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viernes, 1 de mayo de 2026

SINGULAR PROPUESTA COREOGRAFIADA DE LA ROSS

Sinfónico 12. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Antonio Ruz, dirección escénica, iluminación y coreografía. Xiaolu Zang, piano. Johanna Malangré, dirección. Programa: Pavana para orquesta, en Fa sostenido menor Op. 50, de Fauré; Ma mère l’Oye, ballet de Ravel; Variaciones sinfónicas para piano y orquesta, de Cesar Franck; Bolero, de Ravel. Teatro de la Maestranza, jueves 30 de abril de 2026


No recordamos, al margen de los ballets de enero con orquesta en el foso, otros conciertos de la ROSS que contaran con danza acompañándole en el escenario. Se trata de otra de esas felices experiencias que el nuevo equipo directivo de la orquesta ha diseñado para incentivar al público, captar nuevas audiencias y lograr elevar el espíritu del conjunto por encima de los vaivenes sufridos en las últimas temporadas. Claro que eso de captar nuevos públicos puede tener su precio, como el de volver a sufrir la agresión permanente de toses, móviles y caídas de objetos que tanto desconcentran y tanto daño hace a los artistas y a quienes aún esperamos que el comportamiento del oyente esté a la altura de lo mucho que queremos a esta ciudad.

Nos recordaba un incondicional de la cultura musical en Sevilla, en el intermedio de este décimo segundo programa de abono, aquello que decía Fernán Gómez sobre que al teatro hay que venir tosido. Una consigna que parte de nuestro público parece despreciar sistemáticamente. Y así ocurrió al menos en la primera y coreografiada parte de este concierto tan singular y atractivo, con el consiguiente perjuicio para su disfrute. Y eso que la experiencia invitaba a la relajación y el hipnotismo.

Foto: Marina Casanova

Los y las seis bailarinas deambularon entre el público mientras la joven directora alemana Johanna Malangré desgranaba ya su particular estilo, exquisito y elegante, en la celebérrima Pavana de Fauré. Una forma de introducirnos ya en ese mágico mundo de los cuentos infantiles evocados en esta primera parte de la cita. Valentina Martín Kadashnikova y Yeteng Zhou se revelaron inmediatamente después, sin solución de continuidad, como jovencísimos pianistas capaces de llevar a buen puerto la versión original para piano a cuatro manos de la pavana de la bella durmiente del bosque. Después, el baile, una experiencia que podría repetirse con otros títulos tan apreciados como, por ejemplo, El sombrero de tres picos de Falla o La consagración de la primavera de Stravinsky.

Una impecable combinación de iluminación y coreografía

Mi madre la oca, de Ravel, ha sido llevada a los atriles de la Sinfónica en numerosas ocasiones, pero pocas o ninguna en forma de ballet. Concebida como suite de cinco piezas para piano a cuatro manos, Ravel la orquestó apenas un año después de terminarla, para inmediatamente después ampliarla hasta convertirla en el ballet que pudimos degustar en esta ocasión en todo su esplendor.


Para eso se contó con el talento del coreógrafo cordobés Antonio Ruz, que ha creado para la ocasión, con la colaboración de Elia López, un delicado trabajo para seis jóvenes bailarines, sometidos a movimientos que combinan lo clásico con lo contemporáneo, mientras se someten a arriesgadas acrobacias y tan luminosas como evocadoras, siempre dentro de un nivel de calidad y exigencia encomiable.

Malangré logró integrar música y danza, haciendo acopio de respeto y delicadeza, con momentos tan mágicos como el vals de la bella y la bestia, ayudado por una excelente iluminación de efectos casi expresionistas. Pulgarcito fue otro de los pasajes en los que Ruz se dejó guiar por la narrativa del cuento, completado con las danzas chinescas de la princesa de las pagodas.

Para el resto, el coreógrafo se dejó guiar por el instinto y la libertad, mientras sus danzantes lograron episodios de inusitada belleza, como ese final realzado por el estremecedor crescendo de la orquesta, magníficamente recreado por la batuta y una orquesta que se creyó en todo momento lo que hacía, incluida una breve aportación coreográfica al conjunto.

Ritmo y color en la segunda parte


Aunque las Variaciones Sinfónicas para piano y orquesta de Cesar Franck sea su obra de concierto más programada junto a su Sinfonía, resulta mucho menos transitada que ésta. Su breve duración hace dudar sobre la necesidad de contar con un celebrado pianista para su interpretación, sin que se le demande otra página adicional. Es el caso del joven Xiaolu Zang, que ofreció una versión de la pieza vigorosa y decidida, gracias en parte al mimo con que Malangré dirigió la orquesta, siempre buscando el equilibrio perfecto con el pianista.

A pesar de su título, más que variaciones nos encontramos ante una evolución orgánica que fusiona progresivamente al solista y la orquesta, destacando un allegretto de enorme belleza que invita al pianista a involucrarse en una sucesión de cambios de registro y carácter que complican la interpretación hasta hacerla digerible sólo en manos tan expresivas, ágiles y desenvueltas como las de este excepcional pianista chino. Y así se disipa cualquier duda apuntada antes. Como propina y, de paso, anticipo de lo que vendría después, tocó el segundo de los Valses nobles y sentimentales de Ravel, de forma tan atenta como reflexiva.  

Y para terminar, una pieza que no sólo no cansa en su repetitiva gramática, sino en la cantidad de veces que se interpreta. El Bolero de Ravel contó también con la exquisitez y la elegancia ya expuesta por Malangré en las anteriores piezas. Esta vez nos llamó especialmente la atención la suavidad casi etérea con la que se mantuvo el ritmo al tambor, mientras flauta, oboe y clarinete fueron dando lo mejor de sí mismos, y las capas instrumentales que caracterizan esta monumental orquestación, fueron fluyendo con absoluta precisión y naturalidad, mientras la batuta se encargó de mantener con éxito un ritmo constante y un brillo excepcional.

Fotos: Juan Luis Morilla
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 27 de agosto de 2021

ARAUZO Y MARTOS EN BUSCA DE VINTEUIL

XXII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Pablo Martos, violín. Patricia Arauzo, piano. Programa: Sonata Ballade, de Ysaÿe; Selección de Le tombeau de Couperin y Tzigane, de Ravel; Louange à l’immortalité de Jésus, de Quartour pour la fin du temps de Messiaen; Sonata para violín y piano en La mayor, de Franck. Jueves 26 de agosto de 2021

Los amores de Swann se identifican en el inmortal ciclo de novelas de Marcel Proust con una frase extraída a colación de una sonata ficticia que el autor atribuye a un tal Vinteuil. Un detalle que tradicionalmente se asocia con la fascinación que en el autor provocó la Sonata en La mayor de Cesar Franck, si bien es cierto que en su invención debieron influir también otros compositores que dejaron huella en el escritor francés, Ravel e Ysaÿe entre ellos. Una pieza de Olivier Messiaen, medio siglo más moderna que el resto del programa, completó este particular viaje por el tiempo propuesto por el violinista granadino Pablo Martos y la catedrática del Conservatorio Superior de Sevilla Patricia Arauzo. Ambos son bien conocidos del público sevillano, tanto en ediciones anteriores de las Noches del Alcázar como en otros espacios emblemáticos de la ciudad.

Martos fue el encargado de arrancar este singular viaje, con la Sonata Balada de Ysayë, tercera de las seis que compuso entre 1923 y 1924 con la solemnidad de Bach y el virtuosismo de Paganini en la cabeza, pero atribuyéndoles un lenguaje entre vanguardista e impresionista que las convirtieron en icono de la producción para violín solo. Un viaje en el tiempo de ida y vuelta en el que el violinista echó mano de un sonido robusto acaso muy áspero pero bien controlado en su continuo cambio de registro y variedad cromática, manteniendo un ritmo incesante e imprimiendo una considerable pasión aunque sin derrochar las chispas que la página demanda. Patricia Arauzo logra encandilarnos con cada nueva intervención. Su interpretación de tres de los seis números que integran La tumba de Couperin no fue una excepción. Quiso dejar huella con una versión muy personal de las páginas pero sin pretenciosidad ni afectación, como ocurre tantas veces que se quiere decir algo nuevo. El suyo fue un Preludio con reminiscencias jazzísticas, ritmado y fuertemente arpegiado, mientras mantuvo en Forlane el pausado misterio que le caracteriza, y se mostró más dubitativa y enmarañada en la vertiginosa e incandescente Toccata final de este ciclo que Ravel dedicó a varios de sus compañeros desaparecidos en el campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial a modo de recuperación de ese tiempo perdido.

Un diálogo fluido y compenetrado

Ya juntos acometieron una página tan sombría y delicada como el Rezo a la inmortalidad de Jesús, último de los movimientos del Cuarteto para el final de los tiempos, que Olivier Messiaen concibió para violín y piano, prescindiendo aquí del clarinete y el violonchelo, en un campo nazi para prisioneros de guerra. Este arco iris teológico, como lo definía el autor, adquiere en este movimiento una austeridad y un control del ritmo extraordinario, acaso también una profundidad reflexiva que el tándem no acertó a plasmar del todo, aun tratándose de una interpretación muy meditada y concisa, en la que Martos se empleó a fondo para mantener sus largas y sostenidas frases, y Arauzo para marcar su obsesivo ritmo con las acentuaciones y dinámicas necesarias. Esta quietud tensa que exhibe un tiempo tan ficticio e inexorable como el resto de nuestra existencia, sirvió de introducción a la pieza clave de la noche, esa Sonata de Franck que inspiró a Proust y a su atormentado Swann. Hace no mucho la disfrutábamos de la mano de la propia Arauzo con Aldo Mata en la versión adaptada para violonchelo. Esta vez en su versión original, concebida como regalo de bodas precisamente para Ysaÿe, la pianista se mantuvo en un segundo plano, a pesar de que la página está concebida para que los dos instrumentos cohabiten en igualdad de condiciones. La arrebatada personalidad de Martos malogró esta particularidad, si bien su exhibición estuvo llena de fuerza e intensidad emocional. Ambos lograron que el allegro moderato inicial sonara apacible y melódico, dramático y palpitante el allegro aunque con ligeros roces en la cuerda, lírico y emotivo en el recitativo fantasía, y apasionado en el allegro final, manteniendo en todo caso un diálogo inquieto y tumultuoso.

Con una impecable y vertiginosa recreación de los aires zíngaros que presenta Tzigane, una pieza que Ravel dedicó a una amante suya como la Sonata de Vinteuil inspiraba el amor de Swann, acabó uno de los conciertos más dilatados que recordamos en estas Noches del Alcázar, lo que a los responsables del Alcázar debió poner de los nervios, siempre tan obsesionados precisamente con los tiempos, el cierre de puertas y ambigú un cuarto de hora antes de empezar el concierto, que este no dure más de una hora... de vez en cuando conviene relajarse.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía