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domingo, 15 de marzo de 2026

MARINA, EJEMPLO DE UN GÉNERO LASTRADO POR LA AMBICIÓN

Marina. Música de Emilio Arrieta. Libreto de Francisco Campodrón y Miguel Ramos Carrión, basado en el texto de la ópera cómica “La Veillée”, de Paul Duport y Amable Villain de Saint-Hilaire. Manuel Busto, dirección musical. Bárbara Lluch, dirección escénica. Daniel Bianco, escenografía. Clara Peluffo Valentini, vestuario. Albert Faura, iluminación. Mercé Grané, movimiento escénico. Pedro Chamizo, videoproyecciones. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Rondalla del Conservatorio Manuel Castillo. Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, dirección). Con Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Juan Jesús Rodríguez, Rubén Amoretti, José Manuel Díaz, Alicia Naranjo y Andrés Merino. Producción del Teatro de la Zarzuela. Teatro de la Maestranza, sábado 14 de marzo de 2026

Amoretti, Puértolas, Jordi y Rodríguez


Marina es sin duda el ejemplo más evidente de intento de hacer ópera netamente española. Nació como zarzuela con libreto de Francisco Campodrón, para convertirse en ópera adaptada por Miguel Ramos Carrión siguiendo un estilo basado en el de Donizetti, cuando en Europa triunfaba Verdi, más avanzado. Lo hizo a instancias del tenor italiano Enrico Tamberlick, que deseaba cantarla en el Teatro Real. El resultado es un híbrido entre zarzuela y ópera propiamente dicha, de dos horas y cuarto de duración y una trama escueta e imposible, centrada en los amores y celos de una pareja en la costa de Levante.

Arrieta ya había compuesto dos óperas antes, Ildegonda y La conquista de Granada, pero cantadas en italiano. Sin embargo, el experimento de convertir zarzuela en ópera no fructificó. Ejemplos de híbridos parecidos han sido ya programados en el Maestranza, con idéntico emplazamiento en lugar de la zarzuela anual, como Los diamantes de la corona de Barbieri y El gato montés de Penella. La misma Marina conoció también una cita hace veintitrés años, con nuestra querida Ruth Rosique como protagonista. La que ahora nos llega, basada libremente en la ópera cómica francesa La Veillée (La velada) de 1831, es el resultado de una edición crítica de 2005 a cargo de María Encina Cortizo y Ramón Sobrino.

Marina sigue la estructura lírica italiana, con influencias del bel canto y algún toque tímidamente verdiano, con aires españoles y costumbristas. Ha sido grabada al menos en tres ocasiones, por José Olmedo, Frühbeck de Burgos y Víctor Pablo Pérez, siendo esta última la más ambiciosa, con Alfredo Kraus y María Bayo, por lo que la apuesta por Ismael Jordi parecía la más apropiada para su estreno en el Teatro de la Zarzuela en 2024, con idéntico elenco técnico y artístico que el montaje importado en el Maestranza.

Una escenografía vistosa y una dirección escénica errática

Los decorados de Daniel Bianco son de los que deslumbran a una buena parte del público que se deja seducir por este tipo de propuestas. Nada que reprocharle, con un uso muy dinámico de la videoproyección, un trabajo de Pedro Chamizo que proporciona profundidad y recrea playa y mar con un realismo extraordinario. Cielos azules, nubes blancas y un vistoso vestuario con predominio igualmente de blancos y azules, así como la sucesión de hermosas estampas costumbristas de pescadores, astilleros y paseantes, nos recuerdan a Sorolla, su luz y su estilo. Sin embargo, el vestuario de Clara Peluffo Valentini no parece encontrar una época determinada, entre mediados del XIX para la gente humilde y las niñas bien, y principios del XX para las señoras encopetadas.


Mucho se reprochó en Madrid que el montaje resultara muy estático, por lo que quizás a nosotros y nosotras nos haya llegado con un continuo ir y venir de figurantes, generando más distracción que otra cosa, aunque evitando la aglomeración. Inexplicable la pelea entre hombres y mujeres de clase acomodada que se produce al final del segundo acto, quizás un guiño a la lucha de clases que el libreto ni siquiera apunta en su afán de centrarse en los amoríos de los protagonistas.

Todo un cúmulo de despropósitos que afean la dramaturgia y la hacen poco atractiva o interesante. Coro y figurantes se mueven con la habitual tendencia al caos que caracteriza muchas de estas direcciones rutinarias operísticas a las que no logramos acostumbrarnos. Bárbara Lluch, la directora de escena, añade danzas coreográficas ¿de Mercé Grané? que acaban por resultar ridículas en su afán por acumular disciplinas y hacer de éste un montaje sumamente pretencioso; ropajes excesivos para un trabajo musical en general bastante soso y poco habilidoso en su acumulación desprejuiciada de melodías, coros y juegos vocales de todos los colores, que no encuentra sin embargo más inspiración natural que un par de arias, algún dúo y, sobre todo, la célebre apología del vino, dentro de un libreto cargado de mensajes rancios imposibles de aligerar.

Un más que competente elenco musical

Esta producción del Teatro de la Zarzuela se beneficia de un buen elenco vocal, mientras la aportación sevillana se salda con el excelente nivel observado en la Sinfónica, bajo la dirección precisa y detallista del también sevillano Manuel Busto, autor además de unas cadencias finales que la protagonista salvó con solvencia. Hay que añadir el trabajo colosal del Coro del Maestranza, cuya presencia en este título es tan generosa como la de los propios protagonistas. Lástima que el imponente y melancólico solo de trompa quedara masacrado por las incesantes toses con las que el público retomó la función tras el descanso.

Sabina Puértolas demostró muy buena técnica vocal, un timbre hermoso y una proyección holgada, aunque como actriz denotó exceso de gestos y expresiones, componiendo una joven inmadura y pamplinosa, difícilmente atractiva. Ismael Jordi, como siempre, rutilante en el canto e imponente en presencia física, capaz de emitir agudos casi imposibles y cantar con el buen gusto que le caracteriza. Su dúo con Marina, Yo parto muy lejos de aquí, logró resultados muy satisfactorios. Sorprendidos quedamos con sus habilidades como malabarista con una botella.


También sobresalió la voz imponente del barítono onubense Juan Jesús Rodríguez, excelente en la habanera Dichoso aquél que tiene, y muy en estilo aflamencado en el breve fandango que la edición de 2005 recuperó del original zarzuelero. El veterano Rubén Amoretti, que en aquel lejano Alahor en Granada figuró como tenor y ahora exhibe claramente tesitura de bajo-barítono, un caso extraordinario, exhibió una voz algo tremolante pero bien colocada en su papel del ilusionado prometido de Marina, demostrando poseer unos graves a menudo profundos y siniestros en pasajes como Yo tosco y rudo trabajador.

José Manuel Díaz como capitán, Alicia Naranjo y Andrés Merino, tan familiares del público sevillano, hicieron un trabajo impecable con sus breves aportaciones, mientras el coro destacó sobremanera, en la barcarola de marineros del segundo acto o el brindis del tercero, el celebérrimo A beber, a beber y a apurar. Pero en conjunto, el espectáculo resultó fallido, anodino y pretencioso, especialmente rancio y anticuado, sólo destacable por el empeño y el esfuerzo de su numeroso personal responsable.

Fotos: Elena y Javier del Real (Teatro de la Zarzuela)
Artículo publicado en El Correo de Andalucía y en Ópera Actual

viernes, 28 de marzo de 2025

UNA FUNCIÓN MUY VERBENERA

La verbena de la paloma. Sainete lírico con música de Tomás Bretón y libreto de Ricardo de la Vega. Prólogo “Adiós, Apolo” de Álvaro Tato. Lucía Marín, dirección musical. Nuria Castejón, dirección escénica. Nicolás Boni, escenografía. Gabriela Salaverri, vestuario. Albert Faura, iluminación. Íñigo Sampil, dirección del coro. Cristina Arias, asistente dirección y coreografía. Con Borja Quiza, Carmen Romeu, Emilio Sánchez, Amparo Navarro, Ana San Martín, Manuel de Diego, Rafa Castejón, Gurutze Beitia y Sara Salado. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro del Teatro de la Maestranza. Producción del Teatro de la Zarzuela. Teatro de la Maestranza, jueves 27 de marzo de 2025


Coincidía ayer el estreno en Sevilla de esta nueva producción de la Zarzuela de La verbena de la paloma, con la celebración del Día Internacional del Teatro. Una feliz coincidencia por cuanto en esta versión de la popular zarzuela de Tomás Bretón, un prólogo de aproximadamente tres cuartos de hora recrea el ensayo previo a la última función del llorado Teatro Apolo de la calle Alcalá, antes de que la especulación acabara por destruirlo.

Y nos vino a la memoria, en tan sintomática fecha, tantos espacios cerrados y aquellos otros que corren el peligro de hacerlo, empezando por el Teatro San Fernando de la calle Tetuán, o los de Sierpes, Imperial y Lloréns, a los que declarar bienes de interés cultural no parece hacerles mucho favor, sin hablar del Coliseo, que aunque no fue exactamente teatro, hechuras no le faltaban. Ayer mismo tuvo lugar una concentración frente al Lope de Vega para exigir su inmediata reapertura.

El dramaturgo, actor y poeta Álvaro Tato diseña y articula este prólogo, que a la postre se convierte en lo mejor de esta producción del señero título zarzuelero, cuando todavía recordamos con enorme satisfacción el extraordinario sabor de boca que nos dejó hace casi veinte años la anterior producción, también de la Zarzuela, que pudimos ver cuando el Maestranza la programó por última vez, entonces con una dirección escénica de Sergio Renán muy deudora del cine de los años treinta.

Una primera parte con aspecto de musical

El prólogo se ambienta en 1929, cuando director y compañía preparan con la histeria habitual la última función de un teatro que se especializó en eso que llamaron el teatro por horas, y cuya famosa cuarta de Apolo se reservaba al título más llamativo. Y entonces todo recuerda a la atmósfera que se ha seguido respirando en series de televisión tan populares como Aquí no hay quien viva o La que se avecina, y que a nosotros nos parecen tan deleznables por cuanto retratan una sociedad donde reina el mal humor, la falta de respeto y la mala educación, como si fueran recursos humorísticos.


A pesar de ello, Tato acierta al introducir aquí todas las críticas que pudieran hacerse a una revisión no actualizada del título de Bretón, con proclamas feministas y libertarias y un afán de modernidad que aún debía esperar dos años a asentarse, cuando se proclamase la Segunda República. Queda así justificado el carácter presuntamente rancio de lo que habrá de venir, que no es sino una producción absolutamente fiel al original, salvo por un vestuario contemporáneo a esa última función del Apolo, echándose en falta los tradicionales trajes de chulos y chulapas.

Con este pretexto, se hace un documentado repaso a la historia del Apolo antes de que se reabriese en la Plaza Progreso, hoy Tirso de Molina, donde se representan musicales como el que plantea este prólogo, con números de zarzuelas y revistas poco conocidas que sirven para poner en escena coreografías nunca del todo rematadas, siempre en el límite de lo correcto, sin llegar a la excelencia, aunque en lo estrictamente musical funcionaron satisfactoriamente desde el foso y sobre el escenario, destacando el Chotis de la garsón de Jacinto Guerrero, el Tango del cinematógrafo de Serrano, y el duelo de valses de Chueca y Valverde.

Una exhibición de malos modos

Unos decorados costumbristas y realistas, de esos que el público aplaude a rabiar, abren paso a una Verbena de la paloma cuyo primer cuadro deja ya en entredicho la oportunidad de esta nueva producción a raíz del ciento setenta y cinco aniversario del nacimiento del autor. La combinación entre el dúo de Don Hilarión y Don Sebastián, los chascarrillos del tabernero y sus amigos y la afligida canción de Julián, no funciona. Falta dinamismo y emoción, antes de que en el coro entonando las famosas seguidillas atisbemos en primera línea a Marta García-Morales y Paula Ramírez, integrantes de la Compañía Sevillana de Zarzuela, que con pocos medios tan bien sabe quitarle el polvo a estos títulos decimonónicos.


Se mantiene la línea dramática, bien defendida por cantantes y actores, pero que tanto hiere nuestro sentimiento al evocar esa falta de respeto entre semejantes, buscando en el desprecio y la mala educación el efecto humorístico, tan propio de las clases bajas madrileñas tal como se han empeñado en presentarlas. Y así hasta el final, y sin que nos emocionen las coplas de Don Hilarión ni nos conmueva el famoso dúo de los enamorados y el mantón de manila.

En este contexto, hay que destacar una buena iluminación, un correcto vestuario y una vistosa escenografía, especialmente en el número de la soleá, muy bien cantado por Sara Salado y bailado por la coreógrafa Cristina Arias. Por su parte, la directora jienense Lucía Marín, mantuvo el control de la orquesta, salvo en momentos puntuales en los que llegó a eclipsar las voces, si bien se mostró más preocupada por sacar brillo que por cuidar los matices de la partitura y su excelente orquestación.

Entre esas voces eclipsadas, nos sorprendió la de Manuel de Diego, inaudible en La verbena y sin embargo tan potente en el prólogo, donde daba vida a un fotógrafo. De igual manera, pero a la inversa, nos pasó con Ana San Martín, que dio la sensación de no saber cantar en el prólogo y sin embargo se defendió muy bien en su breve cometido como Casta.


En cuanto al cuarteto protagonista, buena voz, controlada y moldeada, la de Borja Quiza, corto sin embargo en expresividad y sentimiento. Carmen Romeu, a quien aquí hemos visto hasta cantar música antigua en los Jardines del Alcázar, mantiene su voz espesa y bien articulada, aunque a veces parece perderse en los cambios de registro. Emilio Sánchez no es el Hilarión perfecto, resulta estridente y acusa una voz muy tremolante. Amparo Navarro exagera su tono apesadumbrado, pero en lo vocal mantiene la dignidad de su veteranía.

No cabe duda de que Nuria Castejón, más habitual como coreógrafa que como directora de escena, se ha tomado con seriedad su cometido en esta producción que se estrenó en Madrid la primavera del año pasado, y debía haberse representado en Les Arts de Valencia en noviembre si no hubiese sido cancelada por la tragedia de la Dana; pero los resultados no le avalan a nuestro juicio. Que sus hermanos Rafa y Jesús le acompañen en la empresa, el primero como tabernero (director en el prólogo) y el segundo como voz en la radio, nos parece un gesto tan oportuno como entrañable.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 5 de marzo de 2025

GARCÍA INVENTÓ EL POLIAMOR

Música y texto de Manuel García¸ según la “Fábula de los tres jorobados” de Carlo Goldoni. Rubén Fernández Aguirre, dirección musical. José Luis Arellano, dirección escénica. Pablo Menor Palomo, escenografía. Ikerne Giménez, vestuario. David Picazo, iluminación. Con Patricia Calvache, Aitor Garitano, Ángela Lindo, Enrique Monteoliva, Rita Morais y Álvaro Copado. Producción de la Fundación Juan March y el Teatro de la Zarzuela. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 4 de marzo de 2025


Hace tiempo que cada apuesta del Teatro de la Zarzuela por Manuel García recala en el Maestranza sevillano. Justo así debe ser, tratándose de un compositor (y tenor) nacido aquí, en el barrio del Arenal. Polifacético como ninguno e inquieto como nadie, García vivió una existencia intrépida y aventurera, plagada de retos que sabía perfectamente sortear a fuerza de mucho trabajo y empeño, lo que le llevó a pasearse por los más reputados escenarios líricos de su época en calidad de prestigioso tenor, y exhibir su talento como compositor en óperas y canciones populares de considerable calado en su época.

Este carácter inquieto e inventivo encaja perfectamente con el contenido de la ópera que ayer y hoy se puede disfrutar en la sala que lleva su nombre del coliseo hispalense. Dos siglos y medio cumple este año y ya se atrevió a coquetear con un concepto hoy tan divulgado y supuestamente transgresor como el poliamor. Es cierto que para eso se basó, como tantas otras veces, en un texto de Carlo Goldoni, pero el tratamiento que dio al asunto, ligero y desprejuiciado, así como el toque que han sabido imprimirle los responsables del redescubrimiento de esta ópera en cuestión, lo convierten en romántico exponente de este concepto que hoy consideramos tan moderno.

El igualmente inquieto y emprendedor pianista Rubén Fernández Aguirre, pronto de nuevo en el Maestranza acompañando a Ismael Jordi, es el responsable de la recuperación de esta comedia lírica, I tre gobbi o Los tres jorobados, como ya lo fuera antes con otros títulos de García también representados en Sevilla, como Un avvertimento ai gelosi o Le cinesi, como ésta óperas de cámara o de salón concebidas para los y las estudiantes del autor en la Academia que fundó en París en la última etapa de su azarosa vida.


Otros títulos suyos recuperados en su ciudad natal han sido Don Quijote, La muerte de Tasso o La isla deshabitada. Con Fernández Aguirre encargándose de la dirección musical y en cierto modo de la edición de la partitura, su puesta en escena corre a cargo del prestigioso director artístico José Luis Arellano, contando para ello con un ingenioso y práctico escenario de corte vanguardista, en el que sin embargo se mueven los y las intérpretes convenientemente ataviados con suntuosos y preciosos trajes de la época de Goldoni, segunda mitad del siglo XVIII, lo que da relieve a las costumbres amatorias previas a la revolución, el carácter cortesano de su protagonista y la ridiculización de la clase pudiente en forma de tres ricos y petulantes pretendientes.

Voces frescas y jóvenes

Calvache y Garitano
Para incorporar esta galería de personajes, se ha echado mano de voces jóvenes y prometedoras, con resultados bastante inspiradores. La soprano gaditana Patricia Calvache, a quien conocimos en el Certamen Nuevas Voces de Sevilla de 2019, pone gracia a su Madame Vezzosa, traducida Encantadora, con voz seductora y bien proyectada, aunque su mejor momento lo vivió en la transición entre actos, con una interpretación llena de ternura y buen gusto de la canción Parad, avecillas, con un delicadísimo acompañamiento al piano de tintes adelantados al impresionismo.

De los tres pretendientes, el que más nos convenció fue el tenor vasco Aitor Garitano como conde Bellavita, de hermoso timbre y generosa proyección, así como una fluida línea de canto. Mención especial merece también el trabajo de la mezzo valenciana Ángela Lindo como barón Macacco, sobre todo por su divertida tartamudez que lleva a García a experimentar con el aria bufa al más puro estilo mozartiano. También el bajo barítono almeriense Enrique Monteoliva como marqués Parpagnacco, logró una interpretación a tono, si bien evidenciando una voz menos equilibrada y con algún problema puntual en las transiciones y cambios de registro. En su breve intervención, la soprano portuguesa Rita Morais manifestó una voz cálida y estilizada cuando al final entona el aria previo al canto jubiloso de todo el elenco celebrando los gozos del amor en compañía.


García juega aquí a experimentar con todos los recursos de la voz, incluidas agilidades, acentos y fraseos de corte belcantista, como buen ejercicio académico que representa la partitura, pasando de arias a dúos, tercetos y quintetos con gran facilidad y conocimiento de los medios. Sin embargo, y a pesar del carácter dinámico que supo imprimirle la compañía, incluido el criado incorporado por el actor y bailarín Álvaro Copado, esta sucesión de números sueltos encadenados con recitativos, evidenció cierta reiteración dramática, provocando que su hora y veinte minutos llegaran a pesar más de lo que se espera de un entretenimiento ligero como éste. Y es que quizás abunde más la técnica y el ingenio que la inspiración melódica y la inquietud dramática en esta especie de sainete lírico, en el que al final la protagonista decide disfrutar del amor de sus tres pretendientes con el consentimiento de ellos, ese poliamor apuntado.

Fotos: Guillermo Mendo
Crítica publicada en Ópera Actual


viernes, 10 de mayo de 2024

LOS GAVILANES, UNA FUNCIÓN CORRECTA Y SIN SORPRESAS

Los gavilanes. Música de Jacinto Guerrero. Libreto de José Ramón Martín. Óliver Díaz, dirección musical. Mario Gas, dirección escénica. Ezio Frigerio, escenografía. Franca Squarciapino, vestuario. Vinicio Celi, iluminación. Carlos Martos de la Vega, movimiento escénico. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Con Javier Franco, María Rodríguez, Alejandro del Cerro, Sofía Esparza, Lander Iglesias, Esteve Ferrer, Carmen Serrano, Enrique Baquerizo, Alicia Naranjo y Andrea Carpintero. Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director). Producción del Teatro de la Zarzuela. Teatro de la Maestranza, jueves 9 de mayo de 2024


No es esta ópera del compositor castellano una de las más representadas. De las suyas la más popular sigue siendo El huésped del sevillano, aunque en los últimos años ha adelantado puestos La rosa del azafrán. Como tantas otras que salieron de su imaginación, Los gavilanes es un producto coyuntural engendrado fundamentalmente para crear espectáculo, hacer taquilla y alegrar al público. Seguía por lo tanto una fórmula que al autor le resultó infalible, y que pasaba por su proverbial facilidad para crear melodías atractivas y pegadizas, el tratamiento de temas sociales de candente actualidad aunque limando cualquier atisbo de aspereza, y generar una atmósfera amable que culminara en un inevitable final feliz, a ser posible con moraleja incluida.

En estos términos se presentó ayer en el Maestranza este trabajo musical recuperado hace un año en el Teatro madrileño de la Zarzuela por Mario Gas, a quien los años y la experiencia han convertido en uno de los imprescindibles de nuestra escena. Sin embargo, no se ha arriesgado en absoluto, ni siquiera en el terreno interpretativo, dejando toda su rancia literatura huérfana de cualquier explicación o sentido que le dé mayor actualidad, y vaya si el libreto se prestaba a ello, alguna referencia nada disparatada al me too incluida.


La fama y el talento de Gas le permiten contar con nombres destacados de la puesta en escena, como son la oscarizada (por Cyrano de Bergerac) Franca Squarciapino, responsable del colorista vestuario, y quien fuera su esposo hasta su fallecimiento hace algo más de un año, el escenógrafo Ezio Frigerio, que para la ocasión ha contado con un diseño sencillo apoyado en una versión animada de los tradicionales telones de fondo, y unas tramoyas movibles que no se sabe muy bien qué quieren representar, acaso el desmoronamiento y la inseguridad de una sociedad sometida a la riqueza.

La alegría marcó el tono

Lo que no se le puede discutir al maestro y su equipo artístico y técnico es haber sabido insuflar al conjunto ese espíritu de alegría y desenfado que caracterizaba al catálogo de Guerrero. Para muestra uno de sus números más populares y recordados, la Marcha de la amistad del segundo acto, que la soprano María Rodríguez y el resto del elenco entonaron con toda la gracia y el desparpajo que la pieza exige. Ella dio vida a una Adriana cantada quizás con exceso de vibrato pero con seguridad y una voz profunda y muy bien proyectada, además de lucir un talento para la interpretación teatral fuera de toda discusión. Frente a ella, el tenor gallego Javier Franco encaró con profesionalidad su rol de Juan el indiano, con dicción clara y voz de sobrada proyección y hermoso timbre, aunque puntualmente acusara también cierta tendencia al vibrato. Quien más convenció al público, sus bellas romanzas lo facilitan, fue el tenor cántabro Alejandro del Cerro como Gustavo, que aunque poseedor de un timbre extremadamente agudo y puntualmente estridente, exhibe una voz poderosa que modula con agilidad y buen gusto. Pocas posibilidades tuvo de lucirse la joven soprano navarra Sofía Esparza como Rosaura, recipiente de una voz hermosa y perfectamente entonada. Todos y todas lucieron además una vocalización perfecta, haciéndose entender en cantados y recitados sin problema alguno, lo que no siempre es habitual.


Mención aparte merece el inevitable dúo cómico, que aunque el libreto apenas sufrió modificación alguna, luciendo un sentido del humor ingenuo y algo trasnochado, sirvió como vehículo ideal para que Lander Iglesias y Esteve Ferrer lucieran notables dotes cómicas. Por su parte, Óliver Díaz, que tantas veces hemos disfrutado frente a la Sinfónica de Sevilla, volvió a exhibir buen talante y sentido práctico en su forma de abordar la partitura, que sin ser especialmente compleja ni poseer intrincadas orquestaciones, puede irse de las manos y eclipsar las voces. 
Afortunadamente el equilibrio estuvo garantizado entre las buenas aptitudes de los y las cantantes y el buen hacer de Díaz, que logró extraer de la orquesta un sonido brillante y a la vez compacto, muy en estilo. Hay que destacar una vez más el excelente trabajo del coro, lográndose entre todos y todas un espectáculo musical nada desdeñable, sin desmanes ni sorpresas, todo dentro de un orden, extremadamente correcto. Fue entrañable ver a Gas y Squarciapino, entre otros y otras responsables, al final sobre el escenario saludando a un público muy indisciplinado, toses implacables, caídas de objetos, móviles...

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía