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domingo, 23 de marzo de 2025

ISMAEL JORDI Y FERNÁNDEZ AGUIRRE FUNDIDOS EN UNA EMOCIÓN INFINITA

Recital lírico. Ismael Jordi, tenor; Rubén Fernández Aguirre, piano. Programa: ¡Sevilla! Canciones e instrumentales de Manuel García, Isidoro Hernández, Joaquín Turina, Wolfgang Amadeus Mozart, Gaetano Donizetti, Jacinto Guerrero, Agustín Lara, Henri Collet, Francis López y Manuel Alejandro. Teatro de la Maestranza, sábado 22 de marzo de 2025

Foto: Guillermo Mendo

Cuando las cosas se hacen con cariño, responsabilidad y mucho esfuerzo, lo que resulta se puede acercar tanto a la excelencia como lo hizo la actuación conjunta de Ismael Jordi y el pianista Rubén Fernández Aguirre en este repaso por la música compuesta por sevillanos y la que otros han dedicado a la ciudad, que coincidió con los veinticinco años que el tenor ha cumplido en la profesión.

Tan querido es Jordi en Sevilla que resulta inexplicable que el Maestranza no experimentara un lleno absoluto. De hecho, había demasiados huecos en el aforo, que ni la coincidencia con el Femás ni el precio de la entrada, tampoco el programa diseñado justificaban. Otra reacción insólita del cada vez más imprevisible público sevillano, aunque hay que reconocer que hace un buen puñado de años esto no ocurría, y menos con esta frecuencia.

Ambos artistas compartieron con desparpajo y sin complejos su entusiasmo con el programa propuesto, una sucesión de hermosas canciones recuperadas en su mayor parte por el inquieto pianista, que hace tan sólo un par de semanas nos ofrecía en la sala pequeña del mismo espacio su recuperación de la ópera I tre gobbi de Manuel García.

Compositores paisanos

Y precisamente con este compositor empezó la aventura, con la tonadilla Caramba, que Jordi y Fernández Aguirre desgranaron con ímpetu y colorido. A ella siguió la hermosa Parad, avecillas, que ya sonó en aquella I tre gobbi como intermedio, a la que el tenor prestó su particular estilo y buen oficio hasta transmitir pura emoción. Este primer bloque terminó con la muy melancólica Floris, según texto de Juan Meléndez Valdés.

Foto: Guillermo Mendo

Ya atisbamos entonces la facilidad del jerezano para adaptarse a cualquier estilo, aligerando el suyo propio con absoluta naturalidad, sin por ello prescindir del imponente color operístico cuando cabe encajarlo. Fue lo que más destacó en las tres canciones que ofreció de Isidoro Hernández, compositor y director de orquesta contemporáneo y amigo de Bécquer, olvidado pero digno de recuperación a juzgar por las preciosas canciones que con tanta sensibilidad y buen gusto desgranó Ismael Jordi. Derrochó sensualidad en La guajirita del Yumurí, entonó en italiano la Barcarola y ofreció con un fraseo impecable y una articulación clara Su visión, según una rima de Bécquer.

Para culminar esta primera parte, no podía faltar Joaquín Turina, de quien cantó dos breves piezas (Anhelos y Farruca), la Saeta en forma de salve a la Virgen de la Esperanza, donde brillaron unos filados exquisitos y un ligero deje aflamencado en las antípodas del tipismo folclórico, y los Cantares del Poema en forma de canciones, en la misma delicada línea. También de Turina fue la Danza vasca, un zorcico que el pianista tocó magistralmente en solitario, evidenciando la modernidad y el cosmopolitismo del compositor sevillano.

La ciudad mimada, también en lo musical

No podía faltar en este homenaje alguna representación de las más de ciento cincuenta óperas que se han inspirado o ambientado en Sevilla. Il mio tesoro, de Don Giovanni, encontró en el instrumento del tenor el vehículo perfecto para encandilar, con una flexibilidad para entonar y articular sólo al alcance de los más dotados. Usar la media voz, apianar, y encarar un sobreagudo, todo con éxito, puede hacerlo de seguido sin interrupción y con una fluidez extraordinaria.

La favorita de Donizetti fue el otro título operístico seleccionado para la ocasión. De ella entonó La maîtresse du Roi?... Ange si pur, evidenciando la influencia de su eterno mentor Alfredo Kraus, apenas unas semanas después de intervenir en el sentido homenaje que rindió la 2 de TVE al idolatrado tenor canario en el espacio Imprescindibles. El toque zarzuelero llegó de la mano de Raquel, una hermosa y conocida romanza de El huésped del sevillano de Jacinto Guerrro, dicha también en perfecto estilo y con la consigna conquistada de transmitir y emocionar al público.

Foto: Luis Pascual

Una apasionada Sevilla de Agustín Lara dio paso a la segunda pieza en solitario de Fernández Aguirre, una morisca del francés enamorado de Andalucía Henri Collet plagada de arabescos y color popular. Después tres pintorescas canciones de Francis López, francés de origen vasco que triunfó de la mano de Luis Mariano, para quien compuso varias operetas. Jordi recordó así sus primeros triunfos internacionales, cuando estrenó en París la opereta El cantor de México.

De López ofreció dos canciones de la opereta Andalousie, Andalucía mía y Chant du sereno, antes de una jubilosa La fiesta bohémienne, y de terminar oficialmente el recital con Sevilla, una popular canción de Manuel Alejandro para Rocío Jurado que brilló en la voz rotunda, potente y plagada de buen gusto de Jordi.

En las propinas, Adiós Granada de la zarzuela Emigrantes, de Calleja y Barrera, otro velado homenaje a Kraus, Se nos rompió el amor, la popular canción de Manuel Alejandro que revive en él una emoción implacable, y Una furtiva lagrima, otro de los pilares fundamentales del tenor en su afortunada carrera. El público que no dejó pasar esta irrepetible oportunidad, absolutamente entusiasmado y emocionado hasta esa misma furtiva lágrima que muchos no pudimos evitar que aflorase.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 5 de marzo de 2025

GARCÍA INVENTÓ EL POLIAMOR

Música y texto de Manuel García¸ según la “Fábula de los tres jorobados” de Carlo Goldoni. Rubén Fernández Aguirre, dirección musical. José Luis Arellano, dirección escénica. Pablo Menor Palomo, escenografía. Ikerne Giménez, vestuario. David Picazo, iluminación. Con Patricia Calvache, Aitor Garitano, Ángela Lindo, Enrique Monteoliva, Rita Morais y Álvaro Copado. Producción de la Fundación Juan March y el Teatro de la Zarzuela. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 4 de marzo de 2025


Hace tiempo que cada apuesta del Teatro de la Zarzuela por Manuel García recala en el Maestranza sevillano. Justo así debe ser, tratándose de un compositor (y tenor) nacido aquí, en el barrio del Arenal. Polifacético como ninguno e inquieto como nadie, García vivió una existencia intrépida y aventurera, plagada de retos que sabía perfectamente sortear a fuerza de mucho trabajo y empeño, lo que le llevó a pasearse por los más reputados escenarios líricos de su época en calidad de prestigioso tenor, y exhibir su talento como compositor en óperas y canciones populares de considerable calado en su época.

Este carácter inquieto e inventivo encaja perfectamente con el contenido de la ópera que ayer y hoy se puede disfrutar en la sala que lleva su nombre del coliseo hispalense. Dos siglos y medio cumple este año y ya se atrevió a coquetear con un concepto hoy tan divulgado y supuestamente transgresor como el poliamor. Es cierto que para eso se basó, como tantas otras veces, en un texto de Carlo Goldoni, pero el tratamiento que dio al asunto, ligero y desprejuiciado, así como el toque que han sabido imprimirle los responsables del redescubrimiento de esta ópera en cuestión, lo convierten en romántico exponente de este concepto que hoy consideramos tan moderno.

El igualmente inquieto y emprendedor pianista Rubén Fernández Aguirre, pronto de nuevo en el Maestranza acompañando a Ismael Jordi, es el responsable de la recuperación de esta comedia lírica, I tre gobbi o Los tres jorobados, como ya lo fuera antes con otros títulos de García también representados en Sevilla, como Un avvertimento ai gelosi o Le cinesi, como ésta óperas de cámara o de salón concebidas para los y las estudiantes del autor en la Academia que fundó en París en la última etapa de su azarosa vida.


Otros títulos suyos recuperados en su ciudad natal han sido Don Quijote, La muerte de Tasso o La isla deshabitada. Con Fernández Aguirre encargándose de la dirección musical y en cierto modo de la edición de la partitura, su puesta en escena corre a cargo del prestigioso director artístico José Luis Arellano, contando para ello con un ingenioso y práctico escenario de corte vanguardista, en el que sin embargo se mueven los y las intérpretes convenientemente ataviados con suntuosos y preciosos trajes de la época de Goldoni, segunda mitad del siglo XVIII, lo que da relieve a las costumbres amatorias previas a la revolución, el carácter cortesano de su protagonista y la ridiculización de la clase pudiente en forma de tres ricos y petulantes pretendientes.

Voces frescas y jóvenes

Calvache y Garitano
Para incorporar esta galería de personajes, se ha echado mano de voces jóvenes y prometedoras, con resultados bastante inspiradores. La soprano gaditana Patricia Calvache, a quien conocimos en el Certamen Nuevas Voces de Sevilla de 2019, pone gracia a su Madame Vezzosa, traducida Encantadora, con voz seductora y bien proyectada, aunque su mejor momento lo vivió en la transición entre actos, con una interpretación llena de ternura y buen gusto de la canción Parad, avecillas, con un delicadísimo acompañamiento al piano de tintes adelantados al impresionismo.

De los tres pretendientes, el que más nos convenció fue el tenor vasco Aitor Garitano como conde Bellavita, de hermoso timbre y generosa proyección, así como una fluida línea de canto. Mención especial merece también el trabajo de la mezzo valenciana Ángela Lindo como barón Macacco, sobre todo por su divertida tartamudez que lleva a García a experimentar con el aria bufa al más puro estilo mozartiano. También el bajo barítono almeriense Enrique Monteoliva como marqués Parpagnacco, logró una interpretación a tono, si bien evidenciando una voz menos equilibrada y con algún problema puntual en las transiciones y cambios de registro. En su breve intervención, la soprano portuguesa Rita Morais manifestó una voz cálida y estilizada cuando al final entona el aria previo al canto jubiloso de todo el elenco celebrando los gozos del amor en compañía.


García juega aquí a experimentar con todos los recursos de la voz, incluidas agilidades, acentos y fraseos de corte belcantista, como buen ejercicio académico que representa la partitura, pasando de arias a dúos, tercetos y quintetos con gran facilidad y conocimiento de los medios. Sin embargo, y a pesar del carácter dinámico que supo imprimirle la compañía, incluido el criado incorporado por el actor y bailarín Álvaro Copado, esta sucesión de números sueltos encadenados con recitativos, evidenció cierta reiteración dramática, provocando que su hora y veinte minutos llegaran a pesar más de lo que se espera de un entretenimiento ligero como éste. Y es que quizás abunde más la técnica y el ingenio que la inspiración melódica y la inquietud dramática en esta especie de sainete lírico, en el que al final la protagonista decide disfrutar del amor de sus tres pretendientes con el consentimiento de ellos, ese poliamor apuntado.

Fotos: Guillermo Mendo
Crítica publicada en Ópera Actual


jueves, 16 de diciembre de 2021

LISETTE OROPESA, COMO UN TORRENTE

Recital lírico. Lisette Oropesa, soprano. Rubén Fernández Aguirre, dirección. Programa: Romanzas y canciones de Barbieri, Falla, Nin, Ankermann, Sorozábal, Lecuona, Rodrigo, Penella y Roig; Verano porteño, de Piazzolla; Suite sobre temas de Marina de Arrieta, de Carlos Imaz. Teatro de la Maestranza, miércoles 15 de diciembre de 2021


El Teatro de la Maestranza se apuntó anoche otro de sus numerosos tantos invitando a Lisette Oropesa a cantar el mismo programa que había hecho dos días antes en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Quizás la estupenda sintonía y colaboración que existe entre estos dos teatros propició la cita, que quedará siempre en nuestro recuerdo como un acontecimiento extraordinario de belleza vocal, expresividad y entusiasmo melódico. Su voz antes ligera ahora ya con un toque lírico considerable, se ha curtido en los mejores escenarios del mundo con especial facilidad para la coloratura y afrontando papeles de enorme envergadura y dificultad. Pero aquí vino defendiendo un programa todo en español, a fuerza de canciones y romanzas de zarzuela de uno y otro lado del Atlántico, llevando sus orígenes cubanos y su pasión española al límite en un recital sin precedentes. Eso nos impidió disfrutar del estilo y repertorio que le ha encumbrado como una de las grandes voces del momento, pero a la vez sirvió para potenciar la música hispana y ofrecerla en las mejores condiciones posibles, haciéndole toda la justicia que merece y descubriéndonos a menudo matices insospechados, y eso que son ya muchas las voces nacionales e internacionales que se rinden al encanto de la zarzuela y la canción española.

Rubén Fernández Aguirre, de cuyo preciso y delicado pianismo hemos podido disfrutar tantas veces acompañando algunas de las voces más rutilantes que nos han visitado, exhibió una especial sintonía y complicidad con la soprano que se tradujo en una entrega total y apasionada. Ella por su parte arrancó in forte con un Como nací en la calle de la Paloma de El barberillo de Lavapiés de Francisco Asenjo Barbieri pujante y decibélico en el que pudimos ya apreciar la fuerza de su instrumento, su fluidez y su natural proyección. Todo eso que hace parecer que se canta sin esfuerzo, confiado todo a la naturaleza, al don que ésta le ha proporcionado, maquillando todo el inmenso trabajo que sin duda hay detrás de tanto prodigio. Peor además atisbamos también su delicado fraseo y una sobresaliente dicción que hace que no nos dejemos atrás ningún verso, que se entienda todo a la perfección, algo que no todas las voces ni mucho menos son capaces de lograr. Con eso acaparó nuestra completa atención, sin paliativos ni motivos para la distracción. Y así se deslizó por las Siete canciones populares españolas de Falla, con especial mención del desgarrador pero comedido lamento de la Asturiana, la exquisita morbidez sentimental de la Nana y la prodigiosa gitanería de El Polo, como si estuviera familiarizada con el género de toda la vida.

Derroche de arte y talento

De los Veinte cantos populares de su paisano Joaquín Nin entonó dos, Montañesa y Tonada del Conde Sol, prodigios de delicadeza y armonía que la soprano estadounidense marcó con su proverbial finura y una habilidad para las inflexiones, los cambios de intervalo y el color verdaderamente asombrosa. De la misma manera afrontó la bellísima habanera Flor de Yumurí del también cubano tardorromántico Jorge Ankermann, antes de entregarse a las florituras y las agilidades vocales de En un país de fábula, de La tabernera del puerto de Sorozábal, y una propina inesperada en homenaje a la recientemente fallecida soprano cubana aunque nacida en Barcelona María Remolá, en forma de Escucha al ruiseñor de Ernesto Lecuona.

También con Lecuona inició la segunda parte, luciendo vestido en colores azules del mar y el cielo de su tierra según ella mismo indicó, después de los estampados rojizos que vistió con igual elegancia y belleza en la primera parte. Del maestro cubano cantó la romanza Mulata infeliz de la zarzuela María la O, dejando claro que el género español por excelencia también triunfó en Sudamérica y propició allí muy dignos ejemplos. Quizás fue con los Cuatro Madrigales Amatorios de Joaquín Rodrigo con los que pudo mostrar mejor su facilidad para cambar de registro y mostrar toda su rica y emotiva expresividad. Del dramático Vos me matasteis a la alegre y muy en estilo De los álamos vengo, pasando por un ¿De dónde venís, amore? de generosa emotividad, todo fue un dechado de virtud canora y rutilante expresividad, con esa proyección sobrenatural que posee su voz convenientemente potenciada con la excelente acústica del coliseo sevillano. El desparpajo y la vena cómica se hicieron hueco en su corazón y el nuestro en sus versiones de ¡Bendita cruz! de Don Gil de Alcalá de Penella, y la emblemática ¡Yo soy Cecilia Valdés!, entrada en el escenario incluida, de la célebre zarzuela del también cubano Gonzalo Roig. Después llegaron las generosas propinas, ahondando en ese torrente de voz que le caracteriza y que tanto nos encandiló, con Carceleras de Las hijas de Zebedeo de Chapí, la hermosa habanera de Eduardo Sánchez de Fuentes, y el vals de El húsar de la guardia de Vives y Giménez, elegido quizás porque la protagonista también se llama Lisette, con el que desplegó sus últimos sobreagudos. Curiosamente en enero se enfundará en el papel de Julieta en Capuletos y Montescos en La Scala, ópera con la que otra voz prodigiosa, la de Leonor Bonilla, triunfó hace apenas unos días en este maravilloso Maestranza.

No podemos pasar por alto el extraordinario trabajo desplegado por el muy estimado Rubén Fernández Aguirre, de quien además de la extrema complicidad demostrada con la cantante hemos de destacar su sutileza en el acompañamiento del que es un incontestable maestro, y las dos piezas que interpretó en solitario, dos generosos homenajes a compositores de uno y otro lado del océano, Piazzolla, de quien se cumplen cien años y del que extrajo un Verano porteño rico en ritmo y armonía, y Emilio Arrieta, que cumple el doble y de cuya ópera Marina Aguirre interpretó una suite hábilmente engarzada por el bilbaíno Carlos Imaz.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 21 de febrero de 2021

LE CINESI, UN TÍTULO PARA DESCUBRIR MÚSICA Y VOCES

Ópera de Manuel García con libreto de Pietro Metastasio. Rubén Fernández Aguirre, dirección musical y piano. Bárbara Lluch, dirección escénica. Carmen Castañón, escenografía. Gabriela Salaverri, vestuario. Urs Schoenebau, iluminación. Con Catalina Paz, Teresa Villena, Helena Resurreiçâo, Julen Jiménez, Belén Quirós y Alicia Naranjo. Producción del Teatro de la Zarzuela y la Fundación Juan March con la colaboración de Ópera Studio de Sevilla. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 21 de febrero de 2021

De izquierda a derecha: Paz, Villena y Resurreiçao
Decíamos hace cuatro años a propósito del estreno de
Un avvertimento ai gelosi en esta misma sala que lleva el nombre del compositor, que el admirado pianista Rubén Fernández Aguirre andaba preparando un nuevo proyecto centrado en Manuel García, la recuperación de Le cinesi, la última ópera que compuso, apenas un año antes de su muerte, y que utilizó con fines puramente didácticos para práctica y experimentación de su alumnado. Recuperándonos aún del inmejorable sabor de boca que nos dejó su participación en el recital de Mariola Cantarero e Ismael Jordi de la pasada semana, podríamos afirmar que el bilbaíno Fernández Aguirre se ha convertido de entre los intérpretes musicales de este país en el abanderado más fiel y comprometido de la música del tenor, compositor y teórico sevillano, y hallazgos tan agradables como éste vendrían a confirmar que su esfuerzo vale la pena.

No entendemos sin embargo por qué tratándose de un montaje tan cuidado en lo escénico y lo musical, no se contó con subtítulos que hiciesen aun más agradable el seguimiento de la sencilla pero ocurrente trama que plantea. Basándose en un libreto que Pietro Metastasio escribió para Antonio Caldara y que fue aprovechado también por Christoph Willibald Gluck para su ópera también corta de igual título y que es la más popular dentro de unos límites de las tres, García aprovecha su desarrollo cómico y hasta bufonesco para comparar la falta de libertad de la mujer oriental frente al más relativo disfrute de la occidental, aún en su época. Un mensaje que sirve todavía hoy para potenciar esa igualdad que sigue sin ser del todo efectiva entre hombres y mujeres, y que a su directora de escena sirve para marcar ese sexo fluido hoy tan sanamente de moda, que acaba por darle un aire más contemporáneo a la ya de por sí fresca propuesta.

Julen Jiménez a la derecha
De poco nos sirve sin embargo que justifiquen la falta de subtítulos, aunque el italiano de las voces convocadas fuera suficientemente claro y entendible – aun recuerdo cómo una buena amiga de Génova, ciudad en la que residí varios años en la década de los noventa, insistía cuando íbamos al Carlo Felice que las óperas en italiano eran las que menos entendían porque prescindían de los subtítulos – alegando cuestiones de estética e infraestructura de la sala, a la que por cierto no habíamos tenido oportunidad de asistir desde antes de confinarnos. Una pequeña pantalla LED se puede ubicar en cualquier lugar y no reviste complicación técnica alguna, como tampoco lo hace encargar una sencilla traducción del libreto. Leer previamente el libreto en casa no sustituye el placer de seguir la acción en escena con todos sus chistes y ocurrencias, para eso asistimos al teatro y no nos conformamos con la mera lectura de los clásicos.

Una propuesta con encanto y talento musical

No podemos sino aplaudir su elegante y delicada escenografía, el preciosista vestuario ambientado en los años veinte del pasado siglo, su acertada dirección escénica, dinámica y jovial, y el excelente trabajo del pianista, siempre tan atento a cada matiz y detalle y a dar la pauta perfecta a las jóvenes voces convocadas al efecto gracias al proyecto de descubrimiento de Ópera Studio de Sevilla, del propio Teatro de la Maestranza. En ellas recayó el principal atractivo de una ópera en la que pudimos disfrutar con al menos un par de arias y dos números de conjunto al principio y al final, ciertamente hermosos y brillantes. Entre las sopranos destacó Catalina Paz por su exquisita modulación y capacidad para lucir agilidades, además de poseer una voz perfectamente colocada en todos sus registros y con una proyección más que sobrada. También Teresa Villena alcanzó una interpretación notable y efectiva, pero fue la voz de la mezzosoprano Helena Resurreiçâo la que por su profundo timbre, cuerpo y volumen nos provocó un mayor entusiasmo aunque su papel en la función sea algo menos lucido.

Naranjo y Quirós, las dos visiones
El tenor Julen Jiménez resultó sin embargo menos satisfactorio, no por timbre ni volumen, pero su articulación fue considerablemente más rígida y su fraseo bastante impreciso e inseguro. Otras dos voces femeninas se añadieron al conjunto para aumentar su escasa duración, dando vida a dos visiones que surgen nada más el viajero cuenta a las tres pobres chinas enclaustradas las bondades de la vida de la mujer en Europa. Para la ocasión se tuvo el acierto de incluir tres canciones de Pauline Viardot, afamada hija de García de la que este año se cumple el bicentenario de su nacimiento. Belén Quirós cantó con dulzura aunque un poco de afectación Evocación en ruso, la mezzo Alicia Naranjo atacó con seguridad y personalidad Madrid en francés, y juntas clavaron a dúo la Habanera, potenciando ese marcado carácter fantasioso sexual que quiso imprimirle la directora Bárbara Lluch, quien en una breve introducción hizo un inquietante símil entre el argumento de esta ópera de cámara y el confinamiento al que fuimos obligados el pasado año, y del que tanto nos salvó la cultura, como el cine hizo con Mia Farrow en La rosa púrpura de El Cairo y el jazz y el blues con las víctimas de la Gran Depresión en Pennies from Heaven. Y todavía hay quien sigue empeñado en castigarla.

Fotografías: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 14 de febrero de 2021

UNA MAÑANA DE GRAN EMOCIÓN CON CANTARERO Y JORDI

Recital lírico. Mariola Cantarero, soprano. Ismael Jordi, tenor. Rubén Fernández Aguirre, piano. Programa: Arias, dúos y romanzas de Donizetti, Massenet, Vives, Fernández Caballero, Sorozábal y Penella. Teatro de la Maestranza, sábado 13 de febrero de 2021

Felicidades al jerezano Ismael Jordi y la granadina Mariola Cantarero por alcanzar veinte gloriosos años en la lírica, revalidar su relación de cariño y amor con el público sevillano que tanto les ha visto crecer, y mantener tan buena salud artística. Pero felicidades también al Teatro de la Maestranza por haber confiado siempre en estas dos rutilantes estrellas andaluzas y luchar contra viento y marea para que esta esperada celebración no se quedara en el limbo de lo imposible, como ha ocurrido con tantas malogradas citas del pasado año. Y felicidades desde luego al público que pudo asistir a este concierto matinal, porque fue todo un privilegio disfrutar tanto entre las paredes de nuestro querido templo.

Jordi nos invitó a pasar una mañana estupenda y vaya si lo hicimos, tanto como nos permitió la emoción que flotaba en el ambiente. Y es que el tenor jerezano sigue llevando a Kraus por bandera, no importa los años que hayan pasado desde que aprendiera del maestro canario. Cada vez que tiene ocasión vuelve a homenajearlo, lo que le honra como agradecido discípulo y emociona a quienes tanto echan de menos su inimitable voz, como nuestra querida Emilia Matute, fiel al Maestranza desde su inauguración, y en quien yo particularmente no dejé de pensar como inmejorable representante de ese nutrido colectivo krausista del teatro. Jordi desgranó una vez más arias tan ligadas a él como Tombe degli avi miei de Lucia di Lammermoor y Pourquoi me réveiller de Werther, ambas entonadas con profundo sentimiento y exquisito gusto, claridad en la emisión y extraordinaria proyección, con fuerza y mucho carisma. También con gran emoción desgranó el resto del programa, la segunda parte reservada a la zarzuela, como suele ser habitual en este tipo de recitales patrios. Sin excederse en temperamento, Jordi regaló unos Por el humo y No puede ser de enorme calidad, elegante fraseo y clara dicción. La sorpresa llegó en los bises en forma de Se nos rompió el amor de su paisano Manuel Alejandro, una canción que hizo suya a pesar de estar tan ligada a su legendaria intérprete, la Jurado, y con la que consiguió ponernos la carne de gallina.


Fue esa claridad en la dicción y la entonación una de las cosas que más agradecimos en esta pareja de la que aún recordamos aquella antológica Traviata de hace diez años, y que sique exhibiendo una magnífica química y compenetración. El amor asomó en Verrano a te… de Lucia di Lammermoor, emergiendo ambas personalidades con toda su fuerza característica, con Mariola Cantarero modulando exquisitamente la voz y apianando con enorme sensibilidad; y el desamor lo hizo en el dúo de Saint Sulpice de Manon, aquí con la soprano exhibiendo su vena más desgarradora, y más comedido Jordi, aunque rutilante y firme en sentimiento y proyección. Pero para emocionante y salerosa Vaya una tarde bonita de El gato montés, con ese Torero quiero ser que con tanta gracia lo rubrica y toda esa declaración de amor a nuestra tierra que profesa.

Gracia que le sobra a la soprano granadina, derrochando tanta fuerza dramática en Oh nube che liebe de Maria Stuarda, como garbo y sensualidad en la popular Gavota de Manon, que Aguirre acompañó no solo al piano sino a los coros, convenientemente abreviados, como las partes instrumentales, para su interpretación en recital. También con la zarzuela que Fernández Caballero dedicó al vino, Chateaux Margaux, aprovechó la granadina para exhibir glamour y coquetería, cuidando siempre hasta el más mínimo detalle en su perfecta entonación y esa capacidad que tiene para controlar la emisión y el volumen de su generosa voz, capaz de sobrecogedores agudos. En las propinas, que ocuparon prácticamente un tercer bloque del recital, entonó con mucho sentimiento la canción de Los emigrantes, Adiós Granada mía, así como una notable versión de la célebre copla Y sin embargo te quiero. Fernández Aguirre, siempre tan inquieto y comprometido, de quien a finales de mes veremos su particular revisión y recuperación de la ópera de Manuel García Le cinesi, acompañó al piano como nadie mejor que él sabe hacerlo, con respeto y admiración, la que así mismo le profesaron los dos inmensos artistas que añadieron luz a una mañana de sábado ya de por sí radiante.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía