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lunes, 25 de mayo de 2026

LA FSO DIBUJA Y CABALGA EN VALENCIA


Tenemos la sensación de que, a pesar del ya largo recorrido de esta orquesta valenciana y el rigor y la precisión con la que abordan sus atractivos programas, celebrados por la afición con llenos absolutos y giras que ninguna otra orquesta nacional se ha atrevido jamás a emprender, la crítica profesional, seria y comprometida, no le presta la atención que merece. Nosotros, ya sea porque nos iniciamos en este apasionante mundo de la música sinfónica a través de las grandes bandas sonoras del Hollywood clásico y ochentero, o porque hemos sido capaces de apreciar la notable evolución experimentada por Constantino Martínez-Orts y estos, en su mayoría, jóvenes músicos, siempre hemos seguido de cerca los conciertos que la formación ha celebrado en Sevilla. Este año, por motivos estrictamente personales, se nos ha escapado su habitual concierto en Fibes, celebrado el pasado 16 de este mes. Así que nos hemos ido a Valencia, donde el mismo programa, que ya se había tocado también allí, se repitió el pasado sábado día 23 de mayo.

De paso, tuvimos la oportunidad de disfrutar de otro programa que sólo se ha interpretado en Madrid, en cuyo Auditorio Nacional se estrenó el 10 de abril, y volverá a hacerlo en Gijón y Valladolid el próximo mes de junio. Son programas especiales que no van de gira ni se graban para su consumo doméstico, pero que reportan tanta satisfacción como el resto, como pudimos comprobar en esta doble función del pasado fin de semana.

La música, ingrediente fundamental del cine de animación

Toon Story, el programa con el que este año han recorrido toda la geografía ibérica, es un repaso por algunas de las bandas sonoras más icónicas del cine de animación, aunque Martínez-Orts siempre busca su repertorio en aquellas que, con alguna excepción, se estrenaron en las tres últimas décadas. Es la época que entronca con los que siendo de la misma generación, crecimos admirando a los grandes autores del Hollywood moderno, como Goldsmith, Horner, Elfman, Shore... y, por supuesto, John Williams.

Para mí, volver a escuchar música de cine en el Palau de la Música del antiguo cauce del Turia, uno de los mejores, más atractivos y variopintos parques de cuantos conozco, fue como volver a aquella juventud en la que hacía mis primeros pinitos escribiendo sobre música de cine en una revista especializada de idéntico y genérico título, Música de Cine, que se editaba precisamente en esa ciudad en la que ahora descansa también mi corazón. Fueron aquellos primeros noventa del pasado siglo, en los que la revista organizaba en colaboración con la Mostra unos congresos de música de cine cuya guinda la ponía el compositor invitado de turno, que junto a la Orquesta de Valencia nos deleitaba en ese templo de la música.


Con el rigor y la fidelidad a las partituras originales que les caracteriza, los y las integrantes de la Film Symphony Orchestra repasaron estos títulos icónicos del Disney recuperado tras La sirenita, aunque precisamente esta película no figurara en el menú. Junto a éstos, algunos otros de Dreamworks, Ghibli, Fox, Pixar y Aardman. Destaca el trabajo, siempre respetuoso y agradecido, con el que ensamblan temas para lograr acertadas suites que repasan todo el material dramático y musical de las películas en los atriles. Es el caso de Pesadilla antes de Navidad, cuya sensacional banda sonora de Danny Elfman fue recorrida de principio a fin sustituyendo con acierto algunos de los pasajes cantados por arreglos instrumentales, mientras otros, Qué es y El lamento de Jack, fueron eficientemente vocalizados por, si no nos equivocamos, Toni Dublet.

Esta misma estrategia se mantuvo con la música de John Powell para Cómo entrenar tu dragón, incluidos unos festivos acordes celtas perfectamente en estilo reproducidos por la entusiasta plantilla. De igual forma, la banda sonora de Harry Gregson-Williams y el propio Powell para Shrek, sin olvidar las excelentes suites generadas a partir de la música de Alan Menken para Aladdin y Pocahontas, con las habituales intervenciones de la sevillana Anaís Sancruz.

A diferencia de Fibes, en el Palau la orquesta no necesita amplificación, lo que nos permite disfrutar del sonido natural de los instrumentos, incluido el aterciopleado y perfectamente fraseado violín de la concertino Amanda Ochoa en el precioso Oogway Ascends de Hans Zimmer para Kung Fu Panda, y el no menos emotivo tema de Joe Hisaishi para La princesa Mononoke. Divertidísimo el tema de Chicken Run, de nuevo con Powell y Gregson-Williams a la composición, incluyendo ese punto gamberro que jalona la partitura. Disfrazado de Woody, el vaquero de Toy Story, Dublet entonó un delicioso Hay un amigo en mí de Randy Newman. De su primo David pudimos escuchar un medley de Ice Age, y de Stephen Flaherty la emocionante pero algo pomposa Dime dónde vas (Journey to the Past) de Anastasia, también con arreglos orquestales de David Newman.

Otras dos sensacionales suites con la música de Hans Zimmer para El rey león, y la de Menken para La bella y la bestia, tema principal cantado y bailado por Sancruz y Dublet, pusieron punto final al concierto, antes de la propina, Los Simpson de Elfman, con las voces del público colaborando en su arranque. Pero no podemos dejar de alabar la facilidad con la que esta orquesta de jóvenes se adapta a cualquier género, ya sea el swing de Los increíbles (Michael Giacchino) o el mickemousing cargado de aliento jazzístico y muy en estilo del Hollywood de los treinta y cuarenta, recreando los trabajos ilustrativos de Scott Bradley para los cortos de Tom y Jerry... puro delirio sazonado con escenificaciones cómicas de los atareados percusionistas.

Debemos destacar además la conveniencia de programas como éste, destinados a niños, niñas y familias. No hay mejor manera de crear nueva afición, y la verdad es que en general los y las más pequeñas se portan muy bien, sobre todo cuando perciben como nadie que lo que escuchan tiene calidad, ni aburre ni cansa.


Spaghetti y western clásico, sin distinción

Al día siguiente, domingo 24, los y las músicos se disfrazaron de personajes del salvaje oeste, cowboys, indios e indias, para ofrecernos un emocionante recorrido por algunas de las más icónicas bandas sonoras del género. Martínez-Orts, por su parte, abandonó la levita de Neo por la del juez Wyatt Earp. Y juntos nos regalaron una tarde de sensaciones, recuerdos, acción y disfrute a raudales. Un recorrido que arrancó con los títulos iniciales de La conquista del oeste, del patriarca de los Newman, Alfred. Continuó con el arreglo de concierto que hizo John Barry para Bailando con lobos, ensamblando el tema de John Dunbar y la llegada a Fort Sedgwick. El propio Wyatt Earp estuvo presente con una preciosa suite de la película de igual título de Lawrence Kasdan con música de James Newton Howard, incluido el irrepetible tema de la boda, y la suite con los títulos finales de Tombstone, con música de Bruce Broughton, también presente en Silverado, de nuevo con el tándem Kostner-Kasdan, y toda la espectacularidad que fue capaz de recrear la FSO.


No podía faltar Los siete magníficos, con una suite inédita que aprovecha el sensacional arranque de la película con la suite de concierto que el propio Elmer Bernstein creó para interpretarla junto a la Royal Philharmonic Pops Orchestra. Tampoco cabía excluir la excelente banda sonora de Dimitri Tiomkin para El Álamo, en forma de amplia suite encadenando la obertura, Degüello, una sensacional aportación del trompetista Rubén Zaragoza García, y el apoteósico final. Dos partituras que compitieron aquel mismo año de 1960 por un Oscar que finalmente se llevó Ernest Gold por Éxodo. Con Espartaco de Alex North también en la terna de las nominaciones, no cabe duda de que fue un año extraordinario para la música de cine.

Ennio Morricone, por supuesto, tuvo un amplio recuerdo, dejando claro a través de los temas de la trilogía del dólar cómo en Por un puñado de dólares el italiano se inspiró en Tiomkin para su solo de trompeta, que la versatilidad de los y las integrantes de la orquesta les permite incluso emular con éxito a las voces de I Cantori Moderni di Alessandroni, que el solista silbador hizo un excelente trabajo, y que Sancruz puede recrear con éxito la voz de la soprano Edda del'Orso en El éxtasis del oro de El bueno, el feo y el malo. También ella sacó a relucir sus aptitudes en el bellísimo tema de Jill de Hasta que llegó su hora. Con la amenazante partitura de Los odiosos ocho, se completó este obligado homenaje a las imprescindibles aportaciones de Morricone al género.


Toni Dublet fue también en esta ocasión el encargado de entonar las canciones programadas para la ocasión, Do Not Forsake Me Oh My Darlin' de Solo ante el peligro y la televisiva Rawhide, ambas de Tiomkin. Mientras el oeste más épico y grandioso quedó perfectamente reflejado en unas impecables versiones del tema principal de Horizontes de grandeza de Jerome Moross, y la obertura de concierto de Los cowboys de John Williams. Como propina, el nostálgico tema de Bonanza, de los creadores de éxitos Ray Evans y Jay Livingston, y el tradicional saludo final con Cantina Band, terminando así otra tarde inolvidable al son de la orquesta española más cinéfila. Entre las próximas citas, un especial Halloween con música de cine de terror, en Valencia, y Odisea, un repaso por algunos de los títulos más épicos de los últimos treinta años, en gira.

Fotos: Luis Pascual Alcaide

lunes, 27 de abril de 2026

SALOMÉ EN LES ARTS, DE PERVERSA A PERVERTIDA


Alejados de la Feria de Abril, haciendo vida conyugal en Valencia, nos hemos acercado en un par de ocasiones al Palau de la Música. La primera para disfrutar de la energía y la fuerza inusitada de Paavo Järvi al frente de la Orquesta de Cámara de la Filarmónica de Bremen, con un programa exquisito en el que pudimos comprobar cómo en manos tan expertas e informadas, la Tercera de Schubert y la Escocesa de Mendelssohn, rebosan frescura y agilidad, lo que también pudo extenderse al Concierto para piano y orquesta nº 19 de Mozart, que sirvió como bisagra entre ambas páginas sinfónicas. Aquí lució la técnica y la expresividad del joven pianista japonés Mao Fujita, todo jovialidad tanto en su destreza al instrumento como en su actitud ante el público, y sin que Järvi lo eclipsara en ningún pasaje. Por supuesto, la orquesta no sólo lució músculo sino también una técnica impecable, con destellos de grandeza en solistas destacados, como el timbalero o el clarinetista.


De la Sala Iturbi nos desplazamos dos días después a la Sala Rodrigo, donde pudimos apreciar la magnífica acústica alcanzada tras la rehabilitación forzosa a la que tuvo que someterse durante varios años y hasta hace muy poco. Fue con un recital de piano del joven valenciano Rubén Talón, que despachó Satie, las Gymnopédies 1 y 3 y los Gnossiennes con igual numeración, de forma algo caprichosa, deleitándose en unas dinámicas muy marcadas y acaso artificiosas. Mucho mejor atacó el Vallée d'Obermann de Liszt, si bien arrancó premioso y hasta aburrido, para después desembocar en sus acordes más enérgicos y desesperados, muy bien resueltos, con singular aplomo. Tras una Balada nº 2 de Chopin nada afectada y muy efectiva, lo mejor llegó de la mano de un Gaspard de la Nuit con gran sentido de la expresividad y evidentes dosis de elegancia. Hasta cuatro propinas regaló ante el entusiasmo de sus paisanos.


Con la Feria Andaluza a imagen de la sevillana, desplegada a sólo unos metros, nos acercamos al día siguiente a Les Arts para disfrutar del estreno de un título que en Sevilla no se hace desde 2005, y que siempre despierta nuestra curiosidad y atención, cuando no fascinación. Se trata de Salomé de Strauss, esta vez bajo dirección musical de quien fuera responsable del coliseo valenciano hasta hace poco, James Gaffigan, y con la dirección escénica del joven y demandado Damiano Micheletto, tras la tibia acogida de su primera película como director, Primavera, en torno a Vivaldi y una joven virtuosa del orfanato Pietá.

Pero la sensación debía ser la soprano lituana Vida Miknevičiūtė, hoy considerada como todo un referente en el personaje straussiano, tras haberlo interpretado en numerosas ocasiones. Claro que para calibrar su talento al respecto, hubiéramos preferido que no se hubiese alterado tanto la psicología del personaje, a quien Micheletto parece haber querido limpiar de todo aspecto misógino, pasando de ser un ser perverso y caprichoso al resultado de un abuso prolongado, tras sufrir el consabido trauma de perder a su padre víctima de sus intrigantes tío y madre. Y para que el público menos versado no se pierda entre tanta intriga familiar, el director italiano se encarga de dibujarnos un árbol genealógico al principio de la función, sobre el minimalista decorado en el que una estupenda iluminación proyecta inquietantes sombras.


Ciertamente, Miknevičiūtė exhibe muy buena voz en perfecto registro lírico dramático, generosa proyección y virtuosa articulación, mientras Nicholas Brownlee como Jochanaan le da buena réplica a pesar de un físico poco encajado. Aunque para eso, lucir físico, están los ángeles del infierno que circulan por el escenario gran parte de la función, sin mayor poder de elocuencia. Hacer cantar a los protagonistas desde el fondo de un profundo escenario ya sabemos que pasa factura, de modo que una gritona Michaela Schuster y un excitado (torturado y ridiculizado por la dirección escénica) John Daszak, sufrieron lo suyo para hacerse notar. A Lioba Braun apenas se lo oyó, pero en su caso el escenario tuvo poco que ver.


La pulcritud del escenario va desapareciendo paulatinamente conforme avanza la narración, sufriendo todo tipo de vejaciones, barro, pluma, sangre... siempre en un ambiente que parece recrear el recurrente período de entre guerras del siglo XX. Menos mal que a nadie se le ocurrió vestir a Herodes con uniforme fascista. La Orquesta de la Comunidad Valenciana respondió como siempre, de forma brillante y ejemplar, aunque la acústica de Les Arts no nos parezca la más adecuada para disfrutar de la estética straussiana en todo su esplendor. Eso sí, Gaffigan mostró poco interés por no sepultar las voces, firmando una dirección excesivamente enérgica, siempre al extremo de una expresividad tormentosa, menos lasciva y sensual de lo conveniente.

miércoles, 14 de febrero de 2018

FABIO BIONDI Y EUROPA GALANTE: DULCE Y PIADOSA CONTEMPLACIÓN

Damiana Mizzi, soprano. Marina de Liso, mezzosoprano. Europa Galante. Fabio Biondi, director. Programa: Sinfonía en sol mayor, de Latilla; Concierto III para dos violines, viola y bajo, de Durante; Fuga y grave en sol menor, de Hasse; Concerto grosso nº 4 en sol menor, de A. Scarlatti; Stabat Mater P.77, de Pergolesi. Sala Iturbi del Palau de la Música de Valencia, domingo 11 de febrero de 2018

Bajo el título genérico Napoletano, el prestigioso violinista y director Fabio Biondi, últimamente tan ligado profesionalmente a la ciudad del Turia, arropó en el Palau de la Música de la capital levantina, junto a su conjunto de cabecera, el no menos prestigioso Europa Galante, al Stabat Mater de Pergolesi con una serie de obras surgidas del entorno geográfico que vio nacer y crecer hasta su prematura muerte al autor de La serva padrona.

Damiana Mizzi
Así, en la primera parte tuvimos oportunidad de escuchar obras poco divulgadas de una serie de autores contemporáneos de Pergolesi, el primero de los cuales, Gaetano Latilla, confesamos ni siquiera conocer, sólo para constatar una inequívoca unidad estilística, lo que provocó cierta monotonía, potenciada por la dirección de Biondi, en cierto modo superficial y demasiado suave, lejos de esos ataques incisivos y a veces incluso agresivos con los que otros nos han acostumbrado a disfrutar de la música barroca. La suya fue una batuta, desde su posición de concertino, más bien amable, poco sofisticada, técnicamente intachable, sobre todo como violinista ejemplar, y tirando siempre por derroteros donde la ternura dominó en expresividad. Con idéntica estética abordó un Concierto para dos violines, viola y bajo de Francesco Durante, destacando el fluido diálogo entre Biondi y Andrea Rognoni, y de ambos con la viola de Ernesto Braucheri. No fue destacable sin embargo la intervención de la cuerda grave al bajo continuo, que podría haber aportado ese cuerpo y contundencia que echamos en falta en el conjunto, pero sí la del tiorbista Giangiacomo Pinardi y la de Paola Poncet al teclado, que aportaron ductilidad con sus amplios y delicados fraseos, todo ello aplicable también al Concierto grosso de Alessandro Scarlatti. Sólo la Fuga y grave de Johann Adolf Hasse incorporó algo de diversidad a esta primera parte dedicada a enmarcar la pieza estrella de la noche, con sus cambios de humor y registro perfectamente captados por la formación reducida del célebre conjunto italiano.

Marina de Liso
En el Stabat Mater reclamo de la velada primó su carácter piadoso, incluso en los pasajes más movidos, confirmando la estética adoptada por Biondi y los suyos en este particular concierto. La cuerda arropó de esta forma las espléndidas prestaciones de las voces convocadas, la operista italiana Damiana Mizzi, con una cálida y muy expresiva línea canora que supo moldear desde el ruego más piadoso al temperamento más exacerbado, dándole un carácter muy flexible a su intervención; y la más controlada y a veces incluso reprimida voz de Marina de Liso, maravillosa en Quae morebat, que en su tesitura de mezzo dominó perfectamente desde las notas más graves a las más expansivas, manteniendo un temperamento más homogéneo y lineal. Las armonías avanzadas y agridulces encontraron en las voces un vehículo perfecto para recrear sus muy expresivos cromatismos, invitando tanto a la lamentación por María como a compartir su dolor, en un prodigio de combinación de música profana y eclesiástica. Arias y duetos vivos, cantos etéreos y una pasión intensa que no encontró reflejo en todo momento en la cuerda, en la que echamos en falta cierta aspereza y desgarro según qué pasajes. El final, desde Inflammatus et accensus, fue paradigma perfecto de plegaria con un toque contemplativo.