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jueves, 16 de abril de 2026

ORLINSKI, IMPACTANTE Y ATREVIDO SEDUCTOR

Recital. Jakub Józef Orlinski, contratenor. Michał Biel, piano. Programa: Arias de Handel; Arias y canciones de Purcell; Canciones de Baird y Karlowicz. Teatro de la Maestranza, miércoles 15 abril de 2026


El de Jakub Józef Orlinski prometía ser un recital mucho más contenido, sobrio y melancólico del que celebró aquí mismo hace tres años, entonces ciñéndose al repertorio estrictamente barroco y con Il Giardino d’Amore como orquesta acompañante, pero su gracia y desenvoltura acabó por convencernos de lo contrario. La reciente edición del disco If Music… junto a su gran amigo Michał Biel, ha propiciado una nueva gira que le ha llevado por diversos países de Asia y que ahora ha arrancado en Europa, precisamente en Sevilla, otro acierto del actual equipo directivo del Maestranza. Aunque el teatro no se llenó, evidenció la enorme expectación suscitada por el joven y carismático contratenor, con público enfervorecido y presto a vitorearle el talento y agradecerle su enorme caudal de simpatía.

Esta vez Orlinski vino acompañado solo de su amigo pianista, con quien dio sus primeros pasos cuando se conocieron en la Academia Operowa, un programa para jóvenes artistas del Teatro Wielki, cerca de Varsovia. Cuando ambos estudiaban en el prestigioso Julliard School de Nueva York, Biel animó al contratenor a descubrir las canciones que autores polacos como Szymanowski, Czyk, Moniuszko, Karlowicz o Baird habían compuesto a lo largo de los siglos XIX y XX. El resultado fue una serie de conciertos que años después cristalizaron en el disco Farewells, el cuarto en solitario del contratenor, que ahora, aprovechando el segundo registro juntos, centrado en Händel y Purcell, vuelve a inspirar parte del repertorio.

Insólitos Händel y Purcell al piano

Y así, con esta rara pero eficaz combinación de ambos trabajos, volvimos a disfrutar del talento infinito de Jakub Józef Orlinski, que arrancó con Voi che udite de Agrippina, convenientemente precedido del recitativo Otton, qual portentoso fulmine, que al no contemplarse en el programa, despistó a la organización a la hora de proyectar los sobre títulos. Pudo apreciarse ya la furia latente del recitativo frente a la candidez melancólica del conmovedor aria, una constante que se mantuvo con el resto del repertorio handeliano, especialmente en Coronato il crin, de la misma ópera, que no aparece curiosamente en el disco de Orlinski y Biel.


El contratenor hizo también gala de un dominio técnico impecable y portentoso en Siam prossimi al porto, de Rinaldo, la ópera con la que pudimos escucharle por primera vez en directo en Sevilla, hace ocho años. Su voz homogénea y cautivadora, de timbre tan sedoso que no se permite ninguna estridencia y maneja a discreción, regulando volúmenes y logrando largos filados, se lució sobre manera en Furibondo spira el vento de Parténope, con el que terminó el programa antes de sumergirse en las generosas propinas, siempre con la complicidad del piano, que dio un cariz insólito a este singular repertorio.

La compenetración entre Orlinski y Biel fue total, logrando una perfecta simbiosis en el bloque dedicado a Purcell, con paradas estremecedoras en Sweeter than Roses o If Music Be the Food of Love, cuya breve pero intensa literatura nos conmovió y llegó al alma, sobre todo cuando realizó sorprendentes piruetas y un marcado progreso desde el pianissimo más delicado al forte más estremecedor en What Power Art Thou? de la semiópera King Arthur.

Embajadores perfectamente compenetrados

Pero fue especialmente en los dos bloques dedicados a la canción polaca donde esta compenetración brilló en todo su esplendor. De Tadeusz Baird, compositor que coqueteó con el serialismo imperante en los cincuenta del pasado siglo, pero tuvo que mantener la accesibilidad con el público que demandaba el régimen político de la época, Orlinski interpretó sus Cuatro sonetos de amor, según textos de Shakespeare, en consonancia con el repertorio purcelliano elegido.

La rara combinación de técnica y emoción que caracteriza estas piezas, encontraron en la voz de Orlinski y las manos de Biel el vehículo perfecto para sorprender, aunque con mayor efectividad en algunas piezas que en otras. Aquí el uso del piano resultó lógicamente menos atrevido y fuera de estilo que en esas arias handelianas que disfrutamos de un modo distinto y novedoso de como las habíamos disfrutado en otras ocasiones. Apreciamos el talento y la capacidad del contratenor para llevar estas piezas a tan buen puerto, a pesar de estar concebidas para barítono.


También para esa tesitura concibió Mieczyslaw Karlowicz, romántico tardío y maestro absoluto del poema sinfónico, sus más de veinte canciones conservadas hasta la fecha, de las que Orlinski entonó siete de diversa naturaleza, siempre con la emoción y el sentimiento como principal herramienta de seducción. Biel se reveló también aquí como perfecto apoyo y esencial colaborador, haciendo gala de una precisa digitación.

Era lógico que Ombra mai fu de Serse se reservara para las propinas, pues estar incluido en el disco y no en el programa resultaba chocante. Orlinski la cantó con una delicadeza extrema, granjeándose otra fulgurante ovación del público, que disfrutó también de las divertidas y desenfadadas locuciones del contratenor, en perfecta dicción castellana a pesar de su falta de dominio y conocimiento, y sobre todo en inglés.

El maravilloso Music for a While y el vigoroso Strike the Viol de Purcell, enriquecieron las propinas, el segundo propiciando el inevitable paso de break dance del joven contratenor, una de sus señas de identidad, y revelando otro talento oculto, cantar como un ventrílocuo. La tanda de propinas terminó con el tema principal de La princesa Mononoke, el descubrimiento de Joe Hisaishi que en sus propias palabras experimentó tras su reciente periplo por Japón.

Y quedó así puesta de manifiesto la inquietud del enorme artista por hacer cosas diferentes y atrevidas, otra manera de cautivar al público y atraer nueva afición, como se evidencia también en el disco #LetsBaRock, grabado junto a Aleksander Debicz, donde lleva el barroco al terreno estrictamente pop.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 14 de marzo de 2026

JUAN DIEGO FLÓREZ RETIENE Y ENCANDILA EN EL MAESTRANZA

Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Programa: Arias y romanzas de Mozart, Rossini, Boieldieu, Chapí, Vives, Serrano, Massenet, Gounod y Verdi; piezas para piano de Rossini, Lecuona y Liszt. Teatro de la Maestranza, viernes 13 de marzo de 2026


Tiene mérito mantener durante tanto tiempo, treinta años de carrera ininterrumpida, la voz tan fresca y la capacidad para provocar tanta admiración intacta. La expectación era máxima y los resultados más que satisfactorios en este regreso de Juan Diego Flórez al Teatro de la Maestranza, ocho años después de su última comparecencia ante el público sevillano. Lástima que tuviéramos que elegir entre él e Ian Bostridge, que a la misma hora también encandiló a su público en un Espacio Turina igualmente lleno. Una de las propuestas más atractivas del Festival de Música Antigua tuvo que ser sacrificada por tantos y tantas para rendirse al gran espectáculo que siempre promete y cumple el ya veterano tenor peruano.

Y tiene igualmente que ser emocionante salir al escenario y enfrentarse a un auditorio de mil ochocientas butacas abarrotado, y mantenernos a casi todos y todas – la adicción al móvil se hizo patente en la sala, con luces, algún que otro molesto sonido y una incontinencia absoluta por parte de algunos y algunas a la hora de wasapear – tan pendientes de su canto y su actitud, porque lo suyo es cuestión de voz y seducción.

Su propuesta tuvo tres partes diferenciadas, una primera seria y serena, que partió de uno de sus celebrados registros, el álbum que en 2017 dedicó a Mozart, en el que se incluyen las tres arias con las que inició anoche su recorrido. Una segunda, más festiva y desenfadada, iniciándose con otro de sus imponentes discos, el que dedicó a la Zarzuela en 2024 junto a jóvenes músicos de su proyecto educativo Sinfonía por el Perú, pues también él, como nosotros, confía en la educación musical como forma de combatir las grandes tragedias de este planeta. Y una tercera integrada por las numerosas y esperadas propinas, guitarra en mano y en modo popular e intimista.

Todas estas facetas del canto hermoso, bien timbrado y mejor fraseado, del imponente tenor ya con medio siglo a cuestas, emergieron en un nuevo encuentro con el público sevillano.

Mozart y sus inicios rossinianos

Siempre con la complicidad del pianista estadounidense Vincenzo Scalera, que viene acompañándole en estas gestas desde tiempos inmemoriales, lo que da idea del grado de compenetración entre ambos artistas, Flórez inició su recital con un aria de concierto mozartiano en el que evidenció no necesitar ni siquiera calentar la voz para ofrecer un canto flexible, sencillo en apariencia, natural y elegante. A Misero! O sogno… Aura che intorno siguieron dos arias de La clemenza di Tito, Del piú sublime soglio, cantado con emotividad y delectación, y el aria de bravura Se all’impero, amici Dei, con autoridad y refulgentes agudos.

Flórez recordó después sus primeros pasos en el bel canto con un bloque dedicado a Rossini, pero no con sus títulos más emblemáticos, sino la recuperación de una canción de la colección de ciento cincuenta piezas breves de salón que acuñó bajo el título de Péchés de vieilleisse (Pecados de vejez), Le Sylvain. Antes, Scalera interpretó de este mismo ciclo una sencilla bagatela. El canto fluido y sublime se hizo patente también en Quell’alme pupille, de La pietra del paragone (La piedra de toque), la primera ópera de encargo para un gran teatro que compuso un joven Rossini.

Del relativamente desconocido compositor francés del primer cuarto del siglo XIX, François-Adrien Boieldieu, cantó un aria de una de sus últimas óperas, La dama blanca, en idéntico estilo sosegado y elegante, si bien atisbamos que sacrificó meterse en la piel de cada personaje para provocar una sensación de homogeneidad en el canto y la actitud, llevándose el repertorio a su terreno, con lo que corrió el riesgo de resultar monótono e incluso un poco aburrido, si bien esto último no llegó a ocurrir, manteniendo la atención y la admiración incondicional del público con eso que se considera saber comunicar.


Romanzas, el toque nostálgico y la fiesta popular

De su trabajo zarzuelero del 2024 extrajo Flores purísimas, de El milagro de la virgen de Chapí, una romanza técnicamente compleja que salvó con buen gusto y refinamiento, logrando una naturalidad y una frescura absolutas, gracias al ejemplar uso de reguladores y una técnica impecable a la hora de frasear y modular la voz. Después llegaron las más populares Por el humo de sabe dónde está el fuego, de Doña Francisquita de Vives, un guiño a las grandes voces que tanto le inspiraron, y Te quiero morena de El trust de los tenorios de Serrano, siempre llevado por su particular estilo, con una hábil mezcla de género y encanto personal.

Hubo espacio también para la lírica gala, presente en su repertorio prácticamente desde sus inicios, y que materializó con dos piezas emblemáticas, Pourquoi me révellier de Werther de Massenet, con toda la emoción posible, y Salut! Demeure chaste et pure de Fausto de Gounod, así mismo resplandeciente, con un acompañamiento pianístico cómplice y comprometido. Por cierto, Scalera dio muestra de una excelente técnica y sensibilidad con una mazurka de Lecuona y una Consolación nº 3 de Liszt de considerable lirismo. Finalmente, La mia letizia infondere… Come poteva un angelo, aria y cabaleta de I Lombardi de Verdi, interrumpida por el aplauso entusiasta del público y cantada con bravura, temperamento, justa ornamentación y algún notable sobreagudo, puso broche final al programa oficial.

Pero se sabía que ahí no terminaba ni mucho menos todo, que una buena ristra de propinas acabarían por meterse al público definitivamente en el bolsillo. Y así fue, primero una sensible canción napolitana a flor de piel, después una sucesión de baladas de su tierra, algunas canciones en modo popurrí de Chabuca Granda, la gran dama de la canción peruana, incluida la emblemática Fina estampa. Siguió, siempre guitarra en mano, con la inevitable canción mexicana Cucurrucucú Paloma, seguida de un espléndido mariachi, y por supuesto uno de sus caballos de batalla, esa Furtiva lágrima de El elixir de amor que tanto nos evoca a los grandes, Caruso y Pavarotti. Evitó repetir esos nueve do de pecho de Ah, mes amis, de La hija del regimiento, que ya cantó en 2018 y que sí ha ofrecido como propina en sus recitales en Madrid y Zaragoza de esta gira que terminará el próximo jueves en el Liceu de Barcelona.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 5 de diciembre de 2025

LEONOR BONILLA RESPLANDECE JUNTO A LA ROSS

Sinfónico 6: Tutto Mozart. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Leonor Bonilla, soprano. Jan Willem de Vriend, dirección. Programa: Obertura de Lucio Silla, K.135; Popoli di Tessaglia! Io non chiedo, eterni Dei, K.136; Adagio y fuga en Do menor, K. 546; Vorrei spiegarvi, Oh Dio!, K. 418; Ah se in ciel, benigne stelle, K. 538; Sinfonía nº 41 en Do mayor, K. 551 “Júpiter”, de Wolfgang Amadeus Mozart. Teatro de la Maestranza, jueves 4 de diciembre de 2025


Otro lleno casi absoluto y un gesto más del Maestranza para cumplir su función de templo de la lírica, tras unas semanas apoteósicas en las que hemos podido disfrutar de La reina de las hadas de Les Arts Florissants, Orfeo y Eurídice con Cecilia Bartoli, Lucrezia Borgia de Donizetti, y el próximo domingo el esperado recital de Xabier Anduaga. Que el público esté respondiendo de esta manera tan entusiasta y entregada a tan rica y a la vez inabarcable oferta, quizás sea un síntoma de que el interés por la gran música vuelve a lucir en esta tierra con tantos festejos y celebraciones.

El sexto programa de abono de temporada de la Sinfónica se inscribe también en esa programación lírica del Maestranza, con la intervención estelar de la soprano sevillana Leonor Bonilla, consolidada ya como gran estrella internacional, cuyas generosas aptitudes quedaron fehacientemente demostradas en un programa tan exigente como el diseñado por Macías y el equipo responsable de la orquesta. La propuesta es un Todo Mozart, o quizás más bien un Sólo Mozart, pues gramaticalmente todo respondería más bien al inabarcable catálogo completo del compositor, mientras sólo se circunscribe a una selección del único autor en el programa.

De cualquier forma, una obertura operística, tres arias de concierto, una pieza de juventud y su última y grandísima sinfonía, dan buena muestra del arte y la estética inconfundiblemente mozartiana. A la batuta, el trabajo del holandés Jan Willem de Vriend se antojó robusto, entusiasta y muy atento a cada inflexión de la orquesta, así como respetuoso frente a las de la voz, una Leonor Bonilla quizás en su mejor momento, muy madura y capaz de enfrentarse a los retos más difíciles y salir triunfante.

Un talento que ha crecido ante nuestros ojos y oídos

Tenemos la suerte absoluta de haber sido testigos de la extraordinaria evolución de esta joven soprano sevillana, desde su triunfo en el Certamen Nuevas Voces de Sevilla hasta su jocosa participación en El califa de Bagdad de Manuel García hace apenas dos meses, pasando por aquella Lucia di Lammermoor en 2018 y los recitales y galas con las que nos ha acompañado en varias veladas felices. La de anoche, que se repite hoy, se suma a todas ellas con un concierto de enorme calidad y calado entre la afición, que no dudó en ovacionar hasta el infinito el talento de su voz y encanto.

Popoli di Tessaglia! es un aria concebida para incluirse en la ópera Alceste de Gluck, pero de tal complejidad que rara vez lo hace, de forma que se ha reservado para concierto y voces muy atrevidas, como la de Bonilla, que logró salir airosa de tan difícil misión. La pieza, una combinación de recitativos y arias de considerable duración, ofrece ocasiones de sobra para el lucimiento, pero también notas de muy difícil resolución que Bonilla afrontó de forma lúcida y brillante. A esa dificultad técnica superada hay que añadir la enorme belleza de su voz y el gusto exquisito con que la entona.

Con extrema delicadeza y un cuidado extraordinario en los acentos, entonó la muy melódica Vorrei spiegarvi, otra aria de concierto destinada a una ópera ajena, en la que la desesperanza por amor cobra un sentido especial a través de la belleza de la línea melódica, maravillosamente defendida por la rutilante y estupendamente ornamentada voz de la soprano, y siempre con la complicidad de la batuta. En Ah se in ciel, benigne stelle es su exigente coloratura lo que puede poner en jaque a la cantante, mientras se debate entre el amor y la muerte. Bonilla empleó todos los recursos posibles para conseguir una interpretación vertiginosa y exuberante de la pieza, siempre bajo la mirada atenta y el respeto absoluto que desplegaron el director y la orquesta, con especial mención a los bellísimos solos del clarinete acompañando la estremecedora melodía.


Una batuta informada y elegante

En el primer encuentro de Jan Willem de Vriend con la Sinfónica, sus ademanes enérgicos y entusiastas recibieron una óptima respuesta por parte de una orquesta que aunque reducida a la treintena de integrantes, sonó con una suntuosidad increíble. Así pudimos comprobarlo en la vivaz primera parte de la obertura de la ópera de juventud Lucio Silla, mientras en la segunda desplegó todo su encanto y armonía, para regresar al ímpetu y la voracidad en la tercera y conclusiva.

Más singular nos pareció el Adagio y fuga K. 546, un particular homenaje a la gramática bachiana que juega en bucle y recrea sonoridades en espiral que se van superponiendo, con especial énfasis en una cuerda grave que da mucho cuerpo a la partitura. La respuesta aquí de director y orquesta fue también impecable.

Por muchas veces que escuchemos la Júpiter de Mozart, nunca nos cansaremos de hacerlo. Los primeros acordes nos parecieron abruptos, secos y acelerados, temiendo que la interpretación históricamente informada, siguiendo la tercera vía de los instrumentos modernos, fuera a disgustarnos por sus marcados acentos y dinámicas muy contrastadas. Sin embargo, la sinfonía deambuló con fluidez y soltura, vibrato reducido, planos sonoros muy bien diseñados y matices en los que se vislumbró una especial elegancia para afrontar tan archiconocida pieza. En consecuencia, nos gustó este director holandés implicado en varias formaciones de prestigio europeas y asiáticas.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 20 de noviembre de 2025

EL CANTO EXQUISITO DE SORAYA MÉNCID

Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Soraya Méncid, soprano. Manuel Navarro, piano. Programa: Canciones de Fauré, Hahn, Viardot, Beach, Boulanger y Chaminade; Arias de Rossini, Bellini, Donizetti y Meyerbeer; Pavana para una infanta difunta, de Ravel. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, miércoles 19 de noviembre de 2025


Soraya Méncid volvió a encandilar anoche
, esta vez al público que llenó la sala Manuel García del Maestranza. Acudió de la mano de Juventudes Musicales de Sevilla, uno de los pilares que han cimentado una carrera que hace tiempo dejó de ser promesa para afrontar un futuro resplandeciente. Lástima que tratándose de un programa concebido con tanto gusto y dedicación, se echaran en falta los socorridos subtítulos que tradujeran los textos entonados por la soprano onubense, sobre todo tratándose de tantas sensibilidades de mujer como autores y autoras las diseñaron. En cierto modo, este primer concierto del ciclo Alternativas de cámara, parecía abrazar aquel Rasgando el silencio que nos ha acompañado las tres últimas temporadas del Maestranza en versión también de cámara.

Los nombres de Pauline Viardot, Amy Beach, Nadia Boulanger y Cécile Chaminade nos recordaron tanto a aquellas veladas organizadas por Carmen Martínez-Pierret, que hubiera sido interesante seguir a una tan desenvuelta como expresiva Méncid en cada matiz de sus palabras. Incluso las piezas operísticas seleccionadas hicieron hincapié en esa especial sensibilidad femenina, ya fuera como mujer trágicamente enamorada o mujer independiente sobrada de personalidad. La cantante trabajó el programa tan intensamente como para cantarlo entero de memoria, una pieza tras otra con el único descanso que le permitió una interpretación esmerada y discretamente sensible, con un punto de sequedad, de la Pavana para una infanta difunta de Ravel, por parte del pianista sevillano Manuel Navarro, que goza de alta cotización internacional como maestro repetidor.


No hay límites posibles para el canto impecable y siempre en estilo de Soraya Méncid, tanto que su voz lírico-ligera a buen seguro irá madurando y alcanzando tesituras de mayor rango. De momento, goza de un timbre precioso y una capacidad ilimitada para modular a discreción, lograr apianar en transiciones de un gusto exquisito, frasear con una elegancia extrema y mantener un control absoluto sobre la respiración y los reguladores. Extraordinaria también en movimiento escénico, a buen seguro heredado de sus experiencias con la Compañía Sevillana de Zarzuela y el Liceo de Moguer en el género del musical. Exquisita fue su manera de entonar la chanson Apres un rêve de Fauré, con tanto sentimiento y emoción, como poderosa y vehemente resultó en Die Sterne de Viardot, y sencillamente apabullante en The Year’s at the Spring de Beach.

Después del intermedio pianístico, Méncid abordó cuatro páginas bien diferentes de  ópera, concretamente del bel canto. De la gracia y el desparpajo empleados en Non si da follia maggiore de Il turco in Italia de Rossini, al temperamento contenido de Robert, toi que j’aime de Meyerbeer, pasando por el despliegue de potencia y dominio de la coloratura en la divertida cavatina de Norina de Don Pasquale de Donizetti. Especialmente nos conmovió la sensible emoción desplegada en Oh! quante volte de I Capuleti e i Montecchi, toda una lección de contención dramática, sincera emoción y claridad de emisión. Navarro se adaptó en todo momento con elegancia, precisión y mucho respeto a cada inflexión y gesto de la extraordinaria y exquisita soprano.

Fotos: Guillermo Mendo

jueves, 2 de octubre de 2025

UN "COMBATE" DE MEDIO FONDO

Festival de Ópera de Sevilla. Fausto Nardi, dirección musical. Joan Antonio Rechi, dirección de escena. Juan Ruesga, escenografía. Alberto Rodríguez, iluminación. Orquesta Barroca de Sevilla. Rocío Martínez, soprano. Anna Alàs i Jové, mezzosoprano. Víctor Sordo, tenor. Francisco Fernández Rueda, tenor. Programa: Madrigales de Claudio Monteverdi. Producción del Festival Castell de Peralada. Patio de Carlos III de la Real Fábrica de Artillería, miércoles 1 de octubre de 2025


Este espectáculo concebido por Joan Antonio Rechi para el Festival de Peralada fue uno de tantos que se quedaron en el tintero cuando en 2020, a consecuencia del coronavirus, el Maestranza echó el cierre. Pudo verse entonces on line, por tiempo limitado, y ahora lo recupera este primer Festival de Ópera de Sevilla con resultados discutibles, al menos en lo teatral.

La idea de ambientar Il Combattimento di Tancredi e Clorinda, un episodio del Canto XII de Jerusalén Liberada, poema épico de Torcuato Tasso, en un ring de Pressing Catch, no deja de tener su sentido. Lo raro es que a nadie se le ocurriera antes, al fin y al cabo de lucha y combate si no fingida sí, al menos, malograda por los sentimientos amorosos, va el asunto. Lo equivocado, a nuestro juicio, es añadir madrigales a la propuesta y mantener esa misma puesta en escena que poco o nada aporta al sentido literal de cada uno de ellos, y sólo enturbia el disfrute integral de una música irrepetible y sin igual.

Todo esto sin olvidar el enorme esfuerzo al que se somete a los y las cuatro cantantes. La propuesta es dinámica pero insensata, con intérpretes cantando mientras vuelcan su esfuerzo en cambios ultrarrápidos de bata reversible, cargan con diversos utensilios o se tiran al suelo, mermando sus capacidades vocales, a pesar de lo cual podemos decir que salieron airosos del empeño.


Una estimable interpretación musical

También al público se le somete a un considerable esfuerzo, tal es la incomodidad de los asientos y la estrechez generalizada, agravado con unas pantallas para los subtítulos situadas a ras de suelo, impidiendo que más de la mitad del aforo pudiera seguirlos. Una sucesión de despropósitos que no merece esta sublime música.

Monteverdi publicó entre 1587 y 1651 nueve libros de madrigales, buscando el equilibrio perfecto entre texto y música. Junto a sus Scherzi musicali de 1632 constituyen lo mejor de su catálogo. Il Combattimento lo compuso en Venecia cuando era maestro de capilla en San Marcos. Lo estrenó en 1624 y lo publicó en 1638 como parte del Libro de Madrigales guerreros y amorosos número 8. Es una de las piezas de las programadas en este desigual evento que fueron concebidas para representarse, y un pretexto perfecto para confrontar los dos estilos que Monteverdi quería poner en liza, el más delicado y amoroso frente al más agitado, de batalla.

Con la Barroca siempre dando lo mejor de sí, esta vez bajo las órdenes precisas y bien formadas del especialista Fausto Nardi, Tempro la cetra, del Libro VII, sirvió como introducción del Combattimento. Y tras este prodigio de arquitectura musical, fueron desgranándose el resto de madrigales y scherzi pretendiendo que fluyeran como consecuencia natural unos de otros, aunque la estrategia no llega a funcionar en todo su esplendor.

A partir de ahí se sucedieron dúos formidables de Sordo y Fernández Rueda, por ejemplo en Zefiro torna, así como de Martínez y Alàs i Jové, que en formación de cuarteto en piezas como Damigella tutta bella, lograron salvar con óptimos resultados una puesta en escena fatigosa y fulgurante. Cada uno y una resistieron el combate con un canto refinado y acertadamente ornamentado, con especial hincapié en la voz potente, de timbre profundo pero aterciopelado, de la mezzo catalana, capaz también de explotar su vena cómica, y que en el Lamento d’Arianna estuvo soberbia.


Menos convincente resultó Rocío Martínez, que defendió sottovoce un Si dolce é il tormento algo melifluo, y exhibió en el resto una voz desigual, a veces espléndida, otras ronca y estridente. De sus compañeros de reparto destacamos la solvencia, sobriedad y coherencia de Víctor Sordo, de sonido homogéneo y, dentro de su tesitura, profundo y autoritario. Más romántico, Fernández Rueda logró también una actuación acertada, prestando su voz sedosa y discretamente ornamentada al papel de Tancredi, y resolviendo con igual soltura el resto de cometidos.

Como siempre, fue evidente el disfrute de los y las integrantes de la selección de la Barroca convocada al efecto, mientras del público pudimos extraer la consecuencia más o menos generalizada de que la propuesta de Joan Antón Rechi había resultado en general insatisfactoria.

Fotos: Alejandro Verdugo (Archivo fotográfico del Festival de Ópera de Sevilla)
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 31 de marzo de 2025

LOS PATÉTICOS CASTRATI DE MANUEL RUIZ

XLII Festival de Música Antigua de Sevilla. Manuel Ruiz, contratenor. Íliber Ensemble. Darío Tamayo, clave y dirección. Antonio Ruz, dirección de escena. Pablo Árbol, vestuario. Olga García, iluminación. Ara García, maquillaje y peluquería. Programa: Il primo uomo (Sarabanda de la Sonata para violín en Fa mayor Op. 5, de Corelli; Sinfonía y “Cara sposa” de Rinaldo, “Son contanta di moriré” y “Degg’io dunque, Oh Dio, lasciati”, de Radamisto, Concerto grosso en Sol mayor Op. 6 nº 1, “Empio, diró, tu sei”,de Giulio Cesare in Egitto, Largo del Concerto grosso en Fa mayor Op. 3 nº 4, y “Lascia la spina” de Il trionfo del Tempo e del Disenganno, de Haendel; Sinfonia y “Adam prole tu chiedi” de Cain overo il primo omicidio, y “Dorme, o fulmine di guerra” de La Giuditta, de A.Scarlatti; “Vedró il mio diletto” de Giustino, de Vivaldi; Passacaglia en re menor, de Kapsberger). Teatro Alameda, domingo 30 de marzo de 2025


El espectáculo presentado en el Teatro Alameda ayer domingo, venía a cumplir la cuota alternativa que habitualmente ofrece cada edición del Femás. En este caso, una propuesta escénica cercana a la ópera pero con un contenido y una intención más próxima al recital ilustrado. Apeado en el último momento del proyecto, que se prometía experimental peo no nos pareció tanto, el popular contratenor Carlos Mena, que en su estreno en Córdoba se encargó de la dirección musical, le sustituyó en estos menesteres Darío Tamayo, el director titular del conjunto granadino Íliber Ensemble.

En los últimos años hemos apreciado la querencia del contratenor vasco, padrino ausente de la función, por los espectáculos atrevidos y diferentes, como demostró en aquella Soledad del héroe que protagonizó en el Maestranza hace tres años. Con algo parecido ha decidido apoyar al joven cordobés, que sobre el escenario va alternando canto con gestos escénicos, frecuentemente patéticos, que van del continuo cambio de vestuario sobre las mismas tablas a discretos movimientos coreográficos diseñados por el también cordobés Antonio Ruz, responsable de la dirección escénica de este comedidamente ambicioso proyecto.


Tras una breve introducción instrumental, con Gevorg Vardanyan exhibiendo aspereza y un sonido canijo y estridente al violín, que impidió que disfrutásemos con la sarabanda de Corelli que precedió a una Sinfonía de Rinaldo de Haendel en la que pudimos percibir las costuras del joven grupo granadino. Un continuo acorde a las circunstancias, con el poderoso sonido al violonchelo de Héctor Hervás, el buen hacer al compás del veterano Aníbal Soriano a la cuerda rasgada, y el clave cálido y acentuado del propio Tamayo.

Drag castrato

Surgió entonces, ataviado con una suntuosa túnica roja, el color predominante sobre el escenario, el contratenor entonando la conocida aria Cara, sposa de la misma ópera, pero tras unos breves acordes al natural, saltó la amplificación, y fuimos entonces conscientes de que por muy bien entonado, fluido y homogéneo que resultara su canto, no podríamos calibrar su capacidad para proyectar la voz, su potencia. Es lógico pensar que esto fuera así por la particular acústica de un espacio con techos tan altos, pero esa razón debería  haber servido también para la orquesta, que en ningún momento estuvo amplificada, y desde luego no tuvo que eclipsar al cantante bajo ninguna circunstancia.

La habilidad de Ruiz para moverse por el escenario vistiendo ropajes a menudo incómodos, alternar el canto con los cambios de vestuario y los movimientos escénicos, se vio recompensada generosamente mientras por su voz fueron pasando algunos conocidos pasajes de óperas y oratorios de Haendel, Vivaldi y Alesssandro Scarlatti, con estaciones desatacadas en un dulce y emotivo Vedró col mio diletto de Giustino, un refulgente Empio, dirò, tu sei de Giulio Cesare, y ese final obligado con Lascia la spina del oratorio El triunfo del tiempo y el desengaño, antes de convertirse en la famosa aria Lascia ch’io pianga de Rinaldo.

Y entre tanta exhibición de agilidad y canto, se coló una deliciosa Passacaglia de Girolamo Kapsberger, defendida por Soriano a la tiorba con la delicadeza y  responsabilidad que le caracteriza. Quedó por lo tanto pendiente calibrar la potencia y proyección del joven cordobés, quizás en otra ocasión. De timbre y gesto anda bien dotado, aunque quizás falte un punto de mayor expresividad, que también podrá ir limando. Pero en general, promete.

Fotos: Lolo Vasco
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 23 de marzo de 2025

ISMAEL JORDI Y FERNÁNDEZ AGUIRRE FUNDIDOS EN UNA EMOCIÓN INFINITA

Recital lírico. Ismael Jordi, tenor; Rubén Fernández Aguirre, piano. Programa: ¡Sevilla! Canciones e instrumentales de Manuel García, Isidoro Hernández, Joaquín Turina, Wolfgang Amadeus Mozart, Gaetano Donizetti, Jacinto Guerrero, Agustín Lara, Henri Collet, Francis López y Manuel Alejandro. Teatro de la Maestranza, sábado 22 de marzo de 2025

Foto: Guillermo Mendo

Cuando las cosas se hacen con cariño, responsabilidad y mucho esfuerzo, lo que resulta se puede acercar tanto a la excelencia como lo hizo la actuación conjunta de Ismael Jordi y el pianista Rubén Fernández Aguirre en este repaso por la música compuesta por sevillanos y la que otros han dedicado a la ciudad, que coincidió con los veinticinco años que el tenor ha cumplido en la profesión.

Tan querido es Jordi en Sevilla que resulta inexplicable que el Maestranza no experimentara un lleno absoluto. De hecho, había demasiados huecos en el aforo, que ni la coincidencia con el Femás ni el precio de la entrada, tampoco el programa diseñado justificaban. Otra reacción insólita del cada vez más imprevisible público sevillano, aunque hay que reconocer que hace un buen puñado de años esto no ocurría, y menos con esta frecuencia.

Ambos artistas compartieron con desparpajo y sin complejos su entusiasmo con el programa propuesto, una sucesión de hermosas canciones recuperadas en su mayor parte por el inquieto pianista, que hace tan sólo un par de semanas nos ofrecía en la sala pequeña del mismo espacio su recuperación de la ópera I tre gobbi de Manuel García.

Compositores paisanos

Y precisamente con este compositor empezó la aventura, con la tonadilla Caramba, que Jordi y Fernández Aguirre desgranaron con ímpetu y colorido. A ella siguió la hermosa Parad, avecillas, que ya sonó en aquella I tre gobbi como intermedio, a la que el tenor prestó su particular estilo y buen oficio hasta transmitir pura emoción. Este primer bloque terminó con la muy melancólica Floris, según texto de Juan Meléndez Valdés.

Foto: Guillermo Mendo

Ya atisbamos entonces la facilidad del jerezano para adaptarse a cualquier estilo, aligerando el suyo propio con absoluta naturalidad, sin por ello prescindir del imponente color operístico cuando cabe encajarlo. Fue lo que más destacó en las tres canciones que ofreció de Isidoro Hernández, compositor y director de orquesta contemporáneo y amigo de Bécquer, olvidado pero digno de recuperación a juzgar por las preciosas canciones que con tanta sensibilidad y buen gusto desgranó Ismael Jordi. Derrochó sensualidad en La guajirita del Yumurí, entonó en italiano la Barcarola y ofreció con un fraseo impecable y una articulación clara Su visión, según una rima de Bécquer.

Para culminar esta primera parte, no podía faltar Joaquín Turina, de quien cantó dos breves piezas (Anhelos y Farruca), la Saeta en forma de salve a la Virgen de la Esperanza, donde brillaron unos filados exquisitos y un ligero deje aflamencado en las antípodas del tipismo folclórico, y los Cantares del Poema en forma de canciones, en la misma delicada línea. También de Turina fue la Danza vasca, un zorcico que el pianista tocó magistralmente en solitario, evidenciando la modernidad y el cosmopolitismo del compositor sevillano.

La ciudad mimada, también en lo musical

No podía faltar en este homenaje alguna representación de las más de ciento cincuenta óperas que se han inspirado o ambientado en Sevilla. Il mio tesoro, de Don Giovanni, encontró en el instrumento del tenor el vehículo perfecto para encandilar, con una flexibilidad para entonar y articular sólo al alcance de los más dotados. Usar la media voz, apianar, y encarar un sobreagudo, todo con éxito, puede hacerlo de seguido sin interrupción y con una fluidez extraordinaria.

La favorita de Donizetti fue el otro título operístico seleccionado para la ocasión. De ella entonó La maîtresse du Roi?... Ange si pur, evidenciando la influencia de su eterno mentor Alfredo Kraus, apenas unas semanas después de intervenir en el sentido homenaje que rindió la 2 de TVE al idolatrado tenor canario en el espacio Imprescindibles. El toque zarzuelero llegó de la mano de Raquel, una hermosa y conocida romanza de El huésped del sevillano de Jacinto Guerrro, dicha también en perfecto estilo y con la consigna conquistada de transmitir y emocionar al público.

Foto: Luis Pascual

Una apasionada Sevilla de Agustín Lara dio paso a la segunda pieza en solitario de Fernández Aguirre, una morisca del francés enamorado de Andalucía Henri Collet plagada de arabescos y color popular. Después tres pintorescas canciones de Francis López, francés de origen vasco que triunfó de la mano de Luis Mariano, para quien compuso varias operetas. Jordi recordó así sus primeros triunfos internacionales, cuando estrenó en París la opereta El cantor de México.

De López ofreció dos canciones de la opereta Andalousie, Andalucía mía y Chant du sereno, antes de una jubilosa La fiesta bohémienne, y de terminar oficialmente el recital con Sevilla, una popular canción de Manuel Alejandro para Rocío Jurado que brilló en la voz rotunda, potente y plagada de buen gusto de Jordi.

En las propinas, Adiós Granada de la zarzuela Emigrantes, de Calleja y Barrera, otro velado homenaje a Kraus, Se nos rompió el amor, la popular canción de Manuel Alejandro que revive en él una emoción implacable, y Una furtiva lagrima, otro de los pilares fundamentales del tenor en su afortunada carrera. El público que no dejó pasar esta irrepetible oportunidad, absolutamente entusiasmado y emocionado hasta esa misma furtiva lágrima que muchos no pudimos evitar que aflorase.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 15 de febrero de 2025

ANNA NETREBKO, UNA MATRIOSHKA CON MUCHAS CAPAS

Recital lírico. Anna Netrebko, soprano; Elena Maximova, mezzosoprano (artista invitada). Pavel Nebolsin, piano. Programa: Lieder de Chaikovski, Rachmáninov, Rimski-Kórsakov y Strauss; Arias y dúos de I pagliacci (Leoncavallo), Lakmé (Delibes), Adriana Lecouvreur (Cilea), Snegurochka, la doncella de la nieve (Rimsky-Kórsakov), Francesca de Riminí (Rachmaninov), Ariadna en Naxos (Strauss), I Capuleti e i Montecchi (Bellini), y Guerra y paz (Prokofiev); Étincelles, de Moszkowski; Fantasía-Impromptu Op. 66, de Chopin. Teatro de la Maestranza, viernes 14 de febrero de 2025


“Yo soy apolítica, mi trabajo consiste en gustar a todo el mundo” decía la recientemente Goya de Honor Aitana Sánchez-Gijón en la película de Almodóvar Madres paralelas. Una consigna que, como seres humanos que son, a veces olvidan los artistas, cuyas opiniones, por activa o por pasiva, les pasa factura. Sin llegar al linchamiento extremo al que se ha sometido a la actriz Karla Sofía Gascón, cuyos comentarios pueden ser tan execrables como nauseabunda es la anulación absoluta a la que ha sido sometida, no obstante su loable trabajo en la pantalla, Anna Netrebko sufrió el veto y la cancelación de muchas de sus actuaciones en teatros de todo el mundo hace apenas unos años por su presunta vinculación y apoyo a las políticas imperialistas de Putin.

Es curioso cómo cuando quien vierte este tipo de consignas pertenece a otro gremio, especialmente los políticos, a menudo ven revalorizada su carrera, caso por ejemplo del infame presidente de Estados Unidos, que gana elecciones a pesar de no decir más que disparates, sandeces y barbaridades.

Vertidas las subsiguientes disculpas, quizás con miras a un efecto reparador de su carrera, volvió el momento de disfrutar de su inmenso talento, uno de esos que nos devuelve la felicidad incluso en los días más aciagos. Y llegó también el de dejar prejuicios fuera y admirar a la figura artística que es, disfrutando de cada momento lleno de magia, poesía y virtuosismo que nos brindó en una velada que sin duda quedará para el recuerdo.

Una noche de amor

Netrebko dividió su actuación en dos partes, como hacen tantos otros artistas de la lírica, una dedicada fundamentalmente al lied y la otra más operística, en la que lució un espectacular atuendo seguramente guiño a nuestra tierra. Pero además su propuesta fue a más, invitándonos a un hipotético paseo por la naturaleza, a través de bosques y ríos, y la arquitectura, en palacios y desde la ventana. Al margen de estas licencias poéticas, brilló la voz poderosa y rutilante de una diva en constante evolución, exigente con su trabajo y responsable con su cometido de auténtica entertainer.


Hace tiempo que su voz ha ido evolucionando, lo que la ha llevado a plantearse encarar papeles de más peso dramático, exigentes con la voz, que debe mantener un tono más grave y una musculatura más gruesa, especialmente en títulos verdianos, repertorio apenas transitado hasta ahora, y que desde que hace unos años grabara un disco dedicado al maestro italiano, se ha convertido en reto de cara a futuros proyectos. Pero no hubo Verdi, ni siquiera su muy querido y celebrado Puccini, en este delicado programa, pero sí evidencia de esa transformación de su voz.

Y así arrancó, con fuerza y poderío en Dime, ¿qué hay bajo las sombras de los árboles? de Chaikovski, donde a pesar de un molesto vibrato fruto seguramente de la necesidad de calentar la voz, emergió esa fuerza de la naturaleza que hace que su voz no pierda relieve ni proyección aunque cante de espaldas o moviéndose de un lado a otro del escenario. Nuestro primer estremecimiento llegó de la mano de Rachmaninov con Qué bello es este lugar, donde la diva conjugó una extrema delicadeza con su portentosa habilidad para alcanzar cotas poéticas de enorme calado, con filados interminables y pianissimi llenos de dulzura y compasión.

Entre una y otra estética, fue desgranando un programa generoso en partituras de su país, llamémosle patria, extraídos de los celebrados álbumes de selección que ha grabado en los últimos años, como In the Still of Night, donde le acompaña al piano Daniel Barenboim, o el Álbum ruso que grabó junto a Valery Gergiev, una de esas amistades peligrosas que han contribuido a su público escarnio.

La ninfa, de Rimsky-Korsakov, fue otro de los ejemplos en los que emergió la más absoluta dulzura y la expresividad más conmovedora de una voz que transita por distintos registros, a veces incluso tesituras, sin la más mínima dificultad, con comodidad y una naturalidad al alcance de muy pocas.

Ya en la segunda parte, con algún avance en la primera en forma de I pagliacci, fueron las arias de ópera las que dominaron. Pura sensualidad no exenta de autoridad en Io son l’umile ancella, de Andrea Lecouvreur, apabullante energía en Francesca de Rímini y Ariadne auf Naxos, y conmovedora actitud en Oh! Quante volte de I Capuleti e i Montecchi. Así hasta llegar al lied Sueño de una noche de verano de Rimsky-Korsakov con el que cerró el programa de forma encantadora, plena de delicadeza y emotiva contención.

Muy bien acompañada

Una estrella de su calibre no se puede permitir malas compañías. Necesita a su alrededor artistas con talento, que no lleguen a eclipsarla pero tampoco a arruinar su función. Fue el caso de la mezzo también rusa Elena Maximova, que a algunos nos hizo recordar aquellos irrepetibles momentos en que Netrebko y Elina Garança iban de la mano en recitales por todo el mundo, seguramente cumpliendo exigencias contractuales. ¡Cuánto lamentamos que no hayan coincidido finalmente en la actual temporada del Maestranza!

Nebolsin, Netrebko y Maximova. Foto: Luis Pascual

Con Maximova entonó el famoso Dúo de las flores de Lakmé, interrumpido por el público gracias a la labor de la siempre atrevida ignorancia. Con sólo prestar atención al gesto de los y las artistas, se sabe cuándo ha terminado o no una pieza, aunque no se conozca. Juntas resolvieron la pieza con rotundidad perfectamente combinada con elegancia y dulzura. Una perfecta sintonía que también emergió en la más desconocida El arroyo serpentea por la arena, de Guerra y paz de Prokofiev.

Por otro lado, Pavel Nebolsin evidenció ser más que un competente acompañante al piano, dando relieve y sustancia a las interpretaciones de una muy comediante Netrebko, que no dudó en echarse unos pasos de baile, como tantas veces la hemos visto en sus actuaciones grabadas. Nebolsin brilló también en solitario, con la centelleante página de Moszkowski, y muy especialmente con una excelente recreación, tan virtuosa como emotiva, de la Fantasía-Impromptu op. 66 de Chopin.

Fotos (excepto la indicada): Guillermo Mendo
Artículo publciado en El Correo de Andalucía

martes, 14 de enero de 2025

UN RECITAL LÍRICO PARA CERRAR LA RUTA TURINA

Ruta Turina. Aurora Galán, soprano; Javier Molina, piano. Programa: Joaquín Turina lírico: Cinco rimas de Bécquer, Plazoleta de Sevilla en la noche del Jueves Santo, Couplet de Margot y El triunfo de Afrodita, de Margot; Romanza de Dianuela, de Pregón de flores; Cántico del genio de la fuente, de Jardín de Oriente; Saeta en forma de Salve a la Virgen de la Esperanza; Cantares, de Poema en forma de canciones. Teatro Cajasol, lunes 13 de enero de 2025


Un día antes de cumplirse setenta y seis años desde el fallecimiento de Joaquín Turina, y por lo tanto al límite de la celebración del setenta y cinco aniversario de dicha efemérides, el ciclo más transversal de cuantos recordamos en Sevilla cerró con una cita oficialista y protocolaria, como debe ser. Unas palabras introductorias e ilustrativas del historiador y crítico musical Andrés Moreno Mengíbar como representante de una de las instituciones organizadoras del evento, la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, precedieron la actuación de la soprano sevillana Aurora Galán y el pianista jienense Javier Molina.

Galán participa habitualmente en los espectáculos líricos de la Compañía Sevillana de Zarzuela, otro de los entes organizadores de esta velada, que se completa con la Fundación Cajasol, en cuyo teatro tuvo lugar el acontecimiento. También hemos podido disfrutar de su canto en conciertos de la Sinfónica Conjunta y montajes de música contemporánea de la mano de Zahir Ensemble. Se trata por lo tanto de una voz muy polifacética que en esta ocasión se enfrentaba a un repertorio más cerca de la lírica típicamente española que del meramente experimental.

Con éste han sido tres los programas íntegramente dedicados al compositor sevillano durante los meses que ha durado esta original y oportuna Ruta Turina coordinada por Rafael Ruibérriz, el que concitó a diversos agentes culturales de la ciudad en torno a su música religiosa en el Templo del Salvador, el que el Cuarteto Isbilya dedicó a su reivindicable música de cámara, y el que anoche se centró en la creación lírica del autor de Danzas fantásticas.

Dos óperas, otra incompleta, un ciclo de canciones, una saeta y un poema que ya se pudieron escuchar en paradas anteriores de esta ruta, conformaron un ecléctico programa abordado sin embargo desde una estética bastante homogénea. Galán lució voz rotunda y poderosa, muy bien proyectada y capaz tanto de refulgentes agudos como de profundos graves siempre audibles.

Sin embargo acusó un estilo demasiado temperamental, lo que provocó cierta falta de sintonía con una gramática instrumental traducida en un piano delicado de tintes impresionistas y acordes llenos de sensibilidad, algo a lo que Molina se prestó con bastante acierto, no obstante el exceso de ambición que evidencian piezas como Plazoleta de Sevilla en la noche del Jueves Santo, más conocida como Marcha de Margot, y El triunfo de Afrodita, de la misma obra.


Una lástima fue también que las palabras se perdieran en una vocalización no suficientemente depurada, lo que impidió disfrutar más del talento de Bécquer -  Cinco rimas, la primera, Olas gigantes, atrevida en su intencionada modernidad, la tercera, Tu pupila es azul, de colores y tonos claramente impresionistas y delicados. Tampoco lucieron las letras de María Lejárraga, que firmaba bajo el nombre de su esposo Gregorio Martínez Sierra por razones fundamentalmente machistas, autora de los libretos de Margot y Jardín de Oriente, ni de los Hermanos Álvarez Quintero, responsables de la ópera inacabada Pregón de flores.

Donde más brilló la gracia y el talento de la soprano fue en el Couplet de Margot, repetido como bis, mientras se mantuvo recia y dolorosa en la Saeta en forma de Salve a la Virgen de la Esperanza, y muy en estilo en Cantares, de Poema en forma de canciones, siempre con el acompañamiento mayormente refinado de Molina.

La intención es que este recuerdo a la figura y el genio del compositor sevillano se perpetúe en el tiempo y la Ruta Turina se convierta en cita anual. Cabe mencionar que Turina siempre ha contado con el respeto y la admiración, en continua renovación, del público aficionado sevillano. El primer concierto de los fenecidos Encuentros de Música de Cine que se grabó fue una integral suya dirigida por Antón García Abril, mientras para recordar el cincuenta aniversario de su muerte, Margot se interpretó completa en versión de concierto en Sevilla y Córdoba. Tanto este título como Jardín de Oriente fueron recuperados por José Luis Turina, nieto del homenajeado y principal valedor de su patrimonio.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía