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miércoles, 3 de junio de 2020

BUTACAS VACÍAS

Pabellón de Juventudes Musicales
No hubo más remedio que sacrificar algunas de las propuestas más jugosas de la temporada concertística y musical, la situación lo requería y lo sigue haciendo hasta que no alcancemos un dominio cierto y plausible de este virus que ha trastornado todas y cada una de nuestras rutinas. Quizás una vuelta a lo de antes no sea en la mayoría de los casos lo más conveniente. Deberíamos haber aprendido algo de este confinamiento y sus consecuencias, a vivir según otros modelos que hagan nuestra existencia más amable y llevadera, y desde luego más sostenible para un planeta que grita socorro continuamente y que quizás se esté defendiendo con estas indeseables pandemias a las que solo nuestra actitud podrá poner fin. Pero también es cierto que entre lo que sí deberíamos recuperar está el contacto directo del público y los artistas, el inmenso placer que proporciona compartir una buena experiencia cultural en colectividad, y para eso es imprescindible que los espacios vayan recuperando su actividad. Algunas plazas como Madrid hacen verdadero alarde de atrevimiento y sin importar haber protagonizado las cifras más lamentables de la enfermedad, anuncian la apertura de su ópera antes que cualquier otra capital en el mundo. Lo harán a principios de julio precisamente con el título que aquí hemos sacrificado hace apenas unos días, La traviata, en versión Willy Decker aún más minimalizada para ahorrar efectivos técnicos y artísticos que pudieran congestionar temerariamente el espacio escénico. En Sevilla, como en otras capitales, somos más cautos y responsables y aun no tenemos fecha de apertura de escenarios ni de presentación de nueva programación, aunque no cabe duda de que tendremos que esperar a septiembre para regresar a nuestros teatros y auditorios. Para todos será tarea difícil y compleja, pero más para los que exigen mayor ayuda privada y cuentan con menos recursos para reemprender el vuelo.

Propuestas irrenunciables

Interior de La Casa de los Pianistas
Algunos espacios ya anuncian nuevas fórmulas de reciclaje mientras esperamos el regreso a lo convencional. Así, Juventudes Musicales, que a lo largo de sus sesenta y cinco años de historia en Sevilla tanto ha hecho por dinamizar la vida cultural, muy especialmente en estos últimos y difíciles años tras la desaparición de su histórico fundador, Julio García Casas, en los que ha tenido que reinventarse y auspiciar diversos y originales proyectos, anunció hace unos días que retoma su actividad precisamente en junio. Será de forma virtual, con los artistas tocando en su sede, el pabellón que tienen en el Parque María Luisa, pero grabados en directo para ser emitidos en su web y en su canal Youtube. Para ello hacen un llamamiento general para aumentar el número de socios, con el fin de atraer también un mayor interés público y ayudas más que merecidas. Toda la información está en su web, así como la programación que para este mes muy pronto pondrán a disposición de la afición. Mientras tanto evocan la anómala situación que a todos los efectos y en todos los campos estamos viviendo, con una fotografía de su singular espacio completamente vacío.

El futuro de La Casa de los Pianistas es ahora mismo una verdadera incógnita, pero no cabe duda de que una iniciativa tan estimulante y enriquecedora como ésta, novedosa y original, que cumple como contenedor para propuestas tan variadas e interesantes a la vez que acerca mucho más y mejor al oyente con el intérprete, merece todas las ayudas y atenciones que tanto desde la iniciativa pública como la privada se le puedan dispensar. En el camino se quedaron los ciclos que pretendían celebrar el doscientos cincuenta aniversario del nacimiento de Beethoven. En junio Bernaldo de Quirós tendría que haber desgranado la famosa Sonata nº 14 Claro de luna, uno de los trabajos más experimentales del compositor y con uno de los andantes de mayor calidad evocativa conocidos. Lo habría hecho acompañado de las sonatas nº 16, precursora de lo que después denominaríamos estilo schubertiano, la nº 24, un trabajo íntimo y delicado que se cuenta entre los favoritos del autor y que rompió un largo período sin componer para el género, y la 31, el penúltimo de este magnífico ciclo, prodigioso en ideas y contrapunto, articulado de forma tan compleja como fluida y aparentemente espontánea. Por su parte Fernando Pascual y Pedro Gavilán tendrían que haber completado el ciclo de sonatas para violín y piano del que tan buen sabor de boca nos dejaron en su primera cita justo antes del confinamiento. La nº 6 la compuso cuando empezó a tener conciencia de su sordera, con inflexiones mozartianas y aires puntualmente operísticos; la nº 9 A Kreutzer, la más célebre del ciclo, fogosa e impulsiva, recupera el movimiento final que Beethoven había diseñado en principio para la nº 6, que sustituyó por un allegretto con variazioni más acorde a su espíritu ligero y desenfadado. La primavera es el sobrenombre con que se conoce la nº 5, que a pesar de su aire alegre y gozoso no renuncia a ese diálogo tormentoso con el Destino que caracteriza a su contemporánea Sinfonía Heroica. Y finalmente la nº 10 retoma las formas antiguas con un espíritu netamente romántico. El tributo de La Casa de los Pianistas a Beethoven alcanzaría a julio con la integral de los tríos con piano a cargo del Trío Iturbi, también con el excelente violinista Fernando Pascual como integrante. Reto para cualquier formación del género, resume el diálogo fluido y el trabajo en equipo, abandonando cualquier tentación de destacar individualmente. El Trío Archiduque, punta del iceberg del ciclo y auténtica joya de la corona, rezuma espíritu revolucionario y visionario. Aunque son oficialmente seis, más uno concebido en principio para clarinete en lugar de violín, se pueden añadir además una serie de variaciones para la misma agrupación, así como un par de tríos de juventud de interés más bien reducido y coyuntural.

Lo que queda de la ROSS

Gallardo del Rey bajo la atenta mirada de John Axelrod
A falta de conocer cuáles hubieran sido las propuestas de escenarios tan dinámicos y comprometidos como el Espacio Turina o los diferentes auditorios que han proliferado en la ciudad en los últimos años, y al margen de ese concierto de clausura de temporada de la Sinfónica Conjunta centrado en su sección de viento, el mayor sacrificio lo hemos conocido de la mano de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla que deja en el camino algunas de sus propuestas más singulares, y estrenos sevillanos que demandan sin duda un nuevo emplazamiento. Éste es el segundo fin de temporada abortado consecutivamente tras la huelga que protagonizó la insigne formación el año pasado por estas fechas, y que dejó en la estacada a Maxim Emelyanychev con obras de Schumann y Beethoven, además de un Concierto de violín de Mendelssohn a cargo de Julia Igomina, o al propio Axelrod que tenía preparada una versión íntegra del Sueño de una noche de verano del joven compositor de Hamburgo. La página web de la ROSS anuncia la cancelación de sus dos últimos conciertos de cámara en el Espacio Turina y del concierto de abono nº 11, pero nada dice de los tres restantes, si bien es lógico pensar que tampoco se celebrarán. Así dejaremos en el camino una cita íntegramente dedicada a la música de cámara de Nino Rota, famoso por sus bandas sonoras, especialmente las que compuso para Fellini, Visconti, El padrino de Coppola y Romeo y Julieta de Zeffirelli, pero que atesora también un interesante catálogo concertístico en el que destacan piezas para clarinete, como su Sonata con piano y su Trío con violonchelo y piano, ensoñadoras y melancólicas, que aunque no renuncian a un lenguaje ortodoxo y eminentemente tonal, no pueden disimular su influencia de autores contemporáneos y vanguardistas con los que el autor tuvo contacto directo. También se habían programado piezas para flauta y arpa, que quedarán en reserva como las estimulantes páginas concebidas para la última cita de la temporada, como el Divertimento K138 de Mozart, una pieza tan encantadora como inventiva, concebida para cuarteto de cuerdas pero tan afín a la música de cámara como la orquestal. De las seis sonatas a cuatro de Rossini, se habría interpretado el domingo 21 la nº 4, una obra de primera juventud, seductora, impetuosa y llena de virtuosismo. Mendelssohn también habría protagonizado la cita con su innovador Sexteto Op. 110, compuesto para piano y cuerdas con solo quince años y con un espíritu fresco y decididamente weberiano.

Alberto Carretero en el Maestranza
En el apartado estrictamente sinfónico, la ROSS tenía preparado un Concierto para violonchelo de Dvorák a cargo del muy experimentado turinés Enrico Dindo; una pieza que se encuentra entre lo más popular del autor y que combina la melancolía de su periplo en Estados Unidos con la energía de sus raíces nacionalistas. En esa misma cita John Axelrod habría dirigido del mismo autor la Obertura Otelo, que junto a En la naturaleza y Carnaval forma un tríptico a la vida y el amor, en este caso destruido por los celos como apunta su intenso dramatismo proclive a la violencia, y su Sinfonía nº 8, de espíritu alegre y sosegado, que recrea la admiración poética del hombre por la naturaleza. En el programa de los días 18 y 19 se habrían dado cita dos poemas sinfónicos de Liszt, Los preludios, el más conocido, de grandes contrastes y mucho protagonismo de metales y percusión, que ilustra la vida como preludio de la muerte, y Los ideales, mucho más largo pero apenas transitado, concebido como sinfonía en tres movimientos reducidos a uno, según los poemas filosóficos de Schiller, de ardiente expresividad. El comprometido pianista italiano Andrea Lucchesini, estrecho colaborador de Luciano Berio y aclamado intérprete de Chopin, había interpretado de éste sus dos conciertos para piano, el primero más irrelevante pero anticipador de su genio, y el segundo más inspirado y de acentos más dramáticos. El penúltimo concierto de temporada estaría protagonizado por el guitarrista nacido catalán pero sevillano de adopción José María Gallardo del Rey, con quien Axelrod parece tener una gran afinidad. Con él estrenó en 2016 su Concierto de Sevilla y en 2018 Sefarad de Samuel Zyman, además de interpretar otras piezas suyas y ajenas. Esta vez tocaba estrenar El samurái de Sevilla según la novela de John J. Healey, un doble concierto para guitarra y koto japonés, del que Fuyuki Enokido es su más ferviente y reconocida embajadora. Axelrod debía además dirigir una selección de Imágenes de Debussy, aunque a juzgar por los apenas cuarenta minutos que duran en total sus cinco piezas integrantes, más bien creemos que tocaba interpretarla íntegra, aunque permitan interpretarse por separado, evoquen visiones distintas y provoquen sensaciones diferentes. Gigas, Iberia, dividida a su vez en tres secciones, y Rondas de primavera fueron concebidas para piano y acabaron convirtiéndose en las últimas composiciones orquestales de Debussy. En el último concierto de esta accidentada temporada, la soprano norteamericana Marisol Montalvo habría estrenado La bella Susona del joven compositor sevillano Alberto Carretero, en un concierto bajo la dirección del titular Axelrod compartido con la Sinfonía nº 6 Patética de Chaikovski, cuyo programa fundamentalmente subjetivo acabaría interpretándose como un grito desesperado o réquiem premonitorio del fatal desenlace de una vida y un entorno tan incomprensivo e intolerante que le condujo irremediablemente al suicidio.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 25 de octubre de 2019

LOS WAGNER Y DA COSTA EN CLAVE DE RÉQUIEM

XXX Temporada de Conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexandre Da Costa, violín. John Axelrod, director. Programa: Concierto para violín y orquesta, de Siegfried Wagner; Idilio de Sigfrido y Preludio y Muerte de Isolda, de Richard Wagner. Teatro de la Maestranza, jueves 24 de octubre de 2019

El crítico no puede pretender ser objetivo en todo momento. Nuestro bagaje, nuestras ideas, gustos y experiencias marcan también nuestra forma de entender el arte. Por eso esta vez más que nunca me permitiré ser subjetivo y dejarme arrastrar por las emociones y los sentimientos. Ayer fue un día histórico en el que por fin reparamos parte de nuestro más oscuro pasado y recuperamos algo de la dignidad y la decencia que habíamos perdido. Casualmente la Sinfónica, en el primer programa de abono de su trigésima temporada, tocó obras de Richard Wagner y su hijo Sigfrido. Aunque el antisemitismo del gran compositor y operista es más que probado, nunca podremos saber cuál habría sido su relación con el nazismo de haberlo conocido; confiamos en que no hubiese sido de su agrado. Sin embargo son más evidentes las simpatías de su hijo por el ideario hitleriano, aunque falleciera antes del trágico auge del nacional socialismo en Alemania. Las influencias de su esposa le inculcaron esa tendencia. Por eso resulta paradójico que justo el día de la exhumación de Franco, una gota de alivio en el sufrimiento que millones de españoles han soportado los últimos ochenta años, en el Maestranza sonara música de quienes tanto han sido identificados con el fascismo, aunque fuera de manera involuntaria. Para mí sonó algo así como un Réquiem por las víctimas del totalitarismo, tanto tiempo olvidadas.
 
A falta de conocer otras obras suyas, sobre todo su Sinfonía, que es la más divulgada, y tras la audición de este Concierto para violín, llegamos a la conclusión de que la música de Siegfried Wagner es como una extensión de la de su padre, un regreso al Valhalla que mimetiza la atmósfera y voluptuosidad del genio, aunque en la parte solista suene más a Mendelssohn. Para interpretarlo, Axelrod tiró de uno de los concertinos invitados que tuvo la ROSS en tiempos de Halffter, el canadiense Alexandre Da Costa. Si no fuera porque ya entonces dejó prueba de su versatilidad al instrumento, diríamos que en este tiempo ha madurado hasta llegar a dominar todos sus resortes y recursos. Su continuo de violín estuvo magníficamente fraseado, lleno de matices y color, cabalgando con naturalidad y mucha sinceridad desde los aires elegíacos y etéreos de la primera parte de este concierto en un solo movimiento, hasta su más agitada y violenta segunda parte, que defendió con energía y empuje. La orquesta arropó con densidad considerable, haciendo justicia a la excelente orquestación de la pieza, tan bien construida como escasa en inspiración expresiva. Como propina, Da Costa brindó una preciosa versión con acompañamiento en forma de cuarteto del Aleluya de su paisano Leonard Cohen, tan válida y conmovedora como las sensacionales versiones con las que Anne-Sophie Mutter nos ha cautivado en su reciente disco junto a John Williams.
 
Axelrod atacó El idilio de Sigfrido con vehemencia y parsimonia, cuidando los detalles pero cayendo frecuentemente en la dispersión, lo que no ayudó a construir una versión sólida de la pieza. Tampoco el muy frecuentado Preludio y Muerte de Isolda llegó a sonar con suficiente sinceridad. La búsqueda permanente de trascendencia acusó falta de naturalidad, aunque no podamos negarle intensidad dramática en sus apabullantes crescendi. La orquesta sonó magníficamente, clara y precisa, mientras parte del público volvió a demostrar su impaciencia a la hora de aplaudir, malogrando la necesidad de respirar que tienen piezas como ésta al terminar.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 26 de abril de 2019

GLORIA CAMPANER Y LA ROSS: PACTOS CON LA MÚSICA

10º concierto de abono de la XXIX Temporada de conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Gloria Campaner, piano. John Axelrod, director. Programa: Eine Faust Ouvertüre, de Wagner; Concierto para piano nº 2 Op. 18, de Rachmáninov; Sinfonía nº 2 Op. 61, de Schumann. Teatro de la Maestranza, jueves 25 de abril de 2019

Fausto de Goethe protagoniza el décimo programa de abono de esta temporada, aunque tratándose de un drama que ha inspirado tantas páginas célebres de la música clásica, solo una de ellas, y no precisamente de las más conocidas, subió a los atriles de la Sinfónica. El resto parece inspirarse en ese otro pacto que muchas personas realizamos a lo largo de la vida, el de la superación y la reposición de nuestro estado de ánimo, algo que muy bien comprendieron Rachmáninov de la mano de su terapeuta para resolver un conflicto anímico puntual, y Schumann para superar una de sus muchas crisis emocionales. El trabajo que a este respecto realizaron completó un concierto que contó con preludio wagneriano.
 
Una batuta ágil y de ímpetu generoso
 
Luciendo lazos rojos en sus atuendos, en solidaridad con la Orquesta Ciudad de Granada, que se había manifestado frente a la Junta reclamando garantías de futuro, los y las integrantes de la ROSS se mostraron muy cómodos frente a la dirección firme y vigorosa de Axelrod, que imprimió en todo momento de ímpetu y fuerza su particular lectura de las partituras convocadas. Al margen del Idilio de Sigfrido y las Wesendonck Lieder, la música no operística de Wagner atrae raramente a los programas sinfónicos, aunque cuente con atractivos suficientes como los de la Obertura a Fausto con el que arrancó éste. Influido por La condenación de Fausto de Berlioz, la pieza constituye un intento de componer una sinfonía en la línea de las que inspiraron a Mendelssohn o Liszt. Aquí encontramos alternancia entre pasajes tumultuosos, llenos de nervio y brío, y otros más reposados y líricos, a todo lo cual batuta e intérpretes se plegaron con ductilidad y considerable fuerza dramática.
 
La búsqueda de un estilo propio
 
La joven pianista italiana Gloria Campaner, que ha grabado junto a Axelrod el concierto de Schumann, realizó una lectura muy personal del celebérrimo e hiper transitado Concierto nº 2 de Rachmáninov; tanto que a algunos nos pareció hasta desagradable en su exagerada afectación tanto expresiva como gestual. Tras un primer movimiento de ritmo muy lento y a menudo descompasado, en el que los fuertes contrastes a los que sometió al teclado hizo que algunos acordes resultaran inaudibles, hasta el punto de que en su mayor parte la obra ni siquiera parecía concertante, su lectura del adagio se ciñó más a la partitura, aunque no dudó en introducir notas disonantes que no venían al caso. Ya en el allegro final su interpretación se volvió más convencional. Nada que objetar a su dominio técnico, pero su particular pacto con la música para encontrar un estilo propio solo sirvió para convencernos de que las genialidades deben reservarse para voces elegidas. Axelrod dirigió con aplomo y fuerte carga de lirismo. Como propina Campaner se relamió con un Träumerei de Schumann que quiso ser sublime pero solo resultó interminable.
 
Esta pieza de Kinderszenen sirvió de puente para ofrecer la Sinfonía nº 2 de Schumann, un viaje de la oscuridad a la luz, cuyo poder emocional y fuerte carga de tensión recibió de Axelrod una interpretación pujante y emotiva, respondida por la orquesta con soberbia solidez. Magníficamente articulada de principio a fin, este perpetuum mobile que es un auténtico desafío para cualquier sección de cuerda, encontró un vehículo decidido e inmejorable en manos de Axelrod y una aguerrida Sinfónica de Sevilla.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 12 de abril de 2019

GHINDIN, AXELROD Y LA ROSS: INTENSA CONMOCIÓN DEL ALMA

XXIX Temporada de conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexander Ghindin, piano. John Axelrod, director. Programa: Verklärte Nacht, de Schoenberg; Tod und Verklärung, de Strauss; Concierto para piano nº 3 en Re menor Op. 30, de Rachmáninov. Teatro de la Maestranza, jueves 11 de abril de 2019

Hemos de confesar que el programa propuesto para este noveno concierto de la presente temporada de la Sinfónica era muy de nuestro agrado, lo que se convierte en un arma de doble filo a la hora de exigir resultados y a la vez disfrutar con páginas tan admiradas como asumidas. Bajo el epígrafe Transfiguraciones, Axelrod convocó las dos páginas más célebres y acaso únicas que llevan el término en su título, ambas de fuerte impacto emocional y una estética posromántica considerablemente similar, aunque exijan prestaciones muy distintas del conjunto instrumental, más recogido e íntimo en el caso de Schoenberg, más voluptuoso en el de Strauss. A ellas se sumó el tan transitado como espléndido Concierto nº 3 de Rachmáninov, un desafío para cualquier pianista, aunque paradójicamente sean muchos los que saquen un buen partido de esta memorable página.
 
Estados anímicos y sentimentales
 
Original para sexteto de cuerda, Noche transfigurada, la que muchos consideran primera obra maestra de Arnold Schoenberg, aún en su período tonal, es una interpolación de estados anímicos y sentimientos humanos a partir de un poema de Richard Dehmel que describe el paseo de una pareja de enamorados interrumpido por una dramática confesión que se transforma en una eclosión de emociones bajo la radiante luz de la luna. Axelrod mantuvo una línea firme y constante, con frecuentes giros melódicos y tensiones armónicas, envolvente y atmosférica, con brillantes contrastes entre la cuerda grave y la aguda, optando por una gama de colores pastel que amortiguaron el dramatismo para instalarse en un bálsamo de emociones y cristalizar en una interpretación profunda y emotiva de la inspirada página. Aunque la respuesta del público fue en todo momento atenta y respetuosa, algunos impacientes rompieron la obligada respiración final con sus impertinentes aplausos.
 
Más convencional, dentro de una corrección formal y expresiva impecable, fue la versión que Axelrod y la ROSS ofrecieron de Muerte y transfiguración de Strauss. El poema sinfónico que compuso en 1889 en torno a un hombre en su lecho de muerte y su lucha por alargar hasta el último aliento, encontró eco en los frecuentes cambios de ánimo de una espléndida orquestación aprovechada al límite por los efectivos de la orquesta, llevando a buen término su tránsito de la desesperación a la liberación, de la amabilidad del recuerdo a la acritud del cuerpo enfermo, con pasajes encendidos alternándose con otros de carácter íntimo y desvaído, hasta desembocar en un final rapsódico de inmensa energía.
 
Pianismo sensible y a la vez musculoso
 
Que el Tercero de Rachmáninov sea un concierto complejo técnica y expresivamente es algo que no ha frenado a casi ningún o ninguna pianista a la hora de incluirlo en su repertorio, a menudo servido sin partitura como un gesto de aprehensión total. Desde sus primeros acordes, con ese primer movimiento tan fascinante y melódico, el pianista ruso Alexander Ghindin ofreció una lectura enérgica y musculosa, con una tendencia a martillear el teclado que no hacía presagiar una interpretación memorable. Pero su capacidad de convicción fue tan alta que rápidamente entramos en su juego y nos dejamos arrastrar por su fuerza y decisión a la hora de dejar impronta personal en una pieza tan trillada.
 
Fogoso y trepidante, Ghindin no tardó en seducirnos bajo la mirada atenta de un Axelrod tan empeñado en no ensombrecerlo que por unos instantes pareció que desaprovechaba las oportunidades de lucimiento que ofrece una obra tan bien orquestada. También ahí nos equivocamos, al comprobar instantes después que la suya era una versión tan bien medida como magistralmente acompasada, fusionándose con el piano y logrando calar en nuestro ánimo y consciencia. Tras la merecida ovación y puesta en pie, la propina en forma de Preludio Op, 23 nº 2 del autor de La isla de los muertos no se hizo esperar.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía