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lunes, 23 de marzo de 2026

RETRATO DE FAMILIA EN PERFECTA SIMETRÍA

Diálogos concertantes con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Michael Barenboim, violín y viola. Elena Bashkirova, piano. Programa: Sonatina para violín en la menor nº 2 Op.137 D.385 y Sonata en la menor para arpeggione y piano D.821, de Schubert; Sonata para violín y piano nº 1 en la menor Op.105 y Märchenbilder para viola y piano Op.113, de Schubert. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 22 de marzo de 2026


Sin duda alguna, la de este domingo en el Maestranza ha sido la cita estrella del ciclo Diálogos concertantes que celebra con la colaboración de la Fundación Barenboim-Said. Se trata de Michael Barenboim, el excelente violinista hijo del ilustre fundador, y su madre, Elena Bashkirova, segunda esposa del pianista y director de orquesta, israelí de origen ruso, una mezcla sin duda explosiva que demuestra que hay muchos y muchas que no se dejan arrastrar por el fango de la infamia. No olvidemos que la fundación trata de llevar la paz a los territorios hostigados, acercando a palestinos e israelíes, un objetivo cada vez más lejano y frustrado.

No estaba asegurada, pero todo corría a favor de que la compenetración fuera sobresaliente, y así fue, a pesar del toque algo mecánico y a menudo falto de vuelo lírico de la veterana pianista. Sin embargo, logró hacer con su hijo el tándem perfecto, controlando en la medida de lo posible su presencia en cada una de las piezas seleccionadas. El diseño del programa, en perfecta simetría, con el violín protagonizando la primera parte y la viola la segunda, se centró en páginas de enorme calidad, exuberante romanticismo y considerable melancolía, que madre e hijo llevaron por la mejor de las sendas posibles.


Barenboim exhibió un considerable virtuosismo en la Sonatina nº 2 de Schubert, con grandes intervalos y estimulantes crescendos y decrescendos que generaron máxima tensión. Siguió un encantador lirismo, fuertemente contrastado en el andante, así como un gran trabajo en armonía en el minueto, hasta desembocar en un elaborado allegro final que demostró el riguroso diálogo entre las partes convocadas.

Más enjundia tiene la Sonata para violín y piano nº 1 de Schumann que completó la primera parte, una hermosa página cargada de imperioso sufrimiento a pesar de lo mucho que se ha criticado al autor su torpe trabajo con el violín, a menudo cargado de graves. En manos de Barenboim, el primer movimiento sonó apasionado y a la vez sombrío. El allegretto central resultó discreto pero no falto de aliento poético, y el movimiento final, animado, sumamente melódico y de nuevo doloroso. Al sonido homogéneo y el fraseo flexible del violinista se sumó en todo momento la colaboración atenta y fiel de la consumada pianista.


Viola en mano, instrumento del que demostró también poseer un dominio técnico absoluto, comenzó la segunda parte del concierto con una obra de Schumann que se titula Ilustraciones de cuentos, un ciclo ensoñador, poético y definitivamente feliz. Barenboim hizo gala de lucidez y sensibilidad afrontando un diálogo melancólico, a veces enérgico, prestando atención a la fantasía y emotividad impresas en una página que concluye con una preciosa canción de cuna en la que brilló una gran compenetración entre ambos intérpretes.

Terminó como empezó, con Schubert, esta vez con su popular Sonata para arpeggione, obra de circunstancia para promover un instrumento efímero derivado de la viola da gamba, híbrido entre la guitarra y el violonchelo, que hoy se suele tocar al violonchelo. No obstante, a la viola Barenboim consiguió exprimir sus posibilidades melódicas, llenas de encanto y espíritu ensoñador, con una particular dulzura y la complicidad siempre a punto de Bashkirova. Luz y alguna que otra tiniebla se hicieron eco en esta expresiva y expansiva página que pone de manifiesto la enorme inventiva melódica de su autor, siempre bajo una articulación precisa, un fraseo flexible y poético, y una compenetración llena de sutileza y lirismo.

Fotos: Guillermo Mendo

lunes, 7 de abril de 2025

LA MÚSICA HECHA EMOCIÓN CON UN CUARTETO DE LUJO

Diálogos concertantes en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Joaquín Riquelme, viola. Pavel Gomziakov, violonchelo. Juan Pérez Floristán, piano. Programa: Cuarteto con piano nº 1 en do menor Op. 15, de Fauré; Cuarteto con piano nº 3 en do menor Op. 60, de Brahms. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 6 de abril de 2025


Enfrentándonos a un concierto de estas características, no pudimos por menos que recordar aquellas grabaciones históricas, hoy tesoros imprescindibles, que reunían a nombres tan ilustres, por poner algún ejemplo, como los de Pablo Casals, Jacques Thibaud y Alfred Cortot, o los algo menos alejados en el tiempo Pinchas Zuckerman, Jacqueline Du Pré y Daniel Barenboim. Una forma de ver la ocasión que anoche nos brindó la Fundación Barenboim-Saïd como un lujo rara vez a nuestro alcance, y posiblemente a recordar en un futuro cercano. Los invitados a este tercer y último encuentro de excelente música de cámara en la Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, de la mano de dicha fundación, fueron el propio hijo de Barenboim, Michael, el violista murciano Joaquín Riquelme, integrante en la actualidad de la Filarmónica de Berlín, el ruso Pavel Gomziakov, de enorme proyección internacional, y el sevillano Juan Pérez Floristán, que no necesita presentación. Riquelme y Gomziakov ya intervinieron, por separado, en las dos anteriores entregas de este ciclo.

Cuatro intérpretes de lujo cuya capacidad de entrega y compenetración desdice cualquier teoría sobre que para hacer buena música de cámara es necesario constituirse en conjunto estable cuyo trabajo en equipo se encuentre consolidado desde la raíz. Por separado, estos cuatro intérpretes son unos fuera de serie, pero en formación de cuarteto son capaces de dar lo mejor de sí, por responsabilidad y por la experiencia cosechada a lo largo y ancho de este mundo. Son profesores puntuales en la Fundación, y sus clases magistrales pueden considerarse un privilegio para quienes las reciban y acaben convirtiéndose en los virtuosos del futuro.


En los atriles, un programa tan exigente que puede provocar en el intérprete una fatiga claramente visible. El Cuarteto nº 1 con piano de Fauré es su primera obra de cámara importante, siguiendo los modelos de Schumann y Brahms. Sus intérpretes se hicieron eco de su efusividad, desbordante pasión e ímpetu desde el primer acorde. Su allegro molto moderato sonó robusto y fornido, con ligeras y cromáticas aportaciones en la cuerda grave y un acompañamiento al piano tan variado como acertadamente rítmico, haciendo acopio de su flexible gramática, insinuante y suntuoso. Muy juguetón resultó el scherzo desde sus primeros acordes en pizzicato, tan sutil como seductor. El adagio fue tan lúgubre como enternecedor, siempre acertando en la expresividad justa, acentuando su clima sereno y ocasionalmente apasionado. Y el final alcanzó una intensidad torrencial, con una compenetración absoluta entre el teclado y la cuerda, en el límite del caos pero sin perder en ningún momento la claridad de las líneas melódicas. Especialmente sorprendente fue la habilidad y la elegancia con la que cada instrumento fue relevando en la melodía al anterior, en cascada, siempre desde el respeto y la consideración.

El Cuarteto nº 3 con piano de Brahms, terminado tan sólo cinco años antes que el de Fauré, aunque su origen data de veinte años antes, cuando un joven Brahms sufría supuestamente por el amor de Clara Schumann, combina el ardor juvenil con esa relativa calma adoptada en la madurez. Es el más bello de los tres que compuso, y también el más libre y personal, sólo motivado por la inspiración y la emoción. Su allegro inicial resultó tan trágico como sombrío y pesimista, con Floristán acentuando su carácter dramático. En el scherzo los cuatro se emplearon a fondo para destacar su ritmo vigoroso y épico, hasta alcanzar un final verdaderamente salvaje, fruto de esa compenetración absoluta aludida. Violín y viola se emplearon a fondo en el andante para destacar su carácter melódico y su nobleza de espíritu, con resultados tan emotivos como delicados. Las sombras reaparecieron en el allegro final, con Barenboim ofreciendo un primer tema lírico y amplio, en contrapunto con el más agitado teclado, así hasta alcanzar ese final liberador de todas las pasiones desarrolladas hasta el momento.

Fotos: Guillermo Mendo

lunes, 30 de diciembre de 2024

LA CONSAGRACIÓN FRENTE A LA ESPERANZA

Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Oksana Lyniv, dirección. Programa: Obertura El Rey Lear Op. 4, de Berlioz; Concierto para violín en mi menor Op. 64, de Mendelssohn; Sinfonía nº 1 en do menor Op. 68, de Brahms. Teatro de la Maestranza; domingo 29 de diciembre de 2024


Como cada temporada, la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd ofreció su concierto sinfónico en el Maestranza, esta vez coincidiendo prácticamente con el fin de año. A falta del concierto de Año Nuevo que la Sinfónica de España celebra esta noche, sin duda el de este conjunto de jóvenes intérpretes constituye la auténtica despedida del año en términos musicales, contando para la ocasión con dos figuras de relieve, la directora ucraniana Oksana Lyniv y el violinista Michael Barenboim.

Barenboim es ya un conocido de nuestra escena, donde ha intervenido en diversas ocasiones como concertino de la Orquesta del Diván, cuando ésta acostumbraba a incluir Sevilla en sus giras de conciertos. Haberlo disfrutado esta vez como solista frente a una plantilla que para nuestro orgullo se forma y educa aquí, con un profesorado cuidadosamente seleccionado para este menester, ha sido un auténtico lujo.

Así mismo, la batuta elegida para la ocasión ha supuesto un deleite y una satisfacción para el público congregado. Oksana Lyniv viene consagrada tras los enormes logros obtenidos en gran parte de Europa, incluida la gesta de ser la primera mujer en dirigir en el Festival de Bayreuth, al menos durante las dos últimas ediciones encargándose de la dirección musical de El holandés errante. Su trabajo frente a la Orquesta de la Fundación se saldó con nota muy alta, todo un estímulo para tan joven plantilla. Con ella, nuestro teatro, aupado por la ROSS, ha conseguido quizás el récord de batutas femeninas en una sola temporada.

Con una de las muchas oberturas que compuso Berlioz, la de El Rey Lear, en forma de suite programática, dio comienzo este singular concierto. Estrenada en París en 1833, esta suntuosa pieza en forma de poema sinfónico de mediana duración, sirvió para alternar pasajes delicados con otros de considerable calado emocional y enérgica caligrafía.


En los atriles asomó también el célebre Concierto para violín de Mendelssohn, poco después de haberlo hecho en el concierto de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla celebrado en colaboración con Juventudes Musicales, que le brindó a otro joven intérprete, Jaime Naya, la oportunidad de lucir sus habilidades y poderosas aptitudes. En esta ocasión, el hijo de Barenboim demostró una perfecta combinación de tono y técnica, una portentosa capacidad para un fraseo firme, un sonido robusto y a la vez amable, timbre sedoso, y por supuesto una incontestable habilidad para lucir virtuosismo a discreción.

Un Brahms dramático e intenso

Lyniv articuló una Primera de Brahms decididamente dramática desde sus poderosísimos acordes de arranque, y aunque marcó tanto la intensidad de sus frases, de forma que evidenció a veces de forma brusca la transición de los pasajes más enérgicos y contundentes a los más relajados y sensibles, logró resultados más que estimables de una plantilla que a buen seguro preparó la página a conciencia, con el mérito añadido de alternarlo con fiestas familiares y comidas copiosas.

Una sensibilidad dramática y enérgica que no sólo se diluye significativamente en los pasajes delicados que también emergen en el allegro inicial, sino que protagonizan un andante a nuestro juicio despachado con excesiva celeridad, sin reparar en su enorme calado sentimental. No obstante, la concertino exhibió en este movimiento un solo sensacional, por su textura y flexibilidad, que fue seguido del exquisito poco allegretto, planteado con gracia y adecuada ligereza, una de las páginas que conformaron mi particular querencia por la gran música cuando era muy niño.

Sólo los metales, imprescindibles para potenciar el carácter crepuscular del último movimiento, evidenciaron algún escollo técnico, pero sinceramente de escasa importancia dada su dificultad, mientras el resto de familias orquestales, incluida una muy equilibrada percusión, funcionaron a nivel de máxima nota, lográndose un excelente concierto que terminó con un notable aumento de efectivos para dar forma al recurrente pasodoble Amparito Roca, prueba evidente de que nuestras orquestas juveniles están conectadas íntimamente.

Fotos: Fundación Barenboim-Saïd
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 1 de julio de 2019

BARENBOIM, EL DIVÁN Y LA FUERZA DE LA MÚSICA

Concierto del 15º aniversario de la Fundación Barenboim-Saïd. Orquesta West-Eastern Divan. Michael Barenboim, violin. Daniel Barenboim, director. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 61 y Sinfonía nº 7 en La mayor Op. 92, de Beethoven. Teatro de la Maestranza, domingo 30 de junio de 2019

Hacía tres años que la West-Eastern Divan no recalaba en Sevilla, la ciudad que cobija la Fundación Barenboim-Saïd para la convivencia entre pueblos a través de la música. Fue entonces con un sensacional programa integrado por las tres últimas sinfonías de Mozart, y lo ha hecho ahora con Beethoven, el compositor más transitado por este consolidado proyecto que también ha dado buenas muestras de competencia con otros autores de diversos estilos y épocas. Este ha sido su único concierto en España, tras el que actuará en plazas como Salzburgo, Londres o Lucerna con todas las localidades agotadas y una enorme expectación. La celebración del quince aniversario de la fundación y vigésimo desde que se colocara la primera piedra de la orquesta, ha propiciado este nuevo encuentro con un Teatro de la Maestranza lleno a rebosar y un público absolutamente entregado. La Academia de Estudios Orquestales ha seguido realizando su valiosa labor fomentando la formación y la práctica de un alumnado mayoritariamente israelí, palestino y andaluz, que sirve de catapulta para renovar la plantilla de la orquesta, fija y asentada desde hace ya un buen puñado de años.
 
Michael Barenboin, un sensacional violinista
 
De la propia orquesta surgió el hijo de Barenboim, su concertino y hoy espléndido solista especializado en repertorio contemporáneo y heredero de una forma universal y tradicional de entender la interpretación de la gran música. Cabe pensar lo mucho que habrá sudado Michael Barenboim bajo la atenta y exigente mirada de su padre, y lo mucho que algunos y algunas de sus compañeras se habrán beneficiado de rebote de esa exigencia ejercida por uno de los más grandes intérpretes de música clásica de los últimos cincuenta años. Sólo así, y por supuesto con un talento y unas habilidades innatas, se explica un resultado tan estimulante como el experimentado en esa pieza fundamental, revolucionaria e irrepetible que es el Concierto para violín de Beethoven. Esta prodigiosa catedral musical exige lo mejor de cada intérprete para elevarse a la altura que merece, y el joven Barenboim, con la inestimable, respetuosa y equilibrada ayuda de su padre a la batuta, lo consiguieron.
 
Que su composición coincidiera con el compromiso de Beethoven con Theresa von Brunswick hace que tradicionalmente se interprete como un soplo de felicidad y poesía. El trabajo del gran intérprete es encontrar sin embargo nuevos matices y probar otros elementos expresivos que sin traicionar el espíritu de la partitura contribuyan a decir algo nuevo, como así logró Barenboim en esta obra, y sobre todo, la Sinfonía nº 7 que sonó en la segunda parte del concierto. El joven violinista sonó mate y algo rugoso en un primer movimiento en el que destacó su calidad melódica y su capacidad para alcanzar la gloria a la hora de ornamentar con gusto y delicadeza, especialmente en unas originales cadencias de corte contemporáneo de su propia cosecha. Su sonido evolucionó a más aterciopelado en un larghetto que tocó con enorme delectación y ensimismamiento, penetrando en su espiritualidad y contagiándonos con su prodigiosa concentración, hasta desembocar en un allegro final extrovertido y atlético pero no exento de lirismo, siempre con la complicidad de un Barenboim que sin sacrificar densidad orquestal, no se opuso en ningún momento ni eclipsó la labor del solista. Con la cuerda grave colocada en el centro y los violines enfrentados a ambos lados del escenario, consiguió un sonido más compacto y natural aunque confesemos sentirnos habitualmente fascinados por los efectistas resultados de una cuerda de registros extremos enfrentados. La calidad virtuosística de Michael Barenboim quedó aún más demostrada en una vertiginosa propina de Bach.
 
Una séptima de prodigioso calado emocional
 

Barenboim decidió impregnar la que se considera la obra más gozosa y optimista de Beethoven de su peculiar sentido dramático, especialmente sus dos primeros movimientos. No escatimó en el poco sostenuto inicial a la hora de invocar una amplia gama de registros y dinámicas, tornándose impetuoso en el vivace posterior y profundamente espiritual, casi religioso, en el popular allegretto, que abordó con una especial habilidad para transmitir matices y detalles que consiguieron el milagro de decir cosas nuevas de una página tan trillada. Todas las familias instrumentales brillaron con justicia, salvo los siempre complicados metales que acusaron algún desajuste puntual. Tras un juguetón y muy contrastado scherzo, el allegro final resultó un torbellino de sensaciones, lleno de vigor, grandeza sobrecogedora y una catárquica conclusión.
 
La Orquesta West-Eastern Divan en el Maestranza con Barenboim a la fuga
Por mucho que se le aplaudió y vitoreó, quizás una de las más grandes ovaciones jamás registradas en el Maestranza, no conseguimos arrancarle una propina, pero nos quedamos más que satisfechos con su visita, casi la única de tal relumbrón en una programación que sigue presentándonos huérfana de los grandes nombres que dan sentido a las de otros escenarios españoles y europeos con los que el nuestro quiere estérilmente competir. Del intenso trabajo de la Fundación y los estimulantes resultados de la WEDO se benefician muchos profesionales y alumnado de nuestra comunidad, por eso es fundamental respetarla y promoverla. Un emotivo video al comienzo del concierto dio buena fe de ello; algo de lo que se benefician también nuestras orquestas y nuestra juventud, a la que no cabe escatimar una educación a través de la música que ayude a ser mejores y más responsables personas.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía