma, hasta que la milagrosa iluminación, otra de las grandes bazas de esta detallista producción, convierte a Isolda en una Inmaculada de Murillo, media luna y destellos místicos incluidos.

Coincide este Tristán e Isolda de Les Arts con el que estos días suena en el Teatro Real en versión de concierto bajo la batuta de Semyon Bychkov, mientras en Sevilla no se representa desde 2009 con Halffter a la dirección y Evelyn Herlitzius y Robert Dean Smith como protagonistas. Cuatro años después Daniel Barenboim dirigió el segundo acto con la Orquesta del West-Eastern Divan en versión de concierto. Esta de ahora podría ser una buena oportunidad para que el Maestranza volviera a programar la ópera completa aprovechando esta producción tan hermosa y sugerente.

¿Y qué nos depara en lo musical la propuesta de Les Arts, que se estrenó en Lyon y aquí vieron los barceloneses hace algunos años? Tratándose de su primera incursión wagneriana como titular de la Orquesta de la Comunitat Valenciana, la de Gaffigan fue una dirección rozando lo magistral, con una gradación dinámica extraordinaria y una atención al detalle prodigiosa. Solo faltó controlar más los volúmenes para no eclipsar en más de una ocasión el trabajo de las voces. Pero para cualquier amante de la música de Wagner la de ayer, tercera de las citas programadas, fue una lectura harto satisfactoria, capaz de combinar el intimismo de una partitura notabilísimamente melancólica con la fuerza arrolladora de su orquestación, con un solo de corno inglés impecable al comienzo del tercer acto y unas prestaciones antológicas de cada una de las secciones orquestales, incluidos unos refulgentes metales.

Respecto a las voces, no cabe duda de que el cuarteto protagonista, todos con experiencia en Bayreuth, ha demostrado con creces su dominio del terreno. Sin embargo los resultados no fueron todo lo memorable que cupiera esperar. El veterano, demasiado, tenor norteamericano Stephen Gould exhibió una voz bien timbrada y entonada al servicio de una interpretación nula, sosa e inexpresiva, mientras la igualmente veterana soprano alemana Ricarda Merbeth se mantuvo siempre en el registro más agudo de su tesitura, muy temperamental en lo gestual, y salvando la función a fuerza de una potencia excesiva. No cabe duda de que es una gran cantante, posee una bella voz y alcanza notas muy altas, pero tanto grito acaba francamente molestando. La también alemana, la mezzo Claudia Mahnke comenzó con voz temblorosa y quebrada, pero fue salvando paulatinamente su intervención, sin llegar a ser memorable en ningún momento. Es importante que el Rey marke una sustancial diferencia, y el bajo estonio Ain Anger lo logró, salvando su fatigoso monólogo del segundo acto con buena nota, ayudado eso sí por la estupenda escenografía para hacerlo más amable. Kostas Smoriginas como Kurwenal realizó un trabajo por encima de lo competente, al igual que Moisés Marín, que siguiendo una sana tradición del coliseo valenciano, salió de las filas de su centro de perfeccionamiento.


No podemos terminar sin destacar los dos grandes momentos de la función, que lograron con el impecable y majestuoso trabajo de sus responsables en lo escénico y lo musical, resultados ejemplares y altamente conmovedores. Se trata del largo dúo de amor eterno del segundo acto, capaz de evidenciar y hasta potenciar toda la inmarchitable belleza de la prodigiosa partitura, y el canto de amor y muerte de Isolda, quizás no el mejor imaginable, algo falto de intensidad dramática, pero redimido por las sobradas cualidades canoras de Merbeth y esa mística e inmaculada puesta en escena que consiguió elevarnos a la luna de nuestra alma. Aún quedan dos funciones para disfrutar de esta experiencia.

Fotos: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 30 de diciembre de 2022

UNA JUVENTUD RESPONSABLE DEFIENDE KIEV

Música por Ucrania. Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Denis Kozhukhin, piano. Nuno Coelho, dirección. Programa: Preludio de Tristán e Isolda, de Wagner; Concierto para piano nº 2 Op. 18 en do menor, de Rachmaninov; Cuadros de una exposición, de Mussorgsky (orquestación de Ravel). Teatro de la Maestranza, jueves 29 de diciembre de 2022

Foto: Luis Castilla

Cada concierto de una orquesta joven es un motivo de celebración, aunque en esta ocasión estuviera teñida del inmenso dolor que provoca la actual situación de guerra que se vive no solo en la tierra homenajeada sino en el resto de un planeta que sigue sin atender a los más básicos impulsos de humanidad y confraternización. Para acordarnos de Ucrania cuando se cumple casi un año de tan cruel e inaudita invasión, y nos preparamos para despedir otro año trágico con la ilusión siempre puesta en el inminente porvenir, la Fundación Barenboim-Saïd, siempre sensible a este tipo de cuestiones, trazó un programa muy significativo, con dos autores rusos (tres si añadimos la propina), un pianista de la misma nacionalidad y una Puerta de Kiev en la que desembocó la heroica y paradigmática defensa que los y las jóvenes de la orquesta hicieron de tan recurrente pero suculento repertorio.

Ante la fulgurante carrera del director luso Nuno Coelho, cuando hace año y medio dirigió uno de los programas de abono de la Sinfónica de Sevilla nos preguntábamos si volveríamos a disfrutar de su indiscutible talento. Y mira por dónde antes de lo previsto pudimos apreciar su enorme capacidad para extraer lo mejor de cada integrante de la orquesta, con el añadido de que en esta ocasión se tratase de gente tan joven, algunos y algunas todavía en edad infantil. Esta extraordinaria capacidad se puso ya de relieve en su muy meticulosa interpretación del preludio de Tristán e Isolda, una glorificación e idealización del amor absoluto que fluyó entre sus manos como un maná intenso, perfectamente articulado y moderadamente lírico y apasionado, acaso sin ese carácter febril que le imbuyen otras batutas, pero con las ideas muy claras, silencios muy elocuentes y un trabajo espléndido de cada sección de la orquesta, especialmente la cuerda, en la que se aunó vigor y espiritualidad.

Un pianista hercúleo

Desde nuestra posición, muy cerca del escenario, apreciamos en Denis Kozhukhin un pianista vehemente, acaso incluso algo rudo, que con su pulsación fuerte y vigorosa llegó a eclipsar la entrada melódica de la cuerda en esa mágica introducción del Concierto nº 2 de Rachmaninov. Como si de una batidora de notas se tratase, el pianista ruso atacó la página con demasiado ahínco, como si encontrar su voz y personalidad tuviera que pasar por reinventar pasajes y acusar una fuerza hercúlea en la tarea. No es precisamente el estilo y la línea que preferimos en una pieza tan extraordinaria e inventiva como ésta, pero no podemos negar al intérprete dominar técnica y esforzarse en expresividad. A todo ello Coelho se adaptó con enorme respeto y discreción, pero extrayendo de cada intérprete, conjunto y solistas, un rendimiento excelso, lleno de sensibilidad y musicalidad. Lástima que los múltiples móviles empañaron algunos de los momentos claves de la partitura, cadencias del segundo movimiento incluidos. En la propina, una significativa última pieza del Álbum de juventud de Chaikovski, Kozhukhin desarrolló el mismo esquematismo que desplegó en algunos de los pasajes del monumental y majestuoso concierto de Rachmaninov.

Sea en su versión original para piano como en la extraordinaria orquestación de Maurice Ravel, Cuadros de una exposición de Mussorgsky es una pieza muy transitada. Sin ir más lejos, Pérez Floristán la interpretará en apenas un mes; se trata además de la obra con la que debutó la Sinfónica de Sevilla en 1991, un concierto que fue recreado hace apenas dos años con motivo del treinta aniversario de la orquesta. Coelho sirvió una versión excelente de la pieza, atenta a cada detalle, férreamente estructurada, expansiva, más plagada de sutilezas que de esas inútiles exageraciones a las que la someten otros directores. El joven director portugués, actualmente al frente de la Orquesta del Principado de Asturias, supo impregnar la partitura de ese estado emocional contradictorio que la caracteriza, mientras la orquesta se ciñó con naturalidad a cada uno de los múltiples humores reflejados en la obra. Su lectura no fue ni grandilocuente ni vacilante, como tampoco lo fueron las magníficas intervenciones de la orquesta, con rendimientos solistas impensables en una orquesta de jóvenes e infantes todavía en prácticas o arrancando su vida profesional, empezando a vivir disfrutando de esta inigualable experiencia. Así, ante nuestros oídos desfilaron impecables intervenciones de oboe, trompeta, tuba, saxo… siempre disciplinados y logrando dar al conjunto ese relieve que hace de una interpretación una experiencia sensorial completa.

Ver de cerca a los y las jóvenes intérpretes, sus expresiones de emoción y satisfacción, no tiene precio. Y para dejar constancia del intercambio de talentos entre esta y otras orquestas jóvenes de la comunidad, especialmente la OJA, algunos de sus integrantes entonaron a traición, cuando gran parte del público había abandonado la sala, el pasodoble Amparito Roca, auténtica seña de identidad. Y no podemos olvidar el exhaustivo trabajo desplegado por los maestros y maestras que atienden a la excelente formación de estos y estas privilegiadas jóvenes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 31 de agosto de 2022

EL ÚLTIMO HOLANDÉS DE BAYREUTH

Der fliegende Holländer. Ópera de Richard Wagner. Oksana Lyniv, dirección musical. Dmitri Tcherniakov, dirección escénica. Con Thomas J. Mayer, Elisabeth Teige, Georg Zeppenfeld, Eric Cutler, Nadine Weissmann y Attilio Glaser. Das Festpielorchester & Der Festpielchor. Producción del Festival de Bayreuth. Teatro del Bayreuther Festpiele, sábado 27 de agosto de 2022


A la vista de Querelle, esa extravagante fantasía homoerótica que Rainer Werner Fassbinder dirigió al final de su carrera y vida, y que se ambientaba en una fantasmagórica atmósfera marinera, no resulta disparatado imaginar una producción de El holandés errante, cuarta de las óperas escritas por Wagner y primera de su catálogo que el autor permitió se representara en su teatro en las colinas de Bayreuth, que tuviera al director de cine alemán como referente. Lo que era menos probable es que no fuera precisamente aquella película protagonizada por Franco Nero, Jeanne Moreau y Brad Davis el referente del director de escena Dmitri Tcherniakov, sino otras de la filmografía de Fassbinder que tan bien retrataron aquella Alemania frustrada y herida treinta años después de que el personaje del bigotillo la llevase a la ruina y la pérdida de identidad. Todos nos llamamos Alí, La ley del más fuerte o Un año con trece lunas emergen en nuestro subconsciente nada más empezar esta tragedia romántica, con un prólogo al ritmo de la suntuosa obertura que deja ya claro que aquí no hay barco ni fantasmas ni puerto ni nada que se la parezca. En su lugar el detonante de la tragedia es una venganza provocada por la supuestamente desordenada conducta sexual de la madre del protagonista, con posibles abusos y un final trágico.

La controvertida solución del director escénico de prescindir de todo componente marítimo, desvirtuando el concepto original de la ópera e impidiendo que cualquiera que se acerque a ella por primera vez sea capaz de entenderla y paladearla en toda su amplitud, ha encontrado sin embargo en el público de Bayreuth una respuesta entusiasta en términos generales, animada por una solución escénica bastante funcional y a la vez espectacular, sobre todo en el incendio final que destruye la ciudad sobre la que el holandés vierte su sed de venganza. Curiosamente el mismo público que acude encopetado a las funciones del festival y sigue religiosamente sus reglas, que incluyen prescindir de subtitulado como si nos mantuviésemos en el siglo XIX, aplaude este tipo de producciones que, como El anillo del Nibelungo que se ha estrenado esta edición, tanto se apartan del concepto original de su venerado autor. No le faltan desde luego méritos a esta producción que juega con varios bloques de austeros edificios que se desplazan por el escenario creando la ilusión de espacios distintos de una misma ciudad, mientras sus moradores y moradoras visten coloridos atuendos setenteros y malgastan sus vidas en bares entre discusiones y alcohol. Pero es en el segundo acto, en la escena entre Senta, sus padres y el holandés alrededor de la mesa, donde se deja entrever mejor ese espíritu fassbinderiano que según nuestra opinión ha inspirado a Tcherniakov.


Decepciona sin embargo que pasajes tan potentes como el demoniaco coro de fantasmas del tercer acto palidezca cuando quienes lo entonan apenas parezcan funcionarios uniformados, o que las hilanderas hayan dejado sus menesteres para entregarse a lo que parece una lección de solfeo. Por cierto, espléndidos los coros masculinos y femeninos en sus atribulados cometidos, así como el soberbio trabajo de la ucraniana Oksana Lyniv, primera mujer en dirigir en Bayreuth y que ya estrenó esta producción el año pasado. Desde lo más profundo del foso, tanto que nada se vislumbra ni de ella ni de la orquesta, Lyniv demostró que conoce el lenguaje wagneriano, su grandeza pero también su delicado lirismo, aportando potencia y una excelente resolución expresiva a la imponente partitura. Mucho tuvo que ver una orquesta cuyos integrantes se seleccionan cada año procurando alcanzar las mejores prestaciones. El apartado vocal solista tampoco desmereció en absoluto, destacando la soprano noruega Elisabeth Teige, generosamente curtida en Wagner, muy especialmente en este rol de Senta a la que supo aportar una presencia rutilante y un torrente de voz extraordinario, con una capacidad indiscutible para emocionar más desde la voz que desde la interpretación, pero en todo caso arrolladora desde sus primeras y onomatopéyicas notas. Junto a ella no desmereció, pero a otro nivel más convencional, el barítono alemán Thomas J. Mayer, con amplia experiencia también en roles wagnerianos, y un competente trabajo con otros autores como Verdi o Strauss. Su voz bien colocada y considerablemente bien proyectada, acentuó el carácter seductor, amenazante y penetrante del holandés, con resultados muy estimulantes. El bajo alemán Georg Zeppenfeld y el tenor estadounidense Eric Cutler repitieron sus roles del año pasado, Daland y Erik respectivamente, exhibiendo una línea de canto holgada y un registro de convincente calado y extensión, suficiente para llevar a buen puerto sus controvertidos personajes.

Para nosotros fue una experiencia imprescindible y una ocasión más para constatar lo mucho que cuesta a parte de esa sociedad biempensante prescindir de sus privilegios y mantener su aire distinguido. Pasear por las inmediaciones del festival y participar a su conclusión, ya que sus tres entrelazados actos se despachan de una vez sin pausa, de la ceremonia del exquisito ambigú diseñado para coronar la experiencia, dejaron buena constancia del ritual que se mantiene en este y otros certámenes estivales de similar calado y prestancia.

Fotos: J. Rafael Cabrera
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 12 de enero de 2022

WAGNER CORONA UN DELIRIO HOMOERÓTICO

Banco de proyectos ICAS. Margen. Álvaro Romero, cantaor; Antiel Jiménez, actor; Proyecto OCNOS: Gustavo Domínguez, clarinete y Pedro Rojas, guitarra eléctrica; Cachito Vallés, espacio escénico; Rafa Garhés, vestuario; Abelardo Castro, producción y videos; Javier Mora, sonido; Rafael R. Villalobos, concepto, iluminación y dirección. Música de Helmut Lachenmann, Pietro Giramo, Richard Wagner, Álvaro Romero y Proyecto Ocnos sobre textos de Alex Espinoza, Rafael R. Villalobos y Miguel Benlloch. Espacio Turina, martes 11 de enero de 2022


Después de la excelente exposición Diferentes en el Espacio Santa Clara, prometía mucho este proyecto del ICAS con el que el Espacio Turina inaugura el año, basado en textos del escritor mejicano afincado en Los Angeles Alex Espinoza y el artista, poeta, performer y activista político y cultural Miguel Benlloch, nacido en Granada y afincado en Sevilla, donde murió hace poco más de tres años. Cada uno según su estilo y parámetros analizaron y desglosaron el papel de la homosexualidad, sus gozos y calvarios, en sus obras y reivindicaciones, con especial énfasis en esta ocasión en el último libro publicado de Espinoza, Cruising: Historia de un pasatiempo radical. Esto y el hecho de que el espectáculo se desarrolle íntegramente en penumbra, hacía presagiar un interesante y, en el mejor de los casos inteligente, trabajo sobre otros estilos de vida, otras formas de vivir la sexualidad, de disfrutar sin molestar, sin hacer daño a nadie salvo a quien se empeñe en sentirse amenazado o amenazada a través del miedo a lo diferente. Se trataba pues de mostrar que no hay márgenes para el género ni para la sexualidad, ni lo debe haber para el arte, que debe fluir no solo por el río o curso en el que ha sido etiquetado sino también por esas otras zonas fuera del confort al que nos hemos acostumbrado.

Sin embargo, en la práctica nos encontramos con un trabajo en progreso, posiblemente estrenado entre prisas y presiones, en el que se atisban ideas pero falta desarrollo, abunda la confusión y más de un detalle queda por perfilar. En el escenario unas luces de neón se encienden y apagan sin una explicación lógica, mientras unas proyecciones de escasa definición se empeñan en mostrar partes del cuerpo humano a la vez que una voz en off recita textos del propio Rafael Villalobos en torno a la concepción del hombre y la identidad que proponía el filósofo y psicólogo Michel Foucault, un referente y una constante en el laureado director escénico sevillano. Sobre el escenario cuatro personas se dejan la piel, el ecléctico cantaor gaditano Álvaro Romero y el actor Antiel Jiménez, ambos reconocidos activistas homosexuales, además de los músicos de Proyecto Ocnos Gustavo Domínguez y Pedro Rojas, rubricando así una relación entre conjunto musical y director artístico que ha dado ya algunos frutos más o menos reconocidos, como Hafune o Marie.

De izquierda a derecha Rojas, Romero, Jiménez y Domínguez

Con tanto nombre comprometido e interesante sobre el escenario, tras él y bajo las citas literarias y musicales escogidas, este proyecto experimental tendría que haber volado más alto y no quedarse en una mera sucesión de episodios que redundan en la sordidez, lo siniestro y lo tétrico con que habitualmente se ilustra una forma de vivir la sexualidad que en realidad busca en el desprejuicio y la libertad su motivo y razón de ser. El recurrente lamento y el quejío predominan así sobre la celebración y la convicción. Tras los textos de Belloch declamados por Romero con aires flamencos pero una línea parecida a la de los niños de San Ildefonso, un Antiel Jiménez en suspensorios se mueve con una sensualidad ambigua sobre el escenario mientras un excelente Gustavo Domínguez recrea la inquietante música de Helmut Lanchenmann entre acordes, soplos y jadeos, en actitud acosadora al portar el actor la partitura que el clarinetista sigue al dedillo. Este momento constituyó el mejor y más sugerente del programa, mientras Romero encontró su momento de mayor lucimiento cuando ataviado con ropa tradicionalmente considerada de mujer cantó en su particular estilo al compositor barroco napolitano Pietro Antonio Giramo, sin que sus letras merecieran subtitulado alguno, a pesar de lo mucho que la propuesta escénica abunda en sobretítulos. Rojas acompañó en esta ocasión con disonante y perturbadora guitarra eléctrica, demostrando una vez más que lo mejor de la función lo ofreció Proyecto Ocnos. Y finalmente llegó Wagner, adalid del arte total en el que Villalobos parece querer reflejarse. Su Liebestod de Tristán e Isolda, convenientemente distorsionado y manipulado, ilustró un pretendidamente poético final en el que el cuerpo desnudo de Jiménez es bañado y emplumado por un entregado Romero, después de que el primero levite sobre el escenario bajo una capa roja pasión. Hubiésemos preferido mejor teatro y mayor transmisión de alma y emoción, pero al menos nos quedamos con algunas de sus interesantes propuestas musicales.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 25 de octubre de 2019

LOS WAGNER Y DA COSTA EN CLAVE DE RÉQUIEM

XXX Temporada de Conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexandre Da Costa, violín. John Axelrod, director. Programa: Concierto para violín y orquesta, de Siegfried Wagner; Idilio de Sigfrido y Preludio y Muerte de Isolda, de Richard Wagner. Teatro de la Maestranza, jueves 24 de octubre de 2019

El crítico no puede pretender ser objetivo en todo momento. Nuestro bagaje, nuestras ideas, gustos y experiencias marcan también nuestra forma de entender el arte. Por eso esta vez más que nunca me permitiré ser subjetivo y dejarme arrastrar por las emociones y los sentimientos. Ayer fue un día histórico en el que por fin reparamos parte de nuestro más oscuro pasado y recuperamos algo de la dignidad y la decencia que habíamos perdido. Casualmente la Sinfónica, en el primer programa de abono de su trigésima temporada, tocó obras de Richard Wagner y su hijo Sigfrido. Aunque el antisemitismo del gran compositor y operista es más que probado, nunca podremos saber cuál habría sido su relación con el nazismo de haberlo conocido; confiamos en que no hubiese sido de su agrado. Sin embargo son más evidentes las simpatías de su hijo por el ideario hitleriano, aunque falleciera antes del trágico auge del nacional socialismo en Alemania. Las influencias de su esposa le inculcaron esa tendencia. Por eso resulta paradójico que justo el día de la exhumación de Franco, una gota de alivio en el sufrimiento que millones de españoles han soportado los últimos ochenta años, en el Maestranza sonara música de quienes tanto han sido identificados con el fascismo, aunque fuera de manera involuntaria. Para mí sonó algo así como un Réquiem por las víctimas del totalitarismo, tanto tiempo olvidadas.
 
A falta de conocer otras obras suyas, sobre todo su Sinfonía, que es la más divulgada, y tras la audición de este Concierto para violín, llegamos a la conclusión de que la música de Siegfried Wagner es como una extensión de la de su padre, un regreso al Valhalla que mimetiza la atmósfera y voluptuosidad del genio, aunque en la parte solista suene más a Mendelssohn. Para interpretarlo, Axelrod tiró de uno de los concertinos invitados que tuvo la ROSS en tiempos de Halffter, el canadiense Alexandre Da Costa. Si no fuera porque ya entonces dejó prueba de su versatilidad al instrumento, diríamos que en este tiempo ha madurado hasta llegar a dominar todos sus resortes y recursos. Su continuo de violín estuvo magníficamente fraseado, lleno de matices y color, cabalgando con naturalidad y mucha sinceridad desde los aires elegíacos y etéreos de la primera parte de este concierto en un solo movimiento, hasta su más agitada y violenta segunda parte, que defendió con energía y empuje. La orquesta arropó con densidad considerable, haciendo justicia a la excelente orquestación de la pieza, tan bien construida como escasa en inspiración expresiva. Como propina, Da Costa brindó una preciosa versión con acompañamiento en forma de cuarteto del Aleluya de su paisano Leonard Cohen, tan válida y conmovedora como las sensacionales versiones con las que Anne-Sophie Mutter nos ha cautivado en su reciente disco junto a John Williams.
 
Axelrod atacó El idilio de Sigfrido con vehemencia y parsimonia, cuidando los detalles pero cayendo frecuentemente en la dispersión, lo que no ayudó a construir una versión sólida de la pieza. Tampoco el muy frecuentado Preludio y Muerte de Isolda llegó a sonar con suficiente sinceridad. La búsqueda permanente de trascendencia acusó falta de naturalidad, aunque no podamos negarle intensidad dramática en sus apabullantes crescendi. La orquesta sonó magníficamente, clara y precisa, mientras parte del público volvió a demostrar su impaciencia a la hora de aplaudir, malogrando la necesidad de respirar que tienen piezas como ésta al terminar.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía