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sábado, 25 de julio de 2020

BARENBOIM Y DUEÑAS EN GRANADA: LA CONSAGRACIÓN Y LA PRIMAVERA

Patio de los Mármoles del Hospital Real
Foto: Fermín Rodríguez
Los últimos conciertos celebrados en el Festival de Granada antes de enfrentarse a sus últimas propuestas han venido marcados también por la excelencia que apreciamos hace un par de semanas. Con un plantel de pianistas de primera categoría, en su mayoría veteranos y veteranas que con su presencia han salvado con creces una edición diseñada de urgencia, y un buen puñado de orquestas del país, lo que ha evitado viajes de larga distancia de grandes grupos e intérpretes con su instrumento a cuestas, el Festival ha logrado el reto de llegar a su fin y hacerlo con toda la dignidad, y más si cabe, que merece una cita con tanta historia a sus espaldas. En estos últimos días hemos tenido ocasión de rendir pleitesía a intérpretes sobradamente consagrados, como Bostridge y Barenboim, así como de descubrir las veleidades de los más jóvenes, con el muy reconocido Igor Levit y la gran sorpresa que ha supuesto la joven María Dueñas a la cabeza.

El viaje de Bostridge y Levit

Cuando nos acercamos a una interpretación de Winterreise (Viaje de invierno) de Schubert, centramos nuestra atención naturalmente en la voz, dejando el acompañamiento pianístico en un segundo plano, aun siendo conscientes de la importancia que éste tiene a la hora de transmitir toda la fuerza de esta página inmortal del arte liederístico. No es frecuente que un pianista de gran calibre, de vocación concertista, se asocie con un destacado tenor para ofrecer un ciclo de lieder, como fue en este caso. De esta manera nuestra atención estuvo centrada tanto en la voz como en el piano. Quizás tendríamos que haber asistido al concierto que ofreció hace unos días Igor Levit, el joven y muy contestatario pianista alemán nacido en Rusia, con las tres últimas sonatas de Beethoven, autor con el que más parece se le esté asociando, para calibrar su talento y magisterio en la materia. Sin embargo como acompañante de estas desesperadas canciones de amor y muerte no acertamos a captar nada realmente nuevo o que llamara poderosamente nuestra atención. Faltaría más que no presente una digitación precisa, atenta al matiz y el detalle, delicada y contundente según el lied, y sobre todo segura. Fue precisamente eso, la seguridad, lo que más valoramos, al margen de su habilidad para manejar la partitura en tablet sin perder un ápice de concentración.

Levit y Bostridge. Foto: Fermín Rodríguez
Por su parte, Ian Bostridge, que ha grabado el ciclo con Julius Drake y se considera un ferviente estudioso y conocedor del mismo, exhibió en el Patio de los Mármoles del Hospital Real una madurez absoluta en el manejo de todos los resortes de su voz, destacando en elegancia y voluptuosidad, tan solo enturbiando su prodigioso fraseo y perfecta entonación con fugaces e intencionadas salidas de registro, habitualmente relacionadas con una inusitada rabia. Lo peor por lo tanto en él fue su espasmódica representación teatral, continuas miradas a las entrañas del piano incluidas. Interpretar lieder no significa tanto someterlos a un temperamento gestual impactante como transmitir a través de la expresión y sobre todo la dicción y la inflexión vocal los sentimientos que el autor quiso depositar en su obra. La suya fue una exhibición mayormente delicada en lo vocal, a veces incluso contenida, con pilares fundamentales como ese Wasserflut (Torrente) tan melancólico que sigue al popular Linderbaum (Tilo), pero exagerada y tortuosa en lo gestual. Nada que reprochar a la belleza de su timbre, que quizás haya ganado incluso cuerpo y solemnidad con el tiempo, aunque su dicción del alemán nos pareció algo discutible. Destacó en fuerza y temperamento en Der stürmische Morgen (Mañana tormentosa) y en galantería con Frühlingstraum (Sueño de primavera) muy bien acompañado por Levit, pero faltó garra y gravedad en el inmenso y desolador Der Leiermann (El organillero) final. Fue una interpretación correcta, con momentos brillantes, pero no memorable en su conjunto.

Una joven prodigiosa

Saludo post-Covid de Dueñas y Mena. Foto: Fermín Rodríguez
Al día siguiente la Sinfónica de Galicia volvió al Palacio Carlos V para dejar claro por qué hubo una época no lejana en la que se le consideraba la mejor orquesta de España. Hoy puede que no se encuentre en la cima del ranking, pero sigue siendo uno de los conjuntos más solventes del panorama nacional. Su sonido envolvente, perfectamente empastado, de texturas claras y acentos matizados, se benefició sin duda por la ausencia de mamparas protectoras en los vientos, lo que hizo incoherente el uso de mascarillas por el resto de los intérpretes y resultó en general algo temerario. Pero hubo un inconveniente, y es que los metales, especialmente las trompetas, no estuvieron a la altura del resto del conjunto, quizás más por una cuestión de dirección que de las propias prestaciones técnicas de los intérpretes. Lo cierto es que a las habituales entradas erráticas de las trompas en algunos pasajes, hubo que añadir una gramática punzante y obsesivamente repetitiva en las trompetas que empañaron algunos de los pasajes en los que intervinieron, y todo a pesar de que en el resto la batuta de Juanjo Mena se mostró acertada por su combinación de respeto, humildad y honestidad, lo que nos ahorró estridencias y maniqueísmos innecesarios.

Pero lo realmente abrumador de la velada fue el arte al violín de la joven granadina María Dueñas. Acudimos escépticos ante la cantidad de elogios y reconocimientos acumulados por la violinista desde muy temprana edad. Apostábamos a que obedecería una vez más a su prodigiosa técnica que a su convincente expresividad. Y la verdad es que tuvimos que reverenciar su talento en todas sus vertientes. Parece mentira que con tan solo diecisiete años se pueda conseguir un nivel de madurez expresiva tan alto. Pensar lo que hacíamos la mayoría a su edad provoca sinceramente vergüenza. Solo con mucho trabajo y perseverancia, y teniendo las cosas muy claras, se puede pulir un talento natural, o sobrenatural, a tan exquisito nivel. La suya fue una interpretación del concierto de Beethoven, con toda la dificultad que su popularidad y complejidad conlleva, absolutamente ejemplar y emocionante. No solo brilló en las cadencias, con florituras nada cargantes y un considerable componente sentimental que llegó literalmente a arrancarnos alguna lágrima, sino que tanto el allegro inicial como el larghetto que le sigue respiraron una atmósfera poética de una belleza arrolladora y un legato sin fisuras, mientras con el rondó final extrajo pura felicidad y un pulso muy atlético a la vez que delicado, sin dejarse arrastrar por esas corrientes recientes que afean el fraseo en beneficio de una austeridad más acorde a los presuntos usos de la época. Mena y la orquesta arroparon con mimo tanto en los diálogos como en los tutti que refuerzan el discurso solista. Antes hicieron una versión competente de la Obertura Egmont, y después, siguiendo el patrón clásico, una Sinfonía nº 7 esmerada en ritmo y texturas, sobria y elegante, decantándose por una jovialidad permanente y una especial atención a cada matiz de la partitura. Dueñas por su parte tuvo el detalle de tocar como propina, en su tierra y ante su gente, Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, en transcripción de Ruggiero Ricci, una combinación de trémolos y pizzicati de muy difícil ejecución.

Un genio tocando a un genio

Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
La intervención de Daniel Barenboim en el Festival se decidió en el último momento, y sin embargo fue la primera en agotar todas las localidades. Resignados a que nunca llegue a tocar en Sevilla el prometido recital de piano, no podíamos dejar pasar la oportunidad de escucharlo aquí en Granada, con cuyo festival tiene una amplia relación – durante muchos años acudió al frente de la Staatskapelle de Berlín – pero en el que no daba un recital de piano desde hace cuarenta años, como la Argerich. Además todo lo recaudado va a Cruz Roja Española para paliar los efectos de la pandemia, lo que nuevamente da medida del carácter desprendido, filántropo y altruista del inmenso artista. El privilegio de escuchar a Barenboim tocando a Beethoven en el doscientos cincuenta aniversario de su nacimiento fue una experiencia trascendental, y de una emotividad que excede de todo lo que se pueda esperar. Que a estas alturas mantenga una digitación tan precisa y una articulación tan intacta solo se puede calificar de milagroso, pero que además sea capaz de decir cosas nuevas, indagar aun más en la partitura y extraerle nuevos resortes, es prácticamente inexplicable.

En Granada Barenboim programó dos obras descomunales del arte pianístico, sin las cuales no se entendería su evolución, dejando claro por qué se consideran así y cuál es su trascendencia, haciendo acopio de tanta capacidad visionaria como el autor albergó en su época. La suya fue una interpretación de la Sonata nº 31 tan envolvente y llena de sentimiento que si uno no se emociona quedan pocas cosas en la vida que puedan hacerlo. De una cantabilidad asombrosa, un equilibrio extraordinario y un intimismo sobrecogedor, sin énfasis innecesarios y sin renunciar a cierta oscuridad a pesar de poner el acento en su belleza melódica y espiritual. La profunda tristeza con la que la abordó encontró su punto álgido de dramatismo con esas notas secas e intensas in crescendi que una vez más llaman al destino omnipresente en la obra beethoveniana. Barenboim logró así una lectura elocuente de la página que confluyó en un final a corazón abierto, más pesimista de lo que se acostumbra a entender.

Después, las Variaciones Diabelli las atacó de forma orgánica, en tres bloques compactos sin respirar, puros torrentes de música, sentimiento y emoción. Aquí fue especialmente notable su capacidad para exponer con claridad académica todo aquello en lo que Beethoven se anticipó a su tiempo, el carácter temperamental y exacerbado de Liszt, la delicadeza de los impresionistas, el romanticismo extremo de Schumann y Chopin… Todo está en la partitura pero solo un grande entre los grandes puede dejarlo tan claro. Sus Variaciones estuvieron cargadas de tensión, espiritualidad y sarcasmo allí donde correspondía, con continuas transformaciones y cambios de humor que en sus manos resultaron de una sutileza y una naturalidad abrumadoras. Una reflexión tras otra, una concentración extraordinaria y una imaginación rebosante de vitalidad fueron algunas de las características que acompañaron en esta prodigiosa interpretación de una página tan trascendental para la historia de la música, así hasta la gran e intensa fuga final que le pone broche de oro. El público respondió con generosos aplausos, todos y todas en pie desde el primer segundo, pero una vez más sin dejar respirar la música, sin respetar esos segundos imprescindibles que deben mediar entre el reposo del artista y la demostración de admiración, como cuando se paladea un buen vino, en este caso uno excelente. Habría que inventar una nueva clasificación para genios como Barenboim, que vaya más allá… seis estrellas por ejemplo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 19 de junio de 2020

PRIVILEGIOS DE GRANADA: EL LUJOSO CARTEL DEL FESTIVAL

Quienes estos días se acercan a la Alhambra están disfrutando de una experiencia única, poder pasear por sus estancias y jardines y admirar sus encantos prácticamente en la intimidad, sin aglomeraciones de turistas ni premuras de tiempo. Un privilegio de la gente de Granada y quienes se hayan atrevido a viajar del resto de Andalucía, a quienes quizás podamos añadir gente que haya vivido el confinamiento en la hermosísima ciudad aunque no sean de allí. Pero las fronteras se abrirán en breve y aunque cabe esperar que la prudencia evitará las masificaciones de antes de la pandemia, ese recogimiento que han podido experimentar quienes hayan protagonizado las primeras visitas desaparecerá. La consigna es salvar el turismo, objetivo que a veces parece más relevante que el de la propia salud. El planeta está lejos de superar esta enfermedad, no obstante le abrimos las puertas para salvar el que parece sea el bastión fundamental de nuestra economía. ¿No sería quizás más inteligente y afortunado reinventarse, utilizar esa imaginación que nos distingue de otros seres vivos para buscar otras alternativas que permitan conciliar salud y bienestar social con parámetros más aceptables? De cualquier modo la mal llamada nueva normalidad, si es que existe algo denominado anormalidad, está ya aquí y agentes y programadores culturales no se resisten a poner en marcha eventos y espectáculos que en otras épocas potenciaron aún más la magia del verano. Si se respetan las normas de seguridad y protección, éste también podrá recuperar su magia.

El próximo jueves 25 de junio arranca oficialmente la edición número sesenta y nueve del Festival de Granada, en la que domina con todos los honores la celebración del doscientos cincuenta aniversario del nacimiento de Beethoven, y donde se dará un protagonismo especial al piano. Tras un concierto benéfico extraordinario que se celebrará en la Catedral ese día 25, y en el que a modo de homenaje a las víctimas del coronavirus la Orquesta, Coro y Coro Joven Ciudad de Granada, junto a su director titular Andrea Marcon y voces tan celebradas como las del contratenor Carlos Mena y el barítono Carlos Álvarez interpretarán el Réquiem de Mozart, el festival arranca los primeros días en modo virtual, con una serie de conciertos englobados bajo la marca Digital Granada Festival. La guitarra del internacional Pepe Romero desde el Patio de los Arrayanes, con un programa centrado en la ciudad de la Alhambra, la cantaora Rocío Márquez desde el Patio de la Acequia en el Generalife, Cañizares interpretando obras suyas desde La Casa del Chapiz en el Palacio de Dar al-Bayda, Javier Perianes paladeando a Debussy, Falla y Albéniz desde el Pórtico del Palacio del Partal en el Albaicín, Jordi Savall dialogando entre músicas cristianas, judías y musulmanas alrededor del Mare Nostrum y haciendo acopio de instrumentos tan exóticos como un rebab de finales del siglo XIV o una lira y una viola da gamba italianas de mitad del siglo XV, y Fabio Biondi desde la Fundación Rodríguez Acosta interpretando una sonata y dos partitas de Bach, serán quienes protagonicen del 28 de junio al 7 de julio el lujoso cartel de bienvenida a un festival que no se conforma con ofrecerse de forma virtual, sino que a partir del jueves 9 de julio recupera su formato habitual, aun manteniendo todas las normas de seguridad recomendables y prescritas.

Mucho Beethoven

Krystian Zimerman
Será en el Palacio de Carlos V, escenario de las citas más solicitadas, cuando ese día 9 arranque la integral de sinfonías de Beethoven con la Orquesta Ciudad de Granada, auténtico salvavidas del certamen ante la imposibilidad de invitar grandes formaciones extranjeras garantizando su seguridad, haciéndose cargo de la Novena, ofrecida en formato participativo. Dos sesiones con todas las entradas agotadas, al igual que el Réquiem inaugural, que dirigirá Miguel Gómez Martínez y contará con las voces de Raquel Lojendio y Gustavo Peña entre otros. Las sinfonías 2 y 5 ocuparán tan emblemático escenario con la Orquesta Nacional de España y su director principal David Afkham al frente, mientras de las 6 y 8 se encargará la Orquesta de la Comunitat Valenciana dirigida por Thomas Hengelbrock. La número 4 será oficiada por la orquesta granadina dirigida por el legendario pianista Krystian Zimerman, que además tocará (y dirigirá por primera vez) los cinco conciertos beethovenianos en ésta y dos citas más, en lo que constituye uno de los grandes atractivos de esta edición. La Sinfónica de Galicia y Juanjo Mena se encargarán de la Sinfonía nº 7, en un concierto en el que además destaca la interpretación del Concierto para violín a cargo de la joven granadina María Dueñas, toda una revelación al instrumento. La misma orquesta pero bajo la dirección de su actual titular Dima Slobodeniouk completará el ciclo con las sinfonías 1 y 3. Todas se ofrecerán también en los arreglos para piano de Liszt, tal como se hizo en el Maestranza hace dos años y casi con el mismo plantel de pianistas de nuestro país, en el Corral del Carbón. El madrileño Eduardo Fernández, el canario Javier Negrín, el excelente pianista vasco Miguel Ituarte, el granadino Juan Carlos Garvayo y la residente en Nueva York Enriqueta Somarriba son los y la artistas convocadas.

La joven revelación granadina María Dueñas
El homenaje al músico de Bonn se completa con el estupendo violonchelista español Adolfo Gutiérrez y el célebre pianista alemán Christopher Park dando vida a sus sonatas en el patio de los Mármoles del Hospital Real el miércoles 15 de julio, el Cuarteto Quiroga con los cuartetos 15 y 16 desde el Patio de los Arrayanes es otra de las citas agotadas, como también lo es al día siguiente, domingo 20 de julio, la del extraordinario pianista alemán de origen ruso y muy comprometido políticamente Igor Levit, que interpretará las tres y prodigiosas últimas sonatas de Beethoven. Y por último la superestrella, avalado por ser el primero en agotar entradas en un tiempo récord, Daniel Barenboim, que aunque veterano en el festival será una de las pocas veces que ofrezca un recital de piano en solitario, con las Variaciones Diabelli, de las que es un consumado e indiscutible especialista, y una mirada distinta e insustituible a la Sonata nº 31, el viernes 24 del mes próximo, a dos días de terminar el festival, en el Palacio de Carlos V por supuesto.

Grandes pianistas

Barenboim y Argenrich, dos genios del piano
Grandes nombres del instrumento rey se darán también cita en esta edición, empezando por Grigory Sokolov, que el sábado 11 interpretará obras de Mozart así como el Bunte Blätter de Schumann en el Auditorio Manuel de Falla, Elisabeth Leonskaya, que junto a Josep Pons y la Orquesta Nacional de España interpretará el Concierto nº 20 de Mozart. El conjunto además ofrecerá las sinfonías 27 y 40 del compositor de Salzburgo. Martha Argerich, por primera vez en Granada desde hace cuarenta y un años, interpretará junto al violinista Renaud Capuçon, cuyo hermano Gautier está este año en el ojo del huracán por su cotizadísimo caché a pesar de la pandemia, sonatas de Schumann, Prokofiev y por supuesto Beethoven. Igor Levit añade a su recital en solitario otro junto al aclamado tenor inglés Ian Bostridge entonando Winterreise de Schubert; y finalmente el francés Bertrand Chamayou demostrará su magisterio en Liszt, cuyo Años de peregrinaje ha sido muy celebrado, combinado con Preludios de Debussy y Reflejos (Mirroirs) de Ravel. Otros virtuosos, como el violonchelista donostiarra Iagoba Fanlo, que estrenará en el Hospital Real obras de Alfredo Aracil junto a otras de Bach y Britten con las que se interrelacionan, o los cantaores Miguel Poveda celebrando a Lorca desde el Teatro del Generalife y Carmen Linares celebrando cuarenta años de carrera desde el Palacio de los Córdova, con ambos conciertos agotados, además del sorprendente y extravagante Niño de Elche, también se darán cita en esta edición del Festival de Granada.

Sevilla, eje de la música antigua

La aportación sevillana se enmarca dentro de la Música Antigua, con la Accademia del Piacere estrenando Gugurumbé, uno de esos espectáculos tan del gusto de Fahmi Alqhai que combina barroco con flamenco y danza, y en esta ocasión también ritmos africanos, como extensión de la conmemoración de la primera vuelta al Mundo. La soprano Nuria Rial y la cantaora Rocío Márquez participan en el evento. Por otro lado Vandalia, con Rocío de Frutos y Gabriel Díaz entre sus integrantes, recuperarán la Misa de Bomba del compositor granadino Pedro Bermúdez, contextualizándola con obras de Mateo Flecha y Francisco Guerrero, maestros de la polifonía del Siglo de Oro. Será en los conciertos matinales de la Capilla Real y la Iglesia de Santos Justo y Pastor que también acogerán recitales de Lina Tur Bonet y Musica Alchemica, alternando la armonía de Bach con la exuberancia de Biber, o la tradición polifónica inglesa de Tenebrae, que el sábado 11 en el Monasterio de San Jerónimo interpretarán obras antológicas como el Miserere de Allegri o la Misa de Réquiem de Tomás Luis de Victoria. Así se completa un cartel esperanzador y cuando menos milagroso en estos dramáticos tiempos que corren.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 1 de julio de 2019

BARENBOIM, EL DIVÁN Y LA FUERZA DE LA MÚSICA

Concierto del 15º aniversario de la Fundación Barenboim-Saïd. Orquesta West-Eastern Divan. Michael Barenboim, violin. Daniel Barenboim, director. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 61 y Sinfonía nº 7 en La mayor Op. 92, de Beethoven. Teatro de la Maestranza, domingo 30 de junio de 2019

Hacía tres años que la West-Eastern Divan no recalaba en Sevilla, la ciudad que cobija la Fundación Barenboim-Saïd para la convivencia entre pueblos a través de la música. Fue entonces con un sensacional programa integrado por las tres últimas sinfonías de Mozart, y lo ha hecho ahora con Beethoven, el compositor más transitado por este consolidado proyecto que también ha dado buenas muestras de competencia con otros autores de diversos estilos y épocas. Este ha sido su único concierto en España, tras el que actuará en plazas como Salzburgo, Londres o Lucerna con todas las localidades agotadas y una enorme expectación. La celebración del quince aniversario de la fundación y vigésimo desde que se colocara la primera piedra de la orquesta, ha propiciado este nuevo encuentro con un Teatro de la Maestranza lleno a rebosar y un público absolutamente entregado. La Academia de Estudios Orquestales ha seguido realizando su valiosa labor fomentando la formación y la práctica de un alumnado mayoritariamente israelí, palestino y andaluz, que sirve de catapulta para renovar la plantilla de la orquesta, fija y asentada desde hace ya un buen puñado de años.
 
Michael Barenboin, un sensacional violinista
 
De la propia orquesta surgió el hijo de Barenboim, su concertino y hoy espléndido solista especializado en repertorio contemporáneo y heredero de una forma universal y tradicional de entender la interpretación de la gran música. Cabe pensar lo mucho que habrá sudado Michael Barenboim bajo la atenta y exigente mirada de su padre, y lo mucho que algunos y algunas de sus compañeras se habrán beneficiado de rebote de esa exigencia ejercida por uno de los más grandes intérpretes de música clásica de los últimos cincuenta años. Sólo así, y por supuesto con un talento y unas habilidades innatas, se explica un resultado tan estimulante como el experimentado en esa pieza fundamental, revolucionaria e irrepetible que es el Concierto para violín de Beethoven. Esta prodigiosa catedral musical exige lo mejor de cada intérprete para elevarse a la altura que merece, y el joven Barenboim, con la inestimable, respetuosa y equilibrada ayuda de su padre a la batuta, lo consiguieron.
 
Que su composición coincidiera con el compromiso de Beethoven con Theresa von Brunswick hace que tradicionalmente se interprete como un soplo de felicidad y poesía. El trabajo del gran intérprete es encontrar sin embargo nuevos matices y probar otros elementos expresivos que sin traicionar el espíritu de la partitura contribuyan a decir algo nuevo, como así logró Barenboim en esta obra, y sobre todo, la Sinfonía nº 7 que sonó en la segunda parte del concierto. El joven violinista sonó mate y algo rugoso en un primer movimiento en el que destacó su calidad melódica y su capacidad para alcanzar la gloria a la hora de ornamentar con gusto y delicadeza, especialmente en unas originales cadencias de corte contemporáneo de su propia cosecha. Su sonido evolucionó a más aterciopelado en un larghetto que tocó con enorme delectación y ensimismamiento, penetrando en su espiritualidad y contagiándonos con su prodigiosa concentración, hasta desembocar en un allegro final extrovertido y atlético pero no exento de lirismo, siempre con la complicidad de un Barenboim que sin sacrificar densidad orquestal, no se opuso en ningún momento ni eclipsó la labor del solista. Con la cuerda grave colocada en el centro y los violines enfrentados a ambos lados del escenario, consiguió un sonido más compacto y natural aunque confesemos sentirnos habitualmente fascinados por los efectistas resultados de una cuerda de registros extremos enfrentados. La calidad virtuosística de Michael Barenboim quedó aún más demostrada en una vertiginosa propina de Bach.
 
Una séptima de prodigioso calado emocional
 

Barenboim decidió impregnar la que se considera la obra más gozosa y optimista de Beethoven de su peculiar sentido dramático, especialmente sus dos primeros movimientos. No escatimó en el poco sostenuto inicial a la hora de invocar una amplia gama de registros y dinámicas, tornándose impetuoso en el vivace posterior y profundamente espiritual, casi religioso, en el popular allegretto, que abordó con una especial habilidad para transmitir matices y detalles que consiguieron el milagro de decir cosas nuevas de una página tan trillada. Todas las familias instrumentales brillaron con justicia, salvo los siempre complicados metales que acusaron algún desajuste puntual. Tras un juguetón y muy contrastado scherzo, el allegro final resultó un torbellino de sensaciones, lleno de vigor, grandeza sobrecogedora y una catárquica conclusión.
 
La Orquesta West-Eastern Divan en el Maestranza con Barenboim a la fuga
Por mucho que se le aplaudió y vitoreó, quizás una de las más grandes ovaciones jamás registradas en el Maestranza, no conseguimos arrancarle una propina, pero nos quedamos más que satisfechos con su visita, casi la única de tal relumbrón en una programación que sigue presentándonos huérfana de los grandes nombres que dan sentido a las de otros escenarios españoles y europeos con los que el nuestro quiere estérilmente competir. Del intenso trabajo de la Fundación y los estimulantes resultados de la WEDO se benefician muchos profesionales y alumnado de nuestra comunidad, por eso es fundamental respetarla y promoverla. Un emotivo video al comienzo del concierto dio buena fe de ello; algo de lo que se benefician también nuestras orquestas y nuestra juventud, a la que no cabe escatimar una educación a través de la música que ayude a ser mejores y más responsables personas.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía